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viernes, 8 de junio de 2012

Oswald Spengler - El Hombre y la Técnica


     El doctor en filosofía alemán, profesor y escritor, Oswald Spengler (1880-1936), autor de la célebre obra La Decadencia de Occidente (1918), escribió la presente serie de ensayos sobre el hombre, la técnica, la rapacidad humana, la codicia, el heroísmo, etc. Los honestos razonamientos de Spengler, que lo llevan a delinear futuros posibles que no estaban descaminados (a más de ochenta años de publicado este texto), apoyados en contundentes fundamentos históricos, culturales y científicos, intenta en esta obra esclarecer el verdadero sentido de su conocido libro, que muchos han dejado de comprender por la profusión de sus eruditos detalles, enfatizando las claves que hay que tener en cuenta si se quiere entender lo que está planteando. La traducción de "Der Mensch und die Technik" (1931) es del filósofo español Manuel García Morente, publicada en Madrid en 1934, y hemos obviado la inmensa mayoría de sus notas, casi todas referidas a su libro capital.



EL HOMBRE Y LA TÉCNICA
Por Oswald Spengler



PRÓLOGO

     En las siguientes páginas expongo un pequeño número de pensamientos, que extraigo de una obra mayor, en la que trabajo desde hace años. Ha sido mi propósito tomar el punto de vista que en La Decadencia de Occidente apliqué exclusivamente al grupo de las culturas superiores y probarlo sobre el supuesto histórico de dichas culturas, o sea la historia del hombre desde su origen. En aquella obra hice la experiencia de que la mayor parte de los lectores no se hallan en situación de mantener la visión aplicada a toda la masa de los pensamientos; y por ello se pierden en las esferas particulares, que les son más familiares, viendo lo demás de soslayo o quedando incluso absolutamente ciegos para ello, por lo cual obtienen una falsa imagen, tanto de lo que yo decía como de aquello sobre lo cual lo decía. Estoy, desde luego, convencido de que para comprender el destino del hombre hace falta considerar comparativamente todas las esferas de su actuación al mismo tiempo y no cometer el error de partir exclusivamente de la política, de la religión o del arte, para iluminar aspectos particulares de su existencia, en la creencia de haber descubierto con ello todo.

     Sin embargo, me aventuro a ofrecer aquí un  pequeño número de problemas que en sí mismos están conectados, y por tanto son apropiados para dar una impresión provisional del gran misterio del destino humano.


      

I. LA TÉCNICA COMO TÁCTICA


1

     El problema de la técnica y de su relación con la cultura y la Historia no se plantea hasta el siglo XIX. El siglo XVIII, con el escepticismo fundamental, con la duda —que equivale a la desesperación—, había planteado la cuestión del sentido y valor de la cultura, cuestión que condujo a problemas ulteriores siempre más desmenuzados, y con ello creo las bases que permitieron al siglo XX ver la historia universal como problema.

     Por entonces, en la época de Robinson y de Rousseau, de los parques ingleses y de la poesía pastoril, considerábase al hombre "primitivo" como una especie de corderito pacífico y virtuoso, echado a perder más tarde por la cultura. Pasábase completamente por alto la técnica; y, en todo caso, ante las consideraciones morales, considerábasela como indigna de la atención.

     Pero la técnica maquinista de la Europa occidental creció en proporciones gigantescas desde Napoleón; y con sus ciudades fabriles, sus ferrocarriles y sus barcos de vapor obligó, finalmente, a plantear en serio el problema. ¿Qué significa la técnica?; ¿qué sentido tiene en la Historia, qué valor en la vida del hombre, qué rango moral o metafísico?. Diéronse muchas respuestas a estas preguntas. Todas ellas pueden reducirse en el fondo a dos.

     Por una parte, los idealistas y los ideólogos, los epígonos del clasicismo humanista de la época de Goethe, despreciaban las cosas técnicas y las cuestiones económicas en general, considerándolas como extrañas y ajenas a la cultura. Goethe, con su gran sentido de todo lo real, había intentado en la segunda parte del Fausto penetrar en las más hondas profundidades de ese nuevo mundo de los hechos. Pero ya con Guillermo de Humboldt comienza la concepción filológica de la Historia, una concepción ajena a la realidad y según la cual medíase, al fin y al cabo, el rango de una época histórica por el número de cuadros y de libros que en ella se hayan producido. Un soberano no poseía significación de importancia más que si se conducía como un Mecenas. No importaba lo que por lo demás, fuese. El Estado era una constante perturbación para la verdadera cultura, que se fraguaba en las aulas, en los gabinetes de los científicos y en los talleres de los artistas. La guerra era una barbarie inverosímil de épocas pretéritas, y la economía algo prosaica y tonta, sobre lo cual resbalaba la atención, aun cuando a diario se hacía uso de ella. Nombrar a un gran comerciante o a un ingeniero junto a los poetas y a los pensadores, era punto menos que delito de lesa majestad cometido para con la cultura "verdadera". Léanse en este sentido las Consideraciones sobre Historia Universal, de Jacobo Burckhardt. Pero este era también el punto de vista de la mayoría de los filósofos de cátedra y aun de muchos historiadores, hasta llegar a los literatos y estetas de las actuales grandes urbes, que consideran la elaboración de una novela como más importante que la construcción de un motor de aviación.

     De otra parte estaba el materialismo de origen esencialmente inglés, la gran moda de los semicultos en la segunda mitad del siglo pasado, de los folletones liberales y de las asambleas populares radicales, de los marxistas y de los escritores ético-sociales que se tenían por pensadores y poetas.

     Si a los primeros les faltaba el sentido de la realidad, a éstos, en cambio, les faltaba en grado superlativo el sentido de la profundidad. Su ideal era exclusivamente lo útil. Todo lo que fuese útil para la "Humanidad" pertenecía a la cultura, era cultura. Lo de más era lujo, superstición o barbarie.

     Útil, empero, era lo que sirve a la "felicidad del mayor número". Y esta felicidad consistía en no hacer nada. Tal es, en último término, la doctrina de Bentham, Mill y Spencer. El fin de la Humanidad consistía en aliviar al individuo de la mayor cantidad posible de trabajo, cargándolo a la máquina. Libertad de "la miseria, de la esclavitud asalariada", e igualdad en diversiones, bienandanza y "deleite artístico". Anúnciase el panem et circenses de las urbes mundiales en las épocas de decadencia. Los filisteos de la cultura se entusiasmaban a cada botón que ponía en marcha un dispositivo y que, al parecer, ahorraba trabajo humano. En lugar de la auténtica religión de épocas pasadas, aparece el superficial entusiasmo "por las conquistas de la Humanidad", considerando como tales exclusivamente los progresos de la técnica, destinados a ahorrar trabajo y a divertir a los hombres. Pero del alma, ni una palabra.

     Este no es el gusto de los grandes descubridores mismos, con pocas excepciones, ni tampoco el de los que conocen bien los problemas técnicos, sino el de los espectadores, que no pueden inventar nada y, en todo caso, no comprendían nada de eso, pero rastreaban algo que podía redundar en su beneficio. Y con la falta de imaginación que caracteriza al materialismo de todas las civilizaciones, bosquéjase una imagen del futuro, la bienaventuranza eterna sobre la Tierra, un fin último y un estado duradero, bajo el supuesto de las tendencias técnicas del año 80, aproximadamente, y en peligrosa contradicción con el concepto de progreso, que excluye todo "estar": libros como La Antigua y la Nueva Fe, de Strauss; Retrospección Desde el Año 2000, de Bellamy, y La Mujer y el Socialismo, de Bebel. No más guerras; no más diferencias de razas, pueblos, Estados, religiones; no más criminales y aventureros; no más conflictos por la superioridad de unos y el diferente modo de ser de otros; no más odios, no más venganzas. Un infinito bienestar por todos los siglos de los siglos. Semejantes trivialidades nos producen hoy, al presenciar las fases finales de ese optimismo vulgar, la idea nauseabunda de un profundo tedio vital, ese tædium vitæ de la Roma imperial, que se expande al solo leer tales idilios sobre el alma y que en realidad, si se realizase, aunque fuese sólo en parte, conduciría al asesinato y al suicidio en masa.

     Ambos puntos de vista están hoy anticuados. El siglo XX ha llegado a madurez y puede penetrar, al fin, en el último sentido de los hechos, en cuya totalidad consiste la historia real del Universo. Ya no se trata de interpretar, según el gusto privado de algunos individuos y de masas enteras las cosas y los acontecimientos en referencia a una tendencia racionalista, a deseos y esperanzas propios. En lugar de decir: "así debe ser", o "así debiera ser", aparece el inquebrantable: "así es" y "así será". Un escepticismo orgulloso viene a sustituír los sentimentalismos del pasado siglo. Hemos aprendido que la Historia es algo que no tiene para nada en cuenta nuestras esperanzas.

     El tacto fisiognómico, como he denominado a la facultad que nos permite penetrar en el sentido de todo acontecer; la mirada de Goethe, la mirada de los que conocen a los hombres y conocen la vida, y conocen la Historia y contemplan los tiempos, es la que descubre en lo particular su significación profunda.

2

     Para comprender la esencia de la técnica no debe partirse de la técnica maquinista y menos aún de la idea engañosa de que la construcción de máquinas y herramientas sea el fin de la técnica. En realidad, la técnica es antiquísima. No es tampoco una particularidad histórica, sino algo enormemente universal. Trasciende del hombre y penetra en la vida de los animales, de todos los animales. Al tipo de vida que representa el animal, a diferencia del que representa la planta, corresponde la libre movilidad en el espacio, el relativo arbitrio e independencia respecto a todo el resto de la Naturaleza y, por tanto, la necesidad de afirmarse frente a ésta, de dar a la existencia propia una especie de sentido, de contenido y superioridad. Sólo partiendo del alma puede descubrirse la significación de la técnica.

     Pues la libre movilidad de los animales no es más que lucha, y la táctica de la vida, su superioridad o inferioridad con respecto al "otro", ya sea la naturaleza viviente o la naturaleza inerte, decide sobre la historia de esa vida, decide si el destino de esa vida es padecer la historia de los demás o ser historia para los demás. La técnica es la táctica de la vida entera. Es la forma íntima del manejarse en la lucha, que es idéntica a la vida misma.

     Este es el otro error que debe evitarse aquí: la técnica no debe comprenderse partiendo de la herramienta. No se trata de la fabricación de cosas sino del manejo de ellas; no se trata de las armas sino de la lucha. Y así como en la guerra moderna la táctica, esto es, la técnica de la dirección militar es lo decisivo, y las técnicas del inventar, del fabricar, del aplicar armas, sólo pueden considerarse como elementos del manejo general, así también ocurre en todo y por todo. Existen innumerables técnicas sin herramienta alguna: la técnica del león, que acecha una gacela, y la técnica diplomática. La técnica de la administración consiste en mantener en forma al Estado para las luchas de la historia política. Existen manejos químicos y técnicos de los gases. En toda lucha por un problema hay una técnica lógica. Hay una técnica de la pincelada, de la equitación, de la dirección de un globo dirigible. No se trata aquí de cosas, sino siempre de una actividad que tiene un fin. Esto, precisamente, es lo que con harta frecuencia pasa por alto la investigación prehistórica, que piensa demasiadamente en los objetos de los museos y harto poco en los innumerables manejos que debieron existir, pero que no han dejado la menor huella.

     Cada máquina sirve sólo a un manejo y ha de entenderse, precisamente, partiendo del pensamiento de ese manejo. Todos los medios de comunicación se han desarrollado partiendo del pensamiento del caminar en carro, del remar, del surcar las aguas a la vela, del volar; mas no han partido de la representación del coche o del buque. El método mismo es un arma. Y por eso la técnica no es una "parte" de la economía, como tampoco la economía constituye, junto a la guerra y a la política una "parte" de la vida existente por sí misma. Todos esos son aspectos de la vida única activa, luchadora, llena de alma. Sin duda existe un camino que, de la guerra primordial entre los animales primitivos, conduce a la actuación de los modernos inventores e ingenieros, e igualmente del arma primordial, la celada, conduce a la construcción de las máquinas, con la cual se desenvuelve la guerra actual contra la Naturaleza y con la cual la Naturaleza cae en la celada del hombre.

     A esto se llama progreso. Progreso fue la gran voz del siglo pasado. Veíase la Historia como una gran carretera sobre la cual la "Humanidad" marchaba valientemente, siempre adelante. Es decir, en el fondo, sólo los pueblos blancos; esto es, sólo los habitantes de las grandes urbes; esto es, sólo los "cultos".

     Pero ¿a dónde?; ¿por cuánto tiempo?. Y luego ¿qué?.

     Era algo ridícula esa marcha hacia el infinito, hacia un término sobre el cual nadie pensaba en serio, que nadie intentaba representarse claramente, que nadie se atrevía a representarse; pues un fin es siempre un término. Nadie hace nada sin tener el pensamiento fijo en el momento en que habrá alcanzado lo que quiere. No se hace guerra alguna, no se navega por el mar, ni siquiera se da un paseo, sin pensar en su duración y en su conclusión. Todo hombre verdaderamente creador conoce y teme el vacío que subsigue a la terminación de una obra.

