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miércoles, 5 de febrero de 2014

Alfred Rosenberg - Sobre Diversos Pueblos y Culturas




     Del libro del connotado intelectual y orientador nacionalsocialista Alfred Rosenberg "El Mito del Siglo 20", publicado en 1930, hemos seleccionado, principalmente para quienes no conozcan este escrito, por lo interesante de su análisis los siguientes fragmentos que corresponden al Libro Primero, Parte III, cap. 8, y al Libro Tercero, Parte VI, caps. 2-5. Aquí Rosenberg examina comparativamente las culturas del Oriente en relación con las condiciones geopolíticas que se daban en momentos anteriores a la Segunda Guerra, y también las potencialidades y posibilidades de las diversas razas y religiones en juego dentro del tablero mundial de entonces. Cabe destacar lo profético (o de deducción lógica) de algunas de sus advertencias, que son realidades que ya estamos viendo. Con estos textos uno se forma un panorama de la realidad interna de China, Japón, India, el Medio Oriente, África y finalmente la situación en el Estados Unidos de la primera parte del siglo XX, muchos de cuyos detalles siguen siendo válidos.





8.

     "El reposo es más elevado que el movimiento. Lo débil vence a lo fuerte. Lo blando vence a lo rígido". En estas palabras reside el clima de toda una cultura, el alma de la raza china, personificada en Li Pe-Yang (Lao-Tsé), que vivió hace 2.500 años y que, sin embargo, nos habla como un cansado sabio de hoy. Ningún ser humano leerá el Tao-Te-King sin verse envuelto en un hálito del más genuino ser. Entregarse a él pertenece a las más bellas vivencias de un estado de ánimo blando, distendido: confórmese el ser humano con el curso irrevocable, lo seguirá enteramente de acuerdo con su propio interior; no debe actuar, pues el destino mismo lo lleva a la senda justa del reposo, de la bondad. El ser humano no se afane por averiguar la esencia del ser humano. Debe saber sólo una cosa: "La destrucción del cuerpo no es una pérdida. Esto es inmortalidad". Evítese todo exceso y transítese pacíficamente y con sonrisa tranquila la senda prefijada y misteriosa del destino.

     El placer en la sabiduría de Lao-Tsé es el ansia por un polo opuesto anímico y espiritual. Pero no es una concordancia, y nada es más falso que ensalzar la sabiduría de Oriente como también apropiada para nosotros, o hasta como superior a la nuestra, tal como se complacen en hacerlo hoy europeos que se han vuelto cansados e interiormente faltos de ritmo.

     Además otro contraste.

     Al estudiar la historia y la literatura del judío no se encuentra casi nada fuera de una constante "actividad" sin fin, una concentración completamente unilateral de todas las fuerzas para el bienestar terreno. De esta, se puede decir casi a-moral disposición del espíritu, proviene, pues, también un código moral que sólo conoce una cosa: la ventaja del judío. De esto sigue la admisión, es más, la autorización del engaño, del robo, del homicidio. Se deriva de esto el perjurio permitido religiosa y éticamente, la "religión" del Talmud de la mentira "legal". Todas las predisposiciones naturalmente egoístas reciben un aporte de energía mediante la "ética" que las permite. Mientras que en casi todos los pueblos del mundo ideas y sentimientos religiosos y éticos se interponen como obstáculos en el camino de la arbitrariedad y el desenfreno puramente instintivos, en los judíos es a la inversa. Por consiguiente, vemos desde hace 2.500 años el cuadro eternamente igual. Ávido de bienes de este mundo, el judío va de ciudad en ciudad, de país en país, y se queda allí donde encuentra la menor resistencia para su incesante actividad de parásito. Se le echa, vuelve, una generación es ultimada, la otra comienza imperturbablemente el mismo juego. Mitad bufonesco y mitad demoníaco, ridículo y trágico simultáneamente, despreciado por toda grandeza y, no obstante, sintiéndose inocente (por estar desprovisto de la capacidad de poder comprender algo distinto a él mismo), Ahasvero atraviesa, como hijo de la naturaleza de Satán, la historia del mundo. Eternamente bajo un nombre distinto, pero siempre igual a sí mismo; eternamente aseverando decir la verdad y siempre mintiendo; eternamente creyendo en su "misión" y, sin embargo, de total esterilidad y condenado a ser parásito, el eterno judío constituyó el más lejano contraste con Yajñavalkya, Buda o Lao-Tsé. Allá reposo, aquí actividades mercantiles, allá bondad, aquí astucia; allá paz, aquí odio abismal contra todos los pueblos del mundo; allá comprensión ilimitada, aquí incapacidad total y carencia de entendimiento.

     Igualmente distante de ambas antítesis se halla la idea nórdica, pero no como si se encontrara entre ellas, sino que está fuera de la línea que une a ambas, Pues la calma de Goethe no es la calma de Lao-Tsé, y la acción de Bismarck no es la actividad de Rothschild. La personalidad germánica no tiene ni un poco de la calma china ni nada de la "laboriosidad" judía (bien entendido: la personalidad, no la persona), más bien a veces lo exteriormente semejante está determinado por fuerzas y dirigido a metas que (en cuanto se puede afirmar después del examen más minucioso) son fundamentalmente distintas de las del chino y del judío.

     También el ser nórdico cree profundamente en la eterna existencia de leyes de la Naturaleza; también él sabe que está atado a esta Naturaleza. Tampoco la desprecia, sino que la toma como una alegoría de algo sobrenatural. Pero al mismo tiempo ve también en la no-Naturaleza, en la personalidad, no una arbitrariedad: él no se conforma con creer en la inmortalidad como tal, se asombra más bien en cada auto-observación de la eterna singularidad de su Yo no-natural. Encuentra también en todos los demás un ser interior de distinta especie, igualmente completo en sí mismo, un microcosmos igualmente rico, rico en relaciones. Si Li Pe-Yang dice que el perfecto no choca con los "otros" porque ambos tienen la misma dirección, para el sentimiento nórdico existe aquí una indiferencia, que deja negligentemente de lado al caminante que sigue la misma ruta y quiere andar calladamente por sí solo. Aquí nos hallamos, pues, ante el interrogante de si esta aparentemente hermosa y gran calma del chino no significa una inmovilidad interior del alma, únicamente el reverso de la escasa vivacidad interior.

     También el hindú enseñaba que "el otro" sigue la misma vía hasta el final. Creyó poder decir a toda criatura de este mundo la "gran palabra": "esto también eres tú", pero el peso de su concepción metafísica está lejos de las conclusiones finales de los chinos. Li Pe-Yang se dedica al lado moral de nuestro ser y deja sin considerar el metafísico. Predica honestidad hacia honestos y hacia deshonestos, amor hacia el amigo y hacia los no-amigos. Esta es, dice, la verdadera bondad; en este aspecto los seres humanos nobles están orientados de la misma manera. El hindú queda absorbido totalmente por el lado metafísico del ser humano. Le atribuye tal importancia que en último extremo llega a la concepción, también expresada, de que la acción como tal no puede tener ninguna influencia sobre el que sabe, participante del Atman-Brahman. "Él no es manchado por la mala obra". Todo lo carnal de cualquier modo no es sino engaño e ilusión, todo lo que con él sucede es indiferente. Ésta es la última consecuencia de la India.

     Li Pe-Yang enseña la inactividad porque la "vía y el justo camino" están prescriptos para todo ser humano desde lo más íntimo, y que con buscar, investigar y hacer, sólo suscitaría discordia y desgracia. La India exige pasividad a raíz de la convicción de que la misma queda sin ninguna influencia sobre el ser metafísico del hombre. Aquí están en acción almas fundamentalmente diferentes. Divagar sobre la igualdad de los "seres humanos buenos" se torna un crimen. Es mil veces más bello y sublime ver con qué riqueza de alma hemos llegado a este mundo, cómo en diversos lugares de la Tierra actúan distintas almas para expresarse balbuceando. Es un gran error querer intervenir aquí perturbando como extraño y tratar de borrar los contrastes. Rara vez sucede que la unión y fusión de distintas almas y razas, realizada en mayor escala, tenga como consecuencia algo más hermoso. En la mayoría de los casos se produce la atrofia. Por más elevadas que hayan sido, por ejemplo, las intenciones con que otrora misioneros entusiasmados fueron a la India y a la China, no han hecho pese a ello, nada más que perturbar una evolución particular. Pero de la misma manera nos debemos defender si hoy vienen hombres y comienzan a sonreírse de la naturaleza de los grandes de Occidente, señalando al mismo tiempo a la India y a la China como lo más grande, hacia las que nosotros los europeos descaminados no deberíamos encaminarnos. Por más bellamente que hable Yajñavalkya, por más lisonjeramente que los sones de Lao-Tsé penetren en nosotros, si damos acogida permanente a estos sonidos estamos perdidos anímicamente. O seguimos nuestro camino o caemos en el caos, en el delirio, al precipicio.

