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lunes, 24 de febrero de 2014

El Partido NS en la Alemania del III Reich



    Durante su vida Theodore Lothrop Stoddard (1883-1950), más conocido sólo por sus apellidos, fue uno de los escritores más influyentes de Estados Unidos. Él obtuvo un doctorado en Historia en Harvard, y fue el autor de 15 libros, incluyendo la muy comentada obra de 1920 The Rising Tide of Color (La Marea Alta de Color). Él escribió numerosos artículos y ensayos, y fue un escritor editorial y experto en asuntos exteriores del The Washington Star. Poco después del inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa, él fue a Alemania de parte de la North American Newspaper Alliance para reportear de primera mano el Tercer Reich asediado por la guerra. Durante esta visita él sostuvo entrevistas con figuras claves tales como Hitler, Himmler y Goebbels. Stoddard compiló sus observaciones y entrevistas en un libro de 300 páginas, Into the Darkness, que el Diccionario de Biografía Estadounidense calificó como "una valoración justa y honesta del Estado nacionalsocialista". En el siguiente ensayo, adaptado del capítulo 20 de "Into the Darkness. Nazi Germany Today" (1940), Stoddard presenta una mirada escéptica pero de mente abierta frente al papel del omnímodo Partido Nacionalsocialista. Este capítulo incluye una entrevista a Robert Ley, jefe del Frente del Trabajo, y su entrevista de Enero de 1940 con Heinrich Himmler, la primera alguna vez concedida a un periodista extranjero por el líder SS. Este artículo que presentamos ahora en castellano estaba en ihr.org, sitio del Institute for Historical Review, y había sido publicado en el Journal of Historical Review de Sept.-Dic. de 1999.


El Partido Nacional-Socialista
en la Alemania del Tercer Reich
por T. Lothrop Stoddard, 1940



    "El Partido". Ésta es la frase más común en Alemania hoy. Esto denota a la todopoderosa organización NSDAP (Partido Nacional Socialista Alemán de Trabajadores) que domina, dinamiza y dirige el Tercer Reich.

    Entonces ¿qué es el Partido, y cuáles son sus relaciones con la Nación, la administración estatal, y aquellas innumerables organizaciones características de la vida alemana?. Ésta fue una de las primeras preguntas que propuse cuando estuve en Alemania. Conociendo la gama de la literatura oficial, supuse que me darían con prontitud un ordenado manual que expusiera todo el tema en una meticulosa manera teutónica. Cuál sería mi asombro cuando el Ministerio de Propaganda me informó que no existía ningún tal manual, dándoseme como razón que el sistema era más o menos fluído y que continuamente estaban teniendo lugar cambios.

    En consecuencia, tuve que armar el cuadro actual pieza a pieza. Usted nunca puede estar seguro, a primera vista, de qué es el "Partido" y qué no es. Por ejemplo, al principio di por sentado que todos los hombres de camisa marrón de la SA y los uniformados de negro de la SS que vi eran miembros del Partido. Hoy en día he aprendido que esto no era verdad; muchos de ellos eran postulantes, calificándose para el ingreso por un servicio meritorio. En cuanto a las organizaciones, algunas eran "Partido", otras "Estado", e incluso otras son intermedias, mientras que una o dos, como el Servicio de Trabajo Nacional (Arbeitsdienst), fueron comenzadas por el Partido pero están ahora bajo control estatal. Era todo muy confuso. En efecto, francamente confieso que incluso ahora no tengo una idea totalmente clara del esquema en todos sus complejos detalles.

    La razón de esta aparente confusión parece ser que el Nacionalsocialismo, aunque un movimiento revolucionario, evolucionó como un partido político regular con una propia organización completa, hasta que, al tiempo en que subió al poder, había llegado a ser prácticamente un Estado dentro de un Estado. En vez de mezclarse con el Estado, o viceversa, esta organización separada ha sido mantenida. Por supuesto, todas las ramas del Estado son encabezadas por prominentes hombres del Partido, y sus subordinados más altos son por lo general miembros del Partido. En efecto, un hombre puede ejercer simultáneamente un cargo del Estado y uno del Partido. Pero, en tales casos, ambos cargos y sus funciones son mantenidos conscientemente distintos uno de otro.

    Cuando los nacionalsocialistas tratan de explicarle a usted las interacciones del Estado y el Partido, ellos por lo general dicen que el Partido es como un motor eléctrico que hace funcionar a mucha maquinaria. Este motor es el gran energizante. Gira muy rápidamente y trata de hacer que la máquina vaya a máxima velocidad. La máquina, sin embargo, tiende a funcionar a un ritmo regulado, atenuando en la práctica el impulso dinámico del motor. El Partido insta siempre: "¡Más rápido!, ¡más rápido!". Los funcionarios de la administración estatal, sin embargo, atareados como están con sus actuales responsabilidades y afrontando problemas prácticos, actúan como una máquina "gobernadora", manteniendo el progreso dentro de límites realistas.

