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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Miguel Serrano - Sobre Nicolás Palacios y el Matriarcado



     Del excelente y clave libro del escritor chileno Miguel Serrano titulado "Adolf Hitler, el Último Avatãra" (1982) hemos seleccionado dos capítulos continuados que corresponden a sus páginas 414-434. En ellos, prosiguiendo con lo que venía refiriendo ya, entre diversas materias Serrano comenta acerca del libro del doctor Nicolás Palacios (1858-1911) y su notable obra (que si se quiere leer, téngase cuidado con algunas ediciones adulteradas que circulan), mostrando en qué discrepa con ello y por qué. Y luego introduce el análisis del tema del matriarcado en la sociedad chilena, análisis válido para varias otras sociedades, como se comprenderá. Toda la descomposición mental, con su infinidad de males y su odio a lo que le es superior, desconformación que es un subproducto del mestizaje (que se remonta a tiempos indefinidos), es precisamente lo que la gente sana tiende a superar, y es lo que fomentan aquellos que persistentemente nos quieren llevar hacia el abismo.

Nicolás Palacios y su padre, hacia 1900



"RAZA CHILENA", DE NICOLÁS PALACIOS


     Según el Conde de Gobineau, hubo tres razas originales: la blanca, la amarilla y la negra. Las otras son el resultado del mestizaje entre aquéllas. El Conde publicó su extraordinario libro "Ensayo sobre la Desigualdad de las Razas Humanas", a mediados del siglo XIX. Nada parecido se había escrito antes ni se ha vuelto a escribir, salvo el libro de un chileno, al que nos referiremos en seguida. El Conde de Gobineau estaba absolutamente solo en su siglo, con el pensamiento liberal, igualitario, triunfante, la democracia y las ideas de Lamarck, poniendo énfasis en las influencias del mundo circundante y no en las predisposiciones hereditarias, todo lo cual llevaba al absurdo del igualitarismo, a la orgía del humanismo. Es decir, los seres humanos son todos iguales y únicamente han devenido diferentes por las influencias distintas del mundo circundante. De aquí al socialismo marxista no había ni un paso, ya que, nivelando las situaciones y colocando los instrumentos de la economía en manos de la clase obrera, se aseguraba que todos devendrían iguales, en una sociedad de proletarios fraternos. Y he aquí que Gobineau irrumpe en medio de todo esto con su concepción racista, aristocrática, de la superioridad indiscutida de la raza blanca. Es una obra definitiva. La concepción de Spengler pierde preponderancia al conocerse la de Gobineau, que explica la decadencia del Occidente con su interpretación racista de la historia de la Humanidad. Sin entrar a lucubrar sobre el génesis de las tres razas fundamentales, llega a la conclusión de que la raza blanca es la única capaz de crear civilización y cultura, manteniéndose pura, o bien en un mestizaje dentro del cual su sangre predomine. En la medida en que la proporción amarilla o negra la superen, la civilización decae y muere. Debido al agotamiento mundial de las reservas blancas, la visión de Gobineau es pesimista sobre el futuro de la Tierra.

     Como prueba de la afirmación de Gobineau cabe mencionar el caso de Rusia. Después que se destruyera ahí la nobleza blanca, de origen germano, en más de medio siglo de dominio bolchevique, con prevalencia del elemento mongol en la sangre, no se ha producido cultura ni civilización, nada nuevo, fuera de una tecnología copiada de Occidente, barbarizada y tenebrosa. El imperio bolchevique se parece al imperio turco; en siglos de dominio no creó nada, imponiendo únicamente una presencia física brutal.

     El otro ejemplo lo representa nuestra América. Después de más de ciento cincuenta años de independencia de España no ha sido capaz de salir del subdesarrollo material y espiritual, sin alcanzar una civilización ni una cultura propias. El mundo del Espíritu le es inalcanzable. Su producción artística es pobrísima, con literatos y versificadores sin conexión con el mundo de los valores eternos, una mera copia, o un fruto exclusivo de la sensibilidad, la emoción y la pasión. Aquí no adviene y tal vez nunca advendrá el Espíritu. Es absurdo tomar en serio la explicación que se pretende dar de una explotación económica de los imperialismos y otras cosas semejantes. ¿Por qué nadie ha "explotado" a la América del Norte, que comenzó a poblarse y a independizarse de Europa casi por el mismo tiempo? Única razón: tenía mejor raza; por lo menos hasta hace poco.

     Características de la raza blanca, según Gobineau, son la creación en todos los niveles, la rectitud, la imposibilidad de mentir, un espíritu religioso transparente, en igualdad frente a sus Dioses, un sentido heroico de la vida, ánimo guerrero y conquistador. Es, además, patriarcal, pudiendo la mujer cumplir misiones importantes en la preservación del Fuego Mágico en el hogar y de las Lámparas sagradas en los templos. Reminiscencia de este antiguo Fuego son las velas que al atardecer se encienden en los hogares nórdicos y germanos, para acompañar los yantares familiares. Cuando se apaga la luz del cielo, se enciende la luz del ario. La mujer es venerada igualmente porque en el desarrollo de sus facultades psíquicas le es dado colaborar con el guerrero iniciado, pudiendo mantener las comunicaciones con los antepasados divinos de la raza, además de ser la propagadora dela especie aria, con criterio de selección eugenésica. El sentido del matrimonio es también mágico. Está representado en la Runa EHE, como ya hemos visto. Se preserva en la monogamia. Desde el origen existiría una sola mujer para un solo hombre. Una sola Ella para un Él.

     La raza amarilla es muy inferior a la blanca. Carente de idealismo, se halla apegada a lo material. Ella misma afirma descender del animal, del mono, según Gobineau. El negro está aún más abajo, en condiciones bestiales; es pasional, explosivo, producto del limo. Estas razas corresponderían a lo que aquí hemos referido como animales-hombres, "hijos de la tierra", los robots, esclavos de la Atlántida. Ninguna de estas dos razas (yo no las llamaría "razas", consecuentemente) puede crear ni producir cultura por sí misma. De la mezcla del amarillo con el negro se produce el mongol y el polinesio. El amarillo sería originario de América, asegura Gobineau, con criterio diferente al aquí sostenido y por no haber entrado a considerar la existencia de la Atlántida y otros continentes sumergidos. El negro, lo sería del África. Nosotros conocemos ya que el blanco baja del Polo Norte, habiendo llegado allí de Otro Universo. Para Gobineau también la civilización aria ha alcanzado su más alto nivel en la India védica, con su organización de castas. De allí fue a Egipto, a fundar las primeras dinastías, y también a China.

     Es con los "hijos de la tierra" que se mezclan los venidos de los astros, los Nephilim de la Biblia, los Ángeles de Enoc, los Vanes y los Ases de las Edda.

     De la exposición de Gobineau, se desprende que los húngaros y los fineses son mestizos de amarillo, que descienden a Europa desde el Asia, en sucesivas migraciones, hasta llegar los fineses a ocupar la Península Ibérica. El antiguo ibero es una mezcla de amarillo y negro, con blanco. Algo semejante se encuentra en el vasco aborigen: una cierta predominante finesa. Y lo será hasta la penetración visigoda de las zonas vascongadas. Aunque el vasco diga que nada tiene que ver con el nórdico ario, en las primeras migraciones hiperbóreas, en dirección al Sur, esa porción de territorio fue invadida por los nórdicos polares, mucho antes de que la infiltración visigoda se llevara a efecto. De ninguna otra parte le pueden llegar los ojos azules y el rubio del cabello a muchos de los individuos de esa nacionalidad. La swástika del agua —swástika hiperbórea— es el emblema nacional de los vascos, que ellos llaman "Laburu". El resto pertenece al elemento finés materialista, usurero y comerciante, al estamento amarillo, anti-germánico e individualista-anárquico predominante. Por esto, el vasco carece de una civilización pagana de la protohistoria, a la que podría echar mano si se hubiera liberado del "cristianismo finés", de un Ignacio de Loyola, que tanto daño le ha hecho. No posee una cosmogonía aria, como los germanos, los suecos, daneses y noruegos, a la que Knut Hamsun pretendiera retornar.

     El extraordinario tema planteado por el solitario Conde de Gobineau fue retomado y perfeccionado por los antropólogos y etnólogos alemanes, a los que nos hemos venido refiriendo en este libro y a los que volveremos a recordar más adelante.

     El tema fundamental ha sido totalmente silenciado por la Conspiración, la religión y la política, por la ciencia oficial y el liberalismo democrático, el igualitarismo marxista, la educación universitaria, el cristianismo y la masonería, las doctrinas y sociedades esotéricas y por el judaísmo que lo dirige todo. La familia burguesa, de clase media y proletaria, también el núcleo campesino en decadencia, han colaborado en la tragedia eugenésica de la raza blanca. De modo que atreverse a tratar este tema hoy equivale casi a un crimen. Insensato será quien se atreva a referirse a él.

