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viernes, 21 de marzo de 2014

Alain de Benoist - Monoteísmo contra Politeísmo



     De los dos textos del escritor Alain de Benoist que presentamos en castellano ahora, el primero apareció en inglés en Chronicles (A Magazine of American Culture), en su edición de Abril de 1996 (home.alphalink.com.au). Alain de Benoist (1943), reconocido académico francés, es el editor del periódico Nouvelle Ecole, una publicación investigativa de Paris. El doctor Tomislav Sunić (1953), que introduce el texto con reflexiones propias y de quien publicamos la entrada anterior, trabajaba entonces en el ministerio croata de Asuntos Exteriores. El segundo brevísimo texto, por su título casi idéntico (Polythéisme / Monothéisme) es que lo hemos traducido, esta vez del francés en que aparece publicado (honneuretfidelite.hautetfort.com). La fecha de composición de este último puede ser 1979. Ambos escritos del influyente pensador paganista de Derecha francés se refieren claramente a lo enunciado en el título, la permanente y fastidiosa contraposición de Uno versus Varios, como una continuación obvia de lo abordado por el señor Sunić que presentamos recién.


Monoteísmo versus Politeísmo
por Alain de Benoist




Introducción de Tomislav Sunić

     ¿Podemos todavía concebir el renacimiento de la sensibilidad pagana en una época tan profundamente saturada por el monoteísmo judeo-cristiano y tan apasionadamente adherida a los principios de la democracia liberal?. En el lenguaje popular la misma palabra "paganismo" puede incitar a algunos a escarnio y risa. ¿Quién, después de todo, quiere que lo asocien con brujas y brujería, con hechicería y magia negra?. Adorar animales o plantas, o cantar himnos a Wotan o Zeus, en una época de televisión vía cable y "armas inteligentes", no augura nada bueno para la investigación intelectual y académica seria. Pero antes de que comencemos a amontonar el desprecio sobre el paganismo, deberíamos hacer una pausa durante un momento.

     El paganismo no es sólo brujas y pociones de las brujas; el paganismo también significa una mezcla de teorías altamente especulativas y filosofías. Paganismo es Séneca y Tácito; es un movimiento artístico y cultural que se expandió sobre Italia bajo la bandera del Renacimiento. El paganismo también significa Friedrich Nietzsche, Martin Heidegger, Charles Darwin y un ejército de otros pensadores asociados con la herencia cultural occidental. Dos mil años de judeo-cristianismo no han obscurecido el hecho de que el pensamiento pagano no ha desaparecido todavía, aunque a menudo fuera enturbiado, sofocado o perseguido por las religiones monoteístas y sus vástagos seculares.

     Indudablemente, muchos admitirían que en el reino de la ética todos los hombres y las mujeres del mundo son hijos de Abraham. En efecto, hasta los más audaces quienes algo hipócritamente afirman haber rechazado las teología cristiana o la judía, y que afirman haberlas sustituído por el "humanismo secular", con frecuencia ignoran que sus creencias autodenominadas seculares están firmemente basadas en la ética judeo-cristiana. Abraham y Moisés pueden estar destronados hoy, pero sus edictos morales y ordenanzas espirituales están muy vivas. El mundo global y desilusionado, acompañado por la letanía de los derechos humanos, la sociedad ecuménica y el imperio de la ley, ¿no son éstos principios que pueden ser remontados directamente al mesianismo judeo-cristiano que emerge de nuevo hoy en su versión secular bajo el elegante traje de las modernas ideologías "progresivas"?.

