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lunes, 21 de octubre de 2013

Fragmentos de Mitología Nórdica



     Nos hicieron notar la existencia, en un sitio de libros en la red, de un excelente y compendioso estudio antropológico de los pueblos nórdicos, germánicos y escandinavos, de la sociedad vikinga en suma, tan llena de una incontenible imaginación y metaforización de la realidad toda, de cuya bella mitología hemos seleccionado estas descripciones y relatos, en su mayoría bien conocidos, de algunos personajes que es clave saber de ellos dada su recurrente mención y simbolismo en diversas obras de personas que difunden el pensamiento y la cultura de nuestros amigos de Europa del Norte. Dicho estudio lamentablemente carece de indicación de autor, fecha y lugar de edición, e incluso de título exacto (el que tiene, "Mitología Nórdica: Historia y Cronología, Arte y Cultura, Sociedad y Economía, Religión" carece de toda personalidad y en verdad parece encubridor), pero hasta donde alcanza nuestro entendimiento es bastante fiable y exacto, y por ello lo hemos invitado. Para quienes no conozcan esta mitología, extractada de antiguas sagas y arcanos poemas, recomendamos examinarla con atención, pues en ella se verá un retrato fidedigno de todas las costumbres y apreciaciones de aquellos pueblos, y para quienes sí la ubiquen, siempre será grato revisarla.


Sobre Tyr, Fenris, Hermod, Balder, Vali y Loki




Tyr, el Dios de la Guerra

     Tyr, Tiu o Ziu, era hijo de Odín y, según algunos mitólogos, su madre era Frigga, la reina de los dioses, o una bella gigante cuyo nombre se desconoce, pero que era una personificación del mar furioso. Él era el dios del honor marcial y una de las doce principales deidades de Asgard. Aunque aparentemente no tenía una morada concreta allí, siempre era bienvenido en Vingolf o Valhalla y ocupaba uno de los doce tronos en la gran sala de consejo de Gladsheim.

     Como dios del valor y de la guerra, Tyr era invocado con frecuencia por varias naciones del Norte, que le aclamaban, al igual que a Odín, para obtener la victoria. Que su jerarquía figuraba detrás de la de Odín y Thor está demostrado por su nombre, Tiu, habiéndoselo dado a uno de los días de la semana, el día Tiu que en inglés moderno se ha convertido en Tuesday (martes). Bajo el nombre de Ziu, Tyr era la divinidad principal de los suevos, que originalmente habían llamado a su capital, la actual Ausburgo, como Ziusburgo. Esta gente, venerando al dios como lo hacía, solía rendirle culto bajo el emblema de una espada, su atributo distintivo, y en su honor se celebraban grandes danzas de espada, donde se interpretaban varias figuras. A veces, los participantes formaban dos largas líneas, cruzaban sus espadas, la apuntaban hacia arriba y retaban al más audaz entre ellos a que diera un salto por encima de ellos. En otros tiempos, los guerreros unían las puntas de sus espadas para formar una rosa o una rueda, y cuando la figura estaba completa, invitaban a su jefe a alzarse sobre el ombligo así formado de hojas de acero reluciente y afilado y entonces lo paseaban por el campamento triunfantes. La punta de la espada llegó posteriormente a ser considerada tan sagrada que se convirtió en una costumbre el hacer juramentos sobre ella.

     Un rasgo distintivo del culto a este dios entre los francos y algunos otros pueblos nórdicos era el de que los sacerdotes llamados druidas o godi ofrecían sacrificios humanos en sus altares, generalmente cortando el águila extendida o sangrienta sobre sus víctimas, es decir, realizando una profunda incisión en cualquiera de los dos lados del espinazo, sacando hacia fuera las costillas así aflojadas y arrancando las vísceras a través de la apertura resultante. Por supuesto, sólo los prisioneros de guerra eran sometidos a esta práctica y era considerado como una gesta de honor entre las razas del Norte europeo el soportar esta tortura sin un solo quejido. Estos sacrificios se llevaban a cabo en toscos altares de piedra llamados dólmenes, que todavía pueden ser vistos en el Norte de Europa. Ya que Tyr era considerado como el dios patrono de la espada, se consideraba que era indispensable el grabar el signo o la runa que le representaba bajo la hoja de todas las espadas, una práctica que el Edda impuso a todos aquellos que desearan obtener la victoria.

«Las runas debéis conocer,
si la victoria deseáis obtener,
y sobre el puño de vuestra espada los grabaréis;
algunos en el templo,
algunos en la guardia,
dos veces mencionad el nombre de Tyr».

     Tyr era idéntico al dios sajón Saxnot (de sax, o espada) y a Er, Heru o Cheru, la divinidad principal de los cheruski o queruscos, que también lo consideraban como el dios del Sol y creían que el filo de su reluciente espada era un emblema de sus rayos.


La Espada de Tyr

     Según las antiguas leyendas, la espada de Cheru, que había sido fabricada por los mismos enanos, hijos de Ivald, que habían forjado la lanza de Odín, era considerada muy sagrada por su gente, a cuyo cuidado él la había confiado, declarando que aquellos que la poseyeran tendrían la victoria segura sobre sus enemigos. Pero aunque era cuidadosamente guardada en el templo, donde colgaba de forma que reflejara los primeros rayos del sol matinal, desapareció misteriosamente una noche. Una vala, druida femenina o profetisa, consultada por los sacerdotes, reveló que las Nornas habían decretado que quienquiera que la empuñara conquistaría el mundo y moriría por él; pero, a pesar de todos los ruegos, ella rehusó contarles quién se la había llevado o dónde podría ser encontrada.

     Tyr, cuyo nombre era sinónimo de valentía y sabiduría, también tenía, según los antiguos nórdicos, a sus órdenes a las blancas valquirias, las asistentes de Odín, y creían también que era él el que decidía qué guerreros deberían transportar ellas hasta Valhalla para ayudar a los dioses en el último día.


La Historia de Fenris

     Tyr era generalmente representado y considerado como un dios manco, al igual que Odín era considerado un dios tuerto. Diversas explicaciones son ofrecidas por las diferentes autoridades en la materia; algunos afirman que se debía a que sólo podía concederle la victoria a un bando; otros, porque una espada tenía una sola hoja. Sea como fuere, los antiguos preferían la siguiente versión:

     Loki se desposó en secreto en Jötunheim con la horrible giganta Angurboda (presagiadora de los tormentos), con la que tuvo tres monstruosos hijos: el lobo Frenrihr o Fenrir o Fenris; Hel, la parcialmente coloreada diosa de la muerte, y Iörmungandr, una terrible serpiente. Él guardó en secreto la existencia de estos monstruos tanto tiempo como pudo. Sin embargo, crecieron tanto tan rápidamente que no se les pudo mantener por más tiempo confinados en la cueva donde habían nacido. Odín, desde su trono pronto se percató de su existencia y también de la inquietante velocidad a la que crecían. Temeroso de que estos monstruos invadieran Asgard y destruyeran a los dioses una vez que hubiesen aumentado su poder, Allfather (Odín) decidió deshacerse de ellos y, tras dirigirse hasta Jötunheim, arrojó a Hel a las profundidades de Niflheim, diciéndole que ella podía reinar sobre los nueve tenebrosos mundos de los muertos. Después arrojó a Iörmungandr al mar, donde alcanzó unas proporciones tan inmensas que al final terminó por rodear la Tierra hasta el punto de poder morderse su propia cola.

     Nada satisfecho con las pavorosas dimensiones que la serpiente alcanzó en su nuevo elemento, Odín resolvió llevar a Fenris hasta Asgard, con la esperanza de, con un trato amable, convertirlo en un animal tratable y gentil. Pero todos los dioses se encogieron consternados cuando vieron al lobo y ninguno de ellos se atrevió a acercarse a él para darle de comer, excepto Tyr, a quien nada le intimidaba. Viendo que Fenris crecía diariamente en tamaño, fuerza, voracidad y ferocidad, los dioses se reunieron en consejo para deliberar sobre la mejor manera de deshacerse de él. Decidieron unánimemente que, como matarlo profanaría su lugar de paz, lo atarían fuertemente para que no pudiese causarles ningún daño.

