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martes, 11 de febrero de 2014

Carlos Castaneda - Sobre la Mente de los Predadores



     En el último libro del antropólogo Carlos Castaneda El Lado Activo del Infinito (1998), en su capítulo "Sombras de Barro" de su tercera parte, figura el siguiente fragmento, que es al parecer donde se esboza la definición de ciertas entidades de otras dimensiones llamadas los Predadores, o conocidas por los chamanes del Méjico antiguo como los Voladores ("un ser inorgánico"), como explica don Juan, mentor en los libros de Castaneda (1925-1998). Suelen ser citadas de aquí algunas frases en artículos de contexto gnóstico o transdimensional que tratan del vampirismo psíquico, analogando a dichos seres con los Arcontes de la literatura de los antiguos gnósticos, con lo que este autor se establece con su producción literaria surrealista como referente al menos indirecto en el tema de la relación humana con otras entidades del mundo no inmediatamente natural, como se vio patéticamente en el caso del dios tutelar de los aztecas, tan similar en tantos modos al Yahvé israelita, como lo ha hecho notar, entre otros, Salvador Freixedo (http://editorial-streicher.blogspot.com/2011/07/blog-post_08.html).







     ...La oscuridad había descendido muy rápidamente, y el follaje de los árboles, que momentos antes brillaba de color verde, estaba ahora muy oscuro y denso. Don Juan dijo que si yo prestaba atención intensamente a la oscuridad del follaje, sin enfocar la mirada sino mirando como con el rabillo del ojo, vería una sombra fugaz cruzando mi campo de visión.

—Ésta es la hora apropiada para hacer lo que te voy a pedir—, dijo. —Toma un momento en fijar la atención necesaria de parte tuya para lograrlo. No pares hasta que captes esa sombra fugaz negra. Vi de hecho una extraña sombra fugaz negra proyectada en el follaje de los árboles. Era, o bien una sombra que iba de un lado al otro, o varias sombras fugaces moviéndose de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, o hacia arriba en el aire. Me parecían peces negros y gordos, peces enormes. Era como si gigantescos peces espada volaran por el aire. Estaba absorto en la visión. Luego, finalmente, la visión me asustó. Estaba ya muy oscuro para ver el follaje, pero aun así veía las sombras fugaces negras.

—¿Qué es, don Juan? —pregunté—. Veo sombras fugaces negras por todos lados.

—Ah, es el universo en su totalidad —dijo—, inconmensurable, no lineal, fuera del reino de la sintaxis. Los chamanes del México antiguo fueron los primeros que vieron esas sombras fugaces, así es que las siguieron. Las vieron como tú las viste hoy, y las vieron como energía que fluye en el universo. Y, sí, descubrieron algo trascendental.

     Paró de hablar y me miró. Sus pausas encajaban perfectamente. Siempre paraba de hablar cuando yo pendía de un hilo.

—¿Qué descubrieron, don Juan?—, pregunté.

—Descubrieron que tenemos un compañero de por vida —dijo de la manera más clara que pudo—. Tenemos un predador que vino desde las profundidades del cosmos y tomó control sobre nuestras vidas. Los seres humanos son sus prisioneros. El predador es nuestro amo y señor. Nos ha vuelto dóciles, indefensos. Si queremos protestar, suprime nuestras protestas. Si queremos actuar independientemente, nos ordena que no lo hagamos.

     Estaba ya muy oscuro a nuestro alrededor, y eso parecía impedir cualquier expresión de mi parte. Si hubiera sido de día, me habría reído a carcajadas. En la oscuridad, me sentía bastante inhibido.

—Hay una negrura que nos rodea —dijo don Juan—, pero si miras por el rabillo del ojo, verás todavía las fugaces sombras saltando a tu alrededor.

     Tenía razón. Aún las podía ver. Sus movimientos me marearon. Don Juan prendió la luz, y eso pareció disiparlo todo.

—Has llegado, a través de tu propio esfuerzo, a lo que los chamanes del México antiguo llamaban el tema de temas —dijo don Juan—. Me anduve con rodeos todo este tiempo, insinuándote que algo nos tiene prisioneros. ¡Desde luego que algo nos tiene prisioneros!. Esto era un hecho energético para los chamanes del México antiguo.

