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miércoles, 2 de octubre de 2013

Michael C. Piper - Sionismo Es Judaísmo



     Del importante libro del escritor estadounidense Michael Collins Piper (1960) publicado en 2009 "The New Babylon", que es una visión panorámica de los orígenes históricos, religiosos y económicos del nuevo orden mundial, hemos puesto en castellano su interesante y documentado tercer capítulo, donde se ve que, como sostiene el autor, contrariamente a lo que a muchos les gustaría creer, el sionismo es en gran medida una pieza central del judaísmo, y no una especie de herejía o corriente escindida. El señor Piper rechaza como mitos muchas mentiras que circulan por estos días en cuanto a ciertas vinculaciones que habría tenido la Alemania nacionalsocialista con gente que le sigue siendo contraria. Con numerosas fuentes va tejiendo el diseño que ilustra sobre cómo se imbrican el poder del dinero, el judaísmo, los Protocolos de Sión (a los cuales se les dedica un breve estudio), la masonería y el sionismo, y el verdadero carácter de éste, que no es el que se suele hacer creer que es, ya que su componente espiritual, no el político, es idéntico al del judaísmo, cuyo objetivo central no es Sión sino el planeta. Demás está señalar, por lo dicho, que para Piper el Nuevo Orden Mundial es el cumplimiento del programa del imperialismo judío planteado ya en el Talmud, aquel santo libro.


CAPÍTULO TRES
Sionismo Es Judaísmo:
El Fundamento para un Imperio Judío Global
por Michael Collins Piper


     La palabra aliyah —que es el hebreo para "irse a vivir a Israel"— literalmente significa "subir". Según el rabino Joseph Telushkin (el tan cacareado publicista de la agenda judía) este concepto de aliyah implica, por lo tanto, "la superioridad moral y espiritual de vivir en Israel". Sin embargo, alejarse de Israel, dice Telushkin, «inspira un término mucho más cargado en hebreo que la palabra inglesa "emigrar", a saber, la palabra yerida, que significa completamente lo opuesto de aliyah. Significa "descender"».

     En resumen, trasladarse a Israel es bueno, justo y correcto. Abandonar Israel es un mal descenso, ¿quizás al Infierno?.

     Como aprendimos en el capítulo precedente, las antiguas enseñanzas judías, resumidas por el doctor Michael Higger y orientadas hacia "la Utopía judía", en efecto predican realmente la supremacía del pueblo judío y su triunfo final en la obtención del control del mundo y su riqueza.

     Pero el concepto del sionismo político —que surgió como un movimiento formal, casi "oficial", a finales del siglo XIX— es distinto en cierto modo del judaísmo, generalmente en cuanto a que el sionismo estaba (y está) enfocado en el establecimiento real de un Estado judío. Sin embargo, como veremos, contrariamente a lo que a muchos les gustaría creer, el sionismo es en gran medida una pieza central del judaísmo.

     En 1948 fue establecido un Estado judío en el territorio árabe histórico de Palestina. Las circunstancias de aquel acontecimiento (lo que condujo a ello y lo que siguió) están más allá del alcance de este volumen, pero para aquellos que desean seguir la fea historia entera, "The Zionist Connection", del fallecido doctor Alfred Lilienthal, el crítico judío estadounidense del sionismo, es probablemente el estudio más completo que puede ser encontrado.

     Lo que intentamos abordar aquí es la naturaleza poco conocida de la estrategia del sionismo respecto de la agenda judía global como está planteada en el Talmud. De hecho, el sionismo está inextricablemente unido a esta agenda y es el fundamento para el Imperium judío mundial.

     Primero que nada, ¿qué es el sionismo?. El término "sionismo" fue acuñado por un tal Nathan Birnbaum en 1886 y fue adoptado en el Primer Congreso Sionista efectuado en Basilea, Suiza, en 1897. Como un escritor comentó,

     «A los no-judíos, el sionismo les es presentado como el ideal de todos los judíos para volver a su amada patria, Palestina, y para reconstruír un Estado judío allí.
     Que una explicación tal haya sido posible es una prueba sorprendente de la ignorancia del mundo con respecto a los objetivos nacionales judíos y su organización.
     Un estudio atento de la literatura judía, tanto sionista como no-sionista, revela que el sionismo es un movimiento para alcanzar el ideal mesiánico judío de la dominación mundial. Hay que entender muy bien que hay una diferencia profunda entre las concepciones cristiana y judía del Mesías.
     Por una parte, está la del hijo de Dios que se encarna y viene a la Tierra para redimir a toda la Humanidad y mostrar el camino al verdadero Reino de Dios. Por otra, está la de un individuo que será un gobernante mundial que conducirá al pueblo judío, como una nación expresamente elegida, a la dominación espiritual y material.
     Sin duda cansados de esperar al Mesías, en tiempos más recientes los judíos han tendido a identificar la "mesianidad" con la nación judía misma y no con algún individuo en particular».

     Por el momento, sin embargo, debemos hacer una digresión crítica para explorar la tan discutida relación entre la Alemania nacionalsocialista y el movimiento sionista. Esto ha sido materia de mucha información errónea y de desinformación deliberada, la mayor parte de ella difundida por gente bien intencionada que no entiende el cuadro completo.

     Mientras están aquellos que han indicado correctamente que —durante los primeros años del régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler— el gobierno alemán realmente colaboró con elementos del movimiento sionista en Alemania y en otras partes, este punto ha sido en gran parte mal entendido y mal interpretado. Alguna gente más ingenua y excitable ha declarado que ésta es la prueba de que "Hitler era un sionista" y que el objetivo entero de la creación del Tercer Reich era echar a andar el "Holocausto" de modo que de las cenizas de los muertos pudiera surgir un Estado sionista. Esta es una tesis muy llamativa, pero una que esencialmente descansa en una gran cantidad de imaginación asociada a una dependencia fantástica e imaginaria sobre una amplia variedad de fuerzas y acontecimientos —no necesariamente relacionados— que se acomodan en su sitio a fin de conseguir el objetivo final: un Estado sionista.

     Mientras el régimen nacionalsocialista en Alemania desarrolló inicialmente algunos breves esfuerzos de colaboración con los sionistas en Europa y Palestina, viendo esto como un modo ideal de convencer y persuadir a los judíos para que abandonaran Europa, estos lazos generalmente se desintegraron cuando los alemanes reconocieron, durante la época de la guerra, que la colaboración con los árabes anti-sionistas en África del Norte y Oriente Medio era mucho más productiva para los objetivos alemanes. De esa manera, mientras es verdad que los alemanes colaboraron con los sionistas, el asunto ha sido en gran parte exagerado por personas que son reacias o simplemente incapaces de mirar el mucho más grande —y lejos más importante— cuadro geopolítico.

