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martes, 2 de abril de 2013

Jaume Farrerons - Sobre la Religión Germánica



     Hemos tomado del blog nacional-revolucionario.blogspot.com, que hemos encontrado altamente interesante por el peso de lo que allí expone su autor, el español señor Jaume Farrerons, un par de artículos que, aunque publicados con una diferencia de dos años (8 de Enero de 2009 y 1° de Enero de 2011), tienen el mismo título. Los hemos reunido y editado como uno solo. Su alcance es formalmente filosófico, pero es de interés general, sin duda.
                                                                                                           


La Religión Germánica y el Ocaso de los Dioses
por Jaume Farrerons




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     «Los crímenes contra la Humanidad los cometieron los alemanes. Los crímenes por la Humanidad los cometieron contra los alemanes. Esa es toda la diferencia» (Carl Schmitt, Glossarium).


     ¿Es el tema heideggeriano de la muerte una mera construcción filosófica?. Vamos a abordar la cuestión por un lado quizá inesperado, de manera que la problemática resulte accesible a quienes niegan toda autoridad a la Filosofía o, lo que es lo mismo, son unos "negados" para ella.

     En la obra "Historia de las Ideologías. De los Faraones a Mao", de François Châtelet y Gérard Mairet (coord.) se intenta explicar las características específicas de la filosofía alemana a partir de los signos inconfundibles anticipados por la religión germánica, que los autores califican de "pesimista": «Después, más allá de la Edad Media clásica, más romano o galo-romano que germano, por su motor francés que iguala, cierto es, el decisivo impacto vikingo, debía llegar la hora de las grandes huellas ideológicas germánicas sobre Europa: protestantismo, filosofía de Kant o Nietzsche. ¿Es muy difícil descubrir sus raíces, en lo que acabamos de ver de los conceptos antiguos de esos hombres del Norte?» (p. 118). Veremos que la cosa va mucho más allá del mero pesimismo entendido en un sentido psicológico vulgar.

     Es cierto, por otro lado, que en sus formas iniciales ninguna de las religiones originarias baraja la carta de la inmortalidad, sino exclusivamente la del infierno como representación poética del dolor absoluto de perecer. La forma "primitiva" de eternizar la muerte será así afirmar la finitud precisamente como sentido único de lo imperecedero, pero los pueblos primigenios no expresan esta idea de que precisamente "la muerte no muere" o "el pasar mismo no pasa" mediante conceptos filosóficos abstractos, verbi gratia la "nada" como lo opuesto al "ser", sino que representan pictóricamente la experiencia subjetiva del morir en cuanto tormento. El "infierno" así concebido ―ajeno a toda expiación punitiva de una culpa por actos pecaminosos― se detecta, por poner tres ejemplos, en las religiones griega (Hades), judía (Sheol) y germánica (Hel).

     Por el contrario, la aparición de la primera noción hedonista de inmortalidad hay que buscarla en Egipto en relación con las preocupaciones personales del faraón y ligada a las necesidades psicológicas de un individuo autoerigido en dios y proto-forma despótica del futuro Yahvé del Libro de Josué. Desde África se extiende así la fe transmundana al Asia Occidental y quizá a la India, adoptando formas diversas (supervivencia, reencarnación, resurrección) que conviene no confundir.

     Considero un error garrafal de interpretación propio de escolares identificar la religión originaria de los pueblos indoeuropeos con el vedismo ario de la India. En este sentido, hay que subrrayar que la época de expansión de los pueblos indoeuropeos o indogermánicos comienza en el neolítico, es decir, alrededor del año 5.000 a.C., mientras que la ocupación aria de la India que diera lugar al famoso régimen de castas (hacia 1.500 a.C.) es un episodio muy posterior a dichas migraciones e incluso al nacimiento de la cultura egipcia (año 3.000 a.C.). Tanto los hindúes como los persas en cuanto pueblos arios o indoeuropeos mantuvieron estrechos contactos con las civilizaciones nilótica (camita), índica (dravídica) y mesopotámica (sumeria) y, por lo tanto, sus creencias religiosas originarias se vieron modificadas en la dirección inmortalista predominante trazada muy tempranamente por la realeza de Egipto. Otro tanto cabe decir de los judíos, aunque ya veremos que en su caso las características del bagaje cultural hebreo anticipaban cuál iba a ser inevitablemente su evolución posterior hacia la idea específicamente judía de la inmortalidad, a saber, la resurreción de la carne (frente a la creencia ario-védica en la reencarnación o la supervivencia platónica del alma, oriunda del orfismo y más próxima al concepto egipcio original de inmortalidad).

