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miércoles, 4 de abril de 2012

Revilo P. Oliver - El Último Punto de Vista


     Habiendo sido publicado en la revista Liberty Bell hace veinticinco años, y conservado en el sitio www.revilo-oliver.com, hemos rescatado y traducido este interesante artículo del filólogo e intelectual profesor Revilo Oliver, en el que se examinan los argumentos que se plantean en un libro de Jacob E. Conner con respecto a la historia e interpretación del cristianismo y del personaje en el cual éste se centra. Los juiciosos comentarios del señor Oliver son siempre aportativos y solventes, razón por la que continuamos presentando su material.



El Último Punto de Vista
por Revilo P. Oliver
Noviembre de 1987




     He recibido una copia de un libro, publicado primeramente en 1936 y ahora reimpreso por Christian Book Club de Hawthorne, California. Puede ser justamente descrito como el último punto de vista de lo que llamo el cristianismo Occidental, la religión que fue por tanto tiempo aceptada por nuestra raza y que ahora ha sido casi totalmente suplantada por el culto judeo-cristiano que prácticamente ha monopolizado todos los púlpitos y ha proporcionado un lucrativo negocio a los agitadores vendedores de basura de la evangelización electrónica. El autor sostiene que, como es ciertamente verdadero, el cristianismo Occidental era básicamente una religión Occidental, aunque trajera con ella numerosas y potencialmente ruinosas adiciones judías.

     El libro propone una hipótesis que es históricamente posible, y para ser claramente distinguida del estrafalario culto de moda ahora en algunos círculos insignificantemente pequeños, llamado "Israel británico" o "Identidad", que no es sólo históricamente absurdo, sino que es abusivo e insultante para nuestra raza.

     En vez de afirmar que la mugrosa, cruel y bárbara tribu de estafadores y predadores cuyas repugnantes hazañas son descritas en el "Antiguo Testamento" era una tribu de arios, lo que es etnológicamente injurioso así como históricamente absurdo, el doctor Jacob Elon Conner (1862-c.1940) sostiene que el fundador del cristianismo era un ario. Su libro tiene por título «Cristo No Era un Judío». Su tesis es una que, como muchas otras proposiciones asombrosas, no puede ser categóricamente refutada, y por lo tanto tiene derecho a una consideración imparcial y juiciosa.

     Usted seguramente estará molesto con el título, que es equivalente a decir "el Gerente no es un negro", usando un título como si fuese un nombre personal. El doctor Conner no sabía, o más probablemente sólo ignoró el hecho de que "Cristo" es el derivado inglés de una palabra griega que los judíos escasamente adoptaron en su dialecto yíddish del griego koiné (griego común) para traducir la palabra hebrea que también aparece en inglés como "mesías". Para este mal uso de la palabra el doctor Conner tenía motivos suficientes, ya que aunque él nunca se encarga específicamente de la cuestión, él sostendría seguramente que "Jesús", por una parte, no era realmente el nombre de la persona así llamada en el "Nuevo Testamento", o, por otra, le fue dado como un nombre extranjero y racialmente engañoso, como en el caso, por ejemplo, de sir Isaac Newton y de Thomas Jefferson, ninguno de los cuales era un judío (sheeny), aunque el primero lleva el nombre de un héroe judío mítico y el segundo fuera bautizado con la palabra aramea para "gemelo". Con respecto a esto, el mismo doctor Conner era un ario, aunque le habían impuesto en la infancia el nombre de un famoso sinvergüenza judío, que, conforme a sus instintos raciales, estafó incluso a su propio padre.

     El doctor Conner realmente produce una doctrina esencialmente parecida a la de Marción, de quien él parece no haber sabido. Yo he mencionado con frecuencia la versión marcionita del cristianismo primitivo, sobre todo en relación al esfuerzo del doctor David Hamblin para revivirla. Aquella fue la forma más temprana del cristianismo que llegó a ser corriente entre pueblos bastante civilizados y parece haber tenido, durante un tiempo, el mayor número de adherentes y haber sido el principal culto cristiano. Hasta muy recientemente (y posiblemente aun ahora), la más antigua inscripción existente de una iglesia cristiana proviene de una iglesia marcionita que fue destruída en las persecuciones comenzadas por los llamados Padres de la Iglesia tan pronto como ellos pusieron sus calientes manos en el poder gubernamental y pudieron usarlo para suprimir a sus competidores.

     El doctor Conner, aparentemente sin saberlo, emprendió la tarea a la que el doctor Hamblin sabiamente se dedicó. Éste trató de salvar el cristianismo formulando una teología marcionita, ignorante de que Marción había intentado lo mismo en el siglo II. Si él hubiera sabido de su precursor, él ciertamente habría lamentado la destrucción prácticamente completa de los evangelios cristianos de los marcionitas, y podría haber argumentado de manera provechosa a partir de los fragmentos lastimosamente exiguos de aquellos evangelios que ahora tenemos como su probable contenido como confirmación de su tesis.