     Sin embargo, no debería ser nuevo el tema para los chilenos, porque nuestro país es el único de América y me atrevería a decir del mundo —si no existiera Gobineau— que dispone de un libro y de un autor extraordinarios: "Raza Chilena", de Nicolás Palacios.

     Antes de entrar de lleno en su argumento, deberíamos hacer una aclaración, sin duda necesaria, porque estamos en Chile y es a las nuevas generaciones de este país a las que esta obra, que estamos escribiendo, pretende dirigirse especialmente. Somos bastante pesimistas en cuanto a los resultados, pues los errores cometidos parecieran ser ya irreparables. Esta obra es la de un racista, y hablar de raza en Chile, lo sabemos, es como mencionar la cuerda en casa del ahorcado. Pero no sólo aquí lo es. También en el resto del mundo. Debe entenderse, sin embargo, que no existe racista que pueda vanagloriarse de pertenecer a una "raza pura". Y valga esto como alivio para el lector, que así no se sentirá excluído de partida de los fines a que este libro tiende. Un hombre de raza pura, un ario puro, jamás hablará de raza, mucho menos de racismo. Ni siquiera sabe que la tiene. Únicamente actuará racialmente en la reproducción, eligiendo con instinto certero a la pareja de su misma raza, para procrear. Es tolerante por naturaleza y mira con magnanimidad a los humanos, demasiado humanos, de otras instancias inferiores. ¿Cómo ha venido a "pecar racialmente"?, cabría preguntarse. Es posible que por encontrarse en minoría y en soledad, rodeado de pueblos de color, como en el subcontinente hindú, en América, en Asia, en África. Por supuesto que ésta sería una segunda o tercera caída, siendo la primera un suceso ontológico, al que hemos aludido en otras páginas.

     Ser racista es no tener ya una raza pura. Racistas eran los alemanes de Hitler y el mismo Hitler. De su equipo visible, ninguno podría representar al ideal nórdico hiperbóreo. Por esto mismo, tendían a ese ideal, para imponerlo a las generaciones del futuro, comenzando en el presente con disposiciones que lo harían posible. Tampoco las estatuas griegas reproducían al griego de su tiempo. Eran un ideal, un Valor pretendido, quizás perdido. De lo que se trata es de frenar la involución, reiniciar el camino retrógrado, hacia el origen, a Hiperbórea, a la Edad Dorada, a Paradesha. El símbolo se encuentra en la Swástika Levógira, que va en contra del movimiento de la Tierra del Kali-Yuga, de vuelta a los Hombres-Dioses, a la pureza de la raza hiperbórea. Y esto, paso a paso, subiendo escalón tras escalón. Los hitleristas intentaron purificar la raza, la sangre, teniendo por ideal al hombre nórdico rubio, de ojos azules. Y lo estaban consiguiendo, no sólo en lo físico, sino también en lo espiritual. A medida que en ello se avanza, el ser se hace más vulnerable ante el Enemigo, pues su ingenuidad y buena fe quedan inermes ante la malignidad y la astucia del mestizo y del mulato. Y frente a su número inmensamente superior. Sin embargo, el deber del héroe es librar este combate por reintroducir el fuego en el mar de su sangre. Nada deberá detenerle, aunque fracase. Se trata de superar la entropía del mestizaje, de purificar la sangre, la memoria de la sangre. De transmutar el vîra (que es mestizo de primer grado) en Siddha-divya, en superhombre, en Kaula, en Sonnenmensch, en hombre del Sol Negro. De este glorioso combate de héroes no deberá excluirse el chileno, por el hecho de no ser de sangre pura, ni nadie que aún pueda librarlo, si no ha descendido muy abajo en la involución del mestizaje, si aún escucha dentro de su sangre las voces de la memoria primigenia, de Hiperbórea Polar, de los atumarunas, de los visigodos, de los antepasados blancos del mapuche, de los Dioses Blancos americanos. Y, consumiéndose en ese fuego, se entrega al combate de vida y muerte, para alcanzar esa imagen-meta, la creación de una desigualdad fundamental, de una aristocracia biológica, por medio de una higiene racial, de una salud y belleza hereditarias; una aristogenesia, la kalok'agathia de los griegos; Adel, nobleza innata de los germanos, vocablo que deriva de la Runa ODAL, de Odín, de Wotan. El Modelo Hiperbóreo, el Arquetipo Polar de la belleza y de la divinidad del Superhombre.

     Luchar para Sí-Mismo y para su propio pueblo, para las nuevas generaciones, si es que aún queda tiempo. Es decir, para Chile y los chilenos, como lo hiciera Nicolás Palacios.

     Al comienzo de esta obra nos hemos referido a la tragedia que ha significado para nuestras generaciones la falsa enseñanza que se nos diera en los hogares y en la educación de las escuelas y universidades, sobre el problema racial, la herencia, la eugenesia y el matrimonio. Mejor dicho, la ninguna enseñanza, imponiéndonos prejuicios en contra de toda higiene racial, con la prédica del igualitarismo, sólo atenuado en parte con un sentimiento absurdo de clase, que no se asentaba en una diferencia ni superioridad auténticas, en las actuales circunstancias del ciclo, o recorrido involutivo racial de Chile.

     Vamos a preocuparnos ahora de la obra de Palacios, de cuyas intuiciones y tesis se sirviera el historiador Francisco Antonio Encina, sin reconocerlo. Muchos la han criticado; también en su tiempo, entre otros, Miguel de Unamuno, vasco en que predomina el elemento finés, visible en sus nebulosas "agonías" y contradicciones. Pero nadie ha comprobado claramente errores en Palacios, porque nadie podría hacerlo, tratándose de un terreno tan poco conocido como el de los orígenes del pueblo chileno, donde nos encontramos libres para hacer uso de cualquiera hipótesis. Nada se sabe de la ante-historia de estas zonas. Hemos visto que hasta el mismo José Toribio Medina y (Claudio) Gay expresan ideas que el "establishment" declararía peregrinas, por decir lo menos, si procedieran de algún otro. La leyenda y el Mito son los únicos puntales o senderos posibles de recorrer. Y aun aquí iremos pisando sobre terreno resbaladizo. El ataque a Palacios se llevó a cabo por aquellos a quienes sus hipótesis no convenían, por los que aún hoy tienen por misión empujarnos al abismo. Sólo fueron verídicas, sin importar si son auténticas, para quienes desearon y desean salvarnos del desastre, movilizando las energías supremas y divinas, únicas capaces de vencer la entropía racial del mestizaje. Para éstos siguen siendo absolutamente válidas.

     En este país, donde en los colegios y las universidades se da a leer la falsificación de "El Diario de Ana Frank", jamás se ha enseñado "Raza Chilena", de Nicolás Palacios. Y nunca, después de su primera edición, en 1904, se ha vuelto a editar. ¿Por qué?; ¿únicamente porque se refiere al tema de la "raza" y exalta al godo, al germano? Sin duda. Pero hay más: Palacios trata el problema judío. Ya en los primeros años del siglo XX, de un modo visionario, Palacios hizo lo que Gobineau por desconocimiento, o por haberle faltado valor, no cumplió. Además, Palacios, ataca al marxismo y lo declara doctrina judía, perniciosa para la "raza chilena".

     Sin exagerar, y pretendiendo únicamente ser objetivos, debemos afirmar que, cualquiera que sea ya el futuro que se le depare a Chile, este pequeño país, del "último rincón del mundo", como se lo ha llamado, fue un país especial, fue único. Que se haya podido escribir y publicar una obra como "Raza Chilena", nos obliga a analizarnos a nosotros mismos. Porque esta obra sólo pudo concebirse en Chile y en ninguna otra parte, salvo en Alemania, o por el mismo Gobineau, a quien muy pocos leyeron en la Francia de su tiempo. Tiene una extraordinaria similitud con un libro escrito muchos años después en la Alemania hitlerista: "El Mito del Siglo XX", de Alfred Rosenberg, pareciéndosele hasta en los defectos. Nada similar se ha vuelto a producir en algún país americano, ni del Norte, ni del Sur. Esta obra se salva, la única, del juicio que diéramos sobre la creación cultural en este continente. Me encuentro identificado con su autor. Al igual que con Pedro Sarmiento de Gamboa, me estremezco de emoción al comprender la soledad y la tristeza que embargaron los últimos años de Nicolás Palacios, ese hombre genial, visionario y profeta. En las huellas de sus plantas voy poniendo mis pies, en dirección de Antu, el Antiguo Sol de nuestras cumbres andinas, guiado por las lumbres que "en cada roca sobresaliente, él dejara encendidas con sus sueños".

