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miércoles, 8 de agosto de 2012

Emil Cioran - El Aciago Demiurgo



     Del ensayo del filósofo rumano Emil Cioran de 1969 titulado El Malvado Demiurgo (Le Mauvais Demiurge), presentamos ahora el primer capítulo para que matice un poco la temática gnosticista que hemos estado planteando. Recoge aquí el señor Cioran algunos argumentos de viejo cuño esgrimidos por los gnósticos medievales y los engasta dentro de su discurso filosófico permanente que es su estilo. No podríamos evaluar fehacientemente si todo lo que dice está dicho con sinceridad absoluta o hay harto de la pose obligada que todo académico debe adoptar, en especial cuando no se están manejando sólo datos incontrovertibles. Como una visita estacional, habíamos incluído a este autor hace justo un año atrás.


1. EL ACIAGO DEMIURGO



     Con excepción de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien: ¿qué dios le impulsaría a ello?. Debe vencerse, hacerse violencia, para poder ejecutar el menor acto sin que esté manchado de mal. Cada vez que lo logra, provoca y humilla a su creador. Y si le acaece el ser bueno no por esfuerzo o cálculo sino por naturaleza, lo debe a una inadvertencia de lo alto: se sitúa fuera del orden universal, no está previsto en ningún plan divino. No hay modo de ver qué lugar ocupa entre los seres, ni siquiera si es uno de ellos. ¿Será acaso un fantasma?.

     El bien es lo que fue o será, pero nunca lo que es. Parásito del recuerdo o del presentimiento, periclitado o posible, no podría ser actual ni subsistir por sí mismo: en tanto que es, la conciencia lo ignora y no lo capta más que cuando desaparece. Todo prueba su insubstancialidad; es una gran fuerza irreal, es el principio que ha abortado desde un comienzo: desfallecimiento, quiebra inmemorial, cuyos efectos se acusan a medida que la Historia transcurre. En los comienzos, en esa promiscuidad en que se opera el deslizamiento hacia la vida, algo innombrable debió pasar, que se prolonga en nuestros malestares, si no en nuestros razonamientos. Que la existencia haya sido viciada en su origen —ella y los elementos mismos— es algo que no se puede impedir uno suponer. Quien no haya sido llevado a afrontar esta hipótesis al menos una vez por día, habrá vivido como un sonámbulo.

      Es difícil, es imposible creer que el dios bueno, el «Padre», se haya involucrado en el escándalo de la Creación. Todo hace pensar que no ha tomado en ella parte alguna, que es obra de un dios sin escrúpulos, de un dios tarado. La bondad no crea: le falta imaginación; pero hay que tenerla para fabricar un mundo, por chapucero que sea. Es, en último extremo, de la mezcla de bondad y maldad de la que puede surgir un acto o una obra. O un universo. Partiendo del nuestro, es en cualquier caso mucho más fácil remontarse a un dios sospechoso que a un dios honorable.

     El dios bueno, decididamente, no ha sido dotado para crear: lo posee todo, salvo la omnipotencia. Grande por sus deficiencias (anemia y bondad van parejas), es el prototipo de la ineficacia: no puede ayudar a nadie... No nos aferramos a él más que cuando nos despojamos de nuestra dimensión histórica; en cuanto nos reintegramos a ella, nos es extraño, nos es incomprensible: no tiene nada de lo que nos fascina, no tiene nada de monstruoso. Y es entonces cuando nos volvemos hacia el Creador, dios inferior y atareado, instigador de los acontecimientos. Para comprender cómo ha podido crear, hay que figurárselo presa del mal, que es innovación, y del bien, que es inercia. Esta lucha fue, sin duda, nefasta para el mal, pues debió sufrir la contaminación del bien: lo cual explica por qué la creación no puede ser enteramente mala.

