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lunes, 17 de junio de 2013

Jacques de Mahieu - Sobre el Dios-Sol


     Presentamos ahora el capítulo cuarto, continuación de la entrada anterior, del libro El Gran Viaje del Dios-Sol del profesor Jacques de Mahieu, publicado según entendemos en 1974, que ya hemos dicho que hemos reconstruído a partir de una estropeada versión electrónica. El interés de este capítulo no es otro que el de, además de ir confirmando la hipótesis ya planteada por el autor, ofrecer un muy buen resumen panorámico de los asuntos en la América precolombina y en el tiempo de su conquista. Hay interesantes informaciones para los que comienzan a enterarse del tema y agudas observaciones para los que ya saben algo de ello. En lo que podemos discrepar con el profesor Mahieu, si lo hemos entendido, es en cuanto a que es correctísima toda ceremonia de Año Nuevo, incluída la del Fuego Nuevo, realizada en el hemisferio austral en su solsticio de invierno, porque todo ello es lo que corresponde según los ciclos de la Naturaleza, y no celebrar fiestas meramente traspuestas desde el otro hemisferio, como la ridiculez de disponerse a comenzar un nuevo ciclo en mitad del verano austral (31 de Diciembre - 1º de Enero), que señalamos en una entrada anterior (a propósito de que este fin de semana el Sol morirá y luego resucitará).

 
El Dios-Sol
por Jacques de Mahieu



1. Dos Mitologías

     Un grave peligro acecha a quienes, sin tener una profunda formación teológica, entran a considerar las creencias religiosas de los pueblos amerindios. Conocemos a éstas, en efecto, casi únicamente a través de los relatos de los cronistas españoles o hispanizados que se limitaron a describirnos "las idolatrías" de los nahuas, mayas y quechuas tales como los indígenas se las contaron, y lo hicieron, con pocas excepciones entre las cuales se destaca la del padre Bernardino de Sahagún, con poco discernimiento y menos benevolencia. Ignoramos todo, por lo tanto, de la teología americana prehispánica, que se nos presenta encubierta por mitos múltiples, a menudo contradictorios cuando no incoherentes. De ahí una doble tentación: la de considerar las relaciones indígenas como sartas de supersticiones y ritos mágicos, y la de introducir en las imágenes que nos han llegado elementos teológicos, metafísicos y místicos que les son extraños. Lo cual nos llevaría, por un lado, a rebajar a los pueblos civilizados de la América precolombina al nivel de las tribus animistas del África negra, o, por otro, a hacer de Teotihuacán una segunda Alejandría.

     No es muy fácil, para nosotros que estamos acostumbrados a religiones reveladas, comprender el sentido de una mitología y casi diríamos su procedimiento. El vedismo, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo se basan en textos inmutables de los cuales los teólogos deducen racionalmente los dogmas, al modo de un matemático que desarrolla un postulado, y los exponen mediante fórmulas más o menos sencillas, para ponerlos al alcance de todos los creyentes, cualquiera que sea su nivel mental. Los pueblos paganos, por el contrario, recurrían a representaciones simbólicas que servían de simple marco para interpretaciones cuyo grado de profundidad variaba con la capacidad intelectual y mística de cada uno. Nos encontramos, pues, ante la mitología germana o mejicana, por ejemplo, un poco en la situación de quien sólo dispusiera, para estudiar el catolicismo, de esculturas de catedrales, relatos populares sobre la vida de Jesús, extraídos de los evangelios canónicos y apócrifos, y libros de hagiografía barata. Lo más probable es que tal estudioso llegara a la conclusión de que los cristianos adoraban a tres dioses principales y una diosa, madre de uno de ellos, y que figuraban en su panteón una multiplicidad de dioses secundarios, unos benéficos y los otros maléficos, que se peleaban entre sí. Le resultaría, por cierto, imposible reconstituír, sobre esta base, la Summa Theologica, y ni siquiera un catecismo de nivel escolar. 

     El problema se complica, para nosotros, por el hecho de que toda mitología perteneciente al pasado es un complejo incoherente de fábulas, en el sentido propio de la palabra, que responden a simbolizaciones yuxtapuestas y sucesivas. No solamente cada tribu y hasta cada aldea expresaban a su modo una creencia común, lo que hace que el mismo cuento nos llegue en distintas versiones a veces contradictorias, sino que los personajes míticos mismos a menudo carezcan de consistencia. De un dios se desprende en determinado momento una nueva individualidad que no es sino expresión simbólica de una calidad o potencia de su "padre", mientras que, por el contrario, dos dioses pueden llegar a "fusionarse" sin perder por ello las apariencias distintas con las cuales se los conocía anteriormente. Este último fenómeno se nota especialmente en la mitología mesoamericana, por la superposición que se produjo, en el Anáhuac y el Yucatán, con la llegada tanto de los civilizadores Blancos como de tribus de cazadores nómades, que se mezclaron con pueblos de antigua cultura y, a menudo, los dominaron. Todos traían a sus dioses, y éstos fueron incorporados al panteón preexistente que enriquecieron y modificaron sustancialmente, en el marco de lo que podríamos llamar un panteísmo sincretista. 

     "Lo que más admira al estudiar el sistema religioso de los aztecas —dice William Prescott — es la disimilitud de sus diversas partes; unas parecen ser emanación de un pueblo culto, y otras respiran un espíritu de ferocidad indómita; con lo que, naturalmente, viene la idea de atribuírle dos orígenes diversos, y de suponer que los aztecas recibieron una fe mansa y suave, en la que después injertaron la suya propia". También pudo haber sido al revés, injertándose una religión "mansa y suave" en un mundo salvaje —o meramente cruel— preexistente. Y también pueden haberse producido aportaciones sucesivas de sentido contrario, con el dios Blanco ascético y el dios Blanco guerrero. 

     La "ferocidad" que Prescott nota en el culto náhuatl se refiere evidentemente, en efecto, a los sacrificios humanos. Es probable que éstos, que tanto horrorizaban a los españoles —como la tortura española horrorizaba a los indios—, hayan pertenecido a costumbres primitivas de las tribus locales, puesto que la tradición nos dice que el Quetzalcóatl ascético los abolió. Pero no podemos excluír su aceptación y regulación por el Quetzalcóatl vikingo. Pues los escandinavos efectuaban sacrificios humanos, aunque no de modo habitual y sistemático como lo hacían los nahuas. Adán de Bremen, al describir el gran templo de Gamia Upsala en la época de su relato (alrededor de 1070), cuenta que "cada nueve años tiene lugar en Upsala una festividad en la que intervienen todas las regiones de Suecia. La asistencia es obligatoria, y reyes, pueblos e individuos envían sus ofrendas, con excepción de los que se han convertido al cristianismo, quienes están obligados a pagar una multa. El sacrificio que se lleva a cabo en dicha ocasión consiste en la matanza de nueve varones, cuyos cuerpos se cuelgan en un bosquecillo cercano al templo...".

     Un texto del año 1000, el Tietman germano de Merseburg, relata que, cada nueve años, en el mes de Enero se sacrificaban en Lejre, Selandia (en Dinamarca), ante la vista de todos, noventa y nueve seres humanos. También en las ciudades náhuatl la asistencia a los sacrificios humanos era obligatoria, y esta coincidencia en un aspecto secundario del rito refuerza poderosamente la hipótesis de una regulación, por el Quetzalcóatl guerrero, de prácticas anteriores. 

     Al margen de esta dualidad que señala Prescott, lo que caracteriza la mitología mejicana es la personificación antropomórfica de las fuerzas de la Naturaleza, consideradas como emanaciones, hipóstasis o avalares de un dios supremo que a la vez crea el mundo y le pertenece. No es ésta una concepción original: la encontramos entre los pueblos arios y, en particular, entre los germanos. 

     Tratemos de presentar el cuadro fundamental de semejante cosmovisión mitológica:

     "Al principio era el caos. Todo estaba en suspenso, todo inmóvil. No había aún ni tierra, ni animales, ni seres humanos. Sólo existía, encima del inmenso abismo de la noche eterna, el Padre del Cielo, que vive en todo tiempo y rige su reino con poder absoluto. 

