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sábado, 7 de julio de 2012

William L. Pierce - Suicidio Racial


     Otra interesante transcripción de una radiotransmisión del doctor William Pierce es la que presentamos en castellano ahora. Fue difundida el 23 de Diciembre del año 2000, y como se acercaba el fin de año, donde se efectuó en aquel Noviembre la primera elección de George W. C. Bush, el señor Pierce más que un recuento de ese año, realiza un recuento del siglo pasado, que finalizó el 31 de Diciembre de 1999, como toda persona enterada sabe. Dicho recuento se salda negativamente, según Pierce, para la raza Blanca. Y al parecer tiene toda la razón, dada la furia desatada con que se sigue llevando a cabo el genocidio disfrazado contra la misma.



Suicidio Racial
por el Dr. William Pierce
23 de Diciembre de 2000




     Con el cercano final de año, éste parece un buen tiempo para hacer un resumen de algunas cosas. Antes de que resumamos el año que ha pasado, sin embargo, miremos el siglo pasado. La característica más notable del siglo XX fue el suicidio colectivo de la raza Blanca. En 1900 gobernábamos el mundo. Gobernábamos políticamente, militarmente, culturalmente, económicamente, científicamente, y de toda otra forma. Ninguna otra raza siquiera se nos acercaba. Gobernábamos India y África directamente, y China era para todos los propósitos prácticos una colonia económica de Europa y EE.UU.. El Emperador chino permaneció en su trono sólo mientras él dejó a los Blancos salirse con la suya en China. Japón era la única nación no-Blanca de algún significado, que incluso tenía pretensiones de autonomía.

     Teníamos armas superiores, fuerzas armadas superiores, comunicaciones superiores, medios de transporte superiores, agricultura e industria superiores, estándares superiores de salud, organización superior, superioridad en cada faceta de la ciencia y la tecnología. Teníamos las mejores universidades —realmente, las únicas universidades dignas de ese nombre—, los mejores ingenieros. Construímos cosas que otras razas no podían siquiera imaginar. Exploramos, conquistamos, gobernamos.

     Más importante que nada era nuestra superioridad moral —y por favor no malentienda mi uso de aquel término. No estoy diciendo que éramos mansos e inofensivos y poníamos la otra mejilla. Quiero decir que estábamos orgullosos y seguros de nosotros mismos. Sabíamos quiénes éramos, y sabíamos que estábamos lejos, mucho más lejos que cualquiera otro, y no estábamos en absoluto avergonzados por el hecho de que éramos mejores. Reconocimos las diferencias raciales del mismo modo que reconocimos que el Sol se eleva por el Este, y no sentimos ni la más ligera necesidad de pedir perdón a alguien por esto. El igualitarismo era una enfermedad moral y mental que afligía sólo a algunos de entre nuestra gente, a pesar del sanguinario exabrupto de la locura igualitaria que fue la Revolución francesa un siglo antes. Cualquier clase de mezcla racial era detestable para nosotros. Considerábamos el mestizaje con la misma repugnancia y desaprobación que la bestialidad o la necrofilia. No lo tolerábamos. Y no aceptábamos ni confiábamos en los judíos. Ésa era nuestra situación hace un siglo.

     Cometimos algunos errores, sin embargo: algunas faltas muy serias. No fuimos vigilantes. Estábamos tan confiados en nuestra superioridad que dejamos de prestar atención a las advertencias de los pocos de entre nosotros que estaban vigilantes. No prestamos atención cuando unos cuantos nos advirtieron: "Oye, deberíamos hacer algo sobre el problema de la raza. Tenemos nueve millones de hombres de color en Estados Unidos, según el censo de 1900, y en el futuro ellos podrían convertirse en un verdadero problema para nosotros. Comencemos a deshacernos de ellos ahora".

     Pensamos: "Bien, mientras ellos se queden en su lado de la ciudad y permanezcan fuera de nuestra vista, ¿cómo pueden ser un problema para nosotros?. Además, ellos son útiles para cosechar el algodón y como aseadoras y cocineras y jardineros".

     Y cuando unos cuantos nos advirtieron sobre los judíos, tampoco prestamos atención. Unos pocos nos advirtieron sobre el daño que los judíos nos habían hecho en el pasado, sobre su malevolencia, sobre su riqueza creciente; pero la mayoría de nosotros no tomó las advertencias en serio. Vimos a los judíos como gente desagradable y antipática, y no les permitimos la entrada en nuestros clubes privados ni en nuestros mejores hoteles, pero no los consideramos realmente peligrosos. Ni siquiera nos alarmamos cuando ellos comenzaron a comprar en grandes cantidades nuestros periódicos y a abrirse camino a codazos en otros medios de propaganda.