     Con tal propósito a la vista, se hicieron con una gruesa cadena llamada Leding y le propusieron alegremente a Fenris atarlo para poner a prueba su alardeada fuerza. Confiado en que sería capaz de liberarse, el lobo permitió pacientemente que lo ataran a conciencia, y cuando todos se hubieron puesto a un lado, con gran esfuerzo se estiró y fácilmente reventó la cadena que lo aprisionaba.

     Ocultando su disgusto, los dioses elogiaron en alto su fuerza, pero después fabricaron una cadena mucho más fuerte, Droma, con la cual, tras algunas persuasiones, permitió el lobo que se lo volviera a atar como antes. De nuevo, un corto e intenso esfuerzo bastó para reventar sus ataduras, por lo que en el Norte es proverbial usar las expresiones figuradas "soltarse de Leding" y "librarse de Droma" siempre que sobrevenían grandes dificultades.

     Los dioses, dándose cuenta ahora de que las ataduras normales, por muy fuertes que fueran, no servirían para derrotar la gran fuerza de Fenris el lobo, le pidieron a Skirnir, sirviente de Freya, que descendiera hasta Svartálfaheim y ordenara a los enanos que fabricaran unas cadenas que nadie pudiese romper.

     Utilizando artes mágicas, los elfos oscuros manufacturaron una fina soga sedosa, a partir de materiales tan impalpables como el sonido de los pasos de un gato, la barba de una mujer, las raíces de una montaña, la nostalgia de un oso, la voz de los peces y la saliva de los pájaros. Cuando estuvo finalizada, se la entregaron a Skirnir, asegurándole que ningún tipo de fuerza podría llegar a romperla y que con cuanta más fuerza fuera tensada, más fuerte se volvería.

     Armados con esta cuerda llamada Gleipnir, los dioses se dirigieron junto a Fenris a la isla de Lyngvi, en medio del lago Amsvartnir, y de nuevo le propusieron poner a prueba su fuerza. Pero aunque Fenris había alcanzado una fuerza aún mayor, desconfió de una cadena que se veía tan fina. Por consiguiente, rehusó permitir que le ataran, a menos que uno de los Ases consintiera poner la mano en su boca y dejarla allí, como garantía de buena fe y de que no sería utilizada ningún arte mágica contra él.

     Los dioses oyeron tal decisión consternados y todos se echaron atrás, con la excepción de Tyr, el cual, viendo que los demás no consentirían esta condición, dio audazmente un paso al frente e introdujo su mano entre las fauces del monstruo. Los dioses rodearon entonces firmemente el cuello y las patas de Fenris con Gleipnir, y cuando vieron que los más denodados esfuerzos de éste para liberarse fueron infructuosos, gritaron y rieron con júbilo. Tyr, sin embargo, no pudo compartir su alegría, pues el lobo, al verse capturado, arrancó de un mordisco la mano del dios a la altura de la muñeca, que desde entonces se ha conocido como la articulación del lobo.

     Privado de su mano derecha, Tyr se vio obligado a usar el brazo mutilado para sujetar su escudo y empuñar la espada con la mano izquierda. Sin embargo, tal era su destreza que siguió abatiendo a sus enemigos como antes.

     Los dioses, a pesar de los esfuerzos del lobo, estiraron el final de la cadena Gleipnir a través de la roca Gioll y lo ataron al canto rodado Gelgia, el cual fue enterrado profundamente en el suelo.

     Abriendo sus pavorosas fauces, Fenris profirió aullidos tan terribles que los dioses, para acallarle, sumergieron una espada en su boca, con la empuñadura apoyada contra la mandíbula inferior y la punta en su paladar. La sangre comenzó a brotar entonces, con tales chorros, que se terminó creando un río llamado Von. El lobo estaba destinado a permanecer atado de esa manera hasta el último día, momento en el que reventaría sus ataduras y se liberaría para vengar sus agravios.

     Mientras que algunos mitólogos ven en este mito un emblema del crimen refrenado y convertido en algo inofensivo por el poder de la ley, otros ven el fuego subterráneo, que guardado en sus confines no puede dañar a nadie, pero una vez liberado llena el mundo con destrucción y dolor. Al igual que se decía que el ojo de Odín descansaba en el manantial de Mimir, la segunda mano de Tyr (su espada) se encontraba en las fauces de Fenris. Él no tiene más necesidad de dos armas que el cielo lo tiene de dos soles.

     El culto a Tyr se conmemoraba en diversos lugares como en Tübingen, Alemania, que tenían versiones más o menos modificadas en su nombre. El nombre también se la ha dado a la acónita, una planta conocida en los países nórdicos como el timón de Tyr.


Hermod, el Dios Ágil

     Otro de los hijos de Odín era Hermod, su asistente especial, un brillante y joven dios que estaba dotado de una gran velocidad de movimiento, por lo que era conocido como el dios veloz o ágil.

     Debido a este importante atributo, Hermod era utilizado habitualmente por los dioses como mensajero, y a la más mínima señal de Odín siempre estaba dispuesto a correr hasta cualquier rincón de la creación para cumplir con los deseos de su padre. Allfather (Odín) le regaló un magnífico coselete y casco, con los que se ataviaba a menudo, cuando se preparaba para entrar en batalla, y a veces Odín le confiaba el cuidado de la lanza Gungnir, ordenándole que la arrojara sobre las cabezas de los combatientes a punto de luchar para que su ardor pudiera ser transformado en un furia asesina.

«Recemos a Odín
para que entre en nuestras mentes.
Él entrega y concede
oro al que se lo merezca,
a Hermod le entregó
un caso y coselete».

(Edda de Sæmund).

     Hermod disfrutaba con la guerra y a menudo era denominado "el valiente de la batalla" y confundido con el dios del universo, Irmin. Se dice que a veces acompañaba a las valkirias en sus viajes a la Tierra y escoltaba con frecuencia a los guerreros hasta el Valhalla, por lo que era considerado el líder de los héroes muertos en combate.

     El atributo distintivo de Hermod, además de su coselete y casco, era un bastón llamado Gambantein, el emblema de su cargo, el cual portaba consigo a dondequiera que fuese.


Hermod y el Adivino

     En una ocasión, oprimido por los sombríos temores sobre el futuro, e incapaz de obtener de las Nornas respuestas satisfactorias a sus preguntas, Odín le ordenó a Hermod que se pusiese su armadura y que ensillara a Sleipnir, que sólo él, además de Odín, era capaz de montar, y se dirigiera a las heladas tierras de los finlandeses. Estas gentes, que vivían en regiones glaciales del polo, además de ser capaces de provocar frías tormentas que procedían del Norte, trayendo consigo mucho hielo y nieve, tenían supuestamente grandes poderes ocultos.

     El más célebre de entre los magos finlandeses era Rossthiof (el ladrón de caballos), que solía atraer a los viajeros hasta sus dominios usando artes mágicas, para poder robarles y matarlos después. También tenía el poder de predecir el futuro, aunque siempre se mostraba muy reacio a hacerlo.

     Hermod, el Veloz, se dirigió con rapidez hacia el Norte, con intenciones de buscar a este finlandés, y en vez de su propio bastón, llevó consigo la vara rúnica de Odín, la cual le había entregado Allfather para que disipara cualquier obstáculo que Rossthiof pudiera hacer aparecer para evitar su avance. Por tanto, a pesar de monstruos fantasmagóricos y de trampas y peligros invisibles, Hermod alcanzó ileso la morada del mago y, cuando éste lo atacó, fue capaz de manejarlo con facilidad, tras lo cual lo ató de pies y manos, declarando que no lo liberaría hasta que le hubiese dicho todo lo que deseaba saber.

     Rossthiof, viendo que no había posibilidad de escapatoria, cedió a los deseos de su apresador y, tras ser liberado, comenzó a murmurar encantamientos, a cuyo solo sonido el Sol se escondió tras las nubes, la tierra tembló y se estremeció, y los vientos de tormenta aullaron como una manada de lobos hambrientos.

     Apuntando al horizonte, el mago le ordenó a Hermod que mirara, y el veloz dios pudo divisar en la distancia una gran corriente de sangre enrojeciendo el suelo. Mientras contemplaba perplejo esta corriente, una hermosa mujer apareció de repente y un momento más tarde un niño a su lado. Para asombro del dios, este niño creció con una rapidez tan maravillosa que pronto alcanzó la edad adulta, tras lo cual Hermod se percató de que blandía furiosamente un arco y flechas.