    El doctor Robert Ley, jefe del Frente del Trabajo, ocupa el cargo de líder de la organización para el Partido entero, y en esta exaltada fase de sus actividades sus puntos de vista fueron esclarecedores.

    "Doctor Ley", le pregunté en una entrevista, "durante mucho tiempo he estado estudiando las diversas organizaciones que usted dirige. Pienso que he aprendido bastante sobre ellas, pero sé que no tengo el cuadro entero. ¿Me explicaría usted brevemente los principios básicos que son la base de todas ellas?. ¿Y explicaría usted también las relaciones de ellas tanto con el Partido como con el Estado?".

    Caía la tarde. Estábamos sentados en una acogedora sala de recepción adyacente al estudio del doctor, en la atmósfera relajante de té, pasteles y sandwiches. Durante algunos momentos, el doctor Ley bebió a sorbos su té reflexivamente.

    "Veamos cómo podría decirlo mejor", dijo él finalmente. "En cuanto a nuestras ideas básicas, ellas son muy simples. En primer lugar, el principio del liderazgo natural. Por esto queremos decir el líder probado que por sus propios méritos ha peleado su camino desde abajo hasta el mando supremo. Esto es mejor ejemplificado por Adolf Hitler, nuestro Führer, de quien creemos que es un genio inspirado".

    A esa altura el doctor Ley se había encendido bastante con el tema. Sus ojos grises brillaban con entusiasmo.

    "Nuestro segundo principio", continuó, "es la lealtad y la obediencia absolutas. Mientras un plan está bajo discusión, es cuidadosamente sopesado desde todos los ángulos. Una vez que el debate está cerrado y una decisión ha sido tomada, todo el mundo se pone detrás de ella en un cien por ciento. Pero detrás de ambos principios hay un tercero que es incluso más fundamental. Es lo que llamamos la Comunidad (Gemeinschaft), la unidad orgánica de un pueblo, fundada en la identidad de la sangre. Alemania es afortunada en estar racialmente unida. Es el secreto último de nuestra fuerza armoniosa".

    "Gracias por la explicación", dije. "Ahora, ¿le importaría continuar y decirme cómo, sobre aquellos fundamentos, usted ha conformado las distintas organizaciones que usted dirige, y cómo ellas se sitúan con respecto al Partido y al Estado?".

    "Antes de que lo haga", contestó el doctor Ley, "déjeme aclarar lo que el Partido y el Estado significan el uno para el otro. El Partido Nacionalsocialista, como otros indudablemente le han dicho, puede ser comparado con un motor que suministra la energía por medio de la cual es dirigida una máquina complicada. Para cambiar el símil, también podemos comparar el Partido a la avanzada de una columna de tropas que marchan. Su deber es ser pioneros, investigar, asegurar todo. El Estado, por otra parte, es el cuerpo principal que ocupa el terreno ganado y pone todo en un orden final. Una de las características más destacadas del Tercer Reich es que el Partido puede hacer, y hace, toda clase de experimentos que serían imposibles para los funcionarios estatales, atados como están por las regulaciones legales y la burocracia".

    "¿Le importaría ser un poco más específico a ese respecto?", planteé.

    "Bien", dijo él. "Tome como ejemplo mi caso. Yo no soy un funcionario estatal. Soy solamente un líder del Partido cuyo deber es preparar tales experimentos y echarlos a andar. Dentro de mi campo, tengo una libertad de acción casi ilimitada. Por ejemplo, cuando el Führer ordenó que yo materializara el plan para el Automóvil del Pueblo (Volkswagen), necesité grandes sumas de dinero. Por supuesto, soy considerado estrictamente responsable de sus resultados. Si yo arruinara un trabajo, sería inmediatamente llamado a rendir cuentas. Pero mientras las cosa salgan bien, no tengo que gastar mi tiempo explicando a toda clase de personas lo que estoy haciendo. Con nosotros, es la eficacia la que cuenta".

    "¿Siempre tienen éxito sus experimentos?", pregunté.

     "No siempre", admitió el doctor Ley. "Y cuando, después de un proceso completo y justo, ellos son encontrados irrealizables, francamente renunciamos a ellos. A veces encontramos que una idea es teóricamente válida, pero, por una razón u otra, prematura. En este caso dejamos la idea a un lado, para ser intentada en otra oportunidad bajo circunstancias más favorables. Pero cuando un experimento ha demostrado ser válido y realizable, el Partido dentro de poco lo entrega al Estado, el cual entonces, por decirlo así, lo ancla firmemente en la vida nacional dándole un status legal permanente. Eso es lo que realmente ha sucedido con la institución que llamamos Arbeitsdienst, el servicio de trabajo universal requerido de jóvenes hombres y mujeres. Esto comenzó como un experimento social dirigido por el Partido. Ahora, habiéndose comprobado completamente, es un asunto estatal regular".