     Y la carencia de vigilancia no fue nuestra única falla. Siempre estábamos listos para pelear uno con otro. Ninguna otra raza era vista como una amenaza para la nuestra, de modo que no sentíamos ninguna necesidad de suprimir nuestras rivalidades y celos y odios internos y formar un frente sólido contra el mundo no-Blanco. Dejamos que se agriaran las viejas rivalidades entre los ingleses y los alemanes, y entre los alemanes y los franceses, y entre los ingleses y los bóers en Sudáfrica, y entre aquellos de nosotros que hablaban lenguas germánicas y aquellos que hablaban lenguas eslavas o romances. No notamos nuestras faltas, nuestras debilidades —pero otros lo hicieron.

     La segunda mitad del siglo XIX vio no sólo el comienzo de la adquisición de nuestros medios de comunicación por los judíos, sino también la casi simultánea incubación de dos crueles conspiraciones a largo plazo, diseñadas para explotar nuestras debilidades y volverlas contra nosotros. Estas dos conspiraciones fueron el sionismo y el marxismo. Algunos judíos apoyaron a una y otros siguieron la otra, pero ambas eran mortales para nosotros.

     Los marxistas publicaron su Manifiesto Comunista en la mitad del siglo XIX, pero fue 50 años antes de eso que ellos ya eran capaces de tener bastante impacto en el mundo de los no-judíos. En cuanto a los sionistas, ellos también comenzaron a organizarse y a hacer propaganda alrededor de la mitad del siglo XIX, y sólo llegaron a ser notorios a principios del siglo XX, cuando comenzaron a tener congresos sionistas internacionales y a exponer más o menos abiertamente sus proyectos para instigar guerras y revoluciones, de las cuales ellos podrían aprovecharse para promover los intereses judíos.

     Por ejemplo, en el Congreso Sionista de 1897, en Basilea, Suiza, el líder sionista Theodor Herzl dijo a sus congéneres judíos que ellos estaban teniendo problemas para persuadir a los turcos, que en ese entonces controlaban Palestina, de que les cedieran el dominio del país, pero que los líderes judíos tenían planes para soslayar a los turcos. Y yo debería mencionar que el discurso de Herzl al Congreso Sionista de 1897 ha sido publicada en numerosos lugares, y cualquier investigador diligente puede conseguir encontrar una copia. Herzl dijo:

     "Puede ser que Turquía nos rechace o que sea incapaz de entendernos. Esto no nos desalentará. Buscaremos otros medios para llevar a cabo nuestro propósito. La cuestión de Oriente es ahora una cuestión primordial. Más pronto o más tarde causará un conflicto entre las naciones... La gran guerra europea debe venir. Con mi reloj en la mano espero ese momento terrible. Después de que la gran guerra europea termine, la conferencia de paz se reunirá. Debemos estar preparados para ese momento".


     Recuerde: Herzl estaba hablando de los planes de los judíos 17 años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero los judíos estuvieron preparados cuando el tiempo llegó. En 1916, con la guerra más o menos llegada a un punto muerto, ellos se acercaron a los líderes políticos británicos e hicieron un trato para involucrar a Estados Unidos en la guerra al lado de Gran Bretaña a cambio de una promesa británica de arrebatar Palestina a Turquía y cederla a los judíos después de la guerra. El lado británico del trato fue hecho público en la llamada Declaración Balfour. Y los sionistas llevaron a cabo su parte del convenio trabajando mediante judíos cerca del Presidente demócrata de Estados Unidos Woodrow Wilson. Wilson había ganado la elección para su segundo período en la Casa Blanca en 1916 prometiendo a los votantes de EE.UU. que él mantendría al país fuera de la guerra europea. Pero tan pronto como él tomó posesión del cargo en 1917, comenzó a intrigar para tener al país en la guerra al lado de Gran Bretaña, lo cual, por supuesto, hizo dos meses más tarde. Aquello costó un par de millones de vidas de no-judíos adicionales, pero consiguió Palestina para los judíos —y también prolongó la guerra lo suficiente para que los judíos en Rusia derrocaran al Zar y tuvieran su revolución comunista en marcha.