     Él también habría tenido que afrontar la inevitable pregunta histórica de por qué la abigarrada pandilla de leguleyos conocida como los Padres de la Iglesia dio la primera prioridad a la exterminación de una versión prevaleciente del cristianismo que claramente separaba aquella religión de las bárbaras supersticiones de los judíos; y por qué los Padres de la Iglesia, muchos de los cuales buscaron popularidad denunciando a los judíos, hicieron tan desesperados y finalmente exitosos esfuerzos para ponerle al cristianismo la carga de la grotesca y venenosa inmundicia del libro de los judíos, que ellos llamaron el "Antiguo Testamento", identificando así su deidad con el feroz Yahvéh, quien había elegido a la raza parásita como sus mascotas y que, como ellos, odiaba a la Humanidad civilizada, hasta que él supuestamente cambió su embrollada mente en el siglo I.

     Trataré de resumir el argumento del doctor Conner, que recomiendo a la atención de cualquiera que esté seriamente interesado en el cristianismo, sea creyente o escéptico [1]. Tendré que comenzar, sin embargo, clarificando, tan concisamente como pueda, las consideraciones geográficas e históricas relevantes.

    [1. No perderé mi tiempo llamando la atención hacia errores históricos menores, ninguno de los cuales es crucial para el argumento, y la mayor parte de los cuales viene de las fuentes del doctor Conner. El peor, quizás, es su confianza en el libro Makers of Civilization del doctor L. A. Waddell (Londres, 1929; reimpreso en Nueva Delhi, 1968). Waddell era un hombre culto cuyo error en tratar de leer el sumerio como una lengua indoeuropea fue menos grueso que el de casi todos sus contemporáneos, que trataban de leerlo como una lengua semítica. El verdadero error garrafal en el presente volumen fue hecho por el autor anónimo de las diecinueve páginas de agregados, que incluyen, además de valiosos suplementos al trabajo del doctor Conner, una pretendida carta de Poncio Pilatos, que William Dennis Mahan fabricó inspirado por su devoción en 1879, aparentemente sin conocer las varias falsificaciones producidas por los cristianos en los primeros siglos de la era presente].


LOS GALILEOS

     Se dice que el cristo que es el héroe del "Nuevo Testamento" ha sido un galileo, nacido en Galilea, que era una tierra poblada por el residuo de muchos pueblos y razas que la habían dominado o la habían cruzado de vez en cuando durante cinco milenios. Una parte considerable de la población residual era de ascendencia aria en la época en que el territorio llegó a ser parte del Imperio de Alejandro Magno, para el cual y luego para sus sucesores griegos (incluyendo a los macedonios) fueron ocupadas las ciudades por la clase dirigente, que las convirtieron en los centros de su alta cultura y civilización.

     El territorio llamado Galilea (del cual las fronteras fueron siempre cambiantes e inciertas) limitaba al sur con Samaria, que estaba igualmente poblada por el residuo de muchas naciones, y a la que igualmente le había sido dada por los griegos una alta cultura, que hicieron de su ciudad capital, Samaria, una colonia de macedonios licenciados de los ejércitos de Alejandro.

     Al sur de Samaria está Judea, donde los infortunios de Palestina comenzaron cuando Ciro el Grande conquistó el Imperio babilónico y en 538 a.C. ocupó la gran ciudad de Babilonia, la que fue traicionada en favor de él por la multitud de judíos que pululaban en aquel centro comercial. Para recompensarlos por su traición, y también, sin duda, con la esperanza de que él podría inducir a los parásitos traidores a abandonar sus nuevos territorios, Ciro les dio (como hicieron los británicos veintiséis siglos más tarde) el derecho de imponerse sobre los habitantes nativos de Palestina. Aunque la mayor parte de los judíos frustró las esperanzas de Ciro permaneciendo en Babilonia para rapiñar a la población y al comercio internacional, un enjambre de ellos ocupó Judea y comenzó a echar a patadas a los naturales. Aquel territorio, por lo tanto, fue capturado por los antiguos sionistas cuando Alejandro Magno conquistó el Imperio persa.


