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martes, 26 de noviembre de 2013

Henry Ford - Planes e Influencia del Judío Internacional



     Entre 1920 y 1922 el famoso industrial estadounidense Henry Ford (1863-1947) publicó en cuatro volúmenes un libro universalmente estimado y conocido como "El Judío Internacional" (The International Jew), muchos de cuyos capítulos fueron artículos publicados en su periódico semanal The Dearborn Independent, de Dearborn, Michigan. Su importancia e influencia superan toda mención, y las personas instruídas bien lo saben. Enrique Montaldo hizo una traducción castellana de 45 capítulos (en dos partes) de los 80 originales en inglés. Sabemos que dicha obra al menos se publicó en Buenos Aires en los años '40, que es la edición que conocemos. De dicha edición, para los lectores que no conozcan el libro del señor Ford, y para quienes que conociéndolo no han meditado a fondo todo lo que señala, presentamos esta vez dos capítulos (conectando con la publicación anterior de este blog) que a nuestro juicio son muy decidores y, de manera increíble, completamente vigentes después de 90 años). Es el capítulo 13 del volumen 1 y el capítulo 65 del volumen 4 (cap. 13 de la 1ª Parte y 24 de la 2ª Parte en castellano).





XIII
PLAN JUDÍO PARA SOCAVAR MEDIANTE "IDEAS" LA SOCIEDAD HUMANA


     Podría el lector, profundizando los anteriores capítulos, haberse formado una idea exacta de los métodos que emplean los Protocolos para aniquilar a la sociedad humana. Precisamente dichos métodos deben conocerse con exactitud, si se desea comprender el significado de las corrientes y contracorrientes que enmarañan en forma tan inicua los asuntos contemporáneos. Todos aquellos que se sientan abrumados y atolondrados por estas numerosas razones y teorías contradictorias, hallarán la llave para apreciar aquellas razones y el verdadero valor de las teorías al comprender que, justamente, el embrollo y el aturdimiento fueron los efectos que se buscaban. La incertidumbre, irresolución, desesperanza y el temor, el ansia con que se acoge toda nueva promesa y toda solución ofrecida: todas estas situaciones de ánimo deben producirse, dicen los Protocolos. El estado general del mundo comprueba la eficacia de tan calculado programa.

     Tal método requiere tiempo, y, efectivamente, los Protocolos dicen que para conseguirlo se ha precisado mucho tiempo, siglos. El que llegue a las profundidades del problema descubriría ya en el siglo primero de nuestra era indicios de este programa de los protocolos judíos. Mil novecientos y más años han sido necesarios para conseguir el estado actual de esclavitud de Europa, que en ciertos países se presenta en forma suave, en otros violenta y en todos bajo un aspecto económico, en tanto que en Norteamérica el mismo programa requirió, para iguales efectos, sólo cincuenta años. Mal comprendidas ideas de liberalismo, confusas ideas de tolerancia, salidas todas ellas de fuentes europeas enturbiadas, mediante estos Protocolos se transplantaron a América, y aquí tuvo lugar ―bajo el manto de un liberalismo ciego, falso, inocente, y de una tolerancia igualmente irracional, en unión con los modernísimos medios de una formación ad hoc de la opinión pública― un esclavitud tal de nuestras instituciones todas y de nuestra vida pública, que los observadores europeos están estupefactos. Ciertos investigadores europeos de la cuestión judía, a los que los hebreos suelen estigmatizar con el epíteto de "antisemitas", dedujeron sus conclusiones no de las observaciones hechas en Europa, sino del rápido y bien visible desarrollo de los asuntos norteamericanos.

     Están en Norteamérica el centro de energías judío y los cabezas principales de su programa mundial. La gran palanca, cuyo poder actuó sobre la conferencia de paz de Versalles, para mejor reforzar el predominio judío sobre Europa, fue la potencialidad de Estados Unidos, únicamente utilizada para apoyar la ya existente presión hebrea en Europa. Mas esta combinación de fuerzas no concluye con la conferencia de Versalles.

     El método íntegro de los Protocolos puede resumirse en esta sola palabra: "descomposición". Destrucción de todo lo hecho, creación de un interregno prolongado y desesperado, durante el cual suprímese todo intento de renovación; un cansancio paulatino de la opinión y de las esperanzas colectivas hasta que aquellos que se mantuvieron fuera del caos tiendan la mano para tomar el poder: ¡ahí está el método!.

     Cuando se compara el juicio emitido en los Protocolos judíos sobre la naturaleza humana con la afirmación hebrea de un cumplimiento ya adelantado del programa mundial, se destacan ciertos puntos de esta propaganda destructiva, mas no todos. Algunos detalles de estos métodos serán tratados en el presente capitulo y en otros, otras intenciones de mayor alcance.

     El primer ataque hebreo va dirigido contra las opiniones colectivas, es decir, contra grupos de ideales, que a base de su innata coincidencia reúnen masas de seres humanos en una unidad política, religiosa, social o de raza. Estas, a veces, se llaman "principios", y también "ideales". Pero sea cual fuere su nombre, son invisibles lazos de unidad, son la fe común y la energía unificadora en comunidad, basadas en la concordia y la lealtad.