     Cuando dije que algunos judíos tomaron la ruta marxista y otros la ruta sionista, no quise decir que todos los judíos llegaron a ser trabajadores activos en uno u otro de aquellos movimientos. La mayor parte de los judíos permaneció siendo una máquina de hacer dinero a tiempo completo, y proporcionó apoyo propagandístico y financiero a sus hermanos conspiradores, y continuó su compra en grandes cantidades de los medios de comunicación, y distribuyendo capital a los sionistas o a los comunistas cuando lo necesitasen. Y ellos no esperaron la Primera Guerra Mundial para hacer eso. El primer gran baño de sangre no-judía del siglo pasado en el cual ellos tuvieron injerencia fue la Guerra Bóer en Sudáfrica, entre los británicos y los bóers. Esta guerra cruel y sangrienta, en la cual los capitalistas judíos estaban aliados con los capitalistas británicos contra los agricultores holandeses, alemanes y franceses de Sudáfrica —los bóers— puso los fundamentos para el control judío de la mayor parte de la riqueza mineral de África.

     En 1904 el especulador judío de Wall Street Jacob Schiff, que planeaba una futura toma comunista del poder en Rusia, ayudó a financiar el lado japonés en la guerra ruso-japonesa y usó su influencia para bloquear préstamos desde EE.UU. para el gobierno del Zar. Éste fue el mismo Jacob Schiff que un poco más de una década más tarde proveyó al movimiento judío-bolchevique con una infusión de 25 millones de dólares para terminar el trabajo en Rusia: esto es, 25 millones de dólares del capitalista Wall Street para financiar la carnicería comunista de rusos no-judíos. En 1917 veinticinco millones de dólares era mucho dinero; en cualquier caso, compraba bastantes bombas y balas y panfletos de propaganda comunista para terminar el trabajo.

     Ahora bien, nada de esta actividad judía era realmente secreta. Los lemmings no sabían nada sobre ello, porque esto no estaba en las historietas cómicas o en las películas. Pero los judíos ni siquiera trataban de mantener en secreto sus simpatías o sus actividades, y los no-judíos observadores siguieron publicando advertencias a quienquiera que escuchara. Pero, como dije hace un momento, no éramos vigilantes. Los estadounidenses Blancos no creían que ellos estuvieran en algún peligro. Cosas tales como el trato para involucrar a EE.UU. en la Primera Guerra Mundial a cambio del traspaso de Palestina a los judíos eran demasiado sutiles para la mente estadounidense.

     Después de la guerra, el asesinato masivo de ucranianos y rusos cometido por comisarios judíos-bolcheviques podría haber abanderizado a los estadounidenses Blancos, si no hubiera sido porque el estadounidense Blanco promedio no pensaba en los rusos y en los ucranianos como verdadera gente: ellos hablaban un lenguaje diferente y se vestían de manera diferente a nosotros. Y además, en aquella época los judíos habían conseguido aferrar bastante bien a Hollywood y la industria de la comunicación, y así el único lado de la historia que a la mayor parte de los estadounidenses se les permitía ver u oír era el lado judío.

     Los europeos eran más vigilantes que los estadounidenses. En primer lugar, los europeos tenían una memoria más larga: ellos eran más conscientes de la larga historia judía de maquinaciones y depredación que los estadounidenses. En segundo lugar, en Europa el peligro era muchísimo más cercano. Los partidos comunistas en varios países europeos además de Rusia habían aprovechado el caos producido por la guerra para arrebatar el poder, y en unos cuantos países —Hungría, por ejemplo— ellos tuvieron éxito temporalmente. La gente notó la pertenencia étnica de los comisarios y se horrorizó por su comportamiento hacia las poblaciones no-judías. Incluso en la insular Gran Bretaña nada menos que una figura pública como Winston Churchill habló claramente sobre el peligro del comunismo judío. En la edición del 8 de Febrero de 1920 en un artículo a página completa del Illustrated Sunday Herald de Londres, Churchill escribió:

     «Este movimiento entre los judíos no es nuevo. Desde los días de Spartacus-Weishaupt y los de Karl Marx, hasta los de Trotsky (Rusia), Bela Kun (Hungría), Rosa Luxemburgo (Alemania) y Emma Goldman (Estados Unidos), esta conspiración mundial para el derrocamiento de la civilización y para la reconstitución de la sociedad sobre la base del desarrollo detenido, de la envidiosa malevolencia y de una igualdad imposible, ha estado creciendo constantemente. Ella jugó... una parte definitivamente reconocible en la tragedia de la Revolución francesa. Ha sido la fuente principal de cada movimiento subversivo durante el siglo diecinueve; y ahora finalmente esta pandilla de personalidades extraordinarias del submundo de las grandes ciudades de Europa y Estados Unidos ha agarrado al pueblo ruso por sus cabellos y se han convertido así prácticamente en los amos indiscutibles de aquel enorme Imperio.