     También hay que mencionar que muchos de aquellos que han adoptado la postura de que "Hitler era un sionista" a menudo tienden a ser individuos —con todo lo bien intencionado que ellos puedan ser— que usan aquella frase para "demostrar" que ellos no son "anti-semíticos", como si dijeran: "Bueno, aunque yo sea un crítico de Israel, no soy como Hitler puesto que, después de todo, fue Hitler quien ayudó a dar origen al Estado de Israel".

     Aquellos que promocionan esta línea no comprenden que la élite del Poder Judío y el movimiento sionista se burlan de esta postura y consideran a cualquiera que incluso coquetee con esta teoría que es tan malo como aquellos otros que son críticos absolutos y abiertos de Israel, el sionismo y la agenda judía.

     Los estudios más responsables de la colaboración alemana-sionista pueden ser encontrados en la obra de Lenni Brenner, un marxista estadounidense nacido como judío ortodoxo, cuyo "Sionismo en la Época de los Dictadores" y su volumen posterior, "51 Documentos: Colaboración Sionista con los Nacionalsocialistas", correctamente ponen la materia en su contexto. Esto no ha frenado a los sensacionalistas para que dejen de torcer la verdad.

     Está también la leyenda de que "los banqueros judíos" o "los banqueros sionistas" (usado a menudo de modo intercambiable) financiaron a Hitler. Eso no es verdad.

     James Pool, con su autorizativa obra "¿Quién Financió a Hitler?", demuestra completamente lo contrario.

     En un caso, un financiero judío en Alemania dio dinero al Partido Nacionalsocialista —antes de la subida al poder de Adolf Hitler—, pero aquellos fondos fueron destinados para ayudar a la oposición al interior del partido de Hitler, para frenar a Hitler. Pero a pesar de este hecho, algunos "patriotas" todavía dicen que "los judíos apoyaron a Hitler".

     Muchos de aquellos que adoran en el altar de este absurdo citan un documento descaradamente fraudulento de sombríos orígenes titulado "Los Banqueros Secretos de Hitler", aparentemente escrito por un tal "Sidney Warburg", uno de aquellos "banqueros judíos". Pero este documento, como hemos dicho, es un fraude.

     El fallecido doctor Antony Sutton en su obra "Wall Street y el Ascenso de Hitler" ha promovido esta teoría, basado en parte en la farsa de Warburg, y ha dado una institucionalización adicional a esta mitología, y al diablo con la verdad.

     Los bancos y las corporaciones estadounidenses trabajaron realmente con el régimen de Hitler, por lo general como una continuación de planes financieros anteriores de hace décadas, pero esto no era parte de ninguna gran conspiración para llevar a Hitler al poder. La afirmación de que la familia Bush fue esencial para el ascenso de Hitler es otro mito. Kevin Phillips —no un admirador de la dinastía Bush en absoluto— examina las circunstancias reales que rodean el escenario Bush-Hitler en su libro "American Dynasty" (Dinastía Estadounidense: Aristocracia, Fortuna y la Política de Engaño en la Casa de Bush) y pone los hechos en la perspectiva apropiada.

     Otra absurda afirmación, la de que Hitler y la mayor parte de los nacionalsocialistas superiores eran realmente judíos o judíos en parte, tiene su origen primario en una obra prácticamente impenetrable y completamente estrafalaria titulada "Adolf Hitler, Fundador de Israel" (Adolf Hitler: Founder of Israel).

     Tristemente, en la época de Internet, este volumen, que la mayor parte de aquellos que lo citan nunca realmente lo ha leído, ha sido extensamente publicitado, incluso por un puñado de almas, responsables en otros aspectos, que parece que quieren creer que Hitler era parte de "la conspiración judía".

     Un talentoso escritor estadounidense, Martin Kerr, ha escrito un estudio autoritativo, "El Mito del Abuelo Judío de Hitler", que puede ser encontrado en Internet [publicado recientemente en este blog], que examina todas las teorías y meandros sobre este tema y pone aquella teoría a descansar. Pero, nuevamente, aquello no detiene a los sensacionalistas de decir que "debe ser verdad: Hitler era un judío y un sionista".

     Mientras todo esto ha sido una clara digresión, ha sido necesaria precisamente porque hay tanta mala información y desinformación deliberada en cuanto a la relación entre Adolf Hitler y los nacionalsocialistas y la agenda sionista y judía que ha ensuciado la Internet y ha publicado trabajos a lo largo del último medio siglo.

     De este modo, lamentablemente, a fin de poner a la historia de acuerdo con los hechos, es fundamental hacer frente a la basura intelectual.

     Para que quede constancia, volvamos a nuestro curso de análisis, la cuestión del sionismo y el judaísmo (de cara a lo que conocemos hoy como el Nuevo Orden Mundial). Y notaremos esto: la verdad es que, con los años, ha habido muchas personas —reconocidamente anti-judías— que han visto algo de sabiduría en el sionismo en general.

     Es decir, ellos vieron la partida de los judíos desde sus tierras y la concentración de la población judía en un Estado que todos los judíos poseyeran (aunque no necesariamente en la Palestina árabe) como un medio de resolver finalmente el conflicto histórico entre los judíos y todos los demás.

     En 1922 Theodore Fritsch, un conocido escritor anti-judío alemán, de hecho reconoció su admiración por la ideología sionista:

     «Todavía consideramos a los sionistas como los más honestos de los judíos, porque ellos confiesan que... no hay ninguna fusión con la gente no-judía, que las diversas razas además mutuamente se perturban unas a otras en su desarrollo y cultura. Por lo tanto exigimos junto con los sionistas "una limpia separación" y el establecimiento de un dominio únicamente de judíos...».

     En una línea similar, en 1921 el autor francés Georges Batault escribió en El Problema Judío:

     «Si el reconstituído pueblo judío desea clasificarse como una nación entre las naciones, entonces es el deber y el interés de cada uno ayudarlo a hacer aquello. Si contempla, por el contrario, organizarse internacionalmente a fin de arruinar y dominar a las naciones, entonces es el deber de estas últimas levantarse y prohibirlo».

     Sin embargo, Batault reconocía que, en último término, las enseñanzas judías enseñaban que los judíos llegarían a gobernar la Tierra en su totalidad:

     «En cuanto al resultado final de la revolución mesiánica, siempre será el mismo: Dios derrocará a los reyes y llevará a Israel y a su rey al triunfo; las naciones serán convertidas al judaísmo y obedecerán la ley o serán destruídas, y los judíos serán los amos del mundo».

     En Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, había una amplia oposición a la influencia judía, no sólo en el régimen de Vichy en la Francia del Sur, un régimen independiente que colaboró con la Alemania nacionalsocialista, sino igualmente en el área de la Francia del Norte ocupada por los alemanes.