     Sabemos: nosotros tenemos todos una dirección: el ansia de ir "de lo oscuro a lo claro", de ligaduras terrenales a algo Eterno desconocido. Pero de ninguna manera nos conformarnos con saber que nosotros, sea en sentido moral o metafísico, hemos tomado el mismo camino, sino que nos interesa el cómo de nuestro sentir y pensar. El chino tiene una historia de mil tomos, que no es Historia sino crónica enumeradora; todo, hasta los más pequeños detalles le parecen importantes al narrador. El indio no ha dedicado a esta temporalidad ninguna verdadera atención. Él no tiene una auténtica crónica, pero tampoco una Historia. Tiene únicamente sagas, cantos e himnos. La evolución no la buscaba ni el uno ni el otro. El uno no había comprendido en absoluto el desarrollo de la personalidad, sea la de un ser humano o de un pueblo, y el otro la conceptuaba como apariencia, y por lo tanto, sin importancia.

     Apareció el hombre germánico en la historia mundial. Él circunnavegó toda la Tierra; él descubrió millones de mundos; excavó al calor del sol tropical ciudades antiquísimas, hace tiempo olvidadas; se puso a la búsqueda de poemas, de castillos legendarios; descifró con indecible fatiga rollos de papiro, jeroglíficos e inscripciones en tiestos de barro; examinó los componentes de la argamasa y de las piedras milenarias; aprendió todos los idiomas del mundo; vivió entre bosquimanos, indios y chinos, y se formó un cuadro multifacético de las almas de los pueblos. Vio crecer la técnica, la industria, la filosofía, la moral, el arte y la religión desde comienzos de la más distinta especie hasta llegar a obras de naturaleza variada: comprendió la personalidad porque él mismo era una personalidad. Interpretó el hacer de los pueblos como acción, es decir, como fuerza anímica formada, como expresión de una peculiar interioridad. No solamente tenía interés en saber que los seres humanos habían pensado y actuado de tal o cual manera, sino que no descansó hasta que hubo, por lo menos, aprendido a intuír las fuerzas interiores que condujeron a ello. El afán, tanto tiempo en boga, de comparar a los chinos con los alemanes, porque ambos pueblos estarían posesionados de una furia de coleccionista y de una manía de registrar, permanece por completo en la superficie. Aisladas extravagancias no deben servir para medir un alma popular, sino sus rendimientos. Y ahí vemos al chino seguir siendo un catalogador, al alemán empero, como señor de la ciencia histórica (si es que este término puede ser usado) y de la filosofía; es decir, el coleccionar fue en un caso meta, en el otro, medio. La finalidad ha sido en uno, el ordenar mecánico, en el otro, una imagen del mundo. Y esta es la diferencia.

     También es muy superficial cuando simplemente se dice, como en el mencionado caso especial, que los alemanes se diferencian de otros pueblos o razas por el hecho de ser un pueblo con aptitud para la Historia. Más bien estamos aquí en presencia de otra cosa. Debido a que el germano, especialmente el alemán, en su más profundo interior sentía o al menos presentía conscientemente el valor y la dignidad de la personalidad; debido a que se percataba cuando en cualquier lugar ésta se desarrollaba o atrofiaba, por eso, en base a un sentimiento vivo, en la actividad máxima del alma, era impelido a observar, a investigar, a sondear a sus semejantes. Por eso entendió la Historia como el desarrollo de la personalidad de un pueblo; por eso buscó, bajo los escombros y las ruinas milenarias, los testimonios de una fuerza humana.


     Aquí hemos llegado ahora a uno de los fenómenos primigenios que ni pueden ser explicados ni investigados.

     ¿En razón de qué el espíritu germánico siente instintivamente la eternidad e imperdibilidad de la personalidad? En razón de que no defiende el concepto "todo lo eres también tú", y vive casi exclusivamente en él sólo el anhelo de investigar las manifestaciones de otras, extrañas personalidades. El griego no se preocupaba por su prehistoria, porque era hombre del presente, persona; el indio no tuvo historia porque miraba el tiempo, la evolución, la personalidad, todo, como ilusión; el chino coleccionaba todos los datos de su pasado hasta las deposiciones del Señor del Centro, coleccionaba datos de la persona, no interpretaba realidades de la personalidad; en forma semejante, el egipcio que se momificaba. La idea consciente de una cultura cualquiera como expresión de algo que nunca existió antes y que nunca volverá, de algo misteriosamente peculiar, éste es el ánimo básico activo-místico del espíritu nórdico-germano.

     Por tal razón los europeos pudieron descifrar jeroglíficos y tiestos de arcilla babilónicos; por tal razón generaciones enteras pusieron su fuerza creadora al servicio de excavaciones en Grecia, Egipto, junto al Ganges y al Éufrates, para buscar y para interpretar a un ser. Si el espíritu europeo hubiera significado únicamente moldear la persona exterior, entonces nunca se hubiera producido esta dilatación y concentración orgánicas. Se llama esto alma fáustica, y se entiende con esto la tendencia hacia lo infinito en cada campo. Pero la base de esto es la singularidad y dignidad de la personalidad, que en ninguna otra parte del mundo es sentida con igual intensidad.

     En base a este profundo respeto, un Herder pudo recoger las voces de los pueblos desde la India hasta Islandia, un Goethe presentarnos como por arte de magia a Persia, y pudieron los eruditos germánicos mostrar las realizaciones del alma india, tan lejana y a menudo, en cambio, tan cercana (Müller, Deussen, etc.). Un cuadro mundial lleno de inter-relaciones, dibujado al contraste y por eso sentido con alta conciencia, se desenvuelve ante nuestra visión interior. Todo se presenta coloreado y configurado singularmente, vislumbrado y extraño a la vez, Y en medio de ello y al lado de ello estoy yo, el hombre nórdico, lo personal devenido conciencia, como el último misterio de la existencia, solitario. Este ánimo interior o esta conciencia, es la última razón de lo quebrado, fragmentario, abandonado, infinitamente lejano de toda la cultura europea. Don Quijote, Hamlet, Parsifal, Fausto, Rembrandt, Beethoven, Goethe, Wagner, Nietzsche, todos ellos han vivido, expresado o creado esto, o son testimonios de esta vivencia. Y así también aquí el concepto nórdico de la acción va creciendo hasta constituír algo completamente distinto de lo que un Lao-Tsé entendía por "hacer" y lo que a un Buda le pareció perjudicial por acarrear sufrimientos. Más divorciada aún está la idea de la acción de la actividad "laboriosa" judía, que siempre ostenta una finalidad puramente terrenal-corporal como resorte motor. Acción es para el occidental la expresión de un modo de ser interno en una evolución del alma sin fin terrenal, o sea, una forma de nuestra actividad anímica. Al seguir a ésta, recién vivimos realmente aquí sobre la Tierra y para algo más elevado. Atribuímos a la acción una dignidad, que ella sola nos conduce a nosotros mismos. Aquí recuerdo la sentencia más profunda de Goethe: "Toda acción, bien contemplada, libera una nueva capacidad en nosotros".

     Aquí habla un alma completamente distinta que en el Tao-Te-King, pero ella es también fundamentalmente diferente de aquélla que ha enseñado la senda cuatro veces sagrada. Lao-Tsé reprueba la acción porque debe ir mancomunada con el hacer; Buda teme igualmente el sufrimiento. Un Goethe, en cambio, también acepta conjuntamente el sufrimiento; hasta lo considera necesario, elevador del alma ("El que no puede desesperar, ése no debe vivir"); encuentra, al igual que el gran Maestro Eckhart, en un solo instante de profunda felicidad que expande el alma, en la vivencia de la acción creadora, pagado y superado todo el sufrimiento. Con esta fuerza del alma no puede compararse sencillamente nada. Ella es primigeniamente potente, en nada quieta, y menos aún resignadamente sonriente, sino que con amplias alas se eleva sobre todo lo terreno.