     La evolución implica cumplimiento —toda evolución tiene un comienzo, todo cumplimiento es un final—, la juventud implica la vejez, el nacimiento implica el perecimiento, la vida implica la muerte. El animal, con su pensamiento vinculado al presente, no conoce, no sospecha la muerte como algo futuro y amenazador. Sólo conoce las angustias de la muerte en el momento mismo de ser muerto. Pero el hombre, cuyo pensamiento se ha libertado de esas cadenas del ahora y del aquí y que dispara sus meditaciones hacia el ayer y el mañana, hacia el "antaño" del pretérito y del futuro, conoce la muerte de antemano; y de la profundidad de su esencia y de su concepción cósmica depende el que sea superado o no por el temor del final. Según una leyenda griega antigua, que ya en la Ilíada se supone conocida, fue Aquiles colocado por su madre ante el dilema de elegir una larga vida o una vida breve, pero llena de hazañas y de gloria. Y Aquiles eligió esta última.

     Érase —y se es— harto mezquino y cobarde para soportar el hecho de la transitoriedad que caracteriza a todo ser vivo. El hombre envuelve ese hecho en un rosado optimismo progresista, en el cual nadie realmente cree, y, ocultándolo en literatura, se arrastra tras de ideales para no ver nada. Pero la transitoriedad, el nacer y el perecer, es la forma de todo lo real, desde las estrellas, cuyo destino es para nosotros incalculable, hasta el hormiguero fugaz de este planeta. La vida del individuo —animal, planta u hombre— es tan efímera como la de los pueblos y culturas. Toda creación sucumbe a la descomposición; todo pensamiento, toda invención, toda hazaña han de sumergirse en el olvido. Por doquiera vislumbramos cursos históricos de gran estilo que han desaparecido. Por doquiera encontramos delante de nuestros ojos ruinas de obras que fueron y de culturas que han perecido. Al descomedimiento de Prometeo, que acomete al cielo para someter las potencias divinas al hombre, sucede la caída. ¿Qué nos importa la palabrería y farragosa alusión a las "eternas conquistas de la Humanidad"?.

     La historia universal tiene un aspecto completamente diferente del que nuestro tiempo ensueña. La historia del hombre, comparada con la historia del mundo vegetal y animal en este planeta —y no hablemos de la vida de los mundos estelares—, es breve; es un ascenso y un descenso de pocos milenios, algo que no tiene la menor importancia en el destino de la Tierra. Pero para nosotros, que hemos nacido en ella, posee una grandeza y un poderío trágicos. Y nosotros, los hombres del siglo XX, descendemos la cuesta y lo vemos.

     Nuestra facultad de percibir la Historia, nuestra capacidad de escribir la Historia, es una señal que delata que el camino se dirige hacia el abismo. Sólo en las cumbres de las grandes culturas, en el momento en que éstas verifican el tránsito a la civilización, sólo entonces aparece por un instante esa facultad de penetrante conocimiento.

     En sí y por sí es insignificante el destino que, entre los enjambres de estrellas "eternas", pueda tener este exiguo planeta que en alguna parte del espacio infinito describe por breve tiempo sus trayectorias. Y más insignificante aún es lo que en su superficie se mueve durante unos momentos. Pero cada uno de nosotros, que en sí y por sí es una nada, está lanzado en ese hormiguero por un instante indeciblemente breve, por la duración de una vida. Por eso es para nosotros importante, sobre toda ponderación, ese mundo en pequeño, esa "historia universal". Y, además, el destino de cada individuo consiste en que su nacimiento le ha sumergido no sólo en esa historia universal, sino en un determinado siglo, en un determinado país, en un determinado pueblo, en una religión determinada, en una clase determinada. No podemos elegir entre ser hijo de un aldeano egipcio, 3.000 años antes de Jesucristo, o de un rey persa, o de un vagabundo actual. A este destino —o azar— hay que someterse. Este destino nos condena a determinadas posiciones, concepciones y producciones. No existe el "hombre en sí" —palabrería de filósofos—, sino sólo los hombres de una época, de un lugar, de una raza, de una índole personal, que se imponen en lucha con un mundo dado, o sucumben, mientras el universo prosigue en torno su curso, como deidad erguida en magnífica indiferencia. Esa lucha es la vida; y lo es, en el sentido de Nietzsche, como una lucha que brota de la voluntad de poderío; lucha cruel, sin tregua; lucha sin cuartel ni merced.



II. HERBÍVOROS Y ANIMALES DE RAPIÑA


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     El hombre es un animal de rapiña. Finos pensadores, como Montaigne y Nietzsche, lo han sabido de siempre. La sabiduría de la vida, conservada en las viejas leyendas y en los refranes de todos los pueblos aldeanos y nómadas; la sonriente penetración de los grandes conocedores de hombres —políticos, generales, comerciantes, jueces— desde las alturas de una vida rica; la desesperación de los fracasados reformadores, y las reprimendas de los irritados sacerdotes, siempre se han guardado mucho de ocultarlo o de negarlo. Sólo la gravedad solemne de los filósofos idealistas y demás teólogos no ha tenido el valor de proclamar lo que en silencio todo el mundo sabe muy bien. Los ideales son cobardías. Y, sin embargo, de sus propias obras podría sacarse una preciosa colección de sentencias que, de vez en cuando, han subido a sus labios acerca de la bestia humana.

     Pero este conocimiento hay que tomarlo definitivamente en serio. El escepticismo, la última actitud filosófica y la única posible en esta nuestra época, y aun la única digna, no permite que prosiga la inútil palabrería. Sin embargo, y justamente por ello, he de oponerme a las opiniones que se han desarrollado sobre la base de la ciencia natural, cultivada en el siglo pasado. La consideración y ordenación anatómica del mundo animal está dominada completamente por puntos de vista materialistas, de conformidad con el origen de donde procede. Si la imagen del cuerpo, tal como se ofrece a la vista del hombre y sólo de éste y además despedazado, preparado químicamente, maltratado por los experimentos, condujo a un sistema que Linneo fundó y que la escuela de Darwin profundizó con la paleontología, sistema de individualidades inmóviles, ópticas, hay también a su lado otro orden completamente distinto y falto de todo sistema, un orden de los modos de vida, que se descubre tan sólo a la convivencia ignorante, a la afinidad íntimamente sentida del yo y del tú, tal como la conoce cualquier aldeano y también cualquier poeta y artista. Gusto de meditar sobre la fisiognómica de los modos en que se manifiesta la vida animal, sobre las especies de las almas animales, y abandono a los zoólogos la sistemática de la estructura corporal. Y entonces aparece un orden completamente distinto en los rasgos de la vida, no del cuerpo.

     La planta vive; aunque sólo en sentido limitado, es un ser viviente. En realidad, más que vivir puede decirse que en ella y en torno a ella está la vida. "Ella" respira, "ella" se alimenta, "ella" se multiplica; y, sin embargo, no es propiamente más que el escenario de esos procesos, que constituyen una unidad con los procesos de la Naturaleza circundante, con el día y la noche, con los rayos del sol y la fermentación del suelo; de suerte que la planta misma no puede ni querer ni elegir. Todo acontece con ella y en ella. Ella no busca ni su lugar propio, ni su alimento, ni las demás plantas con quienes engendra su sucesión. No se mueve, sino que son el viento, el calor, la luz, quienes la mueven.

     Sobre esta especie de vida álzase, empero, la vida movediza de los animales. Pero en dos grados. Hay una especie que se extiende por todos los géneros anatómicos, desde el animal primordial monocelular hasta los palmípedos y los ungulados, y cuya vida está atenida al mundo vegetal inmóvil, que constituye el alimento con que se mantiene. Las plantas no huyen y no pueden defenderse.

     Pero sobre ésta se alza todavía otra especie de vida, la de los animales que viven de otros animales y cuya vida consiste en matar. Aquí la víctima misma es movediza y luchadora y rica en toda clase de astucias. También este modo de vida se extiende por todos los géneros del sistema. Cada gota de agua es un campo de batalla. Y nosotros, que de continuo tenemos ante los ojos la lucha, en el campo, hasta el punto de olvidar su carácter evidente e incluso su misma existencia, vemos hoy con horror las formas fantásticas de las profundidades marinas, entre las cuales se propaga también esa vida que mata y muere.

     El animal de rapiña es la forma suprema de la vida movediza. Significa el máximum de libertad con respecto a otros y para sí misma, el máximum de responsabilidad propia, de soledad, el extremo de la necesidad de afirmarse luchando, venciendo y aniquilando. Al tipo humano confiérele un alto rango el ser un animal de rapiña.

     El herbívoro es, por su destino, un animal que nace para ser víctima y presa. En vano intenta substraerse a esa fatalidad mediante la huída sin lucha. El animal de rapiña hace botín y presa. Aquella vida es, en su íntima esencia, defensiva. Ésta, en cambio, es ofensiva, dura, cruel, destructora. Ya la táctica del movimiento introduce diferencias entre esas dos vidas: en la una, la costumbre de huír, la rápida carrera, las revueltas, el hurtar el cuerpo, el ocultarse en madrigueras; en la otra, el movimiento rectilíneo del ataque, el salto del león, el disparo del águila. Existe un acecho y una astucia en el estilo del fuerte y otro en el estilo del débil. Prudentes en el sentido humano, esto es, con prudencia activa, sólo son los animales de rapiña. Los herbívoros, comparados con ellos, son tontos; y no sólo las palomas "cándidas" y el elefante, sino incluso las especies más nobles de los ungulados: el toro, el caballo, el ciervo, que sólo en el furor ciego y durante la excitación sexual son capaces de luchar, dejándose, por lo demás, fácilmente domeñar y conducir por un niño.

     A la diferencia entre los movimientos añádese, más poderosa todavía, la diferencia en los órganos sensoriales. Y con los sentidos, diferénciase también el modo de tener un "mundo". En sí y por sí, todo ser vive en la Naturaleza dentro de un contorno, ya sea que lo advierta, ya sea que ese contorno se haga visible y notable o no. La misteriosa índole —por ninguna reflexión humana explicable— de las relaciones entre el animal y su contorno, mediante los sentidos palpadores, ordenadores e intelectivos, es la que convierte al contorno en un mundo circundante para cada ser en particular [Von Uxküll, Concepción biológica del universo]. Los herbívoros superiores son dominados por el oído y, sobre todo, por el olfato. Los rapaces superiores, en cambio, dominan por la mirada. El olfato es el sentido propio de la defensa. Por la nariz rastrea el animal el origen y la distancia del peligro, dando así a los movimientos de huída una dirección conveniente: la dirección que se aleja del peligro

     El ojo del animal rapaz, en cambio, propone un fin, una meta. Ya el hecho de que los dos ojos de los grandes animales rapaces puedan fijarse en un punto mismo de los alrededores, permíteles fascinar la presa. En la mirada enemiga está ya para la víctima el destino ineluctable, el salto del momento inmediato. La fijación de los ojos dirigidos hacia adelante y paralelamente es, empero, idéntica al nacimiento del mundo, en el sentido en que el hombre tiene un mundo, es decir, en el sentido de imagen o mundo desplegado ante la mirada, como mundo no sólo de color y de luz, sino, sobre todo, de lejanas perspectivas, de espacio y de movimientos en el espacio y de objetos situados en determinados lugares. En esta manera de mirar, que es exclusiva de los animales rapaces más nobles —los herbívoros, como, por ejemplo, los ungulados, tienen los ojos orientados lateralmente y cada uno de ellos proporciona una impresión distinta y carente de perspectiva— reside ya la idea del dominio. La imagen del mundo es el mundo circundante dominado por los ojos. Los ojos del animal rapaz de terminan las cosas en su situación y distancia. Conocen el horizonte. Miden en ese campo de batalla los objetos y condiciones del ataque. Olfatear y acechar —el venado y el buitre— están uno con otro en la misma relación que el ser esclavo y el ser señor. Un sentimiento infinito de poderío palpita en esa mirada larga y tranquila; un sentimiento de libertad que brota de la superioridad y descansa en el mayor poder, en la certidumbre de no ser nunca botín ni presa de nadie. El mundo es la presa; y de este hecho, en último término, ha nacido toda la cultura humana.

     Y, finalmente, este hecho de la superioridad nativa se ha profundizado hacia afuera, en el mundo luminoso, con sus infinitas lejanías, y hacia adentro, en la índole anímica de los animales fuertes. El alma, ese algo enigmático que sentimos al oír esta palabra y cuya esencia no es accesible a ninguna ciencia; esa chispa divina en ese cuerpo viviente que tiene que dominar o que sucumbir en el mundo divinamente cruel, divinamente despreocupado; eso que nosotros, hombres, sentimos como alma en nosotros y en los demás, es el contrapolo del mundo luminoso que nos rodea, en el cual el pensamiento y la vislumbre de los hombres rastrean gustosos un alma cósmica. El alma está sellada con tanta mayor energía cuanto más solitario es el ser, cuanto más resueltamente constituye un mundo para sí, mundo opuesto a todo el mundo en torno. ¿Qué es lo contrario, lo contrapuesto al alma de un león?: El alma de una vaca. Los herbívoros substituyen el alma individual fuerte por el gran número, por el rebaño, por el común sentir y hacer en masa. Pero cuanto menos se necesita de los demás tanto más poderoso se es. El animal de rapiña es enemigo de todo el mundo. No tolera en su distrito a ninguno de sus iguales —aquí están las raíces del concepto regio de la propiedad—. La propiedad es el recinto en que se ejerce un poder ilimitado, un poder conquistado, defendido contra los iguales y victoriosamente mantenido. No es el derecho a un mero haber, sino a un soberano disponer.