AGRESIÓN SIONISTA

     Durante las guerras de los Diádocos que siguió a la muerte de Alejandro, los sionistas, con la ayuda abierta y subrepticia de las colonias que su raza parásita había establecido a través de todo el mundo civilizado, y engañando a varios gobiernos arios (incluso al romano), prosperaron en Judea, y en el segundo siglo a.C. comenzaron a ampliar su territorio de modo muy parecido al de sus sucesores modernos, es decir, invadiendo territorios adyacentes, asesinando a la parte valiosa de la población, e imponiendo la religión de su salvaje dios sobre las clases inferiores, que fueron mantenidas en un estado servil para cultivar la tierra y realizar la labor manual, que es, como sabemos, indigna de la Raza de Amos de Yahvéh. Su agresión y extensión fueron hechas posibles por las guerras entre las naciones civilizadas que tenían intereses en Palestina y por el apoyo clandestino de los judíos alojados en sus territorios. Un caso particularmente notable ocurrió en 103 o 102 a.C., cuando los sionistas fueron salvados por los judíos a quienes la Reina de Egipto, Cleopatra III, había permitido desatinadamente alcanzar posiciones de autoridad en su gobierno y su ejército.

     No se conoce qué intrigas e influencias condujeron al rey seléucida Antioco VII, que había reprimido severamente la agresión de los sionistas sobre sus vecinos en sus dominios, a cometer en 132 a.C. el tonto y fatal grueso error de desestimar a los consejeros que lo urgían a limpiar la cueva de las alimañas judeanas y poblarla con razas dispuestas a la civilización. Su trágica equivocación y su posterior derrota por los Partos permitieron a los sionistas, bajo un judío que había asumido el civilizado nombre de Hircano, reanudar sus agresiones.

     Ellos invadieron el territorio de Samaria, subrepticiamente ayudados, por supuesto, por los judíos que se habían infiltrado ahí como comerciantes, taberneros, usureros y otros depredadores, y también por un gran cuerpo de campesinos, de raza incierta pero probablemente semita, que había aceptado antes el culto de Yahvéh. En 120 a.C. las tropas mercenarias de los sionistas asaltaron la ciudad capital, la última fortaleza de los macedonios. Luego siguió, naturalmente, la matanza total de los goyim que siempre lleva la dicha y la buena conciencia a los corazones judíos, y la conversión forzada de los sobrevivientes al culto de Yahvéh, incluyendo, con el sadismo acostumbrado, la circuncisión, que fue infligida a todos los varones, con la muerte como la única alternativa. Un objetivo de la conversión forzada, por supuesto, era asegurar la docilidad de los siervos judaizados, quienes, como agricultores, artesanos y otros por el estilo, debían servir a sus amos sionistas.

     El hijo mayor de Hircano, que se llamaba a sí mismo Aristóbulo y simulaba una gran admiración por la civilización griega para favorecer sus ambiciones, comenzó la conquista sionista de Galilea, que fue completada por su hermano y sucesor, Alejandro Janeo, que era notable, incluso entre los judíos, por la ferocidad de sus conquistas y su gobierno. Podemos estar seguros de que en Galilea, como en Samaria, se habían infiltrado los depredadores judíos, que facilitaron la conquista sionista, pero no hay ninguna evidencia de un cuerpo de la clase campesina comparable al grupo de adoradores de Yahvéh en Samaria. La conquista, naturalmente, procedió, como en Samaria, con una matanza y una posterior conversión de los sobrevivientes a punta de espada, casi todos de las clases inferiores, a la adoración de Yahvéh.

     En conexión con estas conversiones deberíamos notar un punto que, si mi memoria no me falla, fue primeramente y con perspicacia hecho por el doctor Conner. Él pensaba en los arios, pero es igualmente aplicable a los semitas. Los pueblos politeístas en general creen, bastante razonablemente, que cada lugar, campiña, bosque, río, manantial, lago y montaña, tiene su propio genio del lugar (genius loci), mientras que una deidad superior puede presidir una ciudad o un territorio como su dios del lugar (deus loci). El concepto, que es familiar a todos a partir de la literatura Clásica, sobrevivió en el cristianismo, notablemente en el culto católico de lugares sagrados (santuarios). Hay una tradición judía, para lo que viene a cuento, de que en una fecha mucho más temprana el feroz dios del judío llegó a establecerse en el territorio de Samaria como su deus loci. Se afirma en el libro del judío (2 Reyes, 17:26-27) que a los samaritanos, quienes por supuesto no eran judíos, se les indujo a aceptar a Yahvéh como "dios de la (aquella) tierra", a causa de que Samaria había estado infestada más antiguamentes por judíos (kikes), cuyo dios probablemente había permanecido en las colinas después de que los judíos fueron deportados. Los samaritanos, se nos dice, añadieron al dios local a su panteón, pero muchos de ellos tuvieron la cordura suficiente para conservar muchos de sus propios cultos superiores, tal como el campesinado de toda Europa, cristianizado sólo superficialmente, retuvo mucho de sus nativas religiones "paganas" (p.ej., los árboles y otros símbolos que fueron usados en la celebración del Solsticio de Invierno y así conservados cuando aquella festividad fue llamada la Navidad). Algunos samaritanos, quizá bajo coerción, se comprometieron a la adhesión exclusiva al dios de los judíos y así se convirtieron en los antepasados de los campesinos Yahvistas que mencioné anteriormente.

