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lunes, 19 de marzo de 2012

Vida Universal - ¿Quién en la Silla de Pedro? (8)


     Agregamos ahora de la serie que hemos estado archivando aquí su capítulo décimoquinto, donde se habla de la relación que tienen las instituciones mafiosas de las que se ha estado hablando con el mundo animal y la Naturaleza en general, y con los hombres que han rechazado la imposición dictatorial de los impostores, haciéndose el tono más sombríamente lírico, y con más autoalusiones, puesto que la sensibilidad está en este tema más agudizada.



¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro?
Décimoquinta Parte
La Silla de San Pedro y los Animales




El «Santo Padre» Ratzinger defiende abiertamente que se practique una crueldad bestial con animales indefensos.

     Tal vez resulte sorprendente para más de alguno que un programa con el título «...¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» se ocupe del tema de los animales, pues puede que no se suponga ninguna relación directa entre el mundo de los animales y la silla de San Pedro. El motivo de esta transmisión es una noticia que apareció en los medios de difusión a fines de 2005. En ella se leía que el Papa Ratzinger saboreó en Navidad una forma especial de tortura animal, a saber, un capón. Un capón es un gallo joven castrado. «Capadura» es el nombre que se da a la castración de un animal, por medio de la que éste aumenta en masa cárnica, a fin de hacer su carne más delicada, un procedimiento que no suele ya efectuarse en la actualidad, por lo menos en Alemania, con motivo de las leyes de protección de animales. A la edad de 6 semanas, a los animales jóvenes se les abre la cavidad abdominal, normalmente sin anestesia, es decir, en estado plenamente consciente. Los testículos, que se encuentran en la cavidad abdominal, se extraen entonces con una tenaza, girándolo entre cinco y veinte veces (¡!). A muchos capones se les cortan también la cresta y la papada.

     Algunos se preguntarán ahora consternados: ¿cómo es posible que se haga alarde públicamente de semejante tortura animal por parte de una persona que gobierna un Imperio mundial y que además se hace venerar como «Santo Padre» y «Vicario de Dios»?. Y esa persona no tiene ningún reparo en autorizar que a animales indefensos se les trate con una crueldad tan bestial. ¿A quién no deja esto pensativo?. ¿Y qué cosas más tienen que sufrir los animales en el llamado Occidente cristiano, cuyos usos y costumbres fueron determinados en gran medida por la institución del Vaticano?.


Horrorosas condiciones de vida de los «animales útiles» durante su crianza en masa.

     ¿Es tal vez posible mostrar semejante tortura de animales de una manera tal, sólo porque la mayoría de las personas no sabe nada al respecto?. Pues en la mayor parte de los casos todo lo que se le hace a los animales tiene lugar a puertas cerradas. En la Tierra vive el doble de animales de matanza que personas, pero ¿quién ha visto alguna vez a estos animales?. En nuestra sociedad apenas se los ve. Mundialmente se matan 45.000 millones de animales para el consumo humano de carne. En el año 2002 fueron en Alemania 490.744.200 animales. Y a esta cifra habría que añadir todos los peces, que ni siquiera son registrados como animales en particular, sino que se les cuenta por toneladas. A estos casi 500 millones de animales asesinados se agregaron, sólo en Alemania, 5 millones de animales salvajes, que fueron matados por los cazadores. Pero de todo esto el ciudadano normal apenas escucha noticias, y muchos no saben de qué manera se mantiene a estos «animales útiles» o de crianza. Las gallinas, como se ha podido ver algo en los últimos tiempos en los medios de comunicación, están hacinadas en jaulas pequeñas, unas sobre otras; a cada gallina se le concede un espacio que corresponde al tamaño de un folio de papel DIN-A4. Las vacas son atadas a cadenas cortas, de manera que apenas pueden moverse. Los terneros son apartados de sus madres poco después de haber nacido, de modo que a las vacas sólo se las mantiene como máquinas de producción de terneros. Los bebés animales viven luego aislados vegetando hasta que a la edad de animalitos aún pequeños les llega el día de su primer y último viaje: el camino al matadero.