     Como el mal preside todo lo que es corruptible —que es tanto como decir todo lo que está vivo—, es una tentativa ridícula intentar demostrar que encierra menos ser que el bien, o incluso que no contiene ninguno. Los que lo asimilan a la nada se imaginan salvar así al pobre dios bueno: No se le salva más que si se tiene el valor de separar su causa de la del Demiurgo. Por haberse rehusado a ello, el cristianismo debía, durante toda su carrera, esforzarse en imponer la no-evidencia de un creador misericordioso, empresa desesperada que ha agotado al cristianismo y comprometido al dios que quería preservar.

     No podemos impedirnos pensar que la Creación, que se ha quedado en estado de bosquejo, no podía ser acabada ni merecía serlo, y que es en su conjunto una falta, y que la famosa fechoría cometida por el hombre aparece así como una versión menor de una fechoría mucho más grave. ¿De qué somos culpables sino de haber seguido, más o menos servilmente, el ejemplo del Creador?. La fatalidad que fue suya, la reconocemos sin duda en nosotros: por algo hemos salido de las manos de un dios desdichado y malo, de un dios maldito.

     Predestinados los unos a creer en un dios supremo, pero impotente; los otros, en un demiurgo; los otros, finalmente, en el demonio, no elegimos nuestras veneraciones ni nuestras blasfemias.

     El demonio es el representante, el delegado del Demiurgo, cuyos asuntos administra aquí abajo. Pese al prestigio y al terror unidos a su nombre, no es más que un administrador, un ángel degradado a una tarea baja, a la Historia.

     Muy otro es el alcance del Demiurgo: ¿cómo afrontaríamos nuestras pruebas si él estuviese ausente?. Si estuviésemos a su altura o fuésemos sencillamente poco dignos de ellas, podríamos abstenernos de invocarlo. Ante nuestras insuficiencias patentes, nos aferramos a él, incluso le imploramos que exista: si se revelase como una ficción, ¡cuál no sería nuestra desdicha o nuestra vergüenza!. ¿Sobre qué otro nos descargaríamos de nuestras lagunas, nuestras miserias, de nosotros mismos?. Erigido por decreto nuestro en autor de nuestras carencias, nos sirve de excusa para todo lo que no hemos podido ser. Cuando además le endosamos la responsabilidad de este universo fallido, saboreamos una cierta paz: no más incertidumbre sobre nuestros orígenes ni sobre nuestras perspectivas, sino la plena seguridad en lo insoluble, fuera de la pesadilla de la promesa. Su mérito es, en verdad, inapreciable: nos dispensa incluso de nuestros remordimientos, puesto que ha tomado sobre él hasta la iniciativa de nuestros fracasos.

     Es más importante encontrar en la divinidad nuestros vicios que nuestras virtudes. Nos resignamos a nuestras cualidades, en tanto que nuestros defectos nos persiguen, nos trabajan. Poder proyectarlos en un dios susceptible de caer tan bajo como nosotros y que no esté confinado en la insubstancialidad de los atributos comúnmente admitidos, nos alivia y nos tranquiliza. El dios malo es el dios más útil que jamás hubo. Si no lo tuviésemos a mano, ¿a dónde se encaminaría nuestra bilis?. Toda forma de odio se dirige en última instancia contra él. Como todos creemos que nuestros méritos son desconocidos o pisoteados, ¿cómo admitir que una iniquidad tan general sea obra del hombre tan sólo?. Debe remontarse más arriba y confundirse con alguna antigua maquinación, con el acto mismo de la creación. Sabemos, pues, con quién habérnoslas, a quién vilipendiar: nada nos halaga y nos sostiene tanto como poder situar la fuente de nuestra indignidad lo más lejos posible de nosotros. (...)

     Para evitar las dificultades propias del dualismo, se podría concebir un mismo dios cuya historia transcurriría en dos fases: en la primera, sabio, exangüe, replegado sobre sí mismo, sin ninguna veleidad de manifestarse: un dios dormido, extenuado por su eternidad; en la segunda, emprendedor, frenético, cometiendo error tras error, se entregaría a una actividad condenable en sumo grado. Esta hipótesis aparece a la reflexión como menos clara y menos ventajosa que la de los dos dioses rotundamente distintos. Pero si se encuentra que ni una ni otra dan cuenta de lo que vale este mundo, siempre se tendrá el recurso de pensar, con algunos gnósticos, que ha sido echado a suertes entre los ángeles.