—¿Pero, por qué este predador ha tomado posesión de la manera que usted describe, don Juan? —pregunté—. Debe haber una explicación lógica.

—Hay una explicación —replicó don Juan—, y es la explicación más simple del mundo: Tomaron posesión porque para ellos somos comida, y nos exprimen sin compasión porque somos su sustento. Así como nosotros criamos gallinas en gallineros, así también ellos nos crían en humaneros. Por lo tanto, siempre tienen comida a su alcance.

     Sentí que mi cabeza se sacudía violentamente de lado a lado. No podía expresar mi profundo sentimiento de incomodidad y descontento, pero mi cuerpo se movía haciéndolo patente. Temblaba de pies a cabeza sin volición alguna de mi parte.

—No, no, no —me oí decir—. Esto es absurdo, don Juan. Lo que usted está diciendo es algo monstruoso. Simplemente no puede ser cierto, para chamanes o para seres comunes, o para nadie.

—¿Por qué no? —don Juan preguntó calmadamente—. ¿Por qué no? ¿Por qué te enfurece?.

—Sí, me enfurece —le contesté—. ¡Esas afirmaciones son monstruosas!.

—Bueno —dijo—, aún no has oído todas las afirmaciones. Espérate un momento y verás cómo te sientes. Te voy a someter a un bombardeo. Es decir, voy a someter a tu mente a tremendos ataques, y no te puedes ir porque estás atrapado. No porque yo te tenga prisionero, sino porque algo en ti te impedirá irte, mientras que otra parte de ti de veras se alocará. Así es que ¡ajústate el cinturón!.

     Sentí que había algo en mí que exigía ser castigada. Don Juan tenía razón. No podría haberme ido de la casa por nada del mundo. Y aun así, no me gustaban para nada las insensateces que él peroraba.

—Quiero apelar a tu mente analítica —dijo don Juan—. Piensa por un momento, y dime cómo explicarías la contradicción entre la inteligencia del hombre-ingeniero y la estupidez de sus sistemas de creencias, o la estupidez de su comportamiento contradictorio. Los chamanes creen que los predadores nos han dado nuestros sistemas de creencias, nuestras ideas acerca del bien y el mal, nuestras costumbres sociales. Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expectativas, nuestros sueños de triunfo y fracaso. Nos otorgaron la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y egomaniácos.

—¿Pero de qué manera pueden hacer esto, don Juan? —pregunté, de cierto modo más enojado aún por sus afirmaciones—. ¿Susurran todo esto en nuestros oídos mientras dormimos?.

—No, no lo hacen de esa manera, ¡eso es una idiotez! —dijo don Juan, sonriendo—. Son infinitamente más eficaces y organizados que eso. Para mantenernos obedientes y dóciles y débiles, los predadores se involucraron en una maniobra estupenda (estupenda, por supuesto, desde el punto de vista de un estratega). Una maniobra horrible desde el punto de vista de quien la sufre. ¡Nos dieron su mente! ¿Me escuchas? Los predadores nos dieron su mente, que se vuelve nuestra mente. La mente del predador es barroca, contradictoria, mórbida, llena de miedo a ser descubierta en cualquier momento.
     Aunque nunca has sufrido hambre —continuó—, sé que tienes unas ansias continuas de comer, las cuales no son sino las ansias del predador que teme que en cualquier momento su maniobra será descubierta y la comida le será negada. A través de la mente, que después de todo es su mente, los predadores inyectan en las vidas de los seres humanos lo que sea conveniente para ellos. Y se garantizan a ellos mismos, de esta manera, un grado de seguridad que actúa como amortiguador de su miedo.

—No es que no pueda aceptar esto como válido, don Juan —dije—. Podría, pero hay algo tan odioso al respecto que realmente me causa rechazo. Me fuerza a tomar una posición contradictoria. Si es cierto que nos comen, ¿cómo lo hacen?.