     Tal vez el título de la obra de Nicolás Palacios podría inducir a error. No creo que se pueda hablar de "raza chilena". Es cierto que existe, o existió, un marcado "espíritu nacional", influído por el paisaje de esta tierra mística; pero raza chilena no existe, ni existirá nunca. Un especial espíritu y el aislamiento geográfico, nos han dado la ilusión de una raza. Lo que aquí hay, o hubo, es un "mestizaje parejo". Pero un mestizaje jamás producirá una raza, por homogéneo que sea en algunos estratos de la población. Lo que aún aquí se puede intentar es salirse del mestizaje, si esto fuera todavía posible, siempre que no se haya alcanzado el "punto del no retorno", para volver a ser un ario, como ya lo hemos dicho; salirse del mestizaje para alcanzar realmente la raza. La raza blanca. Por supuesto que este intento es más fácil en países como Alemania, donde el ario puro estuvo al alcance de la mano, por así decirlo. Durante Hitler, se puso en práctica toda una tecnología sabia de limpieza y eugenesia racistas. Entre nosotros, el problema es casi insoluble en los momentos actuales. Si Alemania hubiese ganado la guerra, otras serían las cosas para Chile y para el mundo. Ahora vamos despeñándonos hacia un abismo. Contrariamente a Palacios, creo que el mestizaje chileno, como todo mestizaje, es malo y se encuentra ya en plena descomposición, como el mestizaje del resto de América y de la Tierra. Por ello, mi visión, como la de Gobineau, es apocalíptica al presente, ya casi sin esperanzas. El Kali-Yuga deberá alcanzar su final.

     La raza pura, hiperbórea, es distintivo de la divinidad. El Demonio impulsó la mezcla, oponiéndose así a la obra de los divinos.

     La raza blanca fue poseedora del Vril y de una condición especial para percibir el espacio en tres y cuatro dimensiones, cosa que el animal-hombre, el sudra de los pueblos de color, no posee. La posibilidad de recuperar aquellas cualidades de la raza blanca original se haría efectiva únicamente por una "alquimia del regreso", yendo hacia atrás, con la mezcla consciente del semi-blanco con el más blanco, por una eugenesia estricta en los matrimonios y en la progenie, hasta lograr el punto exacto de la transmutación, donde todo dependerá de la magia o del milagro de la nueva encarnación de un espíritu que hará realidad la recuperación del Poder perdido, del Vril y de las cualidades de la visión que aún existían en la Segunda Hiperbórea Polar.

     La corriente de los tiempos actuales, con los propagandistas religiosos y políticos de la mezcla a escala planetaria, hace imposible hablar de estas cosas en Chile, de modo que se ha transformado a este país en enemigo de los que aún siguen luchando por el cumplimiento de una misión superior para el héroe, en estas zonas mágicas de la Tierra.

     "Raza Chilena" es un canto a nuestra nacionalidad, al mestizaje chileno, que Palacios llama "raza", así como "La Araucana" fuera un canto al mestizaje araucano, que también Ercilla concibió como "raza". Nicolás Palacios fue autor de una de las obras más importantes de nuestra lengua, obra fundamental aun para los españoles, si la conocieran o pudieran leerla sin el prejuicio anti-gótico que los obsesiona. Por aquella obra nos fue dada a los chilenos la ilusión de creer que podíamos hablar de raza, cosa imposible en otro país americano, incluyendo el continente del Norte. Tampoco se puede hablar de "raza española". Por eso nos parece absurdo la celebración del "Día de la Raza", en que se incluye a todos los pueblos hispanos. ¿A qué raza se refieren: al bastardo americano o al bastardo ibero?. Al referirse a cualquiera de esos conglomerados, sólo se puede hablar de "pueblo".

     Nos parece que Encina difiere con Palacios en lo referente al mestizaje chileno, que para él no es bueno.

     Según Palacios, la "raza" chilena es mestiza de dos componentes parejos, que se dan como constancias. Su homogeneidad se habría debido a la existencia de no más de dos factores sexuales, siempre idénticos, el hombre godo y la mujer araucana, o mapuche. Se puede así inferir un mestizaje continuo, por lo menos hasta el inicio de esta centuria, donde comienza perceptiblemente a alterarse el equilibrio de los componentes en beneficio de uno de ellos, el más numeroso de la raza inferior y de color; lo que se hace visible al acercarnos al fin del siglo XX.

     Es aquí donde la tesis de Palacios falla en su base, porque el visigodo de las Españas no se ha mezclado fundamentalmente con el araucano, con el Re-ché, cuyo núcleo se hallaba en el Sur, sino con los picunches, indios inferiores y más bárbaros del Norte.

     El proceso de alteración del equilibrio en beneficio del factor indígena inferior, de color, está siendo fuertemente favorecido por los cuidados higiénicos y culturales-sociológicos, en beneficio de los impedidos, los mongólicos y las capas más bestiales y racialmente inferiores, en desmedro y descuido de las instancias blancas, semi-blancas y de mejor raza de este país. Y es lógico que así sea, existiendo un prejuicio secular con respecto a la ciencia de la eugenesia y de la procreación. Todo esto es propiciado por la demagogia de los derechos humanos, de la igualdad de todos los hombres, de la democracia y de la votación secreta y universal. El voto de las mayorías pasa a ser codiciado y conseguido con toda suerte de halagos, aun en las dictaduras de corte liberal-capitalista, individualista, que también necesitan de los plebiscitos y del consenso en contra del marxismo, por ejemplo. Se trata de una "pelea por la clientela". Es la civilización de masas y de la mezcolanza, en el nadir del Kali-Yuga.

     Un Estado Racista Chileno, este sueño utópico, sólo se podría lograr con la esterilización de los criminales, del lumpen, de los alcohólicos o con enfermedades hereditarias, al mismo tiempo que con una política de cría eugenésica en las capas más bajas de la población, donde se trataría de ir "blanqueando" a sus representantes, cada vez más y en lo posible, ya que, entre ellos se encuentran también mujeres y hombres que aún conservan (y hasta mejor que en las clases altas) la pigmentación gótica, los ojos azules y el pelo rubio ("rucio", se dice aquí). Los mismos araucanos poseen a menudo rasgos más finos y regulares que el mestizo inferior de nuestro pueblo, de las poblaciones marginales y de los desarraigados del agro tradicional.

     Debe quedar en claro que lo que se persigue con las prácticas de eugenesia no es arriesgar el empobrecimiento biológico de una raza superior en el mestizaje con otra inferior, sino trabajar dentro del ámbito exclusivo de un determinado conglomerado ya preexistente, como en el caso de Chile. Aquí se buscaría lo mejor para mezclarlo con lo mejor y, una vez conseguido un producto óptimo, sólo entonces se podría salir del círculo propio, en busca de otras posibilidades aún más óptimas, lo que se lograría con la inmigración, sin arriesgar empobrecer racialmente al inmigrante. Según Palacios, el inmigrante que a Chile corresponde es el germano, lo que ya ha dado excelentes resultados en cien años de colonización en el Sur, pero que en los últimos tiempos está mostrando síntomas claros de agotamiento y desmoralización, por carencia de refuerzos en las cepas y por el trabajo siniestro del judaísmo, infiltrado en todas las decisiones gubernamentales, dirigido a minar la base agrícola en la que aquella valiosa inmigración se asentaba. ¡Sangre y suelo!.

     La novedad de la obra de Palacios no apunta tanto al araucano como al godo, término genérico en el que incluye a los visigodos, a los suevos, vándalos, alanos y ostrogodos, que conquistaron toda Europa al desintegrarse el Imperio Romano. Entraron a España, como hemos visto, por allá por el siglo V y se quedaron más de trescientos años, sobreviviendo a la conquista de la Península por los moros. Ellos fueron la reserva racial y guerrera que al final los expulsó.

     Repitamos que "godo" viene de Gott, Dios en germano, que a su vez viene de Gut, bueno.