     "El Padre del Cielo decidió entonces crear la tierra y el hombre. Se unió a la Madre del Cielo, o Madre Tierra, que era a la vez su madre, su esposa y su hija, y en ella engendró a los dioses creadores. Estos ordenaron el caos e hicieron la tierra, una esfera cuyo eje es el Árbol del Mundo, sostenida en los cuatro puntos cardinales por sendas deidades. Luego crearon los animales y, por fin, se dedicaron a formar al hombre. 

     "Sus primeros intentos resultaron en fracasos. Dieron vida a gigantes malvados que tuvieron que ahogar en el Diluvio universal. Tomaron entonces dos maderos e hicieron con ellos la primera pareja humana. El hombre recibió un alma inmortal. En la cima del Árbol del Mundo está el Paraíso de los Guerreros, donde éstos moran con los dioses. En las profundidades del mundo subterráneo, un Infierno helado, de nueve círculos, recibe a las almas condenadas. El mundo así formado tiene un fin previsto, pues al lado de todos los dioses creadores que lo conducen está el dios malo que trata de destruírlo. Con sus acólitos, éste atacará y vencerá a los dioses buenos, y monstruos a sus órdenes devorarán el cosmos. Volverán las tinieblas y el caos. Sin embargo, el Padre del Cielo resucitará a sus hijos, y todo volverá a empezar". 

     ¿Esta exposición, que hemos puesto entre comillas, corresponde a la mitología germana o a la mejicana? No lo hemos precisado, justamente para dejar subsistir la duda. Pues el esquema que acabamos de presentar vale tanto para la una como para la otra, y lo vamos a demostrar. 


2. El Cosmos Mesoamericano 

     Fuera de los relatos de los cronistas españoles e hispanizados, la fuente fundamental de los datos que tenemos acerca de las convicciones religiosas de los nahuas y mayas es un texto anónimo, el Manuscrito de Chichicastenango, redactado poco después de la Conquista, que conocemos con el nombre de Popol Vuh, con el cual lo publicó Brasseur de Bourbourg. En realidad, su autor, un indio cultísimo recientemente convertido al cristianismo, declara en la obra misma que quiso salvar, escribiéndola en su idioma pero con caracteres latinos, el patrimonio religioso e histórico del pueblo quiché-maya al que pertenecía, "porque ya no se ve el Popol Vuh... que tenían antiguamente los reyes, pues ha desaparecido". Veremos, en el capítulo siguiente, cuáles son el significado y el origen del título de esta obra perdida. 

     El Manuscrito de Chichicastenango empieza con una descripción del cosmos antes de la creación: "Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio, todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo. Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques; sólo el cielo existía. No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaba el mar en calma y el cielo en toda su extensión. No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo. No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia. Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche...".

     No faltaron comentadores para señalar el parecido de este texto con el primer versículo del Génesis: "...la tierra era nada y vacío, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, mientras el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas", y para sospechar que el autor del Popol Vuh —respetemos la costumbre de llamar así al Manuscrito de Chichicastenango— debe haber introducido en su obra, para conseguir el beneplácito de los españoles, elementos cristianos. La hipótesis no es de descartar totalmente, aunque el resto del libro no hace concesión alguna a la nueva fe. Pero la concepción del caos originario, en realidad muy poco cristiana puesto que contradice el dogma de la creación ex nihilo, no es privativa de la Biblia. La encontramos en los libros sagrados de todos los pueblos arios. Así dice el Rig-Veda: "Entonces no había ni ser ni no ser. Ni universo, ni atmósfera, ni nada encima. Nada, en ninguna parte, para el bien de quien fuera, continente o contenido. La muerte no era, ni la inmortalidad, ni la distinción del día y de la noche. Pero eso palpitaba...". 

     Y el Voluspá escandinavo, poema del siglo IX, anterior al cristianismo, que forma parte de las Edda, reza: "En los viejos días — nada existía — ni la arena ni el mar — ni las olas arrolladoras; — no había tierra — ni firmamento — ni una brizna de hierba; — sólo el Abismo abierto". 

     En formas apenas diferentes, la idea es la misma en los cuatro textos: la del caos, o sea de la materia desordenada, distinta a la vez del ser, que supone orden, y del no-ser —el nihil de la teología cristiana— que excluiría toda potencialidad. Y, también en los cuatro textos, el Ser absoluto está presente por encima del caos: el Corazón del Cielo, en el Popol Vuh; el Espíritu de Dios, en el Génesis; el Padre del Cielo, en los Vedas; el Padre de Todo, en las Edda. Dejemos a un lado las cosmogonías hindú y hebraica para considerar exclusivamente las que nos interesan aquí: la mesoamericana y la escandinava. En ambas, la creación del cosmos se da del mismo modo: mediante la introducción de Dios en la Materia. De Dios se desprenden los Dioses Creadores que dan forma al caos. De su obra surgen la tierra y el firmamento, luego las plantas y los animales. La creación del hombre resulta tarea más difícil. Los Creadores, dice el Popol Vuh, hicieron en primer lugar un hombre de lodo, pero carecía de entendimiento y se humedeció, deshaciéndose. Hicieron entonces muñecos de madera que hablaban como el hombre y poblaron toda la tierra. Pero sus hijos no tenían alma, y el Corazón del Cielo los aniquiló en un gran Diluvio. Algunos sobrevivieron: sus descendientes son los monos. 

     Tradiciones náhuatl de Michoacán y mayas de Chiapas nos presentan una interesante variante de este relato. Según ellas, esos primeros seres pseudohumanos fueron gigantes. Siete de ellos consiguieron salvarse del Diluvio y edificaron —en Cholula, precisa la tradición náhuatl— una gran pirámide gracias a la cual pretendían escalar los cielos. Pero Dios los destruyó con una lluvia de fuego. 

     La cosmogonía escandinava es casi idéntica. Del caos nacieron en primer lugar los Gigantes Helados, encabezado por el hermafrodita Ymir que los había engendrado. Los Dioses los aniquilaron mediante un Diluvio del que sólo uno consiguió salvarse con su familia. Con el cuerpo de Ymir, los Creadores hicieron la Tierra. 

     También la formación del hombre ofrece gran semejanza en ambas cosmogonías. Según el Popol Vuh, los Dioses hicieron cuatro varones con masa de maíz, les dieron vida, aunque limitando su sabiduría, y durante su sueño hicieron sus mujeres. Para los mixtecos del Anáhuac, el hombre salió de un árbol. En las Edda, los Creadores tomaron dos maderos arrojados por las olas, según una versión, o dos árboles, según otra, y los tallaron con forma humana, dándoles alma y vida. Así completada la obra de creación, ¿cómo resultó la estructura del cosmos?.

     En cuanto a Mesoamérica, no es al Popol Vuh al que podemos recurrir para encontrar la respuesta, sino a los relatos de los cronistas, plenamente confirmados por los códices. Nos esperaría una sorpresa si no hubiéramos adelantado el hecho en el inciso anterior.

        Tanto para los nahuas como para los mayas, en efecto, la Tierra era redonda. Los griegos lo sabían, por supuesto, pero el Occidente europeo de la Edad Media lo había olvidado. El globo terráqueo tiene como eje al Árbol del Mundo, o Árbol de la Vida, cuyas raíces se hunden en el mundo subterráneo, reino de la muerte, y cuyas ramas se elevan hasta el cielo. Cuatro genios —los bacab de la mitología maya: Kan, Muhuc, Ix y Canac— sostienen el mundo en sus cuatro puntos cardinales. También para las Edda el cosmos es redondo y un árbol constituye su eje: el fresno Yggdrasil, que también es símbolo fálico, o sea vital, y en cuya cima anida un águila. Este último detalle carecería de importancia si no encontráramos también, a menudo, un águila, símbolo del Sol, en la cima del Árbol del Mundo náhuatl y maya. 