     Se nos ha objetado que entre los germanos encontramos el Walhalla, estancia celeste humana del Asgard o morada de los dioses, pero ésta es una imagen muy tardía, nada menos que del siglo X d.C. y de clara ascendencia cristianomorfa. Otro tanto puede afirmarse de la idea de una Edad de Oro o resurgimiento y triunfo del bien sobre el mal posterior al Ragnarök, la catástrofe final en la que se cifraba la cosmogonía germánica: el veneno profético yahvista ―la esperanza, esa peste que, más allá del tópico, viene efectivamente de Oriente― ya se estaba abriendo paso en la sangre de los guerreros.

     Mas incluso cuando conciben un paraíso, para los germanos poco tiene éste que ver con los campos floridos del imaginario africano: el Walhalla es el lugar donde los héroes siguen luchando eternamente, de suerte que incluso en el seno de la dualidad platónica el lugar transmundano preserva los contenidos agónicos y, por ende, el sentido metafísico del dolor que constituye el meollo de la noción heroica del Hel.

     Por tanto, es preciso distinguir, en la religión germánica, los elementos puros u originarios y los advenedizos católico-romanos, de carácter cultural semita, es decir, totalmente opuestos en cuanto al significado y al valor ético.

     En efecto, la religión germánica original permite identificar, a mi juicio, las creencias religiosas y existenciales de los pueblos indoeuropeos anteriores a sus contactos con las culturas meridionales y orientales, semitas o no. El motivo es la ubicación de los germanos: son los indoeuropeos situados históricamente en la más aislada y extrema esquina noroccidental de su área de distribución geográfica. Cierto que los celtas se asentaron al Oeste de los germanos, pero su orientación sureña los puso en relación con los pueblos preindoeuropeos de la cuenca mediterránea, lo que es tanto como decir: con Egipto, epicentro de la plaga inmortalista. De ahí que entre los celtas se reconozca de forma inmediata una creencia en la inmortalidad que prolonga la concepción nilótica de un paraíso de prados verdes y placeres naturales allende la muerte, por no hablar del poder de la casta sacerdotal, totalmente atípico entre los arios excepto en el caso hindú, tan contaminado en este sentido como el celta o el persa.

     Se nos ha objetado también que la idea de la Nada sería precisamente de procedencia materialista judía y que lo propio de los pueblos indoeuropeos es la "espiritualidad" y, por lo tanto, la creencia en la inmortalidad del alma de tipo platónico o cíclico (reencarnación). A mi juicio, esa presunta espiritualidad ontológica (el alma) no es más que materialismo ético, mientras que toda forma de eticidad implica necesariamente la finitud como condición sine qua non del acto heroico. Un ser omnipotente e infinito o eterno no puede actuar éticamente porque carece del requisito fundamental a tal efecto, a saber, la posibilidad misma del autosacrificio.


Judíos y germanos

     Volvamos, pues, al principio. Todas las religiones, en sus orígenes, ya lo hemos visto, muestran un "infierno" y no, en cambio, un "cielo". Para los judíos ese infierno era el Sheol, equivalente funcional del Hel germánico. No se trata, por tanto, de una cuestión racial. Ahora bien, los judíos evolucionan motu proprio hacia la idea de inmortalidad en forma de resurrección de la carne, mientras que para los germanos ese tipo de creencias hedonistas es totalmente exógeno. Por tanto, considero inaceptable la pretensión de que el elemento definitorio de la fe judía sea algo así como la afirmación de la Nada. Sostengo que se trata exactamente de todo lo contrario.