     Si se entiende bien todo esto, existe una ética del animal rapaz y una ética del herbívoro. Nadie puede mover ni cambiar esto. Es la forma íntima, el sentido, la táctica de toda la vida. Es un hecho simple. Se puede aniquilar la vida, pero no cambiar su modo. Un animal de rapiña, cuando está domesticado y preso —cualquier jardín zoológico nos ofrece ejemplos de ello—, queda tullido en su alma, padece una dolencia cósmica, hállase interiormente aniquilado. Hay animales de rapiña que voluntariamente mueren de hambre, cuando han sido presos. Los herbívoros no pierden nada al convertirse en animales domésticos.

     Ésta es la diferencia entre el destino de los herbívoros y el destino de los animales de rapiña. Aquel destino no hace más que amenazar; éste confiere y distribuye en abundancia. Aquél deprime, empequeñece y acobarda; éste encumbra por el poder y la victoria, por el orgullo y el odio. Aquél se sufre; éste se es. La lucha de la naturaleza interna contra la naturaleza externa, ya no es sentida como una miseria —como mísero destino imaginaban Schopenhauer y Darwin la lucha por la vida—, sino como gran sentido de la vida, un sentido que la ennoblece; así pensaba Nietzsche: amor fati. Y el hombre pertenece a esta especie.

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     El hombre no es un simple; no es "por naturaleza bueno"; no es tonto; no es un semimono con tendencias técnicas, como lo ha descrito Haeckel y lo ha pintado Gabriel Max. Sobre esta caricatura se proyecta, además, la sombra plebeya de Rousseau. Por el contrario, la táctica de su vida es la de un animal de rapiña, magnífico, valiente, astuto, cruel. Vive atacando, matando y aniquilando. Quiere ser señor desde que existe.

     ¿Es, pues, la "técnica" realmente más antigua que el hombre?. No, no lo es. Existe una enorme diferencia entre el hombre y los demás animales todos. La técnica de los animales es técnica de la especie. No es ni inventiva, ni aprendible, ni susceptible de desarrollo. El tipo abeja, desde que existe, ha construído siempre sus panales exactamente lo mismo que hoy y los construirá igual hasta que se extinga. Los panales son en la abeja lo mismo que la forma de sus alas y el color de su cuerpo. Sólo el punto de vista anatómico de los zoólogos permite distinguir entre la estructura corporal y el modo de vida. Pero si se parte de la forma interna de la vida, en vez de la del cuerpo, entonces esa táctica de la vida y la distribución del cuerpo son una y la misma cosa, y ambas son expresión de una misma realidad orgánica. La "especie" es una forma no de lo quieto y visible, sino de la movilidad; no de lo que es así o de otro modo, sino del hacer así o de otro modo. La forma del cuerpo es forma del cuerpo activo.

     Las abejas, las termitas, los castores, edifican construcciones admirables. Las hormigas conocen la agricultura, la construcción de carreteras, la esclavitud y la guerra. La cría de la descendencia, las fortificaciones, las migraciones ordenadamente planeadas, son cosas muy extendidas en la Naturaleza. Todo lo que el hombre puede hacer, hácenlo también otras formas animales. Son tendencias que dormitan en forma de posibilidades, dentro de la vida movediza. El hombre no lleva nada a cabo que no sea accesible a la vida en conjunto.

      Y, sin embargo, nada de eso tiene en el fondo que ver con la técnica humana. La técnica de la especie es invariable. Esto es lo que significa la palabra "instinto". El "pensamiento" animal está adherido al aquí y ahora inmediatos; no conoce ni el pasado ni el futuro. Por eso no conoce tampoco la experiencia ni la preocupación. No es verdad que las hembras de los animales "se preocupen" de sus hijos. La preocupación es un sentimiento que presupone un saber en lejanía acerca de lo que ha de suceder; del mismo modo que el arrepentimiento es un saber acerca de lo que sucedió. Un animal no puede ni odiar ni desesperar. El cuidado de la cría es, como todo lo demás, un impulso oscuro e incógnito en muchos tipos de vida. Pertenece a la especie y no al individuo. La técnica de la especie no es solamente invariable, sino también impersonal.

     La técnica humana, y sólo ella, es, empero, independiente de la vida de la especie humana. Es el único caso, en toda la historia de la vida, en que el ser individual escapa a la coacción de la especie. Hay que meditar mucho para comprender lo enorme de este hecho. La técnica en la vida del hombre es consciente, voluntaria, variable, personal, inventiva. Se aprende y se mejora. El hombre es el creador de su táctica vital. Ésta es su grandeza y su fatalidad. Y la forma interior de esa vida creadora llamémosla cultura, poseer cultura, crear cultura, padecer por la cultura. Las creaciones del hombre son expresión de esa existencia, en forma personal.



III. EL ADVENIMIENTO DEL HOMBRE: LA MANO Y LA HERRAMIENTA


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     ¿Desde cuándo existe ese tipo del animal de rapiña inventivo?. Esta pregunta equivale a esta otra: ¿Desde cuándo existe el hombre?. ¿Qué es el hombre?. ¿Cómo ha venido a ser hombre?.

     La contestación es: el hombre se ha hecho hombre por la mano. La mano es un arma sin igual en el mundo de la vida movediza. Compáresela con la pata, el pico, los cuernos, los dientes y las aletas natatorias de otros animales. Por una parte, concéntrase en la mano el sentido del tacto, hasta tal punto que casi puede considerarse la mano como órgano táctil, junto a los órganos de la visión y de la audición. No solamente distingue lo caliente y lo frío, lo sólido y lo líquido, lo duro y lo blando, sino también, y sobre todo, el peso, la figura y el lugar de las resistencias, en suma, las cosas en el espacio. Pero, además, por encima de esto, compéndiase en la mano la actividad de la vida tan completamente, que toda la actitud y la marcha del cuerpo —simultáneamente— se ha configurado con relación a la mano. No hay nada en el mundo que pueda compararse con ese miembro palpador y activo. Al ojo del animal rapaz que domina "teóricamente" el mundo, añádese la mano humana, que lo domina prácticamente.

     Debió de originarse súbitamente, en comparación con el ritmo de las corrientes cósmicas. Debió nacer de pronto, como un rayo, un terremoto, como todo lo que en el acontecer del Universo es decisivo y hace época en el más alto sentido de la palabra. También en esto debemos desprendernos de las concepciones que mantuvo el siglo pasado y que se hallan comprendidas en el concepto de "evolución" desde las investigaciones geológicas de Lyell. Las variaciones lentas y flemáticas corresponden al modo de ser inglés, pero no a la Naturaleza. Para sostenerlas acudióse a la consideración de millones de años, puesto que en los períodos de tiempo mensurables nada semejante se encontraba. Pero no podríamos distinguir las capas geológicas, si no hubiesen sido separadas unas de otras por catástrofes de índole y origen desconocidos; y no podríamos conocer especie alguna de animales fósiles si éstos no hubieran aparecido de pronto, manteniéndose invariables hasta su extinción. Nada sabemos de los "antepasados" del hombre, a pesar de las indagaciones múltiples y de las comparaciones anatómicas. Desde que se conocen esqueletos humanos es el hombre lo mismo que hoy. En cualquier reunión popular pueden verse ejemplares del hombre de Neandertal. Es también completamente imposible que la mano, la marcha erguida, la posición de la cabeza, etc., se hayan desenvuelto sucesivamente unas de otras. Todo esto apareció junto y súbitamente. La historia del Universo avanza de catástrofe en catástrofe, podamos o no concebirlas y fundamentarlas. A esto llamamos hoy, desde H. de Vries [La teoría de la Mutación, 1901-1903], mutación. Es ésta un cambio interior que súbitamente hace presa en todos los ejemplares de una especie, sin causa, naturalmente, como todo lo que sucede en la realidad. Es el ritmo misterioso de lo real.

     Pero no sólo la mano, la marcha y la actitud del hombre debieron surgir a la vez, sino también —y esto es lo que nadie ha observado hasta hoy— la mano y la herramienta. La mano inerme no tiene valor por sí sola. La mano exige el arma, para ser ella misma arma. Así como la herramienta se ha formado por la figura de la mano, así inversamente la mano se ha hecho sobre la figura de la herramienta. Es absurdo pretender separarlas en el tiempo. Es imposible que la mano ya formada haya actuado ni aun por poco tiempo sin herramienta. Los más antiguos restos humanos y las más antiguas herramientas tienen la misma edad.

     Pero lo que sí se ha dividido, no temporal sino lógicamente, es el manejo técnico, tanto en la producción de armas como en su uso. Así como existe una técnica de fabricar violines y otra técnica de tocar el violín, así también hay una técnica de construír buques y otra técnica de navegar, la preparación del arco y la habilidad de dispararlo. Ningún otro animal de rapiña elige las armas. Pero el hombre las elige, y no sólo las elige sino que las prepara según su reflexión personal. De esta suerte adquirió una tremenda superioridad en la lucha contra sus semejantes, es decir, contra los demás animales, contra la Naturaleza entera.

     Esto significa la liberación con respecto a la coacción de la especie; y esto es algo único en la historia de la vida sobre este planeta. Así es como advino el hombre. El hombre ha hecho su vida activa independiente en alto grado de las condiciones de su cuerpo. El instinto genérico persiste con fuerza plena, pero de él se ha separado un pensamiento y una acción pensante del individuo, libertado de la fascinación de la especie. Esta libertad es libertad de elección. Cada cual prepara sus propias armas, según su habilidad propia y su propia reflexión. Los múltiples hallazgos de instrumentos fallidos y abandonados testimonian hoy aún el esfuerzo de ese primitivo "hacer pensante".

     Si, a pesar de todo esto, los ejemplares son tan semejantes que por ello —con muy dudosa justificación— se diferencian "culturas" como la acheulense y la solutrense y se establecen según ellas comparaciones temporales, a través de las cinco partes del mundo —seguramente sin justificación—, ello es debido a que esa liberación respecto de la coacción impuesta por la especie actúa por de pronto tan sólo como una gran posibilidad, y, al principio, hállase muy lejos de ser individualismo ya realizado. Nadie quiere dárselas de original. Tampoco nadie piensa en imitar a los demás. Cada cual piensa y trabaja para sí mismo, pero la vida de la especie es tan poderosa, que el resultado es, a pesar de todo, semejante en todas partes, como en el fondo acontece todavía hoy.

     Así, pues, al pensar de los ojos, a la visión aguda e intelectiva de los grandes animales rapaces, añádese el pensar de la mano. Del primero desenvuélvese desde entonces el pensamiento teorético, contemplativo, intuitivo, la "meditación", la "sabiduría". Del segundo nace el pensamiento práctico, activo, la astucia, la "inteligencia" propiamente dicha. El ojo inquiere la causa y el efecto; la mano trabaja según los principios del medio y del fin. Que algo sea adecuado o inadecuado a un fin —juicio de valor de los activos— no tiene nada que ver con la verdad y la falsedad, que es valoración de los contemplativos. El fin es un hecho; la conexión de causa y efecto es una verdad. Así surgieron los muy distintos modos de pensar, propios del hombre de la verdad —sacerdote, científico, filósofo— y del hombre de los hechos —político, general o comerciante—. Desde entonces, y aún hoy, la mano cerrada en puño es la expresión imperativa e indicativa de una voluntad. De aquí las inferencias que se sacan de los rasgos de la escritura y de las formas de la mano. De aquí también las metáforas que hablan de la mano dura del conquistador, de la mano feliz o la buena mano del hombre de negocios. De aquí los caracteres anímicos de la mano del criminal y de la mano del artista.

     Con la mano, el arma y el pensamiento personal, el hombre ha llegado a ser creador. Todo lo que hacen los animales permanece reducido a la actividad de la especie y no enriquece su vida. Pero el hombre, animal creador, ha esparcido por el mundo una riqueza de pensamiento y de acción creadores, que justifica el hecho de que el hombre llame "historia universal" a su breve historia y considere su ambiente como la "Humanidad", teniendo el resto de la Naturaleza por fondo, objeto y medio.