     Al sustituír los godos al Imperio Romano, la lengua latina es reemplazada por el romance, que en todas partes es una mezcla de latín y germano, en Francia, en Inglaterra, en Italia, en el Languedoc, en Cataluña y en las Españas. Únicamente el éuzkara, el idioma vasco, no lo es. El libro de Palacios nos da ejemplos interesantes sobre la influencia del idioma germano en palabras chilenas, que se creyeron derivar del mapuche. La filología debería ser considerada, en propiedad, una rama de la etnología, ya que son los nervios faciales y los centros cerebrales los que influyen en la formación y pronunciación de las palabras. A los godos les es casi imposible pronunciar la "d" y la "s". Se "las comen", sucediendo igual con el provenzal gótico y por idénticas razones etnológicas. A los chilenos se les acusa también de "comerse la s", habiéndose creído que la culpa era del conquistador andaluz, cuando en verdad ha sido del conquistador visigodo. Así, palabras típicas de nuestro folklore, o del diario hablar, derivarían del castellano-gótico, según Palacios. El godo del Cid dice y escribe "Peiro" y "Pero", por Pedro, y "on" por don. No puede pronunciar la "d". También el huaso, el "roto", dice "on Peiro", "San Isigro", por San Isidro, "deo" por dedo, "maire" o "mairi", por madre, "paire" por padre, "pieira" por piedra, como pronuncian los curicanos y colchagüinos. No son errores, sino arcaísmos góticos, originados en la morfología craneana del godo y no en el andalucismo moro, ni en el mapuchismo de las márgenes del Bío-Bío. Es sólo al re-latinizarse el español por el esfuerzo de los pendolistas y gramáticos de escritorio y la influencia eclesiástica, cuando pierde nuestra lengua el arcaísmo guerrero de los godos. Es simultáneo con la reimposición de la etnología ibera aborigen que da nueva vida a la conspiración mundial anti-nórdica, anti-germana, contribuyendo a acrecentar el odio por todo lo germano, con la envidia y la calumnia sembradas por las instancias inferiores del mestizaje. Todo el Renacimiento y el Humanismo se construyen sobre estas instancias fatídicas, generadas por el cristianismo y por consignas sobre una "oscura Edad Feudal". Todo lo superior germánico, aristocrático y guerrero, la nobleza de origen divino, visigoda, merovingia, son temidos y envidiados. Entre nosotros, también el arcaísmo se transforma en chilenismo. Pero "haiga", "haigan", "taita", "frisca", "futre" o "jutre", "guaso", son palabras derivadas del gótico. "Tranca", "pegarse una tranka" (emborracharse) viene de trank, "bebió", en alemán. Ya en "El Cordón Dorado" expliqué que el nombre Buin, de un río del Perú, de un pueblo y de un regimiento de Chile, que carece de significado conocido entre nosotros, es palabra indo-germana, teniendo las siguientes significaciones: Bole, toro, en medio-alto-alemán; bohle, toro, en nuevo-alto-alemán; bulluc, toro joven, en medio-alto-alemán; bulle, es vulva; bolli es vaso esférico, cáliz, grial; bolle es botón de flor, de fruto, bulbo. Así, Buin, es término indo-germánico, que puede significar tanto toro, como vaso del Grial. Existe un monte de los Alpes suizos de nombre Buin, que levanta su forma amenazante, parecida a la de un toro. Allí, en el Grisón, se habla una antigua lengua romanche, con los dialectos fruilano y triestino. La palabra buin no aparece en ningún diccionario moderno de la lengua castellana, pudiendo haber sido usada por los atumarunas vikingos —en regiones donde, contrariamente a la creencia, también hubo toros— para referirse a toros, o al Grial. (Queriendo significar "copa" y no la Piedra Gral). Bull es toro en inglés, bouef, en francés, y bue en italiano. La raíz común para buin es evidente.

     También la "h" es introducida por el germano en el idioma castellano, porque en latín no existe y tiene que ver con la forma de pronunciar del godo, con sonidos de su garganta, más que con la influencia de los árabes, como se creyera.

     Características de los godos de España es su elevada estatura física y moral; son rubios, de pelo rizado, de ojos azules y tez blanca, con barbas a veces rojizas. Esencialmente guerreros, están siempre donde hay combates, practicando un rígido código del honor militar y caballeresco.

     Su derrota por los moros es bastante extraña y se cree débase más a rivalidades intestinas, de clanes, que a deficiencias en su arte marcial. Aparte de la traición judía, que facilita la entrada de los moros a la Península. Hemos venido refiriéndonos también a un misterioso mandato que los godos habrían recibido desde un centro secreto del Báltico, una Orden Verde, hiperbórea, que los comandaba y que les habría indicado la necesidad de desaparecer de la escena exterior, para agrupar lo más selecto de la raza en regiones interiores y remotas de la Tierra.

     Los visigodos que permanecen en España son bastante numerosos. Se dividen en clanes. Los moros fomentan sus rencillas particulares, aliándose con uno u otro bando. Pero es un error creer que los visigodos se han acabado en España. Fueron arrianos; cortados hacía ya tiempo de las raíces de las creencias de sus ancestros nórdicos, les daba lo mismo ahora hacerse mahometanos que cristianos. Convertidos a la fuerza al cristianismo, por Bonifacio y Carlomagno, habiendo perdido a Odín, a Wotan, les era igual aceptar a Mahoma que a Cristo. El germano no es monoteísta, sino politeísta en su esencia.

     Además, debemos preguntarnos por el origen de los invasores moros (maorí, Mo-oru, etcétera). Los vándalos expulsados de Andalucía por los visigodos pasaron al África, donde se habrán encontrado con restos hiperbóreos, sus antepasados, los "libios rubios" y los guanches de las Canarias. Los llamados "moros", que invaden España, descendían de los antiguos númidas, no eran semitas, o bien corría sangre aria en sus venas. Se presenta aquí una nueva interrogante.

     Durante los siglos de dominación mora en España, muchos de ellos lo son sólo en el nombre, como la dinastía de los Beni-López, de Zaragoza, visigodos convertidos al Islam. Palacios nos dice que la dinastía aragonesa de los Beni-Casi, que dio a España reyes y generales, era visigoda, como los Beni-Hachia, los Beni-Somadhi y los Todhbidas. Muza II, llamado Tercer Rey de España, era un visigodo de la Casa de los Beni-Casi. Combatió por igual a los moros, a los cristianos y a los franceses. Algunas de las más nobles familias seudo-árabes conservaban los viejos nombres godos, apenas disimulados, como el de Mohamed-Ibn-López, ya citado, Abdallah Pedro Seco, Beni-Gómez, Beni-Fernando, o Beni-Fernández, etcétera.

     A los godos les interesaba especialmente preservar la pureza de la sangre, todo el tiempo que pudieran. Lo demás no era fundamental para ellos. En España se mezclan poco, hasta el momento de su desaparición cierta, abrumados racialmente por el aborigen ibérico, de ascendencia finesa-amarilla y negro-africana.

     Es en el Norte de España donde se inicia la Reconquista, siendo germanos los reyes y jefes militares, como El Cid. La monarquía visigoda Astur da el nombre a Asturias, región desde donde parte la Reconquista. Astur (Arkthur, Arturo) es arkthos = oso. Polo Ártico = Polo con Oso. Polo Antártico = Polo sin Oso. Lo primero señala también la constelación de la Osa Menor y la Estrella Polar, que es atravesada por el extremo de la Columna que en ese Polo sostenía el hiperbóreo Poseidón-Atlas-Hércules, en la mítica Thule, capital de Hiperbórea. Así, Asturias hace también referencia en la geografía sacra de España al legendario continente desaparecido en el Norte y al ciclo grálico del Rey Arturo, o Dinastía Astur de los visigodos. De nuevo esa misteriosa "cosa", "tesoro", tradición nórdica, traída a la Península por los Weisengoten, los Dioses Sabios.

      La nobleza española se creó partiendo de los visigodos, hasta su corrupción y decadencia. Los hijosdalgo fueron visigodos, derivando el vocablo del germano, como contracción de los radicales "hi" del "got": "hijo del godo". En verdad, "hijo de un Dios". Los nombres patronímicos, de muchos de los cuales se apropiará después el marrano, como Pérez y otros, tienen su origen en la organización patriarcal visigoda, donde sólo el padre cuenta: Hijo de Pedro, o Peiro. Al sobreponerse luego el matriarcado de las razas inferiores ibéricas, con su mestizaje aberrante, la mujer introduce sus reformas, entrando a contar también su nombre, incluyéndose los dos apellidos, ardid que muy pronto lleva a suprimir el del padre. Mientras fui diplomático, debí quitar de mis documentos oficiales el nombre de mi madre, porque en otros países, aparte de los de habla castellana, siempre terminaba nombrándoseme por el último escrito, o sea, el materno. En la decadencia de los visigodos, la costumbre ibérica también se impuso en Chile.

     La conquista militar de América fue realizada por el elemento germano, visigodo, de España. Únicamente con una raza así templada pudo cumplirse la exploración y la guerra. Los "Adelantados" fueron los germanos de España, esos aventureros que desde lejos olían el combate, ansiando riquezas, es cierto, pero más aún el honor y la gloria. Fueron así usados para cumplir con otros fines que ellos desconocían, porque ya no eran los dueños de la política ni de las finanzas, tampoco de la filosofía, ni de la religión. Algunos de ellos sabrían, sí, que en el Nuevo Mundo se hallaban sus ancestros, guardando su "tesoro", el Gral. Y aquí vinieron a buscar las Ciudades secretas y el licor de la inmortalidad. Muy pocos, es cierto.

     La Conquista de América fue empresa fácil para esos guerreros, salvo en un punto, en el Sur casi polar, en un espacio angosto, entre las altas cordilleras y el bravío mar: Chilli-Mapu, Chilli, de Schillen, una larga espada de territorio, que fue desenvainada para combatir a muerte al invasor.