     (Es lamentable, es degradante asimilar la divinidad a una persona. Nunca será una idea ni un principio anónimo para quien haya practicado los Testamentos. Veinte siglos de altercados no se olvidan de un día para otro. Se inspire en Job o en Pablo, nuestra vida religiosa es querella, desmesura, desabrimiento. Los ateos, que manejan tan gustosamente la invectiva, prueban a las claras que apuntan a alguien. Deberían estar menos orgullosos; su emancipación no es tan completa como suponen: se hacen de Dios exactamente la misma idea que los creyentes).

     El Creador es el absoluto del hombre exterior; el hombre interior, en revancha, considera la Creación como un detalle molesto, como un episodio inútil —entiéndase: nefasto. Toda experiencia religiosa profunda comienza donde acaba el reino del Demiurgo. No tiene nada que hacer con él, lo denuncia, es su negación. En tanto que él nos obsesiona, él y el mundo, no hay medio de escapar de uno y de otro, para, en un ímpetu de aniquilamiento, alcanzar lo no-creado y disolvernos en ello.

     A favor del éxtasis —cuyo objeto es un dios sin atributos, una esencia de un dios— se eleva uno hacia una forma de apatía más pura que la del mismo dios supremo; y si uno se sumerge en lo divino, no por eso se deja de estar más allá de toda forma de divinidad. Esa es la etapa final, el punto de llegada de la mística, mientras que el punto de partida era la ruptura con el Demiurgo, el rehusarse a confraternizar todavía con él y a aplaudir su obra. Nadie se arrodilla ante él, nadie lo venera. Las únicas palabras que se le dirigen son súplicas invertidas, el único modo de comunicación entre una criatura y un creador igualmente caídos.

     Al infligir al dios oficial las funciones de padre, de creador y de gerente, se le expuso a ataques a consecuencia de los cuales debía sucumbir. ¡Cuál no hubiera sido su longevidad si se hubiese escuchado a un Marción, que de todos los heresiarcas es el que se ha erguido con más vigor contra la ocultación del mal y el que ha contribuído en el mayor grado a la gloria del dios malo por el odio que le ha profesado!. No hay ejemplo de otra religión que, en sus comienzos, haya desperdiciado tantas ocasiones. Seríamos con toda seguridad muy diferentes si la era cristiana hubiese sido inaugurada por la execración del Creador, pues el permiso para abrumarlo no hubiese dejado de aliviar nuestra carga y de volver así menos opresores los dos últimos milenios. La Iglesia, al rehusar incriminarlo y adoptar las doctrinas a las que repugnaba hacerlo, iba a comprometerse en la astucia y la mentira. Por lo menos, tenemos el consuelo de constatar que lo más seductor que hay en su historia son sus enemigos íntimos, todos los que ella ha combatido y rechazado y quienes, para salvaguardar el honor de Dios, recusaron, a riesgo del martirio, su condición de creador. Fanáticos de la nada divina, de esa ausencia en que se complace la bondad suprema, conocen la dicha de odiar a tal dios y de amar a tal otro sin restricción, sin reservas mentales. (...)

     Una cierta ambigüedad existía empero en ellos: ¿qué eran esos gnósticos y esos maniqueos de toda laya sino perversos de la pureza, obsesos del horror?. El mal los atraía, los llenaba casi: sin él, su existencia hubiera estado vacante. Lo perseguían, no lo dejaban ni un instante. Y si sostenían con tanta vehemencia que era increado, es porque deseaban en secreto que subsistiese por siempre jamás, para poder gozar y ejercer, durante toda la eternidad, de sus virtudes combativas. Habiendo, por amor al Padre, reflexionado demasiado en el Adversario, debían acabar por comprender mejor la condenación que la salvación. Tal es la razón por la que habían captado tan bien la esencia de este mundo. La Iglesia, tras haberlos vomitado, ¿será acaso tan hábil como para apropiarse de sus tesis, y tan caritativa como para prestigiar al Creador, para excomulgarlo finalmente?. No podrá renacer más que desterrando las herejías, más que anulando sus antiguos anatemas para pronunciar otros nuevos.