     Incluso en la idea del Sheol y del Hel existen diferencias fundamentales entre los judíos y los germanos. Los judíos no pueden concebir la noción ética de la Nada justamente porque creen en un Dios único, Yahvé, y dicha fe excluye la noción misma del no-ser. La Nada nadea, como diría Heidegger. La idea de un ente absoluto no se compadece con la experiencia de la Nada, que es menester no amalgamar con la de "vacío"; no puede hablarse de "nada" en tales términos porque Dios ―un ser personal, no lo olvidemos― se ha concebido como omnipotente y susceptible de hacer y deshacer literalmente a su antojo, vulnerando incluso la irreversibilidad del tiempo que define la esencia de lo trágico. Así que George Steiner puede pretender semejante despropósito, pero yo por mi parte me niego a razonar al compás de criterios de autoridad y prefiero ir a la evidencia de la cosa misma: no hubo nunca "auténtica" Nada entre los judíos y, claro, el postulado cultural de un ser eterno y único ―Yahvé― tenía que conducir a algún tipo de inmortalismo entre los súbditos de tal tirano celestial. El de los judíos, peculiar suyo, y a diferencia del platonismo (ontológicamente idealista, éticamente materialista) es tout court [en suma] materialista tanto en el sentido ético cuanto en el perfil ontológico: resurrección de la carne y reino de Dios felicitario.

     ¿Qué pasa, por el contrario, entre los germanos?. Para ellos, y esto es extraordinario, también los dioses son finitos. Así, se habla del destino u ocaso de los dioses, y éstos perecen: "Un profundo sentimiento de pesimismo resalta en el hecho de que los germanos no creyeron en la eternidad de los dioses, sino que previeron su aniquilación y la del mundo" (op. cit., pág. 116). El final de la Historia se concibe así como una catástrofe ígnea que destruye el universo en su totalidad. Es el triunfo de la muerte y, por cierto, la única doctrina religiosa que cabe aproximar a la ciencia y la filosofía. En definitiva, con rango superior a la divinidad percibían los germanos la nada, ésta sí, y a diferencia de los hebreos, absoluta. Ningún déspota ―divino o terrestre― podía reclamar para sí el poder sin límites a base de prometer la salvación a masas o individuos hedonistas angustiados por su extinción personal. El auténtico dios de los germanos es la muerte misma.

     En otro lugar nos ocuparemos del significado ético y político de esta creencia, de su relación con los valores heroicos y de su función democrática (como igualitarismo y profundo respeto por la mujer característicos de la sociedad germánica). Baste añadir un dato que ha pasado inadvertido hasta ahora y que confirma, todavía más si cabe, nuestro planteamiento. En efecto, ¿no habla Tácito en su archifamosa obra Germania de las distintas etnias germánicas y no distingue entre ellas a un pueblo que denomina precisamente los arios?. Véase cómo los describe: "los Arios, además de aventajarse en fuerzas a los pueblos que hemos nombrado poco ha, siendo feroces, ayudan su fiereza natural con el arte y con el tiempo. Traen los escudos negros y los cuerpos teñidos y escogen las noches más oscuras para las batallas; y con el mismo terror y figura de este ejército funeral causan espanto, no pudiendo ninguno de los enemigos sufrir aquella nueva vista y como infernal. Porque los ojos son los primeros que se vencen en las batallas" (Tácito, Germania, XLIII). La filosofía nace en Grecia en la época de la tragedia y culmina con Heidegger, cuya obra, cima del pensamiento occidental, recodifica conceptualmente los contenidos de la religión indoeuropea originaria, de carácter heroico, resguardada por los arios occidentales, no los orientales (hindúes). ¿Se trata de una mera casualidad, de un capricho de pensadores ociosos y de rasgos psicológicos "pesimistas", o nos encontramos, pura y simplemente, ante la verdad de la existencia, como quiere el pensador alemán de Messkirsch [Heidegger]?.


