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miércoles, 3 de abril de 2013

Jaume Farrerons - ¿Qué Significa Negar el Holocausto?



     Hemos creído conveniente traer ahora este otro lúcido artículo de hace dos años desde el blog del filósofo y político español señor Jaume Farrerons (nacional-revolucionario.blogspot.com), quien nos esclarece en torno a una temática que se ha planteado como exclusivista y al parecer diseñada por unos pocos para nada más que ocultar sus más horrendos crímenes, y a la vez para sacralizar a una casta sacerdotal que espera reinar sobre un mundo de mestizos raciales y culturales, una masa esclava amorfa adiestrada y condicionada para reaccionar en contra de lo que se le ha enseñado. Esta filosofía antropológica y social nos parece muy apta para tomar conciencia del entramado en que nos van envolviendo.


¿Qué Significa Negar el Holocausto?
La Oligarquía Sionista Mundial y el Dogma de Nuestro Tiempo
por Jaume Farrerons
28 de Abril de 2011




     Aquellos que odien con toda su alma dicho criminal dispositivo racista de opresión mundial y aspiren a destruírlo, tienen que "negar" el "Holocausto": no hay otro camino para avanzar hacia una auténtica democracia, allí donde todas las víctimas sean, por fin, iguales.


     Supuesto de la presente entrada es la tesis de Norman G. Finkelstein, a saber: lo que se llama "el Holocausto" (con mayúsculas) "es una representación ideológica del holocausto nazi". Y añade el autor: "Como la mayoría de las ideologías, posee cierta relación con la realidad, aunque sea tenue" (Finkelstein, Norman G., La Industria del Holocausto, Madrid, Siglo XXI, 2002, p.7). Finkelstein ha puesto el dedo en la llaga.

     Vivimos en una sociedad que lo ha pisoteado todo, que permite, e incita incluso, la negación de las normas éticas, las creencias más sagradas, las ofensas étnicas, profesionales, religiosas, etc. Cualquier idea, fe, principio o cosa (el honor de las personas está protegido por la ley... si esas personas tienen dinero suficiente para la minuta del abogado) puede ser criticada (libertad de pensamiento), pero también ridiculizada (libertad de expresión). El relativismo moral, el "desenfado" de la cultura lúdica, el rechazo de que exista alguna verdad, en fin: éste es nuestro mundo, llamado liberal.

     Las consecuencias no se detienen aquí: el desarrollo canceroso de los cuerpos legislativos represivos, el aumento exponencial de la población penitenciaria que generan las sociedades liberales, son fenómenos colaterales que proliferan alrededor de este fenómeno de descomposición axiológica. Pues al demoler los controles normativos internos, autónomos, de la persona, en aras de una abierta cultura de la transgresión donde vulnerar las reglas por sí mismas (en tanto que reglas) tiene un valor estético, la sociedad sólo puede sostenerse ya a base de controles normativos externos. La vigilancia policial y la amenaza penal crecen al mismo ritmo que la "diversión" y el expansionismo irrestricto de las pulsiones instintivas. Y cuanta más "libertad", tanto más aparato coactivo.


El Holocausto como ideología del sistema liberal-oligárquico

     Pero hay algo, incluso en las sociedades liberales, que no puede ser menospreciado, criticado, ni negado: Auschwitz. ¿Por qué?. En primer lugar, porque es falso que el sistema, en última instancia, sea "liberal" según lo que él mismo define como tal. El liberalismo es sólo la máquina propagandística con que el capitalismo-sionismo machaca las culturas, las creencias e identidades nacionales de todos los pueblos del mundo, mientras "Israel" preserva celosamente la suya propia. Las motivaciones económicas de la globalización y del mercado mundial no deben hacernos olvidar sus motivaciones puramente ideológicas: fomentar el multiculturalismo, el mestizaje, etc. Y tras esta agenda hay otra, el programa bíblico del Eretz Israel. Éste es el "racismo institucional": la agenda de la mezcla racial al servicio de un supremacismo étnico de extrema derecha.

     ¡La verdadera faz del "progresismo" debería inspirar pavor!.