     Rossthiof comenzó entonces a explicar las profecías que sus conjuros habían evocado, y declaró que el río de sangre presagiaba el asesinato de uno de los hijos de Odín, pero que, si el padre de los dioses cortejaba y se ganaba a Rinda, en la tierra de los rutenos (Rusia), ella le daría un hijo que alcanzaría la edad adulta en unas pocas horas y vengaría la muerte de su hermano.

     Hermod escuchó atentamente las palabras de Rossthiof y, tras regresar a Asgard, informó a Odín de todo lo que le había visto y oído, cuyos temores se vieron confirmados, y de este modo averiguó que estaba condenado a perder un hijo en una muerte violenta. Se consoló, sin embargo, con la idea de que otro de sus descendientes vengaría el crimen y por tanto obtendría la satisfacción que un verdadero nórdico siempre requiere, al conseguir la venganza de la sangre por la sangre.

      Y la profecía se acabó cumpliendo, tal como vaticinó el mago finlandés, pues el hijo de Odín que sería asesinado era Balder, y aquel que lo habría de vengar sería Vali.


Balder, el Más Amado

     De Odín y Frigga, se dice, nacieron hijos gemelos tan diferentes en carácter y aspecto físico como era posible que lo fueran dos niños. Hodur, dios de la oscuridad, era sombrío, taciturno y ciego, como la oscuridad del pecado, la cual se suponía que simbolizaba; mientras que su hermano Balder, el bello, era venerado como el dios puro y radiante de la inocencia y la luz. De su frente blanca y cabellos dorados parecían irradiar rayos de Sol que alegraban los corazones de dioses y hombres, por los que era igualmente amado.

     El joven Balder alcanzó su mayoría de edad con maravillosa rapidez, y fue admitido muy pronto en la asamblea de los dioses. Fijó su residencia en el palacio de Breidablik, cuyo techo de plata descansaba sobre pilares de oro y cuya pureza era tal que a nada que fuese vulgar o impuro se le permitía su presencia dentro de sus recintos, y allí vivía en perfecta armonía junto a su joven esposa Nanna (flor), la hija de Nip (brote), una bella y encantadora diosa.

     El dios de la luz estaba bien versado en la ciencia de las runas, que estaban escritas en su lengua; él conocía bien las diversas virtudes de las flores, una de las cuales, la camomila, era llamada "la frente de Balder", porque era tan inmaculadamente pura como esa parte de su rostro. La única cosa oculta ante los radiantes ojos de Balder era la percepción de su propio destino.


El Sueño de Balder

     Ya que era tan natural que Balder el hermoso estuviera sonriente y feliz, los dioses comenzaron a darse cuenta de un cambio en su comportamiento. La luz se fue gradualmente de sus ojos azules, una expresión de ansiedad invadió su rostro y sus pasos se volvieron pesados y lentos. Odín y Frigga, percatándose del evidente abatimiento de su amado hijo, le rogaron con ternura que les revelara la causa de su tristeza. Balder fue cediendo finalmente a sus anhelantes ruegos. Confesó que sus sueños, en vez de ser tranquilos y reparadores como antaño, se habían visto extrañamente alterados por oscuras y opresivas pesadillas, las cuales, aunque no podía recordarlas cuando se despertaba, lo perseguían constantemente con una vaga sensación de miedo.

     Cuando Odín y Frigga oyeron esto, se sintieron muy desasosegados, aunque prometieron que nada dañaría a su universalmente amado hijo. Sin embargo, cuando los inquietos padres discutieron posteriormente el asunto, confesaron que también ellos se habían visto asaltados por extraños presentimientos y, llegando finalmente a creer que la vida de Balder estaba seriamente amenazada, procedieron a tomar medidas para evitar el peligro.

     Frigga envió a sus sirvientes en todas direcciones, con órdenes estrictas para exigir a todas las criaturas vivientes, todas las plantas, metales, piedras... de hecho, toda cosa animada o inanimada, que pronunciaran el solemne juramento de no hacerle daño alguno a Balder. Toda la creación hizo enseguida su juramento, ya que no existía nada sobre la Tierra que no amara al radiante dios. Los sirvientes regresaron hasta Frigga, informándole que todos habían jurado debidamente, excepto el muérdago que crecía sobre el tronco del roble a las puertas del Valhalla, aunque era, añadieron, una cosa tan inofensiva e insignificante que no había nada que temer.

     Frigga reanudó entonces su hilado con gran alegría, ya que estaba segura de que nada podría perjudicar a su hijo que amaba por encima de todo.


La Profecía de la Vala

     Odín, mientras tanto, había decidido consultar con una de las profetisas o valas muertas. Montado sobre su corcel de ocho patas Sleipnir, cabalgó a través del palpitante puente Bifröst y por el accidentado camino que conduce a Gjallar y a la entrada de Niflheim, donde, tras dejar atrás a Helgate y el perro Garm, penetró en la oscura morada de Hel.

     Odín vio, para su sorpresa, que un festín se estaba preparando en este oscuro reino y que los divanes habían sido cubiertos con tapices y anillos de oro, como si se esperara a algún importante invitado. Pero él siguió corriendo sin descanso, hasta que llegó hasta el lugar donde la vala había descansado sin ser perturbada durante muchos años, tras lo que comenzó a entonar un hechizo mágico y a trazar las runas que tenían el poder de revivir a los muertos.

     La tumba se abrió súbitamente y su profetisa se incorporó lentamente, preguntando quién había osado interrumpir su sueño. Odín, que no deseaba que supiera que él era el poderoso padre de dioses y hombres, respondió que era Vegtam, hijo de Valtam, y que la había despertado para informarse sobre el personaje para el que Hel estaba sacando sus divanes y preparando un banquete festivo. Con voz sepulcral, la profetisa confirmó todos sus temores contándole que el invitado al que esperaban era Balder, que estaba destinado a ser muerto por Hodur, su hermano, el dios ciego de la oscuridad.

     A pesar de la evidente reticencia de la vala para seguir hablando, Odín no quedó aún satisfecho y le exigió que le dijera quién vengaría al dios asesinado y daría cuenta de su asesino. La venganza y la represalia eran consideradas como deberes sagrados por las razas nórdicas.

     Entonces la profetisa le relató cómo Rossthiof había ya pronosticado que Rinda, la diosa Tierra, tendría un hijo de Odín y que Vali, como se llamaría el niño, no se lavaría el rostro ni se peinaría los cabellos hasta que hubiese vengado en Hodur la muerte de Balder.

     Una vez hubo dicho esto la reacia vala, Odín preguntó: "¿Quién rehusará llorar la muerte de Balder?". Esta imprudente pregunta demostró un conocimiento del futuro que ningún mortal podía poseer, lo cual le reveló inmediatamente a la vala la indentidad de su visitante. Consiguientemente, rehusando decir una sola palabra más, volvió a hundirse en el silencio de la tumba, declarando que nadie sería capaz de volver a sacarla de nuevo hasta que llegara el fin del mundo.

     Tras enterarse de los designios de Orlog (destino), que él sabía que no podían ser anulados, volvió a montar en su caballo y emprendió triste el camino de vuelta a Asgard, pensando en la hora, no lejana, en la que su amado hijo dejaría de ser visto en las moradas celestiales, y cuando la luz de su presencia se hubiera desvanecido por siempre.

     Al entrar en Gladsheim, sin embargo, Odín se vio algo tranquilizado por las noticias, rápidamente comunicadas por Frigga, referentes a que todas las cosas bajo el Sol habían prometido que no dañarían a Balder y, sintiéndose convencido de que si nada iba a matar a su hijo seguramente iba a continuar alegrando a los dioses y a los hombres con su presencia, dejó a un lado las preocupaciones y se entregó a los placeres del festín.


Los Juegos de los Dioses

     El campo de recreo de los dioses estaba situado en las verdes llanuras de Ida, y tenía el nombre de Idavold. Allí se trasladaban los dioses cuando estaban de buen humor, y su juego favorito era el de lanzar sus discos de oro, lo cual hacían con gran habilidad. Habían vuelto a la práctica de este acostumbrado pasatiempo con entusiasmo redoblado desde que Frigga hubiera dispersado con sus precauciones la nube que había oprimido sus espíritus. Sin embargo, cansados al final de este juego, pensaron en idear otro.