     Si se contempla menos la vida exterior sino el ansia interior de un pueblo tal como ésta se expresa en sus figuras más grandes, puede decirse en breves términos: para el chino el reposo es la superación del hacer, para transitar sin acción consciente el camino del destino; para el hindú el reposo significa la superación de la vida, el primer peldaño del pasaje a lo eterno; el reposo del judío es el acecho de una actividad prometedora de éxitos materiales; el reposo del ser humano nórdico es concentración antes de la acción, es mística y vida simultáneamente. La China y la India quieren superar de distinta manera una pulsación de la vida; en el judío el reposo es únicamente una consecuencia de circunstancias exteriores; el ser nórdico, a la inversa, quiere un ritmo determinado por el interior, orgánico, creador. Naturalmente son sólo muy pocos los que son capaces de imponer este ritmo nórdico a través de toda la vida, a través de toda su obra. Pero, por tal razón, son ellos para nosotros los más grandes de nuestro espíritu y de nuestra raza.

     En algunos de nuestros grandes este ritmo respira —con todo el apasionamiento en el detalle— en potentes y amplios impulsos. Esta es la obra de Leonardo, Rembrandt, Bach, Goethe. En otros esta pulsación se produjo más violenta, repentina, dramáticamente. Esto nos lo dice la obra de Miguel Ángel, Shakespeare, Beethoven. Y Emmanuel Kant, que a tantos les parece la moderación personificada, enfatiza como su más profunda convicción que únicamente mediante la exaltación, es decir, la más alta disposición anímica para la acción, puede ser producida una gran obra. Esto fue una delicada auto-confesión. Por consiguiente, también se oye en la obra del sabio de Königsberg el amplio golpe de alas del alma nórdica: "Nunca en este mundo se ha logrado algo grande sin entusiasmo".

     Así, pues, también en lo que se refiere a la relación con la acción, se hallan claramente ante nuestros ojos las orientaciones anímicas de los distintos pueblos. Los —por lo demás diferentes— chinos e indios de un lado, el judío como contraste y contradicción (¡no el antípoda espiritual!), y fuera de ellos el ser humano nórdico-germánico como (en este aspecto) antípoda de ambas orientaciones, abarcando ambos polos de nuestra existencia: mística y acción vital, sostenido por un sentimiento vital dinámico, animado y elevado por la afirmación de la voluntad libremente creadora y del alma en su nobleza. "Llegar a ser uno consigo mismo", quería el Maestro Eckhart. Y eso lo queremos finalmente también nosotros.


* * * * *


2.


     Todo el mundo mira hoy con vivo interés hacia el Lejano Oriente, en la impresión muy acertada de que allí, a muchos miles de kilómetros de distancia de Europa, se desarrollan acontecimientos que, sin embargo, tocan muy directamente nuestra existencia. En la lucha china contra la raza blanca (aun cuando, por de pronto, dirigida principalmente contra los anglosajones), se muestra la característica más relevante de un movimiento hostil a Europa que se extiende por todo el mundo. Podemos constatar que después de la Guerra Mundial los Negros actúan con un sentimiento de su valor muy distinto que antes de la época en que fueran llamados bajo las banderas inglesas y francesas. En muchos puntos de África se constituyeron ligas secretas políticas que trabajaban por conquistar toda el África para los Negros. En Norteamérica está en marcha un movimiento similar (Garvey, Dubois), y en congresos de Negros se presenta sin ningún eufemismo la expulsión de los Blancos de toda el África como meta política. Un movimiento semejante puede ser comprobado entre los egipcios, aun cuando éste por lo pronto fue reprimido con toda energía por Inglaterra, al igual que el movimiento de liberación de los indios.

     Sin duda la gran India se encuentra en un enorme proceso de fermentación, pero el indio, fiel a su temperamento, por lo pronto libra toda la lucha aún en forma puramente defensiva, y el conductor de la Joven India, Mahatma Gandhi, declara siempre de nuevo que no piensa proceder contra Inglaterra con violencia. Pero al lado de él trabaja un ala activista —primeramente bajo la conducción de Jatindra Das, luego bajo la dirección del nacional-bolchevique Pandit Nehru—, que parece conquistarse poco a poco la preponderancia. La posibilidad de un hervor de muchos cientos de millones de indios está ciertamente dada. El gobierno holandés, por su parte, tuvo que reprimir ya peligrosas sublevaciones en sus colonias en Java, que abarcaban a círculos muy grandes. Pero en la forma más clara se pone de manifiesto toda la lucha anti-europea en la rebelión china, conducida con la más fuerte energía por muchos millones, aunque en muy distintas formas.

     El fuerte movimiento fermentativo dentro de los pueblos de color es una consecuencia absolutamente directa de la Guerra Mundial. Sobre los hombros de los conductores de las potencias de la Entente pesa el monstruoso crimen de haber movilizado a Negros y mestizos contra el pueblo alemán y haberlos llevado, apoyado por muchos años de insultos inferidos a Alemania, a la guerra contra un país de raza blanca. La culpa más grande y más directa le toca aquí, sin duda a Francia, la que hasta después de la Guerra ocupó con hombres de color la cuna de la cultura de Europa, la Renania; Francia, cuyos apoderados militares declaran en forma completamente desembozada en el parlamento francés que los franceses son "un pueblo de cien millones", y que no disponían acaso de dos ejércitos, uno Blanco y uno de color, sino de un "ejército único". Con esta declaración programática la política francesa equiparó la raza negra a la blanca, y en forma semejante a como hace 140 años Francia inició la emancipación de los judíos, así se halla hoy a la cabeza de la corrupción racial de Europa por los Negros y, si esto sigue así, apenas podrá ya ser considerado como un Estado europeo sino más bien como un estolón de África conducido por judíos.

     Inglaterra creyó después de Noviembre de 1918 haber alcanzado totalmente sus metas de la Guerra. Las colonias alemanas habían sido robadas, la totalidad de la propiedad alemana en todos los países había sido confiscada a favor de la Entente, la Flota Mercante alemana había sido entregada prontamente por los tristes héroes de Noviembre de 1918, y la Flota de Guerra alemana yacía hundida bajo las aguas en Scapa Flow. En lo económico la Alemania destrozada no significaba ya ninguna competencia, sino que como esclava de las naciones de la Entente tuvo que aprontarse a prestar con sudor de sangre un trabajo de servidumbre durante decenios. Y, sin embargo, se evidencia ya hoy que Gran Bretaña no sólo no ha ganado totalmente esta Guerra sino que se encamina a las más graves conmociones de todo su Imperio mundial.

     La participación de las colonias británicas y de los así llamados Dominios en la Guerra Mundial contra Alemania, había acrecentado enormemente el orgullo de los sudafricanos, de los canadienses y de los australianos, y como antaño los actuales Estados Unidos se separaron de Inglaterra, así las fuerzas separatistas en los mencionados dominios se hallan hoy muy vigorizadas, y Londres pudo prevenir el desmembrarniento del Imperio británico sólo mediante la táctica de aceptar flexiblemente todos los deseos de auto-gobiemo de los dominios, de modo que Inglaterra hoy en realidad ya no es un Imperio centralmente dirigido sino que representa una liga de Estados. Y ahora se evidencia que las fuerzas desencadenadas, crecidas bajo la consigna del derecho de autodeterminación de los pueblos, no podían ya ser domadas. Cierto es que la City judía, en alianza con los liberales y el partido laborista, pudo muy bien abrigar la esperanza de concertar con el Moscú judeo-bolchevique un favorable convenio económico, pero, no obstante, la descarada actividad bolchevique en Inglaterra tuvo como consecuencia una repentina repulsa de todo el pueblo, incluso de la clase trabajadora inglesa, de modo tal que las tentativas liberal-judías fueron rechazadas cada vez más enérgicamente.

     La fuerte corriente anti-bolchevique dentro del partido conservador empujó en adelante a Inglaterra a una política hostil a Moscú cada vez más intensa, mientras que Moscú, por su parte, como bajo la presión de una necesidad histórica, tuvo que hacer actuar su fuerza en el Este. Anteriormente el bolcheviquismo se esforzó, con la esperanza de arrastrar consigo a toda Europa, principalmente en arrollar con violencia a Alemania, a Europa Central. Gracias a la enérgica fuerza de resistencia de los alemanes (en parte también de los polacos y húngaros) este atentado, por lo pronto, fue rechazado. Pero como el bolcheviquismo moscovita no podía permanecer políticamente inactivo si no quería borrar para siempre la consigna de la revolución mundial, debió probar sus fuerzas hacia otra dirección. Aquí dio, en primer lugar con Turquía, que en un comienzo aprovechó una alianza con Moscú, pero luego se desligó cada vez más del bolcheviquismo y puede ser considerada hoy como un Estado nacional coherente. Así a Moscú no le quedó otra alternativa que tentar más hacia el Este: a Mongolia, a Manchuria y más lejos aún, hacia el Sur de China. Aquí la prédica de la revolución social halló en círculos de la clase laboral china saqueada la más viva simpatía, y si se sabe en qué estado tan horrible se encuentra la masa laboral china, se comprenderá que Moscú tuvo que aparecer ante estos muchos millones de explotados como el adalid de una mejor forma de vida. Esta corriente social-revolucionaria se unió ahora a una propaganda revolucionaria nacionalista, anti-europea, tal como los intelectuales chinos ya la habían preparado desde decenios atrás. El nombre de Cantón reúne estas corrientes. Ellas desembocan en la autonomía de China y la expulsión. de todos los europeos. Esta es la situación general frente a la cual se hallan en China las potencias europeas bajo la conducción de Inglaterra. Para comprender la gran lucha en su profundidad, señalemos brevemente las fuerzas del pasado.