     La actividad de la mano pensante recibe el nombre de acto. Actividad existe en la vida de los animales; pero actos no los hay más que en la existencia del hombre. Nada es tan característico de esta diferencia como la producción del fuego. Se ve —causa y efecto— cómo se prende el fuego. También muchos animales lo ven. Pero sólo el hombre piensa —fin y medio— un manejo para producirlo. Ningún otro acto produce tanto como éste la impresión de creación. Es el acto de Prometeo. Uno de los fenómenos más desazonadores, más poderosos, más misteriosos de la Naturaleza —el rayo, el incendio del monte, el volcán— es evocado a la vida por el hombre mismo, contra la Naturaleza. ¡Cuánto debió impresionar al alma la primera mirada en la llama encendida por el hombre mismo!.

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     Bajo la impresión poderosa del acto singular, libre y consciente, que se destaca sobre la "actividad de la especie", actividad uniforme, instintiva, colectiva, hase configurado el alma humana propiamente tal; alma solitaria, incluso en comparación con las demás almas de los animales rapaces; alma cargada con la visión melancólica del que conoce su propio destino; alma sumergida en el incoercible sentimiento de poderío, reconcentrado en el puño habituado al acto; alma enemiga de todo; alma que mata, que odia, que está resuelta a vencer o a morir. Esta alma es más profunda, más doliente que la de cualquier otro animal. Hállase en irreconciliable oposición al mundo entero, del que la separa su propio carácter creador. Es el alma de un rebelde.

     El hombre primitivo prepara su guarida, solitario como un ave de rapiña. Si acaso algunas "familias" se reúnen en una tropa, ello acontece en la forma más libre y suelta. Todavía no puede hablarse de tribus y aún menos de pueblos. La horda es una unión accidental de unos cuantos varones, que por una vez no luchan entre sí y reúnen sus mujeres y sus hijos; pero sin sentimiento de comunidad, en perfecta libertad, sin constituir un "nosotros", como hace el rebaño, que se compone de simples ejemplares específicos.

     El alma de este fuerte solitario es totalmente guerrera, desconfiada, celosa de la propia fuerza y del botín propio. Conoce el sentimiento no sólo del "yo", sino también de "lo mío". Conoce la embriaguez del deleite, cuando el cuchillo corta la carne en el cuerpo enemigo, cuando el olor de la sangre y el jadeo penetran en los sentidos triunfantes. Todo "varón" verdadero, aun en los estadios posteriores de las culturas, percibe en su alma a veces el dormido rescoldo de esa alma primitiva. Aquí no hay el menor rastro de esa mísera comprobación: que algo es "útil", que algo "ahorra trabajo". Y mucho menos siente el hombre primitivo ese desdentado sentimiento de la compasión, de la reconciliación, del anhelo hacia la paz. En cambio, siente hondamente el orgullo de ser temido, admirado, odiado por su fuerza y su ventura; siente el afán de venganza en todo, ya sean seres vivos o cosas, que menoscaban ese orgullo, aun sólo por existir.

     Y esta alma avanza, cada vez más enajenada, frente a la Naturaleza entera. Las almas de todos los animales rapaces son naturales; sólo el puño del hombre armado con el arma elegida, meditada y artificialmente preparada, no es natural. Aquí comienza el "arte", como concepto contrapuesto al de Naturaleza.

     Todo manejo técnico del hombre es un arte, y siempre ha sido llamado así; el arte de tirar el arco y de cabalgar, como el arte de la guerra, las artes de la edificación, del gobierno, del sacrificio y de la profecía, de la pintura y de la versificación, de la experimentación científica. Artificial, antinatural es toda labor humana, desde la producción del fuego hasta las creaciones que en las culturas superiores consideramos como propiamente artísticas. El hombre arrebata a la Naturaleza el privilegio de la creación. La "voluntad libre" es ya un acto de rebeldía y nada más. El hombre creador se ha desprendido de los vínculos de la Naturaleza; y a cada nueva creación aléjase más y cada vez más hostil a la Naturaleza. Esta es su "historia universal", la historia de una disensión fatal, que, incoercible, progresa entre el mundo humano y el Universo; es la historia de un rebelde que, desprendido del claustro materno, alza la mano contra su propia madre.

     La tragedia del hombre comienza; pues la Naturaleza es más fuerte. El hombre sigue dependiendo de ella, que, a pesar de todo, comprende en su seno al hombre, a la criatura. Todas las grandes culturas son otras tantas derrotas. Razas enteras, interiormente deshechas, quebrantadas, permanecen condenadas a la infecundidad, a la ruina espiritual, víctimas abandonadas en la arena. La lucha contra la Naturaleza es una lucha sin esperanza; y, sin embargo, el hombre la lleva hasta el final.



IV. EL SEGUNDO GRADO: HABLAR Y EMPRENDER


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     No sabemos cuánto tiempo duró la época de la mano armada; es decir, no sabemos desde cuándo hay hombres. El número de años no tiene gran importancia, aun cuando hoy se admite un número demasiado elevado. No se trata de millones, ni siquiera de varios miles de siglos. De todos modos debe haber transcurrido un considerable número de milenios.

     Pero ahora se verifica un segundo cambio que hace época, y que, con la misma rapidez y subitaneidad, y con el mismo poder, que el primero, transforma a fondo el destino del hombre. Es otra auténtica mutación, en el sentido anteriormente explicado. La investigación prehistórica lo ha advertido hace ya mucho tiempo. De hecho, los objetos que vemos en nuestros museos presentan de pronto un aspecto completamente distinto. Aparecen las vasijas de barro, los rastros de "agricultura" y "ganadería", como con harta despreocupación y excesivo modernismo se han llamado; aparecen también la construcción de cabañas, las tumbas y los indicios de tráfico. Anúnciase un nuevo mundo del pensar y del proceder técnico. Desde el punto de vista de los museos —harto superficial y atenido al mero ordenamiento de los hallazgos— se han distinguido una edad de piedra anterior y otra posterior, el paleolítico y el neolítico. Pero esta división, que procede del siglo pasado, produce desde hace tiempo desazones, y hace varios decenios que se intenta substituírla por otra. Pero ciertas expresiones como mesolítico, miolítico, mixoneolítico, demuestran que el pensamiento de los prehistoriadores sigue adherido a una mera ordenación de los objetos; y por eso no se abre paso resueltamente. Lo que se transforma no son, empero, los utensilios, sino el hombre. Digámoslo una vez más: sólo partiendo del alma puede descubrirse la historia del hombre.

     Esta mutación puede fijarse con una aproximación bastante grande, situándola hacia el milenio quinto antes de Jesucristo. A lo sumo dos milenios después comienzan ya las culturas elevadas en Egipto y Mesopotamia. Como se ve, el ritmo de la Historia adopta trágicos compases. Antes, los milenios casi no tenían importancia; ahora, cada siglo resulta importantísimo. La piedra en su carrera se acerca en saltos violentos al precipicio.

     Pero ¿qué ha sucedido?. Si se penetra más hondamente en ese nuevo mundo de formas que asumen ahora los actos humanos, se advierten en seguida complicadas y confusas relaciones. Todas esas técnicas se suponen unas a otras. La cría de animales domesticados exige plantaciones para forraje; la cosecha y la siembra de vegetales nutritivos exige a su vez la existencia de animales de tiro y de carga; éstos, por su parte, presuponen la construcción de cercados; cualquier tipo de edificación exige la preparación y el transporte de materiales de construcción, y el tráfico requiere vías de comunicación, animales de carga y barcos.

     ¿Qué es, en todo esto, lo que revoluciona el alma?. Mi respuesta es: el acto verificado entre varios, conforme a un plan. Hasta entonces cada hombre vivía su propia vida, construía sus propias armas, practicaba sólo su propia táctica en la lucha diaria. Nadie necesitaba del prójimo. Pero todo esto cambia súbitamente. Estos nuevos procedimientos ocupan largos períodos de tiempo; en ciertas circunstancias, años enteros —piénsese en el camino que va desde el derribo de los árboles hasta la partida en la nave con ellos construída— e igualmente amplios espacios. Divídense en series de actos particulares, exactamente ordenados, y en grupos de actividades, realizadas paralelamente. Estos procedimientos de conjunto suponen, empero, como medio indispensable, el idioma verbal.

     El habla en frases y palabras no puede ser ni anterior ni posterior; tiene que haberse producido entonces, rápidamente, como todo lo decisivo, y en estrecha conexión con la nueva índole del proceder humano. Esto se puede probar.

     ¿Qué es "hablar"?. Sin duda es un procedimiento para comunicarse; es una actividad que continua y sucesivamente se ejerce por numerosos hombres. El "idioma" es tan sólo una abstracción de esto; es la forma interna —gramatical— del hablar, incluyendo las formas verbales. Esta forma tiene que estar extendida y poseer una cierta duración para que las comunicaciones tengan realmente lugar. Ya he demostrado en otra parte que al habla en frases precedieron formas más sencillas de comunicación —signos visuales, señales, gestos, gritos de advertencia y amenaza—, todos los cuales siguen existiendo, para apoyar el habla en frases, y aún se conservan hoy en la melodía de la dicción, en el acento, en el juego de gestos, en los movimientos de la mano. La escritura actual las mantiene bajo la forma de la puntuación.

     Sin embargo, el habla fluyente es algo completamente nuevo por su contenido. Desde Hamann y Herder se ha planteado una y otra vez la cuestión de su origen. Y si todas las soluciones ofrecidas hasta el día de hoy nos parecen poco satisfactorias, ello obedece a que la cuestión está mal entendida. Pues el origen del lenguaje en palabras no puede buscarse en la actividad misma del hablar. Así pensaban los románticos, quienes, ajenos como siempre a la realidad, querían derivar el idioma de la "poesía primordial de la Humanidad"; y aun era para ellos el idioma la poesía primordial del hombre, era mito, lírica, y al mismo tiempo oración; la prosa, en cambio, significaba un rebajamiento posterior, un acomodo al uso común de cada día. Pero si esto fuese cierto, la forma íntima del idioma, la gramática, la estructura lógica de las frases, debería tener un aspecto harto distinto. Justamente los idiomas primitivos, como el de los manchúes y el de las tribus turcas, revelan con toda claridad la tendencia a fijar distinciones claras, rigurosas, inequívocas (hasta el punto de que, en algunos idiomas, la "oración" es una palabra única y monstruosa, en la cual, por medio de prefijos y sufijos clasificativos, colocados en orden regular, se expresa todo lo que se quiere decir).

     Pero esto nos lleva al error fundamental que cometen los racionalistas enemigos de todo romanticismo. Éstos admiten siempre la opinión de que la frase expresa un juicio o un pensamiento. Se sientan delante de su mesa de escritorio, llena de libros, y meditan sobre su propio modo de pensar y de escribir. Y entonces les parece que el "pensamiento" constituye el fin del idioma. Y como suelen meditar en la soledad, olvidan que, además del hablar, existe el oír, que además de la pregunta hay la respuesta y que además del yo está el . Cuando hablan de "lenguaje", piensan en el discurso, en la conferencia, en el tratado científico o filosófico. Su opinión sobre el origen del lenguaje es monológica, y, por tanto, falsa.

     El problema, rectamente planteado, no es el de cómo, sino el de cuándo aparece el lenguaje en palabras. Y entonces pronto se aclara todo. El fin del lenguaje en oraciones, fin generalmente mal entendido u olvidado, resulta claro si se tiene en cuenta el tiempo desde el cual se habla así, es decir, se habla de corrido. Y este fin manifiéstase claramente en la forma de organizar la oración. El lenguaje no se produce monológica sino dialógicamente. Las series de oraciones no se siguen en forma de discurso sino como diálogo entre varios hombres. Su finalidad no es una comprensión basada en la meditación, sino un mutuo acuerdo, por medio de pregunta y respuesta. ¿Cuáles son, pues, las formas primitivas del lenguaje?. No el juicio, no el enunciado, sino el mandato, la expresión de la obediencia, la disposición, la pregunta, la afirmación, la negación. Son frases que siempre se dirigen a otro y que, al principio, eran seguramente brevísimas: haz esto, listo, si, ya. Las palabras, consideradas como designación de conceptos se derivan de la finalidad de las oraciones, de suerte que desde un principio el vocabulario de una tribu cazadora es completamente distinto del de una aldea de pastores o del de una población costera marítima. Primitivamente el habla constituía una actividad difícil y sin duda sólo se hablaba lo más necesario. Todavía hoy el aldeano es silencioso, si se compara con el urbano, que por su habituación al idioma, no puede cerrar la boca y, de puro aburrimiento, charla y conversa cuando no tiene nada que hacer, ya tenga o no algo que decir.

     La finalidad primitiva del lenguaje es la ejecución de un acto, según propósito, tiempo, lugar y medios. La concepción clara e inequívoca del acto es lo primero; y la dificultad de hacerse comprender, de imponer a los demás la propia voluntad, produce la técnica de la gramática, la técnica de la formación de oraciones y cláusulas, la técnica del correcto mandato, de la interrogación, de la respuesta, de la formación de las palabras generales, sobre la base de los fines y propósitos prácticos, no de los teóricos. La meditación teorética no tiene participación alguna en el origen del lenguaje oracional. Todo lenguaje es de naturaleza práctica; su base es el "pensar de la mano".