     Habían averiguado que ningún proyectil podía dañar a Balder, por lo que se entretuvieron lanzándole toda clase de armas, piedras, etc., con la certeza de que no importaba cuánto se afanaran, pues los objetos, habiendo jurado no dañarle, errarían su objetivo o caerían cortos de distancia. Esta nueva diversión demostró ser tan fascinante que pronto todos los dioses se congregaron alrededor de Balder, recibiendo cada nuevo fallo en acertarle con prolongadas risas.


La Muerte de Balder

     Estos arranques de jolgorio despertaron la curiosidad de Frigga, quien se encontraba hilvanando sentada en Fensalir, y, viendo a una anciana pasar delante de su morada, le pidió que se detuviera y que le contara qué estaban haciendo los dioses para provocar tanto jolgorio. La anciana no era otra que Loki disfrazado, quien respondió que los dioses estaban lanzando contra Balder piedras y otros proyectiles, embotados y afilados, mientras que éste permanecía entre ellos sonriente e ileso, retándoles a que le acertaran.

     La diosa sonrió y reanudó su labor, diciendo que era bastante natural que nada pudiera dañar a Balder, ya que todas las cosas amaban la luz, del cual él era su símbolo, y habían jurado solemnemente no dañarle. Loki, la personificación del fuego, se disgustó mucho al oír esto, ya que estaba celoso de Balder, el Sol, que le había eclipsado por completo y era amado por todos, mientras que a él se le temía y se le evitaba todo lo posible. Pero él ocultó astutamente su irritación y le preguntó a Frigga si estaba segura de que todos los objetos se habían unido al convenio.

     Ella respondió orgullosa que había obtenido el solemne juramento de todas las cosas, excepto el de un pequeño e inofensivo parásito, el muérdago, que crecía en el roble cerca de las puertas del Valhalla y era demasiado pequeño e insignificante como para ser temido. Esta información era todo lo que Loki quería saber y, tras despedirse de Frigga, se alejó. Sin embargo, tan pronto como estuvo fuera del alcance de su vista, recuperó su forma habitual y cogió el muérdago que Frigga había mencionado. Entonces, con sus artes mágicas le confirió al parásito un tamaño y una dureza bastante fuera de lo común.

     Del tallo de madera así obtenido fabricó diestramente una flecha con la que regresó corriendo hasta Idavold, donde los dioses aún le estaban lanzando proyectiles a Balder, estando mientras tanto únicamente Hodur apoyado tristemente contra un árbol, sin participar en el juego. Loki se aproximó a la ligera hasta el dios ciego y, fingiendo interés, le preguntó acerca de la causa de su melancolía, insinuando astutamente al mismo tiempo que eran el orgullo y la indiferencia lo que le impedían participar en el juego. En respuestas a estas afirmaciones, Hodur alegó que sólo su ceguera le impedía tomar parte en el nuevo juego, y cuando Loki puso la flecha de muérdago en su mano y lo guió hacia el centro del círculo, indicándole la dirección de la insólita diana, Hodur disparó su flecha enérgicamente. Pero para su consternación, en vez de las sonoras risas que esperaba, un escalofriante grito de horror atravesó sus oídos, pues Balder el hermoso había caído al suelo, atravesado por el fatal muérdago.

     Con terrible preocupación se reunieron los dioses alrededor de su querido compañero, pero su vida había sido extinguida y todos sus esfuerzos para revivir al dios Sol caído fueron inútiles. Desconsolados por su pérdida, se volvieron furiosos hacia Hodur, a quien hubieran matado allí mismo de no haber sido refrenados por la ley de los dioses, que impedía que ningún acto deliberado de violencia profanara sus lugares sagrados. El sonido de sus altos lamentos atrajo con gran rapidez a las diosas hasta el terrible lugar, y cuando Frigga vio que su hijo estaba muerto, rogó vehementemente a los dioses que fueran hasta Niflheim para implorarle a Hel que liberara a su víctima, ya que la Tierra no podría existir felizmente sin él.


La Misión de Hermod

     Ya que el camino era extremadamente fatigoso y accidentado, ninguno de los dioses se ofreció a ir al principio. Pero cuando Frigga prometió que ella y Odín recompensarían al mensajero amándole por encima de todos los Ases, Hermod mostró su disposición a ejecutar la misión. A fin de capacitarle para ello, Odín le prestó a Sleipnir, y el noble caballo, que no solía dejar que nadie lo montara excepto Odín, partió sin demora hacia la oscura trayectoria que sus cascos ya habían cabalgado en dos ocasiones anteriormente.

     Mientras tanto, Odín ordenó que el cuerpo de Balder fuera trasladado de Breidablik y envió a los dioses al bosque para que cortaran enormes pinos con los que construír una pira funeraria digna.


La Pira Funeraria

     Mientras Hermod cabalgaba a través del sombrío camino que conducía al Niflheim, los dioses cortaron y acarrearon hasta la costa una gran cantidad de leña, la cual amontonaron sobre la cubierta del buque dragón de Balder, Ringhorn, construyendo una elaborada pira funeraria. Según la costumbre, ésta fue decorada con tapices colgantes, coronas de flores, copas y armas de todas clases, anillos de oro e incontables objetos de valor, antes de que el inmaculado cadáver, ricamente ataviado, fuera traído y echado sobre ella.

     Uno tras otro, los dioses se acercaron entonces a ofrecer un último adiós a su amado compañero, y cuando Nanna se encorvó hacia él, su tierno corazón se rompió, cayendo sin vida a su lado. Tras ver esto, los dioses la situaron respetuosamente al lado de su esposo, para que pudiera acompañarle incluso en la muerte; tras haber dado muerte a su caballo y a sus sabuesos, y haber rodeado la pira con espinas, los emblemas del sueño, Odín, el último de los dioses, se acercó.

     Como muestra de afecto por el difunto, y de dolor por su pérdida, todos habían echado sus más preciadas posesiones sobre la pira y Odín, inclinándose, añadió entonces a las ofrendas su anillo mágico Draupnir. Los dioses congregados percibieron que estaba susurrándole algo al oído de su hijo muerto, pero ninguno estaba lo suficientemente cerca para escuchar lo que había dicho.

     Tras haber concluído estos tristes preliminares, los dioses se dispusieron entonces a botar el barco, pero se encontraron con que la pesada carga de leña y joyas se resistía a sus esfuerzos combinados, por lo que no pudieron moverlo ni un centímetro. Los gigantes de las montañas, presenciando la escena desde lejos, y percatándose de su apuro, se acercaron y dijeron conocer a una giganta de nombre Hyrrokin, que vivía en Jötunheim y que era lo suficientemente fuerte como para botar la embarcación sin ninguna otra ayuda. Consecuentemente, los dioses le pidieron a uno de los gigantes de la tormenta que se acercaran a buscar a Hyrrokin; ella hizo acto de presencia con rapidez, montada sobre un lobo gigantesco, al cual ella guiaba con una rienda hecha de serpientes que se retorcían. Dirigiéndose hacia la costa, la giganta desmontó y mostró arrogantemente su disposición de proporcionar la ayuda requerida, si mientras tanto, los dioses se hacían cargo de su montura. Odín envió inmediatamente a cuatro de sus más enloquecidas fieras para que entretuvieran al lobo, pero, a pesar de su excepcional fuerza, no pudieron refrenar a la monstruosa criatura hasta que la giganta la hubo arrojado al suelo y atado a conciencia.

     Hyrrokin, viendo que ahora serían capaces de manejar a su obstinada montura, se dirigió hasta donde, en lo alto del borde del agua, se erigía el poderoso barco de Balder, Ringhorn.

     Apoyando su hombro contra su popa, lo envió al agua con un supremo esfuerzo. Tal era el peso de la carga y la rapidez con la que fue arrojado al mar, que la tierra tembló como si se tratase de un terremoto, y los troncos sobre los que el barco se deslizó ardieron en llamas debido a la fricción. El inesperado temblor, casi causó que los dioses perdieran el equilibrio, lo cual encolerizó tanto a Thor que alzó su martillo y estuvo a punto de matar a la giganta, si no le hubieran contenido sus compañeros. Fácilmente apaciguado, como era habitual, pues el temperamento de Thor, aunque fácilmente suscitado, era fugaz, embarcó en el barco de nuevo para consagrar la pira funeraria con su martillo sagrado. Mientras realizaba esta ceremonia, el enano Lit irrumpió de un modo irritante en su camino, después de lo cual, Thor que no había recuperado completamente su ecuanimidad, le arrojó al fuego que había acabado de encender con una espina, y el enano ardió hasta quedar reducido a cenizas junto a los cuerpos de la divina pareja.