     La persistencia incorregible del liberalismo después de que sus efectos disolventes sean patentes, incluso para los ciudadanos menos prevenidos en su contra, sólo tiene una explicación: la destrucción del tejido social es querida y beneficia a alguien. ¿A quién? Por supuesto, a la oligarquía. Y es esa misma oligarquía la que instaura el único dogma existente: el Holocausto. Éste no puede ser transgredido, y quien osa hacerlo no es un "rebelde", siempre bien visto y hasta subvencionado en el marco del consumo o la "cultura", sino un "fascista", un "no-hombre".

     Bien es cierto que la compulsión a la transgresión alimenta así, de paso, la existencia de "fascistas" reales que reproducen de forma mimética, para sentirse "malos" e inspirar miedo, el modelo del nazi de Hollywood. Algo frecuente entre adolescentes. Reviven el anti-fascismo con las inevitables agresiones, artículos de prensa sobre ataques de skins, etc. Pero esta función latente u oculta del transgresivismo también estaba prevista y redunda, en última instancia, en beneficio del imaginario vigente. Los "fascistas" callejeros son producto del sistema, que con ellos se complace en una suerte de profecía autocumplida de utilidad periodística y propagandística impagable.

     Por ello puede afirmarse, sin incurrir en ninguna teoría de la conspiración: la oligarquía occidental es esencialmente sionista. Que la única creencia "sagrada" de la sociedad liberal ―cuyas instituciones se disuelven a marchas forzadas en la confusión relativista― sea la narración del Holocausto, y que ésta resulte protegida incluso penalmente, equivale a una demostración en toda regla de la hegemonía ideológica sionista que no requiere de más comentarios.


La contradicción entre liberalismo y sionismo (=racismo)

     El sistema oligárquico (articulado por poderes financieros y sectas bíblicas delirantes, como el Chabad) se pretende liberal y no puede, supuestamente, institucionalizar ideología alguna como doctrina de Estado. Sin embargo, lo ha hecho, circunstancia que genera una chirriante contradicción entre los postulados jurídicos de libertad de expresión, opinión y pensamiento, por un lado, y las actuaciones concretas de la policía, las fiscalías y los tribunales contra los opositores "fascistas", por otro. Un ejemplo bien reciente de este fenómeno es la absolución de los responsables de la librería Kalki, Ediciones Nueva República y Centro de Estudios Indoeuropeos (CEI), perseguidos durante ocho años por sus ideas, y a los que el Tribunal Supremo español ha tenido que exonerar en última instancia a pesar de la irritación del fiscal y la rabia de las acusaciones particulares.

     Pero no nos hagamos ilusiones: el simple procesamiento es ya un castigo; la mera intimidación generada por unos tipos penales en blanco cuya interpretación depende del tribunal de turno ―en este caso una tercera instancia de casación―, la ruina económica, los problemas de salud, profesionales y familiares, son ya un atentado a las presuntas libertades democráticas... Y esto significa que el sistema oligárquico, formalmente liberal, ostenta una ideología, de la cual depende su legitimidad. En suma, que sólo es liberal en apariencia, como, no obstante, ha ocurrido siempre con el liberalismo, desde sus orígenes: se trata de un fraude burgués que tiende a disimular los poderes oligárquicos reales que imperan en las sociedades capitalistas. Tópico marxista que, pese a todos los errores del marxismo, sigue vigente en la actualidad.

     En consecuencia, si se demostrara la falsedad de los supuestos hechos históricos en que se sustenta dicha narración dogmática, el sistema liberal-oligárquico se derrumbaría. Sus instituciones educativas, científicas, culturales, periodísticas, políticas y hasta judiciales, quedarían literalmente desacreditadas. Es por este motivo que existen unas leyes penales que lesionan, quiéranlo o no, la libertad de los ciudadanos. El costo simbólico que implican y que el sistema está dispuesto a pagar, pone de manifiesto que con ellas intenta proteger un elemento vulnerable a la vez que imprescindible para ese sistema de dominación pública transnacional que emerge en Occidente después de 1945.