     Don Juan tenía una sonrisa de oreja a oreja. Rebosaba de placer. Me explicó que los chamanes ven a los niños humanos como extrañas bolas luminosas de energía, cubiertas de arriba a abajo con una capa brillante, algo así como una cobertura plástica que se ajusta de forma ceñida sobre su capullo de energía. Dijo que esa capa brillante de conciencia era lo que los predadores consumían, y que cuando un ser humano llegaba a ser adulto, todo lo que quedaba de esa capa brillante de conciencia era una angosta franja que se elevaba desde el suelo hasta por encima de los dedos de los pies. Esa franja permitía al ser humano continuar vivo, pero sólo apenas.

     Como si hubiera estado en un sueño, oí a don Juan Matus explicando que, hasta donde él sabía, la Humanidad era la única especie que tenía la capa brillante de conciencia por fuera del capullo luminoso. Por lo tanto, se volvió presa fácil para una conciencia de distinto orden, tal como la pesada conciencia del predador.

     Luego hizo el comentario más hiriente que había pronunciado hasta el momento. Dijo que esta angosta franja de conciencia era el epicentro donde el ser humano estaba atrapado sin remedio. Aprovechándose del único punto de conciencia que nos queda, los predadores crean llamaradas de conciencia que proceden a consumir de manera despiadada y predatoria. Nos otorgan problemas banales que fuerzan a esas llamaradas de conciencia a crecer, y de esa manera nos mantienen vivos para alimentarse con la llamarada energética de nuestras seudo-preocupaciones.

     Algo debía de haber en lo que don Juan decía, pues me resultó tan devastador que a este punto se me revolvió el estómago.

     Después de una pausa suficientemente larga para que me pudiera recuperar, le pregunté a don Juan:

—¿Pero por qué, si los chamanes del México antiguo, y todos los chamanes de la actualidad, ven a los predadores no hacen nada al respecto?.

—No hay nada que tú y yo podamos hacer —dijo don Juan con voz grave y triste—. Todo lo que podemos hacer es disciplinarnos hasta el punto de que no nos toquen. ¿Cómo puedes pedirles a tus semejantes que atraviesen los mismos rigores de la disciplina? Se reirán y se burlarán de ti, y los más agresivos te darán una patada en el culo. Y no tanto porque no te crean. En lo más profundo de cada ser humano hay un saber ancestral, visceral, acerca de la existencia del predador.

     Mi mente analítica se movía de un lado a otro como un yo-yo. Me abandonaba y volvía, me abandonó de nuevo y volvía otra vez. Lo que don Juan estaba afirmando era absurdo e increíble. Al mismo tiempo, era algo de lo más razonable, tan simple. Explicaba cada contradicción humana que se me pudiera ocurrir. ¿Pero cómo podría cualquier persona haber tomado esto con seriedad?. Don Juan me empujaba al paso de una avalancha que me derribaría para siempre.

     Sentí otra ola de una sensación amenazante. La ola no provenía de mí, y sin embargo estaba unida a mí. Don Juan estaba haciéndome algo, algo misteriosamente positivo y a la vez terriblemente negativo. Lo sentí como un intento de cortar una fina lámina que parecía estar pegada a mí. Sus ojos estaban fijos en los míos, me miraba sin parpadear. Alejó sus ojos de mí y comenzó a hablar sin volver a mirarme.

—Cuando las dudas te asalten hasta el punto de que corras peligro —dijo—, haz algo pragmático al respecto: apaga la luz. Perfora la oscuridad. Averigua qué puedes ver.

     Se levantó para apagar la luz. Lo frené.

—No, no, don Juan —dije—, no apague la luz. Estoy bien.

     Lo que sentía era algo fuera de lo normal, un inusual miedo a la oscuridad. El sólo pensar en ella me producía jadeos. Definitivamente sabía algo visceralmente, pero ni loco lo tocaría o lo traería a la superficie, ¡por nada del mundo!.

—Viste las sombras fugaces contra los árboles —dijo don Juan, reclinándose en su silla—. Estuviste muy bien. Ahora me gustaría que las vieras en esta habitación. No estás viendo nada. Simplemente estás captando imágenes fugaces. Tienes suficiente energía para hacerlo.