     El impresionante barco se introdujo entonces en el mar y las llamas de la pira ofrecieron   un espectáculo majestuoso que asumía una gloria mayor con cada momento que pasaba, hasta que, cuando el barco se aproximó al horizonte del Oeste, pareció que el mar y el cielo ardieran en llamas. Los dioses contemplaron tristes el resplandeciente barco y su preciosa carga, hasta que se sumergió súbitamente entre las olas y desapareció; no regresaron a Asgard hasta que la última chispa de luz se hubo desvanecido, y el mundo, como muestra de pesar por Balder el bondadoso, se envolvió en un manto de oscuridad.


La Búsqueda de Hermod

     Los dioses entraron en Asgard tristes, donde ningún sonido de alegría o festejos recibieron los oídos, pues todos los corazones estaban llenos de inquietante preocupación por el fin de todas las cosas, el cual se sentía inminente. Y, ciertamente, la idea del terrible invierno de Fimbul, el cual sería el heraldo de sus muertes, bastaba para desasosegar a los dioses.

     Sólo Frigga albergaba esperanzas y esperó ansiosa el regreso de Hermod el veloz, el cual, mientras tanto, había atravesado el palpitante puente y el oscuro camino de Hel, hasta que, a la décima noche, había cruzado las rápidas corrientes del río Gjöll.

     Allí fue interrogado por Mödgud, que le preguntó por qué el puente Gjallar temblaba más bajo el cabalgar de su caballo que cuando pasaba todo un ejército, y le preguntó por qué él, un jinete vivo, pretendía entrar en los tenebrosos dominios de Hel.

     Hermod le explicó a Mödgud la razón de su visita y, tras averiguar que Balder y Nanna habían pasado por el puente antes que él, se apresuró a seguir su camino hasta que llegó a las puertas que se erigían imponentes ante él.

     Sin desalentarse ante esta barrera, Hermod desmontó sobre el suave hielo y, ajustando las correas de su silla, volvió a montar y, clavando sus espuelas en los brillantes costados de Sleipnir, le indujo a que diera un brinco prodigioso, aterrizando ileso al otro lado de la puerta de Hel.


La Condición por la Liberación de Balder

     En vano le informó Hermod a su hermano que había venido para rescatarlo. Balder negó triste con la cabeza, diciendo que sabía que debía permanecer en su lúgubre morada hasta la llegada del Último Día, pero le imploró a Hermod que se llevara con él a Nanna, pues el hogar de las sombras no era lugar para una criatura tan bella y brillante. Pero cuando Nanna escuchó esta petición, se aferró más al lado de su esposo, jurando que nada lograría separarla de él y que permanecería por siempre a su lado, incluso en Niflheim.

     La noche se agotó con la conversación, antes de que Hermod buscara a Hel para implorarle que liberara a Balder. La hosca diosa escuchó en silencio su petición, declarando finalmente que permitiría a su víctima marcharse a condición de que todas las cosas animadas e inanimadas mostraran su pesar por su pérdida derramando lágrimas.

     Esta respuesta estaba llena de esperanzas, pues toda la Naturaleza lamentaba la pérdida de Balder y seguramente no había nada en toda la creación que fuera a negar el tributo de una lágrima. Por tanto, Hermod salió feliz del oscuro reino de Hel, llevándose con él el anillo Draupnir, que Balder le devolvía a su padre, una alfombra bordada de Nanna a Frigga y un anillo para Fulla.


El Regreso de Hermod

     Los dioses se reunieron en asamblea ansiosamente alrededor de Hermod cuando éste regresó, y una vez que hubo entregado los mensajes y los regalos, los Ases enviaron heraldos a todas las partes del mundo para pedir a todas las cosas animadas e inanimadas que lloraran la muerte de Balder.

     Al Norte, al Sur, al Este y al Oeste se dirigieron los heraldos, y a su paso caían las lágrimas de todas las plantas y árboles, por lo que el suelo se vio saturado de humedad y los metales y piedras, a pesar de sus duros corazones, lloraron también.

     De camino de vuelta finalmente hacia Asgard, los mensajeros vieron acurrucada en una oscura cueva a un giganta de nombre Thok, que algunos mitólogos supusieron que era Loki disfrazado. Cuando se le pidió que derramara una lágrima, se burló de los heraldos e, introduciéndose en los oscuros nichos de su cueva, declaró que ninguna lágrima caería de sus ojos y que a ella poco le importaba que Hel retuviera a su presa por siempre.

     Tan pronto como los mensajeros llegaron a Asgard, los dioses se congregaron a su alrededor para conocer el resultado de su misión. Pero sus rostros, iluminados con la alegría de la anticipación, se oscurecieron por la desesperación cuando supieron que una criatura había rehusado al tributo de las lágrimas, por lo que no podrían tener nunca más a Balder en Asgard.


Vali el Vengador

     Los decretos del destino aún no habían sido del todo consumados, y el acto final de la tragedia será brevemente resumido.

     Vali el Vengador, como fue llamado, hijo de Odín y de Rinda, entró en Asgard el día de su nacimiento y aquel mismo día dio muerte a Hodur con una flecha de un haz que al parecer había acarreado para ese propósito. Así, el asesino de Balder, a pesar de que había sido un instrumento inconsciente, expió por el crimen con su sangre, según el código de los verdaderos nórdicos.


El Culto a Balder

     Uno de los más importantes festivales se celebraba en el solsticio de verano, o día de San Juan, en honor a Balder el bondadoso, ya que era considerado el aniversario de su muerte y de su descendencia al inframundo. En ese día, el más largo del año, la gente se congregaba en el exterior, hacía grandes hogueras y contemplaba el Sol, que en las latitudes nórdicas extremas apenas se oculta bajo el horizonte antes de volver a elevarse en un nuevo amanecer. Desde el solsticio, los días se iban haciendo gradualmente más cortos y los rayos del Sol se hacían menos cálidos, hasta el solsticio de invierno, que se conocía como la "noche Madre", ya que era la noche más larga del año. El solsticio de verano, una vez celebrado en honor a Balder, se llama ahora día de San Juan, tras haber suplantado ese santo de la tradición cristiana a Balder.


Vali

     Billing, rey de los rutenos, quedó terriblemente consternado cuando oyó que una gran fuerza estaba a punto de invadir su reino, ya que él era demasiado viejo para luchar como en tiempos pasados, y su única descendencia, una hija de nombre Rinda, aunque ya estaba en edad de casarse, rehusaba obstinadamente escoger un marido entre sus muchos pretendientes y así proporcionarle a su padre la ayuda que tan tristemente necesitaba.

     Mientras Billing se encontraba reflexionando desconsolado en su palacio, un desconocido se presentó súbitamente allí. Levantando la vista, contemplo a un hombre de mediana edad vestido con un ancho manto y con un sombrero de ala ancha estirado en su frente para ocultar el hecho de que tenía un solo ojo. El desconocido preguntó cortésmente acerca de la causa de su evidente depresión y, ya que había algo en él que inspiraba confianza, el rey le contó todo y al final de su relato, él se ofreció voluntario para encabezar el ejército de los rutenos contra su enemigo.

     Sus servicios fueron gozosamente aceptados, y no pasó mucho tiempo antes de que Odín, pues era él el desconocido, obtuviera una señalada victoria y, regresando triunfante, solicitó el permiso para cortejar a la hija del rey, Rinda, para convertirla en su esposa. A pesar de la avanzada edad del pretendiente, Billing esperó que su hija le prestara oídos favorables, puesto que parecía ser muy distinguido, e inmediatamente dio su consentimiento. Por tanto, Odín, aún no desenmascarado, se presentó ante la princesa, pero ella rechazó desdeñosamente su propuesta y lo abofeteó groseramente cuando él intentó besarla.

     Obligado a retirarse, Odín no cejó, sin embargo, en su empeño de convertir a Rinda en su esposa, ya que sabía, gracias a la profecía de Rossthiof, que nadie sino ella podía traer al mundo a quien estaba destinado a vengar a su hijo asesinado.