     Se puede valorar como se quiera a China y sus formas de vida, pero es un hecho que ella ha sido creada, a pesar de diversos antagonismos raciales, sin embargo, a diferencia de la Europa agrietada, desde un único centro espiritual. La filosofía, la religión, la moral, la doctrina estatal y la vida se correspondieron orgánicamente entre sí. China ha tenido la suerte, dejando de lado ciertos matices populares, de poder desarrollar una cultura específicamente genuina, que actúa desde hace mucho más de 3.000 años y a cuyas formas primigenias siempre ha vuelto de nuevo, a pesar de la vaga doctrina del taoísmo, del budismo que ha penetrado desde afuera, y de diversas revoluciones. La China y Confucio son entidades iguales que coinciden con la raza y el pueblo. En Confucio el modo de ser chino se personifica en la forma más perfecta. Él es el maestro, el santo y el estadista propiamente dicho. Hay, por lo tanto, lo mismo una religión confuciana como un Estado confuciano. Si se valora este hecho en todo su significado (en vista de los Estados de Europa, donde la idea de pueblo y de Estado se encuentra desde hace siglos en la más grave lucha con la eclesiástica) se comprenderá recién toda la fuerza interior de la nacionalidad china.

     Lo característico del ideal chino es, en primer lugar, que se muestra reservado frente a especulaciones metafísicas, y en segundo lugar, que rechaza enérgicamente toda doctrina extrema de naturaleza ética. El correcto y erudito gentleman, seguro en sus modales y sumamente cortés, ha sido el ideal de toda la nación china, sin tener en cuenta el hecho de que debajo de esta forma dormían a menudo pasiones enormemente intensas. La obra del confuciano Chung-Yung, Libro del Medio Proporcionado, ya expresa en su título exactamente aquello que tenía en vista el gran Maestro: no mostrar ninguna gran pena, ninguna gran alegría, ayudar a los seres humanos, abrigar amor por la paz, practicar justicia, ser ahorrativo. actuar celosamente en la sociedad mediante el buen ejemplo por la virtud... Esto es "el noble", el ideal de Confucio. Así como enseñó, también se dice que ha vivido. En las Conversaciones Confucio es descripto minuciosamente por sus adeptos. Con funcionarios inferiores hablaba de un "modo sincero", y con superiores, "suavemente, pero con firmeza".

     Frente a un príncipe atestiguaba "respetuosa incomodidad". En sus funciones se preocupaba por cumplir estrictamente el ceremonial. Durante la comida y en la cama no hablaba, sacrificaba también cuando sólo tenía pocos alimentos, se sentaba sólo sobre una estera bien desenrollada, testimoniaba a la vejez la más alta consideración; en suma, si peregrino, si ministro, Confucio siempre era el mismo en forma y disciplina. Esta cría racial de China que llegó a adquirir conciencia en un hombre, ha atestiguado inversamente una fuerza enormemente formadora de tipos, que a través de dos milenios ha seguido actuando inquebrantada hasta el actual revolucionamiento del Este. El pueblo chino era, por consiguiente, en real sentido un pueblo, porque poseía un ideal específico que lo determinaba todo. Ante la grandiosidad del hecho de que más de trescientos millones de seres humanos veneraban, no sólo en palabras sino en la vida (a pesar de todas las debilidades humanas), a un tipo, palidecen todos los ataques contra el confucionismo, que han sido formulados por parte de los predicadores con furia misional.

     A nosotros Lao-Tsé, por cierto, nos parecerá más grande que Confucio, ya que va más allá del suave medio de su rival justo en las formas e indaga por la causa primera metafísica del ser, la que encuentra en el Tao, es decir, en el sentido, en el "camino verdadero", en la razón del mundo. También Confucio emplea la palabra Tao, pero se cuida de extraer las conclusiones como lo hace Lao-Tsé. La doctrina de éste era una obra para espíritus iluminados, mientras que Confucio quiso dar camino y forma a las anchas masas. Así triunfó sobre Lao-Tsé.

     Confucio recalca que no quiere traer nada nuevo, sino sólo honrar y purificar lo viejo, ya que es descuidado. En esta doctrina se manifiesta ya al principio la importancia que atribuye a la tradición, algo a lo que el chino venerador de los antepasados siempre ha prestado atención. Un fuerte acicate para el comportamiento moral y para la constancia reside, además, en la exigencia de que el padre es hecho responsable por los actos de su hijo. Por tal razón se otorgaba título de nobleza no solamente a una personalidad meritoria, sino también a sus antepasados, que posibilitaron su aparición; por otro lado, Confucio castigaba no sólo a un malhechor sino al mismo tiempo al padre de éste. Tal hecho muestra a su vez cómo lo personal es reprimido, y hasta despreciado sistemáticamente a favor de lo típico. Todo esto demuestra una enorme capacidad de persistencia anímica, que se cristaliza alrededor de un ideal término medio, ciertamente una antítesis del europeo, pero de todos modos específico, crecido en fondo propio y, por lo tanto, digno de admiración.


3.


     En el cerrado mundo chino intervino en el siglo XIX el imperialismo económico occidental, unido a una actividad misionera tan asidua como interiormente injustificada. Calicó [un tejido de algodón] y opio, productos de desecho de Europa, penetraron en China y destruyeron, por lo pronto, el equilibrio de la vida china de las ciudades portuarias, para luego penetrar cada vez más profundamente en el país. Anonadados por la grandeza técnica, hasta chinos cultos "adornaron" sus viviendas con las chabacanerías relegadas de los grandes almacenes del Oeste europeo y enviaron a sus hijos a Europa y Estados Unidos para aprender allí la nueva sabiduría. La juventud china fue contagiada por el subjetivismo económico y el pensar europeo individualista; su actuación liberal ha aportado luego lo suyo para la actual corrupción de China. Pero no faltaron tampoco las protestas. Los alzamientos de los boxers son solamente los signos más brutales de éstas; más profundamente consciente, precisamente la inteligencia china (y también japonesa) se situó a la cabeza de un movimiento con la meta de la renovación racial y de la liberación del Este. El escritor chino Unosuke Wakamyia escribió que el nuevo movimiento gran-asiático persigue el fin de preservar la cultura y economía asiáticas de intervenciones europeas. El programa de la sociedad Asia-gi-kwai exige igualmente el alzamiento de todos los asiáticos. El conde Okuma fundó después de la guerra ruso-japonesa la Sociedad Pan-Asiática. En sus discursos habló de la venidera decadencia de Europa: el siglo XX verá las ruinas de los Estados occidentales. En 1907 expuso en la Sociedad Indo-Japonesa que los ojos de la India están dirigidos llenos de esperanza al Japón, lo que fue subrayado por el Taimin (un diario de Osaka), el que exigió ayuda japonesa para la revolución de la India. El profesor Kambe de la universidad de Kioto vio en el Japón el Estado dirigente en la venidera disputa con Europa.

     En el año 1925 comenzó la gran revolución mundial en el Este. Para completar su dominio mundial, las potencias deben someter también al Japón. Para ello necesitan una China vencida. Simultáneamente el bolcheviquismo encendió la revolución social. Como nunca aún también han sido despertados en China los instintos dormidos. China ha perdido hoy su ideal mítico, formador de tipos; cientos de rivales egoístas, acicateados por potencias extranjeras, luchan entre sí. Las discordias existentes no son superadas en nombre del ideal confuciano sino atizadas bajo consignas nuevas, foráneas. El anarquismo liberal moderno fuerza también el tipo chino. La revolución más transcendente, cuyo desenlace no puede ser previsto, está en marcha. Pero si no todo engaña, la sangrienta lucha alguna vez terminará a pesar de todo con la expulsión de Europa del Asia oriental. Y es de desear que tanto misioneros como traficantes de opio y oscuros aventureros abandonen la China. Pues no en nombre de una necesaria protección de la raza blanca el europeo ha irrumpido en la China, sino a favor del afán de lucro judeo-mercantilista. De esta manera se ha deshonrado a sí mismo, corrompiendo todo un mundo cultural a quien ha llevado a un justo alzamiento contra sí. La China lucha por su mito, por su raza y sus ideales, lo mismo que el gran movimiento de renovación en Alemania contra la raza de mercaderes que hoy domina todas las Bolsas y determina los actos de casi todos los gobernantes.

