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martes, 22 de octubre de 2013

Joscelyn Godwin - La Sociedad Thule



     Del libro del escritor estadounidense Joscelyn Godwin "El Mito Polar" (1996), que trata acerca del tema del origen polar de la Humanidad, hemos escogido esta vez para dar a conocer su capítulo quinto ("La Sociedad Thule") , por cuanto trata acerca del modo en que la mitología nacionalsocialista adoptó el asunto de la patria ártica, y más precisamente del asunto que se conoce como las raíces ocultistas del nacionalsocialismo, materia de la que se ha ocupado el británico Goodrick-Clarke (a quien también hemos presentado). Hay que hacer notar que este autor de ninguna manera simpatiza con lo que describe, de manera que algunas cosas deben leerse con precaución. Lo divulgamos, cómo no, por las informaciones que de provecho pueda contener. Hemos obviado, por razones prácticas, todas la notas bibliográficas.




CAPÍTULO 5 La Sociedad Thule


     Llegamos ahora a la mitología que fue creciendo en torno a la patria ártica en el siglo XX, alimentada por la doble corriente del esoterismo y la teoría científica. Con el fin de distinguir este concepto esencialmente racial del de Hiperbórea, el centro primordial de la Humanidad tal como se ha definido en el capítulo 1, utilizaré el nombre de Thule.

     Nuestro viaje a la tierra mítica de Thule parte, como no podía ser de otra manera, de la Atlántida, soberana de todos los reinos perdidos. Durante siglos, debido sobre todo a Platón, se creyó que la Atlántida había surgido en medio de lo que hoy es el océano Atlántico. Fue Olaus Rudbeck, a finales del siglo XVII, el primero en disentir de esta opinión común e identificar esos dominios perdidos con su Suecia natal. Jean-Sylvain Bailly, lector asiduo de Rudbeck, tras escribir la historia de la astronomía antigua que hemos citado en el capítulo 3, mantuvo una correspondencia con Voltaire en la que se convencía a sí mismo, si no a su correspondiente, de que la Atlántida, en efecto, había estado muy al Norte, quizás en las islas de Spitsbergen, Groenlandia y Nova Zembla. Cuando la Tierra era más joven, según Bailly, su calor interno era mucho mayor, y la vida en el Ártico pudo muy bien haber sido más tolerable que en ninguna otra parte; además, puesto que el movimiento terrestre era más lento cerca de los Polos, seguramente la atmósfera no era tan densa, de modo que la leyenda de una primavera perpetua podría ser cierta. Así pues, los «atlantes» de Bailly eran como los «hiperbóreos» de la leyenda clásica, originarios del «jardín de las Hespérides» cerca del Polo, y quedaron pruebas de su afortunado clima en la flora y la fauna fósiles del círculo ártico.

     Las exploraciones oceanográficas del siglo XIX y la instalación de cables de telégrafo transatlánticos desde 1858 en adelante no lograron aportar pruebas de que hubiera existido algún continente perdido en medio del océano Atlántico en ninguna época dentro de una memoria humana razonable. Tal vez sea ésta una razón de que aquellos que aún se sentían atraídos por la leyenda de Platón tendieran hacia la idea de una Atlántida en el extremo Norte. ¿Acaso había sido lo mismo que la misteriosa tierra de Thule, cartografiada por primera vez por Piteas de Massilia?. En algún momento entre 340 y 285 a.C., Piteas realizó un intrépido viaje al Norte, que lo llevó hasta Escocia y, durante seis días de navegación, más allá. Observó que el día más largo en el norte de Gran Bretaña tenía diecinueve horas, lo que demuestra que debió de alcanzar las islas Shetland del Norte. Su viaje adicional a «Thule» no es tan fácil de seguir en un mapa: puede que fuera a Islandia, o bien en la dirección opuesta, a Noruega. En cualquier caso, Piteas informó que un día, al Norte de Thule, llegó a un mar helado.

     Los escritores clásicos no dieron demasiado crédito a Piteas, a causa de su propia ignorancia de la geografía y las condiciones del Norte. Tácito, por ejemplo, apenas podía creer que hubiera gente viviendo por propia elección en el riguroso clima de Alemania. En cambio, persistía la leyenda de un mar polar cálido y abierto, de un clima hiperbóreo clemente y habitable con veranos cálidos; una tradición a la que, en palabras del experto ártico Vilhjalmur Stefansson, los exploradores siempre han dado crédito, y de la que siempre han dudado los expertos hogareños. El propio Cristóbal Colón sabía de tales tradiciones, y aseguraba haber navegado trescientas millas al norte de Islandia, lo que muy poca gente estaba dispuesta a creer, pues el área septentrional se consideraba impenetrable. Después, la historia de la exploración ártica fue durante siglos la crónica de los sucesores de Colón en busca de un paso hacia Oriente por el Oeste.

     Lo que en este capítulo nos interesa es el renacer de Thule en los siglos XIX y XX y el modo en que lo adoptó la mitología nacionalsocialista. El meticuloso trabajo preliminar de Nicholas Goodrick-Clarke, The Occult Roots of Nazism (Las Raíces Ocultistas del Nazismo, 1985), nos permite resumir la historia, al tiempo que añadimos detalles de cosecha propia.

     La ideología de los nacionalsocialistas conectó el mito de los orígenes polares y la supremacía aria con el de la raza germánica, a la que el historiador romano Tácito había dado motivos de sobra para creerse especialmente favorecida:

     «Me adhiero a la opinión de que los pueblos de Germania, al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante sólo a sí misma. De aquí que su constitución física, en lo que es posible en un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes...».

     Pero, a pesar de su admiración por los arios nórdicos, rubios, altos y de ojos azules, la mayoría de los líderes nacionalsocialistas ―y, notoriamente, el propio Adolf Hitler― tenían el físico moreno y bajo típico de la Europa alpina y central. El físico nórdico se veía como el máximo ideal aristocrático, como el resultado de un centenar de años de ciencia y pseudo-ciencia que habían empezado y terminado situando la cuna de la raza superior en el lejano Norte.