     Recordemos que dichas normas represivas aparecen sólo en un momento de la historia reciente de Europa muy posterior a la posguerra, a saber, cuando los movimientos revisionistas empiezan a dañar el mito narrativo anti-fascista, y no antes. Son una reacción anti-liberal desesperada que pone en evidencia la fragilidad de uno de los pilares del sistema oligárquico. Por este motivo, cabe afirmar que la oligarquía puede ser derrotada y que la estrategia revisionista resultaría, grosso modo aunque con los debidos ajustes, correcta, porque no requiere de grandes medios económicos (impedimento material), ni derramamiento de sangre (impedimento moral), para perjudicar políticamente a los mayores criminales de la Historia. La crítica historiográfica y filosófica es, a todos los efectos, una manera de proceder completamente "limpia", porque sólo compromete la inteligencia, la voluntad y el coraje cívico de unos disidentes que deben aceptar la posibilidad de sufrir represalias de todo tipo, pero que a su vez, si se mantienen fieles a la verdad, dependen exclusivamente de sí mismos. Por otro lado, dichos disidentes no vulneran en ningún momento los preceptos que el propio liberalismo dice defender. Aunque no se sientan liberales, por razones obvias, los disidentes deben empuñar el liberalismo como arma contra el sionismo, sin que ello comporte confundir liberalismo y democracia, como hacen algunos.

     Con ello ya queda dicho que la única forma de atacar al poder oligárquico es usar la gigantesca masa inercial de los derechos humanos para abalanzarla contra el racismo, el irracionalismo, el obscurantismo y el reaccionarismo de la extrema derecha judía. No se puede combatir a la oligarquía sionista desde el fascismo. La lucha está perdida de antemano. Pero la defensa de algunos de los principios liberales no nos obliga a aceptar todo el lote. La disidencia no nos obliga a renunciar a la democracia; no nos obliga a emplear la verdad como una mera táctica. Democracia y verdad son, en Europa, anteriores al liberalismo, proceden de nuestra herencia griega e indoeuropea. El liberalismo oligárquico está afectado por su vinculación con la oligarquía, el sionismo y el capitalismo, por ejemplo por lo que respecta a sus compromisos éticos hedonistas y eudemonistas, entre otros. Podemos desprendernos de él sin lástima. La exigencia de la verdad forma parte del liberalismo sólo en tanto que éste se quiere ilustrado y fomenta la ciencia que necesita para el "crecimiento económico", no obstante lo cual el liberalismo nunca ha asumido la verdad como valor supremo.

     A pesar de que las sociedades tecnológicas deben sus avances a los imperativos éticos de racionalidad y objetividad científica, éstos se ponen al servicio de una "tecnociencia" y, por ende, de un mercado capitalista cuyo canon antropológico es el del "consumidor feliz" (e idiotizado). La ciencia ha de permanecer sometida a las necesidades de la empresa que la financia, pero tambíén de la religión, siendo así que la exigencia de felicidad inherente al sistema económico coloca las creencias ansiolíticas de una vida eterna más allá de la muerte u otras funcionalmente análogas por encima de la verdad racional. La biología, la física, las matemáticas, etcétera, en cuanto disciplinas académicas, nada tienen que decir sobre Dios. Dichas creencias religiosas no pueden ostentar, ciertamente, un estatus de validez capaz de poner límites al mercado (excepto en el caso, único, del delirio bíblico sionista), pero entran en la vida privada como productos o servicios "espirituales" con el mismo rango que la gastronomía o los servicios sexuales de un prostíbulo. Todo contribuye al bienestar, y el mercado nos quiere "optimistas" en la "búsqueda de la felicidad" (=consumo compulsivo). Dios se usa, al igual que una puta. Pero, en todo caso, en las sociedades liberales la verdad queda, por lo que respecta al rango social, por debajo incluso de dichos "servicios" y bienes de consumo.