     Temía que don Juan se levantara y apagara la luz de la habitación, y así lo hizo. Dos segundos más tarde yo estaba gritando a grito pelado. No sólo capté la visión de esas imágenes fugaces, sino que las oí zumbando en mis oídos. Don Juan prendió la luz mientras se doblaba de risa.

—¡Qué tipo temperamental! —dijo—. Un completo incrédulo, por un lado, y por el otro un pragmatista. Tienes que arreglar esta lucha interna. Si no, vas a hincharte y a reventar como sapo.

     Don Juan continuó hincándome su púa más y más profundo.

—Los chamanes del México antiguo —dijo— vieron al predador. Lo llamaron el volador porque brinca en el aire. No es nada lindo. Es una enorme sombra, de una oscuridad impenetrable, una sombra negra que salta por el aire. Luego, aterriza de plano en el suelo. Los chamanes del México antiguo estaban bastante inquietos con saber cuándo había hecho su aparición en la Tierra. Razonaron que era que el Hombre debía haber sido un ser completo en algún momento, con estupendas revelaciones, proezas de conciencia que hoy en día son leyendas mitológicas. Y luego todo parece desvanecerse y nos quedamos con un hombre sumiso.

     Quería enojarme, llamarlo paranoico, pero de algún modo mi rectitud inflexible, que por lo general se escondía justo por debajo de la superficie de mi ser, no estaba allí. Algo en mí estaba más allá de hacerle mi pregunta favorita: ¿Qué pasa si lo que él dice es verdad?. Aquella noche, al tiempo que me hablaba, de todo corazón sentí que lo que me decía era verdad, pero al mismo tiempo y con igual fuerza, sentí que todo lo que me estaba diciendo era completamente absurdo.

—¿Qué me está diciendo, don Juan?—, pregunté débilmente. Mi garganta estaba constreñida. Apenas podía respirar.

—Lo que estoy diciendo es que no nos enfrentamos a un simple predador. Es muy ingenioso, y es organizado. Sigue un sistema metódico para volvernos inútiles. El hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcanzar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un animal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil.

     Las palabras de don Juan estaban provocando una extraña reacción corporal en mí, comparable a la sensación de náusea. Era como si nuevamente me fuera a enfermar del estómago. Pero la náusea provenía del fondo de mi ser, desde los huesos. Me convulsioné involuntariamente. Don Juan me sacudió de los hombros. Sentí mi cuello bamboleándose hacia delante y hacia atrás bajo el impacto de su apretón. Su maniobra me calmó de inmediato. Me sentí mejor, más en control.

—Este predador —dijo don Juan—, que por supuesto es un ser inorgánico, no nos es del todo invisible, como lo son otros seres inorgánicos. Creo que de niños sí los vemos, y decidimos que son tan terroríficos que no queremos pensar en ellos. Los niños podrían, por supuesto, decidir enfocarse en esa visión, pero todo el mundo a su alrededor lo disuade de hacerlo.
     La única alternativa que le queda a la Humanidad —continuó— es la disciplina. La disciplina es el único repelente. Pero con disciplina no me refiero a arduas rutinas. No me refiero a levantarse cada mañana a las cinco y media y a darte baños de agua helada hasta ponerte azul. Los chamanes entienden por disciplina la capacidad de enfrentar con serenidad circunstancias que no están incluídas en nuestras expectativas. Para ellos, la disciplina es un arte: el arte de enfrentarse al infinito sin vacilar, no porque sean fuertes y duros, sino porque están llenos de asombro.

—¿De qué manera sería la disciplina de un brujo un repelente?—, pregunté.

