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sábado, 11 de agosto de 2012

Jules Michelet - Sobre la Conducta de la Iglesia


     Hemos traído ahora un fragmento (los dos primeros capítulos) del libro "La Sorcière" (La Hechicera, 1862) del renombrado y prestigioso historiador francés Jules Michelet (1798 - 1874). A nuestro juicio, su prosa es altamente sugestiva y de vivos colores (¿quién escribe ya así la Historia?) y merece por ello ser indicada y mostrada como ejemplo (recomendamos la lectura del libro entero, que aborda en general el tema de la bruja como siendo una víctima creada por la iglesia católica). Y sus razones, a nuestro entender, indudablemente son justas.




I

LA MUERTE DE LOS DIOSES


     Algunos autores aseguran que, poco tiempo antes de la victoria del cristianismo, una voz misteriosa corría por las riberas del mar Egeo, diciendo: "El gran Pan ha muerto".

     Había terminado el antiguo dios universal de la Naturaleza. Gran alegría. Se supuso que, al morir la Naturaleza, iba a morir la tentación. Agitada durante tanto tiempo por el huracán, el alma humana va a descansar finalmente.

     ¿Se trataba simplemente del fin del culto antiguo, de su derrota, del eclipse de las antiguas formas religiosas? En modo alguno. Al consultar los primeros monumentos cristianos, encontramos a cada línea la esperanza de que desaparezca la Naturaleza, se apague la vida, se llegue al fin del mundo. Es el final de los dioses de la vida, que por tanto tiempo han prolongado la ilusión. Todo cae, se desmorona, se hunde. El todo se convierte en nada: "El gran Pan ha muerto".

     No era novedad que los dioses tenían que morir. Numerosos cultos antiguos se fundan, precisamente, en la idea de la muerte de los dioses. Osiris muere, Adonis muere, para resucitar, es verdad. En el teatro mismo, Esquilo lo denuncia expresamente por boca de Prometeo, en dramas que se representan durante las fiestas de los dioses: algún día los dioses debían morir. Pero, ¿cómo? Vencidos y sometidos a los Titanes, a las potencias antiguas de la Naturaleza.

     Aquí se trata de otra cosa. Los primeros cristianos, en conjunto y en detalle, en el pasado y en el porvenir, maldicen la Naturaleza misma. La condenan por entero, y hasta llegan a ver el mal encarnado, el demonio, en una flor [1]. Que vengan pues, cuanto antes mejor, los ángeles que antes diezmaron las ciudades del mar Muerto. Que te lleven, que doblen como un velo la vana figura del mundo, que libren por fin a los santos de esta larga tentación.

[1. Conf. de S. Cyprien ap. Muratori, Script., il. I 293, 315; A. Maury, Magie, 435].

     El Evangelio dice: "Se acerca el día". Los Padres dicen: "Muy pronto". El desmoronamiento del Imperio y la invasión de los bárbaros llena de esperanzas a Agustín: pronto no subsistirá más ciudad que la Ciudad de Dios.

     Pero, ¡cuán duro es este mundo para morir!. ¡Cómo se obstina en vivir!. Pide, como Ezequías, un plazo, una vuelta de cuadrante. Bueno, que sea, hasta el año Mil. Pero después... ni un día más.

*

     ¿Es cierto, como se ha repetido tantas veces, que los antiguos dioses se eliminaron ellos mismos, aburridos, cansados de vivir?. ¿Es verdad que, descorazonados, hayan dado casi su dimisión?. ¿Es cierto que al cristianismo le bastó con soplar sobre estas vanas sombras?.

     Se exhiben estos dioses en Roma, se los muestra en el Capitolio, donde sólo han sido admitidos tras una muerte previa, quiero decir, abdicando lo que tenían de savia local, renegando de su patria, dejando de ser los genios representantes de las naciones. Es verdad que, para recibirlos, Roma había practicado una severa operación sobre ellos: los había enervado, empalidecido. Estos grandes dioses centralizados se habían convertido, en su vida oficial, en tristes funcionarios del Imperio Romano. Pero esta aristocracia del Olimpo, en su decadencia, no arrastró consigo a la multitud de dioses indígenas, el populacho de dioses instaurados aun en la inmensidad de las campiñas, los bosques, los montes, las fuentes, confundidos íntimamente con la vida de la comarca.