     Y, sin embargo, no deberíamos olvidar que el mundo occidental no comenzó con el nacimiento de Cristo. Ni tampoco las religiones de los antiguos europeos vieron la primera luz del día con Moisés, en el desierto. Tampoco nuestra tan cacareada democracia comenzó con el período de la Ilustración o con la proclamación de la Independencia estadounidense. Democracia e independencia, todo eso existía en la antigua Grecia, aunque en su propio y singular contexto social y religioso. Nuestros antepasados greco-romanos, nuestros precursores que recorrieron los bosques de Europa Central y del Norte, también creían en el honor, la justicia y la virtud, aunque ellos adjuntaran a estas nociones un sentido radicalmente diferente. Intentar juzgar, por lo tanto, las antiguas manifestaciones políticas y religiosas europeas con nuestros lentes etnocéntricos y reduccionistas podría significar perder de vista cuánto nos hemos apartado de nuestra herencia antigua, así como olvidar que la epistemología y la metodología intelectuales modernas han sido enormemente influídas por la Biblia. Sólo porque profesemos el optimismo histórico —o creamos en el progreso del moderno "Estado terapéutico"— no significa necesariamente que nuestra sociedad sea en efecto el "mejor de todos los mundos". Quién sabe si, con la muerte del comunismo, con el agotamiento del liberalismo, con la reducción visible de los fieles en iglesias y sinagogas, podamos presenciar el alba del neo-paganismo, un nuevo florecimiento de viejas culturas, una vuelta a las raíces que están directamente ligadas a nuestros antiguos precursores europeos. ¿Quién puede disputar el hecho de que Atenas era la patria de los europeos antes de que Jerusalén se convirtiera en su edificio frecuentemente doloroso?.

     Grandes lamentos se oyen desde todos los sectores de nuestro desilusionado y estéril mundo de hoy. Los dioses parecen haberse marchado, como Nietzsche lo predijo hace un siglo; las ideologías están muertas, y el liberalismo apenas parece capaz de proporcionar al hombre un apoyo espiritual duradero. ¿Tal vez ha llegado el tiempo de buscar otros paradigmas?. Quizás el momento está maduro, como Alain de Benoist argumentaría, para prever otra revolución cultural y espiritual, una revolución que bien podría encarnar nuestra herencia pagana europea precristiana.


Tomislav Sunić


*  *  *


MONOTEÍSMO contra POLITEÍSMO


     Nietzsche comprendió bien el sentido de "Atenas contra Jerusalén". Respecto al paganismo antiguo, al que llamó "la mayor utilidad del politeísmo", él escribió en La Gaya Ciencia:

     «Sólo había en aquellos tiempos una norma: "el hombre"; y cada pueblo creía poseer la forma única y definitiva de esta norma. Pero una persona, por sobre ella misma, y fuera de ella misma, en un distante supra-mundo, podía ver una multitud de normas: ¡el dios único no era la negación o la blasfemia de los otros dioses!. Fue aquí que el derecho de los individuos fue respetado primero. La invención de dioses, de héroes, de superhombres de toda clase, así como la existencia igualmente importante de hombres e infrahombres —enanos, hadas, centauros, sátiros, demonios y diablos—, constituyó el preludio inestimable a la justificación del egoísmo y de la soberanía del individuo: la libertad que se reconocía a un dios determinado con respecto a otros dioses acabó por serle concedida al individuo mismo en relación a las leyes, las costumbres y su prójimo. Por el contrario, el monoteísmo, esa consecuencia rígida de la doctrina de un ser humano normal —en consecuencia, la creencia en un dios normal, junto al cual sólo existen divinidades falsas y engañosas— ha sido tal vez el mayor peligro de la Humanidad en el pasado».

     Yahvé no es sólo un dios "celoso", sino que él también puede mostrar odio: "Amé a Jacob, y odié a Esaú" (Malaquías 1:3). Él recomienda el odio a todos aquellos que invocan su nombre: "¿Acaso no aborrezco, oh Señor, a los que te aborrecen?. ¿Y acaso no me disgustan aquellos que se alzan contra ti? Los odio con odio perfecto: los cuento como enemigos míos" (Salmo 139:21-22). "Ciertamente tú matarás al malvado, oh Dios" (Salmo 139:19). Jeremías clama: "Dales, oh Yahvé, una recompensa según el trabajo de sus manos... Persíguelos y destrúyelos con ira bajo el cielo del Señor" (Lamentaciones 3:64-66). El libro de Jeremías es una larga serie de maldiciones y expresiones obscenas lanzadas contra pueblos y naciones. Su contemplación de futuros castigos lo llena de un placer sombrío. "Sean confundidos los que me persiguen, pero no permitas que yo sea confundido: ...lleva sobre ellos el día del mal, y destrúyelos con doble destrucción" (Lam. 17:18). "Por lo tanto entrega a sus hijos al hambre, y derrama su sangre por la fuerza de la espada; y que sus mujeres sean privadas de sus hijos, y queden viudas; y que sus hombres sean puestos a la muerte" (Lam. 18:21).