    "Lo cual significa", sugerí, "que el Partido por lo tanto ¿es libre de emprender todavía otros experimentos sociales?".

    "Exactamente", él asintió. "Y tenemos tantas medidas, no simplemente para el mejoramiento de la vida materialmente, sino para enriquecerla también. Creemos que mientras más trabajo demos a los hombres para que hagan, más disfrute debemos darles también. Esto se aplica a todos los grados de personas, con recreación proporcionada a ellos según sus capacidades y gustos. Esto no es un proceso de nivelación sino más bien un proceso de categorización, poniendo a la gente en sus lugares apropiados".

    "¿A cada hombre según sus capacidades?", observé.

     "Absolutamente", dijo el doctor Ley. "Estamos siempre en la búsqueda de la capacidad; sobre todo de la capacidad para el liderazgo (Leitungsfaehigkeit). Aquella preciosa cualidad confiere sobre un individuo el derecho a una vida agradable, una casa satisfactoria, y muchas otras cosas buenas. Pero en el instante en que él se muestra indigno de su posición, él pierde todo aquello y es hecho a un lado. El Nacionalsocialismo no tiene favoritos. Mientras que los príncipes y los hombres ricos no han sido privados de sus títulos y de su riqueza, ninguno de ellos tiene ningún derecho prescriptivo a la prominencia en el Tercer Reich. Si un príncipe en el Partido (y los tenemos) muestra capacidad para el liderazgo, él sigue adelante. De otro modo, se queda en un segundo plano".

     Esto en cuanto a esta exposición de principios del Partido, hecha por su director organizativo, para ser tomada con la prudente dosis de escepticismo entre la teoría y la práctica. Ahora unas pocas palabras en cuanto al crecimiento y carácter de la membresía del Partido, según se desprende de diversos portavoces oficiales.

     Hasta el 30 de Enero de 1933 las listas estaban abiertas para todas las personas que quisieran unirse. Hasta aquel tiempo el Partido estaba luchando por su vida misma, y cada recluta era bienvenido. En aquella fecha trascendental, el triunfo del Nacionalsocialismo llegó a estar prácticamente asegurado. En ese momento, su membresía totalizaba aproximadamente 1.600.000 personas. Estos veteranos, que se unieron mientras el éxito era todavía dudoso y que ayudaron a cruzar al otro lado, todavía disfrutan de un cierto prestigio ligeramente reminiscente de los "Viejos Bolcheviques" de la Rusia soviética. La "Vieja Guardia" nacionalsocialista retiene la mayor parte de los principales cargos, y es generalmente considerada como de la mayor confianza. Esto explica por qué uno ve relativamente pocos tipos aristocráticos en las filas superiores del Partido hoy, porque no muchos se unieron antes de 1933.

     Aunque comenzó inmediatamente una carrera por subirse al carro de la victoria, el Partido dio la bienvenida a nuevos miembros hasta Mayo siguiente, cuando sus filas se habían hinchado a 3.200.000, en un 100 por ciento. La lista fue cerrada entonces para los individuos, pero estaba todavía abierta a miembros de ciertas organizaciones nacionalistas como la Stahlhelm [asociación de veteranos] hasta 1936, cuando el Partido tenía 4.400.000 adherentes. A partir de entonces, las incorporaciones fueron rígidamente escudriñadas. De hecho, las postulaciones fueron desalentadas; el Partido buscaba al hombre, más bien que el hombre al Partido. La regla era ahora que la pertenencia se ganaba sólo después de un servicio leal de dos o tres años de una forma u otra. Se requiere de un excepcional acto de mérito a los ojos del Partido para que un hombre o mujer sea admitido en un tiempo menor. La mayor parte del trabajo no remunerado del país, como el servicio voluntario en el NSV (la organización de bienestar público nacional), la unidad de ayuda invernal, o la distribución de la tarjeta de alimentos, es hecha con esto en mente. Una actividad excepcionalmente distinguida se requería para que tales personas ascendieran en la organización del Partido. Los técnicos capaces pueden conseguir pronto buenos empleos, pero eso es diferente a entrar en la capa superior dirigente. Me dijeron que las reglas menos rigurosas habían estado vigentes para los candidatos de Sudetenland y de Polonia después de la adquisición de aquellas regiones, y que los miembros totales ahora se acercan a 6 millones. Después de todo, no es una cifra muy grande en comparación con los 80 millones de alemanes que habitan en el Gran Reich. El Partido es así todavía bastante exclusivo, aunque si añadimos las familias de los miembros, el bloque nacionalsocialista probablemente alcanza a cerca de 20 millones.