Más allá de la verdad científica racional

     La finalidad de la legislación anti-negacionista es poner a salvo el único dogma del sistema, a saber, la religión cívica mundial del judío-víctima, que ocupa el lugar de Cristo en el centro de las creencias o conceptos-límite intangibles ―como la prioridad del mercado― que han de trascender todo cuestionamiento, situándose más allá de la ciencia, de la verdad, de la racionalidad y de la crítica. ¡Ésta ―la subordinación de la razón a los "sentimientos"― y no el "yo puro", es la definición misma del sistema!. El anti-fascismo y la narración del "Holocausto" generan una solución de continuidad simbólica, en el tejido social, entre el relativismo ético de la sociedad de consumo y el dogmatismo litúrgico de la religión judía oligárquica como tal. La fe en el "Holocausto" es el camino de una universalización del judaísmo que ha de preservar la superioridad y separación de la raza sacerdotal sagrada en medio de una masa mundial de mestizos sin identidad nacional, de cretinos pasivos e idiotas que sólo se enciendan, como resortes, contra "los nazis" ("malditos bastardos"). Con la universalización del "Holocausto" ingresamos poco a poco en un mundo hebreocéntrico del cual colgamos como apéndices, puesto que nosotros los gentiles no somos ni podemos ser judíos (la religión judía no es proselitista, sino exclusionista) aunque queramos. La subordinación de la ciencia a los intereses del mercado, es decir, del sistema capitalista, y la institucionalización legal del anti-fascismo con la normativa penal, son la cara material y espiritual de la misma negación de la verdad en que se basa el poder de la oligarquía financiera filosionista.

     El sionismo (el anti-facismo y la narración del "Holocausto"), en primer lugar; las exigencias y necesidades del mercado (con el Estado como mero gestor), en segundo lugar; la (tecno)ciencia en tanto que instrumento del mercado y del poder oligárquico, en tercer lugar. Tal es el orden jerárquico de las instituciones en la sociedad liberal-oligárquica sionista mundial.

     La oligarquía no puede, por tanto, tolerar que la verdad se instituya como un límite frente a su poder. Esto significa la palabra Yahvé (véanse mis entradas relativas a las pruebas sobre la inexistencia de Dios). El sometimiento de la ciencia resulta fácil, puesto que las ciencias exactas o físicas, las más útiles desde el punto de vista económico, son especialidades, y como tales, ninguna de ellas abarca el conjunto, la totalidad de sentido existencial en que opera la función ideológica. Tales ciencias están indefensas intelectualmente ante el capitalismo, a menos que una "teoría de la sociedad" con valor normativo, una antropología filosófica o una filosofía crítica se adhiera a ellas. Pero ya es tarde para la filosofía institucional, desarticulada desde dentro por los propios filósofos académicos. De la teoría crítica ya han dado buena cuenta asimismo, anticipándose a este posible peligro, los doctrinarios del sistema (por ejemplo, la Escuela de Frankfurt). Otra cosa es la filosofía no institucionalizada, independiente, una de las últimas trincheras de la resistencia anti-oligárquica. Otra cosa podrían ser también las ciencias humanas como la historiografía, que afecta directamente a los intereses oligárquicos en la medida en que puede cuestionar la narración del "Holocausto".

     Ahora bien, el sistema debe dejar claro, aunque de forma tácita, que esta materia no está sometida a criterios de objetividad, de manera que ciertas teorías o esquemas interpretativos quedan fuera del debate y amparados por ley. Por otra parte, los historiadores profesionales tienen que hacer "como si" ellos hubieran llegado a las mismas conclusiones que las impuestas por el Estado de manera razonada y libre, aunque esto no sea cierto. La academia debe decir que el negacionismo es falso porque no se corresponde con los hechos, no puede confesar jamás que el negacionismo [no] es falso porque de lo contrario el historiador va a la cárcel o, como poco, pierde su reputación y su puesto de trabajo como funcionario público. Existe una producción científica de utilidad económica basada en los imperativos de las empresas que sufragan los departamentos de investigación, y una producción científica (las ciencias humanas y sociales) de utilidad simbólica, basada en los imperativos de fundamentación de la ideología anti-fascista oficial. La selección de los temas, de los objetos, de las líneas de trabajo, viene marcada por unas directrices previas. La autocensura hace el resto. Quien se sale del camino es expulsado al submundo del ostracismo y la marginalidad profesional. Las ciencias humanas y sociales se han convertido así en tecnociencias de la propaganda con el mismo valor que el periodismo, y su decadencia universitaria es tan profunda, pese a las apariencias, como la de la filósofía de cátedra. Ésta es la ciencia, hoy. Y a esto se le llama liberalismo.

