BUSCAR en este Blog

viernes, 21 de junio de 2013

Sobre los Peligros de la Raza Blanca

     Theodore L. Stoddard (1883-1950) fue un abogado, experto en asuntos internacionales y escritor estadounidense. Escribió quince libros y tuvo influencia sobre las leyes restrictoras de la inmigración en el Estados Unidos de los años '20. Propugnaba el eugenismo como solución para los problemas sociales, pero fue desacreditado junto con la eugenesia por la máquina propagandística después de la Segunda Guerra Mundial, en la que como corresponsal de un periódico le tocó entrevistar a Hitler y a Goebbels. El artículo que hemos traducido a continuación examina uno de los libros del señor Stoddard, el más exitoso suyo, donde se ve que el análisis y las advertencias suyas tienen aún vigencia en gran parte. Este artículo puede verse en inglés en www.amren.com, entre los artículos del año 2000 en que fue publicado.


Una Advertencia desde el Pasado
por James P. Lubinskas


     A los liberales modernos les gusta elogiar a W.E.B. Du Bois por haber predicho que la raza sería el asunto definitorio del siglo XX. Pero otro hombre, escribiendo en la misma época, también hizo aquella predicción. Theodore Lothrop Stoddard (1883-1950) no es tan bien recordado como Du Bois, y su nombre es por lo general asociado con palabras como "racista" y "supremacista blanco", pero quizás una palabra más apropiada sería "profeta". Su trabajo principal, La Creciente Ola de Color Contra la Supremacía Mundial Blanca (The Rising Tide of Color Against White World Supremacy), fue escrito en 1920, cuando los Blancos habían colonizado y gobernado la mayor parte del mundo. Stoddard advirtió que la supremacía estaba a punto de terminarse y que los Blancos mejor deberían prepararse para las consecuencias.

     Aunque él publicara otros 14 libros, La Creciente Ola de Color permanece como su trabajo mejor conocido. Publicado por Charles Scribner's Sons, no fue un oscuro manifiesto derechista sino un libro sensacional dentro de la corriente cultural predominante escrito por un académico educado en Harvard. En él Stoddard indicaba que el número de hombres no-Blancos estaba creciendo rápidamente y que algunos, sobre todo asiáticos, estaban dominando la tecnología occidental. Crecientes cantidades de hombres no-Blancos estaban amenazando a las colonias Blancas en algunas áreas, pero, más importante aún, estaban amenazando incluso las patrias Blancas tradicionales. Cómo los Blancos hábiles y unidos iban a manejar aquella marea alta determinaría en gran parte el futuro de su raza.

La Amenaza Asiática

     La Creciente Ola de Color comienza con una descripción de varias poblaciones no-Blancas de la Tierra. Aunque sus clasificaciones no sean a veces rigurosas, Stoddard hace agudas diferencias entre las diferentes razas de hombres de color. Desde su punto de vista, los habitantes de Asia del Este que viven en la "tierra del hombre amarillo" eran la mayor amenaza para los Blancos. Él clasificó a los asiáticos del Norte —así como a los asiáticos del Oeste del "mundo del hombre moreno"— como razas elevadas con historias de logros que merecen respeto. En efecto, él escribió que durante mil años el Este ejerció una presión constante sobre el Oeste, y en un momento amenazó con conquistar toda Europa. En la época de Carlomagno, el "mundo del hombre Blanco" se había reducido a sólo las tierras al Oeste del río Elba. Carlomagno rechazó a los invasores pero los Blancos nunca reconquistaron completamente las tierras que habían sido suyas una vez, un fracaso en el cual Stoddard veía mucho significado:

     "...El Asia central y occidental, que en el alba de la Historia era predominantemente el país del hombre Blanco, es hoy racialmente la tierra del hombre moreno, en la cual la sangre Blanca sobrevive sólo como rastros residuales de un significado en vías de desaparecer. Si esta parte de Asia, la antigua sede de poderosos Imperios Blancos y posiblemente la verdadera patria de la raza blanca misma, hubo cambiado tan completamente su carácter étnico, ¿qué garantía puede darnos el panorama político más consolidado de que el actual orden mundial no podría desaparecer rápida y completamente?".