     Teóricamente, cualquier hombre o mujer joven de sangre "aria" pura es elegible cuando ellos alcanzan la mayoría de edad, y si son de las filas de la juventud cuyos miembros el Partido se esfuerza por reclutar. Sin embargo, incluso aquí los candidatos deben tener un registro intachable, desde un punto de vista del Partido, en la Juventud Hitleriana, y deben estar avalados por su Grupo de Partido local. La admisión formal toma la forma de un juramento solemne prestado delante de la bandera de la esvástica, con el el brazo derecho alzado en el saludo nacionalsocialista. El juramento consiste en una promesa de obediencia incondicional a Adolf Hitler y al Partido, después de lo cual el neófito suscribe una larga lista de mandamientos, siendo el primero: "El Führer siempre tiene la razón".

     De las nuevas generaciones, el partido de este modo selecciona para el ingreso a aquellos hombres y mujeres jóvenes mejor acondicionados para sus objetivos, y de este grupo ya seleccionado es reclutado el Schutz Staffeln (Destacamento de Defensa), comúnmente conocido como la SS. Éste es el ejército privado del Partido. Al principio era una sección de élite relativamente pequeña de las tropas de asalto de camisas marrón. Pero después de que el Partido tomó el poder, los hombres SA fueron asignados principalmente a deberes patrióticos rutinarios tales como la recolección de la ayuda de invierno. La SS, al contrario, llegó a ser el pilar del partido en el mantenimiento de su influencia y autoridad omnipenetrante. Yo fui incapaz de averiguar su cantidad precisa, pero entiendo que su fuerza actual es de al menos 200.000, organizados en regimientos, brigadas y divisiones, tal como el ejército regular mismo.

     Además, la SS sirve como una escuela de entrenamiento tanto para la policía común (Schutz Polizei) como para la Policía Secreta Política, la temida Gestapo. Las tres organizaciones aliadas son encabezadas por Heinrich Himmler, que las construyó hasta su actual eficiencia y quien maneja de esa manera un poder en el Reich probablemente sólo superado por el del Führer.

     El típico hombre SS es alto y rubio, joven o en la flor de la vida, con un buen físico realzado por el entrenamiento atlético cuidadoso. Mientras camina en su impecable uniforme negro con su simbólica insignia de la calavera, él es claramente como un gallo paseándose, y él lo sabe. Es interesante observar cómo los civiles por instinto le dan la prioridad en las aceras o en los trenes subterráneos.

     Estos hombres SS pueden ser desde muchos puntos de vista comparados al cuerpo de Jenízaros del antiguo Imperio Otomano. Para comenzar, ellos son hombres escogidos, escogidos por su lealtad fanática al Partido, por su salud y su fuerza, y por la sangre "aria" pura. Antes de obtener el ingreso pleno en la SS ellos se someten a un entrenamiento riguroso, espartano en su carácter, que es mejor caracterizado por la famosa máxima de Nietzsche: "¡Haceos duros!". La dureza bien equilibrada tanto para consigo mismo como con los demás es su actitud sobresaliente. Conversando con residentes extranjeros sobre algún aspecto rudo o despiadado del régimen nacionalsocialista, ellos a menudo dirían: "Es la aparición de la mentalidad SS".

     Como podría esperarse, los SS tienen un fuerte espíritu de grupo. Su orgullo por ellos mismos y su organización es inequívoco. Cada aspecto de sus vidas privadas debe conformarse a estándares estrictos y es cuidadosamente supervisado. Por ejemplo, cuando ellos se casan (como se supone que ellos lo hacen en conformidad con el programa eugenésico nacionalsocialista), la novia debe ser igualmente "aria", debe pasar exigentes pruebas físicas, y se espera que asista a cursos especiales de formación doméstica e ideológica. La pareja es así juzgada apta para desempeñar el papel requerido de ellos y para producir muchos hijos para aquella aristocracia biológica que está destinada a convertirse en los gobernantes naturales del Tercer Reich. A cambio, las familias SS son bien atendidas. Dos de las mejores urbanizaciones que me mostraron en los barrios residenciales de Berlín eran para casas SS.

     Entiendo que la Gestapo, o Policía Secreta, es igualmente bien disciplinada y cuidada, pero por supuesto ellos son invisibles a la vista corriente. Recuerdo un caso divertido sobre este punto. Algún tiempo después de mi llegada a Berlín yo estaba charlando con un jerarca nacionalsocialista, quien me preguntó por causalidad: "A propósito, ¿cuántos hombres de la Gestapo ha visto desde que llegó aquí?".

     "Ninguno, que yo pudiera reconocer", fue mi respuesta.

     Él se rió cordialmente. "Una buena respuesta", dijo él. "Y usted nunca va a reconocerlos, a menos que ellos lo busquen a usted".

