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domingo, 24 de noviembre de 2013

Comentarios Acerca del Judío Internacional



     Un lector nuestro nos indicó la existencia de un texto titulado "El Judío Internacional Corregido y Aumentado", firmado por un tal Ignaz von Unter den Linden, que a todas luces, nos parece, ha de ser un seudónimo. No sabemos cuál es su lengua original, si es traducción o no, su nacionalidad, año de escritura o publicación ni nada. A pesar de ello, tras pulir el texto y obviar unos cuantos párrafos, hemos decidido presentar este texto por lo interesante de su enfoque y perspectiva en cuanto al judío internacional, como definido por Henry Ford, la situación alemana previa a la Segunda Guerra y su apreciación de la implementación económica de Adolf Hitler que tan caro a fin de cuentas le costó. Creemos que este texto puede ser el que con el mismo autor se ofrece con el título de "Adolf Hitler: Genial Arquitecto del Tercer Reich", puesto que así se titula la última sección de este texto. Como fuere, se merece que publiquemos lo que publicamos.


El Judío Internacional Corregido y Aumentado
por Ignaz von Unter den Linden



«Los judíos son siempre primero judíos y después... lo demás»
(Lucien Wolf).


     Una cosa verdaderamente maravillosa que Adolf Hitler hizo para la Humanidad a principios del siglo XX fue discernir el "judío eterno". Desgraciadamente en sus tiempos el mundo estaba en manos de un judío internacional y masón como era Franklin D. Roosevelt (Rosenfeld), y de uno de los títeres del judío internacional como lo era el bribón Winston Churchill, para no hablar del judío Lenin que era el apóstol del judío Karl Marx que había predicado el comunismo internacional. Para la Humanidad el siglo XIX había sido el siglo del judío. En el corazón de Europa, en Prusia, en Alemania y en Austria, el judío ya había pasado sobre Bismarck, sobre el Káiser Guillermo II y sobre el Emperador Francisco José. Después de todo esto ¿sería posible que nadie despertara y que el siglo XX fuera también el siglo del judío?.

     Después de discernirlo muy bien en Viena, y de estudiar a fondo todas sus maniobras criminales contra la Humanidad, Adolf Hitler, en hora buena y muy tempranamente entre 1910 y 1912, tomó la resolución de despertar al mundo, y curar a la Humanidad de esa terrible enfermedad congénita que se ha venido transmitiendo desde tiempos de Abraham, descendiente de Sem, y que se conoce con el nombre de "judío eterno". Llevar en la sangre el germen del "judío eterno", hasta donde sabían los alemanes, era una enfermedad incurable que sólo se daba en los ghettos para castigo del género humano.

     La Humanidad no supo entender a Hitler, no supo entender el peligro de esta enfermedad que primero degenera completamente la moral de un pueblo o de una nación, y enseguida aniquila. Con la derrota de Adolf Hitler y de Alemania por el judío internacional, el mundo perdió la oportunidad de acabar con el "judío eterno", ese cáncer de la Humanidad que salió de Caldea para invadir a Canaán y luego propagarse por todo el mundo. Desafortunadamente el siglo XX también fue el siglo del judío, pero antes de que se acabe es muy importante que el "judío internacional" de que hablara Henry Ford sea corregido y aumentado. (...)

     Adolf Hitler hizo en Viena un estudio completísimo del judío eterno. Seguramente el estudio más completo de su tiempo empezando por la Biblia. Ése es el verdadero valor de sus cartas, como lo podrá apreciar fácilmente el lector. Hitler era católico cuando nació y no era un anti-judío congénito como muchos alemanes. El médico de su madre el doctor Edmund Bloch era judío, y él nunca reparó en ello. En Viena cuando pintaba y tuvo que lidiar con vendedores judíos fue que se volvió anti-judío. Y después de tres años de discernir al judío eterno, como nadie lo había hecho antes, con excepción de Johannes Pfefferkorn y Martín Lutero, se volvió con toda razón el anti-judío más grande que ha conocido el mundo después de Henry Ford. (...)

     Para Adolf Hitler en tiempos del Imperio Romano hubo dos grandes tragedias del mundo occidental, que tenía como base la cultura greco-romana. La primera fue que los judíos hubieran formado parte del gran mosaico del Imperio, y hubieran podido contaminarlo. La segunda, que el Imperio hubiera sucumbido al cristianismo, que tenía un ancestro completamente judío.

     La expansión judía en tiempos del Imperio Romano se debió al hecho de que el judío se pudo convertir libremente primero en el judío errante, y después en el judío eterno del mundo occidental. En la misma forma que el judío repudió inicialmente al gentil [= no-judío] griego o romano en Palestina, así mismo el gentil repudió siempre al judío en Europa, pero el judío siempre supo infiltrar al gentil como una plaga. Cuando un judío se movía de un lugar a otro, siempre buscaba allá a otros judíos que inmediatamente lo reconocían como a uno de su misma sangre, y lo recibían en medio de lo que ellos llamaban "un gran sentido de unidad y de solidaridad".

     Así en Europa el gentil, un hombre bueno, sano y honrado, acabó siempre en manos del judío malo, usurero y ladrón. Le pasó al mismo Hitler en las calles de Viena.

     El judío internacional se incubó en Egipto, en Babilonia y en Judea, pero creció y se desarrolló en Europa, en tiempos del Imperio Romano. Cuando uno mira un mapa del Imperio Romano desde el nacimiento de Cristo hasta el año 359 después de Cristo, en que murió el Prefecto de Roma Junius Bassus, cuyo sarcófago muestra ya la típica influencia judía de la Biblia, queda aterrado de ver cómo los judíos internacionales, desde un comienzo se movieron como hormigas y fueron sembrando de hormigueros judíos todo el Imperio y todo el mundo occidental. Como el cristianismo fue herencia judía desde un principio, ahí iba a la par. Esto prueba que el Imperio Romano no podía ser más tolerante. Esa bondad, esa generosidad y esa tolerancia fueron su perdición. Al judío internacional no se le puede dar cuartel. Hitler fue en extremo generoso y le dio cuartel a los judíos en Alemania y en Europa. Trató de mantenerlos vivos y de alimentarlos hasta el final de la guerra. La prueba es que dos millones de judíos sobrevivieron en Europa a la Segunda Guerra Mundial que el judío internacional había desencadenado. ¿Tuvo el judío Einstein o el judío Truman algún escrúpulo en matar más de medio millón de japoneses (hombres, mujeres y niños) en Hiroshima y Nagasaki entre el 6 y el 9 de Agosto de 1945?. Si Hitler hubiera podido eliminar a tiempo al primero, se hubiera evitado para la Humanidad toda esa tragedia. Al judío internacional no se le puede dar cuartel porque es un criminal nato. Eso ya lo aprendieron los japoneses. (...)

     Durante los primeros cien años de la Era Cristiana se establecieron comunidades judías a todo lo largo y ancho del Imperio Romano, especialmente de Este a Oeste en todo el rededor del Mediterráneo. En otros 200 años ya existían muchas que eran muy grandes y agrupaban entre 5.000 y 100.000 judíos, como era el caso de Egipto. Egipto por vecindad e importancia fue invadido muy tempranamente, y los judíos volvieron a Egipto como una verdadera plaga. Hoy día se calcula que Egipto en tiempos de Claudio tenía 100.000 judíos, y de ellos 50.000 estaban en Alejandría. Chipre también muy tempranamente se llenó de judíos. En la Mesopotamia estaban en la parte media del Éufrates, pero en mayor cantidad sobre el Tigris. Toda la costa mediterránea del Asia Menor entre Licia y Cilicia también tenía comunidades judías; Antioquía y Tarso tenían comunidades muy grandes. En Grecia había tantos judíos como en Egipto, y la mayoría estaban en Atenas y Éfeso. Cuando Pablo andaba predicando el cristianismo ya había sinagogas en toda el Asia Menor. Él mismo las utilizaba en sus tiempos. En Italia la mayoría de las comunidades judías se localizaron en el Sur de Italia (Campania, Apulia y Calabria), pero también las había en el Norte (Ravenna y Genua). En Roma en el año 300 después de Cristo se cree que vivían 100.000 judíos. Había una comunidad judía muy grande en Cilicia. En la Galia Narbonense toda la costa mediterránea tenía comunidades judías y la más grande estaba en Marsella (Massilia). La Galia Lugdunense las tenía en Genabum y Vesontío. ¡En Alemania (Germania) ya había judíos internacionales en Colonia (Köln)!.

     En el Mediterráneo, España (Hispania) fue una de las más tempranas presas del judío internacional. Toledo (Toletum) era conocida como "la pequeña Jerusalén", y Córdoba (Corduba) tenía todavía más judíos. En África había una comunidad judía grandísima en Cartago, tan grande como la que había en España.

     Al principio de la Era cristiana, cuando el Emperador Claudio hizo el primer censo en el año 48 después de Cristo, ya había 7.000.000 de judíos en el Imperio Romano, y la minoría estaba en Palestina.

     Nunca se deben confundir las razas con las religiones, lo que ha sido la gran equivocación del mundo. Las razas del género humano son básicamente blanca, negra, amarilla o mongólica, y semita, a la cual pertenece la raza judía. Las religiones son básicamente el vestido con que se puede cubrir o disfrazar cualquier raza, de acuerdo con sus ideas de Dios. Ejemplo: un negro se puede vestir todo de blanco, pero no por eso deja de ser el mismo negro. Un judío se puede vestir todo de cristiano (Protestante o católico) pero no por eso deja de ser el mismo judío. (...)

     En tiempos del Imperio Romano el cristianismo progresó en manos de los que llamaríamos judíos conversos, o sea, los que siguieron las ¡deas de Jesús de Nazaret, el maestro de Galilea. En muy corto tiempo la semilla del cristianismo cayó en manos de los gentiles, que sí son las manos del amor, el perdón y la generosidad. La prueba más palpable de esto es que el cristianismo sí quiso defender a los judíos en Alemania, contra el sentir nacionalista de todos los alemanes. Hitler no fue el primer Hitler que tuvo el cristianismo.

     El primer Hitler que tuvo el cristianismo fue el Emperador Nerón, que culpó a los cristianos, no sin razón según Tácito, del incendio de Roma. El Imperio Romano quiso extirpar el cristianismo desde el año 60 después de Cristo. La razón fue que lo consideró una secta judía y por lo tanto parte del "problema judío". El segundo Hitler que tuvo el cristianismo fue el Emperador Marco Aurelio. En el año 180 el cristianismo ya tenía miles de mártires. El tercer Hitler que tuvo el cristianismo fue el Emperador Decio, que en el año 250 ordenó no la concentración y prisión de las cabezas de la Iglesia sino la persecución sistemática y la muerte de todos los cristianos. El cuarto Hitler que tuvo el cristianismo fue el Emperador Diocleciano, que en el año 303 ordenó derrumbar todas las Iglesias, confiscar todos los escritos cristianos y poner en prisión a todos los cristianos. El quinto Hitler del Imperio Romano, fue según Hitler mismo, el Emperador Juliano, que rechazó públicamente el cristianismo como religión del Imperio. Juliano el Apóstata.

     A medida que el cristianismo fue tomando cada vez más fuerza en el mundo occidental, el judío internacional quedó bastante relegado, y los gentiles se olvidaron del judío que estaba más interesado en los mercados que en la religión. En los primeros 500 años de la Era cristiana, el cristianismo se fortaleció a través del martirio, mientras que el judío usurero fue cada vez mejor conocido como tal, pero no tuvo muertes comparables a las del cristianismo en Europa. Por su carácter deshonesto el judío fue considerado como perteneciente a una raza inferior, y los gentiles que habían abrazado el cristianismo se fueron separando cada vez más. Los judíos pertenecían al Antiguo Testamento, los gentiles cristianos pertenecían al Nuevo Testamento. Los judíos eran semitas, los gentiles cristianos no eran semitas. Desgraciadamente la prohibición del matrimonio de unos con otros se violó cotidianamente. El sátiro judío acabó violando a la víctima, que era siempre una mujer gentil. Después de unos 1.500 años eso todavía se vio en Alemania.

     En España, la tierra que produjo a los Emperadores romanos Trajano, Adriano y Marco Aurelio, en el año 300 se prohibió a las hijas de gentiles cristianos casarse con judíos. El Concilio cristiano de Elvira decretó cinco años de excomunión para los padres que lo permitieran. España fue la primera provincia romana que discriminó genéticamente al judío, porque aunque se bautizara in articulo mortis no podía aspirar a una mujer gentil.

     A medida que el Imperio Romano fue declinando para finalmente desaparecer, el cristianismo continuó ascendiendo después de Constantino, y logró conquistar también a sus invasores bárbaros del Norte, los germanos, que tenían una mitología que no tenía nada de semita. Hitler pensaba escribir un segundo libro sobre la religión que adoptaría el Imperio Germánico de Europa. Él creía que para bien del Estado, Alemania debería volver a las bases arias de la mitología teutónica. Esa era la razón por la cual amaba la música de Wagner.