     Tímido, desprovisto de dinamismo, el bien es incapaz de comunicarse. El mal, atareado, muy por el contrario, quiere transmitirse y lo logra, puesto que posee el doble privilegio de ser fascinante y contagioso. De este modo, se ve más fácilmente extenderse y salir de sí a un dios malo que a uno bueno.

     Esta incapacidad de permanecer en sí mismo, de la que el Creador debía hacer una demostración tan irritante, la hemos heredado todos: engendrar es continuar de otra forma y a otra escala la empresa que lleva su nombre, es añadir algo a su «creación» por un deplorable remedo. Sin el impulso que él ha dado, el deseo de alargar la cadena de los seres no existiría, ni tampoco esa necesidad de suscribirse a las maquinaciones de la carne. Todo alumbramiento es sospechoso; los ángeles, felizmente, son incapaces de ello, pues la propagación de la vida está reservada a los caídos. La lepra es impaciente y ávida, gusta de expandirse. Es importante desaconsejar la generación, pues el temor de ver a la Humanidad extinguirse no tiene fundamento alguno: pase lo que pase, por todas partes habrá los suficientes necios que no pedirán más que perpetuarse y, si incluso ellos acabasen por zafarse, siempre se encontrará, para sacrificarse, alguna pareja espeluznante.

     No es tanto el apetito de vivir lo que se trata de combatir como el gusto por la «descendencia». Los padres, los progenitores, son provocadores o locos. Que el último de los abortos tenga la facultad de dar la vida, de «echar al mundo»..., ¿existe algo más desmoralizador?. ¿Cómo pensar sin espanto o repulsión en ese prodigio que hace del recién llegado un semi‑demiurgo?. Lo que debería ser un don tan excepcional como el genio ha sido conferido indistintamente a todos: liberalidad de mala ley que descalifica para siempre a la Naturaleza.

     La exhortación criminal del Génesis: "Creced y multiplicaos", no ha podido salir de la boca del dios bueno. Sed escasos, hubiese debido sugerir más bien, si hubiese tenido voz en el capítulo. Nunca tampoco hubiese podido añadir las palabras funestas: Y llenad la tierra. Se debería, antes que nada, borrarlas para lavar a la Biblia de la vergüenza de haberlas recogido.

     La carne se extiende más y más como una gangrena por la superficie del globo. No sabe imponerse límites, continúa haciendo estragos pese a sus reveses; toma sus derrotas por conquistas, nunca ha aprendido nada. Pertenece ante todo al reino del Creador y es sin duda en ella donde éste ha proyectado sus instintos malhechores. Normalmente, debería aterrar menos a quienes la contemplan que a los mismos que la hacen durar y aseguran sus progresos. No es así, pues no saben de qué aberración son cómplices. Las mujeres encintas serán un día lapidadas, el instinto maternal proscrito, la esterilidad aclamada. Con razón en las sectas en que la fecundidad era mirada con recelo, entre los bogomilos y los cátaros, se condenaba el matrimonio, institución abominable que todas las sociedades protegen desde siempre, con gran desesperación de los que no ceden al vértigo común. Procrear es amar la plaga, es querer cultivarla y aumentarla. Tenían razón esos filósofos antiguos que asimilaban el Fuego al principio del universo y del deseo. Pues el deseo arde, devora, aniquila: juntamente agente y destructor de los seres, es sombrío e infernal por esencia.