     De todas las amenazas para Occidente, Stoddard creía que la de los japoneses era la más seria. Él cita a antiguos enviados británicos que describían a los japoneses como "niños muy inteligentes" que podían adquirir rápidamente las técnicas occidentales. En la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 estos "niños altamente inteligentes" conmocionaron al mundo al convertirse en la primera nación no-Blanca en los tiempos modernos en derrotar a una nación Blanca. Dado que la hegemonía Blanca era mantenida no por el amor sino por el respeto y el miedo, la derrota de Rusia a manos de Japón significaba, en opinión de Stoddard, "un duro revés para el predominio Blanco".

     Los escritores y los funcionarios gubernamentales japoneses no fueron tímidos a la hora de sacar conclusiones de su victoria, y pronto comenzaron a experimentar las ideas occidentales de supremacía en sus cabezas. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, el escritor japonés Yone Noguchi escribió que ese conflicto significaba la ruina de los Blancos. "Esto significa la perdición más triste de la llamada civilización occidental; nuestra creencia de que ella había sido construída sobre una base superior y más sólida que la nuestra fue inmediatamente derribada y muerta; sentimos que nosotros de alguna manera sobreestimamos su venturoso potencial y fuimos engañados y estafados por su gloria superficial".

     Stoddard cita una declaración imperialista japonesa escrita en 1916:

     "En cuanto a Estados Unidos, aquel bobo fatuo con mucho dinero y mucho sentimiento pero ninguna cohesión ni cerebros en el gobierno... Bien dijo mi amigo el otro día cuando él llamó a ese pueblo una raza de ladrones con corazones de conejos...

     "Norteamérica sola sustentará a mil millones de personas; aquellos mil millones serán los japoneses con sus esclavos. Ni la árida Asia, ni la desgastada Europa (que, con sus peculiares y pintorescas reliquias y costumbres debería ser, por interés de la Historia y la cultura, en cualquier caso conservada), ni siquiera el África tropical, son adecuadas para nuestra gente. Pero Norteamérica, aquel continente tan suculentamente verde, fresco e inmaculado —excepto por los pocos parlanchines mestizos yanquis— debería haber sido nuestro por el derecho del descubrimiento; será nuestro por el más alto y más noble derecho de la conquista".

     Un diario birmano llamado Buddhism escribió que el "peligro amarillo" no era nada más que una expresión de la superioridad darwiniana. «El Occidente ha justificado —quizás con alguna razón— cada agresión sobre razas más débiles mediante la doctrina de la Supervivencia del más Apto, sobre la base de que es lo mejor para la futura Humanidad que el incapaz sea eliminado y dé lugar a la raza más capaz. Aquella doctrina se aplica igualmente bien a cualquier lucha posible entre arios y mongoles: cualquiera que sobreviva, debería llegarse alguna vez a una lucha entre los dos por el dominio mundial; en su propia doctrina, será lo más adecuado hacer aquello, y si el sobreviviente es el mongol, luego no es el mongol ningún "peligro" para la Humanidad sino la mejor parte de ella».

     Aunque fue parcialmente controlada por Japón, China también era una amenaza para Occidente. Con un cuarto de la población mundial, una China armada plantearía un desafío aún mayor que Japón. Stoddard relató que en 1905 a los alumnos chinos se les enseñaba a cantar las líneas siguientes: "Pido que las fronteras de mi país sean duras como el bronce; que supere a Europa y a Estados Unidos; que subyugue a Japón; que su tierra y sus ejércitos de mar se cubran con una gloria resplandeciente; que sobre la tierra entera ondee el Estandarte del Dragón; que el dominio universal del Imperio se extienda y progrese. Pueda nuestro Imperio, como un tigre durmiente repentinamente despertado, saltar rugiendo en la arena de los combates". Había buenas razones para tomar nota de los asiáticos.