     Mientras la llamada institución de la Iglesia Católica persistía en Roma y se erguía entre todas las ruinas, los obispos de Roma heredaron la capital del Imperio. Con la consagración del Papa Gregorio I (San Gregorio) en el año 590, se inició verdaderamente la Edad Media. El Papa Gregorio I sentó incomparablemente las bases inconmovibles de la Iglesia Católica, a la que como organización política Hitler tanto admiraba y envidiaba. Según él, la hizo persistir a través de todos los tiempos. El Papa Gregorio I fue el que se volvió a acordar del judío internacional, el cual, mientras los cristianos sufrían todas las persecuciones y el martirio, permanecía agazapado y callado, acaparando los mercados, especulando y dedicado a la usura. El Papa Gregorio I, que había sido Prefecto de Roma, conocía muy bien lo que eran los judíos, y a pesar de eso los defendió en sus derechos legales cuando los cristianos enfurecidos empezaron a atacar sus sinagogas. Hitler era un gran admirador de Gregorio y lo consideraba el primer verdadero pilar que tuvo la Iglesia Católica. Decía que el canto gregoriano hacía sentir las catedrales góticas todavía más grandes. En Europa la vida monástica de la Edad Media se inició con la fundación del monasterio de Monte Cassino en el año 529, que fue destruído durante la Segunda Guerra Mundial.

     En España el judío internacional que había llegado durante el Imperio Romano, el llamado judío sefardita, el de la "pequeña Jerusalén", que venía dedicado holgadamente a la usura, se encontró de un momento a otro en gran peligro con la llegada de los visigodos, y todavía más, con su conversión al cristianismo. El judío sefardita que desde un principio empezó a aborrecer el yugo de los germanos más que el de los romanos, no tardó mucho tiempo en planear la típica traición semita de los reyes visigodos con sus primos hermanos los árabes, que igualmente falsos y semitas no estaban muy lejos. En medio de su expansión y de su guerra santa para difundir el Islam, ya estaban al otro lado de las Columnas de Hércules, en el África del Norte. ¿Habría algo más fácil para el judío traidor que abrirle a los árabes las puertas de España para que acabaran con los visigodos?. Cuando entraron, los cristianos se retiraron completamente hacia el Norte, hacia Asturias, y los árabes le pagaron la traición a los sefarditas (sephardim) dándoles la mitad de todas las ciudades de España. Los árabes pasaron por la cimitarra a los gentiles cristianos, pero a los judíos no los tocaron sino todo lo contrario: como lo habían convenido, los favorecieron. Ésa es la prueba de que todo lo habían manipulado "desde adentro".

     El judío siempre ha sido pérfido, falso y el criminal más grande que hay sobre la Tierra. A la cristiandad le tomó casi ocho siglos sacar a los semitas (moros y judíos) de España, cuando ya lo habían contaminado todo. En Alemania decían que en España mil "quemaderos" de la Inquisición, ardiendo día y noche hasta nuestros días, no hubieran podido acabar con todos los "marranos" que antes de morir no hubieran revertido (recaído) al judaísmo. En España la mayoría de los padres de obispos y arzobispos, o sus antepasados, habían sido los judíos de marras. La corte de los Reyes Católicos estaba llena de judíos conversos o "marranos". La reina Isabel así como era de grande era de ingenua, y confundía la raza con la religión. Ella creía que un judío bautizado se ganaba para el Cielo y dejaba de ser judío. ¡Si en Alemania Hitler hubiera dejado convertir a los judíos al Nacional Socialismo (que era una religión), todos los judíos hubieran engrosado las filas del Partido!.

     En Alemania el judío internacional en tiempos del Imperio Romano ya había llegado hasta Köln, la colonia romana sobre el Rhin, pero de ahí no había pasado. En tiempos de Carlomagno ya traficaba a todo lo largo del río todos los días. Del lado del Danubio los judíos habían avanzado desde el Mar Negro, y habían navegado río arriba hasta Hungría y Austria. Después de que Carlomagno conquistó y dominó a los sajones fue que apareció en Alemania y en Austria el llamado judío ashkenazi.

     La coronación de Carlomagno como Emperador del llamado Sacro Imperio Romano, en Roma, en el año 800, partió la historia de la civilización y de la cultura occidental en dos mitades, y la segunda mitad, del año 800 al año 1600, ya incluyó las cruzadas, el Renacimiento y el descubrimiento de América.

     En tiempos del Emperador Carlomagno, el judío ashkenazi, el judío internacional más peligroso que ha existido y existe en el mundo, plagó a Francia, Gran Bretaña, Alemania, Suiza, Austria, Hungría, los Países Bajos, Dinamarca, los Países Escandinavos, Polonia y Rusia. En el centro de Europa el Sacro Imperio Romano fue para el judío ashkenazi lo que el Imperio Romano había sido para el judío en tiempos de Cristo: la catapulta más fatídica, esta vez para el hombre nórdico.

     Carlomagno, a quien Hitler defendía, reinó por espacio de 47 años hasta su muerte, y durante todo este tiempo los judíos usureros fueron protegidos, se dedicaron al comercio y nunca fueron molestados. Constituyeron de por sí una clase: ¡la clase de los usureros!. Al judío ashkenazi solamente le interesaban las finanzas, las grandes ganancias y contar cuidadosamente las monedas de oro o de plata, todos los días. Después de transcurridos unos 200 años, alrededor del año 1000 d.C., la malignidad e inferioridad del judío ashkenazi ya estaban completamente establecidas en el centro de Europa; y en todos los reinos, imperios, y en todas las grandes ciudades de caballería de la Edad Media, fueron obligados a identificarse en alguna forma que fuera visible a distancia, y a vivir en ghettos. A partir del año 1000, los judíos ashkenazim, con toda la razón, han sido perseguidos, expulsados o eliminados periódicamente, hasta nuestros días. Ellos para engañar y pasar por mártires ante el resto del mundo se dan un baño de sangre de tiempo en tiempo para ocultar todos sus crímenes. Según ellos, el último baño de sangre se lo habían dado en Rusia antes de que fueran perseguidos en Alemania.

     En España los judíos sephardim se empezaron a convertir y a volverse "marranos" desde el año 1146, y esa conversión al cristianismo se sucedió por más de doscientos años hasta 1391, según lo que dice Hitler. A medida que los cristianos iban reconquistando España, la España que los judíos habían vendido, ¡los famosos sephardim se iban convirtiendo!. En el año 1492 cuando se ordenó la expulsión de los judíos de España, la mitad de ellos se dejó bautizar ¡in articulo mortis!. Después del descubrimiento de América gran cantidad de "marranos" pasaron de España al Nuevo Mundo. Más tarde los judíos ashkenazim empezaron a invadir Norteamérica. ¡América era un paraíso: nunca había tenido judíos!.

     Hitler sabía muy bien que Alemania no estaba sola en la persecución, expulsión y concentración de los judíos. Toda nación que en el pasado quiso limpiar su casa de judíos lo había hecho. Otra cosa es que el mundo ya se hubiera olvidado de eso. Hitler les dio a todos los judíos la oportunidad de abandonar Alemania. No fue culpa de él que ningún país quisiera recibirlos. Una nación soberana tiene todo el derecho de rechazar una plaga cuando se la ofrecen. Eso fue exactamente lo que le pasó a la mayoría de judíos alemanes. ¿Por qué Francia, o Inglaterra, que tenía al Canadá, o Estados Unidos que ya estaba en manos de judíos, no quisieron recibirlos?. Ellos son los verdaderos culpables de que Alemania hubiera tenido que concentrarlos.

     Hitler había estudiado muy bien al judío eterno y la suerte del judío en Europa a través de toda la Historia. A partir del año 1000, de acuerdo con sus cartas, se puede resumir así:

― En 1096 los cruzados alemanes decidieron exterminarlos como a los enemigos más peligrosos que tenía la cristiandad.
― En 1099 durante la primera cruzada, cuando los francos tomaron a Jerusalén, decidieron también exterminar a los judíos porque ya estaban conspirando para que no se estableciera allá el reino de los francos, que pensaba defender el Santo Sepulcro como cuna de la cristiandad.
― En 1290 los judíos fueron expulsados de Inglaterra.
― En 1306 los judíos fueron expulsados de Francia.
― En 1349 Nuremberg decidió limpiar la ciudad de judíos y quemó el ghetto con todos ellos adentro.
― En 1349 los judíos fueron expulsados de Hungría.
― En 1355 la ciudad de Toledo en España decidió eliminar 12.000 judíos que eran reconocidos usureros desde tiempos de la "pequeña Jerusalén".
― En 1420 la ciudad de Toulouse en Francia resolvió eliminar a todos los judíos.
― En 1421 los judíos fueron expulsados de Austria.
― En 1492 los judíos fueron expulsados de España.
― En 1495 los judíos fueron expulsados de Lituania.
― En 1497 los judíos fueron expulsados de Portugal.
― En 1502 los judíos fueron expulsados de la isla de Rodas.
― En 1541 los judíos fueron expulsados del reino de Nápoles.
― En 1648, 100.000 judíos fueron eliminados en Polonia.
― En 1727 los judíos fueron expulsados de Rusia.

     Yo diría que con la expulsión de los judíos de Rusia en 1727 se inició la Edad de Oro del judío ashkenazi en todo el mundo, porque para desgracia nuestra se devolvió para Prusia, para Alemania y para Austria. De ahí pasó a Inglaterra y a Francia, y en seguida invadió Estados Unidos. Todos esos nombres alemanes advenedizos que adoptó el judío ashkenazi se originaron en Prusia, en Alemania y en Austria. Los judíos, como sabemos, nunca tuvieron apellidos. En España se pusieron de apellidos los nombres de los pueblos y ciudades.

     En los tiempos que se llaman de la Revolución Industrial en Europa fue cuando el judío ashkenazi encontró el terreno más fértil para poder explotar. Lo que aprendió en Europa, más tarde lo importó a Estados Unidos para querer adueñarse del mundo, como claramente lo demostró Henry Ford en su libro El Judío Internacional (The International Jew) de que trataremos más adelante. Claro está que ese maravilloso libro, la denuncia más clara que jamás se haya hecho de los judíos en los tiempos, fue inmediatamente recogido del mercado mundial de libros por el judío internacional con excepción de Alemania. En Alemania gracias a Hitler se salvó. Adolf Hitler, como hemos dicho, fue el anti-judío más grande del mundo, después de Herr Ford, como él le llamaba. Alfred Rosenberg, el filósofo anti-judío autor de "Die Spur der Juden im Wandel der Zeiten" (El Rastro de los Judíos a Través de los Tiempos), "Unmoral im Talmud" (La Inmoralidad en el Talmud), "Das Verbrechen der Freimaurerei, Judentum, Jesuitismus, Deutsches Christentum" (El Crimen de la Masonería, el Judaísmo, el Jesuitismo y el Cristianismo Alemán), y "Mythus der XX Jahrhunderts" (El Mito del Siglo XX), fue quien hizo traducir al alemán The Internacional Jew, e hizo traducir al inglés The Protocols of the Elders of Zion. Después de que Hitler pudo leer El Judío Internacional, fue siempre un gran admirador de Henry Ford. A tal desfachatez llegaron los judíos en Estados Unidos, que ni siquiera en la Biblioteca del Congreso en Washington D.C. se conservó el libro. Como sabemos, Henry Ford también publicó el periódico anti-judío Dearborn Independent antes de la Segunda Guerra Mundial. En esta parte es donde precisamente haremos conocer nuevamente todo aquello que logró investigar sobre el judío internacional, y la conspiración judía internacional para adueñarse de la industria y del mundo.


* * * *

     A pesar de las predicciones de Houston Stewart Chamberlain en su obra The Foundations of the Nineteenth Century, y de las de Alfred Rosenberg en su obra Mythus der XX Jahrhunderts, el siglo XX fue el siglo del judío. A pesar de todos los esfuerzos y sacrificios de Alemania para ganar la guerra que le impuso el judío internacional en 1939, la guerra se perdió. Yo que viví desde 1933 los años más gloriosos de Alemania, me sentí en 1945 el derrotado más grande de la tierra, y prometí en ese entonces escribir este libro.

     Durante el siglo XVIII se incubó en Europa el judío ashkenazi más virulento que ha conocido la Humanidad, y a través de todas sus traiciones, engaños y manipulaciones, a la vuelta de cien años, cuando apareció Marx, ya estaban haciendo planes para adueñarse del mundo. Ese judío ashkenazi es el ancestro del judío internacional de que habla Henry Ford. Típicos judíos internacionales de los últimos tiempos fueron Benjamín Disraeli, Karl Marx y Friedrich Engels en el siglo XIX, y Theodore Roosevelt, Lenin, Franklin D. Roosevelt, Albert Einstein y Harry Truman en el siglo XX. El judío internacional sólo produjo las revoluciones, los crímenes, las guerras, la destrucción atómica, y la completa degeneración del hombre y de sus costumbres, que es lo que estamos viviendo.

     La conspiración de los judíos contra Alemania empezó en realidad en la segunda mitad del siglo XVIII en Prusia. El judío por naturaleza odiaba el militarismo prusiano, descendiente de los Caballeros Teutones de los tiempos de las cruzadas que, desde la época de Federico II (Stupor Mundi), había sido no solamente el orgullo de Prusia sino de toda Alemania. El judío agazapado en Berlín seguía atentamente lo que estaba sucediendo en Francia, y esperaba ansiosamente que después de la revolución su gran abanderado Napoleón Bonaparte, el advenedizo de Córcega descendiente de italianos, con su gran ejército emprendiera la marcha hacia el Este. El judío fundaba sus esperanzas de liberación de la "bota prusiana" en Napoleón Bonaparte y quería que ocupara a Alemania. Prusia era el único verdadero baluarte de Alemania, y entonces fue que, como dijo Hitler, todos estos judíos se convirtieron en conspiradores y traidores. Lo mismo que habían hecho en España con los visigodos, esta vez lo harían en Alemania abriéndole las puertas de Prusia a Napoleón. Si Napoleón derrotaba a Prusia, ellos serían los triunfadores como había sucedido hacía ya más de diez siglos en España. La conspiración y la traición han sido la especialidad del judío internacional. Lo demás nos lo dice claramente Hitler en sus cartas y lo corrobora Henry Ford en su libro.