     Su siguiente paso, por tanto, fue asumir la forma de un herrero, y de tal guisa se presentó en el palacio de Billing. Tras fabricar costosos ornamentos de plata y oro, multiplicó tan hábilmente estas preciosas joyas que el rey consintió gozosamente cuando le preguntó si podría presentarle sus respetos a la princesa. El herrero, Rosterus como dijo llamarse, fue, sin embargo, igualmente rechazado sin miramientos por Rinda, igual que el exitoso general que había sido antes y, aunque su oído volvió a zumbarle por la fuerza de su golpe, él se obstinó más que nunca para convertirla en su esposa.

     En la siguiente ocasión, Odín se presentó ante la caprichosa princesa disfrazado de gallardo guerrero, ya que, pensó él, un soldado joven podría llegar al corazón de la doncella, pero cuando intentó besarla de nuevo, ella le empujó tan bruscamente que él tropezó y cayó sobre una rodilla.

     Esta tercera afrenta encolerizó tanto a Odín que desenvainó su vara mágica de runas de su pecho, la apuntó hacia Rinda y profirió un hechizo tan terrible que ella cayó rígida y aparentemente sin vida en los brazos de sus sirvientes.

     Cuando la princesa recobró el conocimiento, su pretendiente había desaparecido, pero el rey descubrió consternado que ella había perdido por completo el juicio y que había enloquecido de melancolía. En vano se congregó a todos los médicos y se intentaron todos los remedios. La doncella permaneció pasiva y triste, y su aturdido padre había abandonado toda esperanza cuando una anciana, que dijo llamarse Vecha o Vak, se presentó y se ofreció a llevar a cabo la curación de la princesa. La aparente anciana, que en realidad era Odín disfrazado, prescribió primero un baño de pies para la paciente. Pero ya que esto no pareció surtir ningún efecto, propuso intentar un tratamiento más drástico. Para ello, declaró Vecha, la paciente debería ser confiada a su cuidado exclusivo, atada a conciencia para que no pudiese ofrecer la más mínima resistencia. Billing, preocupado por ayudar a su hija, se sintió dispuesto a consentir lo que fuese y, habiendo obtenido así el dominio completo sobre Rinda, Odín la convenció para que se casara con él, liberándola de sus ataduras y del hechizo sólo cuando ella hubo prometido fielmente ser su esposa.


El Nacimiento de Vali

     La profecía de Rossthiof se había cumplido, pues Rinda tuvo un hijo llamado Vali (Ali, Bous o Beav), una personificación de los días que se prolongaban, que creció con una velocidad tan maravillosa que alcanzó su estatura máxima en el transcurso de un solo día. Sin siquiera esperar a lavarse la cara o a peinarse el pelo, este joven dios corrió a Asgard, arco y flechas en mano, para vengar la muerte de Balder, matando a su asesino, Hodur, el dios ciego de la oscuridad.

     En esta leyenda, Rinda, una personificación de la corteza congelada de la Tierra, se resiste al cálido cortejo del Sol, Odín, que en vano señala que la primavera es tiempo para proezas de guerra y ofrece ornamentos del verano dorado. Ella sólo cede cuando, tras un chubasco (el baño de pies), se descongela. Conquistada entonces por el irresistible poder del Sol, la Tierra cede a su abrazo, es liberada de su hechizo (hielo) que la hizo dura y fría y trae al mundo a Vali, el sustentador, o Bous el campesino, que emerge de su oscura cabaña cuando llegan los días cálidos. La muerte de Hodur por Vali es por tanto emblemática del estallido de la nueva luz tras la oscuridad invernal.

     Vali, que era una de las doce deidades que ocupaban los asientos en la gran sala de Gladsheim, compartía con su padre la residencia llamada Valaskialf, y estaba destinado, incluso antes de su nacimiento, a sobrevivir a la última batalla y al ocaso de los dioses, y a reinar junto a Vidar sobre la Tierra regenerada.


El Culto a Vali

     Vali era el dios de la luz eterna, al igual que Vidar lo era de la materia imperecedera, y como los rayos de luz eran a menudo llamados flechas, siempre se le representó y veneró como un arquero. Por esta razón, su mes en el calendario noruego se designa con la señal del arco y se le denomina Liosberi, el portador de luz. Ya que se sitúa entre mediados de Enero y de Febrero, los primeros cristianos le dedicaron este mes a San Valentín, que también era un diestro arquero y se decía que, al igual que Vali, era el heraldo de días más brillantes, el despertador de sentimientos tiernos y el patrono de todos los amantes.


Loki, el Espíritu del Mal

     Además del gigante Utgardloki, la personificación de la malicia y el mal, a quien Thor y sus compañeros visitaron en Jötunheim, las antiguas naciones nórdicas tenían otro tipo de pecado, a quien llamaban también Loki.

     Al principio, Loki era solamente la personificación de la hoguera de fuego y del espíritu de la vida. Inicialmente, un dios se convierte gradualmente en combinación de dios y demonio, y termina siendo aborrecido por todos como un equivalente exacto del Lucifer medieval, el príncipe de las mentiras, el originador del engaño y el murmurador de los Ases.

     Algunas autoridades afirman que Loki era hermano de Odín, pero otros aseguran que no eran familiares, pero que se habían jurado hermandad con sangre, algo común en el Norte, y así lo relata la Edda de Sæmund:

«¡Odín! ¿Recuerdas
cuando antaño
mezclamos nuestras sangres?
¿Cuando a beber cerveza
rehusabas constantemente
a menos que nos la hubiesen ofrecido a ambos?».


La Personalidad de Loki

     Mientras que Thor era la encarnación de la actividad nórdica, Loki representaba la recreación, y la cercana relación establecida anticipadamente entre estos dos dioses demuestra claramente lo pronto que nuestros antepasados se dieron cuenta de que ambas son necesarias para el bienestar de la Humanidad. Thor siempre está muy atareado y diligente, mientras que Loki se ríe de todo, hasta que al final su amor por la malicia le descarría completamente y pierde todo amor por el bien y se vuelve terriblemente egoísta y malvado.

     Él representa el mal en forma seductiva y aparentemente hermosa con la que recorre el mundo. Los dioses no lo evitaron al principio debido a esta apariencia engañosa, sino que lo trataron como a uno de ellos con compañerismo, llevándole con ellos a dondequiera que fuesen y admitiéndolo, no sólo en sus festividades, sino también en su sala de reuniones, donde, desgraciadamente, escucharon sus consejos demasiado a menudo.

     Loki jugó un papel importante en la creación del hombre, dotándolo con el movimiento y causando que la sangre circulara libremente por sus venas, por donde era inspirado con las pasiones. Como personificación del fuego al igual que de la maldad, Loki es visto frecuentemente con Thor, a quien acompaña hasta Jötunheim para recuperar su martillo, al castillo de Utgardloki y a la casa de Geirrod. Es él el que roba el collar de Freya y la cabellera de Sif, y traiciona a Idun al domino de Thiassi, y aunque a veces le da a los dioses buenos consejos y les proporciona ayuda real, es sólo para librarles de algún apuro al que temerariamente les hubiera inducido.

     Algunas autoridades declaran que, en vez de ser parte de la trilogía creativa (Odín, Hoenir y Lodur o Loki), este dios pertenecía originalmente a una raza pre-odínica de deidades y era el hijo del gran gigante Fornjotnr (Ymir), siendo sus hermanos Kari (aire) y Hler (agua), y su hermana Ran, la terrible diosa del mar. Otros mitólogos, sin embargo, dicen que es hijo del gigante Farbauti, el cual ha sido identificado con Bergelmir, el único superviviente del diluvio, y con Laufeia (isla frondosa) o Nal (barco), su madre, con lo que concluyeron que su conexión con Odín debía únicamente ser debida al juramento nórdico del pacto de sangre o buen compañerismo.

     Loki (fuego) se casó primero con Glut (brillo), que le dio dos hijas, Eisa (ascuas) y Einmyria (cenizas); es por tanto muy evidente que los nórdicos lo consideraban un emblema del fuego de chimenea y, cuando la madera en llamas crepita en la chimenea, las mujeres del Norte aún suelen decir que Loki está golpeando a sus hijos. Además de esta esposa, se dice que Loki también se desposó con la giganta Angurboda, que vivía en Jötunheim y que dio a luz a tres monstruos: Hel, la diosa de la muerte; la serpiente de Midgard, Iörmungandr y el horrible lobo Fenris o Fehnrir.