          No hay ninguna necesidad de exagerar el papel jugado en la creación del bolchevismo y en el surgimiento actual de la Revolución rusa por estos internacionales y en su mayor parte ateos judíos, porque ciertamente es uno muy grande y probablemente excede a todos los otros. Con la excepción notable de Lenin, los personajes principales mayoritariamente son judíos. Además, la principal inspiración y el poder conductor vienen de los líderes judíos. Así Tchitcherin, un ruso puro, es eclipsado por su subordinado nominal Litvinoff, y la influencia de rusos como Bujarin o Lunacharski no puede ser comparada con el poder de Trotsky, o de Zinovieff, el Dictador de la Ciudadela Roja (Petrogrado), o de Krassin o Radek, todos judíos. En las instituciones soviéticas el predominio de los judíos es aún más asombroso. Y una parte destacada, si es que no la principal, en el sistema de terrorismo aplicado por la Comisión Extraordinaria para Combatir la Contrarrevolución [la Cheka] la han tenido judíos, y en algunos casos notables, judías. El mismo malvado protagonismo han tenido los judíos en el breve período de terror durante el cual Bela Kun gobernó en Hungría. El mismo fenómeno se ha presentado en Alemania (sobre todo en Baviera), en cuanto se ha permitido que esta locura se aproveche de la postración temporal del pueblo alemán. Aunque en todos estos países haya muchos no-judíos tan malos como los peores revolucionarios judíos, la parte jugada por éstos en proporción a su cantidad en la población es asombrosa».


     Realmente, Churchill dijo un poco más en este artículo sobre los peligros de permitir que el comunismo judío corra desenfrenado, y si usted realmente quiere hacer un estudio del trasfondo de nuestro desastre actual debería leer el artículo entero. Es la edición del 8 de Febrero de 1920 del Illustrated Sunday Herald. Y cuando usted encuentre el artículo del cual acabo de citar —un artículo principal escrito por una de las personalidades más prominentes del siglo pasado y publicado en un importante periódico británico— usted podría preguntarse por qué nunca antes había oído de ello [texto completo en http://editorial-streicher.blogspot.com/2011/08/blog-post_07.html].

     Como dije, carecimos de vigilancia. Pocas personas prestaron atención —el fabricante pionero de automóviles en EE.UU. Henry Ford, por ejemplo—, pero la mayoría de los estadounidenses Blancos estaba demasiado ocupada en sus juegos de pelota e historietas cómicas. Y realmente no nos preocupamos por lo que los judíos estaban haciendo a la gente Blanca en el extranjero, ya que ellos no eran estadounidenses. El único pueblo que realmente puso atención fue el alemán, que resolvió no dejar a los judíos hacerle lo que éstos habían hecho a los rusos y habían tratado de hacer a los húngaros. Entonces los alemanes procedieron a sacarse de encima a Rosa Luxemburgo y sus compinches y a echarlos de Alemania. Y cuando los alemanes hicieron esto, los judíos en Estados Unidos comenzaron a gritar que había habido un asesinato sangriento y a pedir otra guerra mundial para salvarlos de los alemanes. Y en esas fechas los judíos tenían casi un monopolio para entregar su versión de la historia al público estadounidense.

     Bien; nuestra gente tuvo otra falta además de un sentido inadecuado de solidaridad racial con otros Blancos alrededor del mundo y una carencia de vigilancia: también carecimos de un liderazgo responsable. Carecimos incluso de un sistema para darnos un liderazgo responsable. Lo que teníamos eran políticos: mentirosos expertos —actores, abogados— que nunca se preguntaron a sí mismos "¿Qué política es buena para nuestro pueblo?", sino sólo "¿Cómo puedo ser elegido?; ¿qué debo prometer a la gente a fin de conseguir sus votos?; ¿qué política me hará popular?". Y cuando el dominio de los judíos en los medios de comunicación, en Hollywood y en la Avenida Madison —y por lo tanto en las mentes del público— se hizo cada vez más casi completo a lo largo del siglo pasado, la pregunta que los políticos se hacían a sí mismos cada vez más era: "¿Qué debo hacer para complacer a los judíos y conseguir su apoyo?".