     Dice Adolf Hitler, escribiendo la Historia con nombres propios:

     «Hablando de Berlín, en la segunda mitad del siglo XVIII, antes de la época napoleónica, Prusia estaba ya contaminada de judíos, y su plaza fuerte era Berlín, para desgracia de Prusia y de toda Alemania. El judío Johann Jakob Engel que escribió el libro Der Philosoph für die Welt (El Filósofo para el Mundo), era el típico intelectual judío y pertenecía al círculo del decano de los filósofos judíos Moses Mendelssohn. Este último era conocido como la estrella de la llamada "Ilustración Berlinesa". En ese entonces el judío materialista hablaba siempre de la espiritualidad berlinesa. Ésa era su forma de engañar e infiltrar para lograr sus fines. Había ciertos círculos de la sociedad berlinesa que estaban manejados por los judíos Mendelssohn, Herz, Levin, Veit, Friedlander, etc. En los salones de las judías Henriette Herz, Rachel Levin y Dorothea Veit, todos los judíos de Berlín hacían sus planes y conspiraban contra el detestable militarismo de la aristocracia prusiana, y contra Prusia, que no les daba acceso a las altas posiciones del Estado. La clase judía de Berlín se mantenía entre la aristocracia y la burguesía, dedicada al comercio y a la usura como lo ha hecho siempre. Pero tradicionalmente y esto es lo más importante, estaba conspirando contra Prusia desde adentro y planeando el recibimiento de su libertador francés Napoleón Bonaparte. Si Napoleón derrotaba a Prusia, los judíos lograrían su ansiada emancipación del militarismo prusiano que con toda la razón los excluía de todos los altos cargos estatales. Ese mismo grupo de judíos tenía ya completamente infiltrada la sociedad berlinesa, incluyendo muchos aristócratas. El llamado judaísmo inteligente o especulador, a través del comercio y la industria, tenía ya los medios económicos para publicar, y empezó entonces la contaminación judía de la literatura, las ciencias, las artes, y la educación. Todos eran agentes de la revolución y de Napoleón. Todos eran traidores».

     Si el judío ashkenazi había sido expulsado de Rusia en la primera mitad del siglo XVIII, lo que esta carta de Hitler quiere decir es que se había devuelto para Prusia, para Alemania y para Francia. También quiere decir que el judío internacional de los tiempos de la Revolución Industrial en Europa, el judío internacional de que habla Henry Ford, había verdaderamente nacido en Berlín. Muchos creen erróneamente que el judío internacional de los tiempos modernos es contemporáneo de los tiempos de Karl Marx. Cuando el judío Karl Marx escribió Das Kapital, el judío internacional en Alemania ya tenía cien años de venir amasando ese capital de que él habla. Adolf Hitler sigue escribiendo la Historia cuando aclara:

     «Alemania ha sido siempre el corazón de Europa, y como tal no podía escapar de las garras del judío. Alemania siempre ha sido la presa más codiciada del judío eterno. Como el trabajador y el agricultor alemán han sido siempre el mejor trabajador y el mejor agricultor del mundo, el parásito judío sabe que lo más importante en Europa es poderlo esclavizar. Afortunadamente la reacción que ha provocado en Alemania la deshonestidad del judío ha sido siempre tan marcada que basta examinar la Historia, como lo hice yo en Viena, para ver claramente que el anti-judaísmo no es nada nuevo. En el siglo IX ya había comunidades judías en Mainz sobre el Rhin, y en Regensburg sobre el Danubio. La primera reacción anti-judía sucedió en Alemania en 1096 durante la primera cruzada. Las comunidades judías del Rhin fueron arrasadas y murieron más de 5.000 judíos en Mainz, Worms, Speyer, Metz y Köln. Esa masacre sentó un precedente entre los judíos, pero en muy corto tiempo volvieron. Había judíos en Breslau en 1203. En varias ocasiones fueron expulsados de Fulda, Frankfurt y Munich. En 1295 ya había judíos en Berlín».

     No sorprende que el anti-judaísmo fuera ya congénito a todo lo largo del Rhin y del Danubio, después de más de mil años de existencia. Por ahora sigamos la historia a través de las cartas de Hitler. Veamos lo que aclara de los tiempos de Napoleón:

     «Los franceses en tiempos de Napoleón fueron los primeros que quisieron emancipar a los judíos alemanes y derribar las paredes de nuestros ghettos. Por la fuerza declararon la igualdad constitucional de los judíos alemanes, y promovieron el comercio judío en Prusia después de la derrota de Jena en 1807. Después de lo que había pasado en Francia era lógico que los alemanes culparan a los judíos de la derrota. ¿Acaso no han sido siempre los enemigos internos de Alemania?. ¿No era lógico que después de la derrota de Napoleón, en 1815, se desatara una tremenda ola de anti-judaísmo en Alemania?... En 1819, cien años antes de que yo empezara mi campaña anti-judía en Alemania, ya los alemanes habían querido limpiar de judíos a Alemania, lo mismo que hice yo. ¿Se olvidarían los judíos usureros de que en toda Alemania los quisieron matar en 1819?».

     Adolf Hitler sigue diciendo en sus cartas:

     «Alemania cometió un grave error en 1848 cuando permitió que siete judíos ashkenazim fueran al parlamento de Frankfurt, reunido para redactar una Constitución Nacional. El llamado liberalismo alemán siempre ha sido explotado por el judío internacional. ¿Acaso no lo vi yo en Viena?; ¿acaso no conocemos lo que es la masonería en todo el mundo? Que lo diga el francmasón Franklin D. Rosenfeld, Presidente de Estados Unidos. Todos los masones, sean judíos o no, están manejados por el judío internacional. Que lo diga el judío Bernard Baruch.

     «En 1848 el judío Gabriel Riesser fue elegido vicepresidente del Parlamento de Frankfurt, y lo primero que dijo fue que los judíos alemanes no pertenecen a una raza distinta sino que son alemanes que profesan la religión judía. Yo no puedo creer que se pueda decir una sandez más grande. Eso sería lo mismo que decir que los negros bastardos del Rhin no son negros sino que son alemanes. Pero esos son los judíos, viven avergonzados de ser judíos y quieren llamarse alemanes. El judío Riesser pidió para los judíos los mismos derechos de los alemanes».

     Muchos han creído que el judío internacional de que habla Henry Ford se originó en tiempos del judío Karl Marx. El hecho es que el capital de los judíos ya venía explotando a los trabajadores cien años antes de que él publicara su Manifiesto Comunista en 1848. Muy probablemente ya existía el judío capitalista, el judío de la clase media o intermedia como era él, y el judío proletario. Hitler dice que la revolución de 1848 fue en todas partes una lucha de clases, con excepción de Austria, en donde fue el comienzo de una lucha de nacionalidades. Hitler era el primero que creía en los derechos sociales de los trabajadores, y él fue trabajador en Viena antes de ser acuarelista y de ser político, pero detestaba el marxismo y el comunismo más de lo que detestaba a los judíos. Dice Hitler:

     «La doctrina judía del marxismo rechaza el principio aristocrático en la Naturaleza, y en su lugar, despreciando el don de la fuerza y la energía del individuo, coloca en un montón el peso muerto de los más numerosos. De esta suerte, niega el valor del individuo entre los hombres y combate la importancia de la nacionalidad y de la raza, privando así a la Humanidad de todo lo que significa su existencia y su cultura... Si el judío conquistara, con la ayuda del credo marxista, las naciones de este mundo, su corona sería la guirnalda fúnebre del género humano, y el planeta volvería a girar en el espacio despoblado como lo hacía millones de años atrás... De aquí que yo me crea en el deber de obrar en el sentido del Todopoderoso: al combatir a los judíos, cumplo la tarea del Señor».

     Por esta misma razón Adolf Hitler era un fanático anti-judío. Lo hacía por amor a Dios. No cabe duda de que Hitler estudió profundamente el marxismo, y llegó a la conclusión de que el comunismo es el engaño más miserable a los trabajadores, ya que en un país comunista todos los comisarios del pueblo son judíos y todos los judíos son comisarios del pueblo. Después de analizar Das Kapital, llegó a la conclusión de que sus fines reales consistían en preparar el terreno para la dominación del judío a través del capital internacional de los financieros judíos, y de la Bolsa de Comercio también en manos de los especuladores judíos. Por esta misma razón Adolf Hitler era un fanático anti-comunista. Lo hacía por amor a Dios.

     En una de sus cartas dice Hitler:

     «Bismarck excluyó a los judíos de los puestos del gobierno, del ejército, y de las universidades, pero en 1870 el mismo Bismarck ya estaba en manos de banqueros judíos».

     Y en Mein Kampf dice:

     «El Emperador Guillermo II fue el primer Emperador alemán que ofreció su mano y su amistad a los cabecillas del marxismo, sin pensar que los pillos carecen de honor. Éstos, mientras estrechaban con una mano la diestra imperial, con la otra acariciaban el puñal».

     Cuando uno lee de boca de Adolf Hitler lo que hizo el judío internacional en Alemania en 1918, y lee de boca de John Reed lo que hizo el judío internacional un año antes en Rusia en 1917, tiene razón para odiar a estos criminales antes de haber nacido. Yo estoy seguro de que si Hitler hubiera tenido éxito en 1923, solamente cinco años después de cometida esta conspiración y esta traición, todo el pueblo alemán le hubiera rogado que exterminara sin contemplaciones, sin dejar escapar uno solo, hasta el último judío de Alemania. Hitler fue en extremo generoso con los judíos comunes o plebeyos, y esto nunca se lo perdonarán los judíos internacionales, porque ellos ya no son judíos. Ellos son lords en Inglaterra desde tiempos de Disraeli y están completamente disfrazados. En Francia lo acapararon todo después de la Revolución francesa y de la época de Napoleón que les dio una "buona parte" de Francia. Ellos son Rothschild, Rockefeller, Roosevelt, Morgenthau, Baruch, Wise, Eisenhower, Truman, Stein, Einstein, Warburg, Morgan, etc., y están completamente disfrazados. Unos se sientan en sus tronos de oro, otros tienen que conformarse con las sillas presidenciales. Y otros destruyen la Humanidad fabricando bombas atómicas y bombas de hidrógeno. Ésos son los judíos que conoció Hitler a través de Marx, ésos son los financieros y dueños de la Bolsa, que poseen el verdadero capital internacional, como muy bien lo dice él en Mein Kampf.

     Si Hitler hubiera sido un anti-judío congénito y hubiera matado a los 8.000.000 de judíos que dice él que había en Europa Central y Rusia, nada hubiera logrado, porque no hubiera tocado a ninguno de ellos (los judíos internacionales). Lo más importante para el judío internacional es que el "Holocausto" exista y que las guerras existan, para que él pueda seguir cosechando oro y poder indefinidamente. La conspiración judía internacional en tiempos de Hitler era una realidad que se estaba fraguando delante de sus narices cuando vivía en Viena. Entre 1907 y 1912 Hitler no estaba consciente de lo que estaba preparando para Alemania el "pueblo escogido". Hitler nunca se imaginó siquiera lo que estaban tramando los judíos Adler y Trotsky cuando caminaban juntos por las Calles de Viena. Los Protocolos de los Ancianos de Sión no eran ni una falsificación ni una mentira, como han venido diciendo los judíos. Toda la conjura era legítima y se vino a saber que Alemania y no Rusia encabezaba la lista de las víctimas del judío internacional. La plaza fuerte de Berlín y el trabajador alemán eran muchísimo más importantes que la plaza fuerte de Petrogrado o de Moscú con sus trabajadores rusos.

     Después de que inesperadamente por un asesinato empezó la Primera Guerra Mundial, Rusia se convirtió en una presa mucho más fácil de los judíos-bolcheviques. Ellos por sus propias manos asesinaron al Zar Nicolás II y a toda su familia después de la revolución de Noviembre de 1917. Pero ése no fue su primer asesinato. Ya habían asesinado al Zar Alejandro II en 1881, y a todos los exiliados de ese tiempo los recibieron en Nueva York sus hermanos de sangre Jacobo Schiff, Félix Adler, Emma Lazarus, Joseph Seligman, Henry Rice, etc., con los brazos abiertos, como nos lo relata el rabino Stephen Wise de la ciudad de Nueva York. Después de ese asesinato, el hermano de Lenin y cuatro judíos más intentaron asesinar al Zar Alejandro III. Todas las órdenes salían desde Basilea desde que se fundó en Suiza la Organización Sionista en 1897. Antes de eso las órdenes de todos los asesinatos habían salido desde Viena, que era una cosa que Hitler mismo no sabía. Cuando él llegó a Viena, la actividad revolucionaria del judío internacional ya tenía más de 50 años: ya habían hecho en Rusia la revolución de 1905, y Estados Unidos ya estaba en manos de los judíos. El primero y más notorio fue Teodoro Roosevelt, que planeó y patrocinó una revolución separatista para robarle Panamá a Colombia y luego construír el Canal de Panamá que era lo que le interesaba.

     Los judíos se apoderaron de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. En la segunda mitad del siglo XIX ya eran potentados y lo habían abarcado todo. Las familias de los judíos internacionales Morgan y Rockefeller son un ejemplo clarísimo que estudió Henry Ford para escribir su libro. Primero eran "financieros" que manejaban los fondos que Inglaterra estaba invirtiendo en Estados Unidos, y luego crearon lo que ellos llamaban grandes imperios financieros, bancarios e industriales. Todas sus fortunas eran del tamaño del Coloso de Rodas, una de las siete maravillas del mundo. Se especializaron en la banca internacional, ferrocarriles, la industria del acero, la industria del petróleo, etc. ¡Henry Ford descubrió que el judío internacional J.P. Morgan patrocinó la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra y la ayudó a financiar!.