2

     "Es posible mencionar muchos otros factores que influyeron en la creación del universo social del hombre clásico. Así, por ejemplo, Fustel de Coulanges, en un estudio notable, demostró la importancia de las antiguas religiones arias en el desarrollo de las instituciones democráticas y en los hábitos de raciocinio que florecieron en las ciudades-Estados" (Salvador Giner, Historia del Pensamiento Social, Barcelona, Ariel, 1984, p. 27).


     Podemos hablar de una cosmovisión semítico-africana y de una cosmovisión indoeuropea que dan vida a sistemas filosóficos y a sensibilidades políticas opuestas.

     No se trata de una cuestión racial, porque "indoeuropeos" y "semitas" son etiquetas que distiguen familias de lenguas y culturas. Éstas quizá pudieran proceder de un antepasado étnico definido, pero lo que es seguro es que, a medida que se expandían, fueron difuminando su identidad biológica. En general, puede afirmarse empero que existe un vínculo de lo indoeuropeo con el tipo antropológico caucasiano. Harina de otro costal es convertir ese vínculo en una "relación de causalidad" entre el código genético y los valores, ideas e instituciones de la civilización occidental. En cualquier caso, conviene subrrayar que un mecanicismo biológico tal anularía el concepto mismo de libertad, valor irrenunciable de la cosmovisión aria.

     Respecto de la religión germánica como expresión depurada de la axiología característica de las culturas indoeuropeas, que es lo que nos interesa en este post:

     La religión de los germanos, cuya base documental nos ha sido transmitida por fuentes escandinavas ―fundamentalmente islandesas― redactadas en torno al año 1000 d.C., representa un legado mitológico de gran interés. Domina en ella una visión trágica del mundo, que se manifiesta en la omnipresencia del conflicto y en la sobredeterminación del destino. Este último orienta la mitología de los hombres del Norte y cobra una importancia tal vez mayor que en ninguna otra cosmovisión religiosa. Educado para la guerra, consagrado a ella, el germano se sabe convocado a una batalla final cuyo signo es conocido de antemano. El motivo del Ragnarök ―el destino de los dioses― dota a la religiosidad germánica de un tinte destinal y de una coherencia trágica que se sobreponen a la voluntad y al mérito. Apenas hay lugar en ella para una soteriología éticamente orientada. La escatología, ya se exprese en forma épica ya en forma apocalíptica, hunde sus raíces en una metafísica destinal ajena a cualquier doctrina de salvación [Lanceros, P., "El Destino de los Dioses. Interpretación de la Mitología Nórdica", Madrid, Trotta, 2001, p.17].

     Sin duda, estas evidencias eran harto conocidas por Heidegger y fueron determinantes a la hora de concebir el retorno de Alemania a "lo propio" como una operación histórico-política que trascendía la cristianización del país. Por otra parte, según Patxi Lanceros:

     Las cosmovisiones o culturas escenifican diferentes articulaciones de sentido que componen la leyenda humana: leyenda (en el sentido de rastro legible, de huella interpretable) que es preciso conocer no por mera curiosidad etnográfica o por impulso de coleccionista, que acumula, registra y cataloga vestigios del remoto pasado sin aparente interés. No. La leyenda humana muestra las imágenes de sentido que, a modo de fundamento simbólico, hacen posible los diferentes modos de existencia colectiva: de relación interhumana, de relación con el mundo físico y con el transfondo meta-físico [op. cit., p.13].

     Ahora bien, no parece descabellado establecer una relación entre los valores y el transfondo metafísico de la religión germánica originaria (que conviene abstraer de sus versiones "contaminadas" por la aculturación cristiana y semítica), y la filosofía alemana en general y heideggeriana en particular, como ya hemos señalado [Châtelet, F. y Mairet, G. (Eds.), "Historia de las Ideologías. De los Faraones a Mao", Madrid, 1989, pp. 116 y 118].