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     La acción hecha entre muchos se llama empresa. El hablar y el emprender se suponen mutuamente, del mismo modo como anteriormente la mano y la herramienta. El hablar entre muchos ha desarrollado su forma interna gramatical en la ejecución de empresas; y la costumbre de acometer empresas se ha disciplinado por el método del pensar vinculado al lenguaje. Pues hablar significa comunicarse con otros el pensamiento. Si hablar es un hacer, es sin duda un hacer espiritual con medios sensibles. Pronto deja de necesitar la inmediata relación con el acto corporal. Pues esto es lo nuevo, lo que ahora, desde el milenio quinto antes de Jesucristo, hace época: el pensar, el espíritu, el entendimiento, o como quiera llamarse a eso que, merced al lenguaje, se ha emancipado de la vinculación a la mano activa, aparece como una fuerza por sí misma, frente al alma y a la vida. La reflexión puramente espiritual, el "cálculo", que de pronto surge aquí decidiendo y cambiando todo, consiste en esto: que la acción común, como unidad, produce el efecto que produciría un gigante al hacer algo. O, como Mefistófeles dice irónicamente a Fausto:

Si puedo tener seis jacas, ¿no son sus fuerzas las mías?.
Me lanzo sobre ellas y soy todo un hombre,
como si tuviese veinticuatro piernas.

     El hombre, animal de rapiña, quiere exaltar conscientemente su superioridad, allende los límites de su fuerza corporal. A su voluntad de mayor poderío sacrifica un rasgo importante de su propia vida. El pensar, el calcular un mayor efecto es lo primero. Para lograrlo entiéndense varios y dispónense a sacrificar un poco de su personal libertad. Por dentro permanece el hombre independiente. Pero en la Historia no se pueden dar pasos atrás. El tiempo, y, por consiguiente, la vida no son reversibles. Una vez que el hombre se habituó a la acción entre varios y a los éxitos de ella, fue cada vez más complicándose en esos vínculos fatales. El pensamiento de empresa se apodera cada vez más de la vida anímica. El hombre se convierte en esclavo de su pensamiento.

     El paso del uso personal de las herramientas a la empresa entre varios caracteriza una artificialidad creciente y enorme en el procedimiento. La labor con materiales artificiales, la cerámica, el tejido y el trenzado, no significa todavía gran cosa, aun cuando está mucho más impregnada de espíritu y es mucho más creadora que todo lo anterior. Pero sobre numerosos procedimientos, de los que nada podemos ya saber, sobresalen algunos de poderosa fuerza mental que han dejado huellas tras de sí. Sobre todo, los que han nacido del pensamiento constructivo. Conocemos minas de pedernal, muy anteriores a todo conocimiento de los metales, en Bélgica, Inglaterra, Austria, Sicilia, Portugal; minas que seguramente se retrotraen hasta esa época; minas con pozos y galerías, con ventiladores y desmontes, y en las cuales se trabajaba con cuerno de ciervo. En la época "neolítica primera" existen relaciones de tráfico entre Portugal y el noroeste de España y de Bretaña, a lo largo de la costa meridional de Francia; también las hay entre la Bretaña e Irlanda; y estas relaciones suponen una navegación de barcos capaces de sostener la mar, pero cuya índole y especie nos es desconocida. Hay en España edificios megalíticos de piedra labrada que tienen tamaños colosales, con cubiertas que pesan más de cien mil kilogramos y que hubieron de ser llevadas desde muy lejos y colocadas en su sitio con técnica, que nos es desconocida. ¿Compréndense bien lo que para semejantes empresas se necesitaba de reflexión, deliberación, inspección, mando, preparación de meses y años para obtener y trasladar el material, para distribuír en tiempos y espacios las tareas, para bosquejar el plano, para asumir y dirigir la ejecución?. ¡Cuán larga meditación previa no exige la empresa de navegación en alta mar, comparada con la producción de un cuchillo de pedernal!. Sólo el "arco compuesto" que aparece en las figuras pintadas sobre las rocas, en España, requiere para su preparación, con variadas porciones de tendones, cuernos y determinadas maderas, una labor complicada de cinco a siete días. Y la "invención del carro", como decimos ingenuamente, ¡cuánto pensamiento, cuánta ordenación y actividad no supone, cuánta meditación, que desde la finalidad, el camino y el modo del "acarreo", elección y preparación de la carretera, en la cual casi nadie suele pensar, la captura o domesticación de animales de tiro, se extiende hasta las consideraciones acerca del tamaño e índole de la carga, el afianzamiento de la misma y la dirección y el cuidado del viaje!.

     Otro mundo de creaciones arranca de la idea de la crianza. Se trata de la educación de animales y plantas, mediante la cual el hombre mismo se hace representante de la Naturaleza creadora, para imitarla, modificarla, mejorarla y violentarla. Desde que —entonces— el hombre siembra plantas, en vez de aprovisionarse de ellas, las ha transformado seguramente con plena conciencia de sus fines. En todo caso, los hallazgos vegetales en las estaciones prehistóricas pertenecen a especies que no se conocen en estado salvaje. Y los más antiguos hallazgos de huesos, que demuestran alguna forma de ganadería, ostentan ya consecuencia de la domesticación, que sin duda alguna fue en parte querida y conseguida por amaestramiento. El concepto de botín se amplifica: no sólo la pieza cobrada es botín y propiedad, sino también el rebaño salvaje que pasta en libertad, ya esté o no cercado. Pertenece a alguien, a una tribu o a una tropa de cazadores, y éstos defienden su derecho de explotación. Reducir las reses a prisión con el fin de domarlas o domesticarlas, fin que presupone la siembra de pasto, constituye una de las varias maneras de posesión.

     Ya antes he mostrado que el origen de la mano armada tuvo por consecuencia la distinción lógica de dos procedimientos: la producción y el manejo del arma. Del mismo modo la empresa dirigida por el lenguaje da de sí la distinción entre las actividades del pensamiento y las de la mano. En toda empresa cabe distinguir entre el pensamiento y la ejecución, y a partir de este momento la actividad del pensamiento práctico es la primera y más importante. Hay un trabajo de dirección y un trabajo de ejecución: y para todos los tiempos venideros constituye ésta la forma técnica fundamental de toda la vida humana. Ya se trate de una caza de reses mayores o de la construcción de un templo, ya de una empresa guerrera o agrícola, ya de fundar un establecimiento comercial o un Estado, ya de emprender un viaje de caravana, una sublevación o incluso de cometer un crimen, siempre habrá de haber ante todo una cabeza emprendedora e inventora, que tenga la idea, que dirija la ejecución, que mande, que distribuya las tareas, en suma, jefe nativo de los que no son jefes.

     Pero en la época de la empresa dirigida por el lenguaje, no solamente hay dos clases de técnica, que de siglo en siglo se distinguen más rigurosamente, sino también dos clases de hombres, que se diferencian por sus aptitudes para una de ellas. En toda empresa existe una técnica de la dirección y otra de la ejecución; pero no menos evidentemente hay por naturaleza hombres nacidos para el mando y otros hombres nacidos para la obediencia, sujetos y objetos de la práctica política o económica. Esta es la forma fundamental de la vida humana que desde aquella transformación ha ido haciéndose cada vez más variada de aspecto. Y esa forma fundamental sólo con la vida misma podría eliminarse.

     Podrá concederse que es antinatural y artificial. Pero esto precisamente es la "cultura". Podrá ser fatal, y ha habido tiempos en que realmente lo ha sido, porque los hombres se han imaginado poderla eliminar artificialmente; pero no deja de ser por ello un hecho inconmovible. Gobernar, decidir, dirigir, mandar, es un arte, una técnica difícil, que, como cualquier otra, supone una aptitud nativa. Sólo los niños creen que el rey se acuesta con la corona; y los infrahombres de las grandes urbes, marxistas y literatos, creen algo semejante de los grandes directores económicos. La empresa es una labor, que es la que hace posible el trabajo manual. E igualmente la invención, el descubrimiento, el cálculo y la realización de nuevos procedimientos constituyen una actividad creadora de algunas cabezas bien dotadas y tiene por consecuencia necesaria la actividad ejecutiva de los no-creadores. Aquí está en su punto la diferencia, algo pasada de moda, entre el genio y el talento. Genio es —literalmente (viene de la palabra latina Genius, que significa la fuerza fecundante del varón)— la fuerza creadora, el fuego sagrado en la vida individual, la chispa que se enciende misteriosamente en el torrente de las generaciones y luego se apaga y súbitamente ilumina toda una época. Talento es una facultad para problemas particulares ya existentes y que se puede desarrollar por tradición, ejercicio, adiestramiento, para producir efectos más sólidos. El talento supone el genio, para poderse aplicar; no a la inversa.

      Existe al fin una diferencia natural de rango entre los hombres que han nacido para mandar y los hombres que han nacido para servir, entre los dirigentes y los dirigidos de la vida. Esa diferencia de rango existe absolutamente; y en las épocas y en los pueblos sanos es reconocida involuntariamente por todo el mundo como un hecho, aun cuando en los siglos de decadencia la mayoría se esfuerce por negarla o no verla. Pero justamente ese continuo hablar de la "igualdad natural entre todos", demuestra un esfuerzo que se encamina a probar la no-existencia de esa diferenciación.

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     La empresa dirigida por el lenguaje está, pues, condicionada por un tremendo menoscabo en la libertad, en la vieja libertad del animal rapaz. Y lo está tanto para los dirigentes como para los dirigidos. Ambos se tornan en espíritu, en alma, en cuerpo y en vida, miembros de una unidad mayor. A esto llamamos organización. Es la concentración de la vida activa en formas fijas; es el hallarse en forma para empresas de cualquier índole. La acción entre varios produce el tránsito decisivo de la existencia orgánica a la existencia organizada, de la vida en grupos naturales a la vida en grupos artificiales, de la horda al pueblo, a la tribu, a la clase y al Estado.

     Las luchas entre los animales rapaces, individualmente considerados, se han convertido en la guerra, esto es, en una empresa de una tribu contra otra tribu, con sus jefes y sus mesnadas, con sus marchas, sus ataques y sus batallas organizadas. La aniquilación del vencido tiene por consecuencia la ley que se impone al derrotado. El derecho humano es siempre un derecho del más fuerte, derecho que el más débil ha de seguir, y este derecho, pensado como permanente entre tribus, es la paz. Semejante paz existe también dentro de la tribu, con objeto de mantener sus fuerzas disponibles para empresas al exterior: el Estado es el orden interior de un pueblo para los fines exteriores. El Estado es, como forma, como posibilidad, lo que la historia de un pueblo es como realidad. Pero la Historia es historia guerrera, entonces lo más simplemente el efímero sucedáneo de la guerra, mediante la lucha con armas espirituales. Y el conjunto de los hombres en un pueblo es originariamente equivalente a su ejército. El carácter del animal rapaz y libre se ha trasladado, con sus rasgos esenciales, desde el individuo al pueblo organizado, que es el animal con un alma y muchas manos (y con una sola cabeza, no con muchas). La técnica del gobernante, del guerrero y del diplomático tienen la misma raíz y, en todos los tiempos, una afinidad interna muy profunda.

     Hay pueblos cuya fuerte raza ha conservado el carácter del animal rapaz. Hay pueblos señoriales, conquistadores, pueblos de bandidaje, enamorados de la lucha contra los hombres, otros de la lucha económica contra la Naturaleza, para luego despojarlos y someterlos. Con la navegación nace al mismo tiempo la piratería; con la vida nómada, el bandidaje en las grandes vías comerciales; con la agricultura, la esclavización de los labradores por una nobleza guerrera.

     Pues la organización para las empresas tiene por consecuencia también la diferenciación del aspecto político y el aspecto económico de la vida, la orientación hacia el poder o hacia el botín. No sólo hay una articulación dentro de los pueblos según las actividades —guerreros y obreros, cabecillas y aldeanos—, sino también una organización de tribus enteras para una única actividad económica. Hubo de haber ya entonces tribus cazadoras, ganaderas, agricultoras; aldeas dedicadas a la minería, a la cerámica, a la pesca; organizaciones políticas de marinos y traficantes. Y por encima de éstas hay también pueblos conquistadores sin trabajo económico. Cuanto más dura es la lucha por el poder y por el botín tanto más estrechos y severos son los vínculos que sujetan al individuo por medio del derecho y la violencia.

     En las tribus de esta índole primitiva, la vida individual significa poco y aun nada. Debemos representarnos claramente —las "sagas" islandesas nos dan una visión de ello— que en cada viaje por mar sólo una parte de las naves llega a puerto, que en toda gran construcción perece una porción notable de trabajadores, que tribus enteras fallecen de hambre en tiempos de extremada sequía. Lo único que interesa es que queden los individuos suficientes para representar el alma del conjunto. El número vuelve rápidamente a aumentar. No se siente como aniquilamiento la desaparición de alguno o de muchos, sino sólo la extinción de la organización, es decir, del "nosotros".