     El cosmos que conocemos —el quinto sucesivo para los pueblos de Mesoamérica, y uno de los nueve contemporáneos para los escandinavos— no es eterno. Así como nació del caos, volverá al caos. Instrumentos del dios malo, el tigre y la serpiente, según las creencias mesoamericanas, o el lobo Fénrir, en la mitología nórdica, devorarán al Sol y a la Luna, y todo acabará hasta un nuevo renacer. 


3. Dios y los Dioses de Mesoamérica 

     El error más común que se comete con respecto a la religión mesoamericana es el de creer que nahuas y mayas adoraban al Sol. En realidad, adoraban al Padre del Cielo, directamente o a través de sus personificaciones diferenciadas —sus avatares, en buen lenguaje teológico—, los dioses creados. Y sucedía exactamente lo mismo entre los escandinavos y, de modo general, en todos los pueblos "politeístas". Por supuesto, no debían de faltar creyentes que aceptaran los mitos en su sentido literal, como hay cristianos de poca formación religiosa que no interpretan correctamente el misterio de la Trinidad o hasta toman a las diversas Madonnas por personas distintas. ¿No es el mito, precisamente, la representación imaginaria de una idea compleja o de difícil comprensión, que se pone así al alcance de todos?.

     Los mesoamericanos, como los escandinavos, creían en un dios supremo, creador y conservador del universo, un dios "invisible y no palpable, bien así como la noche y el aire", dice Sahagún. "El dios por quien vivimos; el Omnipotente que conoce todos nuestros pensamientos y dispensador de todas las gracias; aquel sin el cual nada es el hombre; el dios invisible, incorpóreo, de perfecta perfección y pureza, bajo cuyas alas se encuentra descanso y seguro abrigo". No se rendía culto alguno a este Padre del Cielo, porque estaba más allá de los sacrificios, era inaccesible a las plegarias y no se podía representar físicamente. Se lo honraba en la persona de los dioses creados, que no eran sino expresiones diversificadas de su poderío absoluto. Sólo entre los mayas parece haber tenido un nombre: Hunab-Ku, y ni eso es muy seguro. Los nahuas sólo lo designaban por perífrasis: "El de la vecindad inmediata" y "Aquel por quien vivimos". Este dios no tenía estatuas porque nadie "lo había conocido ni visto hasta ahora", como dice Ixtlilxóchitl. Y sólo sabemos de un templo dedicado, por el rey Netzahualcóyotl, al "dios desconocido y creador de todas las cosas". 

     La necesidad de un dios supremo para pueblos panteístas la explica perfectamente Snorri Sturlusson, el autor islandés de la Edda en prosa (1189-1241) en el prefacio de su obra: "Surgió entre ellos la idea de que debía haber un rector de las estrellas del firmamento, alguien que podía ordenar su curso según su voluntad y que debía ser fuerte y tener un gran poder. Y creyeron que eso era verdadero: que si gobernaba las cosas más importantes de la Creación, debió de haber existido antes que las estrellas del cielo, y comprendieron que si regía el curso de los cuerpos celestes también debía de gobernar el brillo del Sol, y el rocío del aire, y los frutos de la tierra, y todo cuanto crece en ella, y, de la misma manera, los vientos del espacio y las tempestades del mar. No sabían aún dónde se encontraba su reino, pero creían que ordenaba todas las cosas en la tierra y en el firmamento...". Un siglo más tarde, el Inca Tupak Yupanki hará el mismo razonamiento casi con los mismos términos, como veremos más adelante. 

     Sin embargo, el Padre del Cielo se personificaba más especialmente, a los ojos de los creyentes, en un dios principal que se consideraba como el jefe de los dioses creados y a quien se rendían los máximos homenajes. Pero este dios no era necesariamente el mismo en todas las épocas ni para todos los pueblos de una misma fe. No solamente cada grupo, cada estrato social y cada comunidad tenían un dios protector, sino que también elegían según su conveniencia al dios principal. Así entre los escandinavos de nuestra era la máxima personificación del Padre del Cielo era Tyr (o Tiu, o Ziu, del sánscrito dyeva que dio origen al griego Zeus y Theos, al latín Jupiter, y al germano antiguo Tiwaz), mientras que en la época vikinga, Odín (Odinn o Voden, en Escandinavia, Wuotan o Wodan, en Germania) lo había suplantado, no sin que Thor le disputara el rango, por lo menos en las capas inferiores de la población. 

     La elección de Odín como dios principal era perfectamente lógica. Avatar del Padre del Cielo, la Madre Tierra, Yord o Frigg, es a la vez su esposa y su hija, y hasta parece que también su madre, lo que basta para demostrar que las genealogías divinas son puramente simbólicas. El dios Creador está en el Abismo Abierto, vale decir, en la materia —su madre—, como es normal en una religión panteísta. Pero no puede ordenar dicha materia ni dar así nacimiento a la Tierra —su hija— sin haberse unido a ella —su esposa—. Como Creador, Odín es el enemigo de la oscuridad, y el Sol es uno de sus ojos. Ya que su soplo anima la materia, es el dios del viento. Y se le atribuye además la función de psicopompo, o sea, de guía de las almas. 

     Odín tiene su equivalente en la mitología mesoamericana con un dios principal —en náhuatl, teotl, palabra semejante, por su común origen (dyeva) al theos griego— que lleva entre los nahuas el nombre de Ollin Tonatiuh y entre los mayas el de Kinich Ahau (Señor de la Frente del Sol). Es el dios solar por excelencia, lo cual significa simplemente que el Sol —Nuestro Padre el Sol— es su representación visible. Su nombre maya, pues, no plantea problema alguno. Pero sí su nombre náhuatl. Tonatiuh no tiene sentido en el idioma del Anáhuac, y tanto los cronistas como los autores modernos traducen la palabra por "Dios" o por "Sol", vale decir, por lo que expresa. Ollin (las dos "l" se pronuncian separadamente) significa movimiento, y también temblor, terremoto, lo que no tiene sino una relación muy lejana con la divinidad. Lo extraño es que la palabra Tonatiuh parece compuesta de los nombres de dos dioses germanos: Thonar (Thor) y Tiu (Tyr). Ante tal comprobación, uno empieza a preguntarse si Olin no es una deformación, por lo demás ligera teniendo en cuenta la imprecisión de las transcripciones españolas —Sahagún escribe Donadiu por Tonatiuh— del nombre de Odín. Tendríamos así una tríada al modo escandinavo —Odín, Vili y Vé; Odín, Thor y Frey, etc.— como al modo mesoamericano: el Corazón del Cielo de los quichés-mayas es triple, compuesto por Caculhá-Hurakán, Chipi-Caculhá y Raxa-Caculhá. Se trataría, pues, de una Trinidad sui generis que abarcaría a Odín, dios principal, dios del Sol y dios del viento; Thor, dios del trueno, su hijo; y Tyr, dios de la guerra. Notemos que el dios solar azteca, Uitzilopochii —el Mago Colibrí—, unificado con Olin Tonatiuh cuando la conquista del Anáhuac por los cazadores nómades, es dios de la guerra. 

     Podríamos proseguir nuestro análisis comparativo y mostrar cómo Yord encuentra su equivalente americano en Coatlicue, la Madre Tierra; Loki, el dios malo, en el Tezcatlipoca náhuatl y en ei Zotzilahá-Chamalcán maya, etc. Pero, en realidad, tales identificaciones no probarían gran cosa, pues toda religión que personifique las fuerzas de la Naturaleza tiene, para definir a sus dioses, un número reducido de posibilidades. Por lo demás, las analogías que hemos señalado hasta ahora —dejando a un lado el nombre de Olin Tonatiuh, que tiene una implicancia mucho mayor— se hacen insignificantes cuando se enfoca a Quetzalcóatl. 