     Estos dioses alojados en el corazón de los robles, en las aguas movedizas y profundas, no podían ser expulsados.

     Y ¿quién dijo esto?. La lglesia. La Iglesia se contradice brutalmente. Después de proclamar su muerte, se indigna de que estén vivos. Siglo tras siglo, a través de la amenazadora voz de los concilios [2] los conmina a morir... ¿Cómo... entonces están vivos?.

[2. Véase Manzi, Baluze; Concilio de Arlés, 442; de Tours, 567; de Leptines, 743; los Capitulares, etcétera. Gerson mismo, hacia 1400].

     "Son demonios...". Viven, por lo tanto. Como no se puede llegar a nada, se deja que el pueblo inocente los vista, los disfrace. Por medio de la leyenda, el pueblo los bautiza, imponiéndolos a la misma Iglesia. ¿Se han convertido al menos?. Todavía no. Se los sorprende subsistiendo sinuosamente en su naturaleza pagana.

     ¿Dónde están?. ¿En el desierto, en la landa, en el bosque?. Sí, pero en la casa sobre todo. Se mantienen en lo más íntimo de las costumbres domésticas. La mujer los guarda y los oculta en los enseres domésticos y hasta en el mismo lecho. Los dioses tienen allí lo mejor del mundo (mejor que el templo), el hogar.

*

     Nunca ha habido una revolución tan violenta como la de Teodosío. En la Antigüedad no se encuentra huella semejante de la proscripción de un culto. El persa adorador del fuego en su pureza heroica, pudo ultrajar a los dioses visibles, pero los dejó subsistir. Fue favorable a los judíos, los protegió, los empleó. Grecia, hija de la luz, se burló de los dioses tenebrosos, de los barrigudos cabirios pero los toleró, los adoptó como obreros, hasta el punto de hacer con ellos a su Vulcano. Roma, en su majestad, acogió no solamente a la Etruria, sino también a los dioses rústicos del antiguo trabajador italiano. Y persiguió a los druidas sólo porque constituían una peligrosa resistencia nacional.

     El cristianismo vencedor quiso, creyó matar al enemigo. Arrasó la Escuela con la proscripción de la lógica y con la exterminación de los filósofos, que fueron masacrados bajo Valente. Arrasó o vació el templo, rompió los símbolos. La nueva leyenda hubiera podido ser favorable a la familia sí el padre no hubiera sido anulado en José, si la madre hubiera sido elevada como educadora, sí moralmente hubiera engendrado a Jesús. Camino fecundo, dejado enseguida por la ambición de una elevada pureza estéril.

     Así entró el cristianismo por el solitario camino que el mundo tomaba por sí solo: el celibato, combatido en vano por las leyes de los emperadores. Se precipitó por esa pendiente a través del monaquismo.

     Pero ¿estaba solo el hombre en el desierto?. Lo acompañaba el demonio, con todas sus tentaciones. Tenía mucho que hacer: debía recrear sociedades, ciudades de solitarios. Ya se conocen las negras aldeas de monjas que se formaron en Tebaida. Ya se sabe qué espíritu turbulento, salvaje, los animaba, sus incursiones asesinas en Alejandría. Se decían enloquecidos, empujados por el demonio... y no mentían.

     En el mundo se había hecho un enorme vacío. ¿Quién podía llenarlo?. Los cristianos lo dicen: el demonio, por todas partes el demonio, Ubique daemon [3].

[3. Véase las vidas de los Padres del desierto y los autores citados por A. Maury, Magie, 317. En el siglo cuarto, los mesalienos, creyéndose llenos de demonios, se sonaban y escupían sin cesar, haciendo esfuerzos increíbles para expectorarlos].