     Posteriormente, Yahvé promete a los hebreos que él los apoyará en sus esfuerzos de guerra: "Cuando el Señor tu dios haya exterminado a las naciones delante tuyo, las cuales vas a poseer, y los hayas despojado, y habites en su tierra" (Deuteronomio 12:29). "Pero de las ciudades de estos pueblos, que el Señor tu dios te da por herencia, no dejarás vivo nada que respire" (Deut. 20:16). Yahvé mismo dio un ejemplo de un genocidio provocando el Diluvio contra la Humanidad que pecó contra él. Mientras David residió con el rey filisteo Aquis, él también practicó el genocidio (1 Samuel 27:9). Moisés organizó el exterminio del pueblo de Madián (Números 31:7). Josué masacró a los habitantes de Hazor y Anakim. "Y Josué entonces se devolvió, y tomó Hazor, e hirió al rey de allí con la espada: pues Hazor antes había sido la cabeza de todos aquellos reinos. Y ellos hirieron a todas las almas que estaban allí con el filo de la espada, destruyéndolos completamente: no quedó nada que respirara: y él quemó Hazor con fuego" (Josué 11:10-11, 20-21). El rey mesiánico ensalzado por Salomón también era conocido por su régimen de terror: "Pueda él purificar Jerusalén de todos los gentiles que la pisotean miserablemente; pueda él exterminar por su sabiduría y justicia a los pecadores de este país... Pueda él destruír las naciones impías con las palabras de su boca". El odio contra los paganos es también visible en los libros de Esther, Judith, etc.

     "Ninguna religión antigua, salvo la del pueblo hebreo, ha conocido tal grado de intolerancia", dice Emile Gillabert en Moise et le Phénomène Judéo-Chrétien (1976). Renan había escrito en términos similares: "La intolerancia de los pueblos semíticos es la consecuencia inevitable de su monoteísmo. Los pueblos indoeuropeos, antes de que ellos se convirtieran a las ideas semíticas, nunca habían considerado su religión como una verdad absoluta. Más bien ellos la concebían como una herencia de la familia, o de la casta, y de esta manera ellos permanecieron extraños a la intolerancia y el proselitismo. Por eso encontramos entre estos pueblos la libertad de pensamiento, el espíritu de investigación y la búsqueda individual". Por supuesto, no habría que mirar este problema sólo en blanco y negro, o por ejemplo comparar y contrastar un tópico con otro tópico. Siempre ha habido, en todo tiempo y en todas partes, masacres y exterminios; pero sería difícil encontrar en los textos paganos, sean ellos de naturaleza sagrada o profana, el equivalente de lo que uno con tanta frecuencia encuentra en la Biblia: la idea de que estas masacres podrían ser moralmente justificadas, y que ellas podrían estar deliberadamente autorizadas y ordenadas por un dios, "como Moisés el siervo del Señor lo ordenó" (Josué 11:12). Así, para los perpetradores de estos crímenes la buena conciencia sigue gobernando, no a pesar de estas masacres, sino completamente por causa de las masacres.

     Mucha tinta ha corrido sobre esta tradición de intolerancia. Particularmente discutibles son las palabras de Jesús como lo ha registrado Lucas: "Si algún hombre viene a mí, y no odia a su padre y su madre, y esposa e hijos, y hermanos y hermanas, sí, y su propia vida también, él no puede ser mi discípulo" (Lucas 14:26). Algunos afirman percibir en la palabra "odia" una cierta forma de hebraísmo; aparentemente, estas palabras sugieren que Jesús tenía que ser absolutamente preferido a todos los otros seres humanos. Algunos afirman ver en ello rastros de la contaminación gnóstica que sugiere el renunciamiento, el despojarse de los bienes y el rechazo a la procreación. En este contexto, la obligación de "odiar" a los padres de uno es para ser vista como un corolario de no desear tener hijos.