     Por lo que se refiere a la evolución histórica de las grandes luchas en China, éstas comenzaron principalmente con la introducción forzada del opio. El gobierno chino reconoció muy pronto lo perjudicial de este producto y prohibió ya en el año 1729 el goce del opio y la plantación del opio. Estas prohibiciones fueron más tarde agravadas repetidamente, pero este esfuerzo del gobierno chino chocó contra la resistencia de la inglesa Compañía de las Indias Orientales. Es que el importe de la venta del opio estaba destinado a poner nuevamente en orden las miserables finanzas de la India, y detrás de los señores hábiles en negocios de la Compañía de las Indias Orientales se colocó, como siempre consecuente, el Estado inglés como poder político. Después de haber sido vencido, el Emperador Tao Kuang declaró: "No puedo evitar la importación de este veneno; hombres ansiosos de ganancias y corrompidos quieren por avidez de lucro y sensualidad cruzar mis deseos, pero nada me inducirá a percibir mis ingresos del vicio y de la miseria de mi pueblo".

     El centro de la totalidad del comercio del opio inglés era Cantón, es decir, aquella ciudad de la cual ha partido el actual así llamado movimiento de liberación chino. En el término de poco tiempo el contrabando de opio que aquí pudo ser comprobado ascendió hasta 1.700 cajones por año, pero su volumen aumentó cada vez más, y cuando en alguna oportunidad el gobierno chino realizó un registro de domicilio entre los comerciantes ingleses, pudo incautar no menos de 20.000 cajones de opio. A fines de la década del treinta del siglo pasado, se produjo entonces el gran conflicto entre el gobierno británico y China; los cañones ingleses tuvieron que ser puestos en acción para la protección de los contrabandistas de opio. La China fue vencida y el Tratado de Nanking (1842) estableció que estaba obligada a ceder Hong-Kong a Inglaterra por "toda la eternidad". Cantón, Amoy, Ningpo, Fucheu y Shanghai tuvieron que ser abiertos al comercio británico. Fuera de esto, la China fue obligada a pagar 21 millones de dólares por reparaciones de guerra. Más allá de ello, Inglaterra vendió a buques contrabandistas chinos ¡el derecho de llevar la bandera británica!.

     Esta situación volvió a agudizarse; en el año 1856 comenzó la segunda Guerra del Opio, esta vez con participación, de Francia. El tratado consecutivo, de Tientsin, oprobioso para China, "justificó" completamente el comercio del opio. Este amordazamiento durante decenios de China en interés de un sistema capitalista destructor del pueblo, tuvo por necesidad natural que conducir siempre de nuevo a tensiones, y ante la más grande descarga nos hallamos hoy.

     Hasta para un conocedor de las condiciones no es fácil justipreciar exactamente según su valor y las metas propuestas a todas las fuerzas que hoy se miden en la lucha. Especialistas reconocidos se contradicen hoy en cuanto a puntos muy importantes en el juicio sobre los diferentes partidos y personalidades chinos. Y esto es por demás natural, dado que el verdadero móvil de los hombres dirigentes no puede ser interpretado sin más.

     Dos puntos parecen ser aquí tan importantes como hasta ahora poco o nada tenidos en cuenta.

     Desde la terminación de la Guerra Mundial y del triunfo casi perfecto del capital financiero internacional conducido casi exclusivamente por judíos, la política de los poseedores de este capital, sin duda, tiene el propósito de llevar al Imperio insular (británico) aún independiente bajo el control de la Alta Finanza. La reunión en Washington en el año 1921 comprometió al Japón a devolver sus conquistas en la guerra ruso-japonesa y en la Mundial, y lo obligó además a detenerse en su armamento naval. Pero para llegar a tener en sus manos por completo al Japón tuvo que ser asegurada la China —como se mencionó al comienzo—, como campo de operaciones. Esto podía ser logrado ya sea en forma directa con ayuda de las influencias —es decir, cañones— anglo-norteamericanas, o bien con ayuda de tropas chinas al servicio de la Alta Finanza. Y aquí llegamos a un hecho extremadamente importante para la actual política mundial.

     Antes y durante la Guerra Mundial la Alta Finanza judía ha declarado que su política se desarrollaba en consonancia con la política de Gran Bretaña. Inglaterra había conquistado antaño para los mercaderes judíos de brillantes a Sud-África (Lewis, Beith, Lewisohn, etc.). Había encomendado a grandes casas bancarias judías el dominio sobre todas las transacciones financieras (Rothschild, Montague, Cassel, Lazard, etc.). También había hecho deslizarse cada vez más en manos judías el comercio del opio; el judío Lord Reading (lsaacs) se encargó de las importantes tratativas de empréstito con Estados Unidos, hasta que finalmente Inglaterra, a través de la así llamada Declaración Balfour, se hizo cargo de la protección de los intereses judíos en todos los Estados. El Frankfurter Zeitung supo en su tiempo muy bien lo que decía cuando afirmó que esta Declaración Balfour había sido un "fermento de la victoria (inglesa)". A pesar de esta capa compacta constituída por el capital financiero judío, que cubría la vida inglesa, las fuerzas conservadoras demostraron ser, sin embargo, lo suficientemente fuertes como para emprender al menos contra el desembozado bolcheviquismo una política activa en todos los países y desplegar una intensa propaganda anticomunista.

     La respuesta la dio ahora el judaísmo, por cierto, no directamente en Inglaterra misma sino fuera de Gran Bretaña, y esta respuesta es el azuzamiento de la totalidad del bolcheviquismo en todo el mundo contra Inglaterra, además el apoyo en un principio total al Sur chino por parte de toda la Prensa mundial judía, y en tercer lugar, la convocatoria de un así llamado Congreso Anti-Colonialista en Bruselas (Marzo de 1927), seguido del atizamiento de todos los pueblos coloniales del Este, en primer termino, empero, de los indios, luego de los chinos. Esta acción de conjunto, cuyos efectos los podemos seguir diariamente en la prensa democrático-bolchevique, tiene evidentemente el fin de obligar a Inglaterra a hacer concesiones cada vez más amplias al omni-judaísmo, pero, por otro lado, también la finalidad de realizar, con ayuda de los generales chinos respaldados, la concentración anti-japonesa en China, y después terminar con el abatimiento del Japón "rebelde", aún independiente de la Alta Finanza.

     Japón tiene naturalmente plena conciencia sobre los trasfondos de esta política, tanto de Moscú como de la Finanza Internacional, y por instinto de auto-conservación debe empeñar todos sus poderes en vigorizar las fuerzas manchurianas (aún cuando no hasta tal punto de que podrían independizarse del Japón). Oficiales japoneses habían provisto por tal razón anteriormente el ejército del Norte chino de todas las innovaciones técnicas del presente, e independientemente de cómo pueda configurarse en el futuro la situación de poder, Japón siempre tratará por todos los medios de fomentar una división del poder en China.

     En lo que respecta al movimiento originariamente llamado de los "cantoneses", éste era dirigido por un partido que se denomina Kuomintang, lo que quiere decir tanto como Partido Nacional del Imperio. Cantón era, como se ha dicho, el punto central donde China tuvo que sentir más dolorosamente el poder del moderno imperialismo colonial. Aquí fue donde después también se manifestó con mayor fuerza la energía china nacional-revolucionaria. Ella se remite al Dr. Sun-Yat-Sen, crecido dentro de ideas nacionales europeas, el verdadero fundador del partido Kuomintang. Sus aspiraciones y principios Sun-Yat-Sen los ha asentado por escrito [1]. En cuanto a su voluntad personal de derribar las viejas tradiciones en el sentido de una renovación nacional, es de dudar tan poco como en cuanto a su deseo de terminar con toda tutoría extranjera. Enérgicamente señala en sus discursos que nada acelera más el hundimiento de un país que el sojuzgamiento por medios de poder económicos, de los que disponen las potencias anglo-sajonas (en las que recalca especialmente la influencia judía). Pero un error catastrófico cometió Sun-Yat-Sen en la apreciación de la Rusia soviética: vio en ella al Estado que ha aparecido "en el momento del máximo peligro" para luchar "contra la injusticia en el mundo". Este abogar no crítico por la potencia bolchevique ha causado a China años espantosos, dado que la política pro-bolchevique de Sun-Yat-Sen fue proseguida después de su muerte, hasta que el sano instinto telúrico de los chinos se opuso enérgicamente a esta influencia destructora, sin que el peligro hubiera sido conjurado definitivamente en las grandes ciudades comerciales.