     Grecia, como todos los pueblos, había tenido sus energúmenos, enloquecidos, poseídos por los espíritus. La semejanza es exterior, de un parecido aparente, pero que no existe. Aquí ya no se trata de cualquier espíritu. Se trata de los negros hijos del abismo, ideal de la perversidad. Por todas partes se ve vagar a esos desdichados melancólicos que se odian, tienen horror de sí mismos. Pensemos, en efecto, qué es sentirse doble, tener fe en ese otro, ese huésped cruel que va, viene, se pasea en nosotros, nos hace vagar por donde quiere, por los desiertos, por los precipicios. Flacura, debilidad creciente. Y cuanto más miserable y débil es un cuerpo, más agitado es por el demonio. La mujer, especialmente, está habitada, henchida, soplada por esos tíranos. Los demonios la llenan de aura infernal, crean con ella la borrasca y la tempestad, juegan a su capricho, la hacen pecar, la desesperan.

     No somos nosotros solamente, ¡ay!, es toda la Naturaleza que se vuelve demoniaca. Si el diablo está en una flor, ¡cuánto más estará en el sombrío bosque!. La luz, que se creía tan pura, está llena de hijos de la noche. El cielo repleto de infierno... ¡qué blasfemia!. ¿Qué se ha hecho de la divina estrella de la mañana, cuyo centelleo sublime más de una vez aclaró a Sócrates, a Arquímedes o a Platón?... Es un diablo: el gran diablo Lucifer. Por la noche se transforma en el diablo Venus, que me induce a tentación con sus muelles y suaves claridades.

     No me sorprende que esta sociedad se haya vuelto terrible y furiosa. Indignada de sentirse tan débil contra los demonios, los persigue por todas partes en los templos, al principio en los altares del antiguo culto, después en los mártires paganos. Basta de festines: pueden ser reuniones idólatras. Hasta la misma familia es sospechosa, pues la costumbre podía reunirla en torno de los antiguos lares. Y ¿por qué una familia?. El Imperio es un imperio de monjes.

     Pero el individuo solo, el hombre mudo y aislado, mira todavía el cielo, y en los astros encuentra y honra a sus antiguos dioses. "Es esto lo que trae las hambres —dice el emperador Teodosio— y todos los flagelos del Imperio". Terribles palabras que lanza sobre el pagano inofensivo la ciega cólera popular. La ley desencadena ciegamente todos los furores contra la ley.

     Dioses antiguos, entrad al sepulcro. Dioses del amor, de la vida, de la luz, ¡apagaos!. Poneos el capuchón de monjes. Vírgenes: sed religiosas. Esposas: abandonad a vuestros esposos; o, si conserváis la casa, sed para ellos como frías hermanas.

     ¿Es posible todo esto?. ¿Quién tendrá el aliento bastante fuerte para apagar de un solo soplo la lámpara ardiente de Dios?. Esta tentativa temeraria de piedad impía podrá hacer milagros extraños, monstruosos... ITemblad, culpables!. (...)



II

LA DESESPERACIÓN DE LA EDAD MEDIA


     "Sed como recién nacidos (quasi modo genití infantes); sed pequeñitos, niños por la inocencia del corazón, por la paz, el olvido de las disputas, serenos, bajo la mano de Jesús".

     Tal es el amable consejo que da la Iglesia a aquel mundo tan tempestuoso, al día siguiente de la gran caída. Dicho de otra manera: "Volcanes, restos, cenizas, lava, brotad. Campos quemados, cubríos de flores".

     Es verdad que una cosa prometía la paz que renueva: todas las escuelas estaban terminadas, el camino de la lógica abandonado. Un método infinitamente simple dispensaba del razonamiento, brindaba a todos la fácil pendiente por la cual no se hace más que descender. Si el credo era oscuro, la vida estaba trazada en el sentido de la leyenda. La primera, la última palabra, fue la misma: imitación.

     "Imítad, todo irá bien. Repetid y copiad". Pero ¿es éste el camino de la infancia verdadera, que vivifica el corazón del hombre, que le hace reencontrar las fuentes frescas y fecundas?. Yo no veo en este mundo, que se hace pasar por joven y niño, más que atributos de vejez, sutileza, servilismo, impotencia. ¿Qué es esta literatura frente a los sublimes monumentos de los griegos y de los judíos?. Incluso, ¿qué es ante el genio romano?. Es precisamente la caída literaria que se produce en la India entre el bramanismo y el budismo: una verborragia profusa después de la elevada inspiración. Los libros copian a los libros, las iglesias copian a las iglesias, y ya ni siquiera pueden copiarlas. Se roban las unas a las otras. Mármoles arrancados a Ravena adornan Aix-la-Chapelle. Así es esta sociedad. El obispo rey de una ciudad, el bárbaro rey de una tribu, copian a los magistrados romanos. Nuestros monjes, supuestamente originales, no hacen en sus monasterios más que renovar la villa (como dice muy bien Chauteaubriand). No tienen la menor idea de hacer una sociedad nueva, ni de fecundar la antigua. Copistas de los monjes de Oriente, querrían en principio que sus servidores fueran también frailecitos trabajadores, un pueblo estéril. Es a pesar de ellos que se rehace la familia, que rehace al mundo.