     Estas interpretaciones permanecen como pura conjetura. Lo que es cierto es que la intolerancia cristiana comenzó a manifestarse muy temprano. En el curso de la Historia esta intolerancia fue dirigida contra los "infieles" así como contra paganos, judíos y herejes. Esto acompañó al exterminio de todos los aspectos de la cultura antigua —el asesinato de Hipatia, la prohibición de los cultos paganos, la destrucción de templos y estatuas, la supresión de los Juegos Olímpicos, y el incendio provocado, por instigación del obispo Teófilo, de la ciudad de Serapeum en Alejandría en 389 d.C., cuya inmensa biblioteca de 700.000 volúmenes había sido coleccionada por los Ptolomeos. Luego vinieron las conversiones forzadas, la extinción de la ciencia positiva, la persecución y las piras. Amiano Marcelino dijo: "Las bestias salvajes son menos hostiles frente a la gente que los cristianos lo son entre ellos mismos". Sulpicio Severo escribió: "Ahora todo se ha perdido como resultado de las discordias entre obispos. En todas partes uno puede ver odio, favores, miedo, celos, ambición, libertinaje, avaricia, arrogancia, pereza: hay una corrupción general en todas partes".

     El pueblo judío fue el primero en sufrir por causa del monoteísmo cristiano. Las causas del anti-judaísmo cristiano, que encontró su primera "justificación" en el Evangelio de Juan (probablemente escrito bajo la influencia del gnosticismo, y al cual muchos estudios han sido dedicados) radican en la proximidad entre la fe judía y la cristiana. Como Jacques Solé señala: "Uno persigue sólo a sus vecinos". Sólo "una pequeña brecha" separa a los judíos de los cristianos, pero como Nietzsche dice, "la brecha más pequeña es también la menos salvable". Durante los primeros siglos de la era cristiana el anti-judaísmo creció a partir de la pretensión del cristianismo de ser el sucesor del judaísmo, y de ofrecer su "verdadero" significado. Para los cristianos, "la salvación viene de los judíos" (Juan 4:22), pero es sólo el cristianismo el que puede ser el verdadero Israel. De ahí la expresión "perfidi" aplicada a los judíos hasta hace poco por la Iglesia en sus oraciones durante el Viernes Santo, una expresión que significa "sin fe" y cuyo sentido es diferente de la moderna palabra "pérfido".

     Pablo fue el primero en formular esta distinción. Con su reemplazo de la Ley por la Gracia, Pablo distinguió entre el "Israel de Dios" y el "Israel según la carne" (1ª Corintios 10:18), lo que también lo llevó a oponerse [al menos nominalmente] a la circuncisión: "Porque no es judío el que lo es exteriormente; ni es circuncisión la externa de la carne, sino que es judío el que lo es interiormente; y la circuncisión es la del corazón, en el espíritu, y no en la letra" (Romanos 2:28-29). Conclusión: "Porque nosotros somos la circuncisión" (Filipenses 3:3). Este argumento tiene, desde el punto de vista cristiano, una cierta coherencia. Como Claude Tretmontant dice, si el último de los profetas de Israel, el rabino Jesús de Nazaret, es realmente un Mesías, entonces la vocación de Israel para llegar a ser el "faro de las naciones" debe ser totalmente cumplida, y el universalismo implicado en esta vocación debe ser puesto completamente en práctica. Tal como la Ley que ha llegado a un fin con Cristo (en un doble sentido de la palabra) ya no es necesaria, así la distinción entre Israel y las otras naciones se convierte en fútil también: "No hay ni judío ni griego" (Gálatas 3:28). Por consiguiente, el cristianismo universal debe convertirse en el verdadero Israel.