     Los tres padrinos del Thule nacionalsocialista fueron Guido von List (1848-1919), Jörg Lanz von Liebenfels (1874-1954) y Rudolf von Sebottendorff (1875-1945). Resulta significativo que los tres decidieran en algún momento adornar sus simples nombres burgueses con la partícula von (que en alemán indica una ascendencia noble, aunque no venga definido además por Graf, Baron, etcetera). Uno de los sellos distintivos de la filosofía de la raza superior es que no se sabe de nadie que la haya abrazado que no se considere a sí mismo un miembro de esa raza. ¿Y hay algo más tentador, una vez adoptada la creencia de que la propia raza es la elegida de la Naturaleza o de Dios para ocupar un lugar preeminente, que colocarse a uno mismo en la cima aristocrática?.

     El vienés Jörg Lanz, antiguo religioso de la orden cisterciense, fundó en 1907 la Orden de los Nuevos Templarios (ONT), una orden caballeresca, gnóstica y ritualista defensora de los ideales racialistas mas extremos. No cabe mucha duda de que la ONT, con sus logias en castillos ruinosos, fue el prototipo de la Schützstaffel (la famosa SS) de Heinrich Himmler, que se transformó después de 1930 en el criadero y centro de entrenamiento de los señores de una nueva Era de supremacía aria. Lanz fue un escritor muy copioso sobre temas de exégesis bíblica, astrología y anti-feminismo, entre muchos otros. Una de sus creaciones más tempranas, hacia 1900, fue la Teozoología, una nueva "ciencia" inspirada en La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky.

     Blavatsky había explicado el origen de los simios antropoides no como vestigios de los ancestros del ser humano, sino como descendientes del bestialismo cometido por la Tercera Raza (lemurianos) con animales monstruosos. Lanz aplicó este principio de la forma más perversa: las razas no-arias, afirmaba, eran el resultado del bestialismo por parte de los antiguos arios, tras su marcha del septentrional Jardín del Edén. Para tratar con esa gente, a los que por lo tanto sólo se consideraba semi-humanos, Lanz recomendaba varias opciones: esterilización y castración forzosas, deportación a Madagascar, esclavitud, incineración como sacrificio a Dios y empleo como bestias de carga.

     No es ninguna sorpresa que Lanz tuviera una teoría sobre la patria originaria de los arios: era un continente polar desaparecido que se llamaba Arktogäa (del griego "tierra del Norte"), teoría que adoptó su viejo conocido Guido von List, otro vienés mitomaníaco que, más que ninguna otra persona, puso las bases para la mezcla romántica de ideas que enlaza asombrosamente a estos proto-nazis con los verdes y los New Age de hoy en dia: un interés por la vida natural, el vegetarianismo, la anti-industrialización, la valoración de los monumentos prehistóricos y de la sabiduría de quienes los construyeron, una sensibilidad para la astrología, las energías terrestres y los ciclos naturales, y una perspectiva religiosa con un vago parecido a la de la Teosofía. El nombre genérico que se le dio a este tipo de pensamiento fue völkisch, una palabra intraducible, en la frontera entre "nacionalista" y "folklórico".

     Hacia 1910, según Goodrick-Clarke, algunos activistas de esta opinión empezaron a gestar la idea de una logia secreta cuasi-masónica, como respuesta a la "conspiración judía" en la que habían llegado a creer. El principal resultado de este movimiento clandestino fue la Germanenorden (Orden de los Germanos), fundada en 1912 y que muy pronto gestionó logias en numerosas ciudades. A los aspirantes se les examinaba en función de sus características raciales y sus antepasados, mientras que las personas discapacitadas o de "aspecto desagradable" quedaban excluídas.

     Jean Mabire, un prolífico escritor sobre Alemania y entusiasta de los ideales thulenses, aporta más información. Él es demasiado tendencioso como para considerarlo un testigo completamente fiable, pero, en estas investigaciones, a veces uno está obligado a utilizar fuentes como ésta, con todas las reservas. Mabire cita a un especialista en historia de las ideas, residente en Göttingen, cuya identidad es imposible confirmar. Este hombre le habría mostrado sus archivos, a partir de los cuales él pudo reconstruír una importante conferencia ofrecida por la Germanenorden en el Pentecostés de 1914, en la pequeña población de Thale [!], en las montañas Harz. El objetivo de la reunión era unificar los dispares grupos de creencias völkisch, pan-germánicas y anti-judías que reconocían la herencia nórdica y el mito de Thule. El historiador le contó a Mabire que de esta conferencia de Pentecostés nació una Geheimbund (sociedad secreta) cuya misión era reanimar la auténtica tradición nórdica y coordinar los esfuerzos en esta dirección de todos los grupos völkisch. Mabire comenta lo irrelevante que pudo parecer, en aquella reunión de Pentecostés, debatir con tanta seriedad sobre Hiperbórea y Thule cuando todos los países de Europa concentraban sus tropas para la guerra. Sin embargo, aquí es donde sitúa los inicios fundamentales del movimiento que se alzaría de las cenizas de Alemania después de 1918.