     Ya encontramos en el capítulo III a este personaje histórico, rey de los toltecas en el siglo X y civilizador de los pueblos náhuatl y maya. Vimos cómo, disgustado con la actitud de sus compañeros, se había hecho a la mar en dirección a Sudamérica, donde pudimos seguir su rastro. Si bien desapareció físicamente del Anáhuac y del Yucatán, Quetzalcóatl no sólo perduró en las memorias, sino que se convirtió en un dios que llegó a dominar el panteón mesoamericano. El dios Quetzalcóatl, blanco y barbudo como lo había sido el hombre, pierde las características guerreras que habían pertenecido a una de las dos personalidades de este último. Es el sacerdote y reformador religioso el que se proyectó hasta el Cielo, y se le hace una biografía mítica correspondiente a su nueva dignidad y, sobre todo, a los valores que representa. 

     No es fácil ubicar a Quetzalcóatl entre los demás dioses mesoamericanos. No se agrega, en efecto, a la mitología preexistente como lo pudo hacer Uitzilopochii, que encontró sin mayor dificultad a un dios con el cual fusionarse, sino que se superpone a ella y en gran parte, la contradice. Pugna con Olin Tonatiuh para desplazarlo de su rango de dios principal y lo consigue, pero sin anular a su rival. En ciertos aspectos, se confunde con él, ya que ambos aparecen como hijos de Coatlicue, la Madre Tierra, y su concepción tiene el mismo carácter muy peculiar, pues reproduce, virginidad aparte, el misterio cristiano de la Encarnación:  Coatlicue quedó encinta de Tonatiuh después de haber escondido en su vestido una pluma blanca encontrada en un templo, y de Quetzalcóatl, después de haberse tragado una piedra preciosa. Dios principal, o sea máxima expresión del Padre del Cielo, se convierte en el Creador, en el dios de la vida y, como Odín, en el dios del viento a través de su hipóstasis Ehecatl, o Hurakán, entre los mayas. 

     No es éste, sin embargo, el aspecto más importante de su personalidad: sólo la consecuencia del ascendiente que adquirió en el marco de un mundo que lo había vencido. Lo que aporta Quetzalcóatl a los hombres es una nueva concepción de la vida y, por lo tanto, de la moral. Trata de sustituír el culto sanguinario del heroísmo por una religión de la penitencia. Con él aparecen las nociones asociadas de pecado, remordimiento y perdón. Y, como corolario, la de redención. La vida mítica de Quetzalcóatl, calcada de su vida real pero totalmente transformada, es altamente ilustrativa al respecto. Tezcatlipoca se convierte en su hermano, dios del Sol de la Tierra —el Sol putrefactor—, y, con sus cómplices Ihuimécatl y Toltécatl— este último nombre se refiere claramente a la participación de los toltecas en los acontecimientos que llevaron su jefe a irse—, consiguió embriagar al Sacerdote y hacerlo dormir con la bella Quetzalpétatl. Al despertar, Quetzalcóatl lloró por su pecado y se marchó hacia el mar. En la costa, lloró de nuevo y se prendió fuego. El alma del hombre-dios bajó a los Infiernos donde consiguió, no sin peligros ni terrores, arrancar al Señor del Reino de los Muertos un fardo de huesos de condenados. Quetzalcóatl vertió sobre ellos sangre sacada de su miembro viril y, con esta penitencia que imitaron todos los dioses, salvó a la Humanidad. 

     La Redención por la sangre de un dios: es imposible no pensar de inmediato en Cristo. También podría recordar el mito de Bálder, el segundo hijo de Odín, matado por el dios ciego Hodr engañado por Loki —el dios malo— y que, dios sangrante y dios de lágrimas, bajó a los Infiernos de donde retornará tras el Ocaso de los Dioses, redimido por sus sufrimientos y por el llanto del mundo, para entrar en el nuevo Cielo. Esta doble comparación no es de extrañar: a menudo, en la Edad Media europea, Jesús y Bálder se superponen y se fusionan. Tal vez no sea por mera casualidad que el significado originario de "Báldr" es señor y que Jesucristo es llamado "Nuestro Señor". Y los nahuas decían habitualmente, al mencionar a su dios redentor, "el Señor Quetzalcóatl".    

     Las características del Itzamná-Redentor de los mayas son semejantes a las del Quetzalcóatl ascético. Kukulkán, por el contrario, conserva, como dios, la configuración del Quetzalcóatl guerrero que, en el Anáhuac, tiende a confundirse con Olin Tonatiuh, el dios de la guerra, y toma, en la iconografía, las apariencias de Odín. 


4. La Suerte de los Hombres y de los Dioses en Mesoamérica 

     Sin la doble idea de pecado y de penitencia, la existencia del Cielo y del Infierno carecería de sentido. Hubo autores, sin embargo, para afirmar que la suerte de las almas era, entre los nahuas y los mayas, puramente estamental: los guerreros muertos en combate, las mujeres fallecidas durante el parto y los sacrificados a los dioses iban a unirse con el Sol; los campesinos y los ahogados eran recibidos en los limbos del Tlalocán, y los demás caían en el Mictlán, el Infierno. Después de Quetzalcóatl, evidentemente ya no fue así, pues la Redención no se puede concebir sin pecado ni castigo. Pero la sangre del dios no hizo sino generalizar la salvación que ya aseguraba, individualmente, la sangre de los guerreros, de las parturientas y, lo que prueba nuestra aserción, de las víctimas de los sacrificios humanos. 

     Los elegidos eran conducidos por Teoyaomiqui, mujer de Uitzilopochii, a la Casa del Sol, el Paraíso de los mesoamericanos. Convertidos en "compañeros del águila", himnos guerreros y combates simulados ocupaban su eternidad. Cada día, seguían al Sol hasta el cénit, donde los sustituían las mujeres muertas al dar a luz. Los campesinos, de vida vegetativa, sin grandes méritos ni grandes culpas, y también los que mataba el rayo, los ahogados, los leprosos y los sarnosos, iban a una especie de paraíso terrenal donde encontraban todas las satisfacciones que hubieran deseado tener en vida. Los réprobos eran echados en el Mictlán, un mundo subterráneo situado debajo de las heladas y sombrías estepas del Norte. Era el reino de Mictlantecuhtli, el dios de los muertos. Ni siquiera era fácil llegar hasta él. Acompañado por un perro psicopompo, el condenado vagaba durante cuatro años en medio de vientos helados, perseguido por monstruos, y debía finalmente cruzar los Nueve Ríos, detrás de los cuales encontraba el descanso de la Nada. El Popol Vuh nos da de los Infiernos, el reino de Xibalbá, una descripción más completa pero concordante. Para los quichés-mayas, los condenados pasaban por cinco moradas donde sufrían otros tantos castigos: la Casa Oscura, la Casa Helada, la Casa de los Tigres, la Casa de los Vampiros y la Casa de las Navajas. El Libro no nos dice cómo acababa el viaje, ni si acababa alguna vez. 

     Con el agregado del Tlalocán, de vaga reminiscencia cristiana, la concepción que los nahuas y los mayas tenían del Cielo y del Infierno parece calcada, hasta en sus menores detalles, de la mitología escandinava. En Asgard, residencia de los dioses, situada en lo alto del Fresno Yggdrasil, está el Valholl, la "Morada de los Matados", adonde los guerreros muertos heroicamente en el combate —los Campeones— son conducidos por las walkirias, "seleccionadoras de los que murieron violentamente". Éstas tienen la doble misión de recorrer los campos de batalla y elegir a los héroes, y de asegurar el servicio doméstico del Walhala. Los Campeones se pasan el tiempo comiendo, bebiendo hidromiel y peleando. Cada día salen al campo de maniobras y combaten, hiriéndose y matándose. Pero, al atardecer, todos recobran integridad o vida. 

     Los demás muertos, los réprobos, van al Hel, el "Lugar de Ocultación" situado en las profundidades subterráneas. Es una región fría y neblinosa, dividida en nueve círculos superpuestos, cada vez más helados a medida que se va bajando. Se llega a ella entrando por una puerta que guarda el perro Gármr y se cruza un río de navajas y afiladas espadas hasta llegar al reino de la diosa Hel, donde los pecadores —perjuros, asesinos y adúlteros— llevan una vida miserable, rodeados de serpientes. En el Hel está Loki, el dios malo, el dios caído, que muchos autores emparentan con Lucifer. 

