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martes, 15 de octubre de 2013

Jaume Farrerons - La Narración de la Tribu Occidental






La Narración de la Tribu Occidental
por Jaume Farrerons
27 de Enero de 2011



     Los antropólogos descubrieron hace ya algunas décadas que todas las colectividades históricas, desde las tribus más primitivas hasta sociedades complejas como la medieval europea, han construído una narración con el fin de legitimarse a sí mismas, a sus instituciones y a las personas o grupos que las gobiernan. Podríamos pensar que dichos "cuentos" son tanto más ingenuos cuanto más nos remontamos hacia atrás en la Historia y que la llamada civilización occidental, ilustrada y democrática, habría superado tales apologías, colocando en su lugar el pensamiento crítico del que nuestros intelectuales progresistas se enorgullecen cada vez que hablan con desprecio, por ejemplo, del "fascismo".

     Sin embargo, no es así. La realidad es que Occidente ha elaborado su propia narración legitimadora, cuya desvergüenza e indecencia es directamente proporcional, precisamente, a las pretensiones modernas de haber "superado" dicha "barbarie" conceptual. Nada más brutal que la narración de la tribu occidental; pocas la superan en lo que respecta a falsía, simplismo y afán tergiversador, además de suicida. En efecto, mientras las tribus llamadas "primitivas" crearon construcciones poéticas de un tiempo y un lugar en los que no se les podría reprochar la total ausencia de criticismo y cientificidad, la fábula de la tribu occidental cae deliberadamente por debajo de la ciencia, despójase a propósito de cualquier resquicio de veracidad y valores estéticos, configúrase sólo como una mera pieza de propaganda totalitaria, película de serie B, auténtica escoria moral e intelectual brotada de cerebros indignos de existir. En suma, pura mierda, que encima pagamos por contemplar para, en nombre de los "derechos humanos", sufragar no obstante el racismo de la ultraderecha hebrea.

     La narración contemporánea vigente en Occidente empezó a fraguarse durante la Primera Guerra Mundial. El filósofo judeo-estadounidense Noam Chomsky avala estos orígenes:

     «Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandado de Woodrow Wilson. Éste fue elegido Presidente en 1916 como líder de la plataforma Paz sin Victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruír todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo» (Chomsky, N., Cómo Nos Venden la Moto, Barcelona, Icaria, 2001, pp. 8-9).

     ¿Cómo lo consiguieron?

     «El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos.  (...) Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían niños belgas con miembros arrancados y todo tipo de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de Historia, buena parte de lo cual fue inventado por el ministerio británico de propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel momento ―tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas― era el de dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era la de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad estadounidense, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al pacífico país  a la histeria propia de los tiempos de guerra» (op. cit., pp. 9-10).

     Si lo hicieron durante la Primera Guerra Mudial, ¿por qué no después?. ¿Por qué no hasta hoy, como parece evidente?. Y si es así, ¿cómo es posible que Chomsky dé por buena la narración de la Segunda Guerra Mundial?. ¿La da? Se ha hablado mucho de los contactos de Chomsky con los revisionistas:



     Sin embargo, ni siquiera Chomsky parece atreverse a dar el paso definitivo y negar el dogma. O sea que en su celebérrimo ensayo Cómo Nos Venden la Moto (1993) sigue utilizando los nombres de conocidos dirigentes nacionalsocialistas como ejemplos palmarios de la maldad absoluta, sin detenerse a pensar que cuestionarlo todo excepto la "almendra esencial" de la ideología sistémica equivale a no cuestionar nada y a reforzar, en cambio, el dispositivo propagandístico de manipulación. Con ello contradice sus propios presupuestos, pero no debe extrañarnos habida cuenta del auténtico linchamiento mediático que ha sufrido por atreverse a escuchar y tener en cuenta los planteamientos revisionistas que, no obstante, se siguen con lógica fulminante de lo que él mismo afirma sobre el dominio fraudulento de los medios de comunicación en las pseudo-democracias liberales actuales. Puede haber, no obstante, otras razones más oscuras que expliquen el comportamiento de Chomsky. Por ejemplo, si cruzamos los datos de su libro con los de otra obra escandalosa, a saber, Zionism in the Age of the Dictators (1983), del autor también judío de ideología trotskysta Leni Brenner, descubrimos que en las tareas envenenadoras de la Comisión Creel jugó un papel decisivo la Organización Sionista Mundial:

     «La Declaración Balfour era el precio que Londres estaba dispuesto a pagar para que los judíos norteamericanos usaran su influencia para llevar a los Estados Unidos a la guerra» (Brenner, L., Sionismo y Fascismo. El Sionismo en la Época de los Dictadores, Barcelona, Bósforo Libros, 2010, p. 26).