     Bien, había un Gestapo a quien yo quería ver: el Gran Jefe de todos ellos, Heinrich Himmler mismo. Pero me dijeron que verlo era casi tan difícil como conseguir una audiencia con el Führer, porque él sistemáticamente rechaza la publicidad y es por lo tanto periodísticamente una de las personalidades más inaccesibles de Alemania. Naturalmente, eso me puso más impaciente para entrevistarlo. Finalmente lo hice, el mismo día antes de que yo dejara Berlín. Periodísticamente, esto era una clara "primicia", ya que me dijo el Ministerio de Propaganda que la mía era la primera entrevista que Himmler había concedido alguna vez a un corresponsal extranjero.

     Como tantas de mis experiencias en la Alemania nacionalsocialista, el asunto entero era completamente diferente de lo que yo había imaginado. De improviso, usted diría que la oficina central del temible Himmler tendría una atmósfera misteriosa o hasta siniestra. Pero no fue así. Se trata de un antiguo edificio señorial, hecho oficinas. Usted necesita un pase especial para entrar, pero fui con un funcionario, de modo que no hubo ninguna tardanza. Subiendo al segundo piso por una amplia escalera de piedra, rápidamente se nos mostraron los espacios del Jefe, y pasamos a través de un conjunto de oficinas, iluminadas, bien ventiladas, y con un práctico buen gusto. Allí, hombres y mujeres jóvenes estaban ocupados con máquinas de escribir y archivadores. Si los hombres no hubieran estado en uniforme, yo podría haberme imaginado a mí mismo reuniéndome con un ejecutivo de alguna gran corporación. Ciertamente, no había ninguna atmósfera "policiaca" en el lugar, secreta o de alguna otra manera; ningún hombre obviamente vestido de civil, detectives de ojos taladradores, u otras "propiedades" de una naturaleza similar.

     Cuando finalmente entré en el santuario interior, fui encontrado por un individuo de andar enérgico de estatura media quien me saludó agradablemente y me ofreció un asiento en un sofá bien tapizado. Heinrich Himmler es un tipo alemán del Sur, con el pelo oscuro muy corto, un acento bávaro, y ojos azules oscuros que inquisitivamente lo miran a usted detrás de unas gafas sin montura. Él tiene sólo cuarenta años de edad, extraordinariamente joven para ser el hombre que encabeza la policía entera del Reich, manda la SS entera, y está a cargo del enorme programa de re-asentamiento por el cual cientos de miles de alemanes de los países del Báltico, Rusia, e Italia del Norte están regresando de cualquier modo a su Patria racial y cultural.

     Aquellos son ciertamente tres ocupaciones enormes para un individuo. Cómo él lo hace, es difícil de entender. Pero usted consigue al menos una noción cuando usted se reúne y conversa con él. Mientras más tiempo usted esté en su presencia, más usted se da cuenta de la energía dinámica, refrenada y no espectacular, pero persistente y eficiente al máximo grado. También usted comienza a vislumbrar qué es lo que yace detrás de su prosaico aspecto. Al principio él lo impresiona a usted como un burócrata bastante laborioso. Pero cuando habla de sus deberes policiales, usted nota que su boca forma una delgada línea mientras sus ojos toman un destello acerado. Entonces usted comprende cuán formidable él debe ser profesionalmente.

     Fue este aspecto de estas actividades lo que primero mencioné. "Ciertamente me alegro de encontrarme con alguien de quien he oído tanto", fue mi comentario de apertura. "Quizás usted sabe que, en Estados Unidos, oímos cosas bastante terribles sobre la Gestapo. En efecto", añadí con una sonrisa, "es a veces comparada a la Cheka rusa, con usted mismo, Excelencia, como un segundo Dzerzhinsky".

     Himmler tomó esto de buena manera. Él se rió fácilmente. "Estoy seguro de que nuestra organización policial no es ni la mitad tan negra como la pintan en el extranjero", fue su respuesta. "Ciertamente hacemos todo lo posible para combatir crímenes de todas clases, y nuestras estadísticas criminales implican que somos bastante exitosos. Francamente, creemos que los delincuentes habituales no deberían estar en libertad para infestar la sociedad, de manera que los mantenemos encarcelados. ¿Por qué, por ejemplo, debería un delincuente sexual que ha sido condenado tres de cuatro veces ser otra vez puesto en libertad?: ¿para llevar una pena duradera a otro hogar decente?. Enviamos a todas tales personas a un campo de detención y los mantenemos allí. Pero le aseguro que sus condiciones no son malas. De hecho, sé que ellos están mejor alimentados, vestidos, y alojados que los mineros del Sur de Gales. ¿Alguna vez ha visto usted uno de nuestros campos de concentración?".

     "No", contesté, "no fui capaz de conseguir el permiso".

     "Lástima que no supe nada sobre ello", dijo Himmler. "Allí usted vería la clase de escoria social que hemos retirado de la sociedad para su propio bien".