     Este proceso, que se originó en la reforma paulina, ha tenido una doble consecuencia. Por una parte, ha causado la persecución de los judíos que, en virtud de su proximidad "genealógica", son representados como los peores enemigos del cristianismo. Ellos son los adversarios que rechazan "convertirse", que rechazan reconocer al cristianismo como el "verdadero Israel". Como Shmuel Trigano indica, "proyectándose a sí mismo como el nuevo Israel, el Occidente ha dado al judaísmo una jurisdicción de facto, aunque no el derecho a ser él mismo". Esto significa que el Occidente puede llegar a ser "israelita" hasta el grado en que niega a los judíos el derecho a ser israelitas. De aquí en adelante, la noción misma del "judeo-cristianismo" puede ser definida como un doble encarcelamiento. Aprisiona al "Occidente cristiano", que por su propio acto deliberado se ha subordinado a una "jurisdicción" ajena, y al hacer eso niega esta misma jurisdicción a sus dueños legítimos (los judíos). Además, encarcela a los judíos que, en virtud de una religión diferente de la propia, están ahora inmerecidamente atrapados en el supuesto lugar de su "logro" por medio de una religión que no es la propia. Trigano más adelante añade: "Si el judeo-cristianismo puso los fundamentos del Occidente, entonces el lugar mismo de Israel es también el Occidente". Posteriormente, los requisitos de la "occidentalización" deben también llegar a ser los requisitos de la asimilación y la "normalización", y la negación de la identidad. «La crisis de la normalidad judía es la crisis de la occidentalización del judaísmo. Por lo tanto, salir del Occidente significa para los judíos volver la espalda a su "normalidad", es decir, abrirse hacia su otredad». Esta parece ser la razón de por qué las comunidades judías hoy critican el "modelo occidental", sólo después de que ellos primero adoptan su propia historia específica con una actitud semi-amnésica y semi-crítica.

     En vista de esto, el anti-judaísmo cristiano puede ser correctamente descrito como una neurosis. Como Jean Blot escribe, es debido a su "predisposición hacia la alienación" que el Occidente es incapaz de "realizarse o re-descubrirse". Y de esta fuente surge la neurosis anti-judaica. "El anti-judaísmo permite que el anti-judío proyecte en el judío su propia neurosis. Él lo llama un forastero, porque él mismo es un forastero, un ladrón, un hombre poderoso, un advenedizo; él lo llama un judío, porque él mismo es este judío en la profundidad más interna de su alma, siempre en movimiento, permanentemente alienada, siendo un extraño ante su propia religión y ante el dios que lo encarna". Sustituyendo su mito original por el mito del monoteísmo bíblico, el Occidente ha convertido al hebraísmo en su propio super-ego. Como una consecuencia inevitable, el Occidente tuvo que volverse contra el pueblo judío, acusándolos de no perseguir la "conversión" en términos de la evolución "lógica" que deriva del Sinaí al cristianismo. Además, el Occidente también acusó al pueblo judío de intentar, en un aparente "deicidio", obstruír esta evolución.

     Muchos, incluso hoy, asumen que si los judíos debieran renunciar a su identidad definida, el "problema judío" desaparecería. En el mejor de los casos, ésta es una proposición ingenua, y en el peor, esto enmascara una forma consciente o inconsciente de anti-judaísmo. Además, esta proposición, que es inherente en el racismo de asimilación y en la negación de la identidad, representa el revés del racismo de exclusión y persecución. En el Occidente, señala Shmuel Trigano, cuando los judíos no eran perseguidos, ellos "fueron reconocidos como judíos sólo a condición de que primero dejaran de ser judíos". Dicho de otra forma, a fin de ser aceptados, ellos tenían que rechazarse a sí mismos; ellos tenían que renunciar a su propio Otro a fin de ser reducidos al Mismo. En otro tipo de racismo, los judíos son aceptados, pero negados; en el primero, ellos son aceptados, pero no reconocidos. La Iglesia ordenó que los judíos eligieran entre la exclusión (o la muerte física) o la auto-negación (muerte espiritual e histórica). Sólo por medio de la conversión podrían ellos llegar a ser "cristianos, como los otros".