     Afirman los Protocolos que contra estas fuerzas espirituales se dirigió el primer ataque, y a ello responde la propaganda hebrea en el mundo entero, tratando de alterar las opiniones colectivas. "Alterar", propiamente dicho, nada significa en si de detestable ni de deshonroso. Consiste la gran influencia de toda herejía, de toda protesta contra las ideas caducas, en el atractivo que ejercen siempre las ideas nuevas en el pensamiento y en la voluntad. La explicación de la razón por la cual arraigan en nuestra época estas ideas fundamentalmente falsas, radica en el hecho de que las verdades ficticias suelen presentarse apodícticas, rectilíneas, entusiasmando a las gentes, y pareciendo buenas y veraces. Al actuar estos falsos ideales durante largo tiempo, se va descubriendo paulatinamente su falsedad en forma de hechos y circunstancias destructoras y desmoralizadoras. Aquel que estudie el desarrollo de la idea de libertad, tal como manifestóse en la historia de Rusia, desde su punto filosófico de origen (creado también por un judío) hasta su final actual (también por un judío), podrá darse cuenta cabal de este proceso.

     Aseveran los Protocolos que les es imposible a los no-judíos descubrir sus intenciones, pues las ideas seductoras se lanzaron tan consciente y persistentemente entre ellos, que se destruyó su facultad intelectual casi por completo. Por suerte cada no-judío está perfectamente en condiciones de comprobar en sí mismo la certeza de tal aserto. Cuando reflexione seriamente sobre las ideas que predominan en él y en especial sobre las que giran en torno del centro de gravitación denominado "democracia", advertirá que su intelecto se halla dominado por innumerables ideologías, de cuyo origen o de cuyo valor intrínseco nunca se dio cuenta exacta. Cuando siga reflexionando sobre estas ideas y halle que son irrealizables, probablemente dirá que "todavía estamos un tanto atrasados en nuestro desarrollo o evolución de progreso". Mas si observa la forma y manera cómo otros más adelantados realizan prácticamente esas ideas, se asustará en extremo. Lo que se llama allí "progreso", resulta en realidad un retroceso, o sea una forma determinada de la descomposición. Y, no obstante todo esto, cada idea en sí misma era "buena, racional, excelente y humanitaria". Avanzando un poco más, advertirá el no-judío que estas ideas suelen divulgarse por el mundo con más persistencia que ninguna otra. Y, finalmente, comprenderá también quiénes son siempre los profetas de tales ideas.

     Tal como lo confiesan explícitamente los Protocolos, se conquistó la primera victoria sobre el sentido común público, por medio del efecto destructor de las ideas que se agrupan en torno del concepto "democracia". De donde resulta que la idea es el arma esgrimida. Y para que sirva de arma debe necesariamente oponerse diametralmente la idea a la dirección de la vida humana, e imprescindiblemente deberá contener una teoría irreconciliable con los hechos de la vida práctica. Por otra parte, idea alguna de índole antinatural puede tener esperanzas de arraigar o tener influencia en las masas, salvo que se presente al intelecto humano como "racional, excelente e inspirada". La verdad, en cambio, muchas veces aparece al primer golpe de vista como irracional, opresora y mala. Pero jamás deja de tener esta eterna ventaja: la de ser la verdad, y todo cuanto sobre ella se edifique, nunca podrá sucumbir envuelto en confusiones.

     Este primer paso, aun cuando no otorga todavía el poder sobre la opinión publica, conduce, empero, hacia ello. Es necesario fijarse en que la inoculación del veneno del "liberalismo", según los Protocolos, aparece en lugar preferente, y únicamente después vienen las palabras: "para alcanzar el dominio sobre la opinión publica, hay que perturbarla, en primer termino". La verdad es siempre una e inmutable, por lo cual no podrá perturbarse jamás. Mas el liberalismo falso y gritón que se sembró, y que bajo el cultivo hebreo madura en Norteamérica con mayor rapidez que lo hiciera en Europa, se deja fácilmente embrollar, provocando confusiones por doquier, precisamente por no ser la verdad. Constituye un error, y éste se presenta en mil formas distintas. Tómese un pueblo, un partido, un municipio, una organización cualquiera, arrojando allí el "veneno del liberalismo", y se lo podrá disgregar en tantas partículas como miembros tiene, produciendo, tan sólo, pequeñas desviaciones de la idea original. Teodoro Herzl, el judío puro, un hombre de horizonte político mucho más amplio que el de todos los estadistas juntos, y cuyo programa coincidía cabalmente con el de estos Protocolos, ya sabia esto de muchos años, al declarar que el Estado Sionista o Estado Judío sobrevendría antes de que pudiera hacerlo el Estado Socialista, porque supo los millares de subdivisiones que debía producir el "liberalismo", implantado por el y sus antecesores.

     El metódico desarrollo del que fueron víctimas todos los pueblos no-judíos, pero jamás los judíos (¡jamás los judíos!), es el siguiente: en primer termino se inventa un "vasto, grandioso" ideal. El vocablo "magnanimidad" aparece invariablemente en cada protesta hebrea contra cualquier referencia publica del nombre judío y de su plan mundial, diciendo siempre: "lo habíamos considerado a usted magnánimo como para no sospechar tal cosa de los judíos", o "a fulano de tal lo suponemos lo bastante magnánimo para no proferir tales absurdos", o "creímos siempre que tal o cual diario o revista obraría con suficiente magnanimidad para no admitir tal literatura". Constituye esta norma una especie de clave para el estado intelectual que deberían tener los no-judíos, estado de tolerancia imbécil, pleno de fraseología sin sentido en torno de la "libertad", que acciona como un espasmódico sobre la mente y el sentimiento, y deja pasar bajo su amplio manto toda índole de pensamientos y hechos inconfesables. La hoquedad en la frase, la charla demagógica, es una de las más terribles armas del judaísmo (véase lo que se dijo en el 5º Protocolo: "en todas las edades confundieron siempre los hombres, las palabras por los hechos"), y con singular franqueza declaran los Protocolos que estas frases no tienen en realidad valor intrínseco.