     Los desafortunados galileos de las clases inferiores, sobre quienes los sionistas, con su arrogancia racial y su animadversión, impusieron su salvaje dios y sus ritos bárbaros como la única alternativa a la masacre, eran, como hemos dicho, una población que tenía múltiples fuentes ancestrales (polifilética) que probablemente incluía un número bastante grande de descendientes de antiguos arios (en qué porcentaje, no tenemos manera de saberlo), quienes, perteneciendo a la clase campesina, habían perdido la mayor parte de su cultura, pero probablemente habían conservado, quizás subconscientemente, sus instintos raciales, al menos hasta cierto punto. Como los otros galileos, ellos indudablemente sufrieron mucho con la abrasadora guerra civil entre los judíos que comenzó en el reinado de Alejandro Janeo, cuando los fariseos, que eran racialmente incapaces para la civilización, se rebelaron contra la aristocracia judía, que estaba conformada por saduceos pertenecientes a la política o la cultura [2].

    [2. Es probable que muchos de los saduceos, que trataron de llegar a ser civilizados, fueran sinceros en su deserción desde el judaísmo. Ellos fueron exterminados por la mayoría judía con su odio fanático e insuperable hacia la Humanidad civilizada].

     Podemos creer bien que los pueblos oprimidos, que habían sido obligados a conformarse a la religión de los judíos, al menos potencialmente desarrollaron un resentimiento hacia sus autoritarios e insolentes amos. Tal era la situación en Galilea cerca del final del primer siglo a.C., cuando, según la cronología cristiana, nació el individuo a quien, de acuerdo con el trabajo del doctor Conner, llamaré "Cristo", para evitar el nombre personal que él no usa.


"CRISTO"

     El doctor Conner cree que su "Cristo" era racialmente un ario, perteneciente a la clase campesina, quien forzadamente se conformó, al menos en apariencia, al judaísmo que había sido tan despiadadamente impuesto sobre ellos, pero pudo haber sido como los nativos de las tierras que fueron cristianizadas en tiempos recientes, quienes se conformaron a las costumbres cristianas y asistían a iglesias, sin hacerse verdaderos devotos de la religión ajena, la cual ellos interpretaban en términos de su propia mentalidad, si es que ellos simplemente no la rechazaban en secreto.

     Él admite, por lo tanto, que "Cristo" fue sometido, cuando nació, al rito salvaje y asqueroso de los judíos de la circuncisión [3], que sus padres arios y él se conformaron a las costumbres judías, aceptaron a los rabinos como autoridades religiosas, y eran probablemente ignorantes de las religiones de pueblos más civilizados, excepto en la medida en que los campesinos oían rumores desde fuera sobre cultos que a ellos les habían enseñado a detestar. Todo aquello es sin duda posible.

    [3. Tal rito es física y psicológicamente muy perjudicial, al menos para personas de nuestra raza, y muy posiblemente incluso para los niños de raza judía, siendo un medio de inducir su participación en el fanatismo y odio racial que da a aquella raza su solidaridad contra todos los otros pueblos. Sobre los funestos efectos de este rito salvaje, vea el libro admirablemente conciso de Nicholas Carter "Routine Circumcision: the Tragic Myth", Londres, Londinium Press, 1979].

     El doctor Conner sostiene además que todas las declaraciones específicas en el "Nuevo Testamento" en el sentido de que "Cristo" era un judío, como las genealogías obviamente espurias y contradictorias en los evangelios atribuídos a Mateo y "Lucas" [4], son interpolaciones y falsificaciones, que él imputa principalmente a la secta judía de los ebionitas, quienes son conocidos por haber contribuído al "Nuevo Testamento" con el horrible Apocalipsis y la mayor parte de la "Epístola a los Hebreos" que ha sido puesta en circulación bajo el nombre de Pablo, aunque ella no pueda ser obra de ninguno de los autores de las otras epístolas también atribuídas a éste.

    [4. Nunca hubo un hombre llamado Loukas en griego, lo que es como si tuviéramos hombres llamados "Tejano" o "Georgiano". El adjetivo es territorial y simplemente significa "un hombre de Lucania", una región de la que la capital era Luca, la moderna Lucca].

     Aquí, por supuesto, llegamos al defecto fatal del cristianismo: su Biblia. El doctor Conner, como Marción, simplemente desecha el todo del vil "Antiguo Testamento", de manera que las cuestiones sobre su texto son irrelevantes, y hace a la religión depender exclusivamente del "Nuevo Testamento". Pero su "Nuevo Testamento", su única fuente de información sobre lo que propugnaba aquel fervoroso campesino ario, es la colección que fue reunida por los Padres de la Iglesia, que seleccionaron para su inclusión a los evangelios y otros discursos que, según la teoría del doctor Conner, ya habían sido abundantemente interpolados y distorsionados por los judíos.