     La estada de los condenados en los Infiernos no será eterna. Un día Loki se escapará del Hel, encabezándolos y, con la ayuda de los gigantes, descendientes de la familia que había sobrevivido al Diluvio, del lobo Fénrir y sus hijos y de la Serpiente del Mundo, que Thor había tratado vanamente de pescar y que Odín había echado al mar que rodea la tierra, se lanzará al asalto de Asgard. Llegará el Ragnarok, el Ocaso de los Dioses, pues éstos serán vencidos. El lobo Fénrir y la Serpiente del Mundo, antes de morir en el combate, devorarán al Sol y a la Luna. Las heladas se apoderarán del mundo y todo habrá terminado. Pero Bálder, el Redentor, resucitará a los dioses y un nuevo cosmos nacerá. 

     La misma concepción del fin del mundo, aunque conocemos menos detalles a su respecto, formaba parte de las creencias mesoamericanas. Cuatro Soles, o sea cuatro Mundos, fueron destruídos hasta llegar al nuestro: el Sol de Tierra o de Noche, el Sol de Aire, el Sol de Lluvia de Fuego y el Sol de Agua. El Quinto Sol, o Sol de los Cuatro Movimientos, perecerá a su vez cuando los Monstruos del Crepúsculo surjan del fondo del Occidente, instigados por Tezcatlipoca, el dios malo, para destruír a los seres vivos, mientras el Monstruo de la Tierra quiebre el globo entre sus fauces. Se acabará el género humano. Pero nacerá un Sexto Sol: un nuevo mundo en que los hombres estarán sustituídos por los planetas, vale decir por los dioses. 


5. La Religión del Imperio Incaico 

     Los conocimientos que tenemos acerca de las creencias religiosas imperantes en el Imperio incaico son mucho menores que los que nos han llegado con respecto a Mesoamérica. Tal vez esta diferencia se deba en parte al hecho de que el Perú no tuvo a ningún cronista del nivel intelectual de Sahagún. Pero, de cualquier modo, el motivo fundamental está en la simplicidad y pureza de una religión que prácticamente carecía de mitología. Tales características no excluyen, sin embargo, una dualidad primitiva que se manifestaba aún, de modo atenuado, en la época considerada. 

     La capa más antigua de la religión peruana estaba representada por los setenta y ocho dioses que, en el Panteón del Cuzco, manifestaban las creencias de los pueblos incorporados al Imperio. Los incas toleraban y hasta acogían favorablemente sus ídolos, como lo hacían los césares romanos, por conveniencia política. Uno de esos dioses, sin embargo, gozaba de una situación privilegiada, y el mismo Emperador condescendía a veces a celebrar sacrificios rituales en su gran templo del Rimac. Era Pachakamak, el dios del fuego de los chimúes, cuyo nombre significa "Animador de la Tierra", el Creador inmanente cuya obra está personificada hasta hoy, entre los aymaráes de Bolivia, en Pachamama, la Madre Tierra. Pachakamak es el espíritu ordenador por el cual el caos se da forma y dura. Pues pacha es a la vez la tierra y el tiempo. Desgraciadamente, no sabemos nada de la cosmogonía peruana que, de existir en épocas lejanas, habrá sido borrada de las mentes por el imperial e imperioso culto del Sol. 

     Nuestra ignorancia de la teología preincaica también abarca el tiempo de los atumuruna, lo cual es muy explicable, puesto que los "hombres de Tiahuanacu" desaparecieron casi todos como consecuencia de su derrota de la Isla del Sol. Hubo una solución de continuidad en la civilización creada por ellos, y el Imperio incaico recogió una herencia espiritual simplificada. Sabemos, sin embargo, que las creencias de los Blancos que desembarcaron en la costa del Perú no debían de ser muy distintas de las que dejaron en Mesoamérica: lo prueba la teología incaica. 

     La religión cuyas bases echó Manko Kapak y que conocieron los españoles a su llegada, se reduce aparentemente traer a los seres humanos una Revelación y una Redención. Dios invisible y todopoderoso, no necesitaba de nadie ni de nada. Por ello no se le rendía culto alguno ni se le elevaban templos. El templo que el Inca Huirakocha —a quien se le había aparecido en sueños y que, por este motivo, había adoptado su nombre— hizo construír, estaba dedicado al "fantasma" del dios. El cronista García cuenta cómo, según las creencias indígenas, en el tiempo en que todo era noche y no había aún ni luz ni día, salió de un lago situado en la provincia de Collasuyu (el Titicaca) un Señor llamado Contice-Viracocha (Kon-Ticsi Huirakocha) que creó en un momento el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas. No tenía "huesos, ni miembros, ni cuerpo" y "veía mucho y muy rápidamente... como hijo del Sol que decía ser". Pero Pachakamak lo venció y lo obligó a huír. Maldiciendo a los hombres que lo habían abandonado y se habían convertido en animales, Kon-Ticsi Huirakocha bajó a la costa hasta la provincia de Manta y "se hundió en el mar con todos los suyos"; según la versión de García, o "extendió su manto sobre el mar y desapareció para siempre en el seno del océano", según Velasco. Es ésta la exacta transposición mítica de la historia de Huirakocha, tal como la relatamos, según la tradición, en el capítulo III. 

     Huirakocha es, por lo tanto, a la vez el creador y el hijo del Sol. Como Creador, es inmaterial y todopoderoso. Por el contrario, como Redentor —hijo de su propia creación— es vulnerable y lo vencen las fuerzas de la Naturaleza. Como Quetzalcóatl, con el cual históricamente se confunde, si no como individuo, por lo menos como grupo racial, Huirakocha nos hace invenciblemente pensar en el dios del cristianismo, Creador y Redentor, Padre e Hijo de sí mismo, inmaterial y encarnado, todopoderoso y crucificado por los hijos del Diablo. Ya vimos en el capítulo III cuál es el origen y sentido del nombre de Huirakocha: "Dios Blanco", en antiguo escandinavo. No nos extrañará, pues, comprobar que Kon, en nominativo Konr, significa "Rey" en el mismo idioma. En cuanto a Ticsi, palabra que se traduce por lo general, arbitrariamente, por Creador, tal vez no sea abusivo encontrar en ella la raíz "Ti" del antiguo germano Tiwaz, nombre del Padre del Cielo. 

     Al lado de tan elevada teología, resulta de poco interés agregar —y sólo lo hacemos para que nuestra exposición sea completa— que, en el culto popular, la Luna era una diosa, esposa del Sol; que se veneraba una tríada —Illapa— de "esclavos del Sol" —el Relámpago, el Trueno y el Rayo— que no eran dioses, y que el dios Kanopa representaba los siete planetas conocidos. Más importante es notar que la religión incaica enseñaba la inmortalidad de las almas y hasta la resurrección de los cuerpos. Los elegidos tenían su destino en el Cielo, situado encima de la Tierra, donde llevarían una vida de Paraíso Terrenal, mientras que el Infierno, dominio del demonio Kupay o Supay y situado debajo de la Tierra, recibiría a los réprobos, que sufrirían en él los peores tormentos. 

     Mencionemos, por fin, una tradición del Diluvio, semejante a la de Mesoamérica: las aguas destruyeron a los primeros hombres. Según una versión, siete de ellos sobrevivieron y salieron de una cueva para poblar otra vez el mundo. Según otra, todos perecieron y Huirakocha creó una segunda Humanidad. En Quito, se creía que el Diluvio había sido la consecuencia de un combate con la Gran Serpiente, que escupió tanta agua que anegó el mundo. 