     También los cerdos llevan una vida miserable. En el lenguaje coloquial se suele insultar a alguien con la palabra «cerdo», cuando se le quiere decir que es una persona sucia. Los animales en los establos de ganadería intensiva están realmente sucios, pero no por causa de los mismos animales, sino porque éstos son mantenidos sobre suelos con hendiduras o de rejas, a través de los cuales sus excrementos se escurren sólo en parte. Es natural que los animales no puedan mantenerse limpios en esas condiciones, a pesar de que los cerdos por naturaleza son animales especialmente limpios. Además de esto, los cerdos son acorralados en jaulas estrechas. La pestilencia es insoportable. El amoníaco que desprende el mar de excrementos bajo las hendiduras del suelo, daña –especialmente en esa concentración– los pulmones de los animales, irrita sus mucosidades y hacen pesada la respiración.

     Estas condiciones de mantenimiento favorecen el crecimiento de bacterias y agentes patógenos de todo tipo. A los animales se les dan entonces sin más ni más antibióticos, que de nuevo acaban en la carne y en las aguas subterráneas a través de los excrementos de los animales. A pesar de los medicamentos, muchos cerdos padecen irritantes, dolorosas y en parte enormes úlceras. Precisamente los cerdos son seres especialmente sensitivos e inteligentes. Ellos sufren en extremo bajo estas increíblemente crueles condiciones de vida, bajo la martirizante estrechez, la continua falta de movimiento, la oscuridad, las emanaciones pestilentes y la abulia. Su sensible sistema nervioso no está adaptado a esa carga permanente y simplemente enloquecen. Entre otras cosas esto provoca entre ellos agresiones, mutilaciones y canibalismo.

     Las ovejas tienen a veces condiciones algo más favorables, puesto que pueden vivir en los pastizales. No obstante, con frecuencia no tienen ningún techo para protegerse o suficiente agua para beber, según sea el cuidado que les da su propietario.

     Por lo general hay que constatar que lo que normalmente llega hasta los platos de los consumidores son por lo general bebés de animales. En este sentido damos algunos pocos hechos sobre los indecibles sufrimientos a que están expuestos los animales en nuestra sociedad. ¡Cuántas cosas tienen que soportar!.

     De las matanzas brutales, del asesinato en los mataderos no queremos hablar aquí detalladamente. Se sabe que los animales muchas veces no deben estar todavía muertos cuando se les cuelga para ser rajados de arriba a bajo, pues sólo de esta manera se desangran, que es lo que se pretende. Por esto tan sólo se les adormece, lo que a menudo no funciona del todo; lo animales viven entonces con plena consciencia el proceso de su matanza.

     Todo éstas son torturas inconmensurables que muy pocas personas podrían hacer por sí mismas a los animales. Pero «se les hace matar» por otros, para poder entregarse sin mala conciencia al placer de la carne.


La caza: inconmensurable sufrimiento del mundo animal; pero para un sacerdote «un cargo honorífico».

     ¿Y los ya mencionados animales salvajes, que son asesinados bestialmente por los hombres por el puro placer de matar?. Normalmente el ciudadano medio tiene una idea completamente equivocada de la llamada «montería». Lo que sucede en realidad es que personas empujadas por el ansia de matar, a menudo «por deporte», equipadas con aparatos de alta precisión, con armas de gran calibre, se dirigen al bosque, donde acechan por la espalda a animales indefensos e inocentes, tratando de matarlos a tiros. La mayoría de las veces no aciertan en seguida en el blanco provocando una muerte inmediata, sino que alcanzan al animal, por ejemplo, en una pierna, o bien se le destripa o se le destroza la mandíbula a tiros, de forma que el animal agoniza lentamente, durante días y semanas, hasta que muere miserablemente. Todo esto sucede en los bosques y campos, de forma oculta para la mayoría de las personas, al igual que el inconmensurable e indescriptible sufrimiento de estas criaturas en los establos.