     Ahora podemos por lo general detectar, mediante pruebas lingüísticas y estilísticas, interpolaciones hechas en autores de primer orden de quienes tenemos un texto generalmente en buen estado (p.ej., los versos espurios en Ovidio), pero cuando tratamos con una colección de cuentos de numerosos escritores, todos ellos de baja categoría, el problema se hace filológicamente insoluble, y los únicos criterios son la coherencia interna y la viabilidad histórica. Y cuando tenemos una colección de historias para las cuales no hay ninguna verificación independiente, la certeza de que grandes partes deben ser espurias invita a la conclusión de que el todo puede ser igualmente ficticio.

     Esto es particularmente verdadero cuando tratamos con historias contadas por judíos, una raza para quien la falsificación es tan natural como la respiración, como el mismo doctor Conner debe reconocer. De este modo, tanto para el "Nuevo Testamento" como para la Biblia en su conjunto, llegamos a la conclusión necesaria de que si el texto no es "inerrante", pero contiene mucho que es sin duda falso e intencionado para engañar, luego, aun si algunas partes son genuinas, no tenemos ningún medio seguro de distinguirlas del resto, y ya que no hay ningún medio de verificar ninguna de ellas, el único procedimiento seguro es rechazar el todo.

     Con estas salvedades, sigamos con el argumento del doctor Conner, habiendo concedido que su teoría de que "Cristo" fue un campesino ario en Galilea es posible y no puede ser refutada, lo que, por supuesto, está muy lejos de hacerla probable [5].

    [5. Él impone cierta tensión a nuestra credulidad cuando sostiene que su "Cristo" entró en Judea porque él la reconoció como la cueva de las alimañas del mundo habitado, desde donde brotaron los parásitos que depredaron y afligieron a la población de clase baja de su Galilea nativa. Por supuesto, todos los pasajes en el "Nuevo Testamento" que declaran o sugieren que él fue un supuesto mesías son falsificaciones judías. El "Cristo" del doctor Conner sólo quería persuadir a los judíos para que abandonaran una religión que era incompatible con la civilización y con los instintos de los hombres decentes. Él no tuvo nada que ver con el Jesús que es un segmento del dios compuesto, inventado por la secta dominante de los cristianos y extravagante y muy inverosímilmente identificado con Yahvéh].


PSICOLOGÍA RACIAL

     El principal y más convincente argumento del doctor Conner es muy similar a uno de Houston Stewart Chamberlain (en su Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts), pero está expresado más mordazmente y con menos concesiones conciliatorias: es la incompatibilidad completa del cristianismo, como es generalmente entendido, con la mentalidad judía.

     El cristianismo, incluso en la degradada forma en que es vendido de puerta en puerta por los buhoneros televisivos de la salvación, pretende ser una religión universal, disponible para cada uno en términos iguales. Éste es un concepto extraño y posiblemente incomprensible para la mente judía. "El judaísmo como una religión mundial", dice el doctor Conner, "es una contradicción en los términos". Eso es indudable, excepto en el sentido de que la religión racial de los judíos puede ser entendida como el envolvimiento del mundo de la manera explícitamente declarada en el Talmud, según el cual los judíos son una especie de la vida inmensamente superior a todos las otras y el único pueblo que puede correctamente ser llamado humano y que tiene "derechos humanos", sobre todo el derecho de poseer bienes. Los arios, los mongolianos, y otros, aunque bípedos, no tienen más derechos que los cerdos y, como cerdos, no pueden poseer bienes, de modo que cualquier cosa que ellos tengan, aquello realmente pertenece a los judíos, que natural y justamente lo toman de ellos mediante el fraude y el engaño cuando no es seguro hacerlo por la fuerza.

     El doctor Conner refuerza este argumento mediante un admirable análisis del carácter innato y genéticamente predeterminado de los judíos. A propósito, él señala que mucho de lo que hace a algunas escrituras judías aceptables y hasta atractivas para los Occidentales. realmente viene de las lenguas Occidentales en las cuales ellas fueron traducidas del hebreo, una lengua tosca y primitiva, "como la de los Choctaw" [indígenas estadounidenses del Sudeste], e inadecuada para expresar el pensamiento lógico o una narrativa objetivamente exacta [6]. Si el libro sagrado de los judíos hubiera permanecido en su dialecto sagrado del fenicio antiguo (semita occidental), sería considerado hoy como una curiosa reliquia del barbarismo de Oriente, debajo del nivel del, p.ej., babilónico y por lejos inferior al árabe. Cuando los judíos tradujeron su colección de mitos en el griego koiné, un lenguaje ajeno a su mentalidad nativa, que ellos aprendieron tal como aprenden el inglés hoy, dicha lengua los obligó a hacer la traducción mucho más específica y coherente que el original. Y cuando aquel original fue traducido al inglés (sobre la base de la interpretación que la Septuaginta hizo del hebreo), los celosos traductores le dieron una gracia literaria y una fuerza que, en su mayor parte, ellos le suministraron e interpretaron de la repulsiva versión original.

