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viernes, 15 de febrero de 2013

Christopher Jon Bjerknes - Sobre el Odio de los Judíos



     Hemos traducido este breve y literario texto escrito por el señor Bjerknes, quien está a cargo del sitio jewishracism.blogspot.com que se especializa en cierto enfoque en lo que de la contingencia da a conocer. Él, que proviene en parte de judíos noruegos, es autor de un sólido libro acerca del genocidio que sobre los armenios llevaron a cabo los turcos a comienzos del siglo XX ("The Jewish Genocide of Armenian Christians"). El grado lírico de este texto creemos que es ponderado, aunque podría ser ilusorio. El odio de los otros no.

El "Celoso" Dios Judío y el Odio de los Judíos
hacia la Diversidad de la Humanidad
por Christopher Jon Bjerknes
3 de Mayo de 2010



     La antigua Roma ha desaparecido y con ella los romanos de cabello rubio, y sus dioses. Los griegos de cabellos dorados se han ido, y con ellos, sus dioses, alguna vez cambiados sus nombres por los romanos de pelo rubio, para que fueran sus dioses romanos, y sus protectores.

     El dios judío es un dios celoso. Procura gobernar y luego exterminar a todos los otros dioses, y con los dioses, a los seres humanos que aquellos dioses protegen. Los judíos procuraron primero destruír los templos de los dioses de los seres humanos, y luego exterminar a los seres humanos mismos. Hay algo en esto que puede ser quizá mejor explicado por una persona religiosa más bien que por un místico aficionado como yo.

     No tengo ninguna educación religiosa. Pero recientemente visité el Museo Field de Historia Natural, que a menudo frecuentaba cuando niño, habiendo yo mismo aparecido una vez en el boletín de noticias del Museo. Me acordé de muchas exposiciones de viejas culturas, de qué papel tan prominente jugaban la religión y el misticismo en todas las culturas antiguas, y de cómo los judíos destruyeron la mayor parte de las culturas y las religiones humanas, habiendo sustituído a la mayor parte de ellas con el comparativamente banal y carente de inspiración judaísmo.

     Hay algo muy importante en cuanto a esto, algo en lo cual los demás, aparte de mí, deberían concentrarse, habiendo pasado en ellos algo hace miles de años, de lo cual carezco. Los judíos han "cortado" este vínculo con mis raíces humanas, después de haber procurado substituírlo con un ídolo plástico que, como el muñeco plástico de un niño, sustituiría en mí algo más vivo, aquellos dioses que bailaban con mis antepasados alrededor de antiguos fuegos y fomentaban el coraje en el hombre, que afrontaba el Mal sin autocompasión, y que clavaba una lanza en el cuello de éste y masticaba su corazón aún palpitante para tomar de ello su poder divino y colocarlo en su propia corriente sanguínea.

     En cambio, me enseñaron a degradar y dudar del poder interno que me hacía mejor, más moral y más fuerte que los débiles y estúpidos alrededor de mí, el poder interno que es el ser humano, el orgulloso, el cariñoso, el altivo que luchará por su dignidad y la de todos los otros, y que escucha, lo cual es la clave, escucha sin ninguna duda al ser humano que somos todos nosotros.

     Este poder personal que nos hace tan fuertes, es lo que el judío quiere matar, porque el judío mata a los dioses. Pues los dioses son servidores, mitos que hacen fuerte al hombre, tan fuerte que el judío no puede ganar, porque la gente, los niños que provienen de nuestra lucha individual para encontrar lo mejor del amor y a los dioses humanos que caminan, los ángeles que provienen de nuestro amor de unos hacia otros, ellos son nosotros y son nosotros mejor que nosotros, nuestros niños a quienes los judíos tienen necesidad de matar. Los niños son nuestros dioses, nuestra inmortalidad, nuestra esperanza, y la razón de por qué despertamos, y por qué luchamos, y por qué amamos y trabajamos y construímos. Ellos son los elohim, los dioses de los goyim que los judíos matan. Ellos, ellos nuestros niños, nos necesitan para ser fuertes y luchar y ganar, ya que si perdemos morimos, y con nosotros, aquellos ángeles que vinieron de nosotros para darnos la vida eterna se marchitan y mueren.