     (Tenga en cuenta este interesante dato: Muchas personas hoy, sobre todo estadounidenses incultos, perciben la Francia de Vichy como si éstos fueran los "tipos malos" que eran "anti-judíos", y la Francia ocupada por los alemanes como los "tipos buenos" que "odiaban a los nacionalsocialistas y se opusieron a su punto de vista anti-judío", pero la verdad es que la oposición al poder e influencia judíos estaba extendida a través de toda Francia, a pesar de todas las leyendas de la Segunda Guerra Mundial).

     En cualquier caso, un escritor que habló sobre estos asuntos entre los franceses fue Gabriel Malglaive, cuyo libro "Jewish or French?" publicado en 1942 hablaba de las medidas tomadas en la Francia de Vichy diseñadas para reducir el poder judío. Él dijo que había cuatro objetivos principales subyacentes a estas medidas:

1. Separar resueltamente a los judíos del gobierno... Aquella fue la primera tarea y relativamente la más simple, porque preveía sólo un pequeño número...;

2. Combatir su influencia intelectual, su anclaje y la extensión de su intrusión en el Estado; separarlos, con este propósito, de las profesiones liberales, de la enseñanza, de la prensa, etc.;

3. Eliminar su supremacía "económica y financiera", su preponderancia en todas las ramas de la industria, el comercio, la bolsa y los bancos, es decir, des-judaizar este reino que había sido el suyo. Actuar en tal manera que ellos ya no retuvieran el poder del dinero, el más temido, ya que si ellos lo hubieran mantenido, ellos habrían conservado, en la práctica, todos los demás;

4. Eliminar, finalmente, su poder oculto manteniéndolos lejos de las corporaciones, purificando... la prensa y las agencias por medio de las cuales ellos establecieron una propaganda astuta y su censura de facto...

     Al final, él escribió que lo que se tendría que dar a lo que él y tantos otros consideraban como el "Problema Judío" era una "Solución Judía". Irónicamente, Malglaive dijo que en el futuro las grandes potencias mundiales, incluyendo al pueblo judío, serían obligadas a reconocer "la existencia de la nación judía", y por lo tanto a asignar un territorio que sería entregado a la nación judía.

     Esto, por supuesto, es, de hecho, lo que hoy conocemos como "sionismo". El resultado sería, dijo Malglaive, que a partir de entonces, "todos los judíos del mundo poseerán legal y oficialmente la nacionalidad judía que sus corazones secretamente siempre han elegido". El asunto era ―él finalizaba― "si deseando resolver el problema humanamente queremos dejar de ser provocados por los judíos, o si, siguiendo aplicando medidas a medias, nos resignamos a un acuerdo parcial y por lo tanto pobre sobre esta Cuestión".

     Ahora en este aspecto, considere el hecho de que un filósofo judío nacido ruso, Jacob Klatzkinconsiderado entre los más "radicales" de todos los escritores y publicistas sionistas en negar la posibilidad de la existencia judía fuera de cualquier Estado judío— incluso plantea la proposición de que el pueblo judío en conjunto no excluía necesariamente a aquellos que formalmente rechazaron las enseñanzas religiosas judías. Klatzkin escribió:

     «El judaísmo descansa sobre una base objetiva. Ser un judío no significa la existencia ni de un credo religioso ni de uno ético. No somos ni una congregación religiosa ni una escuela de pensamiento sino miembros de una familia, portadores de una historia común. Negar las enseñanzas espirituales judías no lo pone a uno fuera de la comunidad, y aceptarlas no lo hace a uno un judío. En resumen, para ser parte de la nación uno no tiene que creer en la religión judía o en la perspectiva espiritual judía».

     Así, mientras a menudo se oye que mucha gente de nuestros días dice: "Bien, aquellos judíos seculares y ateos que dirigen el actual Israel no se parecen a los judíos buenos y religiosos de la Biblia", el hecho es que hasta un sionista de línea dura como Klatzkin todavía consideraba a aquellos judíos "no-religiosos" como una parte integral del pueblo judío y vital para la causa del sionismo.

     Y otro de los grandes pensadores sionistas, Abraham Isaac Kook, que murió en 1935, escribió:

     «El nacionalismo secular judío es una forma de auto-engaño: el espíritu de Israel está tan estrechamente unido al espíritu de Dios que un nacionalista judío, no importa cuán secularista pueda ser su intención, a pesar de él, debe ratificar lo divino. Un individuo puede cortar el lazo que lo une a lo eterno, pero la Casa de Israel en conjunto no puede».

     En su informe "Sionismo, Judíos y Judaísmo", el sacerdote Joseph L. Ryan —quien hizo clases en la Universidad St. Joseph en Beirut y sirvió como decano y vicepresidente académico en la Universidad Al-Hikma en Bagdad— concluyó:

     «Primero, los escritores sionistas concuerdan de manera aplastante en que los judíos forman un pueblo bien definido.
     Segundo, muchos de estos portavoces están de acuerdo en el carácter nacional de los judíos.
     Algunos de ellos dicen que los judíos son una nación, y deberían ser una. Ambos grupos están de acuerdo en que los judíos serán una nación.
     Tercero, la mayor parte de los escritores sionistas concuerdan en que la religión ha desempeñado un papel importante en la vida judía.
     Mientras algunos insisten en que este papel debiera seguir, al menos para la judería si es que no para todos los individuos, otros niegan esto».

     El filósofo palestino y respetado académico Edward Said dijo: "El sionismo y el imperialismo se inspiran el uno en el otro, cada uno a su propio modo", y que el sionismo era en efecto una parte del surgimiento del imperialismo moderno.

     Y, como veremos repetidamente en las páginas de este volumen, el imperialismo moderno es el "Nuevo Orden Mundial", el cual, por su parte, proviene de las enseñanzas judías del Talmud babilónico, imperialismo que igualmente puede ser remontado a la aparición al Poder del Dinero Internacional como se ha institucionalizado en la Casa de Rothschild. El sionismo es sólo otra parte de la ecuación. La línea cronológica histórica demuestra todo esto de la manera más concluyente.

     En la serie monumental de artículos recordados colectivamente como "El Judío Internacional" como fue publicada en el periódico The Dearborn Independent del industrial estadounidense Henry Ford y luego re-publicada en un grupo de libros de cuatro volúmenes (y desde aquel entonces vuelta a publicar muchas veces aquí [en EE.UU.] y por todo el mundo), el asunto del "anti-judaísmo" fue abordado como sigue:

     «[No es] anti-judaísmo decir que existe la sospecha en el extranjero en cada capital de la civilización y que existe la certeza entre varios hombres importantes de que hay un plan activo en el mundo para controlar a éste, no por medio de la adquisición territorial, no por la adquisición militar ni por el sometimiento gubernamental, ni siquiera por el control económico en el sentido científico, sino mediante el control de la maquinaria de comercio y cambio.
     No es anti-judaísmo decir aquello, ni tampoco el presentar las pruebas que apoyan esto. Aquellos que podrían refutarlo mejor, si no fuera verdadero, son los judíos internacionales mismos. Pero ellos no lo han refutado.
     Aquellos que podrían demostrarlo mejor [que es falso] serían aquellos judíos cuyos ideales incluyen a la toda Humanidad en un pie de igualdad y no el bien de una raza sola, pero ellos no lo han demostrado.
     Algún día podría surgir un judío profético que verá que las promesas otorgadas sobre el antiguo pueblo no van a ser realizadas mediante los métodos de los Rothschild, y que la promesa de que todas las naciones serían benditas a través de Israel no va a ser cumplida convirtiéndolas en los vasallos económicos de Israel; y cuando aquel tiempo venga, podemos esperar un cambio de dirección de la energía judía en canales que vaciarán las actuales fuentes de la Cuestión Judía.
     Mientras tanto, esto no es anti-judaísmo. Esto puede incluso resultar ser un servicio mundial al judío, para aclarar qué objetivos motivan a ciertos altos círculos».