Sigyn

     El tercer matrimonio de Loki fue con Sigyn, que demostró ser una esposa cariñosa y devota, y que le dio dos hijos, Narve y Vali, siendo este último un homónimo del dios que vengó a Balder. Sigyn fue siempre fiel a su esposo y no lo abandonó incluso tras haber sido definitivamente expulsado de Asgard y confinado a las entrañas de la Tierra.

     Ya que Loki era la encarnación del mal en las mentes de las razas nórdicas, no podían sino temerle. Ningún templo fue dedicado en su honor, no se le ofrecían sacrificios y designaron las más perjudiciales malas hierbas por su nombre. Se suponía que la estremecedora y sobrecalentada atmósfera del verano iba dirigida a su presencia, ya que la gente solía comentar que Loki estaba sembrando su avena, y cuando el Sol aparecía para evaporar el agua, decían que Loki estaba bebiendo.

     La historia de Loki está tan entrelazada con la de los otros dioses, que la mayoría de las leyendas que hablan de él ya han sido narradas, y sólo quedan dos episodios de su vida por contar: uno que muestra su lado bondadoso antes de haber degenerado en el impostor malvado, y el otro que ilustra cómo indujo finalmente a los dioses a profanar sus lugares sagrados con el asesinato deliberado.


Skrymsli y el Hijo del Campesino

     Un gigante y un campesino se encontraban disputando un juego juntos un día. Por supuesto, habían acordado jugar con una apuesta, y el gigante, habiendo sido victorioso, ganó al único hijo del campesino, al cual dijo que vendría a reclamar por la mañana a menos que los padres lograran esconderlo tan concienzudamente que no pudiese ser encontrado.

     Sabiendo que tal hazaña sería imposible para ellos de realizar, los padres rogaron fervorosamente a Odín para que les ayudara, y en respuesta a sus súplicas, el dios bajó hasta la Tierra para transformar al chico en un diminuto grano de trigo, tras lo cual lo escondió en una espiga en medio de un vasto campo, declarando que el gigante no sería capaz de encontrarlo. Sin embargo, el gigante Skrymsli poseía una sabiduría mucho mayor de lo que Odín había imaginado y, no logrando encontrar al niño en la casa, se dirigió inmediatamente al campo con su guadaña y tras segar el trigo, seleccionó la espiga en la que el chico se encontraba escondido.

     Contando los granos de trigo, estuvo a punto de echar su mano sobre el correcto, cuando Odín, oyendo el grito de angustia del niño, arrebató la espiga de la mano del gigante y devolvió el niño a sus padres, diciéndoles que él había hecho todo lo que estaba en su poder para ayudarles. Pero cuando el gigante juró que le habían engañado y que de nuevo reclamaría al niño por la mañana, a menos que los padres pudieran ser más inteligentes que él, los desdichados campesinos rogaron entonces la ayuda a Hoenir. El dios escuchó indulgentemente y transformó al niño en una pelusa, la cual escondió en el pecho de un cisne que nadaba en un estanque cercano. Pero cuando Skrymsli llegó unos momentos más tarde, adivinó lo que había ocurrido y, asiendo al cisne, arrancó su cuello de un mordisco y se lo hubiera tragado si Hoenir no lo hubiese arrebatado de sus labios y puesto fuera de su alcance, devolviéndole el niño sano y salvo a sus padres, pero diciéndoles que ya no podría ayudarles más.

     Skrymsli advirtió a los padres que realizaría un tercer intento para obtener al niño, tras lo cual acudieron en su desesperación a Loki, el cual se llevó al niño hasta el mar, ocultándolo con forma de un diminuto huevo entre los demás huevos de una platija [un tipo de pez]. Regresando de su expedición, Loki se encontró con el gigante cerca de la costa y, viendo que se disponía a emprender una excursión de pesca, insistió en acompañarle. Se sentía un tanto desasosegado por temor a que el gigante hubiera descubierto su estratagema y pensó que sería aconsejable estar allí en caso de necesidad. Skrymsli puso el cebo en su anzuelo y tuvo más o menos éxito en su pesca, hasta que súbitamente capturó la misma platija en la que Loki había ocultado su pequeña carga. Abriendo el pez sobre su rodilla, el gigante procedió a examinar minuciosamente los huevos, hasta que encontró el que estaba buscando.

     La situación del niño era ciertamente peligrosa, pero Loki, viendo su oportunidad, arrebató el pequeño huevo de la garra del gigante, volvió a transformarlo en niño y le indicó secretamente que corriera hasta su casa, pasando a través del cobertizo en su camino y cerrando la puerta tras de él. El aterrorizado niño hizo como se le indicó tan pronto como se vio en tierra, y el gigante, observando rápidamente su huída, corrió tras él hasta el cobertizo. Pero Loki había situado astutamente un afilado clavo de tal manera que la enorme cabeza del gigante diera contra él a toda velocidad, cayendo así al suelo con un gruñido, tras lo que Loki, viéndole indefenso, le cercenó una de sus piernas. Es de imaginar la consternación del dios cuando vio que las partes se unían y adherían de nuevo inmediatamente. Pero Loki era un maestro en la astucia y, reconociendo en ello la obra de la magia, sesgó la otra pierna, arrojando rápidamente sílex y acero entre el miembro cortado y el tronco, evitando así la acción de la brujería. Los campesinos se vieron enormemente aliviados al saber que su enemigo estaba muerto, tras lo cual consideraron a Loki por siempre como el más poderoso de todo el consejo celestial, pues les había librado definitivamente de su enemigo, mientras que los otros dioses sólo les habían proporcionado ayuda temporal.


El Gigante Arquitecto

     A pesar del maravilloso puente Bifröst, el trémulo camino y la vigilancia de Heimdall, los dioses no podían sentirse del todo seguros en Asgard, y a menudo sentían temor de que los gigantes de hielo lograran introducirse en Asgard. Para eliminar esta posibilidad, decidieron construír una fortaleza inexpugnable. Mientras se encontraban planeando cómo podía ser realizada, llegó un desconocido arquitecto con una oferta para llevar a cabo la construcción, a condición de que los dioses le entregaran el Sol, la Luna y Freya, diosa de la juventud y la belleza, como recompensa. Los dioses se encolerizaron ante la presuntuosa oferta, pero cuando se alejó el desconocido, Loki los convenció de que hicieran un trato que le fuera imposible de cumplir al forastero, por lo que finalmente le dijeron al arquitecto que el premio seria suyo siempre que la fortaleza estuviera finalizada en el transcurso de un solo invierno y que realizara el trabajo sin otra ayuda que la de su caballo Svadilfare.

     El desconocido arquitecto accedió a estas aparentemente imposibles condiciones e inmediatamente se dispuso a trabajar, transportando pesados bloques de piedra de noche, edificando de día y progresando tan rápidamente que los dioses comenzaron a sentirse algo inquietos. No había pasado mucho tiempo cuando se dieron cuenta de que más de la mitad de la obra había sido realizada por el maravilloso corcel Svadilfare y vieron, cerca del final del invierno, que la construcción estaba concluída excepto un solo portal, que sabían que el arquitecto podía alzar fácilmente durante la noche.

     Aterrorizados de que pudieran tener que separarse, no sólo del Sol y la Luna, sino también de Freya, la personificación de la juventud y la belleza del mundo, los dioses se volvieron hacia Loki y lo amenazaron con matarlo a menos que ideara los medios con los que evitar que el arquitecto concluyera su trabajo en el tiempo establecido.

     La astucia de Loki demostró estar una vez más a la altura de las circunstancias. Esperó hasta el anochecer del último día, cuando, mientras Svadilfare traspasaba el margen de un bosque, arrastrando fatigosamente uno de los grandes bloques de piedra requeridos para la conclusión de la obra, salió corriendo de la oscuridad disfrazado de yegua y relinchó de forma tan incitante que, en un instante, el caballo se liberó de sus arreos y corrió tras la yegua, seguido furiosamente de cerca por su amo. La yegua siguió galopando veloz, hábilmente atrayendo al caballo y a su amo más y más hacia las profundidades del bosque, hasta que la noche casi hubo transcurrido, siendo por tanto imposible terminar la construcción. El arquitecto no era otro que el temible Hrimthurs disfrazado, y entonces regresó a Asgard terriblemente encolerizado por el fraude del que había sido objeto. Asumiendo sus proporciones habituales, hubiera aniquilado a los dioses de no haber regresado Thor súbitamente de un viaje y haberlo matado con su martillo mágico, el cual arrojó con increíble fuerza contra su rostro.