Hombres Morenos

     Según Stoddard, la tierra del hombre moreno era el Cercano y el Medio Oriente y se extendía hasta el Norte de África. Racialmente esto era un revoltijo; incluyendo dentro de sus límites a grupos tales como los en gran parte Blancos persas y turcos, los en gran parte Negros árabes yemenitas, y Amarillos himalayos y del Asia Central. A excepción de la India, él veía al Islam como la gran fuerza unificadora de aquel mundo. En 1920 el mundo del hombre moreno estaba completamente controlado por Blancos, pero esto no garantizaba el control Blanco permanente ante la creciente solidaridad morena alimentada por lo que Stoddard llamó "el Renacimiento Mahometano".

     Irónicamente, este renacimiento fue ayudado por la tecnología occidental. Los periódicos permitieron a los musulmanes comunicarse unos con otros a través de su vasto mundo. Un cristiano sirio, Ameen Rihani, caracterizó aquel mundo en un artículo de Mayo de 1912 en la revista Forum:

     "Una nación de 250 millones de almas, más de la mitad bajo dominio cristiano, luchando para quitarse sus cadenas... Una nación con un pasado glorioso, una fe y un lenguaje vivos, un Libro inspirado, una esperanza inmortal, podría ser dividida contra sí misma por la diplomacia europea, pero nunca ser sojuzgada por las armas europeas... Lo que el Islam pierde en las fronteras de Europa lo gana en África y Asia Central mediante su propaganda moderna, que es difundida según métodos cristianos... Europa entrena al musulmán para ser un soldado que finalmente volverá sus armas contra ella...".

     Aunque el Islam fuera una fuerza creciente, Stoddard no pensaba en la amenaza morena como comparable al peligro amarillo. Mientras que los japoneses hablaban abiertamente de superioridad racial y de conquistar tierras Blancas, la rebelión morena contra el dominio Blanco era principalmente defensiva, mostrando pocos signos de expansión. Stoddard veía al hombre moreno como teniendo bastante espacio para su crecimiento demográfico y pensaba que cualquier alianza entre los morenos se rompería después de que el dominio Blanco hubiera terminado. Él esperaba que la guerra interna entre los morenos fuera constante, y pensaba que una alianza amarillo-morena sería bastante improbable. La principal preocupación de Stoddard era que el Islam renaciente podría afectar a otra esfera del control político Blanco: el África negra.

El Continente Negro

     El África sub-sahariana era el mundo del hombre negro. Cuatro quintos de los 150 millones de personas negras del mundo vivían en África en 1920, con el resto dispersado en el Nuevo Mundo. Los africanos habían sufrido de una historia de aislamiento: «Separado del Mediterráneo por el desierto que él no tenía ningún medio de cruzar, y limitado en otras partes por océanos para navegar en los cuales él no tenía ninguna habilidad, el hombre Negro vegetó en la oscuridad salvaje, en su hábitat bien llamado "el Continente Negro"». En su lenguaje crudo, Stoddard describió a los Negros como no habiendo nunca desarrollado una civilización y no teniendo ninguna historia: "Abandonado a sí mismo, él permaneció como un salvaje, y en el pasado su única activación ha ocurrido donde los hombres morenos han impuesto sus ideas y alterado la sangre del Negro. Los poderes originarios del europeo y el asiático no están en él".

     Aunque el contacto de los Blancos con el África sub-sahariana comenzara cuatro siglos antes, sólo en el siglo XIX Europa prestó al área su plena atención. Dentro de una generación, África —tanto la negra como la árabe— fue dividida por las potencias europeas, y sólo Liberia y la Etiopía actual retuvieron una independencia restringida.

     Los europeos echaron raíces en África, tanto en su extremo Norte como en el Sur, de una manera que ellos nunca lo hicieron en Asia. Más de un millón de europeos, sobre todo franceses, se instaló en Argelia y Túnez, y un millón y medio de holandeses e ingleses en Sudáfrica. Con el control Blanco firmemente establecido en estas áreas, la principal interrogante para África era si los Blancos podrían mantener su control sobre el continente interior. Esto dependería de cuán bien ellos contuvieran la difusión del Islam. Según Stoddard, el continente caería en manos de los cristianos Blancos o de los morenos islámicos; los africanos mismos nunca serían amos en su propia casa.