    [6. Los lenguajes, por supuesto, son un índice de la mentalidad de las razas que los usan. Y, independientemente de lo que pueda ser dicho por los nihilistas que afirman que todo es tan bueno como todo, nuestra valoración de todas las lenguas que no son indoeuropeas debe ser hecha en términos de nuestra propia mentalidad racial. Un buen contraste entre el pensamiento judío y el civilizado se puede encontrar en el libro del profesor Thorleif Borman "Hebrew Thought Compared with Greek" (El Pensamiento Hebreo Comparado con el Griego, Filadelfia, Westminster Press, c.1960). Como un teólogo profesional, Borman presenta el hebreo en su mejor luz posible, pero no puede ocultar la enorme diferencia de los procesos mentales. Él podría haber ido mucho más lejos. El resumen del doctor Conner, en el cual él menciona sólo la diferencia fundamental en los verbos, es adecuado para la mayoría de los propósitos. Tan significativo detalle sugerirá el todo. Ex ungue leonem! (Por su garra deducid al león)].

     Etnológicamente, las conclusiones del doctor Conner pueden haber sorprendido a quienes no esperaban que hubieran aparecido en 1936. Sobre la base de análisis de sangre que estaban disponibles entonces (y, por supuesto, mucho antes de la publicación del elaborado análisis hematológico hecho por el doctor A. E. Mourant que he citado con frecuencia), el doctor Conner concluyó correctamente que los judíos son una raza híbrida, que combina principalmente la sangre semítica y la negroide, y que probablemente incluye una variedad de cepas menores de semitas y negros ya mestizados. Sobre la base de algunas leves indicaciones históricas, él plausiblemente concluye que los judíos se originaron en la tierra llamada Etiopía, que tomó su nombre de los semitas de la Arabia Felix que la invadieron y la conquistaron y luego se destruyeron a sí mismos por medio del mestizaje con los negros indígenas; la tierra que en tiempos modernos y hasta hace poco era conocida por un nombre más descriptivo y exacto: Abisinia ("tierra de los mestizos"). Esto, remarca el autor, explica el hecho de que aunque los judíos tuvieran sangre semítica, hablaran una lengua semítica (arameo) y tuvieran libros sagrados en un dialecto semítico conocido por sus rabinos, siempre ha habido una antipatía instintiva entre los judíos y los árabes y otros verdaderos semitas.

     El doctor Conner ve que los judíos robaron sus cuentos bíblicos desde pueblos superiores y luego los judaizaron y los degradaron. Él presenta un nítido contraste entre la crudeza de las pocas partes éticas de los "Diez Mandamientos" y la ética más integral y superior de una Plegaria egipcia a Osiris, escrita muchos siglos antes de que el mundo fuera, hasta donde se sabe, atribulado con judíos. Maurice Samuel nos ha dicho autoritariamente que los judíos siempre conciben a su Yahvéh como un gran judío; y el doctor Conner llegó a la misma conclusión: que Yahvéh es "un judío exagerado, la personificación de su raza, la encarnación de necesidades, deseos y ambiciones judías, y esto exclusivamente... El [primitivo y "post-simio"] rito de la circuncisión... junto con la negación del derecho a la propiedad para aquellos fuera de su raza, aún persisten como características fundamentales del judaísmo, ya que ellas están empotradas en la naturaleza racial del judío hasta un grado inextirpable. Uno puede leer en el Talmud hoy que nadie sino los judíos tienen del todo el derecho a la propiedad privada".

     Él sostiene, muy plausiblemente, que ningún judío podría honesta y sinceramente proponer una religión que anulara el derecho innato de su raza a poseer el mundo, y que por lo tanto creer que "Cristo" era un judío sería asumir una imposibilidad psicológica.


LA RAZA DE YAHWÉH

     La parte más valiosa y convincente del libro del doctor Conner es su conciso análisis del carácter judío como se revela por la actividad de la raza a través de toda la Historia registrada. Esta parte del libro la recomiendo a todo el que tome en serio el pensamiento sobre nuestra grave situación hoy, esté o no interesado en las religiones.