[1. Sun-Yat-Sen: Las Enseñanzas Básicas de la Nacionalidad, 30 años de Revolución China, Berlín, 1927].

     Alrededor de Sun-Yat-Sen como maestro se aglomeró una numerosa inteligencia china, que en todos los Estados de Europa y Estados Unidos se familiarizó con un mundo de ideas extraño y volvió a su Patria como un grupo nacional-revolucionario. Si la prensa mundial judía no cabía en sí de arrobamiento por los dirigentes cantoneses, debe hacerse notar ya aquí que estos intelectuales nacional-revolucionarios en un comienzo dirigentes, con seguridad no podían ser considerados ya como genuinos chinos unidos a la Naturaleza. Muchos habían tirado lejos de sí una vieja tradición y se extasiaban con ideas de ninguna manera siempre chinas como "democracia", soberanía popular y cosas semejantes, que habían aprendido en Europa y Estados Unidos. En cierto sentido se asemejaban quizás a los liberales rusos, que se habían separado de las viejas formas rusas, para iniciar luego una revolución democrática que de ninguna manera estaba arraigada en la Nación, hasta que finalmente ellos mismos fueron repudiados por las fuerzas soliviantadas del caos. Algo semejante también se está preparando en China [2], pues era claro que en el momento en que también las discordias internas del Sur se acentuaron, la posición de las potencias de la Bolsa siguió mejorando. Empréstitos y empeño de los derechos de aduana, ferrocarriles, etc., son también aquí el medio para agotar al adversario, especialmente a un adversario que es pobre en dinero y cuyo ejército a la larga no puede ser alimentado suficientemente. A pesar de todas las evidentes manifestaciones de corrupción, las tentativas de nacionalización de la China son dignas de admiración. Cómo terminarán, nadie lo puede predecir.

[2. El destacado ex-ministro de relaciones exteriores chino del gobierno de Cantón, p. ej., Eugen Tschen, es un hombre que según descripciones de testigos oculares ya racialmente no causa la impresión de ser chino: habla inglés como un inglés, viste según la última moda de Londres y sólo lleva modernos zapatos de charol. Su hija había sido educada completamente a la norteamericana, usaba habitualmente pantalones de montar y provocaba indignación en todo auténtico chino por su emancipación. Inclinaciones similares tenían diversos consejeros del entorno de Tschen].

     Los Estados europeos muestran en el conflicto chino, lo mismo que en las otras sublevaciones coloniales, una visible inseguridad, lo que es tanto más comprensible cuanto que, p. ej., en Londres mismo pugnan entre sí distintas fuerzas: voluntad nacional inglesa, no quebrada aún, unida a un imperialismo económico británico; a éste se oponen los métodos, a veces los intereses, del capital financiero puramente judío. Estas fuerzas actúan alternativamente con intensidad sobre la política exterior inglesa, y el judaísmo naturalmente no ha dejado de hacer pie lo más firmemente posible también en el partido conservador.

     Ahora se origina para nosotros no sólo como alemanes sino como miembros de la raza blanca toda, el interrogante: ¿qué posición adoptamos con respecto a China en especial y cuál con respecto a la totalidad de la política colonial de los pueblos europeos en la presente crisis que, sin duda, es una crisis de la máxima importancia político-mundial?.


4.

     El británico estuvo desde siempre menos constreñido estatalmente que el europeo del continente, porque pudo permitirse esta forma suelta de vida como habitante de una isla; pero nunca fue un "mercachifle". El inglés (Victor) Germains tiene por lo tanto razón cuando declara: "El inglés conquistador del mundo, que, brillante en sus virtudes y terrible en sus pasiones, presuntuoso, brutal y valeroso al mismo tiempo, levanta su mano y... construye un Imperio mundial como pueblo señorial creador" [3] Este señorío todavía hoy existe, aun cuando fuertemente roído por la City.

[3. The Truth about Kitchener (La Verdad sobre Kitchener), 1925].

     Para la valoración de la política británica y de una futura actividad colonial es decisivo el material humano racial de estas colonias y áreas de interés. La China ha sido tratada recién. El imperialismo económico frente a este antiguo pueblo de cultura ha sido funesto para ambas partes, de lo que surgen para un futuro orgánico determinadas exigencias. Muy distinta, empero, es la situación con la India, Egipto, Siria y Sud-África.

     Todo europeo ve en la antigua India un país de sus ensueños; en medio de una época de bestialización técnica no fueron los peores los que se sumergieron en los pensamientos de Yajñavalkya, de Shankara, y se extasiaron con el héroe Rama, el dios Krishna y el poeta Kalidasa. Ello tuvo como consecuencia que estos buscadores de la India predicaron la redención de Europa a través de la Antigua India y no se percataron en absoluto de que esta India aria antaño había sucumbido precisamente por los pensamientos, que ensanchan infinitamente el corazón, de los ulteriores Upanishads. Más bien pudo ser observado un fenómeno completamente distinto, que ya ahora muestra consecuencias político-mundiales: la inflamación del nacionalismo indio en el espíritu anglo-europeo consciente de su nacionalidad. En el transcurso de las opresiones, en la marcha victoriosa del pensamiento nacional occidental, en la India desintegrada despertaron de nuevo muchas almas a la auto-conciencia nacional en todas las manifestaciones de la vida.

     No sólo se comenzó a estudiar los libros religiosos sino a entusiasmarse de nuevo por los héroes Rama y Aryuna. Los indios viajan hoy por Europa, ensalzan los esplendores de su pueblo y exigen su libertad. Rabindranath Tagore ve en la forma del nacionalismo indio sin violencia, la redención del mundo, Gandhi predica la permanente resistencia pasiva como movimiento popular. Al lado de éstas se mueven aspiraciones más vigorosas, pero que afirman haber recibido toda su energía solamente de la India. "El ascetismo no pudo oprimir el pensar ario durante largo tiempo", anuncia para asombro nuestro el moderno predicador indio Váswáni. La juventud, dice, debe profundizar en la Historia; encontrará entonces que los grandes patriotas siempre fueron "espíritus dinámicos, creadores"; la "historia de los héroes" debe ser enseñada al hindú. "La Historia aún no es enseñada a la luz del desenvolvimiento de la raza india", dice Váswáni más adelante.

     Vemos aquí intervenir abiertamente un sentimiento de vida europeo, que, por, cierto, es atenuado nuevamente de inmediato por las observaciones de que ni el color de la piel ni los antepasados hacen al brahmán, sino el carácter. Aquí se pone de manifiesto toda la tragedia hasta del indio que emerge sobre los 300 millones de sus connacionales. Pues, si quisiera describir el desenvolvimiento de los arios, entonces debería confesar que el ario ha desaparecido, fuera de muy escasos vestigios. Ha dejado como herencia cantos heroicos, una profunda y gran filosofía que, más tarde llevada a lo extremo, a lo ilimitado, a la exuberancia de la jungla, fomentó el caos racial. Que los pocos indios renacidos, inflamados de nuevo por impulsos volitivos europeos, sean capaces de criar aún un pueblo de esta oscura población primitiva, que tenga, aunque sea sólo por aproximación, comunidad con sus ideas, puede razonablemente ser negado mientras no haya sido creado. La invocación de la sagrada vieja universidad de Nalanda con sus 3.000 maestros suena tan melancólico como la exclamación del "radiante esplendor" de la India de la "época venidera", mientras que inmediatamente después las ideas de nacionalidad y raza son designadas como "ídolos". La fuerza de cría de las formas de vida y de pensamiento ario-indios como resultado de la raza nórdica y de la naturaleza india es, por cierto, enorme, pero la sustancia racial, de cuya alma antaño habían surgido los pensamientos y los Estados, ha desaparecido, salvo escasos remanentes. Por tal razón, la India engendró también sólo al cansado Gandhi con su pacifismo, no a un conductor de ejércitos que personificara una nueva creación.