     Ámelos, a nuestros niños, subyugando al más fangoso pedófilo, al monstruo que más horroriza, a la enfermedad más mortal, el judío. Ámelos, a nuestros niños, sacando fuera de este Mundo al judío que procura seducirlos y asesinarlos.

     Los dioses, las coronas en las cabezas de los sacerdotes, los bailes y las canciones, el amor a los trajes de oro y de seda y los ropajes emplumados y los tocados ostentosos, no son nada comparado con el cabello suave de mi niño. El amor en mí para aquel que es yo y aún mejor que yo, tan odiado por el judío, tan amado por mí, ¿cómo puede usted acobardarse y no ponerse de pie para salvar todo lo que es nosotros, y salvar para nuestros niños el futuro de ellos, y nuestro futuro por medio de ellos?.

     El judío es la muerte y el amor a la muerte, el veneno vertido en vuestra comida, el veneno que mata a vuestros dioses, el veneno que convierte vuestra sangre y la tranforma en monstruos de doce dedos que se burlan y destruyen la vida. Ése es el judío, el judío que derrama en el suelo uranio y veneno de plutonio, el judío que tala los árboles y cambia el maíz en un mutante y celoso dios judío que exige el tributo y mata todo que es verdadero y humano, torciendo su alma viviente hacia la adoración de la muerte.

     Los judíos dicen que Moisés no conocía al dios judío hasta el capítulo 6 de Éxodo, versículo 3, pero antes de ellos los israelitas tenían, cada tribu, su propio dios, cada tribu sus propios niños. Pero los judíos mataron a todos éstos, dejando sólo a Judá, los judíos, y con Judá a Yahvé, el deseo de muerte para matar a todos. Ése es el dios judío de ellos, la muerte de todos los niños, de todos los mañanas, de todas las tribus únicas, de todos los días mejores y los caminos aún invisibles. El judío lo llamó Yahvé, la muerte de todos nosotros, cada cultura, cada religión, cada persona.

     Y el mañana está casi muerto. Los judíos son fuertes, por ahora. El jaque mate está cerca. El judío mató a los egipcios y a sus dioses. Si aquellos dioses fueron hermosos, que otros canten sus canciones. Yo fui criado sin dioses, y tengo una voz muy ronca para tales alabanzas. Los romanos y los griegos están muertos en tumbas talladas por los judíos, como los magníficos rusos y alemanes, y con ellos sus dioses magníficos.

     Aquel sombrío dios que es el mío es la libertad y es una boca que no tiene ningún temor para decir lo que el cerebro que la dirige dice. Soy un estadounidense de nacimiento. Mis dioses de amor y orgullo y libertad me dan la fuerza del discurso y el amor para no tener miedo de luchar por lo que creo. Luchar por mis niños cuya tierna garganta tiene un cuchillo judío para siempre en sus delicadas venas.

     Por favor únase a mí. Mis hijos necesitan más que yo ser la herencia de los dioses antiguos que entregaron su sangre que todavía se agita en los corazones cálidos provenientes de bosques fríos e inclementes. Nací sin dioses, pero en mí existe un místico que oye la voz del amor y de los mañanas y que no quiere morir en el tosco y mohoso ataúd de los judíos. Está la voz de la vida que me dice: pisa aquí, y no en el foso que los judíos han cavado para todos nosotros. No puedo conocer vuestros dioses, pero yo puedo amar vuestra humanidad y dar la bienvenida a usted al jardín eterno de donde tomo la vida.

     Únase a mí y viva. Hay mucho, y sólo tenemos que darnos el uno al otro esta vida, no confundida por las mentiras judías.