     Nada contribuyó tanto a producir esta "magnanimidad", o sea en suma un estado de ánimo cuya superficialidad deja notar francamente su carencia de fondo, como la idea del "liberalismo" siempre predicada por los judíos a los no-judíos, pero por la que ellos no se guían jamás. Necesitamos, por fuerza, una nueva forma de entregarnos a las realidades de la vida, a los hechos tales como son, y que nos coloque en condiciones de resistir esas frases de "magnanimidad", mostrando en cambio una sana y verídica intolerancia contra todo, menos contra la verdad. Son mentiras los conceptos de "magnánimo" o "egoísta", respectivamente, en el sentido corriente actual. El individuo liberal debería poseer más creencias, una fe más profunda y más amplia para merecer este titulo. Pero, por lo general, no cree en nada: en realidad no es liberal, y por lo consiguiente libre en su modo de sentir. Al buscarse la fe, se lo debe hacer entre personas buenas, y éstas generalmente son las difamadas por el hebreo como egoístas de criterio. La propaganda judía, en consonancia con los Protocolos de Sión, ataca a las personas que fundaron su fe y la estructura de su vida sobre un fundamento firme; ha menester de personas "magnánimas", cuya existencia se deslice fácilmente por la superficie y de esta forma se pongan fácilmente al servicio de su oculto plan. Esta categoría de personas interpreta naturalmente su "magnanimidad" como señal de superioridad intelectual e independencia de espíritu.

     Veamos las consecuencias que nacen de esto. El hombre, de acuerdo con su constitución moral, no puede en modo alguno prescindir de tener alguna creencia. Puede ocurrir que durante cierto tiempo crea hasta en su propia "magnanimidad", y bajo la presión social que se ejerza a favor de esta disposición mental (o mejor dicho, carencia de dirección intelectual), entregarse voluntariamente a ella por un espacio de tiempo relativamente breve. Pero, al fin y al cabo, dicha mentalidad resulta harto superficial para poder satisfacer una tendencia de vida profunda y seria. Por tal razón el hombre debe tener fe, por fuerza, en algo. Como prueba de lo dicho, adviértase la innegable fuerza atractiva de las creencias negativas, a las que se acogen tan tenazmente precisamente aquellas personas que suponen no creer en nada. Pocas personas infinitamente libres e independientes penetran en aquellos vedados, que de algún modo rozan con el judaísmo, y son éstas las que son conceptuadas de inmediato como egoístas. Otras consideran más cómodo cultivar aquellos terrenos cruzados de caminos llanos y que no presentan contradicciones en la filosofía de la vida, ni tampoco el temor de verse considerados como "intolerantes". En una palabra: concentran sus energías todas en la vida exterior, tal como se expresa en un Protocolo: "para despistar las ideas y la atención de los infieles, es preciso encaminar su interés hacia la industria y el comercio".

     Asombra observar por doquier una multitud realmente seducida por dedicar su vida toda sólo a estas cosas de segundo y tercer orden, en tanto que miran, tímidos y recelosos, las cuestiones fundamentales de la vida, que en realidad predominan en la Humanidad, y de cuya solución también depende su propio destino. Justamente esta desviación de las cosas hacia lo materialista es la que, tanto a los Protocolos sionistas como a los portavoces hebreos, ofrece siempre el mejor punto de ataque. "Magnanimidad" en el sentido corriente no significa otra cosa que despreciar abiertamente las verdaderas cuestiones vitales, descendiendo con rapidez suma a un modo de sentir puramente materialista. En esos bajos círculos del concepto de la vida es donde impera la discordia que predomina tan fatalmente en el mundo.

     Ocurre en primer termino la ruina de las clases superiores en industria y comercio, de acuerdo con el Protocolo que dice: "Para destruír en forma definitiva y mediante la "libertad" a la sociedad de los infieles, es preciso colocar la industria sobre una base especulativa". Consideramos inútil explicar lo que esto significa. Es sencillamente una degradación de toda empresa honrada hasta trocarla en un medio inicuo para hacer dinero, y en una maniobra para encaminar toda utilidad, honrosa o no, hacia el bolsillo de los especuladores. Vale decir que el elevado arte de dirigir una empresa mercantil se prostituye, degenerando en rapiña y teniendo por consecuencia una desmoralización en los patronos y una peligrosa inquietud entre los obreros. Pero significa aún más: la descomposición de la sociedad no-judía, y no sólo una divergencia entre el capital y el trabajo, sino también una disgregación de los no-judíos en todos los campos de la producción. Empresarios y fabricantes no-judíos no son en Norteamérica los "capitalistas" propiamente dichos, sino que la mayoría de entre ellos deben tomar en préstamo el dinero con que trabajan, siendo así que el único capitalista verdadero es el judío; mejor dicho, el judío internacional.