     No hay duda de que la Germanenorden continuó activa durante la guerra. Desde mediados de 1916, su boletín informativo exhibía una esvástica de brazos curvados superpuesta encima de una cruz, e insertaba anuncios en periódicos invitando a "alemanes y alemanas de cabello rubio y ojos azules y de pura descendencia aria" a unirse a ella. Uno de esos anuncios llegó al conocimiento de Rudolf von Sebottendorff, que decidió ponerse en contacto con su líder, Hermann Pohl. Sebottendorff, originario de Sajonia, había tenido una carrera realmente aventurera que transcurrió en gran parte en Turquía, donde había estudiado misticismo islámico, que concilió al parecer con sus ideales arios. Se consideraba un rosacruz, un hermano musulmán y un odinista, y de algún modo había adquirido una fortuna a través de la industria. El historiador de Mabire señala a Sebottendorff como el que definió la meta suprema de la Germanenorden: la creación de una comunidad espiritual a la que llamó Halgadom. Éstas son sus palabras, de las que vale la pena recordar la primera frase mientras avanzamos por los capítulos siguientes:

     «Este templo de Halgadom es espiritual y material a un tiempo. Pertenece a la tierra y al cielo, al pasado y al futuro. Es el equivalente hiperbóreo del Arca de la Alianza de los israelitas. Halgadom, en la mente de Sebottendorff, sobrepasa con mucho al Segundo Reich que la Alemania de Guillermo había encarnado desde 1871. Es el Imperio de todos los alemanes. Quienes viven entre el Rhin y el Vístula, entre el Báltico y los Alpes, son sólo el corazón de un territorio inmenso habitado por otros herederos de la antigua Thule. A este Halgadom no sólo pertenecen los alemanes sino también muchos otros europeos: los escandinavos, fieles a sus orígenes nórdicos; los holandeses, más germánicos que los alemanes; los británicos, divididos en celtas y sajones; los franceses, herederos de los francos y regenerados por los normandos o los borgoñones; los italianos, por cuyas venas corre la sangre de los lombardos; los españoles, muy marcados aún por los visigodos. Y también los rusos, cuyo país fundaron los varegos suecos, aquellos vikingos de ríos y estepas».

     Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, cuando la derrota de Alemania era inevitable, Rudolf von Sebottendorff estaba en Munich, ocupado en organizar una rama bávara de la Germanenorden. Su colega Walter Nauhaus, un artista inválido de guerra y entregado al estudio de lo oculto, propuso un nuevo nombre para la orden: la Thule Gesellschaft (Sociedad Thule), cuya ceremonia fundacional se celebró debidamente el 17 de Agosto de 1918. Su emblema era una daga con el filo rodeado por hojas de roble y con una esvástica de brazos curvos en torno a la empuñadura que emitía rayos de luz. En vísperas del armisticio, el 9 de Noviembre de 1918, Sebottendorff exhortó a los thulenses a luchar por los ideales germánicos y arios, no contra los británicos o los franceses vencedores, sino contra "nuestro enemigo mortal: Judá"; a luchar "hasta que la esvástica se alce victoriosa venciendo a la gélida oscuridad". Dietrich Bronder, en su importante estudio histórico de los orígenes nacionalsocialistas, Bevor Hitler kam (Antes de que Llegara Hitler, 1964), da los nombres de dieciséis miembros de la Sociedad Thule: "La mayoría de ellos", dice, "se habían hecho católicos; siete tenían orígenes o parientes judíos".

     La Sociedad Thule, que se reunía en el Hotel Vierjahreszeiten de Munich, era un caldo de cultivo de agitación política, desarrollada bajo la directriz del mito de la patria ártica y la raza pura al que había dado lugar. Cuando siete de sus miembros, incluídos Nauhaus, la condesa Hella von Westarp y el príncipe de Thurn und Taxis fueron brutalmente ejecutados por rebeldes comunistas el 30 de Abril de 1919, el prestigio de la Sociedad aumentó considerablemente. Mientras que los miembros de Thule eran sobre todo de las clases alta y media, Sebottendorff llegó asimismo a las clases trabajadoras a través del periodismo popular, formando un subgrupo dentro del Partido Nacional Socialista (NSP) de Anton Drexler, que el 5 de Enero de 1919 se convirtió en el Partido de los Trabajadores Alemanes (UAP). Éste, a su vez, se transformó a finales de Febrero de 1920 en el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP), del que Adolf Hitler pronto sería presidente. Los tres grupos utilizaban la esvástica como emblema.


La Esvástica en Rusia

     La esvástica ya no se podrá volver a utilizar sin que traiga recuerdos de lo más incómodo. Originariamente fue un símbolo elegante y decorativo, capaz de infinitas variaciones y que expresaba profundos significados. Aparte de su adopción como signo solar especial de la raza aria por grupos alemanes anti-judíos a finales del siglo XIX, también desempeñó un extraño papel a la hora de vincular los acontecimientos de Alemania con los no menos trascendentales de Rusia.

     Alexandra, la ultima emperatriz de Rusia, grabó la esvástica dextroversa [dextrógira], con la fecha 1918, en la pared de la casa de Ekaterinburgo donde los bolcheviques la asesinaron a ella y a su familia. Henry Rollin, en su estudio del anti-judaísmo moderno, L'Apocalypse de Notre Temps (1939), ofrece varias explicaciones posibles: 1) la emperatriz había adoptado la esvástica como talismán como resultado de contactos teosóficos en su Darmstadt natal o en Rusia; 2) se la había descubierto su médico, Badmaieff, que practicaba la medicina tibetana; 3) la había visto de vacaciones por el Báltico, donde los campesinos la usan para decorar sus casas; 4) la pudo haber sacado de uno de los gitanos a los que emplazaba la corte imperial para que dijeran la buenaventura.

     Sin embargo, la emperatriz se sirvió de la esvástica no sólo como un simple talismán sino también como señal secreta de identificación en su correspondencia. También la utilizaba un grupo de monárquicos rusos que se habían refugiado en Kiev y que colaboraban con los ocupantes alemanes de Ucrania; sus planes para rescatar a la familia imperial fueron uno de los motivos de que a ésta se la trasladara a Ekaterinburgo.

     Con la derrota de Alemania y el triunfo de los bolcheviques, cierto número de aquellos rusos germanófilos ―muchos de ellos de origen báltico― se acercaron al entorno del general Ludendorff, protector de Hitler. Entre ellos estaba el teniente Chabelski-Bork, que estuvo en Ekaterinburgo en el momento de descubrir no sólo la esvástica de la emperatriz, sino también, entre el lastimoso puñado de pertenencias que ésta había dejado, su copia de "Lo Grande en lo Pequeño" de Sergei Nilus, la obra que contenía los "Protocolos de los Sabios de Sión". Así que ahí estaba la "prueba", para quienes la anhelaran, de que la familia imperial había sido victima no sólo de los comunistas sino de la gran conspiración judía descrita en los "Protocolos", cuyos agentes eran los bolcheviques.