     Anduve caminando solo mientras mi hija miraba el teatro de un espectáculo de marionetas. Caminé solo por los viejos pasillos familiares del Museo Field de Historia Natural; y yo, un místico educado sin religión, recé por un futuro natural para la raza humana. Mi hija apareció desde el teatro oscuro de un espectáculo de marionetas sobre pasos nuevos e inseguros, buscándome fuera. Yo estaba envejecido y muy enfermo, atrapado en el viejo mundo de las antiguas religiones que cuelgan sobre maniquíes polvorientos, inalteradas incluso desde mi juventud de hace tanto tiempo. Ella caminaba fresca desde un nuevo pensamiento, buscándome, dulce en ropas nuevas y nuevos pensamientos, y antiguo este viejo museo de mi juventud era más pequeño que diminuta ella, más pequeño que en mi juventud; y recordé que yo ya estaba en los tejidos que se multiplican de su magnífico cerebro esperando por ella para despertarlo de nuevo, aquel inocente antiguo que rezó para vivir. Ella es todo, y yo, sin ella, nada, como de bronce y muerto como las estatuas del viejo museo de mi vieja juventud que capturaría al una vez vivo, una gangrenosa pátina verde que se burla de mí en una imagen congelada de mí; pero ella vivió de nuevo y su vida es una búsqueda de mí y mis sueños humanos a los que los judíos pondrían fin.


     Me senté y comí con los armenios, un par de veces, armenios a quienes los judíos procuraron borrar del libro de la vida de su dios judío. El alimento, verdaderamente no se convierte en nosotros, aunque en ellos saboreamos la Tierra que sostiene nuestra vida. Somos más que su polvo eléctrico, y probé el sabor de esto cuando contemplé unos antiguos ojos armenios que se preguntaban si ellos podrían confiar en mí, si ellos podrían confiar en algo, en adelante, después de tanto. El polvo se hace hermoso cuando vive con nosotros, pero solitario es tan seco como la luz muerta de las estrellas que se extinguieron hace mil millones de años y que aún nos iluminan hoy. Somos más que el polvo, y los armenios sabían esto antes de que los judíos robaran su historia para convertirla en la suya propia.

     Hay tanto en la lucha de los armenios por vivir, y en la de los judíos para asesinarlos, a cada último de ellos, tanto que es importante que todos nosotros lo sepamos. Los armenios inventaron a aquel dios que los judíos tomarían de ellos. Pero hay que mirar en ojos armenios para saber la diferencia. He investigado hasta el seco y mohoso polvo de las bibliotecas con un nudo en mi garganta para saber por qué los judíos los quieren muertos, a cada uno de ellos, a aquellos armenios, y por qué los armenios coquetean con esta muerte, el judío, y cortejan así a la muerte. Y en estos archivos silenciosos de los muertos, que nos dicen tanto que debemos saber, veo los ojos cálidos y tiernos de los armenios en caras de otro modo judías, y veo los ojos angustiados y llenos de odio de los judíos en caras de otro modo armenias, y la lucha del celoso dios judío y el perdido dios armenio es relatada en este cuento de ojos tiernos y ojos judíos odiosos y embrujados que cortan cabezas armenias y escupen sobre tumbas armenias.

     Estoy en otro lugar de estos antiguos seres religiosos. Soy humano, y estoy vivo ahora, y soy estadounidense. Amo la libertad y amo la vida, y no me preocupo de dioses que viven en la muerte. No me preocupo por judíos que viven para asesinar, o por mártires que viven para morir. Busco luchadores que luchen para vivir.

     Únase a mí y viva. Todos aquellos antiguos cuyas ropas mohosas cuelgan sobre maniquíes descascarados en el Museo Field de Historia Natural ya no me inspiran más sueños de vida, sino que más bien me llenan de pena en su muerte. Su muerte ya no es una religión para mí. Quiero vivir y vivir para mis hijos. Únase a mí y vivamos, ahora y para siempre, mientras esto dure.–


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