     La Declaración Balfour fue el primer documento gubernamental oficial que abrió las puertas de Palestina a la emigración judía, cumpliendo con ello los sueños sionistas, los cuales quedaban así ligados al triunfo de la causa aliada. Ésta tenía entonces que ser legitimada criminalizando al adversario hasta convertirlo en "enemigo de la Humanidad", como efectivamente sucedió. La narración de la tribu occidental fue entonces acuñada y regularmente evacuada por las terminales mediáticas y "culturales" del sistema oligárquico mundial.

     Veamos ahora cuáles son los ingredientes básicos dicha fábula, con que se lavan los cerebros de millones de niños occidentales para que no vuelvan a pensar: 1) los hombres que desembarcaron en Normandía en el verano de 1944 representaban la civilización frente a la "barbarie nazi"; 2) los angloestadounidenses y los soviéticos encarnaban la inteligencia, la cultura, la tolerancia; el nacionalsocialismo fue simplemente idiota, carente de nivel filosófico como ideología; 3) el liberalismo y el comunismo eran moral y políticamente superiores al nacionalsocialismo y al fascismo; y 4) la lucha contra el "fascismo" representó una heroica cruzada de hombres "decentes" (los rusos un tanto "brutotes", pero bonachones a la postre) contra un enemigo literalmente inhumano, el "mal absoluto", el demonio (¡hete aquí la "ilustración"!). La película "Salvar al Soldado Ryan" representa el compendio más reciente de esta manufactura doctrinal, que se resume en el siguiente precepto: estaba justificado ejecutar a los soldados alemanes prisioneros. Semejante abominacion es el descarado mensaje del filme. 

     En las producciones de Hollywood todo esto aparece, empero, muy simplificado, en una versión literalmente mongoloide, al gusto de las masas "civilizadas" que encarnan el triunfo del "bien" y muestran la eficacia cretinizante de los mecanismos "educativos" "democráticos". Los nazis son estúpidos y crueles; normalmente, además, muy feos. En la sala de cine contemplamos a los que los superarían de todo punto comiendo pipas y disfrutando de las carnicerías cómodamente apoltronados en sus butacas. ¿Quién no recuerda "El Desafío de las Águilas"?. Los alemanes suben las escaleras de la torre en forma de autómatas para a la postre ser abatidos como muñecos. !Bravo! Un "demócrata" de esos que votan cada cuatro años debe de sentirse muy orgulloso de sí mismo. Por otra parte, en la narrativa al uso el norteamericano se nos presenta como un soldado admirable, heroico, que derriba cientos de alemanes a la vez que masca chicle y se muestra, además, simpático, piadoso, campechano, preocupado por la suerte de los civiles... Los fascistas son simples fanáticos, matones con cicatriz; la cultura está de lado del maestro de escuela yanqui que lee a Homero en una edición de bolsillo y espera tranquilamente la avalancha de tanques germanos, a los que destruirá con unas pocas granadas mientras bromea y se fuma un pitillo... Etcétera. Todos han visto esas "obras maestras" de la extrema derecha judía que controla Hollywood, sede mundial del cine (= propaganda). Pero, ¿qué hay de realidad en ellas cuando esgrimen, sin enrojecer de vergüenza, la frase: "basada en hechos reales"? Muy poco.

     Hoy sabemos que los norteamericanos eran unos asesinos. Sobre ellos recae la matanza de un millón de prisioneros alemanes desarmados, la hambruna planificada de posguerra en Alemania, con varios millones de civiles exterminados siguiendo el método soviético en Ucrania, las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki lanzadas sobre un Japón dispuesto ya a rendirse... Los británicos, con sus bombardeos incendiarios especialmente destinados a quemar vivos a los civiles alemanes, ancianos, mujeres y niños (tenían previsto aniquilar a 15 millones de personas, la Luftwaffe consiguió que sólo fuera un millón), provocaron el "Holocausto", una mezcla de venganza difusa y abandono institucional forzoso que se tradujo en epidemias y muertes masivas de prisioneros, judíos y no judíos, en los campos de concentración del Tercer Reich. No vamos a dedicar ni un minuto a hablar de los soviéticos, porque pretender que Moscú representaba la civilización y la moralidad humanista es algo que, a estas alturas, sólo puede provocar náuseas. Los 100 millones de víctimas del comunismo condensan en una simple cifra el fiasco de la presunta superioridad moral de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