     Con el capital hebreo amordazando a los industriales por uno de los extremos del proceso fabril no-judío, y con los agitadores, demagogos y revolucionarios semitas en el otro extremo, agitando la fusta o la antorcha ante el obrero, nos encontramos en una situación que a los inventores internacionales del plan destructor contenido en los Protocolos sionistas ha de llenarles, sin duda, de satisfacción.

     "Deberíamos temer las fuerzas reunidas de la inteligencia de los infieles con las energías de las masas obreras, mas hemos adoptado contra este posible peligro todas las precauciones necesarias, levantando entre estas dos fuentes de energía una barrera de mutua enemistad. Resulta que la fuerza ciega de las masas sigue siendo nuestro punto de apoyo. Nosotros y solamente nosotros seremos sus capitanes. Claro es que utilizaremos aquellas energías para efectivizar nuestros planes" (Protocolo 9º).

     La prueba de que los hebreos están en realidad sumamente satisfechos, radica en el hecho innegable de que no sólo no hacen nada absolutamente para mejorar la actual situación, sino que, por lo visto, hasta se esfuerzan para empeorarla. Conocen a fondo el método de provocar una escasez artificial de productos, y por lo tanto un alza de precios, que tanto durante la Revolución francesa como ahora en Rusia, y también en Alemania durante la guerra, se empleo sistemáticamente. En nuestro país se van advirtiendo también estos indicios.

     Artificiosos problemas sociales como alimento espiritual, y frívolas diversiones en los momentos de ocio: tales son los métodos hebreos con respecto a los infieles, y bajo esta consigna ha de completarse la obra caracterizada por el lema que dice: "dividir para reinar". "A fin de desviar las inteligencias demasiado despiertas de la cosa pública y de los asuntos políticos, nosotros inventaremos nuevos problemas que al parecer se liguen con aquéllos, o sea, problemas sociales" (Protocolo 13).

     ¿No será inevitable que se vaya formando así un abismo entre la forma de discurrir de las masas, que se ocupan exclusivamente de problemas económicos, y la de los partidos, que tratan de ocuparse sólo de cuestiones políticas?. ¿Y no es cierto que los judíos ocupan en ambos conceptos posiciones destacadas, o sea: en la política para que siga reaccionaria, y entre los obreros, para mantenerlos en un estado radical, ahondando cada vez más este abismo?. ¿Y no es cierto también que existe esta divergencia exclusivamente entre los no-judíos?. La verdad es que entre los judíos no existe, y ello porque la sociedad carcomida es la no-judía, en tanto que los elementos destructores son judíos.

     Véase también este texto: "Nosotros introdujimos en las Constituciones derechos populares equívocos, que no pueden realizarse. Estos llamados "derechos del pueblo" existen únicamente en teoría, pero jamás se dejan traducir a la práctica... No aprovechan mucho mas los proletarios de estas Constituciones, que el mendigo de las migajas que caen de nuestras mesas, y esto es como pago por haber dado su voto a nuestros agentes, coadyuvando a la realización de nuestros proyectos. Para el pobre los derechos republicanos son un escarnio amargo, puesto que el yugo de su tarea diaria le impide hacer uso de ellos. Al propio tiempo se le arrebata la esperanza de una ganancia segura y duradera por el hecho de que siempre esta pendiente de huelgas o lock-outs, que se organizan, o por los patronos o por sus mismos camaradas de trabajo" (Protocolo 3). La referencia a las huelgas pierde todo cuanto pudiera tener de enigmático para aquel que en nuestro país haya estudiado las distintas formas de huelgas. "Nosotros lograremos por la fuerza aumentos de jornales, mas sin que aporten beneficio alguno para el obrero, puesto que al mismo tiempo provocaremos un alza de precios para todos los productos esenciales a la vida so pretexto de que esto es una lógica consecuencia de la agricultura y la ganadería. Socavaremos también profunda y artificiosamente las fuentes de la producción de mercaderías por medio de seducir al obrero hacia el ideal anarquista" (Protocolo 6). Y, finalmente: "Nos presentaremos como libertadores de las clases obreras, llegados sólo para librarlos del yugo que las oprime, y trataremos que ingresen en nuestro ejercito de socialistas, anarquistas y comunistas, al cual, también bajo pretexto de la idea de una confraternización internacional, prestaremos nuestra ayuda" (Protocolo 3º). Como se ve, aparece nuevamente la "magnanimidad". Recuérdese también, en esta combinación de ideas, aquellas palabras de sir Eustace Percy, que muchos judíos hacen suyas: "No porque se preocupe el judío del lado positivo de los principios radicales, no porque quiera participar en un nacionalismo o democracia no-judíos, sino porque ningún gobierno no-judío le inspira otro sentimiento que odio".

     El autor de El Judío Conquistador, expresa: "El judío es demócrata en sus sentimientos, mas no según su naturaleza. Al proclamar la confraternidad universal, sólo desea conseguir con ello que se le abran las puertas sociales, ante él cerradas aún en muchos terrenos. No porque ansíe una igualdad sino por querer predominar en el mundo social, tal como lo hace ya en otras esferas. Es indudable que muchos judíos honestos niegan esta diferencia; pero sólo lo harán porque personalmente vivieron tanto tiempo dentro de la atmósfera occidental, que perdieron el instinto de lo que se prepara en el fondo de sus hermanos de raza orientales".