     En esta creciente dependencia mutua reside la muda y profunda venganza de la Naturaleza sobre el ser que supo arrebatarle el privilegio de la creación. Ese pequeño creador contra Natura, ese revolucionario en el mundo de la vida, conviértese en el esclavo de su propia creación. La cultura, el conjunto de las formas artificiales, personales, propias de la vida, desarróllase en jaula de estrechas rejas para aquella alma indomable. El animal de rapiña, que convirtió a los otros seres en animales domésticos, para explotarlos en su propio provecho, hase aprisionado a sí mismo. La casa del hombre es el símbolo magno de este hecho.

     Y su creciente número, en el cual el individuo se pierde, falto de importancia. Pues una de las consecuencias más fecundas del espíritu de empresa en el hombre, es que la población se multiplica. Donde antes vivía una horda de pocos centenares de cabezas, asiéntase ahora un pueblo de diez mil almas. Hoy apenas hay ya espacios sin habitantes. Los pueblos son fronterizos unos de otros, y el mero hecho de la frontera —límite del propio poder— estimula los viejos instintos del odio, ataque y aniquilamiento. Todo límite, sea el que fuere, incluso de índole espiritual, es enemigo mortal de la voluntad de poderío.

     No es verdad que la técnica humana ahorre trabajo. A la esencia misma de la técnica humana, variable y personal, pertenece, en oposición a la técnica específica de los animales, el que cada invención contenga la posibilidad y necesidad de nuevas invenciones, de que cada deseo cumplido despierte mil otros deseos y cada triunfo logrado sobre la Naturaleza estimule a nuevos y mayores éxitos. El alma de este animal rapaz es insaciable, su voluntad no puede nunca satisfacerse; tal es la maldición que pesa sobre este tipo de vida, pero también la grandeza de su destino. La paz, la felicidad, el goce, son desconocidos justamente para los ejemplares superiores. Ningún inventor ha previsto nunca exactamente el efecto práctico de su acción. Cuanto más fecundo es el trabajo de dirección, tanto más extensa se hace la necesidad de brazos ejecutores. Por eso los presos de tribus enemigas empiezan ya a no ser sacrificados, sino explotados en su fuerza corporal. Tal es el origen de la esclavitud humana, que debe ser exactamente tan antigua como la esclavitud de los animales domésticos.

     Esos pueblos y tribus aumentan, por decirlo así, hacia abajo. No es el número de "cabezas" el que aumenta, sino el de manos. El grupo de las naturalezas nacidas para dirigir sigue siendo pequeño. Es la manada de los animales rapaces, propiamente dichos, el puñado de los aptos, que dispone en algún modo sobre el rebaño creciente de los demás.

     Pero incluso esta dominación de los pocos se halla muy alejada de la antigua libertad. Esto se expresa en las palabras de Federico el Grande: "Yo soy el primer servidor de mi Estado". De aquí la profunda y desesperada tendencia del hombre excepcional a permanecer interiormente libre. Aquí y sólo aquí comienza el individualismo como contradicción a la psicología de la masa. Es la última rebelión del alma rapaz contra la cárcel de la cultura; es el último intento de substraerse a la nivelación anímica y espiritual que se realiza y se representa en el hecho del gran número. Así se explican los géneros de vida que llevan el conquistador, el aventurero, el solitario e incluso cierto tipo de criminales y de bohemios. Se quiere eludir la acción del gran número aspirante y se la elude poniéndose por encima de la masa o huyendo de ella o despreciándola. La idea de la personalidad que comienza a despuntar obscuramente, es una protesta contra el hombre de la masa. La tensión entre ambos crece hasta un término trágico.

     El odio, que es propiamente el sentimiento racial del animal rapaz, presupone que al enemigo se le estima. Hay en él un cierto reconocimiento de la igualdad de rango anímico. Pero a los seres que están por debajo se les desprecia. Y los seres que están debajo son envidiosos. Todos los cuentos, todos los mitos divinos, todas las leyendas heroicas están llenos de tales motivos. El águila no odia más que a sus iguales. No envidia a nadie y desprecia a muchos, a todos. El desprecio mira desde la altura. La envidia atisba de abajo arriba. Estos son los sentimientos universales históricos de la Humanidad organizada en Estados y en clases. Sus ejemplares pacíficos chocan impotentes con los alambres de la jaula que los encierra a todos juntos. Nada puede librar de este hecho y de sus consecuencias. Así fue y así será, o nada en el mundo podrá ser. Tiene sentido el atender a este hecho o el menospreciarlo. Pero es imposible cambiarlo. El destino del hombre está en curso y tiene que cumplirse.



V. EL FINAL: ASCENSO Y TÉRMINO DE LA CULTURA MAQUINISTA


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     La "cultura" de la mano armada tenía un aliento largo y ha hecho presa en toda la especie humana. Las "culturas del lenguaje y de la empresa" —pues son varias, que se pueden distinguir claramente—, esas culturas de la incipiente contraposición anímica entre personalidad y masa, del "espíritu" cada vez más afanoso de señorío y de la vida por éste violentada, comprenden sólo una parte del mundo humano, y están hoy, al cabo de pocos milenios, hace tiempo ya extintas y destrozadas. Lo que llamamos "pueblos naturales" y "primitivos" no son sino restos del material viviente, ruinas de formas antaño animadas, escorias de las cuales ha desaparecido el ardor del devenir y del perecer.

     Sobre ese suelo proliferan desde 3.000 años a.C., acá y allá, las culturas superiores, las culturas en el sentido estricto y máximo, culturas que ocupan cada una un breve espacio de superficie terrestre y duran cada una apenas un milenio. Es éste el tiempo de las últimas catástrofes. Cada decenio significa ya algo; cada año tiene casi su "rostro". Esta es historia universal en el sentido más propio, más lleno de pretensiones. Este grupo de apasionados cursos vitales ha inventado el Estado como su símbolo y su "mundo", frente a la aldea del período anterior; ha establecido la ciudad de piedra como albergue de una vida, que se ha convertido en artificial, que se ha separado de la madre Tierra, que se ha tornado completamente antinatural. Es la ciudad del pensamiento desarraigado, la ciudad que atrae y consume los torrentes de la vida procedentes del campo.

     En la ciudad nace la sociedad con su orden jerárquico de clases —nobleza, sacerdocio, burguesía—, frente al "aldeanismo grosero", como gradación artificial de la vida (la natural es la división en fuertes y débiles, listos y tontos) y como sede de una evolución cultural hiper-espiritualizada. Aquí domina el "lujo" y la "riqueza". Éstos son conceptos que quienes no los poseen malentienden envidiosamente. Pero el lujo no es más que la cultura en la forma más llena de pretensiones. Piénsese en la Atenas de Pericles, en la Bagdad de Harum-al-Raschid y en el "rococó". Esta cultura de las ciudades es, en todo y por todo, lujo; lo es en todas sus capas y actividades y tanto más exuberante y maduro cuanto más avanzados son los tiempos; es cultura totalmente artificial, ya se trate de las artes diplomáticas, de la dirección dada a la vida, del adorno, de la producción escrita, del pensamiento o de la vida económica. Sin riqueza económica concentrada en pocas manos, es imposible también la "riqueza" de las artes plásticas, del espíritu, de los hábitos distinguidos, y no hablemos del lujo en las concepciones del Universo, en el pensamiento teorético, substituído al pensamiento práctico. El empobrecimiento económico arrastra inmediatamente tras de sí el espiritual y el artístico.

     Y en este sentido, los procedimientos técnicos que se desarrollan en el grupo de estas culturas son también lujo espiritual, frutos tardíos, dulces y frágiles, de una creciente artificialidad y espiritualización. Comienzan con la construcción de las pirámides funerarias egipcias y de las torres de los templos sumerios en Babilonia. Estas construcciones surgen en el tercer milenio a.C., allá en el Sur, y significan simplemente la victoria sobre las masas pesadas, y, pasando por las empresas de las culturas china, india, antigua, árabe y mexicana, llegan a las de la cultura fáustica, en el segundo milenio después de Cristo, allá en el Norte, representando la victoria del pensamiento puramente técnico sobre difíciles problemas.

     Pues estas culturas crecen independientes unas de otras y en una sucesión que va de Sur a Norte. La cultura fáustica europea occidental acaso no sea la última, pero es, sin duda alguna, la más poderosa, la más apasionada, la más trágica de todas, por su contradicción interior entre una espiritualización, que lo comprende todo, y una profunda disensión del alma. Es posible que todavía sobrevenga un epígono sin brillo, acaso en algún punto situado en la llanura entre el Vístula y el Amur y en el próximo milenio. Pero aquí la lucha entre la Naturaleza y el hombre, que con su existencia histórica se revuelve contra la Naturaleza, ha sido llevada prácticamente a su término.

     La comarca del Norte ha forjado el tipo humano en razas duras, fortalecidas por la inclemencia de las condiciones vitales, por el frío, por la constante penuria, y las ha provisto de un espíritu extraordinariamente acerado, animado con el ardor frío de una pasión indomable por la lucha, la audacia y la presión hacia adelante, lo que yo he llamado el pathos de la tercera dimensión. Estos hombres son, una vez más, auténticos animales de rapiña, cuyas almas fuertes persiguen lo imposible, se atreven a quebrantar la supremacía del pensamiento, de la vida, artificialmente organizada, sobre la sangre, y convertirla en un servicio, y elevar el destino de la libre personalidad al rango de sentido del mundo. Tienen una voluntad de poderío que menosprecia todas las limitaciones del tiempo y del espacio, que se propone como objetivo propio lo ilimitado, lo infinito, somete los continentes, envuelve al fin la Tierra entera en las formas de su tráfico y de sus comunicaciones y la transforma mediante el poder de su energía práctica y la inmensidad de su superioridad técnica.

     Al principio de toda cultura superior fórmanse las dos clases primordiales, la nobleza y el sacerdocio, como iniciaciones de la "sociedad", sobre la vida aldeana del campo llano. Encarnan ideas que se excluyen una a otra. El noble, guerrero, aventurero, vive en el mundo de los hechos. El sacerdote, sabio, filósofo, vive en su mundo de verdades. El uno sufre o es un destino. El otro piensa en causalidades. Aquél quiere poner el espíritu al servicio de su vida fuerte. Éste quiere poner su vida al servicio del espíritu. Esta contraposición no ha asumido jamás forma más irreconciliable que en la cultura fáustica, en la cual la orgullosa sangre de los animales rapaces se subleva por última vez contra la tiranía del pensamiento puro. Desde la lucha entre las ideas del Imperio y del Papado, en los siglos XII y XIII, hasta la lucha entre las potencias de una tradición racial distinguida —monarquía, nobleza, ejército—, y las teorías de un racionalismo, liberalismo y socialismo plebeyo —de la revolución francesa a la revolución alemana—, siempre, una y otra vez, se ha buscado la decisión.

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     Esta diferencia subsiste en toda su grandeza entre los vikingos de la sangre y los vikingos del espíritu, en el ascenso de la cultura fáustica. Aquéllos, en insaciable afán de lejanía infinitas, parten del Norte y en 706 llegan a España; en 859, al interior de Rusia; en 861, a Islandia, y en el mismo tiempo a Marruecos, desde donde alcanzan la Provenza y las proximidades de Roma; en 865, por Kiev (Kaenugard), llegan al mar Negro y a Bizancio; en 880, al mar Caspio; en 909, a Persia. Hacia 900 ocupan la Normandía e Islandia; hacia 980, Groenlandia; hacia el año 1000 descubren Norteamérica. En 1029 parten de Normandía y llegan a la baja Italia y a Sicilia; en 1034 parten de Bizancio y van a Grecia y al Asia Menor. En 1066 salen de la Normandía y conquistan Inglaterra [K. Th. Strasser, Wikingos y Normandos (1928)].

     Con la misma audacia y la misma hambre de poder y de botín espirituales, los frailes nórdicos de los siglos XIII y XIV penetran en el mundo de los problemas técnico-físicos. Aquí no hay nada de esa curiosidad ociosa y extraña a la acción, que caracteriza a los sabios chinos, hindúes, antiguos y árabes. Aquí no hay especulaciones con el propósito de obtener una simple "teoría", una imagen de aquello que no se puede conocer. Sin duda toda teoría científico-natural es un mito, que el entendimiento bosqueja sobre los poderes de la Naturaleza, y toda teoría depende completamente de la religión correspondiente. Pero aquí y sólo aquí la teoría es desde un principio hipótesis de trabajo. Una hipótesis de trabajo no necesita ser "justa"; ha de ser tan sólo prácticamente utilizable. No se propone descubrir los enigmas del Universo que nos rodea, sino hacerlos servir a determinados fines. De aquí se deriva la exigencia del método matemático, que fue planteada por los ingleses Grosseteste (nacido en 1175) y Roger Bacon (nacido hacia 1210), y por los alemanes Alberto Magno (nacido en 1193) y Witelo (nacido en 1220). De aquí también se deriva el experimento, la scientia experimentalis de Bacon, la inquisición de la Naturaleza con aparatos de tortura, con palancas y tornillos. Experimentum enim solum certificat, como escribe Alberto Magno. Es la astucia guerrera de los animales rapaces del espíritu. Creían que lo que querían era "conocer a Dios", pero lo que en realidad querían era aislar, hacer utilizables y palpables las fuerzas de la Naturaleza inorgánica, la energía invisible en todo lo que acontece. La física faústica y sólo ésta es dinámica, frente a la estática de los griegos y a la alquimia de los árabes. No se trata de materia, sino de fuerza. La masa misma es una función de la energía. Grosseteste desarrolla una teoría del espacio como función de la luz, y Pedro Peregrino establece una teoría del magnetismo. En un manuscrito de 1322 se indica ya la teoría copernicana del movimiento de la Tierra alrededor del Sol, y cincuenta años después Nicolás de Oresme, en De cœlo et mundo, fundamenta esta teoría con más claridad y profundidad que el mismo Copérnico, y en De differentia qualitatum anticipa las leyes de la caída, de Galileo, y la geometría de las coordenadas de Descartes. Considérase a Dios no ya como el Señor, que desde su trono gobierna el Universo, sino como una fuerza infinita, pensada casi de modo impersonal, fuerza que está presente en todas partes en el mundo. Extraño servicio divino era esa investigación experimental de las fuerzas ocultas por piadosos frailes. Y, como decía un viejo místico alemán: "Al servir a Dios, Dios te sirve a ti".