     ¿Inteligencia?, ¿cultura?. Hoy sabemos también que los pensadores más importantes del mundo occidental eran alemanes y que no pocos de ellos militaron en el Partido Nacionalsocialista. Más todavía: somos conscientes de que existe una relación intrínseca entre el pensamiento de Heidegger, cumbre de la filosofía del siglo XX, y la ideología fascista, presunta bazofia iletrada. Compárese la profundidad de la ontología fundamental del filósofo de Messkirch con esa estupidez angloestadounidense denominada "filosofía analítica", es decir, el proyecto de reducir la filosofía a trucaje gramatical, a un pseudo-problema que se resuelve entendiendo que, en realidad, la filosofía nunca existió, que no era más que una interminable confusión de palabras. ¡No otro sería el resumen del famoso "pensamiento anglosajón"!. El "materialismo dialéctico" comunista tampoco iba mucho más allá: abolir, disolver la filosofía, aunque esta vez en el magma de un sistema ideológico dictatorial que mataba la ciencia en su misma raíz precisamente porque se declaraba científico e imponía los dogmas del partido a los investigadores. ¿Y el arte?; ¿qué arte pueden oponer los liberal-comunistas a, por ejemplo, Wagner y el proyecto de ópera popular del nacionalsocialismo?: ¿quizá alguno de los cantantes que se ha dedicado a difundir el consumo de drogas entre los jóvenes europeos y estadounidenses hasta convertirlos en una manada de salvajes mentalmente cloroformizados?. ¿Es mejor el botellón que un desfile "borreguil" de las Juventudes Hitlerianas?. Me parece, al menos, asaz discutible. Asístase a un concierto de rock y compáresele con una escenificación política nacionalsocialista. La cosa da mucho que pensar.

     ¿Y la ciencia o la técnica?. Alemania ha sido el último país de la Historia que se enfrentó militarmente a EE.UU. desde una posición de superioridad tecnológica. Los científicos alemanes fueron, en la posguerra, la matriz humana de los programas espaciales estadounidense y soviético. Los cohetes, tanques y aviones alemanes, la tecnología alemana en general, traducía la superioridad incuestionable de la ciencia alemana. Desde luego, la mayor parte de los valores culturales que Alemania podía presentar ante el mundo no eran obra de los nacionalsocialistas y éstos lo que hicieron más bien fue aprovecharse de una herencia que el sistema dictatorial hitleriano habría erosionado con el tiempo, pero no cabe duda de que la entidad "Alemania" nada tenía que envidiar culturalmente a las bandas inmundas de mercachifles que desembarcaron en las playas del Norte de Francia en 1944 o a las hordas de saqueadores y violadores de niñas que a la sazón penetraran por el Este procedentes de las estepas asiáticas.

     En cuanto al supuesto heroísmo que ensalzan las narraciones hollywoodienses, el mito de la valía militar del soldado yanqui empieza a ser cuestionado por los propios historiadores estadounidenses. Así describen los testimonios la realidad en el campo de batalla:

     «Los yanquis se habían limitado a mirar con un batallón de infantería acompañado de carros de combate. En lugar de hostigar sin descanso al enemigo, daba la impresión de que se hubieran sentado frente a él para esperar a que se retirase. Se sirven de una gran cantidad de fuego de artillería y bombardeo aéreo para que al enemigo se le quiten las ganas de defender sus posiciones, y luego prosiguen en tierra» (Hastings, Max, "Armagedón. La Derrota de Alemania 1944-1945", Barcelona, Memoria Crítica. 2005, pp. 232-233). Abundemos hoy en este tema, sin olvidar sus implicaciones éticas.


Toda la verdad sobre el presunto héroe estadounidense

     Esta actitud era al parecer muy corriente entre los estadounidenses. Eludían el enfrentamiento con los alemanes y confiaban en que la artillería y la aviación les resolvieran la papeleta. Normalmente, frente a ellos tenían ya sólo, al final de la guerra, un nido de ametralladoras y poco más. Pero, cuidado, eran alemanes.