     Estaba todo muy bien, pero sentí que Himmler estaba evitando responder un poco. Entonces proseguí: "Usted se refiere a los criminales en el sentido general del término. ¿Pero qué hay con los delincuentes políticos, digamos, liberales pasados de moda?. ¿Es tolerada alguna oposición política?".

     "Lo que una persona piense no es de nuestro interés", respondió Himmler rápidamente. "Pero cuando él actúa sobre sus pensamientos, quizás al punto de comenzar una conspiración, entonces tomamos medidas. Creemos en la extinción de un fuego mientras es todavía pequeño. Esto ahorra problemas y evita mucho daño. Además", él continuó, "no hay ninguna necesidad de oposición política con nosotros. Si un hombre ve algo que él piensa que está equivocado, déjenlo venir directamente a nosotros y que discuta el asunto. Déjenlo incluso escribirme personalmente. Tales cartas siempre me llegan. Damos la bienvenida a nuevas ideas y estamos encantados de corregir errores. Déjeme darle un ejemplo. Suponga que alguien ve un mal manejo del tráfico en una esquina ocupada. En otros países él podría escribir una carta mordaz a los periódicos diciendo cuán estúpidamente y mal la policía maneja las cosas. Las cien mil personas que nunca pueden haber visto dicha esquina podrían ponerse todos excitados, y el prestigio tanto de la policía como del Estado mismo podría sufrir en consecuencia. Con nosotros, todo lo que el hombre tiene que hacer es escribirnos, y le aseguro que el asunto será rápidamente corregido".

     Sintiendo que este símil del tráfico era un poco ingenuo, traté de llevarlo de vuelta al punto que él sabía que yo tenía en mente. Asentí con la cabeza comprensivamente y dije: "Eso suena razonable. ¿Pero cuando se trata de un asunto político?. Por ejemplo, tome a un hombre como el pastor Niemœller".

     Sentí que debí haber provocado alguna reacción, porque el pastor es una hiedra venenosa para la mayor parte de los nacionalsocialistas. Sólo unos días antes, un miembro bastante prominente del Partido se había puesto rojo en la cara ante la mención del nombre de Niemœller y había hecho un ruido de desprecio: "¡El sucio traidor! ¡Si fuera por mí, yo ordenaría que lo pusieran contra una pared y que le dispararan!".

     Himmler lo tomó más tranquilamente. Él simplemente levantó una mano de desaprobación, contestando: "Por favor entienda, fue la controversia política la que lo metió en problemas. Nunca interferimos con asuntos del dogma religioso". Luego, después de la pausa de un momento, él añadió: "Si los ataques extranjeros sobre nosotros en este asunto cesaran, quizás él podría ser tratado con más indulgencia".

     Estaba claro que Himmler no deseaba hablar del asunto en adelante. Sus ojos se estrecharon ligeramente y un ceño fruncido apareció encima del puente de su nariz. Viendo que no había nada más para ganar en aquella línea, tomé otra dirección.

     "Dígame algo sobre la base de la organización SS", fue mi siguiente pregunta.

     "La Schutz-Staffel", contestó Himmler suavemente, "representa la mejor y más sana virilidad joven de la raza. Está fundada sobre los ideales de sacrificio, lealtad, disciplina, y excelencia completa. Además de ser soldados, los SS tienen muchos lados culturales. Por ejemplo, tenemos nuestra propia fábrica de porcelana, hacemos nuestro propio mobiliario, y hacemos mucha investigación académica. Cuando terminemos ahora, lo llevaré a usted al cuartel del Leibstandarte aquí en Berlín, el regimiento de élite que protege al Führer. Allí usted verá el tipo de virilidad joven de la cual la SS está tan justamente orgullosa".

     "Y ahora, Excelencia", continué, "¿algunas palabras, si usted desea, sobre su política de re-asentamiento?".

     "Aquella política", contestó Himmler, "puede ser mejor expresada en las palabras de nuestro Führer: "Para dar una paz durable a nuestras fronteras del Este". Durante siglos, aquella región y otras en Europa del Este han sido crónicamente perturbadas por minorías incompatibles irremediablemente mezcladas unas con otras. Lo que ahora estamos tratando de hacer es separar estos elementos pendencieros de una manera constructiva. Hemos retirado voluntariamente nuestras minorías alemanas desde lugares como los países del Báltico, y haremos lo mismo en Italia del Norte. Estamos incluso delimitando un lugar para los judíos donde ellos puedan vivir silenciosamente para sí mismos. Entre nosotros y los polacos procuramos formar un límite racial apropiado. Por supuesto, vamos al respecto lentamente. Usted no puede mover multitudes de personas con su ganado y bienes personales como peones en un tablero de ajedrez. Pero ése es el objetivo que finalmente esperamos alcanzar".