     Por lo tanto, no es muy difícil comprender el desarrollo de las ideas hebreas del liberalismo, desde su origen hasta sus últimas manifestaciones en la existencia de los pueblos no-judíos. El desorden anhelado es evidente. El desorden es lo que caracteriza hoy en día a todas las manifestaciones de la vida de los no-judíos. No saben ya a qué atenerse, ni en qué creer. Se les presenta primero una serie de hechos y luego otra, primero una explicación, una segunda después. Circulan innumerables explicaciones que nada explican sino que únicamente enredan y enturbian las cuestiones. Los gobiernos parecen encadenados, y cuando intentan aclarar los asuntos, se ven inmediatamente atenazados por ocultas resistencias. Esta situación de los gobiernos ha sido también prevista en los Protocolos.

     Se unen a todo esto los ataques contra la natural sed humana de religión. También tendrá que caer esta última barrera antes de que la violencia y el latrocinio puedan desplegarse libre y descaradamente. Dice el cuarto Protocolo, para ir preparando esta situación deseada: "Por esta razón nosotros deberemos socavar la fe de los infieles, eliminando de su corazón hasta las fundamentales ideas de Dios y del alma, que reemplazaremos con cálculos matemáticos y pensamientos materialistas. Cuando nosotros privábamos a las masas de su fe en Dios, la autoridad quedó enlodada, y al quedar transformada en propiedad pública, fuimos nosotros los que nos apoderamos de ella" (Protocolos 5º).

     "Hace mucho tiempo ya que nosotros desacreditamos al clero de los infieles" (Protocolo 17).

     "Cuando seamos los amos, declararemos falsa toda religión que no sea la nuestra, que proclama a un Dios, con el que va unido el destino de nuestro pueblo por ser su predilecto, y por el cual queda enlazado nuestro destino con el del mundo. Por tal razón deberemos aniquilar a las demás religiones. Si por dicha acción apareciera en forma pasajera el ateísmo, esto no perturbaría a la larga, nuestros objetivos" (Protocolos 14). ¿Será esto suficiente motivo de seria reflexión para los "magnánimos"?.

     Notable es la consecuencia de que este programa religioso realizóse prácticamente en Rusia, donde Trotsky (tal como lo publicara clamorosamente la prensa judaizada yanqui) pasa por a-religioso, y donde comisarios hebreos, respondiendo a rusos moribundos que suplican asistencia espiritual, dicen: "Al Todopoderoso lo destronamos". Miss Catalina Dokoochiew declaro en el Comité de Socorro para los judíos orientales, que las iglesias cristianas fueron horrorosamente profanadas por los bolcheviques, pero que "las sinagogas permanecieron intactas y no se les causa daño alguno".

     Todas estas formas de ataque, cuyo fin tiende a la destrucción de los centros naturales de la existencia intelectual de los no-judíos, y a su reemplazo por otros centros de índole malsana y destructora, son eficazmente secundadas con la propaganda del lujo, una de las más enervantes influencias que existen. Empieza por la comodidad y, pasando por la relajación y el afeminamiento, lleva a la degeneración física, intelectual y moral. Siendo en un comienzo seductor, termina en pasiones debilitantes que provocan la ruina total de las energías sanas y fuertes de la vida. Constituiría un tema especial el estudio y fuertes de la vida. Constituiría un tema especial el estudio de las mutuas relaciones entre el lujo y la desmoralización, y el resultado seria que la causa fundamental de ambas apariencias converge en una y misma fuerza.

     Si constituye el desorden el fin inmediato logrado por todas estas influencias esbozadas, se considera éste, empero, sólo como preparativo para un estado de cosas todavía mucho más triste y desesperado; es éste la extenuación total. Claramente se comprende lo que esto significa. La extenuación constituye un ataque mortal a la vitalidad del organismo colectivo de un país. Los últimos sucesos políticos lo demuestran nítidamente, y nadie se preocupa ya de ello. Los partidos políticos, aunque publican grandes proclamas, prometiendo sus candidatos el cielo y la tierra a sus electores, en la práctica nadie después se preocupa de realizar tales programas. Comenzó esta extenuación con la conflagración mundial y sus excitaciones. La Paz, con su universal perturbación, la coronó y completó. Los pueblos no creen ya en nada, ni alientan esperanza alguna. Está perdida toda confianza y casi podríamos decir que con ella desaparecieron la audacia y el espíritu de empresa. El derrumbe de todas las iniciativas, que falsamente se denominaron "movimientos populares", fue tan rotundo y completo, que la mayor parte de los hombres hasta perdieron toda esperanza en la eficacia de futuros movimientos populares.

     Expresan a este respecto los Protocolos: "Extenuación general mediante discordias, animosidades, hambre, propagación de epidemias y empobrecimiento, hasta que los infieles no vean más salvación que nuestras riquezas y soliciten en su ayuda nuestro dinero y nuestro poder" (Protocolo 10). "Merced a estos medios extenuaremos y debilitaremos a tal punto a los infieles, que tendrán que ofrecernos la autoridad internacional. Absorberemos con su ayuda todas las fuerzas dominantes aún en el mundo, formando así su Súper-gobierno. Habremos de conducir en tal forma la educación de la sociedad de los infieles, que por debilidad y abatimiento abandonarán toda empresa que implique osadía" (Protocolo 5º).