     Sobre los alemanes:

     «Hasta que la guerra hubo llegado a un estadio muy avanzado, quienes se encontraban al frente de las fuerzas terrestres británicas y estadounidenses fueron muy conscientes de que, de enfrentarse con las tropas alemanas en cualquier situación cercana a la igualdad de condiciones, era muy probable que sus propias tropas sufriesen una rotunda derrota. Ellos eran mejores que nosotros: nunca haremos demasiado hincapié en eso. Todo soldado aliado que se enfrentaba a ellos lo sabía, y no lo consideraba un hecho humillante. Nosotros no pasábamos de ser aficionados... luchando contra los mejores profesionales del ramo...» (Howard, M., Times Literary Supplement, 21 de Abril de 1978, citado por Hastings, M, op. cit., p. 245).

     Esta afirmación la hace un ciudadano norteamericano que no sólo es profesor de historia militar, sino alguien que conoció de primera mano la realidad bélica del frente occidental. Dim Robbins (capitán del ejército estadounidense):

     «Cuando uno veía un Tiger, no podía hacer otra cosa que detenerse. Manejaban aquellos carros de combate con tal destreza, con tanto talento, que resultaba fascinante observarlos. Había una gran diferencia entre su actuación y la nuestra» (op. cit., pág. 245).

     Para los que hayan leído mis posts sobre la religión germánica y el ocaso de los dioses [http://editorial-streicher.blogspot.com/2013/04/jaume-farrerons-sobre-la-religion.html], la siguiente constatación puede resultar iluminadora:

     «Pocos de ellos piensan que Alemania tenga alguna posibilidad de alcanzar la victoria final; la mayoría, de hecho, ha reconocido estar cansada de combatir y admite que es inútil proseguir la lucha. Sin embargo, todos han echado los hígados en el campo de batalla. Tal vez de aquí haya que deducir que, por baja que se encuentre la moral del soldado alemán, seguirá luchando mientras tenga superiores para darle órdenes y ocuparse de que las acate» (Tipps, David, in op. cit., p. 245).

     Patrick Hennessy, otro ex-combatiente yanqui:

     «Teníamos la impresión de que eran más profesionales que nosotros» (op. cit., p. 245).

     Los testimonios podrían multiplicarse. Las conclusiones del autor del libro citado son las siguientes:

     «Los historiadores estadounidenses y británicos han invertido, durante los últimos años, un cúmulo nada despreciable de energías argumentando en torno a la cuestión de si el soldado alemán era superior al aliado. Y todos, a excepción de los más porfiados nacionalistas, han de reconocer que los ejércitos de Hitler actuaron de forma mucho más profesional y lucharon con mucha más determinación que las tropas de Eisenhower» (op. cit., p. 162).

     Otro historiador de prestigio, el marxista Eric Hobsbawn, confirma a su modo esta apreciación:

     «(...) la máquina militar alemana (...) tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, era muy superior a todas las demás. La superioridad del ejército alemán como fuerza militar podía haber sido decisiva si los Aliados no hubieran podido contar a partir de 1917 con los recursos prácticamente ilimitados de Estados Unidos» (Hobsbawn, E., Historia del Siglo XX. 1914-1991, Barcelona, Crítica, 2005, p. 36).

     Sin embargo, las conclusiones que Max Hastings saca de estos hechos son totalmente erróneas. En efecto, después de reconocer la realidad, Hastings empieza a moralizar de forma insoportable sobre la presunta superioridad moral del soldado estadounidense:

      «Se impone un corolario de vital importancia: si los soldados angloestadounidenses se hubiesen imbuído del código de valores que permitió a los del Führer hacer lo que hicieron, el motivo que los llevó a luchar en aquella guerra habría quedado en nada» (op. cit., p. 162).

     Hastings da a entender, de forma inocente o cínica (no lo sabemos), que los motivos de EE.UU. para entrar en la guerra contra Alemania fueron de carácter moral. Y concluye:

     «(...) las tropas estadounidenses y británicas preservaron, durante la batalla, en un grado que no deja de maravillar, la ética, la cortesía y las inhibiciones propias de sus sociedades. Resulta oportuno que un historiador exprese su juicio en torno a los yerros y fracasos de que fueron protagonistas los Aliados entre 1944 y 1945, que fueron muchos y de muy diversa índole. Pero también existen razones para apreciar y respetar los valores de que se imbuyeron los ejércitos de Eisenhower» (op. cit., pp. 162-163).

