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miércoles, 4 de diciembre de 2013

El Origen Ártico de la Civilización (Segunda Parte)



     Y presentamos ahora la traducción de la segunda parte y final del extenso y reflexionado artículo de la escritora (bastante teosófica) Victoria LePage titulado "An Artic Origin of Civilization?", cuyas dos partes se conservan en su sitio oficial (vlepage.newteam.org). Alejándose un poco de la temática específica de Arkaim ya presentada, se nos invita aquí a profundas consideraciones metafísicas y a la apreciación de ciertos autores que van dando cuenta del tejido esotérico que no siempre es dado a conocer masivamente. Toda la abstracción filosófica remata lúcidamente en los párrafos finales, donde la autora anuda el tema y demuestra la coherencia de este ensayo con su primera parte. Es de interés su invitación a considerar a los seres sobrenaturalmente semejantes a la Humanidad actual como siendo todos el Hombre y como provenientes de un quinto reino de la Naturaleza, que aguarda en el futuro a quienes, ejercitando una disciplina, logren viajar hasta él, y que desde el pasado se nos presenta como el mundo y el hogar de seres a quienes se les ha rendido culto porque no se ha sido iluminado espiritualmente. Siempre quien quiera aprender puede obtener enseñanzas de estas aparentemente abstrusas materias.


¿Un Origen Ártico de la Civilización? (Parte 2)
por Victoria LePage
2009




     La aseveración de René Guénon, entresacada de antiguas fuentes esotéricas, de que en el pasado remoto la primera civilización de la Humanidad surgió en una zona ártica libre de hielo no carece de apoyo geológico. Según el famoso investigador J. S. Gordon, "no hay ninguna duda científica de que los casquetes polares se han derretido y reformado muchísimas veces y que esto siempre ha afectado a la sociedad humana (además de a las especies animales y vegetales), a menudo catastróficamente" [1]. Él destaca que la gran Época Glacial, que duró aproximadamente dos millones de años, y que finalizó hace aproximadamente doce mil años, estuvo compuesta de treinta y tantas Épocas Glaciales menores, con intervalos cálidos de derretimiento polar entre medio de ellos, cada cual creando períodos de miles de años de condiciones templadas en los polos. Cualquiera de estos intervalos cálidos habría sido hospitalario para una civilización circumpolar.

[1. J.S. Gordon, The Rise and Fall of Atlantis, and the Mysterious Origins of Human Civilization, Watkins Publishing, Londres, 2008, p. 131].

     Charles Hapgood, quien a mediados de los años '60 era profesor de Historia de la Ciencia en la Keene University en New Hampshire, EE.UU., llegó a convencerse de que la Humanidad en efecto disfrutó realmente de una civilización sofisticada hace cien mil años o más, y que debe haber estado al menos en parte en una localización polar. Él derivó su teoría de la investigación cartográfica realizada sobre los antiguos portolanos o mapas marineros, uno de los cuales había estado en posesión de un almirante turco del siglo XVI, Piri Re’is [2]. "Este mapa (y otros también investigados)", comenta Gordon resumiendo las conclusiones de Hapgood, "claramente mostraba... que las regiones polares habían sido cartográficamente catastradas cuando no existía ningún casquete polar" [3] y que en el caso del Círculo Antártico los ríos y montañas habían sido trazados en el mapa con tal detalle que dicha tierra debe haber estado habitada, y (trazados) por una gente que entendía la trigonometría esférica.

[2. Charles Hapgood, Maps of the Ancient Sea Kings, Turnstone Press, Londres, 1979].
[3. Gordon, op. cit., p. 131].

     Otros investigadores, comprobando y reexaminando los datos arqueológicos existentes de los pasados 150 años, han concluído a partir de la evidencia de artefactos humanos y huesos fósiles encontrados bajo capas geológicas profundas, que anatómicamente los humanos modernos con una capacidad intelectual moderna han existido desde el comienzo del período Cuaternario, hace aproximadamente 1,65 millón de años, y que ellos eran más altos que el hombre moderno y con una capacidad cerebral entre un 15 y un 20 por ciento más grande.

     En La Doctrina Secreta, Helena Blavatsky dijo que en tiempos primitivos la Tierra no se había densificado todavía totalmente y era por lo tanto más grande que en la actualidad. Todas las formas corporales habrían sido considerablemente más ligeras en su peso y de una naturaleza más plástica, y los esqueletos todavía no se habían endurecido por entonces, y en consecuencia los seres humanos podrían haber sido menos afectados por la gravedad y como seis metros o más de alto que lo que lo son hoy. Ella creía que a través de larguísimas épocas hubo varios cambios violentos de las condiciones climáticas de la Tierra, con las correspondientes disminuciones de la estatura humana, acompañados por muchas variaciones en la civilización y la cultura [4].

[4. Ibid., p. 159].

     La corriente científica predominante no tiene ninguna real concepción de cuánto tiempo el moderno homo sapiens ha estado existiendo, o bajo qué condiciones físicas, pero ciertamente los arqueólogos son conscientes de que han sido encontrados cráneos de homo sapiens de un tipo completamente moderno que tienen más de cien mil años. El hombre de Swanscombe de Inglaterra tiene una antigüedad de un cuarto de millón de años, mientras que el hombre de Vertesszollos de Hungría, igualmente moderno en tipo, se cifra desde unos increíbles cuatrocientos mil a setecientos mil años [5]. Tales fechas dejan un amplio espacio en nuestro registro humano para muchas modificaciones del clima y variaciones en la estatura física, desarrollo cultural y condiciones de vida.

[5. William Fix, Lake of Memory Rising, Council Oaks Books, LLC, San Francisco, 2000, p. 203].