     Aclaremos ahora qué significa negar el "Holocausto" (con mayúsculas).


Consecuencias de negar el "Holocausto"

     Si la sociedad occidental tuviera conciencia de que la narración del "Holocausto" es falsa, el sistema oligárquico mundial se derrumbaría. Aquellos que odien con toda su alma dicho dispositivo criminal de opresión y aspiren a destruírlo, tienen que negar el "Holocausto", no hay otro camino para avanzar hacia la democracia.

     Pero negar el "Holocausto" no puede consistir en rechazar que existiera una persecución nazi de los judíos y que ésta generara millones de muertos en campos de concentración o fosas de la estepa rusa, como pretenden los revisionistas. La tarea de los revisionistas por lo que respecta a redimensionar los hechos, recortar el número de víctimas (que ya no pueden pasar, por lo que hoy sabemos, de 2 millones), desmontar el mito del plan de exterminio y de las cámaras de gas, etc., ha sido muy meritoria. El sistema ha quedado gravemente afectado, de ahí la legislación represiva. Pero ahora ha llegado el momento de reinterpretar la narración en su conjunto, no de analizar hechos aislados, por muy importantes que éstos sean, intentando llegar a un "cero" de criminalidad nazi que es francamente insostenible desde una actitud honesta.

     La legislación "contra el odio" no tiene como finalidad amparar a las víctimas del "Holocausto", sino, ante todo, ocultar el contexto histórico en que se produce el hecho ―exagerando, eso sí, sus dimensiones y características― de la persecución anti-judía. Pero el contexto histórico del "Holocausto" son los crímenes, mucho más graves e impunes, perpetrados por la oligarquía. Las leyes que prohíben banalizar el "Holocausto", aquello que pretenden en realidad es impedir la denuncia de los "genocidios olvidados". Las leyes anti-banalización vienen a fijar como norma la exigencia de banalizar ciertos (otros) genocidios; el mandato político antidemocrático, cuya transgresión es castigada penalmente, de no recordar los crímenes de masas de los vencedores, de minimizarlos, de justificarlos, de negarlos... La legislación liberal de derechos humanos es así lo mismo que la negación de los derechos humanos. La ley contra la apología del genocidio es lo mismo que la apología del genocidio (de los alemanes). Las leyes liberales contra el racismo son lo mismo que una institucionalización de un racismo ultraderechista judío. Estas legislaciones, en definitiva, parten del supuesto sionista de unas víctimas judías convertidas en víctimas de "primera clase" frente a otras víctimas de segunda clase, o incluso no-víctimas, que ni siquiera se merecen un juicio, que no pueden ser recordadas, equiparadas, comparadas, hermanadas con las víctimas de Auschwitz. Todo este fraude, que ya dura 60 años, es moral y políticamente gravísimo, nauseabundo, intolerable. En estos preceptos legales "anti-fascistas" aquello que se manifiesta, entre líneas, es el espantoso rostro exterminador de la oligarquía sionista que los palestinos sufren cada día, como único y verdadero pueblo universal actual, en su propia carne.

     En consecuencia, negar el "Holocausto" no puede consistir en afirmar simplemente que no existió, sino en denunciar los genocidios de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Se niega la narración, el marco de sentido, el "horizonte hermenéutico" (sionista) de fondo, no el factum. Sólo la evidencia y la conciencia pública de estos (otros) facta espantosos permitirá dar el "salto" exegético, a saber, la comprensión de por qué el "Holocausto" tuvo que ser exagerado: lo fue con el fin de ocultar los auténticos horrores del "humanismo" que la historia mítica de Auschwitz había de minimizar. Dado que los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad de los vencedores eran enormes para hurtarlos a la conciencia pública, el "Holocausto" había de adquirir unas dimensiones cósmicas, ubicarse más allá de la razón, resultar a la postre inexplicable, encarnar el "mal absoluto", etc. Así surgió el Holocausto, con mayúsculas. Antes que ofender a las víctimas de la persecución nazi, se trataría así de rescatarlas, siendo así que éstas devienen criminalmente instrumentalizadas para negar, ofender, banalizar a otras víctimas del mismo delito en cuanto tales. Un niño judío fallecido de tifus en Auschwitz está siendo utilizado como arma propagandística para asesinar por segunda vez al niño quemado vivo en Dresde. No otro es el canallesco modelo de la legislación oligárquica sobre la memoria histórica y la lucha antirracista. La verdadera ofensa contra las víctimas del "Holocausto" es esta obscena manipulación política de un genocidio por parte de otros genocidas, del asesinato de unos inocentes, para justificar, menospreciar y, a la postre, negar, el exterminio de otros inocentes. El niño judío y el niño alemán ―víctimas iguales― están más próximos entre sí de lo que lo están los sionistas y mercachifles de la industria del "Holocausto" respecto de sus propios muertos. El genocida nazi y los genocidas comunista, liberal o sionista forman un bloque abominable frente a la unidad moral de todas las víctimas. Y es esa unidad la que, con la narración fraudulenta del "Holocausto", ha sido rota y mancillada a manos de los asesinos anti-fascistas.