     Esta pretensión es simplemente un fraude porque los "ejércitos de Eisenhower" cometieron monstruosos crímenes de guerra con los prisioneros alemanes, un hecho ocultado hasta hace poco pero que ya se ha admitido "oficialmente" en obras como "After the Reich. The Brutal History of the Allied Occupation", de Giles Macdonogh (conviene subrrayar que esto ya se "sabía" por el trabajo de investigación, que se intentó desprestigiar y se sigue intentando desprestigiar, de James Bacque).

     Aquello que ahora nos interesa es no sólo desmontar el argumento del humanismo, sino sugerir que es el propio "humanismo" el que genera necesariamente unas atrocidades que, en cambio, desde otra concepción ética, la alemana, no son posibles a menos que los alemanes vulneraran sus propios códigos normativos, como lo denunciaron Himmler y Goebbels:

     «Pero esa interpretación, en todo caso, puede hacer comprensible el aspecto "sionista" del nacionalsocialismo, o sea, el anhelo de "alejar" a los judíos una vez que, supuestamente, la convivencia había demostrado ser imposible. Pero no puede explicar ciertos hechos; por ejemplo, que el mismo Heinrich Himmler rechazara todavía en 1940 el exterminio de un pueblo como un acto "bolchevique" y "anti-germánico", y que incluso Joseph Goebbels expresara gran sopresa al enterarse por primera vez en Marzo de 1942 de los métodos que se aplicaban en el Este contra la población judía» (Nolte, Ernst, La Guerra Civil Europea, 1917-1945, México, FCE, 2001, pp. 29-30, nota 63: "Memorándum de Himmler sobre el trato dado a los pueblos extranjeros en el Este", en "Cuadernos Trimestrales de Historia Contemporánea", año 5, 1957, p. 197. Diarios de Goebbels de los años 1942/43, editados por Louis P. Lochner, Zurich, 1948, pp. 142 y ss. Anotación del 27 de Marzo de 1942).

     ¿Eran superiores moralmente a los alemanes los aviadores ingleses que lanzaban bombas incendiarias contra civiles?. ¿Fue ético persistir sádicamente en dichas pautas de conducta cuando, al final de la guerra, con Alemania ya derrotada y sin motivo alguno que lo justificase, ni siquiera un motivo ilegal o inmoral, sólo podían generar auténticas masacres inútiles?. ¿Eran "hombres decentes" quienes volatilizaron Hiroshima y Nagasaki para atemorizar a la URSS, es decir, en seguimiento de una pura táctica política maquiavélica de poder?. No debe, empero, soprendernos, siendo así que en esto consistiría precisamente el humanismo desde la Revolución Francesa, según declaraba la Convention en 1774:

«L'humanité consiste à exterminer ses ennemis».

     No se trata de una mera anécdota. La entera obra de Sartre está dedicada a justificar el crimen, siempre que se cometa en nombre de los ideales políticamente correctos, tal como, por ejemplo, lo expresa uno de sus personajes en la obra de teatro El Diablo y el Buen Dios (1951), es decir, en pleno stalinismo:

    «El reinado del hombre está comenzando. Un buen comienzo. Vamos, Nasty, mataré y ejecutaré... No tengas miendo, no flaquearé. Los llenaré de horror puesto que no tengo otro medio para amarlos, les daré órdenes puesto que no tengo otro modo de obedecer. Me quedaré solo con este cielo vacío encima de mí puesto que no tengo otro modo de estar con todo el mundo».

     Si en lugar de literatura uno prefiere la legitimación teórica del crimen, existen decenas de ensayos de Sartre, pero también disponemos del ensayo de Maurice Merleau-Ponty, Humanismo y Terror (1947), otra obscena e impune loa al stalinismo por parte de uno de los más señalados "intelectuales de izquierda" de la Francia de posguerra. Recomiendo la lectura de esta obra, una incitación directa al crimen que, sin embargo, no levanta las protestas de la progresía bien pensante. Sólo una cita, de esas que se aguantan solas, como botón de muestra:

     «El marxismo se abre sobre un horizonte futuro donde el "hombre es para el hombre el ser supremo". (...) La tarea esencial del marxismo será pues buscar una violencia que se supere en el sentido del porvenir humano. (...) La astucia, la mentira, la sangre derramada, la dictadura, se justifican si hacen posible el poder del proletariado, y en esta medida solamente. La política marxista es, en su forma, dictatorial y totalitaria. Pero esta dictadura es la de los hombres más puramente hombres (...)» (Merleau-Ponty, M., Humanismo y Terror, Buenos Aires, Leviatán, 1956, p. 12).