     En resumen, encontramos en la teología incaica los mismos elementos que en la mesoamericana, pero dispuestos diferentemente y con un valor relativo distinto. En el Perú, el Quetzalcóatl ascético, "manso y suave", ha superado su derrota y, gracias a Manko Kapak, se ha impuesto a los residuos "salvajes" de los cultos indígenas y ha borrado el recuerdo del Quetzalcóatl guerrero. También han desaparecido el dios malo y la lucha entre dioses. Apenas subsiste un ligero resabio de maniqueísmo teológico en el combate del dios de la materia, Pachakamak, con el dios del espíritu, Kon-Ticsi, y esto sólo en un mito geográficamente muy localizado y en vías de desaparición. Tampoco hay dios de los infiernos ni dios de los muertos. Sólo queda un demonio al estilo de Satanás. Todo se ha simplificado, depurado y armonizado. Un dios binario —Padre e Hijo—, cuya expresión y símbolo visible es el Sol, gobierna las fuerzas cósmicas y salva a los hombres por la Encarnación. Se trata todavía, por cierto, de un paganismo panteísta al modo escandinavo, pero no es difícil reconocer en él un aporte extraño que ya habíamos encontrado, tan definido pero menos afirmado, en la religión de Mesoamérica. 


6. Elementos Cristianos en las Religiones de Mesoamérica y el Perú 

     El aporte extraño al que acabamos de referirnos es indudablemente de origen cristiano. No queremos, por cierto, caer en el error de esos cronistas españoles, ridiculizados por Garcilaso, que "han hecho trinidades... no habiéndolas imaginado los indios", con el objeto de asimilar "su idolatría a nuestra santa religión". No fue, sin embargo, por un afán de sincretismo —la última cosa en que pudieran pensar— que dichos cronistas, y en especial los sacerdotes que había entre ellos, señalaron y hasta exageraron las similitudes que encontraban entre el cristianismo y las religiones amerindias. No fue por obra de su imaginación que llegaron a hablar de una predicación en América del apóstol Tomás, por analogía fonética con uno de los nombres —Pay Tomé— del dios Blanco. Hasta les habrá costado mucho dar muestra de tal lealtad intelectual, por lo menos en cuanto atañía al culto náhuatl cuyas características sanguinarias los horrorizaban. La evidencia fue, sin duda alguna, más fuerte que sus prejuicios y su sensibilidad. 

     Tampoco era por simpatía ni por consideración que los Conquistadores llamaban papas a los sacerdotes náhuatl. Nada debía de parecerles más indecoroso, para no decir sacrílego, que dar a esos ministros de los "ídolos", por más que llevaran sotanas negras con capuchones "como los de los dominicos", el título del Sumo Pontífice de la cristiandad. Si lo hacían, era porque los sacerdotes de Olin Tonatiuh y los de Quetzalcóatl se designaban a sí mismos con este nombre, Ahora bien, en idioma náhuatl, sacerdote se dice tlamacazqui y, por otro lado, papa no es vocablo náhuatl. Los indios utilizaban esta palabra para hacerse entender por los Blancos, y lo conseguían. ¿Pero cómo conocían el término, que los españoles no empleaban, por cierto, para designar a sus capellanes?; ¿dónde se llamaban "papas" los simples sacerdotes? En Irlanda. Los papas (paba, del latín papa) eran los monjes anacoretas que poblaron las islas del Atlantico Norte, inclusive Islandia, antes de los escandinavos que los conocían muy bien y los llamaban papar. Por otro lado, sabemos por las sagas que los irlandeses habían colonizado Huitramannaland, tierra situada al Sur de Vinlandia y sólo separada de México por Florida, y que entre sus pobladores había sacerdotes. Lo inverosímil para ellos son los aspectos a la vez profundos y secundarios de su fe que guerreros analfabetos, o poco menos, no habrían sabido exponer. Los elementos a que nos referimos son más tangibles y sólo pueden haber sido aportados por cristianos. 

     Tampoco aludimos a los relatos de tipo bíblico que recogieron los cronistas después de la Conquista y que pueden haber sido el producto de la imaginación sincretista de los indios. Vale la pena, sin embargo, mencionar, cuanto más no fuera a título de curiosidad, dos versiones del Diluvio, en las cuales se nota una doble influencia local y hebraica. En Michoacán, se decía que Tezpi y su mujer escaparon del Diluvio en un bote, llevando consigo aves y animales (sic). Después de un tiempo, el Noé náhuatl echó a volar un buitre, que se quedó devorando cadáveres de gigantes ahogados. Luego, soltó un colibrí, que volvió con un ramo en el pico. En Chiapas (actual Guatemala), se contaba que Votan era nieto del ilustre anciano que se salvó con su familia, en una balsa, de la gran inundación en la cual pereció la mayor parte de los seres humanos. El dios-hombre cooperó en la construcción de un gran edificio gracias al cual se pretendía escalar los cielos. Teotl se enojó. Destruyó por el fuego la pirámide sin terminar, dio a cada familia un idioma distinto y mandó a Votan a poblar el país del Anáhuac. 

     Reencontrar en la meseta mejicana el Misterio de la Encarnación es, por cierto, más sorprendente y no hay, en este caso, probabilidad de sincretismo, pues el mito constituye uno de los fundamentos de la teogonia náhuatl. Ya hemos relatado más arriba cómo Olin Tonatiuh y Quetzalcóatl tenían la misma madre, Coatlicue —también llamada Cihuacóatl, mujer serpiente— que concibió a sus hijos sin intervención masculina, al segundo al tragarse una piedra preciosa y al primero, al esconder en su seno una pluma blanca —algunos textos dicen una bola de plumas— recogida en un templo que estaba barriendo como castigo por haber arrancado la rosa prohibida. Coatlicue, que los nahuas llamaban Madre Tierra y Nuestra Señora y Madre, es así, como la Eva bíblica, la responsable del pecado —y de los dolores del parto, con los cuales el dios lo sanciona— y, como la Virgen María, la madre del Redentor milagrosamente concebido.  

     ¿Podría un analista extremadamente suspicaz dudar de la autenticidad de estas últimas coincidencias y atribuírlas a la astucia de los indios, deseosos de congraciarse con los sacerdotes españoles?. Semejante escepticismo no cabría, de cualquier modo, ante la existencia, entre los nahuas, de cuatro de los siete sacramentos de la Iglesia Católica: el bautismo, la confesión, la comunión y el matrimonio. El orden debía de existir también, puesto que el sacerdocio estaba rígidamente organizado y reglamentado. Sólo se desconocían la confirmación, que tenía poca importancia litúrgica en el catolicismo medieval, y la extremaunción, que no es sino una forma particular de absolución de los pecados. 

     El sacramento náhuatl del bautismo no necesitaba del sacerdote, cuya intervención tampoco es imprescindible para el bautismo cristiano. Su ministro era la partera que, después de cortar el cordón umbilical, dirigía esta plegaria a la diosa del agua, Chalchiuhtlicue: "Ya está en vuestras manos. Lavadla (la criatura) y limpiadla como sabéis que conviene. Purificadla de la suciedad que ha sacado de sus padres, y las mancillas y suciedades, llévelas el agua y deshágalas, y limpie toda inmundicia que en ella hay. Tened por bien, Señora, que sea purificado y limpio su corazón y su vida...". Unos días después, se celebraba, en medio de grandes festejos familiares, el bautismo propiamente dicho. Con sus dedos mojados, la partera depositaba algunas gotas de agua en la boca del recién nacido: "Toma, recibe. Con esta agua vivirás en la tierra, crecerás y reverdecerás. Por ella recibimos lo que nos es necesario para vivir en la tierra. Recibe esta agua". Luego, mojaba del mismo modo el pecho del niño: "Esta es el agua celeste. Esta es el agua purísima que lava y limpia tu corazón. Recíbela. Que tenga por bien purificar tu corazón". Después, la partera le echaba unas gotas en la cabeza: "Que esta agua entre en tu cuerpo y viva en él, esta agua celeste, esta agua azul". En fin lavaba todo el cuerpo del recién nacido: "Dondequiera estés, tu que podrías perjudicar a este niño, déjalo, anda, apártate de él, pues ahora este niño nace de nuevo, de nuevo lo forma y le da luz nuestra madre Chalchiuhtlicue". 