     La Revolución francesa emancipó a los judíos como individuos, pero los condenó a desaparecer como "nación"; en este sentido, ellos fueron obligados a convertirse en "ciudadanos como los demás". El marxismo, también, intentó asegurar la "liberación" del pueblo judío imponiendo sobre ellos una división de clase, de la cual inevitablemente resultó su dispersión.

     Los orígenes del totalitarismo moderno no son difíciles de rastrear. En una forma secularizada, ellos están vinculados a las mismas variedades radicales de intolerancia cuyas causas religiosas acabamos de examinar. La organización del totalitarismo está modelada a partir de la organización de la Iglesia cristiana, y en una manera similar los totalitarismos explotan los temas de las "masas", los temas intrínsecos en la democracia de masas contemporánea. Esta secularización del sistema ha hecho, en efecto, al totalitarismo más peligroso, independientemente del hecho de que la intolerancia religiosa a menudo provoca, a cambio, una intolerancia revolucionaria igualmente destructiva. "El totalitarismo", escribe Gilbert Durand, "es reforzado posteriormente, en la medida en que los poderes de la teología monoteísta (que al menos dejó intacto el juego de la transcendencia) han sido transferidos a una institución humana, al Gran Inquisidor".

     Es un serio error asumir que el totalitarismo manifiesta su verdadero carácter sólo cuando emplea la coacción aplastante. La experiencia histórica ha demostrado —y continúa demostrando— que puede existir un totalitarismo "limpio", que, en una manera "suave", produce las mismas consecuencias que los clásicos tipos de totalitarismo. Los "robots felices" de 1984 o de Un Mundo Feliz no tienen una condición más envidiable que los prisioneros de los campos de concentración. En esencia, el totalitarismo no se originó con Saint-Just, Stalin, Hegel o Fichte. Más bien, como Michel Maffesoli dice, el totalitarismo surge "cuando una forma sutil de totalidad plural, politeísta y contradictoria, que es inherente en la interdependencia orgánica" es reemplazada por una monoteísta. El totalitarismo se origina en un deseo de establecer la unidad social y humana mediante la reducción de la diversidad de individuos y pueblos a un solo modelo. En este sentido, él argumenta, es legítimo hablar de una "arena social politeísta, refiriéndose a dioses múltiples y complementarios" por contraposición a una "arena política monoteísta fundada en la ilusión de unidad". Una vez que el politeísmo de los valores "desaparece, afrontamos el totalitarismo". El pensamiento pagano, por otra parte, que fundamentalmente permanece atado a las raíces y al lugar, y que es un centro preferente de la cristalización de la identidad humana, rechaza todas las formas religiosas y filosóficas de universalismo.–



Politeísmo / Monoteísmo
por Alain de Benoist


     He aquí nos remontamos a la época en la que los sacerdotes monoteístas derribaban las columnas de los templos, mutilaban las estatuas, martirizaban a Hipatia, se negaban a servir al Emperador y le abrían las puertas de Roma a los bárbaros...

     En el "paganismo", los dioses son hechos a imagen de los hombres. La diversidad de los dioses es la proyección, idealizada y armoniosa, de la diversidad de los hombres, el reconocimiento y la consagración de esta diversidad. Los pueblos son diferentes, los dioses son diferentes. Ellos no se excluyen unos a otros. Incluso hubo en Roma un "altar al dios desconocido".

     El politeísmo exalta la forma, la belleza. Él da origen al arte, a la libre reflexión, a la tolerancia. La misma noción de libertad es una invención europea. En Roma, la forma jurídica es hermana gemela de la libertad. Los griegos se definen primero como hombres libres. Y el patriotismo nace de esta nueva idea: al defender la ciudad, defendemos un bien común, una libertad común. "Libres en nuestra vida pública, no escudriñamos con una curiosidad suspicaz la conducta privada de nuestros concuidadanos —dice Tucídides en el discurso que le atribuye a Pericles—, no le reprochamos vivir a su modo; pero somos respetuosos del orden público; obedecemos a nuestros magistrados y a nuestras leyes, sobre todo a aquellas que, por no estar escritas, tienen por objeto la protección de los débiles...".