     Chabelski-Bork iba a ser clave en la distribución de los "Protocolos" fuera de Rusia; en Alemania, su publicación era exactamente lo que faltaba para avivar el fuego del humeante anti-judaísmo que habían prendido los teóricos arios. En 1919 la esvástica sirvió como bandera para el alzamiento báltico contra los bolcheviques, liderado por el general Von der Goltz. Al año siguiente en Berlín, ondeó en el fallido golpe de Kapp. En el verano de 1920, Hitler escogió la esvástica sinistroversa (levógira) como símbolo de su doble lucha contra el judaísmo y el comunismo. Y el resto, como dicen, es historia.


Las Raíces Ocultistas del Nacionalsocialismo

     Adolf Hitler tuvo sobradas ocasiones de introducirse en la mitología thulense en 1924, durante su encarcelamiento en la prision de Landsberg, con Rudolf Hess (1894-1897), que era el más comprometido de entre los primeros nacionalsocialistas, con el tipo de ideales que propagaban List, Lanz y Sebottendorff. Hess era völkisch a más no poder: comía alimentos biodinámicos y estaba interesado en la antroposofía de Rudolf Steiner y en temas referentes a la magia, la astrología, la doctrina de las correspondencias y la herbología. Sabríamos mucho más sobre las maquinaciones políticas e incluso ocultistas de aquel período, tan crucial para la comprensión de la mayor tragedia del siglo XX, si se hubiera propiciado que Hess hablara, en lugar de mantenerlo incomunicado en la cárcel de Spandau durante 40 años.

     El primer libro que presentó las numerosas conexiones, reales e imaginarias, entre los nacionalsocialistas y lo ocultista fue Le Matin des Magiciens (El Retorno de los Brujos) de Louis Pauwels y Jacques Bergier, publicado en 1960 en Francia. Fueron muchos los lectores expectantes que vieron allí por primera vez los nombres de Guénon y Gurdjieff, Haushofer y Horbiger, y sucumbieron al poderoso hechizo que proyectaban estos ingeniosos autores. Varios de aquellos lectores escribieron sus propios libros, más o menos copiados del original. La mayoría eran franceses, y es cierto que hasta el día de hoy es en Francia donde el género "nazis y ocultismo" se cultiva más ávidamente, mientras que en Alemania prácticamente se rehúye. Existen buenas razones para ello. Un erudito y clérigo alemán, Ekkehard Hieronimus, escribe sobre el sueño nostálgico de las culturas primordiales y explica:

     «Siempre me ha fascinado ver que nada de cuanto realmente crearon los alemanes en el período romántico se lo tomaron ellos en serio sino que derivó hacia Francia o Italia. El libro más importante sobre lo "negro" o demoníaco del Romanticismo fue la obra del italiano Mario Praz [se refiere a "La Carne, la Morte e il Diavolo nella Letteratura Romantica"]. Hay algo significativo en todo ello de lo que debemos darnos cuenta, y es que la relación de los franceses con el pensamiento es muy distinta a la de los alemanes. Yo no osaría introducirme en la altiva morada del pensamiento categórico: eso elevaría el tema [de las culturas primordiales] a un nivel abstracto, que es precisamente lo que quiero evitar. Entonces todo acabaría de nuevo en filosofía, cuando ya no nos queda esta posibilidad. Lo lamento, pero detrás de nosotros yace toda la sangre que se ha derramado en nombre de ese sueño, y eso es terriblemente grave».

    En otras palabras, dice este clérigo, los latinos siguen jugando inocentemente con ideas abstractas y hasta demoníacas, mientras que los alemanes ya están avezados ―después del acontecimiento― en los peligros que eso entraña.

     Los lectores de Pauwels y Bergier se habrán topado con otra sociedad, más secreta, que supuestamente subyace en las raíces del nacionalsocialismo: la Sociedad Vril, fundada al parecer por un grupo de rosacruces berlineses tras oír una conferencia de Louis Jacolliot, o bien directamente iluminados por los brahmanes de la India, y en todo caso ferozmente anti-cristianos. La única fuente primaria es un artículo de Willy Ley, un ingeniero de cohetes alemán que se marchó a Estados Unidos en 1933 y se convirtió en autor de unos libros científicos populares excelentes, cabe añadir. En un artículo llamado "Pseudoscience in Naziland", basado en un conocimiento que él mismo reconoce limitado, Ley escribe:

     «El siguiente grupo [después de la Ariosofía de Lanz] se fundó literalmente a partir de una novela. El grupo en el que estoy pensando se autodenominó Wahrheitsgesellschaft (Sociedad para la Verdad), estaba más o menos localizado en Berlín y dedicaba su tiempo libre a la búsqueda del Vril. Pero sus convicciones se fundamentaban en La Raza Venidera (Coming Race) de Bulwer-Lytton. Sabían que era un libro de ficción: Bulwer-Lytton había utilizado ese recurso para poder contar la verdad sobre este "poder". La Humanidad subterránea era un absurdo, pero el Vril no. Quizá había permitido a los británicos, que lo mantenían bajo secreto de Estado, amasar su Imperio colonial. Sin duda los romanos lo habían tenido, encerrado en pequeñas bolas metálicas que custodiaban sus casas y a las que se referían como lares. Por motivos que no logré discernir, el secreto del Vril podía hallarse contemplando la estructura de una manzana partida por la mitad.
     No, no estoy bromeando, eso es lo que me dijeron con gran solemnidad y secretismo. Ese grupo existió realmente, e incluso sacó el primer número de una revista que debía proclamar su credo».