    La Biblia hebrea nos dice:

     «Había gigantes en la tierra en aquel tiempo, y también después, cuando los Hijos de Dios llegaron a las hijas de los hombres, y ellas les engendraron hijos; estos mismos se convirtieron en los hombres fuertes que hubo de antiguo, los hombres de renombre» (Génesis 6:4).

     La información dada en el libro del Génesis en cuanto a los Hijos de Dios, los Antiguos de tamaño gigantesco que alguna vez vivieron en la Tierra —"los hombres fuertes de antaño, los hombres de renombre"— fue sacada por los escribas hebreos de las escrituras de razas circundantes más antiguas, como los textos védicos indios, los Vedas y los Puranas, y la sumeria Epopeya de Gilgamesh. En las ilustraciones sumerias de los hechos de los dioses se puede ver fácilmente que la altura relativa de los Antiguos y la de los humanos corrientes era proporcionalmente como la de un adulto y un niño. En uno de tales casos, un dios sostiene a un humano en su regazo como si amamantara a un bebé. Los egipcios también crearon estatuas de reyes-dioses de enorme altura yuxtapuestas a pequeñas figuras de estatura humana normal; y mientras estos mensajes en piedra pueden haber sido diseñados para ser entendidos simbólicamente, existe la posibilidad alternativa de que se pretendía una interpretación completamente realista, como más de un investigador ha sugerido.

     Helena Blavatsky, por ejemplo, sostuvo que no sólo las regiones polares fueron la cuna de la Humanidad hace millones de años, sino que debido a una disminución de la velocidad en la rotación de la Tierra las condiciones en los polos cambiaron, y el tamaño y el peso de todos los organismos vivientes fueron en consecuencia modificados.

     «El eje de la Rueda se inclinó... La gente [por vez primera] conoció la nieve, el hielo y las heladas, y los hombres, las plantas y los animales fueron empequeñecidos en su crecimiento. Aquellos que no perecieron, permanecieron como bebés a medio crecer en tamaño e intelecto» [6].

[6. H.P. Blavatsky, The Secret Doctrine, Vol. 2., Theosophical Publishing House, Los Angeles, 1947, p. 324].

     La otra característica sobresaliente atribuída a los Antiguos, a quienes Blavatsky llamaba los Kumaras, eran sus cráneos enormes. Aunque haya menos evidencias en los textos antiguos para apoyar esta leyenda, es un hecho asombroso el que varios cráneos enormes, en relación al tamaño de la cara, han sido desenterrados en Perú: uno está en exhibición en el museo de Lima [7]. Según el informe, otros de inmensidad similar han sido encontrados en y alrededor de Egipto y el Tíbet [8]. Además, bustos esculpidos de los miembros de la familia perteneciente al faraón egipcio Akenatón de la décimo octava dinastía demuestran el mismo rasgo anómalo, incluyendo orejas igualmente enormes. Encontradas en las ruinas subterráneas del desierto en Tel el-Amarna en Egipto, estatuas poco conocidas de esta extraña familia, que incluía a Nefertiti, esposa de Akenatón, y sus hijas, exhiben otros rasgos inusuales, incluyendo una gran altura corporal. El cuerpo de una estatua de Nefertiti es descrito así:

     «Ella no lleva puesta ropa porque ellos no creían en eso entonces. Ella tiene una cabeza enorme, orejas grandes, un cuello largo y delgado y una cintura alta. Ella también tiene una especie de abdomen protuberante. Y... ella tiene piernas flacas y muslos anchos» [9].

[7. Drunvalo Melchizedek, The Ancient Secret of the Flower of Life, Light Technology Publishing, Flagstaff, Arizona, 1990 – 8, p. 143].
[8. Ibid., p. 143].
[9. Ibid., p. 139].

     Ésta de hecho es una descripción igualmente buena del famoso aspecto extraño de su marido. Las similaridades esculpidas o pintadas de las hijas de Nefertiti, hasta la más joven, una simple bebé, muestran exactamente las mismas características peculiares de enormes cráneos calvos, cinturas altas, pantorrillas flacas y orejas enormes.

     ¿Pudo esta familia Real egipcia, entonces, haber sido un salto atrás hacia la descendencia ancestral de los Antiguos?. Y más pertinentemente, ¿podrían sus rasgos físicos anómalos apoyar la idea de una raza foránea para nosotros, de otro sistema estelar o un ciclo racial anterior?.

     Estos Antiguos, también conocidos como los beni ha-elohim, los divinos Hijos de Dios o los Hijos de la Niebla de Fuego de quienes los sumerios afirmaban que habían traído la civilización a la Humanidad, son un misterio perenne. George I. Gurdjieff los consideraba como adeptos chamánicos paleolíticos, hombres y mujeres cuya evolución, debido a sus prácticas espirituales superiores, los puso muy por delante de sus compañeros. Pero la tradición ocultista va mucho más allá, sosteniendo que los Antiguos eran una raza sabia y poderosa que vino desde las estrellas, posiblemente, dicen algunos, de la gigantesca estrella Sirio. En la antigua tradición egipcia ellos son llamados los "Vigilantes de Pe" [un pueblo en el Bajo Egipto], inteligencias divinas que vigilan y guían a la Humanidad y su progenie, desde alturas celestiales. O bien, ¿podrían ellos haber sido, como sugiere el célebre teósofo G. de Purucker, el remanente sobrante de una raza humana más antigua que había encarnado en la Tierra pero que había venido originalmente del sistema de las Pléyades, y que había terminado su ciclo racial quizás hace millones de años?.