     A esto se agrega que del edificio de la religión india han sido sacados enormes sillares por el mahometismo, que sólo por las razones mencionadas apenas podrán ya ser insertados de nuevo. El que conozca la naturaleza de la progresiva religión del Corán en sus efectos sobre las almas de los pueblos pro-asiáticos, comprenderá que la sub-raza foránea a la India aria, presumiblemente será una herramienta muy fiel del Islam. La religión india es tolerante hasta la auto-disolución; el Islam, fanático hasta la auto-entrega en la lucha. Por cierto, el indio asevera que lo blando es más duro que lo duro; lo mismo que el Lao-tseísmo dice: "Sé humilde y tú serás conductor de la Humanidad". Estas frases condujeron a que la raza sucumbiera y que la magnanimidad anímica deviniera bajo manos extrañas en la más depravada hechicería. En todas partes venció aquella idea tras la cual se encontraba la voluntad de poder. Las luchas entre hindúes y mahometanos, que amenguaron para constituír un frente común contra Inglaterra, serán acicateadas hasta la más feroz matanza en el mismo momento en que el británico abandone el país. Aunque cada uno de los miles de reproches que el "indio" formula contra Inglaterra sea justificado, el hecho de que Inglaterra exista como un centro de poder evita una catarata de sangre, una recaída a tiempos peores que los que jamás anteriormente han imperado. Gandhi, Das, Váswáni, etc., sólo fueron posibles gracias a la presión europea; nadie siente más satisfacción que nosotros cuando ellos y sus combatientes edifican centros de enseñanza para su pueblo, lo proveen de médicos, aplacan su hambre y predican la antigua veneración de los héroes. Pero que la India necesita una mano de señor sobre ella está fuera de duda.

     Desde el punto de vista nórdico tanto como del alemán, el dominio de la India por parte de Gran Bretaña, por consiguiente, debe ser apoyado, lo que puede hacerse sin ninguna clase de pensamientos ocultos y al mismo tiempo con plena simpatía hacia la gran India del pasado y a los actuales maestros. Deben ser rechazadas aquellas tentativas que, sobre la base del sentimental éxtasis por Gandhi, exigen una asimilación de la India y quieren hacer de ella un "dominio inglés", porque esta tentativa traería consigo mezclamiento racial, pero con ello el hundimiento de los Blancos. (Política ésta que en 1929 fue iniciada por el gobierno del Partido Laborista). Gran Bretaña no debe ceder aquí en su propio interés y en el de la raza blanca, si no quiere sufrir un derrumbe como sus predecesores en la dominación de la India. Antaño dominaron aquí los portugueses. Los edificios suntuosos de éstos en Goa transmiten aún hoy al viajero una noción del anterior poderío político de este pueblo. Pero a pesar de ello, la selva virgen y los bejucales de la jungla se han enseñoreado de esta ciudad, las serpientes se arrollan sobre las baldosas de los viciosos palacios, mientras la población mestiza en número de medio millón, desde tonos claros hasta el más negruzco moreno, da testimonio de un nuevo naufragio húmano en el pantano y la fiebre de la India, y del engullimiento de la sangre Blanca y de su subconciencia por una fuerza racial autóctona oscura, tenaz, pero estéril.

     Considerado exteriormente, el mundo islámico está hoy desgarrado: en Arabia se libran violentas y enconadas luchas religiosas entre diferentes sectas; los indios de la clase del impotente pacifista Gandhi le tienden sus brazos en el sentido de una fraternización nacional india; Angora se ha vuelto nacional-turca y se niega a seguir desempeñando el papel de "brazo secular de la Meca"; a ello se agregó la eliminacion del califato por Kemal Bajá. Pero a pesar de ello se alza un violento clima espiritual de agresión en los centros islámicos, al que la generalidad superficial no le presta suficiente atención. Ante todo en El Cairo. Aquí la vieja Universidad de El-Ashar actúa en sentido propagandístico moderno en forma anti-europea, anti-cristiana, y va formando una juventud fanática. Desde El Cairo son lanzados a todo el mundo muchos miles de libros religiosos, cientos de miles de volantes, que proveen de odio a la clerecía musulmana en África y Asia Oriental y predican un espíritu de agresión de la naturaleza más virulenta. (Conocedores declaran que una sola librería de El Cairo envía mensualmente 5.000 escritos únicamente a Java). "La batalla (del Islam) está ganada, sólo los objetos no están aún en nuestro poder", declara, como eco de este trabajo propagandístico, un gran diario moslemita de Madrás. "Desde Sierra Leona de un lado y Borneo del otro, se nos pregunta sobre la belleza del Islam", exclama jubiloso otro diario en Dakna. En la India solamente se venden tres traducciones del Corán; de una de ellas se colocaron sólo en Calcuta 20.000 ejemplares en un año. Volantes en forma de amuletos son enviados en millones de ejemplares a los creyentes.

     El África Occidental británica cuenta hoy sobre 16 millones de habitantes, 11 millones de musulmanes. África Oriental de 11 casi 2, Togo es considerado hoy como casi la mitad musulmán, Nigeria en dos tercios, las Indias Holandesas hasta presenta de 50 millones de habitantes, 36 millones de mahometanos. En todos aquellos lugares donde en las colonias tienen lugar mezclas de razas, el Islam encuentra entre los mestizos entusiastas adeptos, mientras que al mismo tiempo promete a los Negros su libertad a través de la lucha común contra Europa. El indio Váswáni escribe [4]: «Yo os digo (europeos) ¡estad alerta!. Un viejo indio dice: "Tened cuidado ante las lágrimas de los débiles". Ya todos los débiles en el Este, los hindúes y mahometanos en la India, Egipto, Persia, Argelia y Afganistán sufren bajo el dominio del egoísta y agresivo imperialismo del Occidente». Ante este odio alguna vez quizás unificado de las razas de color y de los bastardos, liderados por el espíritu fanático de Mahoma, las razas blancas tienen más que nunca motivos para estar alerta.

[4. Indiens Kultur und seine islamischen Mitkämpfer (La Cultura de la India y sus Combatientes Islámicos), Stuttgart, 1926].

     Que Inglaterra permanezca en Suez como protectora de la Europa nórdica ante la invasión de la Asia Anterior, pero al mismo tiempo también para mantener en jaque a la fuerza islámica en los alrededores de la Meca, en la India, Egipto y Siria; esto significa, por consiguiente, un acto de auto-conservación de Europa. En lo que se refiere a Constantinopla, se encuentran antepuestos aquí los pueblos balcánicos, cuyo interés vital exige una permanente disposición a la defensa frente a Turquía. Detrás de ellos está Ucrania, que no quiere permitir un dominio absoluto de los turcos sobre Bizancio.

     Gibraltar ha perdido importancia para Gran Bretaña en vista de las flotas aéreas. Pero de todos modos no puede admitir que Francia llegue a ser el amo en el Marruecos que se halla enfrente. Resulta aquí la necesidad de una colaboración más estrecha entre Londres y Madrid. En este campo de intereses está involucrada también la necesidad de la ampliación de Italia, que debe mantener su fuerza popular junto al país materno. La política italiana, si quiere ser orgánica, reside ante todo en Túnez, Trípoli y algunas islas. En el Oeste del mar Mediterráneo vale, por consiguiente, la alianza Londres-Madrid-Roma, que puede apoyar complementariamente un sistema estatal nórdico (Berlín, Londres, Oslo, Estocolmo, Copenhague, Helsingfors), sin obstaculizarlo en ningún modo.

     Los dominios británicos se vuelven cada vez más autónomos. Pero esto no impide, sin embargo, bajo determinadas condiciones, que su vigorosa existencia quede unida estrechamente a Inglaterra. Sud-África deberá quedar en manos nórdicas, como protección de la otra ruta marítima a la India. Las leyes ahora aplicadas contra los indios serán realizadas alguna vez también contra Negros, mestizos y judíos, a fin de posibilitar una vida orgánica en el Sur de África y crear allí un punto de apoyo firme si el despertar Negro llegara a ser peligroso.


5.


     Este despertar es aún objeto de burlas, sin embargo, esto lo hace como siempre gente muy miope. El mito de la sangre ha adquirido vida bajo una forma distinta también debajo de la piel Negra. De los "palacios" de otros tiempos en Timbuctú y junto al Nilo no sólo habla entusiastamente Markus Garvey sino con él muchos miles de Negros que han sido despertados intelectualmente.

     A pesar de muchas divisiones ya se forman automáticamente en muchos lugares del mundo centros Negros que conscientemente trabajan por un "Reino Africano". Así en Etiopía, en Liberia, en el África Occidental; en parte este movimiento racial es reforzado por ideales religiosos que los Negros les deben a los misioneros cristianos, aunque tan sólo en forma mediata. El Dios Negro, el Redentor Negro y la negra Virgen María ya son imágenes comunes. Más importantes son los centros de las ligas Negras, también monetariamente fuertes, en Estados Unidos. La posición más extrema la ocupa el grupo de Garvey; aparentemente más moderado es el partido de Dubois, y con más precaución aún se declara la liga "Nuevos Negros". En 1925 fue fundada una liga combativa contra la raza blanca que se denomina The Negro Champion. Con respecto a sus fines se expresó el mencionado Dubois [5]: "Por salvaje y espantosa que haya sido esta guerra vergonzosa, no será, sin embargo, nada en comparación a la lucha por la libertad que la Humanidad Negra, amarilla y morena llevará contra la Blanca todo el tiempo necesario hasta que el desprecio, el insulto y la opresión hayan terminado de una vez por todas. La raza negra solamente sufrirá el tratamiento actual mientras esté obligada a hacerlo, pero ni un instante más".