     Los germanos no buscan un mundo feliz y tampoco un culpable de que el mundo sea infeliz, enemigo diabólico al que habrá que exterminar para realizar el paraíso. Por tanto, sus relaciones con el enemigo son muy distintas que las de quienes plantean idearios utópicos. Siendo la utopía algo inminente que pondrá fin a todos los conflictos y males, quienes se opongan al progreso o al reino de Dios han de ser privados de su humanidad (diabolizados) y cualesquiera medios que se utilicen en la lucha escatológica son válidos. Por ese motivo, podemos afirmar que la diabolización de los judíos por parte de los nacionalsocialistas no es germánica, sino cristiana y, en última instancia, de procedencia hebrea. Para poder entender la profunda incompatibilidad de sentido entre las cosmovisiones indoeuropea y semítica, conviene observar las alteraciones que supone la cristianización en el relato de las antiguas sagas populares de los pueblos nórdicos:
                                                        
     El pueblo germano, que había comenzado sus desplazamientos migratorios en el siglo II, vivía la existencia terrenal como una vida plagada de inseguridades, en la que todo aquello que ocurre a los demás se siente también como algo propio, en la que el ser humano está inexorablemente expuesto a un destino contra el que no es posible luchar, un destino sin piedad, sin compasión, una vida en la que el individuo se siente constantemente conmovido y atemorizado por la muerte. Ahora, el cristianismo se presenta como la única vía para encontrar protección después de la muerte, confirmando la existencia en el más allá y conmoviendo su alma con ello [Hernández, I. y Maldonado, M., "Literatura Alemana", Madrid, Alianza, 2003, p.13].

     El "progreso" consistirá aquí en el paso de una creencia perfectamente compatible con la ciencia, a una fe que satisface los deseos del interesado pero que traiciona el sentido más profundo de la experiencia vital originaria, inicialmente sacralizada por los germanos:

     La idea de que seguimos viviendo en nuestros hijos y en quienes nos recuerdan con amor no debe parecernos exótica, pues seguimos compartiéndola. El cristianismo, sin embargo, introdujo un elemento nuevo, la idea de eternidad, que es radicalmente contraintuitiva, frente a la naturalidad de las creencias germánicas: por muchos hijos, nietos y biznietos que tengamos, por mucho que nos recuerde la gente, necesariamente llegará el momento en que habremos desaparecido por completo. Para los germanos, la fama y el recuerdo terminaban definitivamente, como todo (incluso los dioses), y no había lugar para una idea de eternidad que incluso ahora resulta imposible de entender cabalmente [Bernárdez, E., Los Mitos Germánicos, Madrid, Alianza, 2002, pp. 88-89].

     El final "feliz", tan común en las producciones cinematográficas actuales de Hollywood, se impone obligatoriamente con el cristianismo. Así, modifica incluso el significado primitivo del Hildebrandslied [Cantar de Hildebrando]:

 (...) el padre reconoce que en contra de su voluntad se ha convertido en el asesino de su hijo. Una versión cristiana posterior del Cantar más joven de Hildebrand daba a la lucha un final conciliador. En el Cantar de Hildebrand primigenio la creencia en un destino incomprensible, del que el individuo no puede escapar, determinaba la acción [Roetzer, H. G. y Siguan, M., Historia de la Literatura Alemana, I, Barcelona, Ariel, 1990, p.18].

     La primitiva religión de los judíos tampoco aceptaba la inmortalidad. El caso germano es, sin embargo, relevante incluso en el contexto general mortalista de los pueblos originarios porque hace extensiva la mortalidad a los propios dioses. Y si es cierto que la mortalidad de los dioses también se detecta en otras creencias tribales, el lugar central del "heroísmo catastrófico", el Ragnarök, en el centro de la mitología germánica, constituye un hecho único. Los griegos, por su parte, aceptan la mortalidad humana y la inmortalidad de los dioses. En principio, la idea de la inmortalidad se difunde a partir de la divinización nilótica del rey, que se hace extensiva de forma paulatina al resto del pueblo egipcio y, quizá, también a los judíos que residen en el Nilo como esclavos del faraón. La primera noticia histórica sobre la inmortalidad se remonta al tercer milenio:

     (...) en todo ello persiste la categoría de excepción de la cual Egipto es el ejemplo más conocido. Ya en tiempos de la 6ª dinastía, más o menos en el año 2300 a.C., una inscripción en la tumba de Herkhuf aclara que la condición de cada uno después de la muerte depende de su conducta en la vida: "di pan a los hambrientos y ropa a los desnudos, llevé en mi barco a quien no tenía el suyo... Nunca dije nada malo a un poderoso, ni nada en contra de nadie; siempre deseé que me fuese bien en presencia del Gran Dios". Aproximadamente en esta época, los egipcios perfeccionaron notablemente el arte de la momificación [Bowker, J., Los Significados de la Muerte, Cambridge, Cambridge University Press, 1996, p.53].

     Posteriormente, con el cristianismo, esta fe originariamente africana se extiende por Europa occidental aprovechando como "playas de desembarco" las sinagogas dispersas por el Mediterráneo. Puede documentarse, no obstante, que el inmortalismo había penetrado ya antes en el continente europeo, directamente desde Egipto, a través de movimientos religiosos como el orfismo, que inspiró, a través del pitagorismo, los fundamentos metafísicos de la filosofía de Platón. El perfecto encaje entre platonismo y cristianismo, que Nietzsche denunciara con vehemencia, supone la lenta impregnación de la cultura griega por valores que originalmente, como rama étnica indoeuropea emparentada con los germanos desde el punto de vista lingüístico-cosmovisional, le eran totalmente extraños. Finalmente, la secularización del cristianismo nutre el progresismo, en todas sus versiones (liberal, comunista, anarquista y socialdemócrata), con la idea soteriológica de una consumación "utópica" de la Historia. Es decir, afecta al sentido mismo de la existencia humana con la mediación de una concepción del tiempo preñada de consecuencias políticas. De estas fuentes dudosamente racionales bebe, empero, la denuncia de "cosmovisionalidad", es decir, de irracionalidad, imputada por la Escuela de Frankfurt a la filosofía de Heidegger, la cual Habermas llega a caracterizar como "neopagana". En definitiva, con la pregunta por los orígenes de la cosmovisión proyectamos hasta su extremo cronológico la cuestión óntica de que aparece transida aquélla, pero sin pretender fundamentarla ―no es éste el lugar adecuado― en términos historiográficos positivos. En el interior de la tradición filosófica, dicha dicotomía se corresponde con aquella otra que opone desde hace siglos Platón a Heráclito y el "ser" al "devenir".

     Mucho más actuales pero sin trascender quizá, en el fondo, la radicalidad del inicio, son los oscuros affaires pendientes que ya han sido puestos sobre el tapete por Habermas en obras como "Israel o Atenas" (2001), en dolorosas polémicas "culturales" que se remontan a la dicotomía hebraísmo-germanismo de los judíos asimilados, al planteo por Hermann Cohen de una "síntesis" judeo-alemana y a lo dicho en Die Religion der Vernunft aus den Quellen des Judentums (1919), un libro del neokantiano marburgués [Cohen] en el que Heidegger viera el resumen de todo aquello a lo que debía oponerse por motivos que ―intentaremos demostrarlo― van más allá de un vulgar antisemitismo; razones legítimas que tenemos el deber de escuchar a pesar de los espantajos políticos.

     Nuestra meta: definir, frente al judeo-cristianismo, qué significa ser europeo. La recuperación de las raíces de Europa es compatible con la ciencia, de procedencia griega, pero no con el monoteísmo. La religión oriental nos ha conducido a la ruina, cuya expresión secularizada es la actual sociedad de consumo. Hemos excavado en lo más profundo de nuestra tradición y allí no hemos encontrado a Cristo, sino el "ser-para-la-muerte" de Heidegger, condensación filosófica del germanismo.-




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