     Si éste fuera el caso, ¿explicaría esto la creencia mundial entre las sociedades tradicionales, repetida ad nauseum en sus escrituras, de que los Antiguos eran diferentes en tipo físico de nuestra especie, gigantes en estatura y con enormes cráneos calvos, rasgos que parecían separarlos completamente de nuestra Humanidad corriente?.

     Hasta hace poco tales preguntas acerca de los Antiguos no podían ser hechas de manera provechosa salvo en el contexto de una sociedad iniciática cerrada. Más extraño aún, hasta no hace mucho el resto del mundo no estaba ni siquiera consciente de que tales preguntas implicaban un material proscrito por los templos que había estado prohibido para el mundo exterior durante miles de años. Como ya se mencionó en la primera parte de este artículo, René Guénon, uno de los principales esoteristas de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, luchó hasta donde se atrevió contra este embargo de lo oculto, creyendo que se estaba acercando rápidamente el tiempo en que la Humanidad necesitaría un nivel más alto de comprensión antropológica, cosmológica y metafísica que la que era posible en su época [de Guénon].

     "Este estudio", él escribió, acerca de la avanzada raza de los Antiguos que según la ciencia teosófica había emigrado desde la zona ártica a Asia Central hace muchos cientos de miles o quizás millones de años, "ha avanzado más profundamente que cualquier otro estudio precedente, invitando a la crítica, quizás, por parte de algunos. Creemos, sin embargo, que no hemos dicho demasiado, ni nada que no debería ser revelado..." [10]. Pero Guénon estaba convencido de que mucho conocimiento considerado como demasiado arcano o demasiado peligroso para la muchedumbre profana pronto tendría que ser liberado en la esfera pública. Y parecería que él tenía razón.

[10. René Guénon, The Lord of the World, Coombe Springs Press, R.U., 1983, p. 66].

     Un nuevo orden está alboreando en esta Era post-milenio en la cual una gran parte del alguna vez proscrito conocimiento sagrado está siendo puesta a disposición para todos. Entre muchos de los secretos subterráneos de ayer que están ahora emergiendo libremente a la luz del día están los secretos de la evolución humana y su relación de equipo con la evolución de la Tierra y del cosmos, y estos secretos tienen una relación directa con los desconocidos Antiguos, los dioses de la mitología antigua. La remoción del embargo de lo oculto, aliado a una explosión de nuevos descubrimientos e hipótesis científicos, hace posible acercarse a dicha materia de una manera completamente nueva.


El Quinto Reino

     La clasificación medieval de la Naturaleza en cuatro reinos universales —mineral, vegetal, animal y humano— ha sido dada por obsoleta por la ciencia moderna, que ha desarrollado inductivamente su propio sistema jerárquico de partículas sub-atómicas, átomos y moléculas en cuanto al reino mineral, y ha combinado al animal y al humano en una sola categoría. Sin embargo, el viejo sistema de cuatro reinos, basado en una visión deductiva intuitiva de la verdad y visto como un ejemplo de la Filosofía Perenne, está todavía firmemente establecido en la mayor parte de las escuelas esotéricas occidentales que han surgido desde los tiempos medievales: la teosofía, la antroposofía, el rosacrucismo, el moderno sufismo, varias canalizaciones de la Nueva Era, la escuela de Sri Aurobindo, y otras.

     Los defensores de la clasificación de los cuatro reinos ven la progresión allí como una sucesión natural desde los minerales inertes a la planta que está viva pero no aparentemente consciente, y luego al animal que tiene un limitado poder de razonamiento y que no es consciente de sí mismo, hasta el ser humano que él solo tiene conciencia de sí mismo y libre albedrío consciente; y a estas cuatro clasificaciones una quinta es a veces añadida y designada de maneras diversas, con nombres más bien oscuros e incluso engañosos. Los filósofos medievales incluían esta quinta categoría como la de las jerarquías angelicales, y la Antroposofía (Rudolf Steiner) lo hace igualmente con una claridad algo mayor, llamando a la quinta una categoría trans-humana. Los rosacruces se aferran al formato de cuatro reinos, refiriéndose vagamente a una quinta categoría como el "Espíritu Puro" de voluntad e imaginación. La teosofía llama al quinto reino una etapa post-humana de evolución espiritual; Teilhard de Chardin lo llama Omega, la divinizada etapa trans-humana; y el sabio hindú Sri Aurobindo lo llama la divinizada etapa supra-mental.

     El quinto reino tiene otros nombres; pero cualquiera sea su designación, en los círculos esotéricos la diferencia entre la etapa trans-humana y la inferior etapa humana sólo es vagamente delineada y raramente se le da el énfasis o claridad que requiere.

     Los antiguos egipcios hicieron el asunto mucho más claro. Ellos ilustraron la transición resurrectiva desde el cuarto al quinto reino con admirable precisión en los cielos de ciertos sepulcros muy antiguos [11]. En su descripción de los neters, o dioses, sometiéndose a la resurrección espiritual, ellos muestran una fila de figuras humanas con cabezas de animales que marchan a lo largo de una línea de base horizontal, con un óvalo rojo —el "huevo de la metamorfosis"— encima de cada cabeza, hasta que repentinamente la línea de base gira en 90 grados hacia la vertical, y una figura asciende a lo largo de ella. Logrando "un rápido cambio biológico hacia una forma de vida diferente", él se ha transformado en el regio quinto reino: armado con lo que parece ser el báculo de la autoridad espiritual y careciendo del óvalo sobre su cabeza, que ha sido absorbido en su propio ser, él se ha metamorfoseado en un rey [12]. Desde existir como un ser colectivo de un orden inferior, él ha llegado a ser una singularidad Real.