     La horda del Este: los hombres más puramente hombres. Torturar en nombre de la patria o de ideales "equivocados" que no satisfagan las necesidades sádico-escatológicas de bienestar de los "buenos" (exterminar a los "fascistas" "culpables" de la "muerte"), es perverso. Pero si la tortura, el asesinato y hasta el genocidio se practican para nutrir los anhelos de felicidad y esperanza del "hombre", entonces todo está justificado. El propio Hobsbawn reconoce de forma indirecta parte de la historia, pues el humanismo del siglo XX se bifurca en dos familias dominantes, la marxista soviética y la anglosajona cristiano-liberal:

     «A largo plazo, los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota del Japón» (Hobsbawn, op. cit., p. 35).

Y aunque los fascismos eran dictaduras, entre las bambalinas de esta narración falseada el agente que mueve los hilos de la intervención no es precisamente un heraldo de la "democracia", sino la oligarquía financiera que metió a Estados Unidos en la guerra. De este desastre moral, el mayor fraude de la Historia, son responsables las élites económicas que estaban interesadas en determinar el resultado del conflicto; que utilizaron el humanismo como mera coartada ideológica para, siguiendo el ejemplo de los bolcheviques, masacrar sin norma ni límite, justificando el exterminio sistemático del adversario y luego, por si fuera poco, criminalizarlo basándose en las inevitables reacciones de venganza que tales fechorías generaron en él:

     «Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos de democracia. Uno es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática, por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares, y, por otro, los medios de información son libres e imparciales. Si se busca la palabra democracia en el diccionario se encuentra una definción bastante parecida a lo que acabo de formular. Una alternativa a la democracia es la de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente controlados. Quizás esto suene como una concepción anticuada de la democracia, pero es importante entender que, en todo caso, es la idea predominante» (Chomsky, N., op. cit., pp. 7-8).

     El control de la información por parte de la oligarquía sionista que organizó la Comisión Creel a fin de promover la entrada de EE.UU. en la Gran Guerra es el mismo que produce industrialmente ("industria cultural") la narración de la tribu occidental, es decir, el "cuento" que a la postre se ha podido contemplar cotidianamente en esos institutos (des)informativos que son las pantallas de cine y de la televisión. Hemos considerado, a efectos de mera objetividad de la información, aquello que sostienen los especialistas del bando Aliado en la materia sobre la realidad del frente bélico y las características éticas del soldado alemán. Casi nadie discute la evidencia. Pero es también un hecho que Hollywood nos cuenta otra cosa muy diferente. Por ejemplo, la película "Patton" nos coloca un marcador de bajas alemanas provocadas por la campaña de este famoso general estadounidense desde el norte de África hasta Francia y, al final de la contienda, nos encontramos nada menos que con 3 millones de alemanes abatidos. Una auténtica mentira desvergonzada porque, a pesar de la superioridad numérica apabullante del material de guerra angloestadounidense (otra cosa era su calidad), las bajas alemanas en el frente occidental resultaron iguales a las aliadas (unos 200.000 hombres) y ello contando con que, en las últimas semanas de la guerra, Alemania ya no enviaba al frente hombres maduros, sino niños y viejos fácilmente neutralizados por el enemigo.

     Los veteranos alemanes que combatieron en el frente occidental eran, cultural y moralmente, y hablando siempre en términos generales, mucho más cualificados que los estadounidenses. Los prisioneros aliados occidentales de los alemanes fueron, con muy pocas excepciones, respetados y bien tratados. Se les aplicó la civilizada Convención de Ginebra, cosa que, como sabemos, no hicieron los angloestadounidenses con los alemanes una vez desarmados. Entre los soldados alemanes había poetas, filósofos, escritores... Y, desde luego, eran por lo general unos soldados muy competentes, los más competentes de la Historia hasta ese momento. Consecuentemente, a nuestro entender, los alemanes fueron, al menos en muchísimos casos, "superiores" a sus adversarios desde el punto de vista estrictamente militar, pero también humano. ¿Heroísmo? Una vez más no vale la pena hacer este tipo de comparación con las tropas del Ejército Rojo, que superaban a los alemanes en una proporción de 5 a 1. En el frente del Este el entero escenario se redujo muy pronto a una mera cuestión de masa; los alemanes debían compensar con su eficiencia y valor el rodillo puramente numérico ―financiado por la oligarquía― que abalanzábase sobre Europa desde Asia. Y los rusos no podían retroceder, un comisario político (judío las más de las veces) les esperaba tras las líneas para liquidar a los que pretendieran escabullirse. ¿Valor soviético? Un soldado que  sólo avanza por temor a ser ejecutado sobre el terreno difícilmente puede ser considerado un héroe.

