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domingo, 20 de abril de 2014

125 Años de Hitler



     Hace ciento veinticinco años nació quien llegaría a ser, sin ninguna duda, el personaje más importante del siglo XX por el alcance y la proyección de su planteamiento. Un héroe, primeramente de su patria, y luego de Europa, que defendió (o hizo el intento), con toda su impresionante fuerza y energía, el patrimonio más sagrado de cualquier pueblo y el que posibilita la creación de sociedades según el sabio modelo aconsejado por generaciones antiquísimas, las que no son sólo una reliquia sino el mismo pasado actuante en la cotidianeidad: el patrimonio que es la propia especie, con todas sus peculiaridades intrínsecas, que son reforzadas obviamente en el interior de dichas agrupaciones, su condición necesaria.




     Un héroe más allá de la descripción meramente humana, en el sentido de que su persona, su lucha, la cosmovisión que se trasunta de sus palabras y de toda la cultura creación colectiva de mucha gente que lo antecedió, que lo rodeó, y que lo sigue detrás, se ha inscrito, muy a pesar de las iglesias establecidas, tradicionales y modernas, litúrgicas o subliminales, en la dimensión mítica de la realidad.

     Tal mitificación es la prueba de lo verdaderamente extraordinario de su esfuerzo, y acusa las enormes heridas proferidas a los adalides del infernal sistema de explotación de las sociedades a nivel planetario. Como se dice comúnmente, los afectados por la lucha de Hitler "respiran por la herida". No hay día en que, al menos en todo el Occidente, no se nos bombardee con propaganda en contra de Hitler y su esfuerzo supremo, vilipendiándolo a él y a su régimen, pintándolo con los más feos colores reservados para lo peor que la Humanidad en sus pesadillas ha concebido. Sin embargo, sólo los malos pintores usan colores tan feos y aplauden la obra que han hecho. Un delicado pintor, como Hitler lo fue, un arquitecto, construye una maravilla argumentativa de impecable lógica, que aunque burdamente pintarrajeada en su basamento, se alza imponente y transmite su herencia a los que corresponde, que son quienes van tomando conciencia de la veracidad de sus palabras y de la honestidad de su colosal esfuerzo (y el de muchos seguidores de diversos países).

     Todos quienes hemos nacido después de aquella la más feroz guerra (nuevamente, de carácter mítico por sus proporciones y por lo que estaba en juego, se haya sabido o no), y que inexplicablemente desde hace tiempo hemos sido admiradores de tan singular personalidad, de su inmensa valentía que es un ejemplo y que casi lo define, hubiésemos querido haber disfrutado de una cosmovisión que nos rodeara que hubiera estado de acuerdo con nuestros más sanos instintos de justicia y solidaridad, de auténtico compañerismo, pero nos tocó, y también al propio Hitler, vivir bajo el constante dictado de gentes que, en la interpretación, resultan ser gravísimos dañadores de las condiciones favorables a la vida y destructores de los valores transmitidos por preclaros e ilustres antecesores, a quienes le debemos ni más ni menos que todo, la vida y la civilización.

     En este ámbito, plagado de chismes, hipocresía y veneno en todo cuanto tenga que ver con el héroe Hitler, forjarse una medianamente sólida comprensión de lo que significó su movimiento ha implicado, primero, una especie de predestinación, claro está, una suma de azares coincidentes, y luego un darse cuenta de que alcanzar aquello es, en cierto modo, un esfuerzo equivalente a una iniciación, una disciplina que ha de ejercitarse día y noche, único modo de que se consolide una cosmovisión elegida.

     En el esfuerzo de no dejarse tragar por las enormes serpientes de la muerte, y sí, también de la muerte del ánima, por las serpientes materiales que se roban el pan, y el agua y los bosques y las montañas que los dioses han querido que nos tocase en suerte poseer, manifestamos la lealtad que naturalmente uno le entrega a quien representa de mejor manera y más inteligentemente la lucha (de acuerdo a la altura de los tiempos y a las cualidades del adversario), lucha que desde el fin de la Segunda Guerra ha ampliado sus frentes, donde los enemigos han abusado de manera más desvergonzada que nunca de todos los pueblos, y los han aherrojado en las ergástulas que desde las Eras han venido preparando en su odio para la Humanidad toda, su producto fallido, como habla el dios de sus libros malditos.

     Una vida íntegra, un líder al que se ha acusado de todo salvo de enriquecimiento ilícito y de cuentas bancarias ocultas (como es la norma hoy), un guía con la iluminación espiritual suficiente como para sacudir a otros pueblos y contagiarles su optimismo y entusiasmo y fe en el porvenir, un genio militar de su altura (no siempre refrendado por los hechos, pero por otras razones), un gobernante tan sensitivo y culto, lleno de amor por su pueblo y por los animales, merece evidentemente ser recordado y sacado del injusto lugar en que los envidiosos y los mestureros lo tienen. Sus ideales están existentes y, mientras perduren las condiciones que justificaron su lucha, la posibilidad de su resurrección es cierta, aunque haya de ser en un cuerpo de luz.–






Heil, Sieg Heil!





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