[11. Melchizedek, op. cit., p. 43].
[12. Ibid., p. 43].

     Los egipcios entendieron claramente el objetivo de la evolución humana como una transición o resurrección hacia un estado más alto, un reino natural superior. Antiguos petroglifos de hombres con cabezas de Sol encontrados en varias partes del mundo, pero sobre todo en Asia Central, cuentan la misma historia.

     En este artículo en dos partes me gustaría sugerir que, debido al secretismo esotérico que ha cubierto totalmente el asunto del quinto reino durante al menos los pasados 2.000 años, hemos dejado de entender su significado crucial. No hemos comprendido adecuadamente que un quinto reino perfecciona y completa al cuarto, que es nuestro verdadero objetivo evolutivo y nuestra llave para todas aquellas preguntas que nunca hemos sido capaces de contestar. La inclusión de un quinto reino en el orden natural convierte al cuarto reino que nosotros los humanos habitamos actualmente en un mero pasadizo de llegar-a-ser, un episodio de transición en el cual somos impulsados hacia un proceso de transformación desde el estado animal detrás de nosotros a aquel del verdaderamente humano adelante, como en efecto Gautama Buda lo reconoció. La vida, la vida humana, dijo él, es un cambio interminable y es el sufrimiento del cambio —y en efecto lo es si es vista como un viaje de desarrollo incesante de la conciencia en el reino verdaderamente humano, el quinto, en donde sólo se encuentra el reposo bien merecido.

     La idea de un potencial quinto reino, un estado de felicidad y reposo espiritual que podemos esperar disfrutar en algún tiempo en el futuro, no es nueva para nosotros. Pero lo que los antiguos templos de misterio a través de maestros esotéricos modernos como Guénon han sido renuentes a revelar, es que el quinto reino no es un futuro potencial sino una realidad actualmente existente, un estado humano supremamente iluminado más allá del nuestro propio, que, como los otros cuatro reinos de la Naturaleza, siempre se ha extendido hacia atrás hasta el pasado inconmensurable y hacia adelante lo hará hacia un futuro igualmente ilimitado, con su propio lugar arquetípico en el cosmos.

      En realidad, está esotéricamente reconocido que más allá del quinto reino también existen otros. Gordon habla del cuarto, quinto, sexto y hasta del séptimo reino de nuestra Naturaleza planetaria. "Todos estos reinos existen juntos (incluso si somos inconscientes de ese hecho), y todos ellos juntos comprenden la naturaleza evolucionaria del Hombre. De aquí que la especie humana sea sólo una expresión parcial del Hombre en general" [13]. Dada tal perspectiva, se abren muchas posibilidades que no eran previamente viables en nuestra filosofía.

[13. J.S. Gordon, op. cit., p. 85].

     Según este punto de vista, los Antiguos de la leyenda acadio-sumeria y los dioses de los babilónicos y los asirios fueron el florecimiento, en un nivel más alto, de un ciclo humano anterior hace muchos millones de años, siendo su privilegio dirigir la evolución del siguiente ciclo, que es el nuestro propio. Liberados, gracias a su avanzado desarrollo, de las condiciones restrictivas de la Humanidad del cuarto nivel de transición, el universo estaba abierto para ellos, pues el quinto reino del espacio-tiempo se dice que posee múltiples dimensiones incomprensibles e inaccesibles para los reinos inferiores. Estos así llamados dioses podían viajar entre las estrellas por medio de corrientes de energía supramundanas desconocidas para nosotros, encarnando en otros cuerpos estelares o en el planeta Tierra, según surgieran las necesidades, y retirándose cuando quisieran hacia dimensiones invisibles para los que estaban a su cargo en la Tierra.

     En el escenario mencionado, un orden superior de ser humano, conocido como dios, ángel, semidiós o inteligencia extraterrestre, está inextricablemente entretejido en nuestra propia historia. Pero no sólo nuestro pasado está implicado en esta nueva perspectiva: nuestro futuro está igualmente involucrado. A medida que subimos con rapidez creciente hacia estados más altos de conciencia y de allí a la proximidad con el quinto reino, encontramos a los Superiores en sus diversas apariencias inmateriales descendiendo para reunírsenos. Como una parte del gran orden humano, ellos son nuestro futuro así como nuestro pasado.

     Como el tiempo y el espacio son funciones de la conciencia, su valor cambia progresivamente cuando nosotros cambiamos. Encontraremos que la Humanidad está en casa en todas partes en el universo y que trasciende el tiempo lineal. No tiene comienzo ni final; es co-eterna con el cosmos.

     Estoy sugiriendo, entonces, que es el tiempo de reunir todas nuestras ideas modernas de alienígenas, extraterrestres, cosmonautas de Sirio y visitantes angelicales junto con su repertorio sobrenatural de vehículos espaciales, OVNIs, círculos de cosecha, esferas, etc., y clasificarlos a todos ellos como miembros de nuestra propia especie humana que, junto con su tecnología avanzada, han llegado hasta nosotros desde el quinto reino. En otras palabras, como con velocidad creciente nos acercamos en nuestra conciencia al umbral del mundo espiritual, es altamente probable que descubramos un quinto dominio no de dioses sino de nuestros propios semejantes ya establecidos en majestad y poder, libres ya, como los reyes-sacerdotes egipcios de antaño, para recorrer los caminos cósmicos a voluntad como Señores del Universo.

     ¿Cómo, entonces, se logra tal metamorfosis?. Las enseñanzas secretas de los sabios más antiguos de los que tenemos conocimiento afirman que toda vida, toda sabiduría y poder creativo son transmitidos al plano terrestre mediante una energía espiritual que fluye desde los planos superiores celestiales, y que es ascendiendo esta corriente sagrada, simbolizada como un Pilar o un Árbol del Mundo que conecta la tierra con el cielo, que la Humanidad llega a su perfección más sublime.