     En Rusia el Zar Nicolás II asumió el poder en 1894, y en Estados Unidos el judío internacional Theodore Roosevelt venía haciéndose cada vez más fuerte desde que había sido elegido miembro de la Asamblea del Estado de Nueva York en 1882. En Rusia los judíos marxistas seguían conspirando contra el Zar todos los días, y estaban en peligro permanente, pero esta vez sí tuvieron la suerte de tener un hermano de sangre en Nueva York que los ayudó infinitamente desde 1882 hasta 1899 en que fue elegido Gobernador del Estado de Nueva York, y después todavía más cuando fue elegido Presidente de Estados Unidos en 1901. Para ponerse a salvo, los judíos revolucionarios rusos viajaban a Nueva York donde los acogía Roosevelt, y ahí mismo se nacionalizaban como ciudadanos norteamericanos, para, inmediatamente regresar a Rusia y hacer respetar allá su nueva ciudadanía. Ellos ya no eran judíos conspiradores, ahora eran ciudadanos estadounidenses gracias a Roosevelt, Schiff, Adler, Seligman, Rice, Wise, etc., que hacían parte de los 3.000.000 de judíos que había en Estados Unidos en 1901 cuando asumió Theodore Roosevelt como Presidente.

     Henry Ford dice que en San Petersburgo (Petrogrado) había unos 30.000 judíos, de los cuales solamente 1.500 figuraban como judíos rusos, y los otros 28.500 ¡ya eran respetables ciudadanos norteamericanos, de ciudadanías recién concedidas!. Algo verdaderamente inaudito que solamente podía haber salido de las manos del judío internacional Theodore Roosevelt. Cuando el Zar Nicolás II ordenó arrestar a todos los conspiradores, los judíos estadounidenses Schiff, Furt, Marshall, Kraus y Goldfogle, tuvieron la desfachatez de pedirle al Presidente William H. Taft de Estados Unidos que, como represalia contra Rusia, fuera denunciado el Tratado de Comercio.

     Todo esto sucedía mientras Hitler estaba en Viena en 1911, pero él no lo sabía. Otra cosa que él tampoco sabía es que en 1908, cuando él ya estaba en Viena, los judíos Lenin (Vladimir llitch Ulianov), Zinoviev (Apfelbaum) y Kamenev (Rosenfeld), se habían reunido en París para planear otra rebelión y escalar los paros obreros en Rusia hasta doblegar al Zar. El judío Lenin había jurado vengar la muerte de su hermano Alejandro, que había sido ahorcado por atentar contra la vida del Zar Alejandro III. Cuando Rusia le declaró la guerra a Austria en 1914, estaba ya completamente minada desde adentro por los judíos bolcheviques. El judío Lenin los alentaba diciéndoles: "Los revolucionarios rusos deben contribuír efectivamente a la derrota de Rusia". Lo mismo que diría ese judío miserable un año más tarde: "¡Los revolucionarios judíos deben contribuír efectivamente a la derrota de Alemania!".

     Una cosa verdaderamente maravillosa que hizo Henry Ford para la Humanidad antes de que los judíos internacionales le impusieran a Alemania la Segunda Guerra Mundial en 1939, fue denunciar explícitamente al judío internacional y a la conspiración judía internacional que tenía planeado adueñarse no sólo de todas las industrias sino de todos los países del mundo. Después de descubrir la malignidad, la deshonestidad y la perfidia del judío estadounidense, hermano de sangre del que plagaba a Europa, resolvió en buena hora escribir su libro The International Jew, que lo inmortalizó en Alemania y en Hispanoamérica. Ford estudió profundamente e hizo investigar todas las manipulaciones del judío internacional a partir del nacimiento de Karl Marx en 1818 y de su Manifiesto Comunista de 1848. Después de la Primera Guerra Mundial, Henry Ford, con toda razón, se convirtió en un fanático anti-judío, solamente comparable a Hitler. Henry Ford no fue solamente el gran pionero de la industria automovilística sino un verdadero orgullo del mundo anti-judío y de Estados Unidos. Mientras él publicaba el periódico anti-judío Dearborn Independent, los judíos, enardecidos de oír la verdad, recogían rápidamente toda la tirada de su libro, que dadas las circunstancias solamente se salvó en Alemania y en Hispanoamérica; de la redada que le tendió el judío internacional de que él hablaba, su libro desapareció hasta de la Biblioteca del Congreso en Washington D.C. En Alemania pudimos leer su libro, y él a su vez pudo leer en inglés The Protocols of the Elders of Zion que oportunamente le envió Alfred Rosenberg. Herr Ford, como hemos dicho, contaba con la admiración de Adolf Hitler, quien le envió una copia autografiada de Mein Kampf.

     Como resultado de la conspiración judía internacional, en Noviembre de 1917 el judío se apoderó de Rusia, y en Noviembre de 1918 se apoderó de Alemania. La conjura se había planeado y se había hecho con el respaldo y la financiación del judío internacional con base en Estados Unidos, como lo denunció públicamente Henry Ford y lo discernió Adolf Hitler. Todo se había planeado para la celebración de los 100 años del nacimiento del judío Kissel Mordecai, que resolvió llamarse en Alemania Karl Marx. El rebaño de judíos criminales que lo siguieron por espacio de 70 años hasta 1918 fue interminable: Engels, Deutsch, Axelrod, Zasulich, Fignez, Schiff, Adler, Lazarus, Seligman, Rice, Wise, Rosenfeld, Blank, Ulianov, Caleb, Gershuni, León Davidovich Bronstein (León Trotsky), Giovotovsky, Vladimir llitch Ulianov (Lenin), Apfelbaum (Zinoviev), Rosenfeld (Kamenev), Furt, Kraus, Goldfogle, Ouritsky, Rothschild, Loeb, Kahn, Warburg, Axelberg, Adler (Kerensky), Herzl, Aschberg, Yurovsky, Josif David Dzhugashvili (Stalin), y 6.000.000 de judíos que había en Rusia en 1881, y 3.000.000 de judíos que había en Estados Unidos en 1901, y otros 3.000.000 de judíos que había en el resto de Europa, para completar 12.000.000. ¡Un millón de judíos por cada una de las 12 tribus de Israel!.

     Manteniendo siempre en mente su plan de dominar al mundo, en 1908, 60 años después del Manifiesto Comunista, el judío internacional resolvió jugar su suerte y la del mundo a dos cartas: dominaba a través del capitalismo judío internacional, o dominaba a través del comunismo judío internacional. Con cualquiera de las dos cartas debería tener la de ganar en la mano. El judío Lenin con sus bolcheviques dio el golpe en Rusia en Noviembre de 1917, y en 1918 tuvo la desfachatez de decir: "Si Alemania acepta la doctrina bolchevique me trasladaré inmediatamente de Moscú a Berlín". Definitivamente este judío era un descarado, un ejemplar típico de la raza semita del judío de Ur (Caldea). En 1918 él no sabía que existía un alemán que se llamaba Adolf Hitler que era un caballero de la Cruz de Hierro y que más tarde escribiría lo siguiente en Mein Kampf:

     «Aun cuando hubieren transcurrido millares de años, no será posible hablar de heroísmo sin evocar el recuerdo del Ejército alemán que combatió en la Gran Guerra. El casco de acero surgirá a través de la niebla del pasado como un perenne monumento a la inmortalidad. Mientras existan alemanes, éstos habrán de pensar que aquellos hombres fueron hijos de su nación. (...)

     «En aquellos días yo no me preocupaba en absoluto de la política, mas no podía evitar el formar opinión respeto a ciertas manifestaciones que, si bien afectaban a la nación en general, nos concernían especialmente a nosotros, los soldados.

     «Irritábame que se considerase razonable el observar que el marxismo, cuyo supremo y constante fin consistía en la destrucción de todos los Estados nacionales no-judíos, viera con disgusto en aquellos días de Julio de 1914 cómo la clase obrera alemana, a la que había estado embaucando con asiduidad, despertaba acudiendo con mayor entusiasmo a medida que pasaban las horas, en defensa de la Patria. En pocos días se disiparon la niebla y las imposturas de aquella infame seducción nacional, sintiéndose la gavilla de caudillos judíos repentinamente sola y abandonada, cual si no hubiesen quedado ni rastros de las necedades y locuras inoculadas por espacio de más de sesenta años en el espíritu de la muchedumbre. Fue aquél un pésimo trance para los traidores al trabajo germano. Pero así como aquellos cabecillas comprendieron la naturaleza del peligro que los amenazaba, se apresuraron a poner en juego todo su conocido arsenal de embustes, simulando descaradamente adherirse al despertar nacional.

     «Aquél fue el instante de atacar a la traidora secta formada por los envenenadores judíos de nuestra nación. Entonces, puesto que los trabajadores habían descubierto la senda que conduce hacia la nacionalidad, debió el gobierno con firme determinación y sin misericordia extirpar de cuajo a los que excitaban a la opinión pública en contra de la nacionalidad. En momentos en que caían en el campo de batalla los mejores, los que permanecieron a retaguardia debieron por lo menos, haber suprimido la ponzoña.

     «En lugar de ello, Su Majestad el Emperador en persona tendió la diestra a los viejos criminales, concediéndoles su amparo y tolerando que conservasen su asociación. A esto se debió que fracasase hasta entonces la lucha contra el marxismo. Y por este mismo motivo fracasó al fin y hubo de fracasar, a pesar de todo, la legislación de Bismarck acerca del socialismo.

    (...) «En el año 1914 era realmente concebible una cruzada contra la Socialdemocracia, pero la falta de un sustituto práctico ponía un interrogante en lo que respecta al tiempo durante el cual podría llevarse adelante con éxito una contienda semejante. Tocante a esto, existía un gran vacío.

     (...) «Fue en el verano del año 1915 cuando el enemigo comenzó a arrojar volantes sobre nosotros desde el aire.

     «El contenido de aquellos impresos era casi siempre el mismo, aun cuando variaban en lo tocante a la forma de presentación: La angustia crecía en Alemania a ojos vistas; la guerra no concluiría jamás y las probabilidades de ganarla se reducían de día en día; los familiares que habían quedado en la patria suspiraban por la paz que el "militarismo" y el Emperador no pensaban tolerar; el mundo entero que estaba bien informado de todo esto no combatía contra el pueblo alemán sino contra el único responsable de la guerra, el "Káiser"; de suerte, pues, que el conflicto no terminaría mientras no desapareciese de la escena este enemigo de la paz universal. Y cuando la lucha hubiese acabado, las democráticas y liberales naciones acogerían a Alemania en el seno de una liga que aseguraría la paz perpetua una vez destruido el "militarismo prusiano".

     «La mayoría de nuestros hombres se limitaba a reír ante estas tentadoras proposiciones.

     «En el campo de batalla, nuestros soldados constituían invariablemente el viejo y glorioso ejército de héroes.

     (...) «Fui herido el 7 de Octubre de 1916. Con regocijo abandoné el frente, regresando a Alemania en un tren-ambulancia. Habían transcurrido dos años desde que vi por última vez a mi patria, tiempo casi interminable en semejantes circunstancias. Internáronme en un hospital próximo a Berlín. ¡Qué mudanza presenciaban mis ojos!.

     «Desgraciadamente el mundo que me rodeaba era nuevo en varios aspectos. Diríase que en aquel lugar no cabría el espíritu de que el ejército hacia gala en los campos de batalla. Allí me encontré por primera vez con una cosa totalmente desconocida en aquellos: la ostentación de la propia cobardía.

     (...) «En cuanto estuve en condiciones de caminar, obtuve permiso para visitar Berlín. Doquier reinaba la más cruel de las miserias. La capital estaba transformada en una ciudad con millones de habitantes famélicos. El descontento era grande. En ciertas casas visitadas por soldados imperaba el mismo tono que yo había oído en el hospital. Yo tenía la impresión de que aquellos individuos buscaban ex profeso tales lugares para dar rienda suelta a sus opiniones.

     «En Munich la situación era muchísimo peor. Cuando me hube restablecido y se me dio de alta en el hospital, fui invitado a un batallón de reserva: tuve la sensación de que me costaba trabajo reconocer la ciudad. Las oficinas estaban llenas de judíos. Casi todos los empleados eran judíos y casi todos los judíos eran empleados. Sorprendióme aquella muchedumbre de combatientes de la raza escogida, y no podía menos de comparar su elevado número con la escasez con que estaba representada en los campos de batalla.

     «En el mundo de los negocios era todavía peor. La nacionalidad judía se había tornado allí verdaderamente "indispensable".

     (...) «La huelga de municiones (de fines de 1917) no produjo los resultados que se esperaban, consistentes en dejar el frente inerme. Fracasó demasiado pronto para que conforme a las intenciones la falta de armamentos condenara al Ejército a la derrota. ¡Cuán grande fue, no obstante, el perjuicio moral que ella produjo!.

     «En primer lugar, ¿para qué combatía el ejército si en la patria no se deseaba su victoria?. ¿En obsequio de quién se realizaban tan colosales sacrificios y se soportaban aquellas indecibles privaciones?. ¡El soldado luchaba por conquistar el triunfo, y en la patria estallaban huelgas para impedirlo!. Y en segundo lugar, ¿qué efecto producían estas cosas en el espíritu del enemigo?.