     Cansada estaba la Humanidad de contentarse con el servicio de las plantas, los animales y los esclavos, de arrebatar a la Naturaleza sus tesoros —los metales, las piedras, las maderas, las materias textiles, el agua en canales y pozos—, de vencer sus resistencias por medio de la navegación, las carreteras, los puentes, los túneles y los diques. La Naturaleza no había de seguir siendo saqueada en sus materias, sino que había de ponerse en tensión, con todas sus fuerzas, sometiéndose al yugo y realizando trabajo de esclava, para multiplicar el poder del hombre. Este enorme pensamiento es tan antiguo como la cultura faústica misma, aunque es ajeno a todas las demás culturas. Ya en el siglo X encontramos construcciones técnicas de índole completamente nueva. Ya Roger Bacon y Alberto Magno meditaban sobre máquinas de vapor, barcos de vapor y aparatos voladores. Y muchos en la celda del claustro cavilaban sobre la idea del Perpetuum mobile.

     Esta idea ya no nos abandona jamás. Hubiese sido la definitiva Victoria sobre Dios o la Naturaleza —Deus sive natura—: un mundo pequeño, creado por sí mismo, y que, como el grande, se mueve por propia fuerza y obedece al dedo del hombre. Construír un mundo, ser Dios, tal fue el ensueño de los inventores fáusticos; de ese ensueño salieron todos los bosquejos de máquinas que se acercaban lo más posible al fin inaccesible del perpetuum mobile. El concepto de botín, en que piensa el animal rapaz, fue llevado hasta su extremo límite. No esto y aquello, como el fuego que Prometeo robó, sino el Universo mismo es, con el secreto de su fuerza, considerado como la presa y botín en la construcción de esta cultura. Y los que no estaban poseídos por esa voluntad de omnipotencia, superior a la Naturaleza, habían de sentirla como algo diabólico; y, en efecto, siempre se ha sentido la máquina como invención del diablo, y se la ha temido. Con Roger Bacon comienza la larga serie de los que fueron considerados como mágicos y heréticos.

     Pero la historia de la técnica europea occidental sigue adelante. Hacia 1500, con Vasco da Gama y Colón, comienza otra serie de expediciones vikingas. Créanse o conquístanse nuevos imperios en las Indias occidentales y orientales, y un torrente de hombres con sangre nórdica [1] se vierte hacia América, en donde antaño los navegantes de Islandia desembarcaron en vano. Y al mismo tiempo los viajes de los vikingos del espíritu se amplifican en proporciones poderosas. Se inventan la pólvora y la imprenta. Desde Copérnico y Galileo vienen a la luz innumerables procedimientos técnicos, cuyo sentido es siempre el aislar la fuerza inorgánica del mundo en torno y hacerla rendir trabajo en substitución de los animales y los hombres.

[1. Pues los que emigraron de España, Portugal y Francia fueron seguramente, en su mayor parte, descendientes de los conquistadores de la época de las invasiones bárbaras. Lo que restaba era la masa humana, que había perdurado a través de celtas, romanos y sarracenos].

     Con las ciudades crecientes la técnica se hace burguesa. El sucesor de aquellos frailes góticos es el sabio inventor profano, sacerdote sapiente de la máquina. Con el racionalismo, finalmente, la "creencia en la técnica" se convierte casi en religión materialista: la técnica es eterna e imperecedera, como Dios Padre; salva a la Humanidad, como el Hijo; nos ilumina, como el Espíritu Santo. Y su adorador es el filisteo moderno del progreso, desde La Mettrie hasta Lenin.

     En realidad, la pasión del inventor no tiene nada que ver con sus consecuencias. Ella es su personal tema de vida, su personal ventura y desventura. El inventor quiere gozar para sí del triunfo sobre difíciles problemas, de la riqueza y fama que el éxito le proporciona. Que su invención sea útil o fatal, creadora o destructora, esto no le atañe para nada, aun suponiendo que haya algún hombre capaz de saberlo de antemano. Pero nadie puede prever los efectos de una "conquista técnica de la Humanidad", prescindiendo de que "la Humanidad no ha inventado nunca nada". Descubrimientos químicos como la síntesis del añil, y probablemente, dentro de poco tiempo, la del caucho artificial, destruyen las condiciones de vida en que se desarrollan países enteros. El transporte de la energía eléctrica y el alumbramiento de fuerzas hidráulicas han desvalorado las antiguas regiones carboníferas de Europa, con toda su población. Pero semejantes reflexiones, ¿han llevado alguna vez a algún inventor a destruír su obra?. El que lo crea, conoce mal la naturaleza rapaz del animal humano. Todas las grandes invenciones y empresas proceden del deleite que el hombre fuerte paladea en la victoria. Son expresión de la personalidad y no del pensamiento utilitario de las masas, que se limitan a presenciar y han de aceptar las consecuencias tales como son.

     Y estas consecuencias son enormes. El pequeño enjambre de espíritus nativamente directores, de empresarios e inventores, constriñe a la Naturaleza a realizar un trabajo, que se mide por millones y millares de caballos de fuerza y ante el cual nada significa ya la cantidad de energía corporal humana. No se conocen hoy mejor que antes los enigmas de la Naturaleza; pero se conoce la hipótesis de trabajo, que no es "verdadera", sino sólo adecuada a fines y con cuyo auxilio se obliga a la Naturaleza a obedecer al mando humano, a la más leve presión de un botón o de una palanca. El tempo de las invenciones crece hasta límites fantásticos; y, sin embargo, debe repetirse, una y otra vez, que no ahorra absolutamente ningún trabajo humano. El número de los brazos necesarios aumenta con el número de las máquinas, porque el lujo técnico supera toda otra índole de lujo y porque la vida artificial se hace cada día más artificial.


     Desde la invención de la máquina, la más astuta de todas las armas contra la Naturaleza que en general son posibles, los empresarios e inventores han aplicado a su construcción esencialmente el número de brazos que necesitan. El trabajo de la máquina es realizado por la fuerza inorgánica, la tensión del vapor o del gas, de la electricidad y del calor, que se obtienen del carbón, del petróleo y del agua. Pero esto ha tenido por efecto el aumentar peligrosamente la tensión anímica entre directores y dirigidos. Ya no se comprenden unos a otros. Las empresas primitivas de los milenios anteriores a Jesucristo exigían la colaboración inteligente de todos los que sabían y sentían aquello de que se trataba. Había entonces una especie de camaradería como hoy en la caza y en el deporte. Pero ya durante la construcción de los grandes edificios en Egipto y Babilonia no debió de ser éste el caso. El trabajador aislado no comprendía ni el término ni la finalidad de todo el procedimiento; ni tampoco le importaban, siéndole indiferentes y acaso odiosos. El "trabajo" era una maldición, como nos lo refiere la narración del paraíso al principio de la Biblia. Pero ahora, desde el siglo XVIII, innumerables "manos" trabajan en cosas de cuya función efectiva en la vida, incluso en la vida propia, nada saben ya y en cuyos éxitos no participan lo más mínimo interiormente. Dilátase en el mundo actual una soledad desértica del alma, una desconsoladora nivelación, sin altos ni bajos, que despierta encono contra la vida de los dotados, de los que han nacido creadores. No se quiere ya ver, no se quiere ya comprender que el trabajo director es el trabajo más duro y que de él, de su logro, depende la propia vida. Se siente sólo que ese trabajo hace feliz, que llena y enriquece el alma, y por eso mismo se le odia.

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     En realidad, empero, ni las cabezas ni las manos pueden alterar en nada el destino de la técnica maquinista, que se ha desarrollado por necesidad interna, por necesidad del alma, y que ahora marcha hacia su plenificación, hacia su término. Nos hallamos hoy en la cúspide, allí donde comienza el quinto acto. Las últimas decisiones sobrevienen. La tragedia acaba.

     Toda gran cultura es una tragedia. La historia del hombre en conjunto es trágica. Pero el delirio y la caída del hombre fáustico es más grande que todo cuanto Esquilo y Shakespeare han contemplado jamás. La creación se subleva contra el creador. Así como antaño el microcosmos-hombre se sublevó contra la Naturaleza, así ahora el microcosmos-máquina se subleva contra el hombre nórdico. El señor del mundo tórnase esclavo de la máquina. La máquina le constriñe, nos constriñe a todos sin excepción, sepámoslo y querámoslo o no, en la dirección de su trayectoria. El victorioso despeñado es pisoteado a muerte bajo el golpe de los caballos.

     A principios del siglo XX, el "Universo" en este pequeño planeta ofrece el espectáculo de un grupo de naciones con sangre nórdica, dirigidas por ingleses, alemanes, franceses y yanquis, que domina la situación. Su poderío político se basa en su riqueza y su riqueza consiste en la fuerza de su industria. Ésta, a su vez, está condicionada por la existencia de carbón. La situación de las regiones carboníferas descubiertas asegura, sobre todo a los pueblos germánicos, casi el monopolio y conduce a un aumento de población, que es único en toda la Historia. Sobre las espaldas del carbón y en los centros de las vías del tráfico, que del carbón irradian, reúnese una masa humana de enormes proporciones, masa que se ha disciplinado en la técnica maquinista y trabaja para ella y vive de ella. Los demás pueblos, ya en figura de colonias, ya como Estados en apariencia independientes, mantiénense en un papel que consiste en producir materias primas y en consumir productos manufacturados. Esta distribución de los papeles queda asegurada por los ejércitos y las escuadras, cuyo entretenimiento supone la riqueza de los países industriales y que, a consecuencia de su educación técnica, se han convertido también en verdaderas máquinas, que trabajan a una señal del dedo. Una vez más muéstrase aquí la profunda semejanza y aun casi identidad entre la política, la guerra y la economía. El grado de poder militar depende del rango de la industria. Los países de pobre industria son pobres en general; no pueden, pues, mantener un ejército ni costear una guerra; son, por tanto, políticamente impotentes, y en ellos los trabajadores, tanto los que dirigen como los que son dirigidos, constituyen objetos para la política económica de sus adversarios.

     Frente a las masas de manos ejecutoras, que son lo único que la desfavorable "mirada del pequeño" percibe, resulta ya desconocido y desestimado el creciente valor de la labor directora, que ejecutan unas pocas cabezas creadoras: los empresarios, los organizadores, los inventores, los ingenieros. Ello acontece menos en Estados Unidos, nación práctica, y, en cambio, más en Alemania, país de "poetas y pensadores". La absurda frase "todas las ruedas se paran si tu fuerte brazo quiere" envuelve en niebla los cerebros de los parlanchines y de los escritores. Parar la rueda puede hacerlo cualquier insecto que caiga en el mecanismo. Pero inventar esas ruedas y darles ocupación, para que aquel "brazo fuerte" pueda alimentarse, esto sólo pueden hacerlo unos pocos, nacidos para ello.

     Esos incomprendidos y odiados, ese puñado de fuertes personalidades, tienen una psicología muy distinta. Conocen todavía el sentimiento de triunfo, que anima al animal rapaz cuando tiene entre sus garras la palpitante presa; el sentimiento de Colón, cuando vio aparecer la tierra en el horizonte; el sentimiento de Moltke, en Sedán, cuando por la tarde, desde la altura de Frénois, observaba cómo el cerco de su artillería se cerraba en Illy, rematando la victoria. Estos momentos, estas cumbres de lo que un hombre puede vivir son los momentos en que un gran navío, ante los ojos de su constructor, resbala sobre el astillero y entra en el agua; el instante en que una máquina, recién inventada, comienza a trabajar a la perfección y en que el primer zeppelin se levanta sobre el suelo. Pero el trágico destino de este tiempo quiere que el pensamiento humano desencadenado no pueda ya aprehender sus propias consecuencias. La técnica se ha convertido en un misterio, como la alta matemática de que hace uso, como la teoría física que, en su pensamiento taladrante, atraviesa las abstracciones del fenómeno y penetra hasta las formas fundamentales puras del conocer humano, sin notarlo claramente. La mecanización del mundo ha entrado en un estadio de peligrosísima tensión. La imagen de la Tierra, con sus plantas, animales y hombres, se ha modificado. Dentro de pocos decenios habrán desaparecido las grandes selvas, convertidas en papel de periódicos, y se producirán cambios de clima que amenazan la agricultura de poblaciones enteras. Innumerables especies animales se extinguen casi por completo, como el búfalo, y razas humanas desaparecen, como los indios norteamericanos y los naturales de Australia.