     Otro símbolo ocultista tradicional de esta energía divina corriente es el kabalístico Árbol de la Vida, definido astrológicamente. El famoso escritor británico Trevor Ravenscroft compara el Árbol de la Vida con "el árbol Yggdrasil de la mitología nórdica, el Fresno del mundo que vincula al cielo, la tierra y el infierno". La corona del árbol, dice él, "comprende las doce constelaciones del Zodiaco, las ramas en espiral simbolizan los planetas y las raíces del tronco se arraigan profundamente en los elementos de la tierra" [14]. El Árbol es así propuesto como una metáfora para la estructura arquetípica del cosmos, en el cual cada elemento es parte de un todo funcional viviente, uno en el cual la Humanidad, subiendo el Árbol y uniendo así el plano de la Tierra con el plano celestial, desempeña un papel evolutivo crucial.

[14. Trevor Ravenscroft & T. Wallace-Murphy, The Mark of the Beast, Vol. 3, Sphere Books, R.U., 1990, p. 67].

     El destino del Hombre, por lo tanto, es visto como el retorno final de su alma al reino de las estrellas. Esta idea de volver a casa a la Fuente que está encima, está implícita en todos los sistemas totémicos tribales encontrados en las sociedades chamánicas tempranas alrededor del mundo, pero fue más completamente comprendida en su forma religiosa cuando la idea de la realeza —del gobierno jerárquico desde arriba— se apoderó de las sociedades neolíticas al final de última Era Glacial.

     Los estudiosos de tradiciones antiguas alrededor del globo hablan de un anterior período de paz mundial cuando había sólo una cultura, una religión, una Deidad Suprema y un solo lenguaje en el planeta, y cuando todos los humanos eran iguales. Y en efecto la interpretación de Guénon de la prehistoria, como hemos visto, implica que fue mantenido un universal acuerdo igualitario cuando los hiperbóreos emigraron primeramente hacia el Sur, bifurcándose entre Asia Central por una parte y el continente atlántico del Sur por otra. Pero con el tiempo la ideología del Pilar de las dos culturas se desvió cada vez más de su raíz común y como consecuencia se desarrolló un conflicto a nivel planetario. Estos acontecimientos finalmente iban a ser mitologizados en la historia bíblica de la Torre de Babel.

     El relato de Blavatsky de las grandes migraciones atlantes establece un paralelo cercano con el del historiador del siglo XVIII Jacob Bryant, que concluyó que los troyanos eran antiguos atlantes quienes, expulsados de su patria sumergida en el Atlántico del Sur, se esparcieron hacia el Este y hacia el Norte en el vasto corredor euroasiático. Llevando con ellos su jerárquico culto al Sol con sus dinastías regias, su culto al toro bélico y su urbanismo defensivo y concéntrico, ellos fueron resistidos por la población autóctona. A partir de entonces, la realeza —el gobierno desde arriba— se convirtió en la causa de amargas guerras ideológicas, que en cierto modo todavía no han cesado de romper la paz de nuestro planeta.

     Alrededor del quinto milenio a.C. un gran cambio climático en Asia Central, donde la mayor concentración de vida humana establecida, tanto de hiperbóreos como de atlantes, se había congregado, forzó renovadas migraciones a otras partes del mundo. Fue en aquel período, dice Guénon, que las religiones solares de misterio y las sociedades secretas del Sol comenzaron a hacer proselitismo más ampliamente, y el culto del rey-dios sacrificado y resucitado se apoderó de las comunidades en cada tierra.

     En el limitado espacio a nuestra disposición no es posible hacer justicia a la complejidad de este asunto. Pero brevemente, se puede decir que, según las enseñanzas solares de la religión del Pilar, la autoridad Real y el poder de gobernar sabiamente yace en la capacidad del iniciado de la realeza de ascender por el axis mundi o Árbol del Mundo hacia el centro divino de la creación en el cenit del cielo. Allí, y sólo allí, él encontrará la deificación; allí él será capaz de tener acceso a los poderes divinos de los cuales emanan todos los impulsos de autoridad, creatividad y sabiduría; allí él llegará a ser divino. John Major Jenkins, un importante investigador de la cosmología antigua, dice:

     "El conocimiento sagrado es ganado o conseguido emprendiendo viajes visionarios por el Eje del Mundo hacia el centro cósmico. Un gobernante, habiendo así llegado a fusionarse con la fuente divina y el poder que emana de la vida y la sabiduría, aglutina a los seres y objetos de grados menores" [15].

[15. John Major Jenkins, Galactic Alignment, Bear & Co., Rochester, Vermont, 2002, p. 150].

     Tal monarca permanece como mucho más que una figura decorativa ejemplar o un símbolo administrativo en el núcleo de su reino; él ha llegado a ser, en virtud de su conquista del Árbol del Mundo, un indicador del camino hacia un nuevo orden de ser para toda su sociedad. Del mismo modo Jenkins cree que, en ciertos momentos críticos de la historia de la Tierra, esta odisea de la transformación ascendiendo el Pilar cósmico hacia el Centro divino en el cenit es posible para la raza en conjunto, que de esa manera avanza hacia su siguiente objetivo evolutivo: el reino celestial, el quinto.


Volviendo a visitar la Religión del Pilar

     ¿Dónde está en el planeta, entonces, el Pilar cósmico o Eje del Mundo que los hebreos llamaban la Escala de Jacob?. Aunque fuera natural suponer que es sinónimo del eje de rotación de la Tierra en sentido Norte-Sur, no es éste el caso. Según Guénon, ha habido varias localizaciones sucesivas del Eje del Mundo en la superficie del globo que lo distinguen del eje de rotación Norte-Sur o del eje magnético.