—Los chamanes dicen que la disciplina hace que la capa brillante de conciencia se vuelva desabrida para el volador —dijo don Juan, escudriñando mi cara como queriendo encontrar algún signo de incredulidad—. El resultado es que los predadores se desconciertan. Una capa brillante de conciencia que sea incomible no es parte de su cognición, supongo. Una vez desconcertados, no les queda otra opción que descontinuar su nefasta tarea.
     Si los predadores no nos comen nuestra capa brillante de conciencia durante un tiempo —continuó—, ésta seguirá creciendo. Simplificando este asunto en extremo, te puedo decir que los chamanes, por medio de su disciplina, empujan a los predadores lo suficientemente lejos para permitir que su capa brillante de conciencia crezca más allá del nivel de los dedos de los pies. Una vez que pasa este nivel, crece hasta su tamaño natural. Los chamanes del México antiguo decían que la capa brillante de conciencia es como un árbol. Si no se lo poda, crece hasta su tamaño y volumen naturales. A medida que la conciencia alcanza niveles más altos que los dedos de los pies, tremendas maniobras de percepción se vuelven cosa corriente.
     El gran truco de esos chamanes de tiempos antiguos —continuó don Juan— era sobrecargar la mente del volador con disciplina. Descubrieron que si agotaban la mente del volador con silencio interno, la instalación foránea saldría corriendo, dando al practicante envuelto en tal maniobra la total certeza del origen foráneo de la mente. La instalación foránea vuelve, te aseguro, pero no con la misma fuerza, y comienza un proceso en que la huída de la mente del volador se vuelve rutina, hasta que un día desaparece de forma permanente. ¡Un día de lo más triste!. Ése es el día en que tienes que contar con tus propios recursos, que son prácticamente nulos. No hay nadie que te diga qué hacer. No hay una mente de origen foráneo que te dicte las imbecilidades a las que estás habituado.

—Mi maestro, el nagual Julián, les advertía a todos sus discípulos —continuó don Juan— que éste era el día más duro en la vida de un chamán, pues la verdadera mente que nos pertenece, la suma total de todas nuestras experiencias, después de toda una vida de dominación se ha vuelto tímida, insegura y evasiva. Personalmente, puedo decirte que la verdadera batalla de un chamán comienza en ese momento. El resto es mera preparación.

     Me puse verdaderamente agitado. Quería saber más, y sin embargo, un extraño sentimiento en mí imploraba que parara. Aludía a oscuros resultados y a castigos, algo así como la ira de Dios descendiendo sobre mí por meterme con algo velado por Dios mismo. Hice un esfuerzo supremo para permitir que mi curiosidad prevaleciera.

-¿Qué quiere decir usted —me escuché decir— con eso de agotar la mente del volador?.

—La disciplina definitivamente agota la mente foránea —contestó don Juan—. Entonces, a través de su disciplina, los chamanes se deshacen de la instalación foránea.

     Estaba abrumado por sus afirmaciones. O bien don Juan estaba verdaderamente loco, o lo que me estaba diciendo era tan asombroso que me había congelado por completo. Noté, sin embargo, con qué rapidez junté la energía para negarlo todo. Después de un instante de pánico, comencé a reír, como si don Juan me hubiera contado un chiste. Incluso me escuché decir:

—¡Don Juan, don Juan, es usted incorregible!.

     Don Juan parecía entender todo lo que estaba sucediéndome. Movió su cabeza de lado a lado y alzó sus ojos a los cielos, en un gesto de fingida desesperación.

—Soy tan incorregible —dijo— que voy a darle a la mente del volador, que llevas dentro de ti, una sacudida más. Te voy a revelar uno de los secretos más extraordinarios de la brujería. Te voy a describir un hallazgo que les tomó a los chamanes miles de años para verificar y consolidar.

     Me miró y sonrió de manera maliciosa.

—La mente del volador huye para siempre cuando un chamán logra asirse a la fuerza vibradora que nos mantiene unidos como conglomerado de fibras energéticas. Si un chamán mantiene esa presión durante suficiente tiempo, la mente del volador huye derrotada. Y eso es exactamente lo que vas a hacer: agarrarte a la energía que te mantiene unido.

     Tuve la reacción más inexplicable que jamás hubiera imaginado. Algo en mí literalmente tembló, como si hubiese recibido una sacudida. Entré en un estado de miedo injustificado, el que inmediatamente relacioné con mi formación religiosa.