     La guerra de conquista de Chile cuesta a los germanos venidos de España más del doble de muertos que en la conquista de todo el resto de América. La guerra se extiende por cuatrocientos años. Felipe II, Rey de España, germano él mismo, afirma que "Chile le ha costado la flor de sus Guzmanes". Guzmán es nombre germano compuesto. Gut, es bueno, en alemán, y Man es hombre: hombre bueno. Y es curioso hacer notar que los cátaros del Languedoc, en el Sur de Francia, llamaban a sus adeptos Bon-hommes, es decir, hombres buenos. También "guzmanes". Todo el Languedoc y la Provenza fue visigodo, como Cataluña y las Españas después.

     Ercilla, visigodo de cuerpo y alma, viene a combatir a Chile, en busca de gloria y quizás de algo más; pero no puede quedarse, a causa de diferencias con su jefe, las que casi le cuestan la vida. Llega a la edad de veintiún años y estará participando en primera fila en todos los combates, hasta su partida forzada. Escribe de noche, a la luz de las fogatas, como yo lo hiciera en los hielos del Antártico, en los primeros tiempos de las expediciones heroicas hacia el Sur polar. Cervantes, ese otro escritor guerrero, citará "La Araucana" de Ercilla en "El Quijote". Ercilla fue inspirado por el humo azul, de paine, que las almas de los héroes, los pillanes, proyectaban más arriba de las más altas cumbres de los Andes. "La Araucana" se escribió junto a las fogatas, con el disparo de los arcabuces, el vocerío y tronar de la guerra de Arauco; en el entrechocarse de las armas de los dos bandos guerreros que se combaten sin piedad, sin cuartel, por varios siglos. Aquí vienen únicamente los soldados, los héroes, los poetas, que como Ercilla sostienen en una mano la pluma y en la otra la espada. Aquí no alcanzan los burócratas cómodos, los pendolistas ni los mercaderes. Nada tienen que hacer aquí. El mismo nombre de "roto" se hace genérico para los de Chile. Se debe a que el guerrero y fundador de ciudades se halla aislado por años, sin ropas nuevas, sin alimentos a veces, luchando y sembrando como un labriego, con las vestimentas viejas y "rotas". La vida es la de un campamento militar, donde los jefes comen del mismo "rancho" que su tropa. Este es el estilo que debió heredar el chileno.

     Los primeros conquistadores de origen visigodo desembarcados en estas tierras habrán encontrado todavía más de algún descendiente rubio y blanco de los antiguos gigantes, de los Dioses Blancos. Pero la mayoría de los habitantes de la "tierra exterior" de América eran los sobrevivientes de una gran catástrofe y el producto de un mestizaje con los esclavos de la Atlántida, o de la Lemuria, en progresiva involución. Tampoco los conquistadores venidos de Europa eran ni remotamente los hiperbóreos, ni siquiera el visigodo original que entrara a la península en el siglo V. Los gigantes de uno y otro Polo se habían sumido ya dentro de la Montaña. Y si aún existían, lo serían sólo en las ciudades secretas, refugios de los ankahuinkas inmortales.

     El guerrero de España llegaba a Chile sin mujer. Por esto su trofeo más preciado fue la india araucana y en el mayor número posible. La poligamia se impuso de tal modo que Palacios nos cuenta de un sajón que tomó el nombre de Ibáñez y tuvo tantos hijos que se pensó en fundar un pueblo con sus Ibáñez. Como dato significativo para la historia de Chile es importante dar a conocer que el nombre de ese "sajón de Irlanda" era Evans y que de los Evans (Ibáñez) descendería el Presidente Carlos Ibáñez del Campo (ver el libro "Familias Chilenas", de Guillermo de la Cuadra Gormaz).

     Nace así este nuevo mestizaje, la "raza chilena" de Palacios.

     En el indio mapuche, o araucano, en el Re-ché, su lejana ascendencia nórdica se expresaba en su bravura y en su ciencia innata de la guerra, en su sentido heroico y legendario de la vida, que resucita en su sangre, como un eco confuso, perdurando en el clima epopéyico de la guerra. En el choque tremendo con el visigodo de las Españas, se avivan los fuegos sacros de antaño. Los araucanos conocían de estrategia militar y tácticas guerreras. Entraban en combate aconsejados por sus sacerdotes-machis, portando sus pabellones y sus colores, destacándose el azul, el rojo y el blanco, más la estrella solitaria de los Andes, Oiyehue, de ocho puntas. Los mismos colores componen hoy la bandera de Chile, pero con la Estrella de cinco puntas. La Estrella de los Re-ché era una Runa. Por esto desaparecerá muy pronto del emblema masónico de esta patria, que se cree "independiente".

     La Estrella de los Re-che era Venus, el Lucero de la Mañana.

     No sabemos cómo habrá sido la vida para el araucano ni para los curacas, representantes del Inka en Chile; sabemos sí que para el conquistador fue muy dura y difícil, desde los comienzos. Y lo fue para sus hijos, para la nueva "raza chilena". País pobre, de terremotos, de "malones" araucanos y de continua guerra. Así y todo, los varones de verdad amaban esta tierra de un modo entrañable, casi poético. Porque poetas fueron Pedro de Valdivia, Alonso de Ercilla y todos los que les siguieron. Con la poesía inventaban lo que no tenían, lo que no era. Hablaban de un oro inexistente y de riquezas que se deshacían con el primer temblor de tierra, yéndoseles por entre los dedos, como arenas de estas playas interminables. Eso era ya mi Flor Inexistente, más real, más bella que todas las flores de los jardines de la tierra. Porque es una Flor inmensa, de luz pura, con pétalos del aura que nimba a los volcanes. Quien a esta tierra llegó, ya no podría partir más, pues, con un amor místico, estremecido, sólo desea dejar aquí sus huesos, soñando, ansiando algo inmensurable, un oro alquímico, sobrenatural, una inmortalidad presentida, pero que nunca se alcanza. Me estremezco por ello con la tragedia de un Pedro Sarmiento de Gamboa, fascinado y espantado por los hielos del extremo Sur, y con un Pedro de Valdivia, con sus poemas epistolares a su Rey, y con un Alonso de Ercilla, que tal vez haya muerto pronunciando el nombre extraño de Chile y el de su india Glaura. Por ser chileno "hasta los huesos del alma", he hecho de mi emblema esa Flor lnexistente, en medio de la cual estoy sentado y meditando. Ella va como emblema en todos mis libros.

     El alma visigoda es soñadora y heroica. Alguien ha dicho que el germano tiene sólo un pie en esta Tierra, porque el otro lo tiene en la Atlántida. Mejor aún, en Hiperbórea.

     Los últimos momentos de Don Pedro de Valdivia, el Conquistador de Chile, fundador de la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, nos muestran mejor que muchas páginas lo que fue esa alma guerrera, heroica y señorial de la España visigoda. Cuenta Santiago del Campo, en su obra "Pedro de Valdivia, Capitán Conquistado", que éste se había internado en el bosque con una pequeña tropa a combatir indios. Cayó en una emboscada, y, viéndose rodeados y sin salvación, uno de sus acompañantes le preguntó: "¿Y ahora, señor, qué haremos?". A lo que Valdivia respondió: "¿Qué queréis que hagamos, sino que peleemos y muramos...?".

     Dice Palacios, refiriéndose a los visigodos: «En ellos estaba muy vivo el compañerismo guerrero, de unidad orgánica de combate. Cada nación germana era un ejército con sus familias, todo hombre capaz de cargar armas era soldado y tenía por el conjunto de sus connacionales el amor que siente el veterano por su regimiento. Eran "hermanos de la espada". Al par de la completa libertad de emigrar, de ir a ofrecer su concurso de soldado adonde se jugara alguna guerra, cuando su nación se mantenía en paz; elegía libremente sus jefes entre sus iguales, cuando llegaba el caso, jurándole obediencia hasta la muerte, sus manos extendidas sobre su jefe (como el saludo hitlerista hoy) pronto a rendir por él la vida. (La misma institución del cinchicona mapuche). Sus más preciadas virtudes eran la fidelidad y el valor».

     En una palabra, el Führer Prinzip y la Gefolgschaft, aceptados en libertad plena, mientras dure el peligro, y lo más opuesto a las dictaduras militares de caudillos amarillos y negros, de los mestizajes de África, Asia, España y de la América tropical y "latina".

     En los casi diez años de mi residencia en Suiza debí admirar la antigua costumbre germana, que aún se mantiene en ese país: el ejército nacional, donde todos son soldados, excepto las mujeres, por supuesto, donde cada habitante de la comunidad helvética guarda las armas en su casa. El derecho a portar sus armas es el más sagrado del pueblo germano.