     La geografía sagrada, dice él, está basada en un modelo abierto del mundo. Nuestro actual modelo científico del mundo es cerrado: su sistema referente no está abierto a ninguna dimensión más alta que sí mismo, y esto hace su estudio mucho más fácil de abordar. Pero la realidad esotérica, expresada hace mucho en las enseñanzas del Pilar, consiste en que la Tierra incorpora un principio que la conecta en todo tiempo a un mundo espiritual mayor, de la misma manera en que el reflejo de un espejo está intrínsecamente relacionado con la realidad. En virtud de este hecho, la Tierra es hiperdimensional en su estructura —como en efecto el físico David Bohm ha propuesto en su teoría de un implícito orden universal que está detrás del explícito orden físico como su plantilla enérgica—, y esto modifica radicalmente todo lo que podemos decir acerca del planeta en el modo en que nosotros podemos medirlo y describirlo. Abriendo la tradición científica secreta, Guénon afirma que básicamente nada menos que un nuevo modelo del mundo es necesario si debemos comprender la verdadera naturaleza del Eje del Mundo.

     La religión del Pilar proyectó una cosmovisión muy diferente de la nuestra. El planeta era considerado como un organismo viviente con su propia jerarquía de inteligencias elementales trabajando en la multivariada organización y funcionamiento del todo, que llamamos hoy la obra de la Naturaleza. El Árbol del Mundo, conocido en India como el monte Meru, se creía que estaba en el centro mismo de este gran complejo dinámico, un canal de energía evolutiva, un camino planetario de transformación psico-espiritual del mismo orden que el séptuple camino vertebral de la conciencia en los seres humanos.

     En efecto, el nombre Meru está relacionado con la palabra sánscrita merudanda, que significa una columna vertebral, y de aquí que el Árbol del Mundo puede ser calificado en adelante como la columna vertebral del planeta, un sistema chákrico análogo al del sistema espinal humano, con siete o nueve nodos de creciente conciencia psico-espiritual que culmina en el Centro Cósmico en la cumbre. Estos nodos fueron clarividentemente percibidos como una sucesión de entradas al tronco del Árbol que conduce a planos superiores de la existencia, y por lo tanto la entrada final al Centro Cósmico fue llamada la Puerta del Norte.

     La tesis neoplatónica de Guénon contiene el concepto de un éter universal, rebautizado como "el fluído cuántico" por la ciencia moderna. La teoría de él declara que detrás del cuerpo físico de la Tierra está su plantilla espiritual, un tejido permanente pre-físico o etérico de fuerzas que delinean la estructura planetaria en su forma esencial. En este interno cuerpo de luz —o, como la cosmología védica lo llama, el cuerpo vajra— está localizado el Eje del Mundo, la fuente etérica y el regulador inteligente de todas las energías del planeta. Al comienzo de cada gran ciclo temporal —y con ello Guénon quiere decir por lo menos una ronda del Zodiaco, un Año Sideral de 25.920 años— los dos cuerpos están en una alineación prácticamente perfecta, pero a medida que el ciclo avanza, ocurre una separación y el cuerpo físico cae cada vez más de la alineación con su plantilla espiritual (un cambio que corresponde a la imagen de Blavatsky de una inclinación del eje de la Rueda del Zodíaco).

     Esta falta de alineamiento o inclinación del cuerpo planetario desde su plantilla interior tiene el efecto de crear todas las tensiones terrenales y las vicisitudes del tiempo y el cambio que conocemos tan bien y que es la condición previa necesaria para el crecimiento evolutivo. Los dos cuerpos, el arquetipo espiritual y su reflejo físico, no conseguirán otra vez alinearse hasta el final del ciclo temporal [16]. De esta circunstancia proviene todo el sufrimiento del devenir, todo el así llamado mal, de nuestra existencia terrenal.

[16. René Guénon, op. cit.].

     En una cosmología tan espiritual el universo en conjunto está en reposo. Conteniendo las plantillas esenciales inmutables de la forma —las Formas platónicas o Ideas—, está en un estado ideal de armonía y orden, y nunca es perturbado. Pero aunque el mundo espiritual del Ser puro sea invariable, el estado natural de su reflejo, holográficamente proyectado en un plano inferior, incluso en su menor desplazamiento llega a estar fuera de su centro y por lo tanto en un perpetuo movimiento compensador. Esta es la "caída" bíblica de la Humanidad, sin la cual no habría ningún proceso evolutivo. Con la separación del plano físico, el movimiento es creado y comienza el sufrimiento del cambio, ya que el proceso de la creciente diferenciación del cuerpo físico desde su fondo espiritual inflige al planeta y a todas sus formas de vida una perturbación local, la angustia del movimiento, del desequilibrio, del ajuste continuo a nuevas condiciones y nuevas demandas evolutivas, pero también la posibilidad de alcanzar un mayor estado del ser.

     Podemos resumir esta cosmología esotérica así: Al comienzo de los grandes ciclos precesionales, el eje Norte-Sur y el eje magnético están en una alineación prácticamente perfecta con el Eje del Mundo y con los demás. Los tres están entonces aparentemente unidos en el verdadero Norte, de modo que el centro espiritual supremo está en una localización literalmente polar; pero cuando los ciclos prosiguen su camino, los polos progresivamente se apartan de su alineación con el Eje del Mundo y se desarrollan los cambios terrestres. Hoy el Eje del Mundo se ha trasladado aparentemente hacia el Sur y está situado en Asia Media, donde ha estado durante muchos miles de años.