     El sacramento náhuatl de la penitencia se recibía, como el Consolamentum de los cátaros, sólo una vez en la vida, y mediante confesión auricular. El sacerdote decía al penitente: "Estos son tus pecados, que no solamente son lazos y redes y pozos en los cuales has caído, pero también son bestias fieras, que matan y despedazan el cuerpo y el ánima... Por tu propia voluntad te ensuciaste... y ahora te has confesado... has descubierto y manifestado todos ellos (los pecados) a Nuestro Señor que es emperador y purificador de todos los pecadores... Ahora nuevamente has tornado a nacer, ahora nuevamente comienzas a vivir, y ahora mismo te da lumbre y nuevo sol Nuestro Señor Dios... Conviene que hagas penitencia trabajando un año o más en la casa de Dios...". 

     El sacramento náhuatl de la comunión se daba, una vez por año, a los adolescentes, que sólo podían recibirlo después de un año de penitencia. Con harina molida por ellos mismos, los sacerdotes preparaban la masa con la cual hacían el cuerpo de Uitzilopochii. Al día siguiente, un hombre que representaba a Quetzalcóatl —tal vez el Sumo Sacerdote de este dios— disparaba una flecha en el corazón de la hostia. Luego, se deshacía el cuerpo. El corazón se repartía entre los jóvenes. "Cada uno comía un pedazo del cuerpo de este dios —dice Sahagún— y los que comían eran mancebos, y decían que era el cuerpo del dios". 

     El casamiento se realizaba mediante dos ceremonias distintas. En la primera, los novios se sentaban cerca del hogar y las casamenteras anudaban juntos el manto del joven y la blusa de la joven. Ya estaban casados, pero sólo podían consumar el matrimonio después de cuatro días de plegarias en la cámara nupcial. El quinto día, un sacerdote bendecía su unión echando sobre ellos un poco de agua consagrada. 

     Hemos dicho más arriba que los nahuas no conocían el sacramento de la confirmación. Éste constituía, por el contrario, entre los mayas, uno de los ritos de mayor importancia. Se realizaba en el patio del templo, en cuyas esquinas se sentaban cuatro honorables ancianos, sosteniendo una soga. En el cuadro así formado se ubicaban niñas de doce años y varones de catorce. El sacerdote, con su sotana blanca y sus ornamentos, los purificaba con copal —el incienso de Mesoamérica— y los jóvenes confesaban públicamente sus pecados. Luego, después de la debida amonestación, el oficiante aplicaba a cada uno "agua virgen". No sabemos si esta ceremonia reemplazaba el bautismo y la confesión o se agregaba a ellos. El matrimonio maya era semejante al náhuatl y, como éste, comportaba una bendición sacerdotal. 

     Más "cristiana" en su teología que la mesoamericana, la religión peruana lo era menos en cuanto a sus ceremonias. Probablemente porque sólo conocemos de ella la forma que adoptó en el Imperio incaico, cuando el Emperador, encarnación del Sol, centralizaba en su persona —y a veces confundía— el orden político y el orden religioso. Es así cómo el matrimonio tenía un mero carácter civil, formalizado por el soberano para los miembros de la familia Real y por los curacas —los señores indígenas— para el pueblo, con la simple unión de las manos de los contrayentes.  No sabemos si existía en el Perú algo parecido al bautismo. Estamos muy bien informados, por el contrario, respecto de la comunión que formaba parte de las fiestas de Intip Raymi y de Uma Raymi. En la primera, que Garcilaso asimila a las Pascuas cristianas y que tenía lugar, poco después de éstas, en el solsticio del verano europeo (o sea en el solsticio de invierno austral), las Vírgenes del Sol, para los incas, y "doncellas" para la gente común, como dice Garcilaso, preparaban una grandísima cantidad de una masa de maíz, que se llamaba zancu, y hacían con ella panecillos redondos del tamaño de una manzana, de los que se tomaban dos o tres bocados al principio de la comida. Al día siguiente, cuando salía el Sol, el Emperador iba a la plaza mayor del Cuzco y tomaba dos grandes vasos de oro, llenos de su brebaje. El vaso que tenía en la mano derecha, lo volcaba en un tinajón de oro, que se comunicaba por un caño con la Casa del Sol. Del vaso de la mano izquierda, el Inca tomaba un trago y, luego, repartía el resto entre los demás incas, dando un poco a cada uno en un pequeño vaso de oro o plata. Los curacas, que estaban en otra plaza, recibían la misma bebida, preparada por las Vírgenes del Sol, pero no tocada por el Emperador. Nada más parecido que este rito a la Santa Cena de algunas iglesias protestantes. 

     En la segunda de las mencionadas fiestas, se preparaban dos tipos de pan de maíz. Uno, amasado normalmente, se comía con el desayuno, después de la salida del Sol. El otro, preparado con sangre de niños de cinco a diez años, a quienes se lo extraía de la juntura de las cejas, hombres y mujeres se lo pasaban por el cuerpo y luego lo pegaban a los umbrales de la puerta de su casa. Notemos que las dos fiestas en cuestión eran los únicos días en que los incas y sus súbditos usaban pan. 

     Los cronistas mencionan también la existencia, en el Perú, de la confesión pública. Pero hay ciertas dudas acerca de su significación. Mientras los españoles de la Conquista le atribuían un carácter religioso, algunos autores de hoy piensan que se trataba más bien de una autocrítica hecha ante las autoridades civiles, lo cual confirmaría lo que hemos dicho más arriba acerca de la secularización de la vida religiosa en tiempos del imperio incaico. 

     Las ceremonias náhuatl, mayas e incaicas a menudo estaban acompañadas de ayunos y mortificaciones. El mismo Quetzalcóatl, o mejor uno de los dos personajes históricos que la tradición fusionó con este nombre, llevaba una vida ascética, se flagelaba y se levantaba de noche para rezar. Pero Quetzalcóatl —el Señor de la Penitencia— era "manso y suave". No así los nahuas que lo habían echado. Para ellos, el autosacrificio debía ser sangriento. Quetzalcóatl "punzaba sus piernas y sacaba la sangre con que manchaba y ensangrentaba las puntas de maguey", lo que no pasaba de una práctica común entre los místicos cristianos, y sus sacerdotes seguían el ejemplo. Pero los fieles de Uitzilopochli, en vísperas de las fiestas o, de modo mucho más riguroso, como penitencia posterior a la confesión, iban mucho más lejos: se sangraban las orejas y se traspasaban la lengua con espinas de maguey, pasando por el agujero "muchos mimbres delgados". Peor aún entre los mayas, que se agujereaban el miembro viril. 

     El ayuno precedía todas las ceremonias. Los jóvenes mejicanos que aspiraban a ingresar en la Orden de Caballeros Águilas y Caballeros Tigres, por ejemplo, ayunaban de cuarenta a sesenta días. En el país maya, los padres de los confirmandos y los oficiantes de la ceremonia debían abstenerse de alimentos y de relaciones sexuales durante determinado lapso. Para la fiesta de Intip Raymi, los incas y sus súbditos se preparaban con tres días de ayuno riguroso, en los que sólo comían un poco de maíz blanco crudo y no dormían con sus mujeres. No son éstos sino ejemplos, pues este tipo de penitencia se practicaba en innumerables oportunidades, tanto en Mesoamérica como —a diferencia de las mortificaciones sangrientas— en Perú. 

     Mortificaciones y ayunos formaban parte de la vida monástica que los sacerdotes náhuatl llevaban en sus conventos, reuniéndose para orar tres veces durante el día y una vez a medianoche. Pero es en el Perú donde encontramos la institución más parecida a nuestras órdenes religiosas, no sólo por el modo de vida, sino también y sobre todo por los votos perpetuos. Nos referimos a las Vírgenes del Sol, verdaderas monjas que vivían en clausura absoluta en las Casas de Escogidas. Las del Cuzco, todas de sangre Real, eran las esposas del Sol, como las religiosas católicas son las esposas de Cristo. En los conventos esparcidos por todas las provincias, jóvenes de sangre mezclada y hasta, por favor especial, indias puras eran las esposas del Emperador, Hijo del Sol, quien tomaba a las más hermosas por concubinas. Sólo en este último caso las monjas podían quebrar su clausura y su voto de castidad perpetua. En los conventos, las escogidas se dedicaban, al margen de sus obligaciones religiosas, a hilar, tejer y coser las vestimentas que el Emperador empleaba o regalaba. También preparaban la bebida y el pan que el Inca utilizaba para la "Santa Cena" del Intip Raymi y del Uma Raymi. Pero su misión principal consistía en conservar, como las Vestales de Roma, el Fuego Nuevo que, en el día del Intip Raymi, los sacerdotes prendían con un espejo o, de estar el cielo nublado, con dos palillos "barrenando uno con otro". 