     Theodore Herzl —el padre del sionismo moderno— escribió muy memorablemente en su famosa y fundamental obra "El Estado Judío": "Somos un pueblo... Cuando nos hundimos, nos convertimos en un proletariado revolucionario, en los sub-oficiales de un partido revolucionario; cuando nos elevamos, crece también nuestro terrible poder del dinero".

     La serie de artículos de Henry Ford sobre cuestiones acerca del poder judío en Estados Unidos planteaba francamente la cuestión de lo que Ford llamaba "La Base Histórica del Imperialismo Judío". Ford advertía:

     «Otra idea pre-concebida contra la que hay que ponerse en guardia es que cada judío que uno encuentra tiene el conocimiento secreto de este programa. Éste no es el caso. Cada judío que ha mantenido contacto con su pueblo está familiarizado con la idea general del triunfo final de Israel, pero con los proyectos especiales que durante siglos han existido de manera formulada para el logro de aquel triunfo, el judío promedio no está más familiarizado que cualquier otro.
     De todos modos, alertados incluso de estas ideas pre-concebidas, no hay manera de escapar de la conclusión de que si tal programa de imperialismo mundial judío existe hoy, debe existir con el conocimiento y el apoyo activo de ciertos individuos, y de que estos grupos de individuos deben tener en alguna parte un jefe oficial».

     ¿Hay un Sanedrín hoy?. El comentario de Ford citado en la Enciclopedia Judía dice: "El Sanedrín, que era completamente aristocrático en su carácter, probablemente asumió su propia autoridad, ya que estaba compuesto de las familias más influyentes de la nobleza y el clero". Ford comentó:

     «El Sanedrín ejercía la autoridad no sólo sobre los judíos de Palestina sino dondequiera que ellos estuvieran dispersos a través del mundo. Como un senado ejerciendo la autoridad política, el Sanedrín cesó con la caída del Estado judío en el año 70, pero hay indicaciones de su existencia como un cuerpo consultivo hasta el siglo IV».

     Escribiendo acerca de la bien conocida solidaridad entre los judíos y abordando la cuestión de si "¿Son los Judíos una Nación?", Ford afirmó:

     «Si no hubiera ninguna otra evidencia, la misma evidencia que muchos escritores judíos citan, a saber, el alineamiento inmediato de los judíos unos con otros sobre cualquiera y toda ocasión, constituiría la prueba de la solidaridad racial y nacional.
     Cada vez que estos artículos [en el periódico de Ford] han tocado al Financiero Judío Internacional, cientos de judíos de los sectores sociales inferiores han protestado.
     Toque a un Rothschild, y el judío revolucionario del ghetto emite su protesta y recibe el comentario como una afrenta personal. Toque a un político judío regular, de la vieja línea, que esté usando a un gobierno exclusivamente para beneficio de sus congéneres judíos, como contra los mejores intereses de la nación, y los socialistas y los judíos anti-gubernamentales salen en su defensa.
     La mayor parte de estos judíos, se podría decir, ha perdido el contacto vital con las enseñanzas y ceremoniales de su religión, pero ellos indican cuál es su verdadera religión mediante su solidaridad nacional».

     Ya en 1879 el gran escritor alemán Adolf Stoecker notó esto:

     «La gente que vierte duras críticas sobre la Iglesia, sobre personalidades y asuntos, se indigna extremadamente cuando otros se permiten echar tan sólo una mirada escrutadora a la judería.
     Ellos mismos se dejan caer sobre cada actividad no-judía con odio y desprecio. Pero si nosotros suavemente decimos una palabra de verdad sobre sus hechos, ellos hacen el papel del inocente insultado, la víctima de la intolerancia, los mártires de la historia mundial».

     Ford sabía que, para aquellos que no estaban familiarizados con las enseñanzas judías, la discusión de la influencia judía era algo polémico. Cuando un no-judío promedio se veía encarado con preguntas tales como "¿la judería sabe lo que está haciendo?, ¿tiene una política exterior en cuanto a los no-judíos?, ¿tiene un ministerio que ejecuta aquella política exterior?, ¿tiene este Estado judío —si es que existe— una jefatura?, ¿tiene un Consejo de Estado?, y si alguna de estas cosas es así, ¿quién es consciente de ello?", Ford sostuvo que la respuesta impulsiva de cualquier no-judío sería "No", por cuanto ya que los gentiles nunca habían sido entrenados en secretos o en la "unidad invisible", cosas como éstas no caben en su mente, si no fuera más que por la única razón de que el no-judío promedio nunca ha sido expuesto a ninguna de tales evidencias de la existencia de un mundo escondido.

     Sin embargo, Ford afirmó que, a pesar de todo, "si no hay ninguna conspiración deliberada de judíos en el mundo, entonces el control que ellos han conseguido y la uniformidad de las políticas que ellos siguen debe ser el simple resultado, no de decisiones deliberadas, sino de una naturaleza similar en todos ellos trabajando de la misma manera".

     Reflexionando sobre el poder judío y su influencia en Estados Unidos, Ford añadió: "Cuando usted ve cuán estrechamente los judíos están unidos mediante varias organizaciones en Estados Unidos, y cuando usted ve cómo con mano experta ellos forman aquellas organizaciones, como con una probada confianza en la presión que ellas han de ejercer, es al menos bastante concebible que lo que puede ser hecho con un país puede ser hecho, o ha sido hecho, en todos los países donde los judíos viven".

     Fue en efecto Henry Ford quien en los años '20 popularizó los ahora mal reputados Protocolos de los Sabios de Sión en lengua inglesa en Estados Unidos, pero al mismo tiempo Ford comenzó a escribir sobre esta controvertida obra, que ya había sido objeto de debate frenético en Inglaterra y en otras partes de Europa desde inicios del siglo XX.