     «Durante el invierno de 1917 a 1918, negros nubarrones cubrieron el cielo de las esperanzas de los Aliados. Todas las que éstos habían depositado en Rusia se desvanecieron. El Aliado que había ofrecido el mayor sacrificio de sangre en aras de los comunes intereses llegaba al término de sus fuerzas y estaba a merced de su poderoso adversario. El recelo y la melancolía abandonaban el corazón de los soldados, poseídos hasta entonces de una fe ciega. Temían la llegada de la primavera próxima. Porque, comprobada su impotencia para desbaratar a los alemanes cuando éstos sólo podían mantener en el frente occidental una fracción de sus efectivos, ¿cómo era posible esperar una victoria en las nuevas circunstancias, cuando la totalidad de las fuerzas de aquel formidable ejército de héroes se aprestaba, según todas las apariencias, para emprender un ataque definitivo contra el Oeste?.

     (...) «En instantes en que las divisiones germanas recibían las últimas órdenes para el magno asalto, estalló en Alemania la huelga general.

     «El mundo quedó estupefacto al principio. Después volvió a alentar la propaganda del enemigo, que echó mano de este recurso en el instante supremo. Así, de un solo golpe se halló en medio de hacer renacer la abatida fe de los soldados Aliados a quienes se presentó una vez más la posibilidad de obtener la victoria, convirtiendo la terrible depresión provocada por acontecimientos inminentes en resuelta confianza.

     «Los periódicos británicos, franceses y estadounidenses empezaron a sembrar esta convicción en el corazón de sus lectores, en tanto que se hacia uso de una propaganda inmensamente más débil aún para levantar el ánimo de las tropas que combatían en el frente: "¡Alemania al borde de la revolución! El triunfo de los Aliados es inevitable".

     «Todo esto fue el resultado de la huelga de municiones. Hizo renacer las esperanzas de victoria en las naciones enemigas y acabó con el desaliento que paralizaba las acciones en el frente Aliado. Como consecuencia de ello, se inmoló la sangre de miles de soldados alemanes. Y los que promovieron aquella perversa y desdichada huelga eran los mismos que esperaban conquistar en la Alemania revolucionaria los mayores galardones del Estado.

     (...) «Quiso mi buena suerte que yo me hallase en las dos primeras ofensivas y en la última. Ellas produjeron en mí la más formidable de las impresiones que he experimentado en todo el transcurso de mi existencia: formidable, porque la lucha perdió por última vez su carácter defensivo, transformándose en ofensiva, como en el año 1914.

     (...) «Mientras fue posible conservar su solidez, el frente se había preocupado bien poco de los nuevos fines guerreros de los señores Ebert, Scheidemann, Barth, Liebknecht, etc. Satisfacer las ansias de aquella gente equivalía a sacrificar los intereses de la clase trabajadora en beneficio de una cuadrilla de rateros; llevar tales deseos a la práctica era cosa imposible, a menos que no se quisiera decretar al propio tiempo la ruina de Alemania. La inmensa mayoría del Ejército pensaba todavía como pensaba yo.

     (...) «Ya en el otoño de 1918 los hombres se habían transformado; entre las tropas se discutía de política. La ponzoña procedente de la patria comenzaba a surtir efecto aquí como en todas partes. Los conscriptos jóvenes sucumbían a ella por completo.

      «Durante la noche del 13 al 14 de Octubre los británicos empezaron a arrojar bombas de gas sobre el frente meridional, hacia Ypres. En la noche del 13 de Octubre nos hallábamos todavía sobre un cerro al Sur de Werwick, cuando soportamos un fuego graneado que duró varias horas y continuó por espacio de toda la noche con más o menos violencia. Hacia medianoche desaparecieron varios de nosotros, algunos para siempre. Por la mañana sentí una angustia que aumentaba con cada cuarto de hora que transcurría; a eso de las siete me retiré vacilante y con los ojos abrasados, contándome por última vez entre los participantes de aquella guerra.

     «Horas más tarde, mis ojos se habían convertido en dos carbones encendidos, viéndolo todo negro en torno mío. Envióseme a un hospital de Pasewalk, Pomerania, y desde allí dispuso mi destino que yo presenciase la Revolución.

     «Rumores alarmantes seguían llegando procedentes de la Armada, donde, según se afirmaba, reinaba un estado de febril efervescencia; mas tales nuevas se me antojaban hijas de la imaginación excitada de algunos jóvenes, nunca un asunto que afectase a gran número de personas. En el hospital todo el mundo hablaba del fin de la guerra que, conforme se esperaba, vendría con gran rapidez; nadie hubiera creído, sin embargo, que tendría lugar inmediatamente. Yo no podía leer los periódicos.

     «En Noviembre había aumentado la tensión general. Y de improviso, sin ningún aviso previo, se produjo un día el desastre. Marineros llegados en camiones incitaban al pueblo a la revuelta; algunos jóvenes judíos eran los cabecillas en esta pugna por la "libertad, belleza y dignidad" de nuestra vida nacional. Ninguno de ellos había estado siquiera una vez en el frente.

     (...) «Durante los días subsiguientes fui testigo de los sucesos más infaustos que haya podido presenciar en mi vida. Los rumores se tornaban más y más precisos. Lo que yo me imaginaba ser un episodio aislado adquiría aparentemente las características de una sublevación general. Y para colmo de males, de los campos de batalla venían noticias desalentadoras. Se deseaba la capitulación. Así como suena. ¿Era posible una cosa semejante?. El 10 de Noviembre llegó al hospital el anciano ministro religioso para dirigirnos una breve alocución: de sus labios lo supimos todo.

     «Yo me hallaba presente y me sentí vivamente afectado. El venerable hombre parecía temblar cuando nos aseguró que la Casa de Hohenzollern había abdicado a la corona imperial de Alemania y que la patria sería en lo sucesivo una República.

     (...) «Todo había sido, pues, en vano. En vano los sacrificios y trabajos, en vano el hambre y la sed sufridos por espacio de interminables meses; en vano las horas consagradas al deber, sobrecogidos por el temor a la muerte; ¡en vano el sacrificio de la vida de dos millones de seres!.

     «¿Y nuestra patria?...

     «Pero, ¿era éste el único sacrificio que estábamos llamados a soportar?. ¿Valía la Alemania del pasado menos de lo que suponíamos?. ¿No tenía obligaciones impuestas por su propia historia?. ¿Merecíamos realmente ataviarnos con la gloria de nuestro pasado?. ¿Qué razones se invocarían para justificar un acto así ante las futuras generaciones?.

     «¡Miserables y depravados criminales!.

     «Cuanto más procuraba yo en aquella hora formarme un concepto claro de tan terrible acontecimiento, tanto más fogosa y violenta era la cólera y la vergüenza que enrojecía mi semblante. ¿Qué significaba el escozor de mis ojos al lado de esta tragedia nacional?.

     «Horribles fueron los días y peores aún las noches que sobrevinieron. Yo sabía que estaba todo perdido. Durante aquellas noches nació el odio inextinguible que profeso a los culpables de nuestra desgracia.

     «Guillermo II había sido el primer Emperador alemán que ofreció su mano y su amistad a los cabecillas del marxismo, sin pensar que los pillos carecen de honor. Estos, mientras estrechaban con una mano la diestra imperial, con la otra acariciaban el puñal.

     «Con los judíos no se puede llegar a ningún convenio. Tratándose de sujetos de semejante ralea, sólo sirve el inflexible "O esto o aquello". ¡Yo había decidido dedicarme a la política!».


     Para saber exactamente quiénes son esos "miserables y depravados criminales" de que habla Hitler, o sea quiénes son los "judíos internacionales" de que habla Henry Ford, es necesario estudiar y aprender cómo trabajan, como lo hizo él, antes de denunciarlos. Hitler en Viena se volvió un fanático anti-judío, pero nunca alcanzó a intuír completamente hasta dónde pueden llegar la malignidad, la falsedad, la perfidia y la criminalidad de un verdadero "judío internacional". Hitler era inconsciente de muchísimos planes y jugadas y manipulaciones que el judío tenía en mente mientras él trataba de discernirlo en Viena y en Munich. Después estuvo peleando durante toda la Guerra Mundial en el frente de batalla mientras la serpiente rastrera del judío usaba su ponzoña marxista en Rusia y en Alemania.

     En principio el judío internacional nunca pelea en un frente de batalla; él debe propiciar y financiar todas las guerras, como lo hizo en las dos últimas guerras mundiales, pero lo debe hacer utilizando siempre lo que él muy bien llama "títeres y ejércitos de mercenarios" hasta que él se pueda hacer con el botín de la victoria. Hay dos cosas en que el judío internacional se especializa: desencadenar todas las crisis económicas para rellenar periódicamente sus bolsillos, y desencadenar todas las guerras para darse periódicamente un baño de sangre y ocultar sus crímenes. Así pasó al final de la Segunda Guerra Mundial. Hablaron del "Holocausto" judío, pero los japoneses no pudieron hablar del holocausto japonés de medio millón de hombres, mujeres y niños que los judíos mataron en tres días.

     Los "miserables y depravados criminales" de que hablaba Hitler fueron los que investigó e hizo investigar Henry Ford para su libro, y para su periódico.

     Henry Ford descubrió en sus tiempos que otra gran especialidad del judío internacional es socavar la retaguardia. Socavar la moral no solamente de los trabajadores sino también de los reclutas y soldados, para no hablar de los marineros. ¡En esta forma pérfida o traidora una fábrica podía parar, o un ejército se podía rendir en un instante!.

     Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, el judío internacional Lenin estaba agazapado en Suiza. El judío Trotsky estaba en Rusia pero contaba ya con el pleno respaldo y la financiación de los banqueros judíos de la banca internacional de Nueva York (Jacobo Schiff, Mortimer Schiff, Kuhn Loeb, Otto Kahn, Félix Warburg, Oleg Aschberg, etc.). El 14 de Febrero de 1916, en medio de la guerra mundial en Europa, se reunió en Nueva York el Congreso de Organizaciones Revolucionarias Rusas para lograr en un año el derrocamiento del Zar Nicolás II y la derrota del ejército ruso. El judío internacional estadounidense prometió que tan pronto se completara ese objetivo en Rusia, el ejército estadounidense desembarcaría en Francia. Alemania en este caso sería la segunda víctima. Las fábricas de municiones deberían parar para poder derrotar su frente occidental, el Káiser debería ser derrocado, y el objetivo de la rendición de Alemania completado en otro año, o sea, en 1918.

     Como sabemos, esos "miserables y depravados criminales" cumplieron exactamente con su cometido. Los judíos de Nueva York que Hitler no conocía, en 1911 hicieron que el Presidente Taft finalmente denunciara el Tratado de Comercio con Rusia, para atacar al Zar, y en 1914 ya empezaron a presionar al Presidente Woodrow Wilson para que, contra su voluntad, Estados Unidos entrara en la guerra. Finalmente lograron, también contra su voluntad, que le declarara la guerra a Alemania en 1917.

     En Noviembre de 1917 el judío internacional cumplió su cometido en Rusia, y en Alemania, en Noviembre de 1918. Hitler no sabía que la huelga de las fábricas de municiones de que él habla era parte del primer paso para derrotar a Alemania. El ejército alemán tendría que pelear solamente en el frente occidental, ¡pero no tendría con qué disparar!. Todo estaba planeado y se había aprobado así en Nueva York. Finalmente en 1918, cuando los alemanes preparaban la ofensiva de Marzo, el judío Lenin desde Moscú ordenó a sus secuaces hacer una huelga general en Alemania para apoyar la llegada de las tropas estadounidenses, como se había convenido en Nueva York. Hitler con sus ojos quemados y sin poder entender cómo había podido pasar todo eso en Alemania, no tenía conciencia de lo que el judío internacional puede planear en un instante. Henry Ford sí lo sabía. El triunfo de la Revolución rusa fue financiado por el judío internacional. La miseria, la desgracia y la derrota de Alemania fueron concebidas por el judío internacional. Mientras los alemanes cavaban socavones en el frente de batalla, los judíos cavaban socavones en la retaguardia de Rusia y de Alemania. Henry Ford tenía toda la razón: el judío internacional se especializa también en socavar la moral. Lo hace a través de absolutamente todo lo que concibe y todo lo que produce.

     Cuando Henry Ford resolvió escribir su libro The International Jew, el judío internacional ya había extendido sus garras desde Vladivostok hasta el Rhin. Cuando los judíos bolcheviques se adueñaron de Rusia, tenían en mente dominar la extensión de tierra más grande del mundo y poseedora de las reservas naturales más ricas de la Tierra. Sin embargo, la consideración más importante para ellos era encontrar un país donde pudieran imponer "libertad, belleza y dignidad", como lo proclamaban en Pasewalk. Un país donde 6.000.000 de judíos fueran los comisarios del pueblo y todos los comisarios del pueblo fueran judíos. Un país libre, bello y digno en donde 6.000.000 de judíos ocuparían todos los puestos estatales, constituirían una burocracia muy bella y tendrían un proletariado muy digno en el poder. En otras palabras, un país en donde 6.000.000 de judíos tendrían en los campos, en las grandes ciudades industriales, en el ejército y en la policía secreta, 120.000.000 de esclavos. O sea, 20.000.000 de esclavos por cada millón de judíos.

     A Henry Ford esto le pareció una cosa tan extraordinaria que escribió: "Una Rusia Soviética hubiese sido sencillamente imposible, a no ser que un 90% de los comisarios fueran judíos. El soviet no es una institución rusa, sino judía". Y para que no quepa la menor duda de que se trataba de una manada de funcionarios judíos en las distintas dependencias del gobierno, cita los siguientes porcentajes de judíos: En el Consejo de Comisarios Populares, 77%; Comisión de Guerra, 77%; Comisariado de Asuntos Exteriores, el Comisariado de Hacienda, 80%; Comisariado de Gracia y Justicia, 80%; Comisariado de Instrucción Pública, 79%; Comisariado de Socorros Sociales, 100%; Comisarios de Provincias, 91%, y Periodistas, 100%.