     Nada de eso se nos había contado. La narración de la tribu occidental judeocristiana, liberal-burguesa y progresista puede calificarse de fábula. Con todos los tremendos errores del nacionalsocialismo, quienes desembarcaron en Normandía o avanzaban por el Este hacia Berlín eran unos auténticos bárbaros, asesinos y cobardes sin honor, que luchaban con el fin de destruír la civilización. Una civilización, la nuestra, que ya no existe, siendo así que Occidente, literalmente, se encuentra en vías de extinción, tal como el propio Hitler predijo. El nacionalsocialismo pudo cometer atrocidades en la guerra, al igual que lo hicieron sus adversarios en mucho mayor medida, pero nadie pretenderá que el régimen nacionalsocialista no se orientaba hacia la cultura, que Hitler, por ejemplo, era un tipejo que sólo buscaba enriquecerse: todo lo contrario que los vencedores, encarnados hoy por nuestros políticos actuales, quienes enarbolan la sola bandera del lucro. Y así andamos. A los hechos me remito. Occidente, el verdadero Occidente en tanto que cultura (la cultura, corazón batiente de toda auténtica civilización) fue en esa guerra encarnado, no por el nacionalsocialismo sino por Alemania. Dice Heidegger:

     «El espíritu no es hueca sagacidad ni sutil juego de ingenio sin compromiso, ni tampoco desmesurado impulso de análisis intelectuales ni inclusive la razón universal, sino que consiste en la decisión, originalmente acordada, de estar abierto a sabiendas a la esencia del ser. El espíritu es la autorización concedida a los poderes del Ente como tal y en totalidad. Cuando domina el espíritu, el ente como tal siempre y en todos casos es más ente. Por eso, el preguntar por el ente como tal siempre y en su totalidad, el preguntar de la pregunta ontológica, constituye una de las condiciones esenciales y fundamentales para el despertar del espíritu y con ello del mundo originario de la existencia histórica, así como para refrenar el riesgo del oscurecimiento del cosmos y tomar posesión de la misión histórica de nuestro pueblo (Alemania) que se halla en el centro de Occidente» (Heidegger, M., Introducción a la Metafísica, 1935).

     Aniquilada la cultura alemana, extirpada Prusia, su alma, sólo nos quedó a los que nacimos después en Europa esa carcasa inerte denominada sociedad de consumo, que únicamente sobrevive por inercia pero que ya ha emprendido el camino hacia el ocaso, cumpliendo la predicción de Spengler con unos cuantos siglos de anticipación. El mundo decadente y nauseabundo en el que nos ha tocado vivir queda reflejado en ese cuento donde los bárbaros convertídose han en héroes y los héroes, en bárbaros.


Los bárbaros desembarcaron en Normandía

     Algunos lectores considerarán una exageración esta afirmación, como la que se ha hecho más arriba de que los Aliados eran unos cobardes asesinos. Pensemos que los soldados estadounidenses eludían todo lo posible el combate directo con los alemanes por puro temor a luchar, una realidad probada y demostrada, pero cuando pudieron retener prisioneros a esos dignos militares que habían defendido la nación alemana hasta la última gota de su sangre, es decir, cuando dispusieron de ellos ya indefensos, jugaron al tiro al blanco o los mataron de hambre, sed y enfermedades. La cobardía sádica es esencial e inherente a una sociedad hedonista y anti-heroica que esgrime el placer como valor supremo y odia el deber por el deber como odia la verdad por la verdad misma. La tortura es una forma de hedonismo; no debe extrañar que Prusia, la patria de Kant, fuera el segundo país del mundo en abolirla (después de Suecia). En suma, esta cobardía moral esencial que niega la muerte tiene como consecuencia necesaria la crueldad, puesto que el cobarde sólo puede descargar su miedo a la vida acumulado con la víctima inerme, sujeta a su poder. La teorización de la barbarie, la cobardía, el hedonismo y la negación de la muerte constituyen los pilares de la sociedad de consumo, que se han objetivado y se documentan en filósofos como el judío nacionalizado estadounidense Herbert Marcuse, un presunto ideólogo de los "estudiantes rebeldes" de Mayo de 1968 que, sin embargo, trabajó para la CIA y firmaba sus libros "anticapitalistas" con frases de reconocimiento, por habéserlos financiado, a la Fundación Rockefeller. Fijémonos en lo que afirma Marcuse y contrastémoslo con la cita de Heidegger:

     «La destrucción de la ideología de la muerte supondría una transvaloración explosiva de los conceptos sociales: la buena conciencia de ser un cobarde, la desglorificación y la desublimación; supondría un nuevo "principio de realidad" que liberaría el "principio del placer" en vez de reprimirlo. La mera formulación de estos principios indica por qué han sido convertidos tan rígidamente en tabúes. Su realización equivaldría al derrumbamiento de la civilización establecida. Freud ha mostrado las consecuencias de una desintegración (hipotética) o incluso de una relajación esencial del "principio de realidad" predominante: la relación dinámica entre Eros y el instinto de muerte es tal que una reducción del segundo por debajo del nivel en que funciona de un modo socialmente útil liberaría al primero más allá del nivel "tolerable". Ello supondría un grado de desublimación que arruinaría las conquistas más valiosas de la civilización» (Marcuse, H., Ensayos sobre Política y Cultura, "La ideología de la Muerte", Barcelona, Ariel, 1970, p. 198).

     Marcuse resume el programa de destrucción de la civilización occidental que la oligarquía sionista puso en marcha con la Comisión Creel, la liquidación de Alemania en dos guerras mundiales, la posterior revolución sexual y promoción del consumo de drogas entre los jóvenes y, finalmente, el proyecto de suplantación étnica que la actual política neoliberal de inmigración comporta y que suprimirá, no sólo las instituciones y los valores, sino la propia matriz biológica de los pueblos indoeuropeos.

     La suerte está echada. Europa perdió la guerra gracias a otros europeos, británicos y franceses, quienes prefirieron cavar su propia fosa antes que aceptar la deseable hegemonía alemana. Europa prometía convertirse en un pujante Imperio mundial con capital en Berlín. Su meta: las estrellas. Gracias a la manipulación oligárquica sionista, Europa es ahora un decrépito apéndice de EE.UU. que se extinguirá físicamente, como pueblo, en los próximos treinta años. La narración de la tribu occidental (estadounidenses buenos, guapos, simpáticos, inteligentes y valientes; alemanes crueles, idiotas, feos, estúpidos y cobardes) nos sigue, empero, engañando gracias a nuestra actitud complaciente, pasiva, egoísta y cómoda. Tenemos miedo a que nos califiquen de "fascistas", cuando, sabiendo lo que sabemos, no otro debería ser nuestro máximo honor. Parece que sólo despertaremos cuando el hacha del asesino sionista se cierna sobre nuestras cabezas; o sea, demasiado tarde. Auschwitz existió, sí, pero entre la fábula propagandística de una Comisión Creel cualquiera y la realidad histórica, media un abismo. El "Holocausto", en sus dimensiones reales y no en las inventadas e hinchadas por la propaganda, no fue causa sino consecuencia de los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad de los vencedores "anti-fascistas". También existieron, por tanto, en cualquier caso, Dresden, Kolymá e Hiroshima, facta de los que poco tienen que decir los inquisidores de la fiscalía políticamente correcta al servicio de Sión. Por no hablar de Palestina, que pertenece a la más rabiosa actualidad y ha obligado ya a actuar incluso a algunos jueces del sistema como poco, hasta que éste ha modificado rápidamente las leyes para que magistrados despistados no puedan husmear en el etnocidio de Tierra Santa. Si tenemos que perecer, que sea al menos con la mente lúcida. Que se metan donde les quepa su día del "Holocausto". Por mi parte, he invertido el sentido de una famosa frase de Sartre: no me apeo, no me apearé nunca: un anti-fascista es un perro. Y quienes lloran por los judíos muertos, pero ignoran los cadáveres de los niños alemanes quemados vivos que precedieron a aquéllos, sólo merecen mi desprecio.−


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