     Todo lo orgánico sucumbe a la creciente organización. Un mundo artificial atraviesa y envenena el mundo natural. La civilización se ha convertido ella misma en una máquina, que todo lo hace o quiere hacerlo maquinísticamente. Hoy se piensa en términos de caballos de fuerza. Ya no se ven y contemplan las cascadas sin convertirlas mentalmente en energía eléctrica. No se ve un prado lleno de rebaños pastando sin pensar en el aprovechamiento de su carne. No se tropieza con un bello oficio antiguo de una población todavía alimentada de savia primordial, sin sentir el deseo de substituírlo por una técnica moderna. Con sentido o sin él, el pensamiento técnico quiere realización. El lujo de la máquina es la consecuencia de una constricción mental. La máquina es, en último término, un símbolo, como su ideal oculto, el perpetuum mobile, es una necesidad espiritual y anímica, pero no vital.

     Ya comienza a contradecir en muchos puntos a la práctica científica. La descomposición se anuncia por doquiera. La máquina anula su fin por su número y su refinamiento. El automóvil en las grandes ciudades ha anulado por su masa el efecto que quería conseguir; y se llega a los sitios más de prisa a pie. En Argentina, Java y otros lugares revélase el sencillo arado, tirado por animales en las propiedades pequeñas, como superior económicamente a los grandes motores y desplaza de nuevo a éstos. En muchas regiones de los trópicos, el aldeano de color, con sus labores primitivas se convierte en peligroso competidor de la explotación moderna y técnica en las grandes plantaciones de los blancos. Y el trabajador blanco de la industria en la vieja Europa y en Norteamérica, comienza a ver problemático su trabajo.

     Es locura hablar —como estuvo de moda en el siglo XIX— del agotamiento que amenaza sobrevenir en las minas de carbón dentro de pocos siglos, acarreando graves consecuencias. Era esta tesis una idea materialista. Prescindiendo de que hoy ya el petróleo y la fuerza hidráulica van penetrando en extensiones considerables como reservas inorgánicas de fuerza, es claro que el pensamiento técnico descubriría muy pronto otras fuerzas distintas. Pero aquí no se trata de semejantes espacios de tiempo. La técnica estadounidense y europeo-occidental acabará antes. Una circunstancia mezquina, como la falta de materia, no podría en modo alguno detener esa evolución poderosa. Mientras el pensamiento, que en ella actúa, permanezca en la altura, sabrá siempre crear los medios necesarios para sus fines.

     Pero ¿cuánto tiempo seguirá estando en la altura?. Sólo para mantener en el mismo nivel la provisión actual de métodos y dispositivos técnicos son necesarias, digamos, por ejemplo, cien mil cabezas sobresalientes: organizadores, inventores, ingenieros. Tienen que ser talentos fuertes e incluso creadores, transidos de entusiasmo por su causa y formados durante años, con acerado celo y grandes gastos. En realidad, hace cincuenta años que la mayor parte de los fuertes talentos juveniles, en los pueblos blancos, sienten una inclinación predominante hacia esa vocación. Ya los niños jugaban con juguetes técnicos. En las capas urbanas y en las familias de las ciudades, cuyos hijos son los que en este punto han de tenerse en consideración, el bienestar, la tradición de vocaciones espirituales y de cultura refinada constituían los supuestos normales para la formación de este producto maduro y tardío del pensamiento técnico.

      Pero hace ya decenios que, con claridad creciente, está cambiando todo esto en los países de gran industria y antigua técnica. El pensamiento fáustico comienza a hartarse de la técnica. El cansancio se propaga, una especie de pacifismo en la lucha contra la Naturaleza. Siéntese el atractivo de formas vitales más sencillas, más próximas a la Naturaleza. Los jóvenes se dedican al deporte en vez de dedicarse a los ensayos técnicos. Cunde el odio a las grandes ciudades; se aspira a sacudir el yugo de las actividades sin alma, a eludir la esclavitud de la máquina, a disipar la clara y fría atmósfera de la organización técnica. Justamente los talentos más fuertes y creadores se desvían de los problemas prácticos y de las ciencias prácticas y se dedican a la pura especulación. Empiezan a resucitar el ocultismo y el espiritismo, las filosofías hindúes, las cavilaciones metafísicas de matiz cristiano o pagano, todas cosas que eran despreciadas en la época del darwinismo. Este es el talante de Roma en la época de Augusto. Por hálitos de vida huyen los hombres de la civilización y buscan refugio en continentes más primitivos, en vagabundajes, en el suicidio. Comienza la fuga de los directores nativos ante la máquina. Dentro de poco sólo habrá disponibles talentos de segundo orden, epígonos de una gran época. Todo gran empresario comprueba la disminución de las calidades espirituales en la descendencia. Ahora bien; la grandiosa evolución técnica del siglo XIX fue posible, exclusivamente, en virtud del nivel espiritual creciente. No sólo la disminución, sino simplemente la detención, es peligrosa y señala hacia un término, por muchas que sean las manos bien preparadas que se apresten al trabajo.

     Y en esto, ¿qué acontece también?. La tensión entre el trabajo de los directores y el de los ejecutores ha alcanzado el grado de una catástrofe. La importancia de los primeros y el valor económico de toda auténtica personalidad en el trabajo directivo se han hecho tan grande, que ya no es visible ni comprensible para la mayor parte de los que se hallan abajo. En la otra labor, en la labor de las manos, el individuo no tiene la menor importancia. Sólo el número tiene aún valor. El conocimiento de esta situación inmodificable, conocimiento excitado por oradores y escritores egoístas, explotado financieramente y envenenado, es tan desconsolador, que una rebelión contra el papel conferido a la mayor parte de los hombres por la máquina y no por sus poseedores, es al fin harto humano. En innumerables formas, desde el atentado hasta el suicidio, pasando por la huelga, iníciase la sublevación de las manos contra su destino, contra la máquina, contra la vida organizada y, al fin, contra todo y contra todos. La organización del trabajo, tal como reside desde milenios en el concepto de la acción entre muchos y que tiene por fundamento la distinción entre directores y dirigidos, entre cabezas y manos, está siendo deshecha desde abajo. Pero la "masa" no es más que una negación; la masa niega el concepto de la organización; la masa no es algo que por sí mismo sea capaz de vida. Un ejército sin oficiales no es más que un montón de hombres superfluos y extraviados [2]. Un detritus de chatarra y de tejas no es un edificio. Esta sublevación en toda la Tierra amenaza anular la posibilidad de un trabajo técnico económico. Los directores pueden huír, pero los dirigidos, ya inútiles, están perdidos. Su número significa su muerte.

[2. El Gobierno soviético, desde hace quince años, no hace otra cosa que intentar, con nuevos nombres, restablecer las organizaciones políticas, militares y económicas, que ha destruído].

      El tercer síntoma, y el más grave, de la descomposición incipiente reside en lo que pudiéramos llamar la traición a la técnica. Trátase de cosas que todo el mundo conoce, pero que nunca se ven en la conexión que les permite manifestar su sentido fatal. La enorme superioridad de la Europa occidental y de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo pasado, por lo que se refiere a la fuerza de toda índole, económica, política, militar, financiera, descansa en un indiscutido monopolio de la industria. Las grandes industrias se han desarrollado en relación con los yacimientos carboníferos en esos países nórdicos. El resto del mundo era región de consumo, y la política colonial ha actuado en el sentido de descubrir nuevas regiones de consumo y de materias primas, pero no nuevas regiones de producción. Carbón había también en otras partes, pero sólo el ingeniero "blanco" hubiera podido descubrirlo. Nos hallábamos en la posesión única no sólo de las materias, sino también de los métodos y de los cerebros capaces de darles aplicación. Tal es el fundamento del tipo lujoso de vida que lleva el trabajador blanco, el cual, en comparación con el hombre de color, tiene ingresos principescos. Esta circunstancia ha sido omitida por el marxismo para su gran daño. Hoy se venga lanzando en el curso de la evolución el problema de la falta de trabajo. El salario del trabajador blanco, que hoy es un peligro para su vida, descansa, por lo que a su altura se refiere, exclusivamente en el monopolio que los directores de la industria habían establecido alrededor de él.

     Pero a fines del siglo la ciega voluntad de poderío empieza a cometer errores decisivos. En vez de mantener secreto el saber técnico, el mayor tesoro que los pueblos "blancos" poseían, fue ofrecido a todo el mundo orgullosamente, en todas las escuelas superiores, de palabra y por escrito, y se aceptaba con orgullosa satisfacción la admiración de los indios y los japoneses. Iníciase la conocida "dispersión de la industria", incluso a consecuencia de la reflexión de que conviene aproximar la producción a los consumidores para obtener mayores provechos. En lugar de exportar exclusivamente productos, comiénzanse a exportar secretos, procedimientos, métodos, ingenieros y organizadores. Incluso hay inventores que emigran. El socialismo, que quería someterlos a su yugo, los despide. Todos los "hombres de color" penetraron en el secreto de nuestra fuerza, lo comprendieron y lo aprovecharon. Los japoneses llegaron a ser, en treinta años, técnicos y peritos de primer orden, y en la guerra contra Rusia demostraron una superioridad técnica militar de la que sus maestros mismos pudieron aprender. En todas partes, en el Asia oriental, en la India, en América del Sur, en África del Sur, se han formado regiones industriales o están formándose; y como pagan salarios inferiores, hacen a la vieja industria una competencia mortal. Los insubstituíbles privilegios de los pueblos blancos han sido dilapidados, gastados y traicionados. Los adversarios han alcanzado a sus modelos y acaso los superen con la mezcla de las razas de color y con la archi-madura inteligencia de civilizaciones antiquísimas. Allí donde hay carbón, petróleo y fuerzas hidráulicas puede forjarse una nueva arma contra el corazón de la cultura fáustica. Aquí comienza la venganza del mundo explotado contra sus señores. Con las innumerables manos de los hombres de color, que trabajan tan hábilmente como los blancos y con muchas menos pretensiones, conmuévese la base de la organización económica de los blancos. El lujo habitual del obrero blanco, comparativamente con el kuli [coolie, esclavo asiático], conviértese en destino fatal. El propio trabajo de los blancos resulta innecesario. Las poderosas masas acampadas sobre el carbón septentrional, los dispositivos de la industria, el capital invertido, ciudades y comarcas enteras, amenazan sucumbir ante la competencia. El centro de gravedad de la producción desplázase incoerciblemente desde que la [Primera] guerra mundial ha puesto fin al respeto de los hombres de color ante el blanco. Éste es el verdadero motivo de la falta de trabajo en los viejos países de Europa y América, falta de trabajo que no constituye una crisis, sino el comienzo de una catástrofe.

     Pero para los hombres de color —los rusos quedan incluídos en este concepto— la técnica fáustica no es ya una necesidad interior. Sólo el hombre fáustico piensa, siente y vive en sus formas. Para éste es esa técnica espiritualmente necesaria; no sus consecuencias económicas, sino sus victorias. Navigare necesse est, vivere non est necesse. Para los "hombres de color" la técnica no es más que un arma en la lucha contra la civilización fáustica, un arma semejante a una rama de árbol que se tira cuando ha cumplido a su fin. Esta técnica maquinista acaba con el hombre fáustico y llegará un día en que se derrumbe y se olvidarán los ferrocarriles y los barcos de vapor, como antaño las vías romanas y la muralla de China, y nuestras ciudades gigantescas con sus rascacielos, lo mismo que los palacios de la vieja Menfis y de Babilonia. La historia de esa técnica se aproxima rápidamente a su término inevitable. Está carcomida por dentro, como todas las grandes formas de cualquier cultura. Pero no sabemos cuándo y de qué modo acabará.

     En vista de este destino, sólo hay una concepción del Universo que sea digna de nosotros: la ya citada de Aquiles cuando dice que mejor es una vida breve, llena de hazañas y de gloria, que una vida larga sin contenido. El peligro se ha hecho tan grande para cada individuo, cada clase, cada pueblo, que es deplorable el pretender engañarse. El tiempo no puede detenerse; no hay prudentes retornos, no hay cautelosas renuncias. Sólo los soñadores creen en posibles salidas. El optimismo es cobardía.

     Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer violentamente el camino hasta el final. No hay otro. Es nuestro deber permanecer sin esperanza, sin salvación en el puesto ya perdido. Permanecer como aquel soldado romano, cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta en Pompeya, y que murió porque al estallar la erupción del Vesubio olvidáronse de licenciarlo. Eso es grandeza; eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre.–




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