     Los Protocolos, por supuesto, son el muy comentado documento (difundido hasta en los medios de comunicación hoy) que bosquejaba, esencialmente, un plan judío para la dominación mundial, un Nuevo Orden Mundial, precisamente de la naturaleza que Michael Higger más tarde delineó en su estudio de "La Utopía Judía".

     Y entender la naturaleza de los Protocolos es vital para nuestra búsqueda de la verdad.

     La relación entre los Protocolos y el concepto de sionismo es un tema poco comprendido que incluso muchos de aquellos que se imaginan estar sintonizados con las complejidades del "Problema Judío" no entienden.

     Sin embargo, aquí en estas páginas, vamos a cortar a través de la confusión y a diseccionar precisamente lo que los Protocolos representan respecto del sionismo, la agenda judía y el Nuevo Orden Mundial.

     El nacionalista francés vizconde León de Poncins, escribiendo en "Las Fuerzas Ocultas Detrás de la Revolución", resumió apropiadamente la naturaleza de los Protocolos de los Sabios de Sión:

1) Hay y ha habido durante siglos una organización política e internacional secreta de los judíos;

2) El espíritu de esta organización parece ser un odio tradicional y eterno hacia el cristianismo y una ambición titánica de dominar el mundo;

3) El objetivo perseguido a través de todas las épocas es la destrucción de los Estados nacionales y la substitución en su lugar de una dominación judía internacional;

4) El método, empleado al principio para debilitar y luego destruír los cuerpos políticos existentes, consiste en inocular en ellos ideas políticas destructivas. Estas ideas están resumidas en los principios revolucionarios [de la Revolución francesa de 1789]. La judería permanece protegida de estas ideas corrosivas: "Predicamos el liberalismo a los gentiles, pero por otra parte mantenemos la disciplina absoluta en nuestra nación".

     En el momento en que Henry Ford comenzó a hacerse cargo de la controversia que rodea a los Protocolos, este muy debatido documento sólo había sido objeto de discusión durante poco más de dos décadas.

     Ford hizo notar un interesante aspecto del debate sobre la autenticidad de los ahora legendarios Protocolos. Ford expresamente se dirigió al punto de que la mayor parte de la crítica a los Protocolos por parte de fuentes judías provenía del hecho que los Protocolos habían salido de Rusia; es decir, los críticos judíos procuraban descartar los Protocolos como propaganda rusa anti-judía.

     Ford respondió a esto diciendo: "Eso no es cierto. Llegaron por medio de Rusia". Ford señaló que los Protocolos "fueron incorporados a un libro ruso publicado alrededor de 1905 por un profesor [Sergei Nilus] que intentó interpretar los Protocolos a la luz de los acontecimientos que estaban ocurriendo entonces".

     Como una consecuencia, advirtió Ford, esto dio los Protocolos lo que él llamó "un tinte ruso" que había sido "útil" para los propagandistas judíos, particularmente en Estados Unidos e Inglaterra, porque aquellos mismos propagandistas habían sido exitosos, él dijo, "en establecer en la mentalidad anglosajona una cierta atmósfera de pensamiento rodeando la idea de Rusia y de los rusos".

     Una de las más grandes patrañas que él percibió que habían sido impuestas sobre el mundo (en particular sobre los estadounidenses) por propagandistas judíos, estaba en relación a lo que Ford llamó actitudes negativas hacia "el temperamento y el genio de la gente realmente rusa". De este modo, el concluía, el énfasis en los llamados orígenes "rusos" de los Protocolos era una tentativa de desacreditarlos vinculándolos al pueblo ruso.

     Ford notó que "la evidencia interna deja claro que los Protocolos no fueron escritos por un ruso, ni originalmente en lengua rusa, ni bajo la influencia de las condiciones rusas, sino que ellos encontraron su camino a Rusia y fueron publicados primeramente allí".

     Quizá lo más notable, señaló Ford, era que dondequiera que el poder judío era capaz de suprimir los Protocolos, ellos en efecto fueron suprimidos.

     El inconformista, poeta y ensayista estadounidense Ezra Pound valoró los famosos Protocolos en una manera bastante única:

     «Cuando uno menciona que los alegados protocolos son de los Sabios de Sión, uno con frecuencia se encuentra con la respuesta: "Ah, pero ellos son una falsificación". Ciertamente ellos son una falsificación, y ésa es una prueba que tenemos de su autenticidad. Los judíos han trabajado con documentos falsificados durante los pasados 2.400 años, es decir, desde que ellos han tenido cualquier documento en general.
     Y nadie puede licenciarse como un historiador de este medio siglo sin haber examinado los Protocolos, que presuntamente, si usted prefiere, han sido traducidos del ruso, desde un manuscrito que puede ser consultado en el British Museum, donde un documento tal puede o no existir... El interés de los Protocolos radica en el tipo de mente, o en el estado mental de su autor. Aquél fue su interés para los psicólogos el día que ellos primero aparecieron, y para los historiadores dos décadas más tarde, cuando el programa contenido en ellos ha entrado en vigor de manera tan aplastante».

     Para el registro histórico en cuanto a los Protocolos, debería ser notado aquí que el fallecido Ralph Grandinetti, un nacionalista estadounidense (quien era un amigo de este autor) pasó varios años investigando en los archivos de la Biblioteca del Congreso la documentación que rodea la historia y el debate sobre los Protocolos en los primeros años del siglo XX.

     Grandinetti descubrió artículos en lengua inglesa publicados en un diario judío con sede en Londres a principios de los años '20 que declaraban rotundamente que lo que conocemos hoy como los Protocolos eran, de hecho, documentos que reflejaban un punto de vista particular hecho público por una facción judía en uno de los Congresos Sionistas Mundiales sostenidos a fines del siglo XIX.

     Entonces la verdad es que —al menos según una fuente judía respetada y autorizada— mientras los Protocolos pueden no haber sido el magnífico documento que representa a "todos los judíos", de hecho reflejaba la filosofía de una parte de "los judíos". Y como veremos, aquel elemento de la jefatura judía llegó a predominar cuando la comunidad judía internacional se estaba orientando hacia un programa global para el pueblo judío en su conjunto.

     Y aún hoy hay debates y conflictos dentro de la comunidad judía, e incluso dentro del marco del Poder Monetario Internacional, como se ha reflejado en varios debates en Estados Unidos entre varias facciones judías.

     De modo que la idea de que los Protocolos eran simplemente una "falsificación" —tramada por elementos rusos (ya por órdenes de o con el estímulo del Zar de Rusia)— es una historia de portada muy ingeniosa. O, uno podría decir, son incluso un fraude y una falsificación, como los Protocolos mismos han sido descritos, aunque obviamente no en términos exactos.

     Así, es imposible separar sionismo y judaísmo y la Utopía Judía, el Nuevo Orden Mundial. Igualmente, el registro muestra que la francmasonería —durante mucho tiempo vinculada a las intrigas de los infames Illuminati que asumieron el mando de aquélla— ha sido una fuerza en el empuje hacia la Utopía Judía.