     Palacios también nos describe cómo se extingue el visigodo en España. Odiaba vivir en las agrupaciones aldeanas, en villas y ciudades, alejándose a la campiña, en castillos inexpugnables (Castilla, tierra de castillos) o en casas solariegas. El desprecio que sentía por las villas se expresa en el término "villano". Así, los castellanos viejos —"cristianos viejos"— se extinguieron en el silencio, con el orgullo de los empobrecidos hidalgos que, cuando prestaban dinero a un amigo, lo hacían sin otro compromiso que la palabra y sin jamás cobrar interés. Fueron desplazados por los comerciantes, los usureros y los marranos. Igual destino correrían las antiguas familias de los conquistadores de Chile. Sus hijos se empobrecieron en los campos y en las provincias. Sus nombres ya no se encuentran en España, donde los apellidos han cambiado. Aquí los lleva ahora el pueblo. La aristocracia guerrera fue suplantada por la oligarquía del dinero y por una serie de apellidos vascos, que en el siglo pasado y en el nuestro entraron a reemplazar a los soldados visigodos, al descendiente de los antiguos combatientes, concentrándose en la capital, en el comercio, en la profesión de abogados-gestores y en la política. Algunos de ellos se fueron a los campos, asimilándose con las viejas cepas conquistadoras. Era el vasco rubio, de ojos azules, que fácilmente se integró, olvidando el idioma éuzkara, que muy posiblemente ni conociera. Ese vasco era también un germano antiguo, aun sin saberlo.

     El guerrero de origen godo fue siempre pobre y orgulloso en Chile. Se había costeado, sin embargo, sus propias armas y el viaje desde la Península a los campos de combate del Nuevo Mundo. Jerónimo de Quiroga nos cuenta, en el siglo XVII, en sus "Memorias de los Sucesos de la Guerra de Chile", que "de veinte mil caballos y acémilas que lleva el ejército, ninguno es del Rey, sino de los militares todos, como las bridas y todo lo necesario para montarse y conducirse donde conviene".

     Por instinto, el guerrero despreciaba al comerciante, que fuera necesario para establecer la relación y prosperidad en las ciudades. Éste venía a Chile y se quedaba poco al comienzo, temiendo por su vida y su hacienda, en la guerra continua. Cuando las principales regiones se apaciguan y también llegan el marrano y el encomendero, la organización social que se establece es casi de casta, separados de los comerciantes los guerreros, los nobles y sus familias, por una línea social y espiritual infranqueable. En verdad, pertenecían a una raza diferente.

     También y poco a poco, los conquistadores empiezan a traer a sus mujeres de España. Pero ya el mestizaje con el indio se ha puesto en marcha. Ha nacido el criollo. En los campos se encuentra la "china", la moza indígena. La palabra es mapuche y quiere decir sirviente. Los patrones, aún teniendo ya a sus mujeres europeas, siguen procreando "chinos" con las "chinas". Es decir, mestizos de mongoles.

     Las guerras de Arauco sólo vienen a terminar en este siglo veinte, porque el guerrero araucano ha sido degenerado con el alcohol de los traficantes sefarditas y las fronteras extendidas gracias a la colonización alemana de Vicente Pérez Rosales, la que nunca fuera cruel con el indio araucano. Por el contrario.

     Algo hay de parecido en la guerra de Arauco y la que sostuvo el colonizador anglosajón contra el piel roja. Ambos indios luchan con grandeza, denodadamente. La diferencia está en la nobleza del guerrero español. Fue un combate entre héroes, con honor de guerreros. Además, el visigodo de Palacios se mezcló, inevitablemente, con el indio, dando origen a ésta, "su raza".



EL MATRIARCADO CHILENO


     ¿En qué momento de la historia se empieza a alterar el estilo de vida patriarcal del chileno? Tras la llamada "Independencia", propiciada por las logias masónicas con sede en Inglaterra y con el ejemplo de la Revolución Francesa, a su vez un producto de la Masonería, el cambio se hace visible. Ya hemos explicado lo que sucediera con el comerciante. El que logra quedarse en Chile, hace estragos con la usura y las artimañas de que se vale para despojar al guerrero, al hidalgo, de lo que obtuvo con la espada y con su sangre. El Virreinato de Lima se vio obligado a enviar a un antepasado mío, don José de Santiago Concha, marqués de San Miguel de Híjar, a poner orden y hacer salir del país a los inescrupulosos despojadores.

     Con la Conquista del Nuevo Mundo se ha cumplido la primera etapa de la "Cruzada contra el Gral" y los Dioses Blancos, como ya lo hemos explicado. Borradas sus huellas, destruído lo que aquí restaba visible de su conocimiento divino y de su sangre, se hará necesario reemplazar a España, acabando con lo que el guerrero aportara de positivo. Le toca el turno a Inglaterra, con los equipos de servidores criollos formados en la logia masónica "Lautarina", de Londres. Es así como masones son Miranda, Bolívar, O'Higgins y San Martín, además de marranos algunos de ellos. No es el caso entrar a describir las intrigas, los conciliábulos secretos y hasta los crímenes cometidos en prosecución del Gran Plan, como el asesinato de los hermanos Carrera y Manuel Rodríguez, incluyendo el de Portales, por elementos claves, como Vidaurre, y la traición a Rosas, por Urquízar, en Argentina. Todo esto iba en beneficio de un solo pueblo, grupo o tribu, que controló, detrás de España y de Inglaterra, como de los Estados Unidos hoy: los judíos. Existe así un hilo secreto que se puede seguir desde aquellos tiempos hasta el presente y que lleva de modo preciso a un fin ya diseñado. En apariencia se pretende hacer de este continente americano el último refugio de la anti-raza, su "Nueva Jerusalén"; en verdad, se está tratando de alcanzar hasta las Ciudades Secretas de los Dioses Blancos, hasta sus recintos aún inviolados.

     Desde niño, por instinto al comienzo, jamás he rendido culto a esos "padres de la patria", ni a sus instituciones masónicas. Ya lo dije en "Ni por Mar ni por Tierra", hace más de treinta años. Ellos dividieron este continente del Sur en más de veintiún países de opereta, aislándolo para que así pudiera "cocerse en su propio mestizaje", en su propia oscura salsa bastarda de marranos y negros traídos del África como esclavos por los sucios encomenderos. Ya sabemos cómo el masón Bolívar inventó Bolivia, una suerte de Tíbet sin lamas y sin Tíbet. Sin atumarunas ya. Bolivia, hasta en el nombre procede de Bolívar. Y así nació este nacionalismo sudamericano, sin destino, sin base alguna, sin raíz auténtica.

     Tras esa "independencia", los primeros gobernantes de Chile continúan manteniendo el estilo sobrio del godo. Diego Portales es un genio visigodo de alma y cuerpo. El estudio de Francisco Antonio Encina, inspirándose en Palacios y desarrollando sus intuiciones, lo descubre así.

     Fue con la llegada de las primeras familias sefarditas a Chile y con el enriquecimiento fácil del salitre, tras el triunfo de la Guerra del Pacífico, con los gestores-abogados y los políticos de profesión, que se inicia el cambio a la vida matriarcal. En el fondo, se encuentra el factor racial. Es extraño que Palacios no haya logrado verlo. No comprendió, al parecer, que el mestizaje con el indio ya era un mestizaje de mestizajes y tan pernicioso como el de todas las Españas. Chile se ha "iberizado", por así decirlo. Palacios ama y admira al "roto" chileno, por su valor, por sus condiciones de nobleza, por su callada resistencia ante las inclemencias sociales y de la tierra. Le conoció en la Guerra del Pacífico y en la pampa del salitre, como médico. Palacios era médico cirujano. Pero muchos de los defectos del pueblo de Chile, el mismo matriarcado, ya se encuentran prefigurados en la sangre del indio. Durante la guerra, el mapuche se vio obligado a dejar en manos de la mujer el trabajo de la agricultura, de la familia, del comercio y hasta de la medicina y la religión. En la mujer pasó a descansar toda la armazón social y de la familia. De ahí al matriarcado había un paso. La leyenda misma lo favorece, con esa amazona Gaibomilla de la paleo-historia. El Chile de hoy, donde la mujer es el centro y la base sustentadora de la estructura social, no ha hecho más que desarrollar el tema indígena-mongol. Y es lógico que, cuando el elemento blanco, gótico, se debilita en la sangre del mestizo de Chile, por consecuencia natural, por gravidez y velocidad adquirida, sea el matriarcado que se imponga victorioso. Al paso del tiempo, aun sin contar con los semitas y los negros, la decadencia y descomposición debían producirse. Más pronto que tarde el equilibrio se rompería en desventaja del blanco y de su espíritu sobrio, guerrero y señorial. Espíritu que conoció Nicolás Palacios en su propio hogar campesino, donde su padre era un patriarca respetado y amado por sus numerosos hijos y por sus servidores, además de temido. La mecha de la bomba de tiempo de la descomposición racial había sido encendida al comienzo mismo de la fundación de la comunidad mestiza, en la Conquista. La explosión debería producirse en nuestros tiempos.