     Los dioses se habían salvado en esta ocasión sólo gracias al fraude y la violenta hazaña de Thor, lo cual estaba destinado a traer grandes desgracias sobre ellos, y con el tiempo a asegurar su caída y a precipitar la venida de Ragnarök. Loki, sin embargo, no sintió remordimiento por su parte, y con el tiempo, se dice, dio a luz extrañamente a un corcel de ocho patas de nombre Sleipnir, el cual, como ya sabemos, era la montura preferida de Odín.

     Loki realizó tantos actos de maldad durante su trayectoria que se mereció plenamente el título de "archi-impostor" que le fue dado. Fue por lo general odiado por sus métodos sutilmente maliciosos y por su incurable hábito de la tergiversación, que le ganaron el título de "príncipe de las mentiras".


El Último Crimen de Loki

     El último crimen de Loki, y el que midió su capacidad para la iniquidad, fue el de inducir a Hodur para que lanzara el muérdago fatal contra su hermano Balder, a quien odiaba solamente por su inmaculada pureza. Quizá incluso este crimen hubiera podido ser tolerado si no hubiese sido por su obstinación cuando, disfrazado de la anciana Thok, se le pidió que derramara una lágrima por Balder, a lo que se negó. Este acto convenció a los dioses de que sólo albergaba mal en su interior, y pronunciaron unánimemente sobre él la sentencia de destierro perpetuo de Asgard.


El Banquete de Egir

     Para desviar la tristeza de los dioses y hacerles, durante un rato, olvidar la perfidia de Loki y la pérdida de Balder, Egir, dios del mar, los invitó a que participaran de un banquete en sus cuevas de coral en el fondo el mar.

     Los dioses aceptaron gustosos la invitación y, vestidos con sus más ricas prendas y luciendo alegres sonrisas, se presentaron en las cuevas de coral a la hora fijada. Nadie se encontraba ausente excepto el radiante Balder, por quien muchos lanzaron un suspiro pesaroso, y el malvado Loki, a quien nadie pudo echar de menos. En el transcurso del festín, sin embargo, este último se apareció entre ellos como una oscura sombra y, cuando se le ordenó que se marchara, descargó su cólera de maldad en un torrente de improperios contra ellos.

     Entonces, celoso de las alabanzas que Funfeng, el sirviente de Egir, había obtenido por la destreza con la que había presentado sus respetos a los invitados de su señor, Loki se volvió hacia él súbitamente y lo mató. Ante este crimen sin sentido, los dioses echaron encolerizados a Loki una vez más, amenazándole con terribles castigos si volvía a presentarse ante ellos.

     Apenas se habían repuesto los Ases de esta desagradable interrupción en su festín, y regresado a sus sitios en la mesa, cuando Loki se acercó sigilosamente una vez más, reanudando sus difamaciones con lengua venenosa y mofándose de las debilidades y los defectos de los dioses, haciendo hincapié maliciosamente en sus imperfecciones físicas y ridiculizando sus errores. En vano intentaron los dioses refrenar sus injurias; su voz se elevó más y más, y se encontraba difamando vilmente a Sif, cuando se calló repentinamente ante la visión del martillo de Thor, agitado furiosamente por un brazo cuya fuerza él conocía muy bien, y huyó despavoridamente.


La Persecución de Loki

     Consciente de que ahora no podía albergar esperanzas de ser admitido de nuevo en Asgard, y que tarde o temprano los dioses, viendo las consecuencias de sus actos de maldad, lamentarían haberle permitido que recorriera el mundo e intentarían capturarlo o bien le darían muerte, Loki se retiró a las montañas, donde se construyó una cabaña con cuatro puertas, que siempre dejaba abiertas para asegurarse la huída en caso de necesidad. Trazando cuidadosamente un plan, decidió que si los dioses venían en su búsqueda, él correría hasta unas cataratas cercanas, según la tradición el río Fraananger, y, transformándose en un salmón, evadiría a sus perseguidores. Pensó, sin embargo, que aunque pudiera fácilmente evitar los anzuelos, le resultaría difícil escapar si los dioses fabricaban una red como la de la diosa del mar, Ran.

     Acosado por este temor, decidió comprobar la posibilidad de que construyeran una malla así, y comenzó a fabricar una con hilo. Aún se encontraba atareado con la labor cuando Odín, Kvasir y Thor aparecieron súbitamente en la distancia. Sabiendo que habían descubierto su refugio, Loki arrojó su red a medio terminar al fuego y, corriendo a través de una de sus siempre abiertas puertas, saltó hacia la cascada, donde, con forma de salmón, se escondió entre unas piedras en el fondo del río.

     Los dioses, encontrando la cabaña vacía, estuvieron a punto de marcharse, cuando Kvasir se percató de los restos de la red quemada en la chimenea. Tras pensar durante un rato le asaltó la inspiración y aconsejó a los dioses tejer un instrumento similar y usarlo para buscar a su enemigo en la corriente cercana, ya que era propio de Loki el elegir un método tal para confundir su persecución. Este consejo pareció apropiado y fue seguido rápidamente y, cuando la red fue finalizada, los dioses procedieron a rastrear el río. Loki eludió la red cuando fue lanzada por primera vez escondiéndose en el fondo del río entre dos piedras y cuando los dioses extendieron la malla e iniciaron un segundo intento, efectuó su huída saltando corriente arriba. Sin embargo, un tercer intento de capturarlo fue exitoso, ya que, al intentar escapar una vez más con un repentino salto, Thor lo atrapó en el aire y lo sujetó con tanta fuerza que no pudo escapar. El salmón, cuya viscosidad es proverbial en el Norte, es célebre por su extraordinariamente delgada cola y los nórdicos lo atribuyen al poderoso apretón de Thor sobre su enemigo.


El Castigo de Loki

     Loki volvió entonces hoscamente a su forma habitual y sus apresadores lo arrastraron hasta una caverna, donde lo ataron usando como cuerdas las entrañas de su hijo Narve, que había sido despedazado por Vali, su hermano, a quien los dioses habían transformado en un lobo para tal propósito. Una de estas ataduras fue ceñida bajo los hombros de Loki y la otra bajo sus ijadas, asegurando por tanto sus manos y sus pies; pero los dioses, no del todo satisfechos de que las cuerdas, aunque eran duras y resistentes, pudieran resistir, las transformaron en hierro.

     Skadi, la giganta, una personificación de los fríos ríos de montaña, que había observado con alegría el encadenamiento de su enemigo, ató entonces una serpiente directamente sobre su cabeza, para que su veneno cayera, gota a gota, sobre su rostro. Pero Sigyn, la fiel esposa de Loki, corrió a su lado con un vaso y hasta el día de la venida del Ragnarök permaneció con él, recogiendo las gotas mientras caían, sin dejar nunca su puesto excepto cuando el recipiente estaba lleno y se veía obligada a vaciarlo. Sólo durante sus cortas ausencias podían las gotas de veneno caer sobre el rostro de Loki, y entonces provocaban un dolor tan intenso que se retorcía por el tormento, y sus esfuerzos por liberarse sacudían la tierra y provocaban los terremotos que tanto asustan a los mortales.

     En esta dolorosa posición estaba Loki destinado a permanecer hasta el ocaso de los dioses, cuando sus ataduras se soltarían, tras lo cual tomaría parte en el fatal conflicto en el campo de batalla de Vigrid, sucumbiendo a manos de Heimdall, que sería muerto al mismo tiempo.


El Día de Loki

     Cuando los dioses fueron degradados a la categoría de demonios con la introducción del cristianismo, Loki fue confundido con Saturno, que también había sido desprovisto de sus atributos divinos, y ambos fueron considerados como los prototipos de Satán. El último día de la semana, que era sagrado para Loki, era conocido en el Norte como Laugardag, o día de lavado; peor aún, en inglés fue transformado en Saturday (sábado), y se decía que tal nombre se debía no a Saturno sino a Sataere, el ladrón de la emboscada y dios teutón de la agricultura, que es supuestamente otra mera personificación de Loki.−




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