     En 1929 el ministro E. Cahill, un profesor de historia de la Iglesia y de ciencias sociales en Milltown Park, Dublín, escribió "La Francmasonería y el Movimiento Anti-Cristiano" en donde él concluía que la mayor parte de la parafernalia externa de la francmasonería, como su ritual, terminología y leyendas, es de origen judío; que la filosofía (o religión) de la francmasonería esotérica, es decir, de los círculos interiores y el poder controlador, era idéntica a la Kábala judía, una filosofía oculta y mística de un cierto segmento de los judíos, filosofía que se dice que es parte de la ley Mosaica transmitida por la tradición y consignada por escrito por los profetas judíos y otros.

     Cahill también concluyó, basado en su extenso estudio, que un cierto grupo de judíos, uno de inmenso poder y riqueza, estaba liderando a los francmasones, y que un grupo algo más grande de judíos influyentes estaba persiguiendo los mismos objetivos que los francmasones y usaba medios similares y estaba al menos en cercana alianza con los francmasones.

     Incluso la Enciclopedia Judía en su sección sobre la francmasonería señalaba que "El lenguaje técnico, los ritos y el simbolismo de la Masonería están llenos de ideas y términos judíos... En el Rito Escocés, las fechas de todos los documentos oficiales son dadas según el mes hebreo del calendario judío, y se hace un uso de las formas más viejas del alfabeto judío".

     El escritor judío Bernard Lazare notó que los judíos kabalistas estaban alrededor de lo que él llamó "la cuna de la francmasonería", como queda evidenciado por ciertos ritos todavía existentes y demostrados de manera concluyente.

     El escritor francés Gougenot de Mousseaux, notando el final y el entrecruzamiento de la francmasonería con ciertos elementos del judaísmo, señaló:

     «Los verdaderos jefes de esta asociación inmensa de la Francmasonería, los pocos dentro de los círculos íntimos de la iniciación que no deben ser confundidos con los líderes nominales o testaferros, son sobre todo judíos, y viven en una alianza cercana e íntima con los miembros militantes del judaísmo, es decir, aquellos que son los líderes de la sección kabalista. Esta élite de la asociación masónica, estos verdaderos jefes, que son conocidos por tan pocos incluso de los iniciados, y a quienes aún hasta estos pocos conocen sólo bajo nombres falsos, continúan sus actividades en una secreta dependencia (que ellos encuentran muy lucrativa) de los judíos kabalistas».

     Otro escritor francés, M. Doinel, un antiguo miembro del consejo de la infame francmasónica Gran Logia del Oriente de París, dijo:

     «Cuán a menudo he escuchado a los francmasones lamentarse del dominio de los judíos... Después de la Revolución [francesa] los judíos han tomado posesión de las logias masónicas cada vez más completamente, y su dominio ahora es incuestionable.
     La Kábala domina como señora en las logias interiores y el espíritu judío domina en los grados inferiores...
     En la mente de Satán, la sinagoga tiene una parte de suma importancia que jugar... El gran enemigo cuenta con los judíos para gobernar la masonería, así como cuenta con la masonería para destruír la Iglesia de Jesús-Cristo».

     En resumen, la francmasonería —desde prácticamente el principio— ha sido una parte integral del plan judío para un Nuevo Orden Mundial.

     En efecto, el registro histórico muestra que el verdadero padre de lo que conocemos como el Nuevo Orden Mundial fue un judío ruso, Asher Ginsberg, mejor conocido como "Ahad Ha’am" (que significa "Uno del Pueblo"), quien mantenía la opinión de que los judíos tenían que congregarse para establecer colonias agrícolas en Palestina que, como el doctor Norman Cantor las describió, "servirían como un fundamento en la Tierra Santa para un centro cultural de habla hebrea para la judería mundial, un centro cultural de élite para la judería mundial".

     Judío Ortodoxo, educado en estudios rabínicos, Ginsberg —quien vivió de 1856 a 1926— describió a los judíos como una "súper-nación" cuyo "genio étnico debe garantizar su derecho a la dominación mundial". Él dijo que "la Tierra de Israel debe abarcar todos los países de la Tierra a fin de mejorar el mundo por medio del Reino de Dios".

     Un perceptivo escritor ruso, Vladimir Begun, en un libro suyo de 1977, "Invasión Sin Armas", comparó a Ginsberg con los fascistas de los años '30 y '40. Refiriéndose a un artículo de 1898 de Ginsberg titulado "Nietzscheísmo y Judaísmo", en el cual Ginsberg expresaba lo que podríamos llamar su perspectiva "chauvinista judeo-sionista", Begun dijo:

     «No es difícil para el lector alcanzar la conclusión lógica: en la medida en que hay una "súper-nación", entonces como [el superhombre de Nietzsche] debe marchar hacia su objetivo por sobre los cadáveres de otros. No debe mostrar ninguna consideración hacia nadie o nada, a fin de conseguir la dominación de "los elegidos" sobre "los paganos".
     Uno puede remontar los eslabones de una misma cadena: la Torá > la base ideológica de los "teóricos" sionistas > agresión en el Oriente Medio > y la corrupción de las mentes en Israel (abiertamente) y en otros países (en secreto)».

     En opinión del escritor judío Moshe Menuhin, la filosofía sionista de Ginsberg era "un sionismo espiritual, una aspiración para la realización del judaísmo y no del sionismo político", siendo definido el sionismo político como la reunión de la totalidad del pueblo judío en un solo Estado, aislado del resto del planeta, prosperando sólo entre su propia gente allí.

     Ginsberg discrepaba de lo que él consideraba el concepto del preeminente líder sionista Theodore Herzl de que el sionismo era económico en su naturaleza y debería ser dirigido hacia el establecimiento de un Estado político y geográfico.

     Ginsberg —dice Menuhin— consideraba a los judíos como "una clase única de nación, un cuerpo homogéneo aparte de las otras naciones" y que "un centro espiritual judío en Palestina" se convertiría en "una luz para la Diáspora" (los judíos dispersados por toda la Tierra) y finalmente permitiría al pueblo judío convertirse en "una luz para las naciones".

     Este denominado "sionismo espiritual" de Ginsberg era así sinónimo del judaísmo clásico y profético, no diferente de las enseñanzas del Talmud que dirigieron al judaísmo a través de los siglos.

     Así, la teoría comúnmente sostenida y desarrollada por muchos de que "el sionismo no es judaísmo y el judaísmo no es sionismo" es errónea, simplemente equivocada. El sionismo, en definitiva, no es sino una extensión política del judaísmo.