     Don Juan me miró de la cabeza a los pies.

—Temes la ira de Dios, ¿verdad? —dijo—. Quédate tranquilo, ése no es tu miedo. Es el temor del volador, que sabe que harás exactamente como te digo.

     Sus palabras no me calmaron en absoluto. Me sentí peor. Comencé a convulsionarme de manera involuntaria, sin poder evitarlo.

—No te preocupes —dijo don Juan de manera calma—. Sé, de hecho, que esos ataques se extinguen de lo más pronto. La mente del volador no tiene concentración alguna.

     Después de un momento, todo paró, como lo había previsto don Juan. Decir nuevamente que estaba abrumado es un eufemismo. Ésta era la primera vez en mi vida, con o sin don Juan, que no sabía si iba o venía. Quería levantarme de la silla y caminar por la habitación, pero estaba mortalmente asustado. Estaba lleno de aserciones racionales, y a la vez repleto de un miedo infantil. Comencé a respirar profundo, mientras un sudor frío me cubría todo el cuerpo. De alguna manera se había desatado en mí una horrenda visión: sombras negras, fugaces brincando a mi alrededor, dondequiera que mirara.

     Cerré los ojos y me recliné sobre el brazo de la silla.

—No sé para dónde mirar, don Juan —dije—. Esta noche ha logrado realmente que me pierda.

—Estás desgarrado por una lucha interna —dijo don Juan—. Muy en lo profundo, sabes que eres incapaz de rechazar el acuerdo de que una parte indispensable de ti, tu capa brillante de conciencia, servirá de alimento incomprensible a unas entidades, naturalmente, también incomprensibles. Y otra parte de ti se opondrá a esta situación con toda su fuerza.
     La revolución de los chamanes —continuó— es que se rehúsan a honrar acuerdos en los que no han participado. Nadie me preguntó si consentía ser comido por seres de otra clase de conciencia. Mis padres me trajeron a este mundo para ser comida, sin más, como lo fueron ellos; fin de la historia.

     Don Juan se levantó de la silla y estiró los brazos y las piernas.

—Llevamos horas aquí sentados. Es hora de entrar en la casa. Yo voy a comer. ¿Quieres comer conmigo?.

     Le dije que no. Mi estómago estaba revuelto.

—Mejor vete a dormir —dijo—. El bombardeo te ha devastado.

     No necesité que me insistiera. Me derrumbé en mi cama y caí dormido como un tronco.

     Ya en casa, a medida que pasaba el tiempo, la idea de los voladores se volvió una de las principales fijaciones de mi vida. Llegué a pensar que don Juan tenía toda la razón. Por más que intentara, no podía rechazar su lógica. Mientras más lo pensaba, y mientras más me observaba y hablaba con mis prójimos, la convicción era más y más intensa de que algo nos impedía toda actividad o interacción o pensamiento que no tuviese como punto focal el Yo. Mi preocupación, como la preocupación de cualquiera que yo conociera o con el que yo hablara, era el Yo. Como no encontraba explicación para tal homogeneidad universal, concluí que la línea de pensamiento de don Juan era la más apropiada para elucidar el fenómeno.

     Me sumergí tanto como pude en lecturas de mitos y leyendas. Al leer, experimenté algo que nunca antes había sentido: cada uno de los libros que leí era una interpretación de mitos y leyendas. En cada uno de esos libros, una mente homogénea se hacía patente. Los estilos diferían, pero el impulso detrás de las palabras era homogéneamente el mismo: a pesar de ser el tema algo tan abstracto como los mitos y las leyendas, los autores se las arreglaban siempre para encajar afirmaciones acerca de ellos mismos. El impulso común detrás de cada uno de estos libros no era el tema que anunciaban; era, en su lugar, autoservicio. Nunca antes me había dado cuenta de esto.