     Stoddard creía que la carencia por parte del hombre Negro de originalidad e historia hizo a éste particularmente susceptible a ideas y gente foráneas. Los africanos aceptaron fácilmente las religiones tanto de los morenos como de los Blancos, pero ya que los negros eran una gente naturalmente bélica, ellos estarían más inclinados a aceptar el Islam que el cristianismo. El Islam no había penetrado todavía debajo del ecuador y Stoddard elogió los esfuerzos de los cristianos para convertir a los negros:

     "En cuanto el negro sea cristianizado, sus instintos salvajes serán refrenados y él estará predispuesto a consentir la tutela de los Blancos. En la medida en que él sea islamizado, sus propensiones bélicas serán estimuladas, y él será usado como un instrumento del pan-islamismo árabe, que procura expulsar al hombre Blanco de África y hacer del continente algo propio".

     Stoddard advirtió que "el pan-islamismo, una vez habiéndose apoderado del continente negro y provisto de fanáticos militantes, podría forjar el África negra como una espada de ira y como el ejecutor de aventuras siniestras".

     Para Stoddard, el valor real de África está en sus ricas materias primas. Él creía que las potencias europeas estaban muy conscientes de la amenaza morena y que estaban conscientes de que ellas podrían controlar la expansión del Islam. Además, los Blancos siguieron estableciéndose en África, haciendo cada vez más de ella el "país del hombre Blanco". El verdadero peligro para el control Blanco está en la potencial debilidad y discordia dentro del mundo Blanco mismo.

Hombres Rojos

     Por "hombres rojos" Stoddard se refería a los indígenas de América Central y del Sur. En su opinión éstos componían alrededor de dos terceras partes de la población de esta área, siendo los Blancos y "casi-Blancos" aproximadamente el diez por ciento. Stoddard contrastó la conquista de América Latina por los españoles con el establecimiento de Norteamérica por los británicos. Los británicos emprendieron una migración genuina, trayendo a familias que pensaban quedarse, mientras que los hombres españoles vinieron solos al Nuevo Mundo en busca de tesoros y aventuras y se aparearon con mujeres indias. Su descendencia "mestiza" estaba a veces integrada —principalmente en Brasil— por mulatos producto de Blancos y esclavos negros. Los "zambos" eran el resultado de la mezcla negra e india.

     Mientras las colonias estuvieron en manos de España, América Latina tuvo un sistema de dominio de los Blancos, y lo que Stoddard llama una clase gobernante Blanca "ociosa e insípida" al menos formalmente prohibió el mestizaje. Después de las revoluciones contra España, que Stoddard llamó una guerra civil Blanca, hubo un cambio racial masivo. Los gobernantes Blancos fueron diezmados por las revoluciones y sus filas fueron posteriormente mermadas por el gran número de leales que retornaron a España. Los hombres no-Blancos, muchos de los cuales habían luchado a favor de los revolucionarios, quisieron su parte del poder, y el resultado fue una larga serie de golpes, revoluciones y guerras que causaron un empeoramiento de las condiciones en la mayor parte de América Latina.

     Stoddard elogiaba a Chile, Argentina y Uruguay como naciones mayormente Blancas que estimularon la inmigración europea. Él en particular señaló a Chile por su estabilidad social y política así como por su conciencia racial: "El país fue colonizado por una clase terrateniente de un tipo casi inglés. Esta pequeña nobleza dirigente protegió celosamente su integridad racial. De hecho, poseía una conciencia racial no simplemente Blanca sino nórdica". Stoddard era optimista sobre estas áreas de Sudamérica puesto que la inmigración Blanca —sobre todo alemana— parecía estar reforzando su ya fuerte identidad Blanca. El resto de América Latina parecía condenado a ciclos interminables de anarquía, tiranía y revolución.