     El trabajo de la fallecida Pacquitta DeShishmaraff, una mujer estadounidense casada con alguien de la aristocracia rusa, establece el papel central de Ginsberg en la formulación de los Protocolos. El estudio germinal de DeShishmaraff, "Aguas Fluyendo hacia el Este" (Waters Flowing Eastward, escrito bajo el seudónimo "L. Fry") subrraya el punto crítico de que el sionismo, en realidad, es mucho más que un movimiento "nacionalista"; más bien, el sionismo es internacionalista hasta la médula e indiscutiblemente se erige como el marco para un Imperio judío mundial: el Nuevo Orden Mundial.

     Por DeShishmaraff nos enteramos de que en 1889 Ginsberg conformó un pequeño grupo, los Hijos de Moisés, y que fue delante de ese grupo que Ginsberg presentó primeramente los Protocolos. Mientras él puede en realidad haber tomado prestado de obras geopolíticas previamente publicadas —contribuyendo a la afirmación a menudo sostenida de que los Protocolos eran "falsificaciones" que fueron sacadas de otros volúmenes—, lo que conocemos realmente como los Protocolos fue el producto de Ginsberg, reflejando su agenda judía global. Durante los años que siguieron, fueron puestas en circulación traducciones en lengua hebrea de los Protocolos dentro del movimiento sionista por Ginsberg y sus seguidores, ahora unidos como los Hijos de Sión (o "B'nai Zion").

     Y en 1897, cuando el Congreso Sionista se reunió en Suiza y el sionismo surgió como un movimiento oficial, los Protocolos fueron efectivamente incorporados en la agenda sionista (es decir, judía).

     Mientras el mundo no-judío percibió al sionismo como estrictamente dedicado al establecimiento de un Estado judío, el llamado "sionismo secreto de Ginsberg" fue muy reconocido, dentro de los círculos judíos de la élite, como la verdadera agenda, una agenda internacional, en efecto enmascarada como una agenda estrictamente nacionalista enfocada en un único Estado judío en Palestina.

     Entonces no fue ningún error cuando el escritor judío Bernard Lazare, escribiendo en su famoso libro de 1894 "Antisemitismo", habló con franqueza de la "conquista económica" judía, pero dijo que junto con la dominación económica por los judíos vino además la "dominación espiritual". Él entendía la diferencia.

     Ya en 1924 el nacionalista polaco Roman Dmowski reconoció estos matices, que todavía siguen siendo un misterio para muchos, en particular para ciertos "patriotas" estadounidenses. Aquel estribillo oído a menudo —casi un mantra ritualista— de aquellos patriotas en cuanto a que "el sionismo no es judaísmo y el judaísmo no es sionismo" deja de reconocer que, de hecho, las sectas judías anti-sionistas que rechazan (al menos por el momento) el Estado político de Israel, a pesar de todo permanecen dedicadas al Talmud y creen que, a la postre, habrá una Utopía judía global, la institución de un Estado mundial en el cual los judíos quedarán como supremos. Y eso es difícilmente algo a lo que cualquier patriota de cualquier lugar debería dar la bienvenida.

     En una serie de artículos titulada "Los Judíos y la Guerra" que fueron publicados de nuevo más tarde en 1947 en la obra "La Política y la Reconstrucción del Estado Polaco", el nacionalista polaco ya mencionado Roman Dmowski escribió:

     «Últimamente ha comenzado a dominar una corriente orientada a reconciliar todos los objetivos modernos con la tradición bíblica del "Pueblo Elegido". Aquélla reconoce el objetivo de controlar Palestina, no con el propósito de congregar allí a todos los judíos y así liberar a otros países de ellos, sino con el fin de construír ahí el centro espiritual de los judíos y crear la base operacional para la acción en todo el mundo. Palestina nunca fue la patria de los judíos, porque ellos nunca tuvieron una patria, pero ellos hicieron de Jerusalén su centro espiritual. La recuperación de este centro junto con el control de Palestina, con su población no-judía, es un objetivo necesario de esta nueva corriente.
     Pero, al mismo tiempo [esta nueva corriente] los emplazaba a no olvidar que se supone que ellos "poseerán la tierra", y que por lo tanto ellos deben estar en todas partes, y en todas partes ganar posiciones y organizar sus influencias. Así entendido, todos los objetivos judíos previamente contradictorios se formaban en la línea y podían estar de acuerdo en [esta última] tarea de la política judía. Con tal comprensión de la tarea, todas las fuerzas judías estarían actuando en todos los países en cualquier capacidad que pudiera ser empleada para el objetivo común».

     Irónicamente, por supuesto, estalló una lucha de familia judía —el conflicto, por ejemplo, entre Herzl y Ginsberg— y como Dmowski lo señaló, "sólo persistió la disputa sobre la prioridad y sobre el liderazgo de varios grupos dentro del judaísmo". Esta disputa, él advirtió, involucraba incluso la cuestión de Palestina.

     De hecho, el concepto de una idea de un hogar nacional para los judíos ―han dicho los críticos del sionismo― era que los líderes judíos sintieran la necesidad de (establecer) un mayor control sobre sus hermanos menores y que éste era el objetivo de establecer grupos sionistas por todo el mundo que clamaran por la fundación de un Estado judío.

     De hecho, ésta era la base del plan de Asher Ginsberg para la dominación mundial y todavía, irónicamente, hay muchos judíos anti-sionistas así como no-judíos anti-sionistas que consideran a Ginsberg como un líder espiritual del pueblo judío a ser admirado. De hecho, Ginsberg es el progenitor del siglo XX de lo que hoy llamamos el Nuevo Orden Mundial, el programa del imperialismo judío.

     S. P. Chajes, una figura en el B’nai B’rith, escribió en The Jewish National Almanac que "Nuestro imperialismo [judío] es el único que puede desafiar impunemente los siglos, el único que no tiene que temer la derrota, que sin alejarse de su camino [se mueve] de manera invencible hacia su objetivo con paso lento pero firme". Y aquel objetivo es el Nuevo Orden Mundial.

     Así, absolutamente no hay ninguna cuestión en cuanto a que el objetivo judío último es en realidad la dominación mundial. Incluso el eminente judío alemán Alfred Nossig, un influyente teórico sionista que estaba entre aquellos sionistas que colaboraron con el régimen de Hitler —y quien fue asesinado más tarde por una facción judía que se resintió por sus tratos con los nacionalsocialistas— escribió en su libro "Integrales Judentum":

     «La comunidad judía es más que un pueblo en el sentido político moderno de la palabra. Es el encargado de una misión mundial histórica, yo diría incluso una misión cósmica...
     Aquella misión forma el núcleo inconsciente de nuestro ser, la sustancia común de nuestra alma. La concepción primordial de nuestros antepasados era establecer no una tribu sino un orden mundial destinado a dirigir a la Humanidad en su desarrollo...
     Estamos emergiendo de una larga noche oscura llena de terror. Delante de nosotros se extiende un paisaje gigantesco, la superficie del globo; es nuestro camino. Las oscuras nubes de truenos todavía están sobre nuestras cabezas.
     Cientos de entre nosotros todavía mueren cada día por nuestra fidelidad a la comunidad, pero ya se acerca el tiempo del reconocimiento y de la hermandad de los pueblos. Ya en el horizonte resplandece el alba de Nuestro Día».