     Nunca estuvieron los judíos debilitados ni exhaustos. Jamás se enfrentaron a un "imposible". Esto es una inequívoca señal para aquellos que conocen perfectamente el hilo rojo que atraviesa nuestra vida. Lo inseguro, el constante vagar bajo influencias cuyo origen se ignora y cuya finalidad permanece oculta, enerva y extenúa el espíritu. Esto es lo que hacen y padecen los no-judíos desde hace siglos. Los demás, con cabal conocimiento de lo que sucede, no sucumbieron a esta extenuación. Las mismas persecuciones pueden sobrellevarse cuando se sabe por qué se soportan, y los hebreos supieron en todas las edades perfectamente cuánto y por qué coincidieron éstas con sus propios planes. Los no-judíos padecieron más con las persecuciones de los judíos que éstos mismos, porque al concluír dichas persecuciones siguieron andando los no-judíos en las tinieblas, tal como lo hicieron antes, en tanto que los judíos volvieron a emprender su camino prefijado hacia el fin, en el que inflexiblemente creen, según dicen y afirman hasta aquellas personas que tuvieron oportunidad de penetrar más profundamente en los asuntos judíos. Acaso estas personas también estén contaminadas de la extenuación general antes citada. Pero sea como fuere, la revolución necesaria para librar al mundo del yugo judío sería tan cruel como lo son los métodos judíos para dominar al mundo que no lo es. Mucho son los que dudan de que los no-judíos tengan las energías suficientes para defenderse; tal vez no las posean. Pero que sepan al menos quiénes son sus verdugos.




XXIV
LA INFLUENCIA HEBREA EN LA VIDA ESTADOUNIDENSE


     "Aparece la cuestión judía allí donde los judíos hacen acto de presencia", dice Teodoro Herzl, "porque ellos mismos la provocan". No es su número el que la provoca, porque en casi todos los países residen, numéricamente, más extranjeros de otra procedencia que hebreos. No resulta tampoco de las tan celebradas facultades superiores judías, porque se vio que en todas partes donde el judío se halla en la necesidad de competir con otros pueblos en las mismas condiciones de trabajo honesto, no se advierte absolutamente nada de dichas facultades superiores. Únicamente al quitárseles la posibilidad de muchos ardides, se enfría notablemente el celo y la actividad en muchos hebreos.

     La cuestión hebrea en Norteamérica no se basa ni en el número de los judíos ni en la envidia de los yanquis por los éxitos de los judíos, sino que nace de la influencia hebrea sobre todas las manifestaciones de la vida yanqui. El hecho de ejercer tal influencia lo confirman con orgullo ellos mismos. Pero si nos dicen que ellos "nos dieron nuestra Biblia", que procede "de ellos nuestra religión y nuestro Dios", y en todo esto no hay un átomo de verdad, tampoco deberían enfadarse cuando nosotros nos dedicamos a completar la lista de sus verdaderas influencias.

     Proceden estas influencias de la idea judaica, no del pueblo hebreo, pues éste es sólo el portador de dicha idea. Representa esta idea la más grosera forma del materialismo, y se demuestra sobre todo en el terreno del trabajo. Manifiéstase en la forma de una expropiación de valores reales producto del trabajo, a favor de valores ficticios. La filosofía hebrea aplicada no consiste en crear valores sino en amasar dinero, lo que constituye una diferencia fundamental. Se explica de ahí, por ejemplo, que los hebreos no sean jamás "capitanes de industria" sino siempre "financistas". En suma, que existe una diferencia entre "producir" y "recoger".

      El trabajo intelectual creador, productivo, se siente atraído por su correspondiente trabajo físico, estando ambos íntimamente ligados entre sí. El trabajador no-judío decidióse antiguamente por su oficio, según sus inclinaciones. Sólo muy difícilmente resolvióse a abandonarlo, porque entre él y su obra existía un lazo espiritual. Prefirió ganancias menores, sólo por seguir en su oficio, antes que ganar mucho dinero en otros trabajos que interiormente le eran ajenos. El productor está ligado a su producto. Su trabajo es para él no sólo una fuente de ingresos sino también una vocación interior.

     No así el que recoge. A éste poco le importa la ocupación, con tal de que le rinda dinero. No existen lazos internos, sentimientos, aficiones, sacrificios. La obra a la cual se dedica no reconoce sino un único valor: el del dinero. Si fuera posible, renunciaría totalmente a toda producción, pues prefiere comerciar con valores y obras producidas por otros, interesándole de ellas únicamente la utilidad que pueda extraer.

     Existió otrora también un orgullo de profesión. Los que producían fueron de temple honrado. Se acrisolaba su carácter en la conciencia de que eran ellos mismos una parte útil de la sociedad; en una palabra: era "productores". Y la sociedad fue sana y vigorosa en tanto este orgullo productor reconocíase como algo honroso. El zapatero experimentaba satisfacción y orgullo ante un par de botas que le habían salido bien. El campesino se sacrificaba a su labor, sin mirar de soslayo al lejano "mercado de cereales", ni al precio contante y sonante como recompensa de su trabajo. Por doquier resultó ser la obra lo principal; el resto era secundario.