     Cuando se ve que estos viejos envejecen tan rápidamente, cuando en un siglo se pasa del sabio monje Benito al pedante Benito de Aniane, sentimos perfectamente que estas gentes fueron inocentes de la gran creación popular que floreció sobre las ruinas: hablo de las vidas de los santos. Las escribieron los monjes, pero las hizo el pueblo. Esta joven vegetación puede hacer brotar hojas y flores entre las grietas de la vieja ruina romana convertida en monasterio, pero no llega a su meta. Tiene su raíz profunda en el suelo: la siembra el pueblo, la familia la cultiva, todos meten mano, los hombres, las mujeres y los niños. La vida precaria, inquieta, de esos tiempos de violencia volvía imaginativas a las pobres tribus, crédulas en sus propios sueños, que las tranquilizaban. Sueños extraños, ricos en milagros, en locuras encantadores y absurdas.

     Estas familias, aisladas en el bosque, en la montaña (como se vive aún hoy en el Tirol o en los Altos Alpes), descendían un día por semana, y no faltaban al desierto de las alucinaciones. Un niño había visto esto; una mujer había soñado aquello. Surgía entonces un nuevo santo. La historia corría por la campiña, como una queja, rimada groseramente. Se la cantaba y se la bailaba por la noche, junto al roble de la fuente. El sacerdote, que venia, a oficiar el domingo en la capilla de madera, encontraba ya esta canción legendaria en todas las bocas: Se decía: "Después de todo la historia es bella, edificante... Hace honor a la Iglesia. Vox populi, vox Dei!. Pero, ¿dónde la descubrieron?".

     Se le mostraban los testigos verídicos, irrecusables: el árbol, la piedra, que habían visto la aparición, el milagro. ¿Qué contestar a esto?.

     Llevada a la abadía, la historia encontrará un monje, que no sirve para nada, que no sabe más que escribir, que es curioso, y que cree en todo, en todas las cosas maravillosas. El monje escribe la historia, la adorna con su chata retórica, la arruina un poco. Pero ya la tenemos consignada y consagrada, lista para ser leída en el refectorio, bien pronto en la iglesia. Copiada, cargada, a veces sobrecargada de ornamentos grotescos, la leyenda pasará de siglo en siglo hasta que, honorablemente, se coloque por fin en las filas de la Leyenda Dorada.

*

     Todavía hoy en día, cuando leemos estas hermosas historias, cuando escuchamos las sencillas, ingenuas y graves melodías en que esas poblaciones rurales pusieron todo su corazón, no podemos menos de reconocer en ellas un gran aliento, y no podemos menos de enternecernos al pensar en su destino.

     Habían tomado al pie de la letra el conmovedor consejo de la Iglesia: "Sed como recién nacidos". Pero lo aplicaron a lo que menos se hubiera supuesto. Mientras el cristianismo temía, odiaba a la Naturaleza, ellos la amaron, la creyeron inocente, hasta la santificaron mezclándola con la leyenda.

     Los animales, que la Biblia llama duramente peludos, los animales, de los que el monje desconfía, creyendo encontrar en ellos al demonio, intervienen en estas hermosas historias de la manera más conmovedora (por ejemplo, la cierva que da calor y consuela a Genoveva de Brabante)

     Hasta fuera de la vida legendaria, en la existencia común, los humildes amigos del hogar, los valerosos ayudantes del trabajo, suben en la estima del hombre. Ellos tienen su derecho [1]. Tienen sus fiestas. Si en la inmensa bondad de Dios hay lugar para los más pequeños, si Él parece tener por ellos una preferencia de piedad, "...¿por que —dice el pueblo de los campos— mi burro no puede entrar a la iglesia?. Sin duda tiene defectos, por lo cual todavía se me parece más. Es trabajador rudo, pero cabeza dura: es indócil, obstinado, terco, en fin, igual a mí".