     Leon Simon, en "Estudios sobre el Nacionalismo Judío", se hizo eco de Nossig —y de muchos otros filósofos judíos— cuando escribió: "La Edad Mesiánica significa para el judío no simplemente el establecimiento de la paz sobre la tierra y buena voluntad para con los hombres, sino el reconocimiento universal del judío y su dios".

     Del mismo modo, el London Jewish World del 9 al 16 de Febrero de 1883 dijo:

     «La dispersión de los judíos los ha convertido en un pueblo cosmopolita. Ellos son el único pueblo cosmopolita, y en esta capacidad debe actuar, y está actuando, como el disolvente de las diferencias nacionales y raciales. El gran ideal del judaísmo no es que a los judíos se les permita congregarse un día en alguna manera furtiva [como un pueblo separado], sino que el mundo entero sea imbuído con las enseñanzas judías y que en una Hermandad Universal de Naciones —un judaísmo más grande, de hecho— desaparecerán todas las razas y las religiones separadas».

     Y fuera de los círculos estrictamente judíos y sionistas, estaban aquellos que llegaron a entender la plena naturaleza del sionismo cuando éste se opuso a la independencia de los pueblos por todo el mundo. En particular, en Rusia —donde el sionismo y el bolchevismo judío dominaron durante tanto tiempo— una gran variedad de escritores (incluso durante los años de cierre de la era soviética) abordó este tema.

     En 1969 el ruso Yuri Ivanov publicó en la Unión Soviética un libro titulado "Cuidado: ¡Sionismo!. Ensayos sobre la Ideología, Organización y Práctica del Sionismo". Dicho libro vendió no menos de 270.000 copias. Él escribió:

     «En apariencia, la ideología sionista consiste en la doctrina de la creación de un "Estado judío". Por lo tanto, con un conocimiento meramente superficial, podríamos pensar que el modo sionista de mirar las cosas es conmovedoramente indefenso e ingenuamente religioso...
     Sin embargo, los líderes sionistas siempre consideraron la creación de un "Estado judío" no como un objetivo sino como un medio mediante el cual poder realizar otros objetivos mucho más amplios: la restauración del control sobre las masas judías, el enriquecimiento sumo en nombre de la autoridad y la prosperidad parasitaria, y la defensa y el refuerzo del imperialismo».

     La idea de un "Estado judío" ―escribió Ivanov― era sólo un medio para conseguir objetivos capitalistas, y el objetivo sionista nunca fue concentrar a todos o a la mayor parte de los judíos del mundo en dicho Estado: «La idea era la formación de un "centro" mediante el cual sería posible influir en la "periferia"» Y esto, por supuesto, es exactamente lo que el "anti-sionista" Asher Ginsberg admitió cándidamente en sus escritos.

     En 1971 otro escritor ruso, Yevgeny Yevseev, en su obra "Fascismo Bajo la Estrella Azul: La Verdad Sobre el Sionismo Contemporáneo, Su Ideología y Práctica: El Sistema de Organizaciones de la Alta Burguesía Judía", indicó que:

     «Según la lógica sionista, la población judía de Israel no es una nación sino "parte de una" ya que los judíos del mundo entero constituyen una nación de aquí en adelante y para siempre. Los sionistas sostienen que esta nación, dispersada por todo el mundo, vaga de un lugar a otro... Los sionistas todavía pueden tomar ventaja de cosas tales como el parentesco entre los inmigrantes en Israel y los judíos que permanecen en sus patrias actuales e insistir en que la Judería mundial es una».

     Yevseev dijo, sin embargo, que con el tiempo esto dejaría de existir por cuanto los judíos se asimilarían en las poblaciones nativas de los distintos países. Pero podemos decir, retrospectivamente, que esto no parece haber ocurrido, a pesar de los deseos y los sueños de las buenas personas de todas las creencias. Pero Yevseev señaló que el sionismo absorbió, de hecho, al "judaísmo como una parte componente". Él dijo:

     «[El judaísmo y el sionismo] reducen la geografía y la etnografía de los diversos pueblos a una simple y práctica división entre dos países y dos naciones, los judíos y los goyim (los no-judíos). Los goyim son el enemigo, y los rabinos judíos y el régimen sionista israelí, en efecto, ponen a los no-judíos fuera de la ley y crean un estado de enemistad ininterrumpida entre los judíos y todos los otros pueblos, justificando una religión de misantropía y odio hacia la gente de otras religiones para servir a la estrategia global del imperialismo».

     El nacionalista polaco ya mencionado Roman Dmowski reflexionó sobre la influencia que la riqueza judía tenía sobre el resto de la sociedad. Él escribió:

     «Los judíos acumularon una gran riqueza y asumieron un papel significativo en la vida social y política de los países. Además, el amontonamiento de riqueza rápidamente acrecentó el papel [judío] a consecuencia de la dependencia material hacia ellos por parte de amplios círculos de las sociedades europeas.
     A partir de entonces sobrevino un período en el cual, más fuerte que nunca antes, allí gobernó el objetivo de establecer la jerarquía social, una jerarquía basada exclusivamente en la propiedad en la cual... aquellos que disponían de dinero tenían a su servicio numerosas filas de personas trabajando para ellos.
     Esto explica aquellas legiones de defensores del judaísmo y aquellos luchadores a favor de intereses [judíos] que surgieron en el siglo XIX... A éstos se agregaron organizaciones internacionales secretas, en las cuales los judíos siempre tenían a sus defensores y en las cuales, en un cierto tiempo, según todos los datos, ellos [los judíos] tenían posiciones ejecutivas.
     [Todo esto] fue facilitado por el hecho de que ellos realmente no pertenecían a ninguna nación y vivían entre todas ellas; ellos fueron creados, como por diseño, para el papel principal en todas las tareas internacionales».


     Durante este período de tiempo, a pesar de que el pueblo judío vivía dentro de todas las naciones y adoptaba las costumbres de las naciones en las cuales ellos vivían, todavía seguía existiendo lo que Dmowski llamó una "uniformidad de instintos y coherencia racial" que permitió que los judíos conservaran un vínculo muy cercano entre ellos. Y aquello ocurrió, señaló Dmowski, «no sólo entre los judíos que se estaban asimilando y a menudo despojándose a sí mismos de las creencias religiosas y entre los judíos del tipo antiguo, los llamados "Ortodoxos", sino también entre los judíos de todos los países».

     Así fue que el ascenso del Poder Monetario Judío Internacional, ya bien instalado, apareció cuando la ideología sionista (es decir, judía) de conquista global, un imperium mundial —la Utopía judía— alcanzaba su cenit en los círculos filosóficos judíos.−


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