     Pauwels y Bergier, que por lo visto hablaron con Willy Ley pero no obtuvieron más información que lo que escribió aquí, continuaron sus investigaciones y descubrieron ―no dicen cómo― que "ese grupo berlinés se autodenominaba La Logia Luminosa o La Sociedad Vril". Añadían que Karl Haushofer había pertenecido a él, citando The Seven Men of Spandau de Jack Fishman (donde no figura tal información). Haushofer había estado en Extremo Oriente y quizás en el Tíbet; fue el mentor de Rudolf Hess en la Universidad de Munich, el inventor de la ciencia geopolítica, una de las doctrinas oficiales del mundo académico nacionalsocialista, y a partir de ahí el diseñador (según una interpretación de su obra) del plan germano-japonés para dominar el mundo. Hess llevaba las tarjetas de visita de Haushofer y su hijo Albrecht cuando aterrizó en Escocia en 1941. Albrecht fue ejecutado como uno de los conspiradores contra la vida de Hitler en 1944, y, según Pauwels y Bergier, Karl Haushofer se suicidó, al estilo japonés, el 14 de Marzo de 1946. Su supuesta pertenencia a la Sociedad Vril completaba la red mítica conectando a los nacionalsocialistas con el mundo clandestino de La Raza Venidera de Lytton y con los misterios de Asia; y el hara-kiri ritual reflejaba inequívocamente una profunda conexión espiritual con Extremo Oriente, que apoyaban los rumores de una colonia tibetana en Berlín durante la guerra.

     En realidad, no hay motivo para imaginar que se urdieran siniestras conspiraciones proto-nazis en aquel grupo. El ejercicio de contemplar una manzana, es de suponer que partida por la mitad en horizontal para mostrar una estrella de cinco puntas, sólo da a entender que la "Sociedad para la Verdad" había aprendido algo de Rudolf Steiner, que recomienda meditaciones similares en su manual Conocimiento de los Mundos Superiores y su Logro. El interés por el Vril era típico entre los teósofos, todos los cuales conocían sin excepción la obra de Bulwer-Lytton; algunos lo identificaron con la fuerza "Od" de Reichenbach o con la "luz astral" de Eliphas Levi. Y, para poner las cosas en su sitio, conviene mencionar que Haushofer no murió "al estilo japonés" sino por envenenamiento con arsénico el 10 de Marzo de 1946, tal como documentó su interrogador, el padre Edmund Walsh.


Los Veilleurs

     En la misma época en que Rudolf Hess estudiaba con Karl Haushofer, un químico alsaciano llamado René Schwaller (1887-1961) estaba organizando en París a algunos amigos suyos teósofos para formar un grupo con el lema "Jerarquía, Fraternidad y Libertad". Su primera aparición pública, en 1919, fue en una publicación, L'Affranchi, numerada de forma que pareciera una continuación de la revista, anterior a la guerra, de la Sociedad Teosófica. Los artículos, firmados con seudónimos, trataban los temas de la renovación social y espiritual en el contexto de una política internacionalista y un tanto mística. Había elogios para la Sociedad de Naciones de Woodrow Wilson, así como discretas alusiones a un Mesías por llegar.

     Dentro de los Affranchis había dos círculos internos: uno, un "Centro Apostólico", de carácter teosófico; el otro, formado en 1918, se llamaba "Grupo Místico Tala", palabra que René Guénon traduce como "el eslabón". No sabemos nada de sus actividades, pero difícilmente podríamos pasar por alto la semejanza del nombre con Thule... y con Thale. Otra coincidencia: en su primer libro, Les Nombres (Los Números, 1916), Schwaller había analizado un solo símbolo, aparte de los números y figuras geográficas básicas: la esvástica, de la que dice que es una acentuación de la cruz dentro de un círculo y que representa el movimiento formativo arquetípico de cualquier cuerpo alrededor de su eje. Se dan otros paralelismos entre el grupo de Schwaller, rebautizado en Julio de 1919 como Les Veilleurs (Los Vigilantes), y los grupos derivados de Thule que organizaba Hess y que al final encabezó Hitler: su mentalidad guerrera, su anti-judaísmo, su uniforme de camisas oscuras, pantalones de montar y botas (que Schwaller aseguraba haber diseñado), su mesianismo y el título de Chef que daban a sus líderes. Y luego está el nombre que se buscó Schwaller, "Aor" (Luz), que primero expresaba una fuente mística de iluminación y luego pasó a ser su tratamiento preferido: como mínimo existe una relación eufónica con la runa Ar, que, en palabras de Sebottendorff, "significa ario, fuego primario, el Sol y el águila". Por último, cabría preguntarse cómo es que el príncipe Matila Ghyka mantuvo una conversación sobre matemáticas egipcias con un tal Piteas, que "habla por el señor de Lubicz", si no es que el aficionado al velerismo Schwaller se identificaba a sí mismo con el legendario viajero a Thule.

     Fue Pierre Mariel (alias Werner Gerson), otro escritor francés con un fondo inusual de información, pero a veces poco cuidadoso con las fuentes, quien propuso el eslabón decisivo entre el ambicioso químico y el futuro Reichsminister: escribió que el joven Rudolf Hess era miembro de los Veilleurs. No estoy seguro si creer esto o no, pero vale la pena considerarlo. Hess, cuyos movimientos en 1919 son prácticamente desconocidos, sin duda estaba consciente de lo que estaba ocurriendo en París. La diferencia de idiomas no habría representado ninguna dificultad ni para Schwaller ni para el joven Hess, criado en Alejandría y educado en Suiza. Es concebible que, a su vuelta a Alemania, Hess se propusiera crear, sobre las bases de la Sociedad Thule, una verdadera imitación de los Veilleurs. Asimismo, no sólo es concebible sino que está confirmado que el universo de ideas de Schwaller coincidía en muchos puntos con el de Thule, circunstancia que ha inquietado a más de un admirador de este maestro hermético.