     Mientras Stoddard veía poco de valor en la tierra del hombre rojo, él pensaba que era realmente importante no dejar pasar a los asiáticos. Él notó que los japoneses tenían en la mira a América Latina para su expansión, y cita a un japonés que él identifica sólo como Conde Osuma diciendo que "Sudamérica, sobre todo la parte del Norte, proporcionará amplio espacio para nuestro excedente". De hecho, durante ese período Japón estaba tratando de reforzar relaciones con Méjico, haciéndose pasar como un contrapeso para el odiado "gringo".

     Stoddard predijo que la tierra del hombre rojo, tal como África, sería controlada finalmente por forasteros, Blancos o asiáticos. Las otras razas estaban fuera de la contienda porque: "El indio es evidentemente incapaz de construír una civilización progresiva. En cuanto al negro, él ha demostrado ser tan incapaz en el Nuevo Mundo como en el Viejo". Nuevamente, como en África, los Blancos tenían ventaja sobre los asiáticos. Con fortalezas al Norte y al Sur y con una inmigración europea incrementada, la hegemonía Blanca en América Latina estaba segura, a menos que las discordias internas privaran a los Blancos de su vigor.

El Pulular de los Blancos

     Como Madison Grant, Stoddard dividió a los Blancos en nórdicos, alpinos y mediterráneos. Mientras él consideraba a todos ellos buenas variedades, en su opinión los nórdicos eran los que había hecho grande a la raza. Él sostenía que tradicionalmente habían sido los nórdicos los que repelieron las invasiones asiáticas de Europa después de que los alpinos o los mediterráneos habían sido derrotados.

     Antes del siglo XVI Europa tenía una civilización no mejor que la de Asia, pero los años 1500 a 1900 marcaron el "diluvio Blanco". Este período comenzó con Colón en 1492 y fue establecido en 1497 con el descubrimiento de Vasco da Gama de una ruta hacia la India. Stoddard creía que estos descubrimientos no sólo abrieron nuevas tierras a los europeos sino que tuvieron además un efecto psicológico profundo. El Blanco fue desde un estático "callejón sin salida" a un descubrimiento dinámico:

     "...Sus inherentes aptitudes raciales habían sido estimuladas por su pasado. Las difíciles condiciones de la vida medieval lo habían disciplinado para la adversidad y lo habían desmalezado mediante la selección natural. El martillo de la invasión asiática, resonante durante mil años sobre el yunque moreno-amarillo, había endurecido el hierro de Europa hasta convertirlo en el acero más fino. El hombre Blanco podía pensar, podía crear, podía luchar excepcionalmente bien. No es de extrañar que los pieles rojas y los negros lo temieran y lo adoraran como a un dios, mientras que las razas somnolientas del Lejano Oriente, sorprendidas por esta extraña aparición que surgió desde el océano sin caminos, no ofrecieron ninguna oposición eficaz.

     "Así comenzó el pulular de los hombres Blancos, como abejas desde la colmena, hasta los confines extremos de la Tierra. Y, a cambio, Europa fue acelerada a una vitalidad más intensa. Bienes, herramientas, ideas, hombres: todos fueron producidos a un ritmo sin precedentes. De este modo, mediante acción y reacción, el progreso Blanco creció a pasos agigantados... Durante cuatrocientos años el ritmo nunca aflojó, y al finalizar el siglo XIX el hombre Blanco quedó como el amo indiscutible del mundo".

     El pensamiento de que esta supremacía podría terminarse "nunca entró en la cabeza de un Blanco entre mil", escribió Stoddard. En efecto, en 1920 los Blancos eran la raza más numerosa en la Tierra. Comprendiendo un tercio de la Humanidad, ellos ocupaban el 40% del globo, y controlaban el 90%. Él llamó a la expansión del hombre Blanco "el fenómeno más prodigioso en toda la historia registrada... Nunca antes una raza había adquirido tal preponderancia combinada de cantidad y dominio". Aunque la mayor parte de los Blancos no pudiera preverlo, Stoddard advirtió que dicha hegemonía estaba a punto de ser desafiada.