[1. Vease J. Grimm, Rechts alterthümer y mis Origines du droit].

     De ahí esas fiestas admirables, las más hermosas de la Edad Media, la fiesta de los Inocentes, de los Locos, del Burro. Es el pueblo mismo quien, en el asno, arrastra su propia imagen y se presenta ante el altar feo, risible, humillado. ¡Conmovedor espectáculo!. Traído por Balaam, entra solemnemente entre la Sibila y Virgilio [2], a dar testimonio. Sí rebuzna contra Balaam es porque ve ante él la lanza de la antigua ley. Pero aquí la Ley está terminada, el mundo de la Gracia parece abrirse de par en par para los menores, para los simples. El pueblo lo cree, inocentemente. De ahí la sublime canción, en la cual dice al burro, como se diría a sí mismo:

"De rodillas y di ¡Amén!.
¡Basta ya de hierba y de heno!.
¡Deja las cosas viejas y ven!.
…………………………………..
¡Lo nuevo se lleva lo viejo,
la claridad echa a la sombra,
la luz vence a la noche!" [3].

[2. Según el ritual de Ruan. Véase Ducange, verbo Festum; Carpentier, verbo Kalendae y Martène, III, 110. La Sibila se presentaba coronada, seguida por judíos y gentiles, por Moisés, por los profetas, Nabucodonosor, etcetera. Desde muy temprano y de siglo en siglo desde el siglo VII al XVI, la Iglesia intentó prohibir las grandes fiestas populares del Burro, de los Inocentes, de los Niños, de los Locos. No lo consiguió antes del advenimiento del espiritu moderno.
[3. Vetustatem novitas,
     Umbram fugat claritas,
     Noctem lux eliminat (Ibídem)].

     ¡Ruda audacia!. ¿Era acaso esto lo que se os pedía, niños imbéciles, vehementes, cuando se os dijo que fuerais niños?. Se ofreció leche. Bebisteis vino. Se os llevaba dulcemente, brida en mano, por el estrecho sendero. Dulces, tímidos, vacilabais al avanzar. Y, de pronto, se rompió la rienda... De un salto franqueasteis la carrera.

     ¡Oh, qué imprudencia la de dejaros hacer vuestros santos, preparar el altar, adornarlo, cambiarlo, cubrirlo de flores!. Ahora apenas se lo distingue. Y lo que se ve es la herejía antigua, condenada por la Iglesia: la inocencia de la Naturaleza; ¿qué digo?, una herejía nueva que no terminará mañana: la independencia del hombre.

     Escuchad y obedeced:

     Prohibido inventar, crear. Basta de leyendas, basta de nuevos santos. Ya hay bastantes. Prohibido innovar en el culto por medio de nuevos cantos; queda prohibida la inspiración. Los mártires que se descubran deben seguir modestamente en sus tumbas, esperando ser reconocidos por la Iglesia. Prohibido al clero, a los monjes, dar a los colonos, a los siervos, la tonsura que los libera.
 
     He aquí el espíritu viejo, tembloroso de la Iglesia carlovingia [4]. Se desdice, se desmiente, dice a los niños: "¡Sed viejos!".

[4. Vease passim los Capitulares].

*

     ¡Qué caída!. Pero... ¿es en serio?. Se nos había dicho que fuéramos jóvenes. Oh, el sacerdote ya no es el pueblo. Se inicia un divorcio infinito, un abismo de separación. El sacerdote, señor y príncipe, cantará bajo un alero de oro, en la lengua soberana del gran Imperio que ya no existe. Nosotros, triste rebaño, que hemos perdido el idioma del hombre, el único idioma que Dios quiere oír, ¿qué nos queda sino mugir y balar, junto al inocente compañero que no nos desdeña, que en invierno nos calienta en el establo, nos cubre con su pelaje?. Viviremos entre los mudos y seremos también mudos.

     En verdad ya no tenemos ganas de ir a la iglesia. Pero ella no nos deja. Exige que vayamos a escuchar lo que ya no entendemos.