     El monoteísmo es completamente diferente. Él implica la devaluación del Otro a favor de Todo Otro... Es a causa de su "audacia" que la Humanidad decayó, que entró en la Historia. En la Biblia, esta "audacia" es condenada sin cesar, en la medida en que le hace sombra a Yahvé. Allí donde el politeísmo instituye una diversidad funcional de las relaciones, el monoteísmo consagra la relación única de amo y esclavo. El Antiguo Testamento está colocado totalmente bajo el signo de lo Único, de la reducción de la diversidad. El monoteísmo pone en principio la exclusividad de un dios en relación a otros, de una verdad que rechaza todas las demás opiniones como tantos otros errores con respecto a lo absoluto. La negación de la "idolatría", la tradición del desierto, la tradición del templo vacío, no es otra cosa que esta devaluación de la diversidad.

     El monoteísmo justifica moralmente la eliminación del Otro. "Destruirás todos los lugares donde las naciones a quienes vas a echar sirven a sus dioses. Demolerás sus altares, quebrarás sus estelas, derribarás las estatuas de sus dioses" (Deuteronomio 12:2-3). Es que "Yahes un dios celoso que castiga el crimen de los padres sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación" (Éxodo, 20:5). El adversario es por lo tanto "pasado a filo de espada" (Josué, 5:21), y "exterminado" (Isaías 14:30). "El que no quiera obedecer a la autoridad del sacerdote que sirve a Yahvé, morirá" (Deuteronomio 17:12). Abramos los Salmos: "Oh Yahvé, ciertamente harás morir al impío" (139:19). "¿No odio acaso, oh Yahvé, a los que te aborrecen? Los odio con un odio total; ellos son enemigos para mí" (139:21-22). Jeremías implora: "Dales lo que se merecen... Extermínalos de debajo de los cielos, oh Yahvé" (Lamentaciones 3:64-66). Él describe a los paganos como animales de matadero: "Llévatelos, oh Yahvé, como corderos conducidos a la carnicería, y prepáralos para el día de la matanza" (Jeremías 12:3)...

     Afortunadamente no es sólo esto lo que hay en la Biblia. Encontramos allí también páginas admirables. Empero, no hay que negar la evidencia. Ningún texto del "paganismo" contiene pasajes que den a entender que la matanza pueda ser moralmente justificada, y que creen al mismo tiempo las condiciones apropiadas para el desarrollo de esta buena conciencia que, puesta al servicio de la represión, la hace más despiadada todavía.

     "La intolerancia y el fanatismo característico de los profetas y de los misioneros de los tres tipos de monoteísmo —escribe Mircea Eliade, tienen su modelo y su justificación en el ejemplo de Yahvé" (Historia de las Creencias y de las Ideas Religiosas, volumen 1).

     "La sociedad pagana —explica Luis Rougier— ignoraba la intolerancia religiosa, porque las religiones antiguas, con exclusión del judaísmo, y luego del cristianismo, eran politeístas. Por principio, toda religión politeísta es tolerante, ya que, postulando la existencia de un gran número de dioses, admite por esto mismo la legitimidad de diversos cultos (...) La intolerancia religiosa fue sobre todo el hecho de las sociedades monoteístas, que no admiten a otros dioses aparte del suyo, y que tienden a hacer fusionar el poder civil y político con el poder religioso en las manos de una casta sacerdotal" (Le Génie de l'Occident, 1969).

     Que los totalitarismos modernos representan otras tantas transposiciones políticas del monoteísmo religioso, ha sido por otra parte demostrado no una sino ciento de veces. El propio Karl Marx escribe que el comunismo está llamado a "realizar de un modo profano el fondo humano del cristianismo".






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