     Consistió el único medio de destruír estos sólidos fundamentos de la sociedad natural en divulgar otras ideas entre los pueblos, de las cuales fue la más peligrosa aquella que paulatinamente iba colocando en primer término del interés el concepto "recolector". De tal manera, toda la vida comercial yanqui iba sufriendo una transformación radical. Los hebreos aparecieron a la cabeza de las finanzas, pero también y simultáneamente, al frente de todos los movimientos obreros.

     La idea "recolectora", la de obtener ganancias sin miramientos de ninguna especie, tomada por sí, es completamente antisocial y destructiva. Sólo cuando se presenta secundariamente junto a la idea "productora", adquiere cierto derecho. Pero en el instante en que una persona, o hasta una clase entera, viene sojuzgándose a la idea "recolectora", pierde el cemento que la uniera antes a la sociedad, se desmorona su facultad ligadora, y sobreviene el derrumbamiento.

     En tanto los judíos no puedan probar que la penetración del espíritu hebreo haya elevado intelectual, moral, económica y políticamente a la clase obrera, sigue en pie la grave acusación de que su influencia fue destructiva y traidora al pueblo.

     No significa "reacción" la repulsión y supresión de este espíritu, sino que constituye un retorno a los caminos de nuestros antepasados, los anglosajones, que nos llevaron a las alturas, y cuya raza demostró que hasta hoy salieron de ella los maestros verdaderos de las obras terrenales, los creadores de ciudades, del comercio, industrias y tráfico, y los descubridores y exploradores de nuevos continentes; ellos y jamás los judíos, que nunca fueron constructores ni exploradores, sino que cuando mucho siguieron las huellas de los conquistadores. Sin embargo, por este mero hecho de que en su vida jamás fueron los primeros en poner el pie en selvas vírgenes, no merecen reproche, mas sí por el cinismo con que exigen para ellos igualdad en todos los derechos, como aquellos conquistadores. Otro reproche mucho más grave aún merecen los descendientes de aquellos anglosajones, por abandonar el honrado idealismo de sus antepasados, recogiendo, en cambio, las turbias ideas de Judas.

     Constituyen las Universidades, de manera especial, el blanco de los ataques de estas ideas hebreas. Es aquí donde el espíritu de los anglosajones corre peligro en su esencia, sucumbiendo los hijos de los fundadores de la filosofía de los destructores. Con toda inocencia se entrega el joven estudiante a las alegrías de la libertad espiritual, y ya lo rodean ideas seductoras cuyos orígenes y consecuencias no sabe apreciar. Juventud significa extravagancia; es la fermentación que presagia un buen desarrollo. Arrogante y osado sacude las viejas creencias paternas. Estas actitudes emanan de un exceso de vigor, que luego se trocará en fuerte virilidad. Justamente en esta época de desarrollo cae la juventud más fácilmente en las redes que astutamente se le tienden. Muchos, al correr de los años, vuelven a hallar los buenos fundamentos antiguos. Reconocen, entonces, que el "amor libre" puede ser una seducción para el libertinaje juvenil, pero que la familia, el viejo cariño y la lealtad de un hombre a una mujer y a los hijos de los dos, ofrece la única base sólida no sólo de la sociedad en general sino de la fuerza del carácter personal, y de todo progreso moral. Y advierten también que en lo que respecta a las "revoluciones", aunque se pueden pronunciar hermosos discursos, en los cuales se nada en súper-humanidades, no representan realmente la forma más lógica para el progreso humano. Y también reconocerán que bajo la bandera estrellada de Estados Unidos se vive mucho mejor que bajo la estrella soviética.

     Desde hace años se ocupan diarios y revistas del alarmante estado de ánimo existente en nuestras Universidades, y buscan las causas que lo provocan. La respuesta (para quien comprendió la influencia hebrea sobre nuestra vida toda), resulta en extremo sencilla: es que el espíritu hebreo de critica negativa destruyó en nuestra juventud el respeto y la estima a las buenas tradiciones yanquis, en unión con las teorías social-revolucionarias también hebreas. Conjuntamente trabajan estas ideas hebreas en el cumplimiento del plan expuesto en los "Protocolos de los Sabios de Sión", en el sentido de disolver las comunidades políticas y nacionales de los infieles, mediante ideas absurdas continuamente repetidas.

     Es inútil quejarse de la "irreligiosidad" y del "radicalismo" de nuestra juventud estudiantil, pues tales fenómenos se presentan siempre en unión con la falta de madurez espiritual. Mas no es inútil, en cambio, demostrar que el radicalismo revolucionario y la hostilidad contra el fundamento religioso de la ley moral provienen de una y la misma fuente. Colóquese por encima de esta fuente del espíritu revolucionario y de la irreligiosidad el termino "judío", y dígase con franqueza a los hijos de anglosajones en qué fuente beben.

     Se vigorizan las energías revolucionarias acumuladas en el judaísmo con la autoridad de que gozan los estudiantes y algunos profesores no-judíos, que se dejaron engañar en Rusia, y sabemos todavía lo que significaba en la historia revolucionaria de ese país la palabra "estudiante".