     Una inmensa niebla, una niebla pesada, gris plomo, ha envuelto al mundo. ¿Por cuánto tiempo, por favor?. Por una aterradora duración de mil años. Durante diez siglos enteros una languidez desconocida en todas las épocas anteriores se ha apoderado de la Edad Media, hasta en los últimos tiempos, dejándola en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, bajo el imperio de un fenómeno desolador, intolerable, la convulsión de aburrimiento que se llama el bostezo.

     Si la infatigable campana resuena a las horas acostumbradas, se bosteza; si un canto gangoso se repite en antiguo latín, se bosteza. Todo está previsto, nada se espera del mundo. Las cosas volverán a ser siempre iguales. El aburrimiento seguro del mañana nos hace bostezar hoy, y la perspectiva de los días, de los años de aburrimiento que llegan, pesan por adelantado, asquean de la vida. Desde el cerebro al estómago, del estómago a la boca, la automática y fatal convulsión va a distender las mandíbulas sin fin y sin remedio. Verdadera enfermedad que la devota Bretaña reconoce, atribuyéndola, es verdad, a la malicia del diablo. Él está escondido en los bosques, dicen los campesinos bretones; ante aquel que pasa y guarda las bestias el diablo canta vísperas y todos los oficios, haciéndolo bostezar hasta morir [5].

[5. Un ilustre bretón, último hombre de la Edad Media —que fue sin embargo amigo mio—, en un viaje vano que hizo para convertir a Roma, recibio brillantes ofertas. "¿Qué desea usted?", le preguntó el Papa. "Una sola cosa: ser dispensado del Brevíario... me muero de aburrimiento"].

*

     Ser viejo es ser débil. Cuando los sarracenos, los normandos nos amenazaban: ¿qué hubiera sido de nosotros si el pueblo hubiera sido viejo?. Carlomagno llora, la Iglesia llora. La Iglesia reconoce que las reliquias contra los demonios bárbaros no protegen el altar [6]. ¿No será necesario recurrir al brazo del niño indócil que se quería atar?. ¿El brazo del joven gigante que se quería paralizar?. Es un movimiento contradictorio, que llena el siglo noveno. Se contiene al pueblo, se lo lanza. Se lo teme y se lo llama. Con él, por él, apresuradamente, se hacen vallas, refugios que detendrán a los bárbaros, cubrirán a los sacerdotes y a los santos que se han escapado de las iglesias.

[6. Es la célebre confesión de Hincmar].

     A pesar del emperador Calvo, que prohibe que se construya, sobre la montaña se levanta una torre. Llega allí el fugitivo. "Recibidme en nombre de Dios, recibid por lo menos a mi mujer y a mis hijos. Yo acamparé con mis bestias en vuestra cintura exterior". La torre le da confianza y se siente hombre. Ella le da sombra. Él la defiende, protege a su protector.

     Antes, por hambre, los pequeños habían sido dados a los grandes como siervos. Ahora hay una gran diferencia. El hombre se da como vasallo, que quiere decir bravo y valiente [7].

[7. Diferencia demasiado poco sentida, demasiado poco marcada por aquellos que han hablado de la recomendacion personal, etcetera].

     Se da y se guarda bajo reserva de renunciar. "Iré más lejos. La tierra es grande. Yo tambien, como cualquier otro, podré allá levantar mi torre... Si he defendido el exterior, sabre guardar el interior".

     Tal el grande, el noble origen del mundo feudal. El hombre de la torre recibía vasallos, pero diciéndoles: "Te irás cuando quieras, y yo te ayudaré, sí es necesario; de tal modo que, si te empantanas, yo descenderé del caballo". Ésta es, exactamente, la antigua fórmula [8].

[8. Grimm, Rechts alterthümer y mis Origines du droit].

*

     Pero ¿qué he visto una mañana?. ¿Acaso la vista me falla?. El señor del valle hace su cabalgata alrededor, pone barreras infranqueables y hasta límites invisibles. "¿Qué es esto?... No comprendo nada". Esto quiere decir que el señorío está cerrado. "El señor, bajo puertas y goznes, lo tiene cerrado, desde el cielo hasta la tierra".