     Negros entran muy pocos a Chile. Son traídos como esclavos en el siglo XVIII, a Mendoza y a Talca, por traficantes y encomenderos. Se instalarán en el barrio de la Recoleta, en Santiago y Rancagua, principalmente, para abandonar pronto el territorio chileno cuyo clima no les es favorable. Van en dirección de Argentina. El mulatismo en Chile es débil. En cambio, cada vez más se fortalece en la sangre del mestizo el afluente amarillo, polinésico, asiático, mongol, reforzándose física y psicológicamente con la llegada del ibero aborigen, no godo. El factor meláneo, es decir negro —de los negros de las islas de la Melanesia- se expresa en la sangre del indio por el preponderante elemento mongol y de lo que en éste hay del negro, mezclado antiguamente con el amarillo y con el blanco, como en Corea. Según Keyserling, el chileno se parece cada vez más a un finougureano [fino-ugrio o ugrofinés] de las estepas del Asia Central.

     Cuando residía en el extranjero y venía de visita a Chile, debía admirarme del aspecto cada vez más asiático de la policía, de la tropa militar y del pueblo en las periferias urbanas. Hoy sucede con el centro de las ciudades y en el mismo Santiago. Donde hace unos años se paseaban bellas mujeres criollas, blancas, distinguidas, y se reunían los hombres también blancos, a verlas pasar y a charlar de política y hasta de literatura, hoy circula un mar promiscuo y confuso de "finougureanos", de mongoles, lumpen racial y social, inundándolo todo con sus mercados ambulantes de baratijas, de modo que se creería estar en el mercado flotante de Bangkok o en el mercado de Estambul, con la única diferencia de que allá la gente es mejor y más bella. Por todos lados se ven "fakires", pregonando bálsamos, tocando músicas y vendiendo. Creería uno encontrarse en pleno Chandni Chowk, si no fuera por la falta del espíritu de esa calle de la Vieja Delhi y su magia de Samsara. Las voces guturales, delgadas, en falsete, son las mismas de Oriente. Y el "roto" se siente en su elemento vendiendo baratijas por todos lados.

     El amarillo es esencialmente práctico, utilitario, según Gobineau. Cuando entra a dominar en la mezcla con el blanco, transforma la sociedad donde vive, convirtiéndola en un campo de vender y comprar. Y el comercio va de la mano del matriarcado. Todas las doctrinas y organizaciones de tipo socialista y economicista son matriarcales y semitas. Los apóstoles del socialismo son judíos, ya lo hemos visto. Lo extraordinario es que Palacios, a comienzos de este siglo, también lo descubriera. Plantea el problema judío, cosa que Gobineau no hiciera, como hemos dicho, siendo el punto débil de toda su concepción racista de la Historia, su secreto talón de Aquiles. Palacios fue al fondo del asunto, siendo ésta la razón última del silencio del mundo académico e intelectual de este país y de cualquier otro. El más gran libro que se haya escrito aquí y en toda la lengua española, ha sido puesto en el Index desde el momento mismo de su publicación, por tratar el problema judío, punto neurálgico de toda concepción auténticamente racista de la Historia.

     Según Palacios, aquel que entienda la fundamental cuestión racial y aplique su conocimiento a la interpretación de la historia pasada y presente de los hombres, comprenderá con mayor facilidad dónde se encuentra el peligro, pudiendo evitarlo con sólo preguntarse por el nombre y la procedencia racial de tal o cual promotor de doctrinas y teorías sociales, económicas, políticas o filosóficas. Si su autor es judío, sólo males podrán esperarse para los no judíos, porque nunca esas doctrinas o teorías serán aplicadas al pueblo judío, estando destinadas al consumo por sus enemigos. ¡Cuántos males nos habríamos evitado en Chile si se hubiese escuchado a Palacios! Pero hablar de Palacios en Chile es algo inconveniente. Con sólo mencionar su nombre, aparecerá en la boca de los oyentes una sonrisa hipócrita de superioridad mestiza o mulata, y exclamarán: "Fue un buen nombre, un patriota, que careció de formación científica moderna, de información sobre la ciencia de las razas, de la etnología, de la antropología, un diletante, que amó al pueblo chileno, al roto, y por eso inventó todos esos absurdos de visigodos y araucanos, para poder exaltarlo y darle fe en sí mismo... Patriota, es cierto, y por ello se le ha erigido un monumento, que nadie conoce; porque nadie sabe quién es Palacios; pues, además, su libro es muy aburrido y está mal escrito"... Etcétera.

     Así es, Palacios no se lee y no se leerá; porque ya pasó su tiempo; porque ya no queda tiempo. Porque el ciclo racial chileno está por cerrarse. ¿A quién podría ya interesarle saber que descendemos de visigodos, que aún se podría remontar el mestizaje, derrotando la entropía, por medio de prácticas eugenésicas, salvándonos de la asiatización?. La poderosa corriente de la historia contemporánea, controlada por el Príncipe de las Tinieblas, lleva en dirección opuesta. Y Chile es un pequeño conglomerado, al final del mundo. Sólo la fuerza de los gigantes, salidos de la roca de los Andes, podría ayudar... Y tal vez venciéramos.


     A medida que la guerra con el indio se hacía menos intensa, localizándose en la llamada "Frontera" hacia Arauco, y cuando las principales ciudades del centro ya no ofrecían grandes peligros, comenzaron a llegar elementos que se contraponían al araucano-gótico, según Palacios. Son los "latinos", y el ibero autóctono. Para Palacios, únicamente el germano, el sajón, es un buen aporte a la "raza chilena", siempre que se aplique una política racional y científica, ubicando al inmigrante en la vecindad de tierra en manos de chilenos, para así favorecer la mezcla y evitar enclaves raciales. Es partidario de la mezcla, de la promoción de ün mestizaje favorable. Por suerte, el alemán que vino al Sur y extendió la frontera de Arauco se casó con mujeres, también traídas de Alemania, salvo contadas excepciones. Gracias a esto, la inmigración ha podido mantener su energía creadora por más de un siglo, hasta que la influencia letal del paisaje de estas zonas del fin del mundo también la han aniquilado.

     Con la llegada de latinos se va descomponiendo todo el mecanismo del Estado en Forma, del espíritu visigodo y portaliano. El ejemplo que mejor ilustra a Palacios es la demagogia de Arturo Alessandri Palma, quien da el golpe de gracia al espíritu de ese Estado. Y no es casualidad que reciba un caluroso apoyo en sus campañas político-feministas del flamante Club de Señoras, fundado en esos tiempos y que luchaba por los "derechos de la mujer". Lo presidía una señora llamada Delia Matte. Se empieza a hacer visible el triunfo del matriarcado y la descomposición en Chile.

     El reino de la Madre se caracteriza en el mundo por la imposición de regímenes democráticos, con la votación universal, aun de los impedidos: porque para la madre todos los hijos son iguales, demostrando siempre preferencia por el más débil y por el enfermo. En las democracias, los presidentes aparecen siempre con su mujer en público, porque es ella la que los dirige, por lo general. Al otro lado de los Andes tenemos el caso de Evita Perón. El matriarcado se caracterizó en el siglo XIX por el llamado "espíritu de justicia", que se recomendaba a los países coloniales y, en el siglo XX, por el frenesí de la caridad y de los "derechos humanos", la compasión por el criminal y la abolición de la pena de muerte. Todo esto se ha centralizado en el evangelismo de las iglesias Católica y Protestante y en las logias masónicas, con su lema de libertad, igualdad y fraternidad. El reinado de la madre es el igualitarismo por antonomasia, inclinándose del lado de la "oveja negra", con preferencia por el retrasado mental, el imbécil. En las sociedades patriarcales es el guerrero superiormente dotado quien recibe auxilio para prosperar, porque, como decía Nietzsche, "las especies superiores son las más débiles, frente a un mundo enemigo y a una masa hostil". El mejor dotado debe alcanzar el máximo de sus posibilidades. La organización patriarcal es jerárquica, desigualitaria, aristocrática, despiadada. La madre contribuirá colaborando en la producción del héroe. El godo Ercilla hace que Fresia arroje a su hijo a los pies de Caupolicán, el Cinche araucano vencido y prisionero, no pudiendo aceptar el suplicio infamante del gran Toqui.

     El fenómeno de la decadencia nacional viene cumpliéndose históricamente. Hermann Keyserling lo vio, descubriendo el culto a lo feo del chileno, el "feísmo", como estilo nacional, su exaltación de lo inferior, de lo deforme y del alcoholismo. El hombre debe ser "bueno para tomar" y vestirse con desaliño, "mal encachado". Se odia aquí lo bello, lo que distingue. La envidia, heredada de la España vernácula, se cultiva en campo propicio, al sobrevenir la decadencia y la desaparición del elemento racial gótico, desplazado por el factor aborigen ibérico e indígena de color. No es difícil entender, entonces, que un libro como "Raza Chilena" y un autor como Palacios sean completamente ignorados y secretamente odiados, víctimas de una campaña de silencio y desprestigio, dirigida por las fuerzas que controlan el proceso de la desintegración racial en el planeta Tierra. Palacios es un peligro demasiado serio. Su libro ha sido declarado anti-científico, anti-histórico, contrario a la realidad chilena y a la de España. Lo hemos dicho, las hipótesis de trabajo de Palacios no convienen a aquellos que tienen por misión empujarnos al abismo.