     Por los mismos motivos, la negación política pública del "Holocausto", es decir, el recuerdo de los genocidos olvidados, no puede consistir en una reivindicación del fascismo como ideología de partido (harina de otro costal es la reflexión filosófica). Pues, por mucha contextualización de los hechos a la que se quiera llegar, el holocausto (con minúsculas) existió y no se puede justificar de ninguna de las maneras. El imperativo de un compromiso con la verdad y la democracia que es anterior, humana y espiritualmente, al uso puramente estratégico de los principios "liberales" (en los que no creemos pero que podemos arrojar como arietes contra la oligarquía para abrir una brecha en el muro de su ciudadela), nos prohíbe todo intento de resucitar la política fascista. Hacerlo sería entrar en el terreno del "(anti)fascismo", que conforma una polaridad dialéctica. Sería como declararnos "gentiles" frente a los judíos o "payos" frente a los gitanos. Sería como proclamarse, en la Edad Media, partidario del demonio, es decir, hacer nuestro un sistema simbólico en el que ya tenemos asignado ese lugar narrativo donde nuestras posibilidades de expresión y argumentación racional serán tasadas de antemano en beneficio de la otra parte, es decir, en el interior de su universo lingüístico, clausurado. La lucha contra la Inquisición no consiste en postularse seguidor de Satán, sino en negar la validez del entero dispositivo simbólico teológico  a partir de uno de los elementos (la verdad racional) que ese mismo dispositivo reconoce ―y se ve obligado a reconocer― sólo instrumentalmente, aunque le resulte, en última instancia, "disfuncional", y no a partir de otro elemento, el "mal absoluto", también oriundo de ese dispositivo, pero que, además de despojado ya desde el principio de toda validez, representaría la negación pura y simple de la validez misma en el lenguaje ordinario al que, tarde o temprano, habremos de volver.

     Ahora bien, en ese lenguaje "natural", el "Holocausto" puede explicarse, pero quedará siempre más acá de toda posible legitimación. Porque podemos rechazar el placer como valor supremo, pero erigir el dolor en valor parece cosa de locos. Cabe distinguir conceptualmente "fascismo" y "Holocausto" ―ésta es, sin duda, una tarea teórica legítima―, pero trasladar dicha distinción al lenguaje ordinario rebasa las fuerzas no ya de un hablante, sino de todos los hablantes teóricos en el supuesto impensable de que llegárase a un consenso sobre el tema. Mientras tanto "fascismo" significa "Holocausto" por orden del diccionario. Ninguna política puede surgir de semejante factum lingüístico a menos que una política no fascista pero hegemónica decidiera restablecer el sentido válido de las palabras en beneficio de otro campo político distinto, es decir, como poco, presuntamente rival. Pero, ¿qué política podría hacerlo, excepto una política solapadamente "fascista"? Lo que es tanto como decir: una política imposible. El fascismo "político" no podrá así salir, jamás, de este círculo vicioso, y la prueba de ello es que los propios fascistas, cuando saben que lo son, han abandonado el vocablo; sin sacar, empero, las necesarias consecuencias ideológicas de este acto: la extinción definitiva, irreversible, del fenómeno fascista.-


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