     Y así en 1933, en el mismo año en que un gobierno alemán tomó posesión del cargo con una política de liberar al pueblo alemán del predominio de los judíos, en EE.UU. un gobierno tomó posesión del cargo con una política de hacer lo que los judíos quisieran que se hiciese. Franklin Roosevelt se rodeó de más judíos que cualquier otro anterior presidente estadounidense. En este aspecto él era el Bill Clinton de su tiempo.

     Usando a Roosevelt como su instrumento complaciente, los judíos utilizaron el mismo truco de márketing sobre el pueblo estadounidense para involucrarnos en la Segunda Guerra Mundial que el que habían utilizado bajo Woodrow Wilson para implicarnos en la Primera Guerra Mundial. Tal como Wilson lo había hecho 24 años antes, Roosevelt se presentó a la reelección en 1940 bajo una promesa de campaña de mantener a Estados Unidos fuera de la guerra en Europa, y mientras él hacía aquella promesa al pueblo estadounidense, estaba confabulando activamente con sus consejeros judíos y partidarios para tener a Estados Unidos en la guerra tan pronto como él pudiera, y mientras tanto mantenía la guerra en Europa por medio de sus promesas de apoyo a los países que se enfrentaban a Alemania.

     Fue el pelear en el lado incorrecto de aquella guerra, más que ninguna otra cosa, lo que nos dejó incapacitados. Esto también destruyó al Imperio británico e incapacitó a Gran Bretaña. A través de todo el mundo no-Blanco los Blancos comenzaron a renunciar a su dominio, a retirarse, a disculparse. La enfermedad del igualitarismo comenzó a esparcirse como fuego incontrolable. Hubo un colapso moral a través de todo el mundo Blanco. No fue sólo el pueblo alemán el que perdió la Segunda Guerra Mundial: fueron todos los europeos, toda la gente Blanca, incluídos los europeo-estadounidenses.

     Los judíos fueron los únicos verdaderos ganadores. La Primera Guerra Mundial causó la apertura de Palestina para su facción sionista y la entrega de Rusia a su facción comunista. La Segunda Guerra Mundial no sólo los salvó de ser echados a patadas de Europa por Hitler, sino que entregó toda la Europa oriental y la mayor parte de la Europa central a su facción comunista y terminó de entregar Palestina a su facción sionista. La guerra les costó un millón y tanto de los judíos menos ágiles en Europa, pero esto les dio la base para su enormemente provechosa historia del "Holocausto", con la cual ellos han golpeado en la cabeza al mundo Blanco desde entonces.

     Y así hoy tenemos a George W. Bush tratando de aventajar a Bill Clinton en "multi-culturalizar" el gobierno de Estados Unidos. Los estadounidenses conservadores, los estadounidenses patrióticos, ponen su esperanza en Bush para retirar a EE.UU. de la locura de la época de Clinton, y la primera cosa que hace Bush es intentar congraciarse con los partidarios de Clinton, con los judíos, designando a hombres no-Blancos en los cargos más importantes de su administración.

     Lea los labios del hombre. Lo que él está diciendo es: «Oiga, no soy realmente un tipo tan malo. Vea, estoy designando a Negros, estoy nombrando a judíos, a mejicanos. Y los Negros y los mejicanos que estoy designando son tan pro-judíos como yo. Mi negra Ministra de Asuntos Exteriores [C. Rice] de hablar rudo, habla yíddish y apoyará los intereses judíos en todo el mundo tan fuertemente como la judía Ministra de Asuntos Exteriores de Bill Clinton [M. Albright] lo ha hecho. Usted puede confiar en mí. Haré lo que usted me diga. Apoyaré a Israel. Apoyaré las leyes de "delito de expresión". Soy su hombre». Pero él no está diciendo eso; él no está haciendo estos nombramientos porque es lo que los Republicanos quieren o lo que los estadounidenses quieren. Es lo que los judíos quieren. George Bush es un hombre hueco, un hombre vacío.

     Y George Bush es un símbolo espléndido del estado de nuestra raza hoy: un símbolo espléndido de nuestro colapso moral durante el pasado siglo. Es completamente adecuado que un hombre tal sea nuestro principal líder cuando seguimos el curso de suicidio racial que hemos estado siguiendo durante todo el siglo pasado. Es completamente apropiado que él haya llegado a ser nuestro principal líder mediante el tipo de proceso, digno de una ópera cómica, que hemos presenciado durante los dos últimos meses del primer año de este siglo [elecciones de Noviembre de 2000], que ciertamente será nuestro último siglo si no hacemos pronto un cambio radical de curso y comenzamos a recobrar nuestra fuerza moral perdida.–



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