     Otro miembro de los Affranchis y los Veilleurs fue un amigo de Schwaller, el poeta lituano y filósofo hermético Óscar Vladislas de Lubicz Milosz (1877-1939), quien, en un gesto de padrinazgo espiritual, otorgó su apellido al joven. Como representante del recién creado Estado de Lituania en la Conferencia de Paz de 1919, y más tarde como chargé d'affaires en París y Bruselas, Milosz trabajó duro por la nación cuya lengua no sabía hablar y a la que sólo pertenecía a medias (su madre era judía). En aquella época Milosz escribió mucho para otro periódico del grupo de los Veilleurs, La Revue Baltique, pues estaba convencido de que Lituania y Letonia eran "las madres de esta raza indoeuropea, el centro espiritual del mundo ario moderno", y la clave para la paz de Europa. Así que una vez más tenemos el mito de los orígenes arios en la "costa del Ámbar" del mar Báltico. El clamor en el desierto de Milosz en 1918 tiene resonancias extrañamente proféticas, ahora que hemos visto a esas insignificantes repúblicas encabezando la desmembración de la Unión Soviética. Más tarde, en 1927, Milosz escribiría de los indoeuropeos que "durante miles de años habían llevado una existencia nómada en las estepas del misterioso Sur de Rusia, un territorio que en la noche de la prehistoria parece haber influído de forma decisiva en el destino de la raza aria".


El Mito del Siglo XX

     La teoría de la patria ártica, casi descartada en el mundo de habla inglesa, todavía estaba en boga en la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial. Herman Wirth le dio una nueva y definitiva forma en su monumental obra Der Aufgang der Menschheit (El Ascenso de la Humanidad, 1928), basada en gran parte en la comparación de símbolos rúnicos y de otras clases de todas las regiones septentrionales. Wirth había encontrado en la obra geológica de Alfred Wegener la justificación física para creer en los mitos nórdicos e iranios, y en el origen polar de los pueblos septentrionales. Lo que había hecho inhabitables las regiones árticas desde aquellos tiempos no fue el enfriamiento de la Tierra, como pensaba Bailly ―eso ya era insostenible―, sino el desplazamiento de los continentes y la desviación de los Polos. La raza ártica de Wirth se había separado de los simios millones de años atrás, y luego, hace como medio millón de años, había empezado su avance hacia el Sur, moviéndose en respuesta a las distintas edades de hielo. Muestras de una cultura comparativamente alta habían permanecido por todo el oceano Ártico, hasta la caída de la Atlántida hacia 9.000 a.C.; algunos vestigios sobreviven en los esquimales rubios y barbados con que se encontró la danesa "Expedición Thule" de Knud Rasmussen (1906-1907).

     Las teorías de Wirth lo convertían en un candidato obvio para la Ahnenerbe, la academia de ciencia revisionista fundada por el jefe SS Heinrich Himmler. Pero fue víctima de la rivalidad de éste con Alfred Rosenberg, el mitógrafo en jefe del Tercer Reich, y, según Miguel Serrano, escapó apenas de acabar sus días en un campo de concentración. Puede que el crimen ideológico de Wirth consistiera en su concepción matriarcal de los antiguos arios: se los imagina en un estado ideal, gobernados por una Magna Mater (Gran Madre).

     Alfred Rosenberg (1893-1945) era el autor de Der Mythus des 20. Jahrhunderts (El Mito del Siglo XX, 1930). Procedente de enigmáticos ancestros de la región báltica, comenzó de forma bastante humilde como un estudiante estonio de Arquitectura que, igual que Hitler, se ganó el sustento en los tiempos difíciles como acuarelista. Tras la Primera Guerra Mundial acabó en Munich, donde rápidamente entró en contacto con círculos thulenses. El Mythus de Rosenberg ocupó el segundo puesto, después de Mein Kampf  (Mi Lucha), como best seller de no-ficción en la Alemania nacionalsocialista, con unas ventas que superaron el millón de copias en 1944. Quienes se vieran impelidos a comprar esta contundente obra pero no consiguieran pasar del primer capítulo, leerían al menos el siguiente fragmento, que resume claramente el mito que hemos estado estudiando:

     «Los geólogos nos muestran un continente entre Norteamérica y Europa, cuyos restos podemos ver hoy en Groenlandia e Islandia. Nos cuentan que las islas al otro lado del Lejano Norte (Novaia Zemlya) presentan marcas de anteriores mareas a mas de 100 metros por encima de las actuales; declaran probable que el Polo Norte se haya desviado, y que una vez reinara un clima mucho más benigno en el actual Ártico. Todo ello permite arrojar nueva luz sobre la leyenda de la Atlántida. No parece imposible que, donde hoy retumban las olas del Atlántico dejando al descubierto gigantescos icebergs, antaño asomara de entre las aguas un continente radiante, en el que una raza creativa levantara una cultura poderosa y de gran alcance, y enviara a sus hijos al mundo como navegantes y guerreros. Pero, aunque esta hipótesis atlante no se considere sostenible, hay que suponer que hubo un prehistórico centro de cultura en el Norte».

     Es seguro que Hitler no aceptó el libro de Rosenberg como ortodoxia del partido. Le quedó poco tiempo para todo ese asunto de Thule una vez que ya lo hubo llevado adonde necesitaba estar, tras ser liberado de la cárcel en 1924. La reavivación de Guido von List de la religión hiperbórea u odínica no lo entusiasmaba: veía el poco valor político del paganismo en la Alemania cristiana. En los planes del Führer para su Reich de mil años tampoco había espacio para el embriagador amor por la libertad individual de que los thulenses dotaban románticamente a sus ancestros nórdicos. Jean Mabire sugiere que el quijotesco vuelo de Rudolf Hess a Gran Bretaña fue el último intento de la vieja Sociedad Thule ―ya disuelta o en la clandestinidad― por adoptar ideas políticas universales ante un Führer que había escapado de sus garras y deformado por completo sus puntos de vista. Su historiador de Gotinga ofrecía esta versión alternativa de la historia del Tercer Reich:

     «Hess conocía el proyecto de atacar Rusia. Quería advertir a los ingleses. Se ha dicho que sonaba con una inversión de alianzas. Yo creo que era aún más complicado. Simplemente quería la paz. Esperaba desactivar esa bomba, más fatal que la atómica. Conocía la labor interna del régimen lo bastante bien como para saber que el Führer no sólo iba a atacar en el Este sino que sólo podía estar siguiendo la más estúpida de las políticas. Hess había entendido que desde luego no era el espíritu de Thule lo que estaba reinando en Alemania, sino el más cerrado pan-germanismo».