     El autor derechamente descarta los reparos y los escrúpulos de las personas que están relacionadas con judíos que son, o parecen ser, amables e inofensivos, e incluso educados. Las razas, como otras especies biológicas, deben ser juzgadas como un todo, y esto es particularmente verdadero de una raza de naturaleza cambiante que por instinto usa el engaño como un arma en su guerra clandestina contra todas las otras razas. Independientemente de cuán correctamente a usted le puedan agradar ciertos judíos individuales, y concediendo la probabilidad de que muchos de ellos sean honestos y sinceros, el doctor Conner nos dice que «debemos formular cargos contra la raza entera, ya que los "judíos buenos" no denuncian el programa racial». Un argumento claro y convincente puede ser extraído de la consideración de que si nuestro país fuera invadido, debemos destruír al ejército invasor, sin considerar la posibilidad de que pueda haber en él hombres que nos simpatizarían personalmente; e incluso si ya hemos encontrado y nos caen bien algunos individuos en él, aquel hecho es simplemente irrelevante en la situación militar.

     A través de toda la Historia, los judíos siempre e invariablemente han atacado a las naciones infiltrándose en su territorio bajo disfraces engañosos, y luego aplicando gradualmente el método que el doctor Conner perfectamente resume en una corta frase: "primero adulterar, luego destruír". Eso lo dice todo. Si usted sabe eso, usted puede entender todo el resto. Los judíos subvierten las naciones que ellos atacan preconizando virtudes y "bienes sociales" que son lo opuesto de sus propios estándares raciales encubiertos, pero que sirven para anestesiar a sus víctimas y las convierte en presas dóciles. Ellos hacen una campaña a favor de la "igualdad" para facilitar la imposición de su propia superioridad inmensurable, y a favor de la "justicia económica" para enmascarar su convicción de que toda la propiedad en el mundo les pertenece en justicia a ellos. Ellos predican la "tolerancia" para facilitar su propio odio intolerante de todas las otras razas, a quienes ellos consideran como animales inferiores. Ellos denuncian el "racismo" y hacen una campaña por los "derechos humanos", con la reserva secreta de que ellos son la única raza que es humana.

     Los judíos siempre lloriquean sobre "prejuicio" y "persecución". Sobre esto el doctor Conner comenta: «Los parásitos siempre son "perseguidos", o merecen serlo. Los muy publicitados pogroms en Rusia no eran más que lo que un parásito tenía el derecho a esperar: tribulaciones a cambio de sus prácticas parasitarias. Si una raza encuentra que un judío es pernicioso de una manera u otra, no es persecución ni prejuicio el rechazarlo, ni siquiera tomar rigurosas medidas para librarse de él».

     El doctor Conner escribió, por supuesto, antes de que los judíos tramaran su grandioso engaño sobre un "Holocausto" y fabricaran para apoyarlo las innumerables ficciones y falsificaciones (p.ej., el "Diario de Anne Frank") que ellos están ahora tratando de imponer a sus víctimas sentimentalmente irreflexivas; pero los judíos han estado lloriqueando sobre la "persecución" durante milenios, tan instintivamente como un mosquito zumba sobre su oído antes de insertar su lanceta para sacarle a usted sangre [7].

    [7. Casualmente, un artículo de la última edición de Speculum (periódico estadounidense sobre estudios medievales) me envió a un pequeño libro publicado en 1984 por el Instituto Judío de Religión del Colegio Unión Hebrea de Cincinnati, titulado "El Anónimo de 1007 y la Soberanía Papal: Percepciones Judías del Papado y de la Política Papal en la Alta Edad Media". El autor, Kenneth R. Stow, quien debe ser un judío a pesar de su nombre, examina un relato judío de una horrible persecución de los Queridos de Dios en el norte de Francia a principios del siglo XI, y encuentra en él groseros anacronismos que lo obligan a concluír que la "persecución" nunca ocurrió, y que los reportes de ella fueron forjados en el siglo XIII para apoyar la afirmación de los judíos de que sólo el Papado tenía autoridad legal sobre esa raza internacional, ya que ellos siempre podrían estar seguros de la protección papal].

     Debemos notar en este punto un paralelo muy significativo que parece haber escapado al conocimiento del doctor Conner. Cuando los Padres de la Iglesia trabajaron para extender su monopólica marca del cristianismo, ellos tramaron, con un descaro típicamente yíddish, un enorme engaño que impusieron a sus bobos cristianos por siglos, que disputa la comparación con el reciente Holocuento de los judíos: Los despreciables Padres, mediante falsificaciones y mentiras, pusieron sobre el mito el que los primeros cristianos, dulces, pequeños e inocentes corderos, habían sido perseguidos por los malvados romanos por causa de su piadosa fe.

     El hecho es que los romanos nunca acosaron o aproblemaron a nadie por su religión, no importa cuán absurda fuese. Los romanos procesaron a criminales, incluyendo a conspiradores revolucionarios. Nerón realmente ejecutó a un fardo de bolcheviques judíos, conocidos como Chrestiani, tal como los subversivos modernos son conocidos como marxistas; los Crestianos habían confesado la autoría del desastroso incendio que destruyó una gran parte de Roma y mató a miles de romanos, por lo que su ejecución fue ciertamente apropiada. Ninguna persona razonable puede oponerse a ello, aunque pueda lamentar la crueldad excesiva que complació a los romanos que acababan de sufrir la pérdida de propiedades y quizás la muerte de seres queridos.