     Con el matriarcado se imponen en Chile la usura, la banca internacional y el comercio. Un país patriarcal es industrial, agrario, cazador, pescador, guerrero. Chile debió serlo por la capacidad de su gente mejor. El "consumismo", el "monetarismo" judaicos, el comercio desatado, donde todo se vende y se compra, han destruído la industria nacional y la agricultura. Ya trataremos esto.

     Los países matriarcales son productores de materias primas, las que entregan a la voracidad de los extranjeros; la mujer se abre al hombre, al conquistador, enteramente; como la madre, da su leche sin reparos. Los países viriles poseen vir (virtu). El poder del Vril hiperbóreo puede llegar a ser suyo. El socialismo es el camino final que recorre el matriarcado. En Chile se habría impuesto a no ser por esa misma mujer, esa dueña de casa, que descubrió que no satisfacía sus aspiraciones domésticas y que sus ollas estaban vacías. Hizo la llamada "revolución de las cacerolas" y derrotó al socialismo forzando al ejército a intervenir para cambiarlo por el "consumismo", el "librecambismo" y el capitalismo individualista más extremos, con la influencia preponderante en todas las decisiones de la mujer del jefe militar que asumió el poder [Pinochet]. El hombre no sólo vive de pan. La mujer, sí. Si la dejamos imponerse en la estructura matriarcal de la sociedad, no habrá tampoco pan, al final.

     Otro signo del matriarcado es el sexualismo. Los pueblos varoniles son castos y recatados. Tras una residencia de años en el extranjero, descubro al retornar síntomas visibles del afeminamiento en las costumbres. Por ejemplo, el beso de saludo que se da indiscriminadamente a cualquier mujer. Hace muy pocos años, en Chile sólo se besaban las mujeres al saludarse. Un hombre de verdad no anda besando así. Costumbres como ésta no existen en ninguna otra parte del mundo, que yo sepa, y se han impuesto irrestrictamente en Chile en la última década, como un "estilo militar"; valga la paradoja. El jefe militar del Estado chileno anda repartiendo besos de saludo a todas las mujeres, de Norte a Sur del territorio nacional. Cinco mil kilómetros de besos anónimos, multiplicados por diez años de su gobierno matriarcal y consumista.

     El extremo de máximo peligro se ha tocado al incorporar a las mujeres en el ejército. Jamás un godo ni un araucano hizo combatir a sus mujeres, como profesionales de la guerra. Sólo el marxista eslavo, mongol, el ruso híbrido, ha incluído batallones femeninos en sus fuerzas armadas. Biológicamente, la mujer no está hecha para combatir, ni bio-psíquicamente para dirigir o crear en competencia con el hombre. "¡Qué absurdo sería hacer pelear las vacas en la arena, en lugar de los toros!", dice De Mahieu. Las sociedades matriarcales del presente han presenciado esta monstruosidad, con brigadas de mujeres y terroristas asesinas. De sus tumbas se levantarían hoy los soldados de Portales, los de su primera Parada Militar en el Día Nacional de Chile, los de su batallón, al saber que hoy desfilan, en el Día de las Glorias del Ejército, batallones de mujeres, incorporados a la armada de tierra, a la aviación y a la policía... ¿Le seguirá la marina?.

     Las amazonas, que los conquistadores aseguraron encontrar en el río del Brasil que lleva su nombre, y el reino de Gaibomilla, en el Sur de Chile, habrían sido consecuencia de la desaparición de los atumarunas, de los Dioses Blancos de América, o de los gigantes sumergidos en las ciudades secretas de los Andes, tras la catástrofe que destruyera el continente del Antiguo Sol. En todo caso, y siempre, es el hombre el que primero falla, física o espiritualmente. El matriarcado, el amazonismo, como fenómeno colectivo, encuentra su causa última en una deficiencia genética y racial.

     Este tema del matriarcado en Chile viene siendo tratado por mí desde mis escritos de juventud, en "La Nueva Edad", durante la Segunda Guerra Mundial y en artículos de periódicos y revistas.

     Consumismo y consumir, la vaca que come las veinticuatro horas del día, el norteamericano judaizado que mastica goma. Comprar y venderlo todo, cambio delirante de la moda en el vestir, son únicamente los síntomas visibles del matriarcado, de un mal que viene desarrollándose desde antes de la Independencia y que afecta por igual a Chile y a la Península Ibérica. Veamos lo que pasa hoy en España, con el llamado "destape", la pornografía y el relajamiento de las costumbres patriarcales, aceptados por el trono judaico y masónico del Borbón. Es un mal racial, condición del "pecado racial". La involución fatal de un mestizaje. Involución de una involución.

     Se alteraron los factores del mestizaje en la "raza chilena", en favor del fino-ugureano, del indio, con desventaja para el elemento blanco. Esto era inevitable, fatal. No han bastado para impedirlo los alemanes traídos por Pérez Rosales, porque se les han contrapuesto los inmigrantes semitas, enquistándose en los centros neurálgicos de la información, la publicidad, las comunicaciones, la educación y la propaganda, más la economía centralizada y controlada desde la capital. Ellos defienden, sin contrapeso, la necesidad de la igualdad y de un mayor mestizaje, apuntando al fin último de la reintroducción de los negros al país. No hay película de televisión en que no aparezca un negro en igualdad de inteligencia y condiciones a un blanco. Y esto día a día.

     El factor asiático, polinésico, mongólico, va ascendiendo a la superficie de modo visible y creciente en el mestizaje chileno, aun sin necesidad de refuerzos, por el hecho de que los estratos con mayor porcentaje indígena se reproducen más y las castas altas y blancas son siempre menos prolíferas. Es éste un fenómeno mundial, que en la sociedad cerrada y aislada del chileno ha venido a ocupar menos tiempo en producirse.

     No sería entonces casual el interés actual de los chinos y asiáticos en general por instalarse y comerciar en Chile. La sangre llama a la sangre. La influencia del alma amarilla se expresa siempre mejor en el comercio desenfrenado. En Japón, una vez destruída la casta de raza superior samurai y perdida la guerra, se ha entrado en una verdadera locura, en un amok del comercio, y ese pueblo se ha transformado en un monstruo que recorre frenético el planeta tratando de vender más y más, de explotar minas, reservas forestales y pesqueras. ¡Los Dioses nos libren de esa peste!. En Chile, el alma finesa ha sido responsable de los sucesos de esta década de consumismo y monetarismo. Se muestra, además, en el gusto por la erosión y los desiertos de Asia y África. En Chile se descubre en el odio al árbol, al bosque, de los barraqueros españoles y vascos, con predominante etnológica finesa, de la España pre-goda y en la afición por los desiertos de cemento. Fue el Ministro Ross Santa María, precursor de los llamados "Chicago Boys", quien construyó en Santiago ese horrible desierto de la Plaza de la Constitución. Era un especulador de la bolsa internacional.

     Así, que los japoneses, los chinos, los vietnamitas, los coreanos quieran venir y estén llegando a Chile en estos últimos años, para darnos el golpe de gracia en nuestra identidad, es casi comprensible, teniendo, además, el Océano Pacífico como vía de comunicación natural. En cambio, la ayuda que les brindemos constituirá el último y más fatal acto de un suicidio etnológico, eugenésico. Esto puede cumplirse con el pretexto de la explotación de nuestras riquezas mineras, de la pesca y de las reservas hidroeléctricas en el Sur. Junto con facilitarles esas posibilidades, les estaríamos también abriendo las compuertas de nuestra corriente sanguínea, para que refuercen allí el factor finés y meláneo, en favor del elemento mongólico-indígena, vernáculo.

     Estamos rodeados de peligros mortales. Al Norte, la "axila" racial de Perú y Bolivia, donde se juntan los negros, con los chinos y mestizos de blancos; al Oriente, cada vez más cercano por el comercio, el subcontinente afro-mulato del Brasil. Sólo con Argentina y Uruguay, quizás Paraguay, podríamos y deberíamos integrarnos, siempre que en el Cono Sur se llegara a aplicar una política racista, eugenésica, aristogenésica, en beneficio del elemento blanco. Sólo así podríamos formar un bloque de defensa racial y controlar y proteger el Polo Sur, plexo sacro y mágico del planeta.

     Sueño utópico, de seguro, dadas las circunstancias actuales y lo avanzado de la gran conspiración. Todo, o casi todo, está ya controlado por el Enemigo en nuestro suelo, que nunca ha sido nuestro.

     No deberá ser ello impedimento para seguir luchando con fe en el milagro de la ayuda de los Gigantes de las cumbres andinas. De los Dioses Blancos.

     En la Edad del Héroe, sin pensar en los resultados, se debe seguir combatiendo hasta el final por la causa de esos Dioses. Hasta el último aliento de una vida.



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