[5. Weisse Fahne (Bandera Blanca), Agosto 1925, Editorial Joh. Baum, Pfullingen].

     Y más claramente aún Garvey dio expresión al anhelo Negro: "Lo que está bien para el Blanco está bien para el Negro: a saber, libertad y democracia. Si los ingleses tienen a Inglaterra, los franceses a Francia, los italianos a Italia, a lo cual por cierto tienen derecho, entonces los Negros exigen al África, y también estarán dispuestos a verter sangre por este reclamo. Queremos establecer leyes para todas las razas de Negros y una constitución que haga posible a todos plasmar como hombres libres su propio destino... La más sangrienta de todas las guerras llegará en el momento en que Europa volverá su fuerza contra Asia; entonces habrá llegado para el mundo Negro el momento de asir la espada para la definitiva liberación y recuperación de África".

     Aunque la negritud hoy todavía no represente una potencia fuerte, el mito de la sangre también aquí ha despertado, y su fuerza habrá crecido enormemente dentro de 50 años. Hasta entonces el ser humano nórdico debe tomar las medidas precautorias para que en sus Estados no haya ya Negros, ni amarillos, ni mulatos, ni judíos. Este saber plantea el problema de Estados Unidos.

     También en Estados Unidos la política racial debe tener y tendrá consecuencias político-mundiales, al igual que antaño la idea de la democracia determinó la vida de casi todos los Estados. Estados Unidos es el Estado en el cual los francmasónicos "derechos humanos" fueron realizados por primera vez. El Hermano Washington llegó a constituír el arquetipo de este afán, y la Declaración de libertad estadounidense, el modelo para los Droits de l'Homme del alzamiento parisiense. Por cierto para hacer negocios, pero bajo el grito de batalla de los "derechos humanos", fue impuesta la liberación de los Negros en los Estados sureños; hoy cada norteamericano maldice este problema de los Negros, cada uno individualmente, pues como Estado el obsoleto liberalismo sigue invocando todavía la "libertad", aun cuando tenga que ser enseñada a golpes con la cachiporra de goma. El problema de los Negros se halla en la cúspide de todos los problemas existenciales de Estados Unidos. Si aquí finalmente se abandona de una vez el imbécil principio de la igualdad y de la igualdad de derechos de todas las razas y religiones, resultan automáticamente las necesarias consecuencias frente a los amarillos y judíos.

     El sano instinto ha superado casi la doctrina democrática en la vida de la sociedad, a través del levantamiento de una frontera racial, pero no se puede evitar que los Negros se apropien la "civilización", abran grandes almacenes, se conviertan en abogados, se organicen políticamente en forma consciente, proporcionen, gracias a su modesta forma de vida, grandes sumas a sus cajas comunitarias, y comiencen a soñar conscientemente el ensueño de un Imperio mundial Negro desde El Cairo hasta el Cabo de Buena Esperanza. Precisamente aquí una legislación norteamericana tendría que emprender la acción e iniciar consecuentemente un re-asentamiento de los Negros en África. Después de declarar caducos los derechos de ciudadanía políticos, la instauración de un sistemático abandono compulsivo de los Negros del país incrementado año tras año, con destino al África Central, sería a la larga hasta una empresa lucrativa, ya que cada Negro podría ser fácilmente reemplazado por un Blanco, y EE.UU. como Estado llegaría a ser mucho más unitario. Si todo esto no sucede, los Negros que hoy suman 12 millones al cabo de corto tiempo alcanzarán a 50 millones, y como tropas del bolcheviquismo asestarán al Estados Unidos Blanco un golpe decisivo.

     El peligro amarillo en California ha hecho igualmente candente el problema racial. Constituye un ejemplo político mundial de cuán poco un así llamado problema legal puede desempeñar un papel en las luchas raciales, en el hecho de una migración elemental de pueblos. Japón está superpoblado, y debe asentar a sus seres humanos para no ahogarse. Éste es su derecho vital. La capa señorial hoy aún Blanca de Norteamérica tiene el deber de la auto-conservación y debe preservar su costa occidental de la inundación amarilla. Bajo la idea del deshonroso dominio del dinero, que precisamente gracias a la contienda racial edifica sus palacios bancarios, el problema no puede ser solucionado. El dominio sin honor del dinero forzosamente debe perseguir el dominio mundial a través del endeudamiento mundial. Pero una delimitación orgánico-racial sobre el globo terrestre significa con la misma ineludible necesidad el fin del patrón oro internacional, y con ello el fin del mesianismo judío, tal como se ha hecho realidad casi por completo en el dominio de los bancos mundiales y como ha de ser completado mediante la creación de un centro judío en Jerusalén. Para el venidero choque entre Estados Unidos y Japón se apresta la totalidad de la diplomacia de todos los pueblos, y el Negro lo espera ya con plena conciencia.

     Por la China la lucha se libra, como ha sido expuesto, como área de concentración y para guardarse las espaldas. Esta nueva guerra mundial será inevitable si no se plasman Estados en base al mito racial. Que Estados Unidos debe apartar a los amarillos del floreciente Oeste, un venidero sitio de cultura de la raza nórdica, es una necesidad vital que está por encima de todos los otros "derechos" sobre el papel. Pero esta necesidad exige también el reconocimiento del derecho vital racial del pueblo de cultura japonesa. De ello resulta para un venidero Estado racial estadounidense que renuncie a su derecho de posesión sobre sus colonias asiático-orientales, para asentar allí a los japoneses de California. Esto suena como monstruoso, pues la base naval estadounidense en las Filipinas es considerada como protección del comercio norteamericano en el Asia Oriental y simultáneamente como puerta de salida contra el Japón en caso de una guerra. Esto, por cierto, es necesario desde el punto de vista del imperialismo económico de hoy, pero no es ya de necesidad vital cuando Estados Unidos haya expelido sus componentes raciales extraños y comience a instalarse conscientemente en su enorme espacio vital entre el Atlántico y el Pacífico. La Era de la ilimitada expansión ha terminado con una Guerra Mundial y con el Dominio Mundial del Dinero; hoy comienza la Era de la reunión interior (concentración), que traerá un sistema de Estados racial y orgánicamente articulado. Captar conscientemente este pensamiento y trabajar por su realización, a ello están convocados hoy todos los filósofos, historiadores y hombres de Estado de todos los pueblos. La idea de pueblo es hoy falsificada por la Bolsa Internacional al ser atizada la lucha entre los Estados y reprimida toda medida, y hasta todo pensamiento, que aquí pueda actuar facilitando acuerdos.

     También la totalidad del actual "pacifismo" prueba ser, observado desde este punto de vista, un movimiento completamente mendaz. Es que se funda en el reconocimiento de la democracia, es decir, prácticamente en el dominio del dinero. Sus esteriles esfuerzos en torno al "desarme mundial" no es nada más que un fraude para desviar la atención de los pueblos de la real causa de los bubones purulentos en su cuerpo. No es con el desarme de los ejércitos, de las flotas, con lo que debe inciarse una "pacificación mundial" sino con el total aniquilamiento de la democracia sin honra, de la idea estatal a-racial del siglo XIX, del vaciamiento económico mundial a través de la Finanza, que hoy traerá, en nombre de los pueblos, el hundimiento de todos los Estados, si la religión de la sangre no es vivida, reconocida y realizada en la vida.

     Una Norteamérica limpia de Negros, amarillos y judíos, criada deliberadamente con miras a lo nórdico-europeo, es mil veces más fuerte que una disgregada por esta sangre extraña, aun cuando posea las más grandes colonias y puntos de apoyo para la Flota. La política mundial de Inglaterra fue posible no sólo gracias a su situación insular sino que debe ser remitida al hecho de que los sajones y los normandos crearon un pueblo unitario, y a que el centro era racialmente limpio. Hoy, cuando en Londres los judíos influencian la política desde la City y al mismo tiempo suministran los "dirigentes proletarios", la política británica ya ha perdido su continuidad. Si la casa de Inglaterra no es limpiada, si Inglaterra precavidamente no se desprende de algunas posiciones demasiado avanzadas sobre el globo terrestre, no escapará a una catástrofe. Y con ello se alza nuevamente el problema chino.­―




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