     Este mundo no fue creado alegremente. Sin embargo, se procrea con placer. Sí, sin duda, pero el placer no es la alegría, sólo es su simulacro: su función consiste en hacer la estafa, en hacernos olvidar que la Creación lleva, hasta en su menor detalle, la marca de esa tristeza inicial de la que ha surgido. Necesariamente engañoso, es él también quien nos permite ejecutar cierto esfuerzo que en teoría reprobamos. Sin su concurso, la continencia, ganando terreno, seduciría incluso a las ratas. Pero es en la voluptuosidad cuando comprendemos hasta qué punto el placer es ilusorio. Por ella alcanza su cumbre, su máximo de intensidad, y es ahí, en el colmo de su éxito, cuando se abre súbitamente a su irrealidad, cuando se hunde en su propia nada. La voluptuosidad es el desastre del placer.

     No se puede consentir que un dios, ni siquiera un hombre, proceda de una gimnástica coronada por un gruñido. Es extraño que, tras un período de tiempo tan largo, la «evolución» no haya logrado procurarse otra fórmula. ¿Para qué iba a cansarse, por otro lado, cuando la ahora vigente funciona a pleno rendimiento y conviene a todo el mundo?. Entendámonos: la vida misma no entra en disputa, es misteriosa y extenuante a placer, lo que no es el ejercicio en cuestión, de una inadmisible facilidad, vistas sus consecuencias. Cuando se sabe lo que el destino dispensa a cada cual, se queda uno pasmado ante la desproporción entre un momento de olvido y la suma prodigiosa de desgracias que resulta de ello. Cuanto más se vuelve sobre este tema, más se convence uno de que los únicos que han entendido algo son los que han optado por la orgía o la ascética, los libertinos o los castrados.

     Como procrear supone un desvarío sin nombre, cierto es que si nos volviésemos sensatos, es decir, indiferentes a la suerte de la especie, sólo guardaríamos algunas muestras, como se conservan especímenes de animales en vías de desaparición. Cerremos el camino a la carne, intentemos paralizar su espantoso crecimiento. Asistimos a una verdadera epidemia de vida, a una proliferación de rostros. ¿Dónde y cómo seguir todavía frente a frente con Dios?.

     Nadie está sujeto continuamente a la obsesión del horror. Sucede que nos apartamos de él, que casi lo olvidamos, sobre todo cuando contemplamos algún paisaje del que nuestros semejantes están ausentes. En cuanto aparecen, se instala de nuevo en el espíritu. Si uno se inclinase a absolver al Creador, a considerar este mundo como aceptable e incluso satisfactorio, aún habría que hacer reservas sobre el hombre, ese punto negro de la Creación.

     Nos es fácil figurarnos que el Demiurgo, convencido de la insuficiencia o de la nocividad de su obra, quiera un día hacerla perecer y que incluso se las arregle para desaparecer con ella. Pero también se puede concebir que desde un comienzo sólo se atarea en destruírse y que el devenir se reduce al proceso de esa lenta autodestrucción. Proceso despacioso o jadeante, en las dos eventualidades se trataría de una vuelta sobre sí mismo, de un examen de conciencia, cuyo desenlace sería el rechazo de la creación por su autor.

     Lo que hay en nosotros de más anclado y de menos perceptible es el sentimiento de una quiebra esencial, secreto de todos, dioses incluídos. Y lo que es notable es que la mayoría está lejos de adivinar que experimenta ese sentimiento: Estamos por lo demás —gracias a un favor especial de la Naturaleza— destinados a no darnos cuenta de ello: la fuerza de un ser reside en su incapacidad de saber hasta qué punto está solo. Bendita ignorancia, gracias a la cual puede agitarse y actuar. ¿Qué resultado tiene la revelación de su secreto?: su impulso se rompe de inmediato, irremediablemente. Es lo que le ha sucedido al Creador o lo que le sucederá, quizás.

     Haber vivido siempre con la nostalgia de coincidir con algo, sin, a decir verdad, saber con qué... Es fácil pasar de la incredulidad a la creencia o inversamente. Pero ¿a qué convertirse y de qué abjurar, en medio de una lucidez crónica?. Desprovista de substancia, no ofrece ningún contenido del que se pueda renegar; está vacía y no se reniega del vacío: la lucidez es el equivalente negativo del éxtasis.