     Cuando el suficiente tiempo había pasado para obscurecer el recuerdo del acontecimiento, los subrepticios Padres, cambiando "Crestianos" por "Cristianos" [8], hicieron de ello una historia de mártires a raíz de la cual ellos pudieran lloriquear sobre la "persecución", y ellos la apoyaron con engaños auxiliares, incluyendo cientos de historias de horror sobre "mártires", cuentos que fueron inventados por escritores como Jerónimo, quien, en una de sus cartas, se queja de la estupidez de un cristiano contemporáneo, que pensaba que era relevante que los personajes de las historias nunca habían existido y que los horribles incidentes descritos nunca habían ocurrido. La ficción sirvió para propagar la "Fe Verdadera" y eso era todo lo que importaba. La actitud de Jerónimo hacia la verdad es simplemente típica de la pandilla entera de los clérigos [9].

    [8. Esto pudo haber tenido una base en efecto. El agitador revolucionario y terrorista llamado Crestus probablemente se hizo pasar por un cristo, y no es imposible que el cristianismo muy temprano realmente fuera la conspiración nihilista enmascarada como un culto de "amor", como los cultos sangrientos de la "hermandad" hoy].
    [9. Para miles de ejemplos de engaños cristianos, vea el trabajo admirable de Joseph Wheless, "Forgery in Christianity" (Falsificación en el Cristianismo, Nueva York, Knopf, 1930). Hace siete u ocho años, un corresponsal me hizo creer que una reimpresión de este muy útil libro estaba en preparación, pero si fue publicado, no oí de ello].

     «Un enemigo doméstico y secreto», observa el doctor Conner, «nunca declararía la guerra abiertamente. Para la nación predicaría "pacifismo", pero practicaría una guerra privada contra la ciudadanía no-judía del Estado que lo cobija. El judío es capaz de hacer progresos contra el Estado político moderno, el cual debe proceder por procesos lentos y legales, mientras los métodos y los medios judíos son concentrados en manos ocultas y dictatoriales, disfrazados como una supuesta religión. Su poder no está en sus propios números, sino en los miembros de las iglesias cristianas que nunca han sido desengañados en cuanto a la verdadera naturaleza y los propósitos de este culto ajeno».

     Es indudable, y eso es cierto durante quince siglos, a pesar de la animosidad anti-judía del cristianismo Occidental, que la religión fue el escudo de los judíos en sus depredaciones sobre los pueblos europeos, y ella llegó a ser su arma más poderosa para la subyugación y ruina de nuestra raza, que ahora parece irremediablemente condenada a la extinción por su propia locura.


HAGA SU ELECCIÓN

     El doctor Conner admite que las doctrinas puras y elevadoras de bondad y justicia, incluyendo la afirmación de que "el Reino de los Cielos está dentro de vosotros" (independientemente de lo que esto signifique), predicadas por el fervoroso campesino de alma noble de Galilea, fueron muy interpoladas y alteradas por los judíos para facilitar su parasitismo cuando ellos revisaron los evangelios incluídos en el "Nuevo Testamento".

     Pero queda un problema psicológico. Concediendo que el mensaje de "Cristo", como es generalmente entendido, no pudo haber sido predicado sinceramente por un judío, como el doctor Conner dice, ¿podemos estar seguros de que aquella doctrina, que apelaba a nuestra raza, no fue ideada por judíos para poner un cebo en una trampa?. Uno no tiene que postular un complicado esquema trazado de antemano. Pudo haber sido elaborado experimentalmente y por el método de ensayo y error mediante el control de los Padres de la Iglesia hasta que el diseño que se hubo demostrado como el más eficaz en la práctica fue puesto en su forma definitiva no más tarde que el Decretum Gelesianum, el cual fue probablemente forjado alrededor de 515 d.C., después del cual sólo perfeccionamientos menores pudieron ser hechos.

     Como historiadores de la religión, por lo tanto, somos dejados sólo con la elección entre dos explicaciones: O bien (A) el magnánimo campesino ario que el doctor Conner llama "Cristo" existió realmente y predicó en vano a los judíos un mensaje sublime e idealista de justicia y piedad que ellos y la Iglesia corrompieron y deformaron, o (B) el cuento entero, incluyendo las atractivas partes de la doctrina atribuída a Jesús en el "Nuevo Testamento", fue una invención judía, diseñada como un vehículo para llevar la infección letal que finalmente destruyó la mente y la voluntad arias, y, según se puede ahora prever, ha asegurado la extinción de la raza que los judíos odian más que todo.


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