     «Cuando Rusia se hundió, inmediatamente surgió el judío Kerensky. Como sus planes no fueron suficientemente radicales, lo sucedió Trotsky. Actualmente, en Rusia en cada comisario hay un judío. De sus escondrijos irrumpen los judíos rusos con un ejército bien organizado. Todos los banqueros judíos en Rusia permanecieron sin ser molestados, mientras que a los banqueros no-judíos se les fusila. El bolchevique es anti-capitalista sólo contra la propiedad no-judía. Si el bolchevismo hubiese sido realmente anti-capitalista, hubiera matado de un solo tiro al capitalismo judío. Pero no fue así».

     El agregado comercial estadounidense en Petrogrado William Huntington, que estaba allá durante la Revolución declaró: "En Rusia todo el mundo sabe que tres cuartas partes de los jefes bolcheviques eran judíos". La masonería en todo el mundo es una institución judía que nació en Egipto antes de Cristo, cuando los judíos resolvieron ayudarse en tiempos de los faraones. Más tarde la masonería se extendió a los gentiles, para poder aprovecharlos con fines políticos. Acabó siendo una fraternidad judía disfrazada de fraternidad liberal. El judío León Trotsky lo aclara muy bien. El francmasón Franklin D. Roosevelt lo confirma. En resumen, en 1919, en las primeras fases del Estado soviético, en 37 dependencias había 459 judíos y solamente 43 rusos. Podríamos decir que en realidad no era un Estado Soviético sino que era un Estado Judío.

     Aprovechando la derrota de Alemania, los judíos Kurt Eisner, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg y Friedrich Ebert, trataron febrilmente de establecer un gobierno soviético en Alemania. En última instancia el judío Friedrich Ebert, que había patrocinado la huelga de las fábricas de municiones en 1917, fue nombrado Presidente de la República Alemana, y el judío Hugo Preuss ayudó a redactar la nueva Constitución. ¿Podría existir en un país como Alemania, un país de la grandeza nacional de Alemania, algo más descarado?. ¿Cómo podían tener perdón esos "miserables y depravados criminales"?.

     ¿Acaso les importó sacrificar las vidas de 2.000.000 de alemanes?. Lo primero que yo aprendí a leer en alemán en 1933, fue con toda razón: Die Juden sind unser Unglück! (¡Los judíos son nuestra desgracia!, frase de Heinrich von Treitschke).

      Henry Ford en su famoso libro El Judío Internacional, dice:

     «Al terminar la guerra los gananciosos fueron los judíos. En Alemania, Rosenfeld era ministro de Justicia, Hirsch era ministro de Gobierno, Simón era ministro de Hacienda, Futran era ministro de Educación, Kastenberg era director de Artes y Letras, Wurm era secretario de Nutrición, Stadhagen era secretario de Fomento, Cohen era Presidente del Consejo de Obreros y Soldados cuyos colaboradores judíos eran: Stern, Herz, Lowenberg, Frankel, Israelowitz, Laubeheim, Seligschen, Katzenstein, Lauffenberg, Heimann, Schlesinger, Merz y Weil. Nunca la influencia judía había sido mayor en Alemania, y se erigió mediante la ayuda del bolchevismo disfrazado de socialismo, del control de la prensa, de la industria y de la alimentación.

     «Los judíos alemanes Félix y Paul Warburg cooperaban en Estados Unidos en el esfuerzo bélico contra Alemania. Su hermano Max Warburg trataba, entre tanto, con el gobierno alemán. Los hermanos se encontraron en París en 1919, como representantes de sus respectivos gobiernos. Y como delegados de la paz.

     «¿Podría haber en toda la historia de Alemania algo más vergonzoso?. Como decíamos en Alemania, ¡el judío no tiene derecho a existir, y si existe no tiene perdón!».

     El rabino de Nueva York Stephen Wise dice orgullosamente:

     «Como representantes de la judería estadounidense a la Conferencia de Paz en Versalles fueron el juez Julian Mack, Louis Marshall, Harry Cutler, Jacob de Haas, Levinthal, Nachman, Syrkin, Benedict, Richards, y el mismo Wise quien escribe».

     Como sabemos, a la misma conferencia de Versalles fueron los judíos Rathenau, Wassermann, Mendelssohn-Bartholdy, Warburg, Openheimer y Deutsch, en representación de Alemania. ¿Podría haber en toda la historia de Alemania algo mejor convenido por los judíos?. ¿No fue acaso Versalles la conferencia de la Pan-Judea?.

     Henry Ford debió sentir asco por los judíos cuando escribió:

     «Mediante empréstitos los judíos se infiltraron en las cortes, lo mismo en Rusia que en Alemania o Inglaterra. Su táctica recomienda ir derecho al cuartel general. El judío Walter Rathenau era el único que tenía comunicación telefónica directa con el Káiser.

     «Al Estado Judío Internacional que vive secretamente entre los demás Estados, le llaman en Alemania "Pan-Judea". Sus principales medios de dominación son capitalismo y prensa. Como "Pan-Judea" dispone de las fuentes de información del mundo entero, puede ir preparando la opinión pública mundial para sus fines más inmediatos».

     El Berliner Tageblatt y el Munchener Meuste Nachrichten defendían decididamente los intereses judíos. El Frankfurter Zeitung, del que dependen muchos otros diarios, es genuinamente judío.

     El general Erich Ludendorff, que siguió a Hitler en el "putsch" de 1923 "no se explicaba la derrota de 1918 y presintió que allí actuaban fuerzas ocultas que no encajaban en los cálculos del Estado Mayor". Después de hacer estudios e investigaciones en este sentido, afirmó que las fuerzas responsables de la derrota de Alemania constituían el poderío secreto del mundo, formado por judíos y masones. Con base en diversos documentos aseguró que éstos habían estorbado la producción de guerra y fomentado la desmoralización en la retaguardia. En su testamento recomendaba a los alemanes un esfuerzo supremo, económico, militar y psicológico, a fin de sacudir la influencia del poderío secreto del mundo.

     Lo que Henry Ford denunciaba desde Norteamérica como hegemonía judía, el general Ludendorff lo identificaba entre sus documentos de Estado Mayor como "poderío secreto del mundo".

     Y Adolf Hitler también lo denunciaba diciendo:

     «¿No fue la prensa la que en constantes agresiones minaba los fundamentos de la autoridad estatal, hasta el punto de que bastó un simple golpe para derrumbarlo todo?. Finalmente, ¿no fue esa misma prensa la que desacreditó al Ejército mediante una crítica sistemática, saboteando el servicio militar obligatorio e instigando a negar créditos para el ramo de la guerra?.

     «Adquiriendo acciones el judío entra en la industria; gracias a la Bolsa crece su poder en el terreno económico. Tiene en la francmasonería, que cayó completamente en sus manos, un magnífico instrumento para cohonestar y lograr la realización de sus fines. Los círculos oficiales, del mismo modo que las esferas superiores de la burguesía política y económica, se dejan coger insensiblemente en el ámbito judío por medio de los lazos masónicos. Junto a la francmasonería está la prensa como una segunda arma al servicio del judaísmo. Con rara perseverancia y suma habilidad sabe el judío apoderarse de la prensa, mediante cuya ayuda comienza paulatinamente a cercenar y a sofisticar, a manejar y a mover el conjunto de la vida pública».

     Para el judío internacional, más importante que la Torá, el Talmud y las sinagogas, es poder explotar económicamente a todos los pueblos y a todas las naciones del mundo. Definitivamente el "pueblo escogido" fue escogido para explotar. El verdadero judío internacional tiene que amasar grandes fortunas y extender su poderío secreto, así sea produciendo la miseria y la infelicidad de las gentes.

     Henry Ford descubrió que lo que más apetece el judío internacional, el gran industrial de Pan-Judea en Nueva York, son las guerras, para poder hacer todos los contratos de la producción de guerra, como fue el caso de Estados Unidos durante las dos últimas guerras mundiales. Si desafortunadamente, para ellos, no hay guerras, entonces las desencadenan, las imponen como lo hicieron con Alemania en 1939. Después de que sucede la terrible destrucción de las guerras, lo que más apetece son los tratados de paz o las rendiciones incondicionales, porque a través de ellos se apodera de todos los países, de todos los mercados, de todas las industrias, hace grandes préstamos, cobra grandes intereses, maneja los bancos y lo domina todo a través del oro y de la plata. Nunca deja de adorar al "patrón oro".

     Durante la Primera Guerra Mundial toda la industria automovilística de Estados Unidos se convirtió en industria de guerra, para producir toda clase de vehículos y motores. Cuando se acabó la guerra, los judíos no-estadounidenses estaban tan entusiasmados con el negocio que quisieron robarle a Henry Ford su industria automovilística. Ésa era la razón por la cual los quería tanto. Tanto los quería que decidió publicar su libro de que tanto hemos hablado, y utilizando sus mismas armas, publicar un periódico anti-judío para alabarlos. Quería en especial a los hermanos Dodge y al abogado Shapiro. Tratando de imitar a Hitler, los llamaba miserable deshonest jews. Exactamente lo que eran.

     Si en 1919, cuando la gran conspiración del judío internacional estaba en marcha, no hubiera existido Adolf Hitler, Alemania habría sido víctima del comunismo. En Berlín se vio lo que tenía planeado. En Munich se vio lo que tenía planeado. Los judíos se imaginaban que su presa estaba lista y nunca pensaron que ese desconocido les cambiaría sus planes. Para ellos, el milagro alemán no podía suceder. Era imposible. Sin embargo, en cinco años, desde la derrota de Noviembre de 1918 hasta el Putsch hitlerista de Noviembre de 1923, gracias a él Alemania había resucitado. De ahí en adelante, aun con Hitler en la cárcel, el Partido Nacional Socialista era completamente anti-judío, tenía sus bases de socialismo nacional completamente establecidas, y el impulso del Partido acabaría con el reducto comunista de Alemania inevitablemente.

     Una cosa muy importante con la que no había contado el judío en Alemania era el Ejército. El glorioso ejército alemán de que habla Hitler en Mein Kampf, no el ejército de marineros, reclutas y soldados engañados por los judíos, sino el ejército de la oficialidad alemana. El Ejército tradicional de la aristocracia alemana. Lo que hicieron los judíos bolcheviques Trotsky y Lenin con el ejército ruso, no lo hubieran podido hacer jamás con el ejército alemán. Eso se vio inmediatamente en Berlín, que para el judío internacional era su "plaza fuerte". El corazón mismo de Alemania.

     Henry Ford estudió cuidadosamente las cifras del costo de la Primera Guerra Mundial, tratando de saber cuáles habían sido las utilidades o ganancias del judío internacional, y llegó a la conclusión de que básicamente la guerra sólo había enriquecido al judío estadounidense y había empobrecido a todos los demás. Inglaterra les debía 5 billones, Francia 4 billones y Alemania debía 33 billones de dólares, para un total de 42 billones de dólares que deberían ser pagados completamente en 2 años, o sea, en 1921. ¡El judío internacional de la Pan-Judea de Nueva York se había enriquecido en más de 40 billones de dólares!. Ése es su negocio de la guerra; y para poder sobrevivir y poder cobrar, nunca va al frente de batalla.

     Hitler, además de su oratoria verdaderamente maravillosa y convincente, tuvo una gran ventaja en Alemania: que él sabía que el judío es cobarde por naturaleza, y que no hay enemigo más fácil de intimidar y de derrotar que un cobarde. Eso fue exactamente lo que hicieron los Freikorps, la S.A. y la S.S.

     En 1923, desde el punto de vista político, Alemania ya estaba completamente dividida en derecha e izquierda. Lo que estuviera en la mitad no contaba. La derecha representaba la tradición, la nacionalidad, la libertad y el orden. La izquierda representaba el desorden, la revolución, la rebelión contra todo lo tradicional, contra todo lo nacional y contra la libertad del individuo. Para que pudiera suceder el triunfo universal de la conspiración judía, todo tendría que ser internacionalizado, como lo propuso el judío Marx, y todas las órdenes serían dadas desde Moscú por el judío Lenin. A Henry Ford le debió parecer este sistema verdaderamente catastrófico porque aseguraría la extinción definitiva de la civilización y de la cultura del género humano. Especialmente de la libertad, que pasaría a manos de los judíos. Exactamente lo mismo que pensaba Hitler. Otra de las frases que yo aprendí a leer en alemán en 1933 fue: Frei durch Adolf Hitler (Libre gracias a Adolf Hitler). A ese respecto él había escrito:

     «No debe olvidarse jamás que el judío internacional, soberano absoluto de la Rusia de hoy, no ve en Alemania un posible aliado sino un Estado predestinado a la misma suerte política. Alemania constituye para el bolchevismo el gran objetivo de su lucha. Se requiere el valor de una nueva idea, que encarne una misión, para arrancar una vez más a nuestro pueblo de la estrangulación de esta serpiente internacional».