     En Galactic Alignment John Major Jenkins presenta un cuadro cosmológico similar. Él llama al Eje del Mundo el eje evolutivo, por inferencia un tercer eje terrestre actualmente desconocido para la ciencia. Clarividentemente visible, se piensa que esta gran corriente de energía inteligente psico-espiritual traspasa el planeta entre (aproximadamente) las latitudes 45 a 50 grados Norte, surgiendo al Norte de Cachemira, posiblemente en las montañas Pamir [17]. Es en aquellas cercanías, al pie del Árbol del Mundo, que los pueblos de Asia Central han localizado tradicionalmente el reino oculto de los Antiguos conocido como Shambhala, un centro iniciático accesible tanto en un plano físico, como en uno etérico y en uno astral.

[17. Victoria LePage, Shambhala, Quest Books, Illinois, 1996, p. 180].

     La investigación germinal de Jenkins, basada como lo está en la cosmología de antiguas tradiciones de misterio alrededor del mundo, lleva a la conclusión de que una gran parte de la aparente diversidad de formas en el universo es lograda por una sola plantilla estructural (como el axis mundi), siendo dada una forma manifiesta en una multiplicidad enorme de contextos o puntos de vista diferentes, presentando algo como el efecto ilusorio de una sala de espejos. Así la Puerta del Norte, sostiene él, puede ser vista como análoga en un nivel cósmico a la glándula pineal en el sistema humano, que es el centro más interior y creativo en el hombre y "el punto desde el cual se dan los regalos espirituales" [18]. Jenkins ve el Centro Cósmico a la cabeza del Eje del Mundo como cumpliendo la misma función en un contexto planetario.

[18. Jenkins, op. cit., p. 140, citando a Valentinia Straiton, The Celestial Ship of the North, 1927].

     Sin embargo, mientras René Guénon ha postulado un importante cambio desde polar a solar del Centro Cósmico en la adoración del hombre en algún tiempo remoto en la Antigüedad, Jenkins ha argumentado que este cambio sería mejor entendido como uno desde polar a galáctico. Hace miles de años, afirma él, los astrónomos-sacerdotes comprendieron que aproximadamente cada 6.450 años la Puerta del Norte estaba alineada con el centro galáctico, y que tales tiempos ofrecían una oportunidad evolutiva inestimable para la raza entera. Gordon también observa que la Tierra está sujeta a temporadas celestes de aproximadamente 6.480 años, "que tienen un efecto dramático tanto sobre el clima... y también sobre las muchas y variadas culturas y civilizaciones que existen entonces" [19]. Es un hecho astronómico, dice Jenkins,

     "que las alineaciones de los solsticios y equinoccios con el plano de nuestra galaxia de la Vía Láctea ocurren periódicamente durante el ciclo de precesión de 26.000 años. Tales alineaciones, en efecto, ocurren cada 6.450 años. Joseph Campbell señaló que el conocimiento del ciclo precesional está implícito por la importancia dada al número 25.920 en las doctrinas hindúes, nórdicas y babilónicas" [20].

[19. J. S. Gordon, op. cit., p. 130].
[20. Ibid., p. 42].

     Jenkins compara la evolución espiritual de la Humanidad con esta alineación periódica de la Tierra con el plano galáctico y con el Centro Galáctico. La idea de que esto estimula la conciencia en este planeta es, dice él, "un concepto intrigante y profundo" que encuentra ecos en las cosmologías maya, védica y egipcia.

      Jenkins considera al Árbol como un sistema chákrico planetario análogo al de los tantras individuales en la práctica del yoga kundalini. Del mismo modo en que la conciencia yóguica asciende por el sistema espinal, activando así una secuencia jerárquicamente ordenada de siete chakras o vórtices de energía psico-espiritual que cambian de maneras sutiles el espectro entero de la conciencia, así la ascensión del alma racial por el Árbol del Mundo en ciertos intervalos precesionales de unos 6.450 (ó 6.480) años corresponde a la apertura de una sucesión de entradas celestiales.

     En cada entrada abierta, la inundación de energías creativas divinas precipita ciertas modificaciones psicológicas y culturales en la sociedad; la tipología del cuerpo humano cambia; aparecen nuevas deidades y nuevas costumbres; la tecnología material avanza o cambia su base, y una nueva civilización es llevada adelante fundada en verdades recientemente imperativas. Es un momento de importancia evolutiva suprema, una iniciación colectiva quizás mejor comunicada por las enseñanzas de la religión de misterios de Mitra.

     Este importante culto greco-romano prosperó hasta el siglo IV d.C., cuando fue extinguido por el cristianismo. Siete esferas planetarias eran abiertas para el buscador por medio de los siete grados de la iniciación mitraica, permitiéndole por último subir hasta el más alto, el Padre (Saturno). Sin embargo, más allá del séptimo nivel era una enseñanza secreta la revelación de un octavo y noveno nivel o "casa" donde el Sol Hipercósmico estaba localizado. Esta luminaria hipercósmica, esta "Estrella de estrellas", como el filósofo del primer siglo d.C. Filón Judío de Alejandría la llamó, fue identificada con el Centro Galáctico, al cual se obtenía acceso sólo mediante la octava y la novena "entrada" celeste encima de la de Saturno [21]. Este secreto medio de escape de la gravedad de la Tierra hacia la libertad del universo ha sido estrechamente guardado por la tradición oculta, y todavía no es totalmente descubierto a nuestro entendimiento.

[21. Jenkins, p. 107].