Julius Evola

     No mucho después de la publicación del libro de historia universal de Alfred Rosenberg, un esfuerzo mayor hizo su aparición en el otro extremo del "Eje", el significativo nombre de la alianza que atravesó Europa desde el Báltico a Sicilia. Se trata de la Rivolta Contra il Mondo Moderno (Revuelta Contra el Mundo Moderno, 1934) de Julius Évola, publicado también en Alemania en 1935. El barón Giulio o Julius Évola nació en 1898, quedó lisiado en el bombardeo de Viena de 1945 y murió en 1974. Mabire subrraya que Évola despertó demasiado odio para no haber sido un "luciferiano", es decir, un portador de luz, y lo cierto es que todos los que han oído hablar de él tienen su opinión, aunque no hayan leído sus libros. Rivolta, su obra clave, es el manifiesto de un retorno romántico a la "Tradición" en el sentido que daba René Guénon a la palabra, y un canto a la tradición no de los brahmanes sino de los kshatriyas (respectivamente, castas de sacerdotes y guerreros en el hinduísmo), por parte de un autor que criticaba a Rosenberg por "falta de comprensión de la dimensión sagrada y trascendental".

     Mientras aquellos tradicionalistas, cuyos valores fundamentales eran los del Vedanta Advaita, como Guénon y A. K. Coomaraswamy, veían en Manú y los brahmanes originales (la casta sacerdotal y culta) a los árbitros supremos de nuestro ciclo, Évola cambió la jerarquía de castas situando a los kshatriyas (la casta guerrera) en lo alto. Les atribuyó una religión enteramente distinta de la de los brahmanes: una tradición esencialmente nórdica de culto solar y valores masculinos que, dice, siempre estarán en oposición a los cultos femeninos del Sur.

     Hemos visto una idea similar al final del capítulo anterior. Fabre d'Olivet fue el primero en proponerla como explicación a las tradiciones más tempranas del género humano: la describió en su Histoire Philosophique como un cisma, ocurrido en tiempos prehistóricos, entre los partidarios de la Causa Primera como un principio masculino y aquellos para quienes era femenino. (Por lo visto, nadie podía dejarlo como neutro, tal vez porque el francés, igual que el italiano, carece de este género.) El cisma religioso pronto derivó en guerras, migraciones y la instauración de civilizaciones masculinas y femeninas con sus respectivos cultos. Para Évola, la Edad de Oro fue la de los guerreros y su dios Sol, y la de Plata, la de las diosas Tierra y Luna, con sus sacerdotes y sacerdotisas. No deja la menor duda de cuáles son sus simpatías, y más tarde escribiría una Metafísica del Sesso (Metafísica del Sexo, 1983) para dar más detalles.

     La version de Évola de la prehistoria está formulada de una manera que se ha vuelto tan familiar, que una serie de extractos servirán como resumen de nuestro tema hasta este momento, además de proporcionar una muestra de un libro que no es probable que se traduzca al inglés en un futuro próximo. Después de citar a Guénon sobre el simbolismo del polo, Évola escribe lo siguiente:

     «El recuerdo de esta sede ártica es patrimonio de las tradiciones de muchos pueblos, ya sea en forma de alusiones geográficas reales o bien de símbolos de su función y relevancia original, a menudo trasladada ―como veremos― a una relevancia suprahistórica, o bien aplicada a otros centros que podrían considerarse copias del original. [...] Sobre todo, se observará la interacción del tema ártico con el tema atlántico, del misterio del Norte con el misterio del Oeste, porque la principal sede que logró el polo original y tradicional estuvo situada en realidad en el Atlántico. Sabemos que el fenómeno astrofísico de la inclinación de los ejes de la Tierra provoca un cambio de clima de una época a otra. Además, como indica la tradición, dicha inclinación tuvo lugar en un momento dado y, de hecho, mediante la alineación de un hecho físico y otro metafísico, como si un desorden de la Naturaleza reflejara una determinada situación de orden espiritual. [...] Sea como sea, no fue hasta ese momento determinado que el hielo y la noche eterna descendieron a la región polar. Entonces, con la forzosa emigración de esa sede, se cerró el primer ciclo y se abrió el segundo, iniciándose la segunda gran era, el Ciclo Atlante».

     «En lo que respecta a la emigración de la raza boreal, salió en dos corrientes básicas diferenciadas, una de Norte a Sur y la otra, más tardía, de Oeste a Este. Llevando a todas partes consigo el mismo espíritu, la misma sangre y el mismo cuerpo de símbolos, signos y palabras, grupos de hiperbóreos alcanzaron por primera vez Norteamérica y las regiones septentrionales del continente euroasiático. Parece ser que, decenas de miles de años después, una segunda gran emigración se extendió nada menos que hasta América Central, pero instalándose sobre todo en un territorio desaparecido de la región atlántica, para fundar allí un centro a imagen del polar. [...] En este sentido, uno debiera hablar propiamente de una raza y una civilización "nórdico-atlánticas".

     «Tanto desde el punto de vista espiritual como desde el antropológico, hay que tener en cuenta dos componentes, uno boreal y el otro atlante, de entre el vasto fondo de tradiciones e instituciones a las que el centro primordial dio lugar a su vez. Uno se refiere directamente a la luz del Norte, manteniendo la orientación original uraniana y "polar" en la medida en que cabe aproximarse a ella; el otro transmite la transformación resultante del contacto con los poderes meridionales».