     La muerte de Lenin en 1924 libró a todo el mundo, incluyendo a Rusia, del apóstol más pérfido del marxismo. Este judío bolchevique, que para toda su actividad revolucionaria había contado con la ayuda económica del judío internacional Rothschild, ya había hecho contacto con el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, el judío internacional Walter Rathenau, para que Alemania le prestara ayuda técnica a su camarilla de judíos de Moscú y se firmara el Tratado de Rapallo. El judío Lenin, lo mismo que todos los judíos internacionales, necesitaba la inteligencia y la habilidad de los técnicos agrícolas e industriales de Alemania. Necesitaba también la ayuda de expertos militares del ejército alemán. ¿Podría haber algo más descarado que este arreglo de los judíos internacionales Lenin y Rathenau del Tratado de Rapallo, para ayudar a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que el primero acababa de fundar?. Mediante el Tratado de Rapallo fueron enviados 800 peritos militares e industriales alemanes a vigorizar la maquinaria soviética, modernizando al Ejército Rojo y creando nuevas industrias. "¿Sería posible que Alemania estuviera ayudando a sus asesinos?. ¿Tendría derecho a vivir en Alemania el judío Rathenau?".

     Yo diría que providencialmente para la URSS, a la muerte de Lenin, el Secretario General del partido comunista José Stalin tomó el mando. Providencialmente, porque desde el punto de vista práctico, el país políticamente volvió a ser Rusia. Stalin tuvo la suficiente visión política para devolverse a un socialismo ruso. Nunca practicó el comunismo. No se lo dijo a nadie pero para él Lenin fue un fracaso. Todo lo que éste legó fueron problemas. El judío León Trotsky era todavía más problemático y resolvió eliminarlo.

     José Vissarionovich Djugashvili, alias José Stalin, tenía una abuela materna que era judía de Armenia pero que se había convertido a la religión Ortodoxa. La camarilla judía, incluyendo a Trotsky, Lenin, Kamenev y Zinoviev, decía que Stalin tenía un cuarto de sangre judía, que para ellos era suficiente para que fuera Secretario General del Partido. Probablemente es cierto; lo que es un misterio es cómo hizo Stalin en el Kremlin para desplazar a los judíos de pura sangre.

     Stalin escribió su libro "Problemas del Leninismo" y trató de solucionarlos. Los historiadores y agentes secretos norteamericanos dicen que Stalin era un maestro de la mentira y el engaño. Algo debía tener de judío. Stalin sabía que la "dictadura del proletariado" era sólo una fórmula propagandística para encubrir la verdadera dictadura impuesta al proletariado ruso. El comunismo hablaba de la redención del proletariado para poder atraer las masas, pero una vez controladas, el comunismo no era más que la dictadura de los comisarios del pueblo, bien fueran rusos o judíos. Para él lo más importante era consolidar la dictadura del proletariado en Rusia porque ahí la revolución ya había triunfado. En Alemania la revolución que había dirigido Lenin desde Moscú había fracasado. Había fracasado por culpa de un fascista llamado Adolf Hitler. Los historiadores y agentes secretos estadounidenses dicen que Stalin leyó Mein Kampf, que sintió lo mismo que si ese fascista ya hubiera triunfado en Alemania, y que desde ese momento comenzó a prepararse para una contienda inevitable con Alemania. Sus dos planes quinquenales para colectivizar la agricultura e industrializar a Rusia no fueron más que eso. Su reorganización y purga del Ejército Rojo, no fue más que eso.

     Mientras el judío internacional en Estados Unidos observaba atentamente lo que estaba pasando en Alemania a partir del Putsch de Hitler, Stalin trabajaba febrilmente para tener industria del acero, industria del petróleo, grandes hidroeléctricas, grandes ciudades industriales y una completa red de ferrocarriles.

     Los judíos internacionales de la Pan-Judea de Nueva York también leyeron Mein Kampf y decidieron empezar a prepararse para una segunda guerra mundial. La mejor noticia que pudieron tener fue que Hitler había desencadenado en Alemania una campaña anti-judía. Las exportaciones alemanas habían causado recesión y desempleo en Estados Unidos y los valores de las acciones de la Bolsa estaban bajando por momentos. Lo más fácil para el judío fue provocar la crisis económica de 1929, comprar todas las acciones por nada y hacerse de todas las industrias. Los grandes financieros judíos produjeron miles de quiebras, 11 millones de trabajadores cesantes, devaluación del dólar, y lo más importante que buscaba el judío internacional de Nueva York, que era desacreditar al Partido Republicano del Presidente Herbert Hoover y culparlo de la depresión, para poder preparar el camino de su candidato demócrata Franklin D. Roosevelt, gran abanderado francmasón y judío internacional, hacia la presidencia. La razón de llevarlo allá era que junto con su camarilla judía debería reconocer al gobierno de la Unión Soviética. Como sabemos, en 1933 uno de sus primeros actos como Presidente fue entrevistarse con el judío Litinov (alias Max Finkelstein), ministro de Relaciones de la Unión Soviética, y reconocer su gobierno. La elección de Roosevelt era lo que necesitaba el judío internacional para la preparación de la Segunda Guerra Mundial.

     Teniendo ya en sus manos un país completamente industrializado como era Estados Unidos, el judío internacional a partir de 1933 podía sentarse tranquilamente a mirar los toros desde la barrera. Ya había leído Mein Kampf y ya había hablado con su colega Max Finkelstein alias Litvinov. ¡Todo había quedado arreglado en Washington D.C. en un instante!. La Unión Soviética había sido reconocida, Stalin no tendría que preocuparse por las amenazas de Hitler, habría una ley de préstamos y arriendos en manos de judíos, Stalin debería continuar con sus ya famosas "purgas" y proseguir con su segundo plan quinquenal. El judío internacional le prometió a Litvinov que se establecerían relaciones diplomáticas en ese mismo año y le pidió que le informara a Stalin que la política de su abanderado el Presidente Roosevelt sería completamente pro-soviética. Una cosa más le prometió el judío internacional a su colega Finkelstein alias Litvinov antes de partir: que sus títeres en Inglaterra y en Francia funcionarían a cambio de que Rusia pusiera la "carne de cañón". Así es como trabaja el judío internacional de que habla Henry Ford. Es una verdadera pena que nadie lo pueda entender. ¡Siempre ha sido un incomprendido!.

     Los historiadores y agentes secretos estadounidenses dicen que José Stalin, el seminarista Ortodoxo de Tiflis, el inocente hijo de Gori en Georgia (URSS), ¡también fue un gran incomprendido, porque era todo un misterio!. Según lo que decía él, era todo de acero, fundido al rojo en el Cáucaso y enfriado en Siberia. Él decía que no tenía alma. Seguramente era cierto porque pasó a la Historia como el dictador más desalmado de su tiempo. Un convencido comunista español, Víctor Serge, que sí tenía alma y que huyó de Rusia después de haber visto las carnicerías humanas que hacía Stalin, escribió:

     «Sus gritos son ahogados en las cárceles o se los fusila sin proceso alguno. El número de fusilados asciende probablemente a 100.000. Jamás ningún Estado ha destruído sus cuadros con semejante ensañamiento y de una manera tan completa. Gobierno y comités han sido renovados por lo menos dos veces en dos años. Tan sólo el Ejército Rojo perdió 30.000 de sus 80.000 oficiales. Esto era apenas lógico porque en el fondo el pueblo ruso siempre había sido anti-judío y los que ahora estaban acusando y matando eran los judíos. Esto le hubiera sucedido exactamente igual a los alemanes, que en el fondo siempre han sido anti-judíos, si en 1918 hubieran caído en manos de judíos, en manos de esos "miserables y depravados criminales"».

     Los cambios de Gobierno de que habla Víctor Serge eran los cambios de camarilla judía: Caía el judío Kerensky, pero surgía el judío Trotsky; caía el judío Trotsky y surgía el judío Lenin; adquiría poder el judío Zinoviev pero caía y entonces ganaban poder Litvinov, Kaganovich, y toda esa recua interminable de judíos del Kremlin.

     El francmasón Franklin D. Roosevelt ya era Presidente de Estados Unidos, y sabía de las "carnicerías humanas" que estaban haciendo Stalin y su camarilla de judíos, pero a su vez él tenía que seguir los consejos de la suya, su camarilla de judíos internacionales que en nada se diferenciaba de la otra. Bernard M. Baruch, Henry Morgenthau, James R. Warburg, Félix Frankfurter, Cardozo, Sol Bloom, Samuel Untermeyer, Sam Rosenman, Stephen Wise, y toda esa recua interminable de judíos que sólo Henry Ford conocía. En el fondo el pueblo estadounidense siempre ha sido anti-judío, pero siempre ha sido inocente, y no sabía las manos en que estaba.

     La Pan-Judea de Washington D.C. hablaba de los campos de concentración que tenía Alemania, pero callaba las "carnicerías humanas" que estaban haciendo sus hermanos del Kremlin. Ya hemos dicho que la mejor noticia que pudo tener el judío internacional fue que Hitler había desencadenado una campaña anti-judía ¡porque a ellos ya les olía a holocausto!. Exactamente lo que necesitaban. ¿Quién iba a mencionar la carnicería del Kremlin al lado del holocausto del siglo?. Así es como trabaja el judío internacional de que habla Henry Ford. Es una verdadera pena que nadie lo pueda entender. ¡Siempre ha sido un incomprendido!.

     En la Unión Soviética las famosas "purgas" de Stalin y su camarilla judía llegaron hasta las mismas puertas del Kremlin. Todo para engañar al mundo. Cayeron los judíos Zinoviev y Kamenev, pero surgieron otros judíos peores que ellos: Litvinov, Zdano, Kalinin y Vishinsky. El ciclo de la camarilla de judíos del Kremlin era interminable, lo mismo que era interminable el ciclo de la Pan-Judea de Washington D.C.

     Los historiadores y agentes secretos estadounidenses dicen que Stalin se unió a los bolcheviques en tiempos de la revolución de 1905, pero que calladamente se enroló en la policía secreta del Zar para hacer el papel de doble agente e informar a los bolcheviques lo que pensaba hacer el Zar. Era bolchevique disfrazado de agente del Zar. Los bolcheviques lo llamaban por el apodo de Koba. Stalin convenía con la Okhrana sus propios arrestos (1905, 1906, 1909, 1910 y 1913), y luego era puesto en libertad. Lo que le interesaba era poder informar a los bolcheviques lo que tenían planeado los zaristas. Tanta confianza le tenía la Okhrana que le pagó un viaje a Estocolmo en 1906 para que asistiera como agente secreto al 4° Congreso del Partido Comunista, y en 1907 otro viaje para que asistiera como agente secreto al 5° Congreso del Partido Comunista en Londres. Dicen que en Febrero de 1917 quemó los archivos de la Okhrana para que no quedara rastro de ellos. Dicen también que en 1930 la NKVD por orden suya eliminó un gran número de "reaccionarios" que sabían su historia.

     Sea lo que fuese, no cabe duda que José Stalin fue el judío internacional más notable del siglo XX. No fue Lenin. Lenin fue un fracaso. En Rusia no se les puede comparar. Stalin estableció muy inteligentemente que en Rusia existirían diferentes clases de individuos dentro del Partido Comunista, y que debería existir un incentivo o bonus para los individuos que se destacaran en la producción agrícola e industrial del país. Creó grandes complejos y ciudades industriales. Utilizó todos los grandes recursos naturales de Rusia hasta los Urales. Utilizó todos los grandes recursos humanos de Rusia entre los 20 y los 35 años de edad, hombres y mujeres, incluyendo el Ejército Rojo. Purgó y modernizó el ejército. Purgó y modernizó el Kremlin. A través de sus dos planes quinquenales logró que Rusia fuera completamente autosuficiente y tuviera además una tremenda producción de guerra, todo esto estimulado por Mein Kampf. Hitler nunca se imaginó quién estaba leyendo su libro en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La razón por la cual Rusia podía producir no sólo tractores sino tanques y aviones y toda clase de material de guerra fue que sus planes quinquenales tuvieron gran éxito. La razón por la cual el Ejército Rojo mantuvo la moral durante la Segunda Guerra Mundial fue que, durante la reorganización del ejército, Stalin hizo énfasis en la nacionalidad del Ejército ruso y su deber de defender a la Nación Rusa, no al sistema comunista. Stalin era comunista y fue el Secretario General del Partido Comunista, pero después de leer Mein Kampf se convirtió en un Nacional Socialista Ruso. En realidad derrotó a Hitler esgrimiendo sus mismas armas.

     Después del fracaso de la revolución comunista de 1918, y de la de Pan-Judea más descarada de Versalles, surgió en Alemania un político, Adolf Hitler, mejor conocido en Munich como Stupor Juden, porque ordenó eliminar secretamente a los dirigentes de los "criminales de Noviembre": Kurt Eisner, Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht, Walter Rathenau, etc., para que pagaran sus crímenes. A Lenin le debió costar trabajo creerlo y salir de su estupor; en cambio la Pan-Judea de Nueva York lo analizó con toda la calma, y lo consideró como una declaración de guerra. La lectura de Mein Kampf que vino después no hizo más que confirmarlo. A partir de ese momento la Pan-Judea de Nueva York resolvió que sin tener en cuenta cuál fuera la suerte del marxismo en Rusia, Estados Unidos debería prepararse para imponerle una guerra económica a la Alemania que según ellos acabaría en manos de Hitler.

     En Estados Unidos la Pan-Judea de Nueva York empezó a estudiar estrechamente a Alemania y al Japón por 10 años, desde 1923 hasta 1933, y a hacer todos los planes para la más lucrativa de las guerras: la Segunda Guerra Mundial. Con este objeto provocaron la crisis económica de 1929, se adueñaron de las industrias, llevaron a la Presidencia al judío internacional y francmasón Franklin D. Roosevelt, restablecieron relaciones con Rusia, etc., todo sin que el pueblo estadounidense lo presintiera.