     Himmler habló posteriormente de sus políticas de re-asentamiento, evitando cuidadosamente los aspectos trágicos que ellas implican. Luego retornó brevemente al asunto de su SS. En aquel punto, un elegante ayudante joven entró y saludó.

     "El automóvil está listo, señor", anunció él.

     "Para ver a los Escoltas", explicó Himmler. "Yo ciertamente querría que usted echara un vistazo a mis hombres antes de que usted se marche".

     Diciendo esto, el temible jefe de la Gestapo me dio un apretón de manos muscular y me deseó un viaje a casa agradable.

     Era un día miserable de fines de Enero, frío como Groenlandia y con remolinos de nieve para espesar la manta ya en tierra. Cuando el automóvil de Himmler alcanzó los suburbios, viró bruscamente y se balanceó dificultosamente en los surcos de nieve duramente comprimida. Sin embargo, el hombre SS al volante era un conductor espléndido y nos llevó a nuestro destino sin peligro y con celeridad.

     Los Escoltas de Hitler ocupan la antigua Escuela Militar de Cadetes prusiana. Los edificios son viejos, aunque bien mantenidos. La única excepción es la sala de natación, un magnífico edificio nuevo con una piscina tan grande que juzgué que casi mil hombres podrían bañarse juntos sin estar demasiado hacinados. El Comandante —un viejo soldado endurecido, pequeño, nervudo, y de complexión oscura, en chocante contraste con sus jóvenes subordinados, que eran todos rubios de tamaño gigantesco— orgullosamente me dijo cómo resultó que fue construído el edificio.

     Parece que el Führer salió un día para ver cómo sus Escoltas estaban albergados. En ese entonces, el local de natación era una vieja estructura capaz de acomodar sólo a una compañía a la vez. Hitler le echó un vistazo y frunció el ceño. "Éste no es un lugar adecuado para que se bañe mi Leibstandarte", anunció él. "¡Tráiganme lápiz y papel!". En el mismo momento él dibujó su idea de cómo debería ser el nuevo local de natación. Y sobre aquellas líneas realmente fue construído.

     Tal es el "Partido" y tales son los hombres que controlan sus destinos. ¿Qué debemos pensar de esta organización asombrosa y de su credo agresivamente dinámico el cual tan intransigentemente desafía nuestro mundo y sus ideas?.

     Una cosa parece segura: la agitación nacionalsocialista que ha creado el Tercer Reich va mucho más profunda que el régimen fascista en Italia, y es quizás una ruptura más desafiante con el pasado histórico que incluso el del comunismo de la Rusia soviética. Esto los propios nacionalsocialistas lo afirman con una voz no incierta. Escuche lo que Otto Dietrich, uno de sus portavoces destacados, tiene que decir sobre este punto:

     "La revolución Socialista Nacionalista es una revolución totalitaria... Abarca y revoluciona no sólo nuestra cultura sino nuestro pensamiento entero y los conceptos que son la base de ello. En otras palabras, nuestro mismo modo de pensar. De aquí que se convierte en el punto de partida, la condición, y la fuerza impulsora de todas nuestras acciones... Estamos cruzando el umbral de una nueva Era. El Nacionalsocialismo es más que un renacimiento. Esto no significa el retorno a un mundo viejo y anticuado. Por el contrario, esto constituye el puente a un nuevo mundo".

     Fuera de Alemania, la mayoría de las personas parece inclinada a pensar que el "nuevo mundo" concebido por los nacionalsocialistas no sería una morada muy deseable. Sin embargo, esto no cambia el hecho de que estamos aquí confrontados por una revolución de la clase más radical, y que sus líderes son revolucionarios desde los fundamentos. Además, aunque la mayor parte de ellos sea todavía relativamente joven en años, todos ellos son veteranos endurecidos por la prolongada adversidad y con cicatrices de muchas batallas. Ellos son el resultado lógico del cuarto de siglo de vida nacional agitada de la cual hemos hablado ya. En mi opinión, por lo tanto, tanto ellos como su movimiento pueden ser considerados como subproductos normales de una situación anormal.

     Para dar un ejemplo de la severa escuela en donde ellos fueron formados, déjeme citar un episodio de mi propia experiencia. En pleno verano del año 1923, me senté en mi cuarto en el Hotel Adlon, hablando con un alemán acerca de la posición deplorable a la cual su país había sido reducido entonces. Yo acababa de llegar a Berlín desde un viaje por el Rhineland y el Ruhr, donde yo había observado la campaña de resistencia pasiva contra los invasores franceses, había visto las tropas de raza negra, y estudié otros aspectos de aquel trágico asunto. Ahora, en gran parte a consecuencia de aquella maniobra desesperada, el marco [la moneda] estaba resbalando rápidamente hacia la perdición, la bancarrota nacional estaba a la mano, y la ruina completa se cernía en el horizonte.