     Atribuí mi reacción a la influencia de don Juan. La pregunta inevitable que me hacía a mí mismo era: ¿Será que don Juan me está influyendo para verlo de esta manera, o hay realmente una mente foránea dictándonos todo lo que hacemos?. Viraba otra vez, obligadamente, a la negación, e iba como loco de negación a aceptación a negación. Algo en mí sabía que don Juan quería llegar a un hecho energético, pero algo de igual importancia en mí sabía que era todo un disparate. El resultado final de mi lucha interna vino bajo la forma de un presentimiento, la sensación de que algo peligroso e inminente se acercaba.

     Hice una gran cantidad de estudios antropológicos sobre el tema de los voladores en otras culturas, pero no encontré referencia alguna. Don Juan parecía ser la única fuente de información sobre el tema. La siguiente vez que lo vi, me apresuré a hablarle de los voladores.

—He hecho lo posible por ser racional sobre el tema —dije—, pero no puedo. Hay momentos en que estoy totalmente de acuerdo con usted acerca de los predadores.

—Enfoca tu atención en las sombras fugaces que puedes ver—, dijo don Juan con una sonrisa.

     Le dije a don Juan que esas sombras fugaces terminarían con mi vida racional. Las veía por todas partes. Desde que me había ido de su casa, era incapaz de dormirme en la oscuridad. Dormir con las luces encendidas no me molestaba en absoluto. Sin embargo, en cuanto las apagaba todo a mi alrededor comenzaba a dar saltos. Nunca veía figuras o formas completas. Todo lo que veía eran sombras fugaces negras.

—La mente del volador no te ha abandonado —dijo don Juan—. Ha sido seriamente dañada. Está haciendo lo posible por restablecer su relación contigo. Pero algo en ti se ha roto para siempre. El volador lo sabe. El verdadero peligro está en que la mente del volador te puede vencer agotándote y forzándote a abandonar, jugando con la contradicción entre lo que ella te dice y lo que yo te digo.
     Te digo, la mente del volador no tiene competidores —continuó don Juan—. Cuando propone algo, está de acuerdo con su propia proposición, y te hace creer que hiciste algo de valor. La mente del volador te dirá que lo que don Juan Matus te está diciendo es puro disparate, y luego la misma mente estará de acuerdo con su propia proposición. "Sí, por supuesto, es un disparate", dirás. Así nos vencen.
     Los voladores son una parte esencial del universo —continuó—, y deben tomarse como lo que son realmente: asombrosos, monstruosos. Son el medio por el cual el universo nos pone a prueba.
     Somos sondas creadas por el universo —siguió, como si yo no estuviera presente—; y es porque somos poseedores de energía con conciencia, que somos los medios por los que el universo se vuelve consciente de sí mismo. Los voladores son los desafiantes implacables. No pueden ser considerados de ninguna otra forma. Si lo logramos, el universo nos permite continuar.

     Quería que don Juan siguiera hablando. Pero sólo dijo:

—El bombardeo terminó la última vez que estuviste aquí; no hay más qué decir acerca de los voladores. Es tiempo de otra clase de maniobra.–




3 comentarios:

  1. Como siempre Castaneda nos deja suficiente porción para meditar y tratar de entender que estamos metidos en tremendo berenjenal,del cual debemos salir a toda costa y lo que no es fácil, pero no imposible.MAS NADA !!!

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  2. El predador para quien no es brujo se puede ver en sueños, mas bien sentir, sobre todo cuando eres chico, es una sombra negra , mas bien decir que es una especie de mancha negra, algo negro brumoso sobre el espacio, sin forma definida, que en dicho sueño te persigue, aterrorizado intentas escapar de todas las formas posibles pero es imposible, te acaba cogiendo, penetra en ti y sientes una angustia enorme, entonces despiertas. Esto lo he soñado alguna vez de chico mucho antes de que supiera nava de Castaneda ni chamanes y estoy seguro que a otros les ha pasado, este sueño no lo explicarian ni 100.000 Freuds

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  3. Hasta que punto pudiera relacionarse el Dual descrito por Garner con los Arcontes? Ese mejor futuro potencial, previsto, no incluye la posibilidad de abandonar el prpetuo acompñamiento del Depredador? Si no fuera asi, ese Dual, Super Yo, pudieran ser los mismos Arcontes. Dejo la interrogante

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