     Desde el punto de vista de Évola, la corriente atlante se contaminó con elementos telúricos y demoníacos de los aún más antiguos lemurianos, cuyos descendientes lejanos sobreviven en las razas oscuras. De esta combinación salieron los cultos a la Madre y a la Tierra, que permanecerían siempre en oposición al culto original al Sol, conservado por la corriente nórdica más pura. La tradición atlante inauguró así un nuevo ciclo, la Edad de Plata, "una mezcla ―que ya tiene el sentido de degeneración― de Norte y Sur". En cuanto a los nórdicos, nunca perdieron la impronta en sus almas de la patria polar y su culto solar:

     «Especialmente durante el período del largo y gélido invierno, era lógico que en las razas nórdicas la experiencia del Sol, la Luz y el propio Fuego actuasen en un sentido de liberación espiritual. De ahí que las naturalezas que eran uraniano-solares, olímpicas o colmadas de fuego celestial se desarrollaran mucho más a partir del simbolismo sacro de estas razas que de otras. Además, lo riguroso del clima, la esterilidad del suelo, la necesidad de cazar y, por último, la necesidad de emigrar cruzando mares y continentes desconocidos forzosamente tuvieron que moldear a aquellos que conservaban en su interior la experiencia espiritual del Sol, del suelo luminoso y del Fuego para darles un temperamento de guerreros, de conquistadores y de navegantes, lo que favoreció esa síntesis entre espiritualidad y virilidad cuyos rasgos característicos se mantienen en las razas arias.

     «Así, también en el terreno esotérico la antítesis de Norte y Sur queda reflejada en dos tipos: el Héroe y el Santo, el Rey y el Sacerdote. [...] En todas las épocas históricas desde el declive de las razas boreales se reconoce la acción de dos tendencias antagónicas, recreándose así de una forma u otra la polaridad fundamental de Norte y Sur. En todas las civilizaciones posteriores debemos reconocer el producto dinámico del encuentro o colisión de estas tendencias; [...] la victoria o la derrota corresponden a uno de los dos polos espirituales, con mayor o menor referencia a las corrientes étnicas que originariamente conocían la "Luz del Norte", o bien capitularon ante la brujería de las Madres y el extático abandono del Sur».

     El lector se dará cuenta de que las líneas básicas de la prehistoria de Évola se parecen a las de la teosofía, con Razas-Raíz de lemurianos, atlantes y arios sucediéndose unas a otras, y un desplazamiento del Polo que marca la transición de una época a otra. Évola, sin embargo, no se remontó tan lejos como lo hizo H. P. Blavatsky con sus hiperbóreos inmateriales. Su historia empezaba, como la de René Guénon, con una raza física en el Ártico, estrechamente vinculada con la catástrofe que destruyó la Atlántida hace unos 11.000 años. Una parte de esa raza nórdica, boreal o aria, fue víctima del mestizaje y las contaminaciones del Sur femenino; otra parte preservó su sangre y sus tradiciones solares intactas. Fue la segunda rama, debemos entender, la que pobló Europa y la India. A Évola no le preocupaban las controversias de los estudiosos referentes a la localización del hogar de la raza aria, porque todos sus arios eran originarios del Polo Norte que habían migrado hacia el Sur en todas direcciones. Así que ya tenemos, en la Italia fascista de 1935, otro eslabón de la larga cadena de eruditos, filósofos y videntes (Évola era las tres cosas) que se sumaron a la teoría de la patria polar.

     Difícilmente podía esperarse de un barón siciliano que se mostrara muy adulador con los poseedores de cabello rubio y ojos azules, así que no es de sorprender que Évola perteneciera a los que reivindicaban una concepción más amplia de la raza aria. Su idea de ésta, de hecho, se basaba mucho menos en la raza que en la casta: en la dominación de la mentalidad guerrera, donde y cuando ésta se diera. Esto le permitió incluír a los antiguos romanos en el cuadro de honor de los kshatriyas y aprobar los esfuerzos de Mussolini por revivir las pasadas glorias de su nación.

     La relación de Évola con el fascismo y el nacionalsocialismo fue, como era de esperar, ambigua. En un momento dado, los nacionalsocialistas se fijaron en él y le mostraron los castillos de las SS en 1938, después de lo cual él alabo la "solidaridad espiritual de la Orden, que podría convertirse en supranacional". Pero este mismo comentario demuestra lo alejado que él estaba del pan-germanismo que se cultivaba en los Ordensburgen. Philippe Baillet, autor de una docta investigación de las conexiones de Évola, reconoció que el barón veía los movimientos fascista y nacionalsocialista como contrarrevolucionarios y, por lo tanto, como la última oportunidad de poner fin a la decadencia europea marcada por las revoluciones de 1789, 1848 y 1917. Pero él mismo era demasiado escrupuloso, tanto espiritual como intelectualmente, como para adherirse a un movimiento así, especialmente a uno que había renegado de los auténticos ideales thulenses, de los que Évola se consideraba el portavoz más autorizado.

     Mircea Eliade, que sabía de estas cosas, dijo que Évola fue a luchar a las barricadas contra el avance ruso en Viena, y le dispararon "en el tercer chakra; ¿y eso no le parece significativo?". A Évola se lo ha descrito como una figura heroica pero al mismo tiempo patética, paralizada en su apartamento del Corso Vittorio Emmanuele mientras alimentaba su rebelión cada vez mas solitaria contra el mundo moderno: un thulense nacido en una época equivocada. No obstante, su progenie intelectual es más numerosa ahora que nunca, especialmente en Francia, donde se han traducido sus numerosos libros (en inglés sólo se han publicado dos de ellos). Su rechazo inquebrantable de un mundo moderno que pocos esotéricos pueden realmente admirar, combinado con la iluminación que él arroja sobre cada tema del que trata, lo convierten en el maestro espiritual de la Nueva Derecha, tal como Guido von List y Lanz von Liebenfels lo eran de la Sociedad Thule.




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