     Mientras mi invitado hablaba de la situación aparentemente desesperada, él estaba visiblemente en agonía. El sudor se destacaba en su frente. De repente, su humor cambió completamente. Echando atrás su cabeza, él irrumpió en una risa realmente horripilante, mejor descrita por la frase alemana galgenhumor (humor negro). Todavía temblando con su alegría macabra, se inclinó hacia adelante y me dio un pequeño golpe en la rodilla.

     "Millones de nosotros han muerto ya, en el campo de batalla y por el bloqueo de hambre británico", se rió entre dientes él. "Quizás millones más de nosotros fallecerán, y seremos seguramente arruinados. Nadie puede decir qué pruebas nos esperan, y el mundo hará poco para mitigar nuestra agonía. Pero, no importa lo que suceda, será principalmente el débil y el suave el que fallecerá. Pronto, el alemán bonachón, fácil de llevar y panzón no será más. Doctor Stoddard, déjeme hacerle una profecía. ¡Si esto continúa, en aproximadamente quince años usted verá una Nueva Alemania, tan magra, tan endurecida, tan despiadada, que ella puede enfrentar a todos los desafiantes... y vencerlos!".

     El espíritu desesperado del hombre arrinconado con el que hablé durante un día de verano pasado hace mucho, tipifica simplemente una fase de la amarga escuela que hizo a los actuales dirigentes de Alemania ser lo que son. En la Gran Bretaña de posguerra, una frase fue acuñada para representar a sus homólogos ingleses. Aquella frase era: la Generación Perdida. Pero si eso fuera verdadero de la juventud británica con cicatrices de guerra, ¡cuán infinitamente más verdadero lo sería de la juventud alemana!. Bien, aquellos jóvenes de la guerra están ahora en la silla de montar. Entonces lo que vemos en Alemania es... la generación perdida que sube al poder.

     A partir del momento en que primero miré a aquellos gobernantes del Tercer Reich, sentí que había algo sobre ellos que, desde mi punto de vista estadounidense, era extraño. Cuando los analicé, comprendí que esto era una especie de cinismo retorcido combinado con una dura crueldad. Y cuando escuché sus historias de vida, vi que apenas podría ser de otra manera. La mayor parte de ellos había entrado en la guerra como voluntario cuando ellos eran meros muchachos. Uno, recuerdo, era de sólo quince años entonces; los otros no eran mucho más viejos. Estos muchachos ardientemente patrióticos pasaron por el infierno de una guerra perdida, que culmina en una derrota aplastante. Entonces a sus espíritus degradados le fue dado un estímulo salvaje afiliándose a los Cuerpos Libres que se formaron para combatir la tentativa de una revolución "espartaquista" (comunista). Alegremente, ellos mataron comunistas por un tiempo. Después de esto, algunos de ellos trataron de ir a la universidad o a los negocios; pero pocos de ellos podían adaptarse a la vida de la República de Weimar que ellos odiaban y despreciaban. Algunos de ellos fueron al extranjero, a la aventura; el resto se puso de mal humor y reflexionó hasta que sus oídos oyeron un repentino llamado de trompeta, como el clarín de bronce del Nacismo: "Deutschland, Erwache!" (¡Alemania, Despierta!). Ellos escucharon la oratoria de Adolf Hitler que acentuaba todas las añoranzas de sus corazones amargados, y ellos cayeron bajo su hechizo hipnótico. En las filas de las Tropas de Asalto ellos ingresaron, con años adicionales de enfrentamientos, por cuanto ellos mataron a más comunistas y "dominaron las calles". Entonces, por fin, la victoria... y el poder indiscutible.

    Así, en resumen, son los nacionalsocialistas, como los he analizado. Del resto, sólo el impresionante arbitrio de la guerra puede disponer.–




1 comentario:

  1. Esta pocas líneas escritas por un periodista veterano, egresado de Harvard, testigo directo de los hechos históricos que describe, vale mil veces más, que las toneladas de propaganda basura, escrita por los vencedores después de la Guerra, quienes han adoptado una actitud maniquea, al presentarse ellos como como ángeles y a los nacionalsocialistas como diablos. Si se hiciera un balance de los actos genocidas cometidos durante ese conflicto bélico, sin duda que los aliados se llevan el campeonato, con las víctimas de: Dresde, Colonia, Hamburgo, Hiroshima, Nagasaki, Berlín, Leipzig, Dormunt, Essen Dusselorf, Lubeck, y cientos de ciudades más. Más de 3 millones de civiles muertos por los bombardeos terroristas en nombre de las "democracias", bien ameritaba un nuevo "Juicio de Núremberg", sentando en el banquillo a: Harry Salomón Truman, Eisenhower, Churchill, Lindemann, Sir Arthur Harris,y F.D.Roosevelt en juicio postmortem, Joseph Stalin, Ilya Erenburg, así como cientos de delincuentes internacionales del bando aliado.

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