     Quien no coincide con nada, tampoco coincidirá consigo mismo. De aquí provienen esas llamadas sin fe, esas convicciones vacilantes, esas fiebres privadas de fervor, ese desdoblamiento del que son víctimas nuestras ideas y hasta nuestros reflejos. El equívoco, que regula todas nuestras relaciones con este mundo y con el otro, lo guardamos en primera instancia para nosotros mismos; después lo hemos expandido a nuestro alrededor, a fin de que nadie escape, a fin de que ningún viviente sepa a qué atenerse. Ya no hay nada claro en ninguna parte: por nuestra culpa las mismas cosas se tambalean y se hunden en la perplejidad. Lo que nos haría falta es el don de imaginar la posibilidad de rezar, indispensable a cualquiera que aspira a su salvación. El infierno es la oración inconcebible.

     La instauración de un equívoco universal es la proeza más calamitosa que hemos realizado y la que nos hace rivales del Demiurgo.

     No fuimos felices más que en las épocas en que, ávidos de ocultamiento, aceptábamos nuestra nada con entusiasmo. El sentimiento religioso no emana de la constatación, sino del deseo de nuestra insignificancia, de la necesidad de revolcarnos en ella. Esta necesidad, inherente a nuestra naturaleza, ¿cómo podrá satisfacerse ahora que ya no podemos vivir remolcados por los dioses?. En otros tiempos eran ellos los que nos abandonaban; hoy somos nosotros los que los abandonamos. Hemos vivido a su lado demasiado tiempo como para que hallen gracia a nuestros ojos; siempre a nuestro alcance, los oíamos rebullir; nos acechaban, nos espiaban: no estábamos ya en nuestra casa... Ahora bien, como la experiencia nos lo enseña, no existe ser más odioso que el vecino. El hecho de saberlo tan próximo en el espacio nos impide respirar y hace igualmente impracticables nuestros días y nuestras noches. En vano, hora tras hora, meditamos su ruina: ahí está, atrozmente presente. Todos nuestros pensamientos nos invitan a suprimirlo; cuando por fin nos decidimos, un sobresalto de cobardía nos encoge, justo antes del acto. De este modo somos asesinos en potencia de quienes viven en nuestros parajes; y por no poder serlo de hecho, nos consumimos y nos agriamos, indecisos y fracasados de la sangre.

     Si con los dioses todo pareció más sencillo, es porque, siendo su indiscreción inmemorial, había que acabar con ella, costase lo que costase: ¿acaso no eran demasiado molestos para que fuese posible guardarles aún miramientos?. Así se explica que, al clamor general contra ellos, ninguno de nosotros podía dejar de mezclar su vocecita.

     Cuando pensamos en esos compañeros o enemigos varias veces milenarios, en todos los patrones de las sectas, de las religiones y de las mitologías, el único del que nos repugna separarnos es de ese demiurgo, al que nos apegan los males mismos de los que nos importa que él sea la causa. En él pensamos a propósito del menor acto de la vida y de la vida sin más. Cada vez que lo consideramos, que escrutamos sus orígenes, nos maravilla y nos da miedo; es un milagro aterrador que debe provenir de él, dios especial, completamente aparte. De nada sirve sostener que no existe, cuando nuestros estupores cotidianos están ahí para exigir su realidad y proclamarla. ¿Se les opondrá que ha existido quizá, pero que ha muerto como los otros?. No se dejarán desanimar, se atarearán en resucitarlo y durará tan largo tiempo como nuestro asombro y nuestro miedo, como esta curiosidad indignada ante todo lo que es, ante todo lo que vive. Dirán: «Triunfad sobre el miedo, para que sólo subsista vuestro asombro». Pero para vencerlo, para hacerlo desaparecer, habría que atacarlo en su principio y demoler sus fundamentos, volver a edificar ni más ni menos que el mundo en su totalidad, cambiar alegremente de demiurgo; entregarse, en suma, a otro creador.–

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