     Sólo la solidaridad Blanca podría detener la creciente ola de color, pero la Primera Guerra Mundial destruyó esa solidaridad y mostró al mundo de color que los Blancos eran vulnerables por medio de la discordia interna. Tal como la Guerra del Peloponeso fue el suicidio de la civilización griega ("la página más triste en la Historia", escribe Stoddard) la Gran Guerra amenazó con marcar el final de la supremacía Blanca.

     "La guerra no fue sino una zambullida de cabeza en el suicidio de la raza", escribió Stoddard. Él estima que la guerra cobró 40 millones de vidas, incluyendo a los civiles. Además, el conflicto tuvo un severo efecto degenerante sobre la descendencia, con los mejores hombres jóvenes de Europa muriendo sin transmitir sus genes. Los menos adecuados —los cobardes y los física o mentalmente deficientes— fueron los que quedaron para propagarse. Así en 1920, en la época en que Stoddard escribió, el corazón del mundo Blanco estaba en ruinas. Europa estaba económica y físicamente rota, con su solidaridad racial aplastada, con la flor de su juventud muerta en el campo de batalla; estaba en la misma encrucijada que los griegos después de su guerra fratricida. Las decisiones tomadas luego determinarían el destino del mundo Blanco.

Taponando los Diques

     En su plan para contener la marea, Stoddard dividió el mundo en "diques". Los diques externos eran las áreas donde los Blancos tenían el control político pero no se habían establecido. Los ejemplos eran India y Egipto. Los diques interiores eran las áreas donde los Blancos estaban firmemente establecidos, como en Norteamérica y Australia. Entre estos dos había una categoría que él llamó enclaves, donde los Blancos se habían establecido pero no habían desplazado a las poblaciones nativas. Los ejemplos eran Argelia y Sudáfrica.

     Aunque Stoddard no abogara por el abandono absoluto de los diques externos, él no los consideraba necesarios para la supervivencia Blanca. El asunto de la retención se convertiría en consideraciones económicas, políticas y estratégicas. En el caso de Asia, él instó a los Blancos a afrontar lo inevitable: «Los hombres Blancos deben sacar de sus cabezas la idea de que los asiáticos son "inferiores"... Los hombres dignos de la independencia la conseguirán tarde o temprano... No nos agotemos a nosotros mismos por la obstinada resistencia en Asia, lo que al final debe demostrarse inútil».

     Los diques interiores eran las fronteras del mundo Blanco marcadas no por piedras divisorias sino por carne y sangre: "Ellos son los verdaderos baluartes de la raza, el patrimonio de las futuras generaciones que tienen un derecho a demandar de nosotros que ellos nazcan Blancos en una tierra del hombre Blanco. El rencor los acompañaría si alguna vez nuestra raza cerrara sus oídos a este el más elemental llamado de la sangre".

     Los diques interiores podrían ser violados por guerras, comercio o inmigración. Japón mostró con la guerra ruso-japonesa que era una potencia militar. Además, Japón y otras naciones asiáticas estaban en el proceso de industrialización y podrían amenazar potencialmente a Occidente por medio del comercio. A medida que prosperasen ellos buscarían nuevas áreas para su población excedente, incluyendo Australia y Estados Unidos. La única cosa para detener esta inmigración era la voluntad de los Blancos. Si esta voluntad alguna vez titubeaba o era debilitada por la discordia interna, los diques interiores serían inundados por gente en busca de las mejores condiciones de vida ofrecidas por Occidente. Por esta razón Stoddard vio la Primera Guerra Mundial como un presagio tan malo (él también hizo notar que muchos bandos usaron tropas de hombres de color de las colonias para luchar contra Blancos).