     En 1933 con la llegada de Adolf Hitler al poder se realizó el sueño de Alemania, y en Estados Unidos la llegada de Franklin D. Roosevelt a la Presidencia realizó el sueño de la Pan-Judea de Nueva York. A partir del 4 de Marzo de 1933 todos los planes para la Segunda Guerra Mundial, tanto contra Alemania como contra el Japón, se hicieron y se fraguaron alrededor de la Casa Blanca. Esto solamente lo sabían los judíos y masones de gran calibre. Ejemplo: Roosevelt pasaba temporadas en la casa de su consejero judío Bernard W. Baruch, conocido como el "estadista número uno". Baruch era jefe del Consejo Imperial de la Gran Masonería Universal. Eso ya lo dice todo. Lo que planeaban estos dos judíos y masones era la guerra económica que le debían imponer a Alemania. Como sabemos, el judío Baruch quedó completamente encargado de sus hermanos de sangre del Kremlin. A la Pan-Judea de Nueva York la tenía verdaderamente preocupada el hecho de que en Alemania la economía hitleriana estaba haciendo milagros de producción sin necesidad de oro, y todavía le preocupaba más que el Imperio marxista de Rusia estaba en peligro. De acuerdo con lo que le decía el "estadista número uno" a Roosevelt, sólo el supercapitalismo judío estadounidense podría a largo plazo aniquilar a Alemania. En 1933 el judío internacional ya estaba hablando de aniquilar a Alemania. Probablemente también ya estaba hablando de aniquilar al Japón.

     Seis años antes de que se encontrara el falso pretexto de Polonia para imponerle la guerra a Alemania, la Federación Mundial Económica Judía ya le había declarado la guerra económica. La lucha armada fue posteriormente sólo una extensión de la guerra económica.

     Henry Ford escribió en 1920:

     «Existe un supercapitalismo que se apoya exclusivamente en la ilusión de que el oro es la máxima felicidad. Y existe también un super-gobierno internacional cuyo poderío es mayor que el que tuvo el Imperio Romano».

     Ese super-gobierno internacional fue el que Ludendorff llamó "poderío secreto del mundo". Ése es el poderío secreto del mundo masón. Ése es el mismo poderío secreto del judío internacional. Sobre el oro de los judíos de que habla Henry Ford, decía Hitler: "No tenemos oro, pero el oro de Alemania es la capacidad de trabajo del pueblo alemán. La riqueza no es el dinero, sino el trabajo".

     Desde luego que para la Pan-Judea de Nueva York y de Washington D.C. esto era una herejía contra el Trono del Oro y la ciencia económica embaucadora del judío, pero en la Alemania de Hitler probó ser absolutamente cierto, como se tratará en la tercera parte de este libro.


Adolf Hitler: Genial Arquitecto del Tercer Reich


     Todos los que estamos celebrando el primer centenario del nacimiento de Adolf Hitler [1989], sabemos muy bien que él era un genio político y militar, pero muchos de nuestros lectores no saben que Adolf Hitler era también un genio de la economía, y que ese genio económico fue más importante para Alemania que su genio político, porque un político que no puede manejar con éxito la economía de un país, generalmente no llega muy lejos.

     Inicialmente yo había pensado tratar sus tres genios, el político, el militar y el económico, pero después decidí, como economista que soy, que el verdadero arquitecto del Tercer Reich, merecía más ese nombre como economista genial del Tercer Reich. Con base en una economía sui generis, sencilla y sin ramificaciones, y contra la opinión de todos los economistas europeos incluyendo los mejores alemanes, logró establecer en Alemania la estructura económica más eficiente de toda Europa. Todo el mundo hablaba del milagroso resurgimiento económico de Alemania, pero muy pocos se preguntaban quién había hecho posible ese milagro. Desde el punto de vista económico, Adolf Hitler fue el genial arquitecto del Tercer Reich. Sin la estructura económica basada en el capital-trabajo que él concibió, Alemania nunca hubiera podido convertirse de la noche a la mañana en una potencia mundial.

     Cuando Hitler tomó el poder, Alemania estaba todavía exhausta de la última guerra, y tenía el gran problema económico del judío ancestral, que con sus engañosas y complicadas teorías disfrazaba su Trono del Oro. Lo primero que tuvo que hacer Hitler fue proscribir este último. El oro no debía primar sobre las fuerzas del espíritu alemán, y todos los judíos que no aceptaran que la riqueza no era el oro sino el trabajo, deberían empezar a trabajar en campos de concentración.

     Definitivamente la economía nacionalista sería conducida personalmente por Hitler por un nuevo camino, el camino del capital-trabajo, como él mismo lo llamó. Los judíos no lo podían creer, pero ante sus propios ojos Alemania resurgía de la miseria en que ellos la habían dejado para convertirse en una potencia internacional.

     Estados Unidos no había podido dar trabajo a los once millones de desocupados que tenía; en cambio Alemania, veinte veces más pequeña, ya había dado pan y trabajo a los seis millones de desocupados que había heredado Hitler. La realidad estaba demostrando claramente que el capital-trabajo era un hecho. Gracias al genio de Hitler la economía alemana no se preocupaba de que en el banco hubiera o no divisas o reservas de oro; emitía papel moneda, creaba una nueva fuente de trabajo, daba empleo a los desocupados, aumentaba la producción, y ese mismo aumento era la garantía del dinero emitido. En vez de que el oro respaldara al billete de banco, era el trabajo el que lo hacía. En otras palabras, la riqueza no era el oro ni el dinero, sino el trabajo mismo. Como era de esperarse, esta política económica de Hitler acabó con los judíos. Hasta entonces el judío siempre había preguntado si había dinero para empezar una obra; en cambio, Hitler no hacía esa pregunta sino que ponía a trabajar a los desocupados, y la obra ya terminada tenía un valor por sí misma. El dinero vendría después como símbolo de ese valor intrínseco. En otras palabras, para el judío el oro era primero y el trabajo después. Para el alemán el trabajo era primero y el oro después.

     La razón por la cual con los judíos no se acababa el desempleo era que si el judío no prestaba el dinero la obra no se podía empezar y los desocupados nunca podían empezar a trabajar. Hitler acabó muy rápidamente con los judíos y les hizo saber que se podían ir con su oro a otra parte. Para los mismos banqueros alemanes, acostumbrados a la "escuela judía", el desconcierto debió ser muy grande. Sin embargo, los resultados fueron tan reveladores en relación con el desempleo, que en Inglaterra, en Francia y en Estados Unidos, en donde imperaba el Trono del Oro, se empezó a dudar de sus poderes.

    El genio de la economía que tenía Hitler le fluía en la forma más natural, y los mismos magos financieros que tenía Alemania no podían entender de dónde sacaba todas esas ideas. Al mismo Hjalmar Schacht tuvo Hitler que explicarle ciertas nociones elementales de economía, y este mago se sintió incómodo, pero la culpa no fue de Hitler.

     «Herr Schacht, la razón de la gran estabilidad de nuestra moneda es que los especuladores ya están en los campos de concentración... La inflación no la provoca el aumento de dinero circulante: ésta aparece el día en que se exige al comprador, por el mismo artículo, una cantidad mayor a la exigida la víspera. Allí es donde hay que intervenir y controlar los precios. Las utilidades excesivas deben abolirse de la economía.

     «Herr Schacht, todas estas cosas son simples y naturales. Lo fundamental es no permitir que los judíos metan en ellas sus narices. La base de la política comercial judía reside en hacer que los negocios lleguen a ser incomprensibles para un cerebro normal... Emitir dinero es únicamente un problema de fabricación de papel. Toda la cuestión es saber si los trabajadores producen en la medida de la fabricación del papel. Si la producción no aumenta el aumento de dinero no les permitirá comprar más cosas de las que compraban antes con menos dinero. El valor del dinero depende de las mercancías que tiene detrás».

     Cuando Hitler exponía sus ideas, antes de tomar el poder, todos los economistas se horrorizaban y aseguraban que violaban las bases establecida de la ciencia económica, pero más tarde cuando tomó el poder y resultaron ciertas, entonces todo cambió, y esos mismos economistas pudieron probar científicamente que sí eran ciertas. Ejemplo: cuando Hitler le explica a Otto von Zwiedineck que el "patrón oro" no era más que un mito, éste quedó escandalizado, pero más tarde cuando sus ideas se tradujeron en hechos, él mismo explicó científicamente el valor del sistema.

     Con la idea de Hitler de que el dinero no era más que la representación de un trabajo, y que allí donde el dinero no representaba un trabajo carecía de valor, la falsificación judía de la Economía Política según la cual el trabajo es sólo una mercancía y el oro la única base de la moneda, quedó completamente al descubierto. Tan eficiente fue el sistema capital-trabajo, que en 1936 el desempleo había desaparecido en Alemania e inclusive se necesitaban obreros.

     La estabilización de precios que resultó de la intervención oficial tuvo un éxito único en la historia de Alemania desde los tiempos de la Revolución Industrial.

     De todo lo dicho anteriormente la judería se alarmó, pues siendo el acaparamiento del oro y el dominio de la banca sus medios de dominación mundial, eso significaba un peligro muy grave. El triunfo de un Estado que podía sobrevivir sin oro y además desvincular sus instituciones de crédito de la red internacional judaica, era verdaderamente un peligro muy grave.

     ¿Cómo había podido Hitler lograr esa milagrosa transformación económica de Alemania?; ¿acaso era también un genio de las finanzas?. Sí, Adolf Hitler fue un genio de las finanzas, y precisamente el éxito de sus ideas económicas le permitió convertirse en el genial arquitecto del Tercer Reich. Sin ese arquitecto de la estructura económica del capital-trabajo, Alemania no hubiera podido resurgir. A él y solamente a él se debió el milagro que yo mismo pude apreciar en 1936, durante la olimpíada de Berlín.

     Alemania no tenía oro ni minas de oro, Alemania no tenía divisas extranjeras, ni crédito judío. ¿De dónde había salido todo ese dinero para emprender obras gigantescas y darle trabajo a seis millones de desocupados que había en Alemania en Enero de 1933?. Adolf Hitler, el genial arquitecto del Tercer Reich, concibió la fórmula para reconstruír a Alemania utilizando el espíritu alemán. ¡Hitler, como el primer alemán, sabía que hay fuerzas imponderables del espíritu capaces de obrar milagros!.

     Su fórmula era tan sencilla que parecía inverosímil entre todas las mentiras de la pseudo-ciencia económica judía. Consistía básicamente en el principio de que la riqueza no es el dinero sino el trabajo. En consecuencia, si faltaba dinero, se emitía, y si los judíos del Trono del Oro gritaban que esto era una herejía, bastaba con aumentar la producción y con regular los salarios y los capitales para que no ocurriera ninguna crisis económica. Muchos economistas que viajaron a Alemania pudieron observar cómo se daba ese paso audaz del capital-trabajo, y quedaron verdaderamente sorprendidos.

     «Los dividendos mayores del 6% debían ser invertidos en empréstitos públicos. Se considera que el aumento de billetes es malo, pero esto no tiene gran importancia cuando se regulan los salarios y los precios, cuando el Estado monopoliza el mercado de capitales... Como resultado, la producción agrícola e industrial de Alemania llegó a sextuplicarse y así el capital-trabajo fue imponiéndose al engaño del oro. Naturalmente que esto estaba en pugna con los intereses judíos que hallan más cómodo amasar fortunas en sucias especulaciones, monopolios o transacciones de bolsa, que forjar patrimonios mediante el trabajo».

     Hitler repudiaba el Trono del Oro, y desde 1923 había escrito que el capital debe hallarse sometido a la soberanía del Estado en vez de ser una potencia internacional independiente. Es más, el capital debe actuar en favor de la soberanía del Estado en vez de convertirse en amo de éste. Es intolerable que el capital pretenda regirse por leyes internacionales atendiendo únicamente a lograr su propio crecimiento. En las llamadas democracias la economía ha logrado imponerse al interés de la colectividad, y si para su conveniencia utilitaria es más atractivo financiar a los especuladores que a los productores de víveres, puede hacerlo libremente. De igual manera puede ayudar más a los capitales extranjeros que a los propios, si en esa forma obtiene dividendos mayores. El bien de la patria y de la nacionalidad no cuentan para nada en la ciencia económica del Reino del Oro.

     Naturalmente, ese egoísmo practicado y propiciado por el judío fue eliminado implacablemente en Alemania.

     En 1940 Hitler decía:

     «No tenemos oro. Tenemos en cambio la fuerza productora del pueblo alemán. En los países capitalistas el pueblo existe para la economía y la economía para el capital. Entre nosotros ocurre al revés: el capital existe para la economía y la economía para el pueblo. Lo primero es el pueblo alemán y todo lo demás son solamente medios para obtener el bien del pueblo».

     Hitler claramente da a entender aquí que Alemania no pertenecía a los países capitalistas ya que el papel del capital era muy diferente. En el comercio exterior, el sistema alemán de comerciar internacionalmente a base de trueque y no de divisas también alarmó a los especuladores profesionales. En respuesta a las críticas judías contra el trueque, en 1939 Hitler dijo:

     «El sistema alemán de dar por un trabajo realizado noblemente un contra-rendimiento también noblemente realizado, constituye una práctica más decente que el pago por divisas que un año más tarde han sido desvalorizadas en un tanto por ciento. Hoy nos reímos de esa época en que nuestros economistas pensaban con toda seriedad que el valor de una moneda se encuentra determinado por las existencias en oro y divisas depositadas en las cajas de los bancos del Estado, y sobre todo, que el valor se encontraba garantizado por éstas. En lugar de ello hemos aprendido a conocer que el valor de una moneda reside en el poder de producción de un pueblo».−



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