     ¡Horror!. ¿En virtud de qué derecho ese vassus (es decir, valiente) es retenido?. Hay quien sostiene que vassus también quiere decir esclavo.

     De la misma manera la palabra servus, que quiere decir servidor (muchas veces un servidor muy elevado, un conde o príncipe de Imperio), significa siervo para el débil, para el miserable cuya vida vale un denario.

     Los hombres caen atrapados en esta red execrable. Allá, sin embargo, hay en sus pagos un hombre que sostiene que su tierra es libre, un aleu, o feudo del sol. Y el hombre se sienta en una barrera, se encasqueta el sombrero, mira al señor, al emperador [9]. "Sigue tu camino, pasa, emperador... tú estás firme sobre tu caballo, pero más lo estoy yo sobre mi barrera. Tú pasas y yo no. Pues yo soy la libertad".

[9. Grimm, sobre la palabra aleu].

     Pero no tengo el valor de decir en qué se convirtió este hombre. El aire se espesó a su alrededor, empezó a respirar cada vez menos. Parece que estaba encantado. No puede moverse. Está como paralizado. Sus animales también enflaquecen, como si los hubieran hechizado. Sus servidores mueren de hambre. Su tierra ya no produce nada. Los espectros la arrasaron por la noche.

     El hombre persiste: "Hombre pobre es rey en su casa".

     Pero no lo dejan. Lo citan, debe responder ante la corte imperial. Se presenta, como un espectro del viejo mundo, un espectro que ya nadie conoce. "¿Quién es?", dicen los jóvenes. "No es ni señor ni siervo... ¿Quién es pues?. ¿Nadie?".

     "¿Quién soy?" ...Soy el que construyó la primera torre, el que os ha defendido; aquel que, dejando la torre, descendió valientemente al puente a esperar a los paganos normandos... Más aún: cerré la costa, cultivé el aluvión. He creado la tierra misma, como Dios que la sacó de las aguas... ¿Quién podrá echarme de esta tierra?.

     "No, amigo —dice el vecino—, no te echarán. Cultivarás esa tierra... pero de manera distinta... Acuérdate, amigo, que aturdidamente, joven todavia (hace cincuenta años de esto) te casaste con Jacqueline, pequeña sierva de mi padre... Recuerda la máxima: «Quien monta a mi gallina, es mi gallo». Por lo tanto, perteneces a mi gallinero. Suéltate, tira la espada... A partir de hoy eres mi siervo".

     No hay nada de invención en esto. La historia atroz vuelve una y otra vez en la Edad Media. ¡Oh, con qué lanza fue atravesado!. Abrevio, suprimo, porque cada vez que lo cuento, el mismo acero, la misma aguda punta nos atraviesa el corazón.

     Hubo uno que al sufrir un ultraje semejante, fue presa de un furor tal que no tuvo ya palabras. Como Rolando cuando fue traicionado. Toda su sangre subió, le llegó a la garganta... Sus ojos relampaguearon, su boca muda, terriblemente elocuente, hizo palidecer a toda la asamblea... Retrocedieron... Él había muerto. Sus venas habían estallado... sus arterias lanzaban sangre rojá a la frente de sus asesinos [10].

[10. Es lo que sucedió al conde de Avesnes, cuando su tierra libre fue declarada un síple feudo y él, un simple vasallo, hombre del conde de Hainaut. Léase la terrible historia del gran canciller de Flandes, primer rnagistrado de Bruias, que no por eso dejó de ser reclamado como siervo. Gualterius, Scriptores rerum Francicarum, XIII, 334].

     La incertidumbre de la condición humana, la pendiente horríblemente resbaladiza por la que el hombre libre se convierte en vasallo —el vasallo servidor—. y el servidor en siervo, es el terror de la Edad Media y el fondo de su desesperación. No hay medio de escapar. Porque el que da un paso está perdido. Se convierte en bien mostrenco, presa salvaje, en siervo o en muerto. La tierra viscosa retiene el pie, sujetando al que pasa. El aire contagioso lo mata, es decir, lo vuelve de mano muerta, un muerto, una nada, una bestia, un alma de cinco sueldos, cuya muerte se expiará con cinco sueldos.

     He aquí los dos grandes rasgos generales, externos, de la miseria de la Edad Media, los que la entregaron al diablo.–



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