     La doctrina del Sol Hipercósmico, según Jenkins, es "fundamentalmente acerca del paso del alma a través de las entradas galácticas que se abren durante las Eras de alineación galáctica", cuando la luz divina del Centro de la Vía Láctea se derrama por las válvulas abiertas del Eje del Mundo e irradia la Tierra y a todos sus habitantes durante un cierto intervalo de tiempo. Es en aquel intervalo crítico que las grandes mutaciones evolutivas tienen lugar, las civilizaciones caen y se reinstauran en formas radicalmente nuevas, y existe el potencial para que el quinto reino sea hecho realidad por al menos algunos miembros de la Humanidad del cuarto reino.

     Jenkins es sólo uno de los innumerables observadores que creen que un tiempo histórico tal ha llegado otra vez. En efecto, ya millones de personas miran y esperan la fecha maya del "fin del mundo" de 2012, creyéndola ser el principio de una nueva Era Mundial... una siguiente etapa en el viaje hacia el quinto reino.


Comprendiendo el Ideal Euroasiático

     En Febrero de 1962 los expertos astrológicos anunciaron una importante conjunción planetaria que ocurre sólo una vez en cada 6.500 (ó 6.480) años, habiendo ocurrido la anterior en 4.500 a.C., y la otra anterior en 11.000 a.C., ocasiones todas que fueron proféticas de grandes cambios en la Tierra [22]. Recuerdo bien el reporte en los medios de comunicación, porque inmediatamente un clamor de angustia y presentimiento se escuchó por toda la India, porque era sabido por la mayoría de los astrólogos hindúes que este raro acontecimiento estelar, que ocurre sólo cuatro veces en el ciclo precesional de 26.000 años, en efecto presagia realmente grandes inundaciones y cambios climáticos catastróficos.

[22. Sky and Telescope Magazine, Diciembre de 1961, p. 320. El 5 de Febrero de 1962, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno estuvieron todos dentro de 13° del Sol eclipsado].

     En respuesta, el naciente movimiento de la Nueva Era predijo el retorno de la raza Antigua, la posibilidad de un cambio de los polos, y el nacimiento de una nueva raza de clarividentes. Para los esoteristas generalmente la conjunción significó una nueva Era Mundial y una iniciación psico-espiritual inminente de la Humanidad colectiva, con todo el tumulto social e ideológico que tal acontecimiento implicaba. Y confirmando por completo la posterior teoría de John Major Jenkins, la conjunción fue vista por algunos astrónomos como el primer signo de una revolución próxima en los asuntos mundiales geopolíticos, con el ascenso de Asia y la declinación de la hegemonía de las potencias occidentales.

     En ese entonces, todas estas predicciones fueron consideradas como asombrosas y bastante inverosímiles. Pero casi cincuenta años después, los acontecimientos presagiados en 1962 están cristalizando ahora como la realidad post-milenio. Amenazadoramente, los casquetes polares y los glaciares se están derritiendo, los mares aumentan, los recursos de la Tierra decrecen; el orden mundial anglo-estadounidense, construído sobre corporaciones económicas depredadoras, se está deshaciendo, y el poder asiático inexorablemente está en aumento. Una transformación en la conciencia humana está en marcha, y hay una evidencia creciente de que enormes cambios naturales, socio-políticos y de conciencia que estamos viendo son irreversibles ahora, para bien o para mal.

     Quizás el signo más importante de los tiempos debe ser encontrado en la visión creciente de una Eurasia unificada entre las principales naciones asiáticas, como China, Mongolia, India, Irán, así como Kazajstán y muchos otros de los Estados musulmanes de Asia Central. Incluída en este bloque oriental en expansión está Rusia, la cual, desde el colapso del régimen soviético, está alejándose cada vez más de Europa Occidental en dirección a Asia en la búsqueda de su identidad, y redescubriendo así sus raíces eslavas y sus profundas conexiones turco-mongolas. A través de las estepas, donde durante innumerables siglos en un crisol muchos pueblos, religiones e Imperios de todas partes han comerciado y luchado y se han hundido bajo desiertos de arena, un espíritu de renacimiento y de reforma ecuménica se está afianzando. Una fuerza compensatoria que puede ser identificada con el invisible centro espiritual en el núcleo de la Asia Alta se agita a través de toda la región. Musulmanes, budistas, zoroastrianos, cristianos, taoístas y chamanes están encontrando puntos en común en una visión unitiva del futuro. Afirmando ser una respuesta a la militarista colonización anglo-estadounidense que ha dominado durante tanto tiempo, este nuevo clima regional es un buen augurio para el nuevo equilibrio de las fuerzas espirituales, culturales y económicas del globo.


     La decisión de convertir el tenue concepto euroasiático en una realidad geopolítica conformada por numerosas naciones independientes pero fuertemente asociadas y comprometidas con la armonía mundial, debe ser considerada como una fuerza para la renovación y para la sanación de la ruptura atlante/hiperbórea que hace mucho tiempo rompió la unidad primordial de la vida del planeta. Esto procura en cambio retomar el antiguo acuerdo ártico y proponer nuevos términos para un futuro viable para la especie humana.

     Lo que es realmente notable es que estamos presenciando todo este acontecimiento en Asia Central en un momento de gran significado astrológico, cuando las estrellas otra vez presagian un peligro extremo y una ocasión extrema para la vida de la Tierra. ¿Estamos viendo entonces una vez más una misteriosa intervención desde el Este, una influencia salvífica que está surgiendo en el centro de Asia que intenta sembrar las semillas de un nuevo orden global y un nuevo tipo de civilización ante el cambio geofísico apocalíptico?. ¿Puede la raza Antigua estar viniendo en ayuda nuestra una vez más?.−




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