     Aunque él temía que los Blancos estuvieran "mal preparados" para parar la creciente ola de color, él todavía esperaba que ellos descubrieran de nuevo que la raza es el destino. Era debido a su herencia genética única que los Blancos podrían gobernar el mundo y crear una gran civilización, y era imposible tener la civilización sin la raza. "Pues la civilización Blanca está hoy estrechamente ligada con la raza blanca... Será inundada por las triunfantes razas de color, quienes borrarán al hombre Blanco por eliminación o absorción. Lo que ha ocurrido en Asia Central, alguna vez una tierra Blanca y ahora una tierra morena o amarilla, ocurrirá en Australasia, Europa y América. No hoy, no mañana; quizás no durante generaciones; pero seguramente al final. Si la actual tendencia no es cambiada, nosotros los Blancos estamos todos finalmente condenados".

Advertencias, Escuchadas e Ignoradas

     Lothrop Stoddard no estaba solo al advertir a Occidente. Los inicios del siglo XX vieron la publicación de varios libros principales sobre la importancia de la raza. Entre éstos estaban: La Humanidad en la Encrucijada (Mankind at the Crossroads) de E. G. Conklin (1914), La Desaparición de la Gran Raza (The Passing of the Great Race) de Madison Grant (1916) y Raza y Solidaridad Nacional de Charles Josey (1923). El 7 de Mayo de 1921 el Saturday Evening Post publicó un editorial sobre la inmigración que decía: "Dos libros en particular que cada estadounidense debería leer si desea entender toda la gravedad de nuestro actual problema de inmigración: La Desaparición de la Gran Raza del señor Madison Grant y La Creciente Ola de Color del doctor Lothrop Stoddard... Estos libros deberían hacer una cantidad enorme de bien si caen en las manos de lectores que puedan enfrentar con valentía el impacto de ideas nuevas e inquietantes".

     Inicialmente algunos líderes estaban listos a prestar atención a las advertencias. El Congreso aprobó la Ley Johnson de 1924, que eficazmente terminó con la inmigración no-Blanca. Stoddard testificó en las audiencias del Congreso. Además, la nueva ciencia de la Eugenesia estaba llegando a ser bien aceptada. Stoddard fue el responsable de la publicidad para el Segundo Congreso de Eugenesia de 1921, que fue presidido por Madison Grant y efectuado en el Museo Estadounidense de Historia Natural en Nueva York.

     A pesar de estos tempranos éxitos, los líderes posteriores no hicieron caso de las advertencias de Lothrop Stoddard. Veinte años después de que La Ola Creciente de Color fuera publicada, Europa nuevamente hizo erupción en una guerra civil. La Alemania nacionalsocialista se alió con los temidos japoneses, que cumplieron su amenaza de atacar a Estados Unidos. La eugenesia fue vinculada pronto a Adolf Hitler y los campos de concentración. Europa renunció a sus colonias asiáticas y pronto toda África fue liberada. Las supuestamente permanentes colonias Blancas en Argelia y Túnez fueron traicionadas en los años '60, y Rhodesia y Sudáfrica colapsaron poco después. Australia abandonó su política de inmigración de "sólo Blancos" en los años '70 y Estados Unidos y Canadá pusieron en movimiento políticas de inmigración que, si no son reformadas, harán de los Blancos una minoría a mediados del siglo (XXI). Incluso Europa, el corazón del mundo Blanco, enfrenta una masiva inmigración del Tercer Mundo y su alta tasa de fertilidad, combinado con los bajos índices de natalidad de los Blancos por debajo de la cantidad de reemplazo.

     Como Stoddard temía, la marea alta de color está hundiendo a Occidente. Irónicamente, no son tanto los "amarillos" quienes están desplazando a los Blancos como los "rojos", los morenos y los negros, de quienes Stoddard no esperaba ningún verdadero desafío. Pero tal como él lo predijo, la desunión de los Blancos y la pérdida de la voluntad son los culpables, no el dinamismo inherente de los hombres de color. Todavía tenemos tiempo para reconstruír los diques interiores; pero sólo si reavivamos la voluntad para actuar de esa manera.–


No hay comentarios:

Publicar un comentario