     ¿Cómo reaccionar contra ello? Pues, simplemente llamando por su nombre verdadero la fuente y el carácter de las influencias que inundaron nuestras Universidades. Deberá saber los estudiantes que es necesario que se decidan ya por el espíritu de sus antepasados anglosajones, o por el del desierto de Siria, encarnado en la tribu de Judá. Es decir: si desean seguir a los constructores o a los destructores. El único reactivo eficaz e infalible contra la influencia del espíritu hebreo consiste en volver a hacer nacer en nosotros el orgullo racial. Nuestros padres fueron hijos de la raza anglosajona-celta, hombres que poseían una fuerza cultural inoculada en su sangre y su destino, que en regiones inhospitalarias clavaron la bandera de una creación cultural; que por poniente avanzaban hasta California, y por el norte hasta Alaska; que poblaban Australia y ocupaban los pasos de los continentes en Suez, Gibraltar y en Panamá; que abrieron zonas tropicales y conquistaron las regiones perennemente heladas. Fueron germanos los que fundaron casi todos los Estados que dieron a los pueblos normas imperecederas, y que en cada siglo dejaron un claro ideal. Ni su Dios ni su religión fueron tomados de los judíos, sino que son ellos el pueblo "predilecto" del Señor, los dueños del mundo, al que van perfeccionando cada vez más, pero sin destruírlo primero como el hebreo pretende.

     En el campamento de una raza así, entre los hijos de tales padres, se va deslizando un pueblo sin cultura, sin religión ni ideal, sin idioma propio, sin una gran hazaña, como no sea en el terreno de "ganar dinero", expulsado de todas las naciones que le brindaron hospitalidad. Y ¿pretenden venir a decir a los retoños de los sajones lo que es preciso hacer para que el mundo sea perfecto?.

     Debe existir en la Universidades tribuna libre e intercambio libre de ideas; pero lo judío, que se siga llamando judío, y en general, que aprendan nuestros hijos a darse cuenta cabal de lo que es el misterio de la raza.

     Se hace ya la luz. Los procedimientos de la raza extraña quedan en evidencia. Éstos son sencillos: se exige primero la "secularización" de la escuela elemental: este concepto es de origen hebreo y persigue fines hebreos. Consiste su habilidad en que el niño no debe llegar a saber en modo alguno que cultura y patria radican en los fundamentos de la religión anglosajona. ¡Ni una palabra de esto!. Tampoco el niño deberá enterarse de nada de lo que lo pudiera instruír debidamente acerca de la raza judía.

     Preparado así el terreno, maduró el fruto para avanzar contra los colegios secundarios y las Universidades, con el "noble" objeto de ridiculizar todo lo cristiano y de llenar el vacío producido por las ideas disolventes judías.

     Se "secularizan" las escuelas elementales, y se "judaízan" las Universidades. El conjunto se denomina "liberalismo", que tan insistentemente recomiendan los voceros judíos. En las entidades obreras, en la Iglesia y en las Universidades, ya despuntó ese liberalismo sobre los apreciativos fundamentos del trabajo, de la fe y de la vida social. El capitalismo huérfano es sólo el capitalismo productor no-judío; la ortodoxia atacada no es otra que la religión de Cristo; la forma societaria expuesta a acérrima critica es la genuinamente aria. La destrucción de todo eso redundaría en exclusivo beneficio de Judá.

     Podría prolongarse a voluntad tal enumeración, porque la influencia hebrea llega a todos los terrenos de nuestra vida cultural.

     Dijo cierto propietario anglosajón mal aconsejado por un diario: "Cuando los hebreos pueden tanto, es porque tienen también el derecho para ello", lo cual no es mas que una variación sobre el tema de: "¿Como es posible que tres millones de hebreos puedan dominar a cien millones de norteamericanos?".

     Quedemos de acuerdo en que si la inteligencia hebrea resulta superior, si sus facultades espirituales demostraran mayor valía, deben vencer, y en que la fuerza y la ideología anglosajonas deben hundirse en el polvo bajo la planta de Judea.

     Pero ante todo, que ambas ideas con la visera levantada, bajen a la arena de combate. No es una lucha leal el que la idea anglosajona en cinematógrafos, escuelas y Universidades sea ocultada a los anglosajones con el pretexto de que es "sectaria", o "chauvinista", o "anticuada", u otras estulticias por el estilo. Es deshonroso e indecente que las ideas judías se cubran con el pabellón de Anglo-Sajonia. Llamemos a la herencia espiritual y cultural de nuestros antepasados por su honesto nombre anglosajón, y la idea hebrea no triunfara jamás sobre ella. Ésta no puede vencer sino cuando haya logrado arrancar a un pueblo del suelo sagrado de su arraigada cultura.

     Fue Judá la que rompió las hostilidades. A nadie arredra la lucha cuando ésta se lleva francamente. A tal objeto, deben saber nuestros estudiantes y maestros que en esa lucha se juega la existencia de los bienes espirituales de nuestra raza, que creó toda la cultura de que disfrutamos y que se siente con bríos suficientes para ir edificando todavía la cultura de tiempos venideros. Y deben saber, por otro lado, que el que nos ataca es el judío.

     Esto es todo cuanto hace falta. Y justamente contra esto protestan los hebreos, llamándolo "odio de razas". ¿Por qué? Porque la ideología hebrea debe lamentablemente fracasar desde el instante en que no pueda ocultarse bajo una bandera falsa, desde que no pueda ya atacar revestida de falsos e ingeniosos disfraces. La ideología aria no teme la luz del día.

     ¡Permitid que cada idea enarbole su propio lábaro, y ya veremos!.−






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