     La coincidencia de las fechas en las cuales los pueblos americanos celebraban sus principales fiestas con el calendario litúrgico de la Iglesia Católica puede provenir simplemente de una fuente única: el cielo astronómico. Más difícil resultaría explicar del mismo modo las coincidencias de significado que se notan. Ya hemos visto que la fiesta incaica del Intip Raymi, que Garcilaso identifica con la Pascua cristiana, tenía lugar, poco después de estas últimas, en el mes de Junio. Pero la ceremonia del Fuego Nuevo, que se celebraba en esa fecha, no tenía sentido alguno en el solsticio austral de invierno. La iglesia sudamericana comete hoy el mismo error al bendecir el Fuego Nuevo, símbolo del Sol Nuevo, en la misa pascual de medianoche, vale decir, a principios del invierno austral, pues festejar la Resurrección del Dios-Hombre, como la del Dios-Sol, tiene sentido en la primavera, cuando la Naturaleza se despierta e inicia un nuevo ciclo vital, o a principios del verano, pero no en el otoño ni a principios del invierno, cuando la noche va desplazando el día y la tierra se adormece.

     Primitivamente, Intip Raymi era también el Día de los Muertos. La familia Real visitaba las huakas donde descansaban las momias de sus antepasados y, en cada hogar, había ritos en homenaje al Kanopa (Penate) de la casa. Pero el Inca Yupanki trasladó estas recordaciones al mes de Noviembre-Diciembre, haciéndolas coincidir, por lo tanto, con el calendario litúrgico cristiano, y también con el Día de los Muertos de los nahuas. Estos últimos, por otro lado celebraban a su manera, en Mayo, la Pascua de Resurrección: se sacrificaba en el altar de Tezcatlipoca a un joven hermoso y educado que personificaba al Sol. Luego se colocaba en la cima de una pirámide una estatua de Uitzilopochli. ¡Muerte y resurrección del dios!.

     Veremos en el capítulo VII que las comparaciones que acabamos de efectuar no constituyen las únicas pruebas de la incidencia del cristianismo en la América precolombina, pues quedan rastros arqueológicos de significado indiscutible. Limitémonos aquí a mencionar, con los cronistas españoles, que la cruz se veneraba en innumerables templos de Mesoamérica y del Perú, y que los mayas del Yucatán colocaban cruces en las sepulturas. En una ruina de Palenque, que por esto se llama hoy en día Templo de la Cruz, figura, esculpido en bajorrelieve, el símbolo cristiano de la Redención, con a su pie un niño orando. En Cozumel se veneraba una gran cruz de diez palmos de largo. Y podríamos citar muchos casos más. Entre otros, el que cuenta el cronista Zamora: según las tradiciones indígenas, Sua-Kon, también llamado Hukk-Kon, enviado por Kon Ticsi Huirakocha para civilizar los pueblos del Norte peruano, les enseñó a pintar cruces en sus mantos para vivir santificados en su dios.

     Sabemos, por supuesto, que la cruz es anterior al cristianismo y que, en las civilizaciones paganas, simboliza a menudo los cuatro elementos, los cuatro puntos cardinales, y en forma de swástika, el Sol en movimiento. No es éste el caso, sin embargo, de cruces netamente cristianas como la llamada cruz de Malta, ya conocida por los escandinavos en la Edad Media, y es ella la que adorna buena parte de las representaciones de Quetzalcóatl. La encontramos igualmente en Tiahuanacu.

          Las "trinidades", como decía Garcilaso, que se encuentran en la América precolombina nos merecen menos fe que las cruces: Bochica, el dios Blanco de los muiscas, tenía un solo cuerpo y tres cabezas, y estatuillas de las mismas características fueron halladas en el Perú. Es muy probable, sin embargo, que no tengan ningún origen cristiano y representen meramente algunas de las tríadas conocidas, por ejemplo la del Relámpago, el Trueno y el Rayo.

     Concluyamos este inciso con una anécdota histórica bastante reveladora. Cuando, cerca del Cuzco, los soldados españoles penetraron por primera vez en el único templo dedicado a Huirakocha, llegaron a la capilla central y hallaron en ella, en lugar del oro que buscaban, la estatua de un anciano barbudo y erguido, que tenía en la mano una cadena atada al cuello de un animal fabuloso tendido a sus pies. No tuvieron vacilación alguna: era la venerada y bien conocida imagen de San Bartolomé. 


7. Mitos Nórdicos y Ritos Cristianos 

     Nuestros análisis del presente capítulo confirman y refuerzan considerablemente los datos que nos suministran las tradiciones indígenas. Quetzalcóatl, Itzamná y Huirakocha, personajes históricos, aparecen ahora como divinidades, más o menos confundidos con los dioses que habían traído consigo de Europa. En Mesoamérica, la dualidad que ya notamos entre el Quetzalcóatl guerrero (Kukulkán entre los mayas) y el Quetzalcóatl ascético (Itzamná) se precisa mediante la superposición de dos teologías difícilmente conciliables: una, panteísta, que se confunde, hasta en detalles insignificantes de su expresión mitológica, con el paganismo escandinavo; la otra, con su dogma de la Redención, que manifiesta un inconfundible espíritu cristiano. El origen de la primera es indudablemente germano: lo prueba el nombre de su Dios-Sol: Olin Tonatiuh, en el cual se unifican los dioses de la tríada nórdica: Odín, Thonar (Thor) y Tiu (Tyr). Lo que llama aquí la atención es que los dos últimos dioses mencionados figuran con sus nombres alemanes, y no escandinavos. Lo cual nos permite precisar, como veremos en el capítulo X, la procedencia danesa de Ullman y sus compañeros. 

     En el Perú, la teología nos aparece más unificada y más depurada: más cristiana, a pesar de su trasfondo panteísta, por privar en ella el dogma de la Encarnación. Kon-Ticsi-Huirakocha —el Rey-Dios Blanco— es dios y hombre a la vez: el dios eterno que se encarna para llevar a la Humanidad el orden y la paz. A la teología se agrega, como aporte cristiano, la práctica de sacramentos —bautismo, penitencia, comunión y matrimonio, entre los nahuas; confirmación, que incluye el bautismo y la penitencia, y el matrimonio, entre los mayas; comunión en el Imperio incaico—, dos de los cuales —la penitencia y la comunión— se encuentran exclusivamente en el ritual cristiano. No olvidemos las fiestas religiosas, en especial la del Intip Raymi que, con su ceremonia del Fuego Nuevo, se celebraba, como sigue haciéndose para las Pascuas cristianas actuales, cerca del solsticio de invierno austral y no en el de verano, como sería lógico. Contrasentido éste que sólo puede explicar un cambio de hemisferio sin modificación de la fecha anteriormente establecida conforme a las estaciones europeas.

     Los relatos de la Conquista nos permiten identificar el origen de este aporte cristiano, por lo menos en cuanto a Mesoamérica: los papas, monjes irlandeses que, según las sagas escandinavas, se habían instalado en Huitramannalandia, muy cerca del Golfo de México, sabemos ahora que llegaron al Anáhuac, personificados por el Quetzalcóatl ascético, y al país maya, donde se los recordaba con el nombre de Itzamná. Ignoramos si el paganismo cristianizado del Perú incaico provino de la fusión de los grupos Blancos cuando la partida de Quetzalcóatl hacia Sudamérica, o de una evangelizacion posterior, ya en el Altiplano, de los atumuruna, cuyas nuevas creencias sólo habrían sobrevivido parcialmente al degüello o huída de la mayor parte de ellos después de su derrota de la Isla del Sol.–




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