     El lector quizás se pregunte qué tiene ver todo esto con la silla de san Pedro. Pero justamente con el ejemplo de la caza se puede ver claramente quién participa de este juego. Pues los animales matados de acuerdo con antiguas costumbres son bendecidos por párrocos en las «misas de san Huberto». Muchos de esos párrocos son ellos mismos cazadores. Así, Rolf Adler, un párroco y cazador, dijo con motivo de una tal misa de san Huberto: «Para mí la caza es un cargo honorífico». En las «misas de san Huberto» se reconocen de manera especial los vínculos de la Iglesia en la crueldad que se tiene con los animales, así como la irracionalidad y falta de lógica puesta en juego. ¿Pues qué dice la leyenda?. Según ésta, Huberto, un cazador, vio a un ciervo en el bosque, en la cornamenta del cual brillaba una cruz blanca. Huberto, profundamente conmovido, renunció a partir de entonces a la caza. A pesar de la evidencia de este suceso —el antes cazador Huberto cambia y no caza más a partir de entonces— la Iglesia lo convierte, precisamente a él, en ¡patrón de los cazadores!.

     Uno tiene cada vez más la impresión de que en nuestra sociedad es algo totalmente normal y apoyado por quienes dicen ser apóstoles de la moral y guardianes de la ética, el no tratar con decoro y respeto a los animales como seres vivos, sino que se les puede tratar de una manera que sólo se puede calificar de «bestial», algo que por otra parte no se encuentra en «bestias», esto es, en animales, sino que solamente en seres humanos. ¿Cómo es posible llegar hasta ese punto?.


El doctor de la Iglesia Tomás de Aquino: los animales no tienen un alma, como el ser humano.

     Tomás de Aquino, quien fue canonizado por la Iglesia, proclamó que no tiene ninguna importancia si se trata bien o mal a los animales; la Iglesia lo ha enseñado así. Él enseñó también: «Nadie peca por utilizar algo con el objeto para el cual está destinado. (...) si el hombre usa por ello las plantas para los animales y los animales para uso del hombre, eso no es algo ilícito». Esto significa que la Iglesia mide el valor de las criaturas de Dios como si se tratara de una mera «cosa», de un objeto destinado a ser «empleado» a placer, igual a utilizado, e incluso eventualmente a ser consumido.

     Otra cita de Tomás de Aquino, del libro «Summa contra Gentiles, la defensa de las verdades máximas», capítulo 82, dice: «Creemos que sólo el ser humano posee un alma sustancial, es decir, viva por sí misma, mientras que las almas de los animales perecen en los cuerpos». Juicios semejantes de parte de célebres doctores de la Iglesia, que han marcado decisivamente la conciencia de muchas personas, crearon la base para que los seres humanos traten hoy a los animales del modo que se describió antes.


Jesús era un amigo de los animales y advirtió sobre el comer carne.

     Las afirmaciones de un hombre de Iglesia como Tomás de Aquino, quien según la denominación de «cristiano» debería sentirse comprometido con la enseñanza de Jesús, el Cristo, suscitan las preguntas: ¿Dónde está escrito que Jesús de Nazaret dijera que lo animales no tienen alma?. ¿Enseñó esto Jesús?. ¡Todo lo contrario!. Jesús, el Cristo, tenía un corazón por los animales. Él dijo —y esto también puede ser leído en la Biblia eclesiástica—: «Yo quiero misericordia y no sacrificios» (Mateo 9:13). En tiempos de Jesús los sacrificios de animales eran algo acostumbrado y estaban unidos a la tortura de estas criaturas. Jesús habló contra los sacrificios de animales. Él expulsó a los mercaderes del templo con una vehemencia desacostumbrada en él. Jesús solía contar parábolas sobre la belleza de la Naturaleza, de cómo los animales y la Naturaleza viven en unidad, y cómo el hombre puede incorporarse a esa unidad. Él también vivió con animales salvajes en el desierto, sin que éstos le hicieran daño alguno. Jesús fue sin duda un amigo de los animales.

     De un valor todavía más informativo son las declaraciones sobre Jesús contenidas en los antiguos evangelios, es decir, en aquellos que están fuera de la Biblia. En los Hechos de Pedro leemos, p. ej., acerca de un animal que es torturado, a lo que Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, que no escucháis como clama al creador en el cielo y grita pidiendo misericordia!. ¡Y tres veces ay de aquellos por causa de los cuales grita y clama en su dolor!».

     En el Evangelio de la Paz, de los esenios, encontramos las siguientes palabras de Jesús acerca del hombre: «La carne de los animales sacrificados en su cuerpo se convertirá en su propia tumba». Vemos así que existen muchas pruebas de que Jesús luchó por los animales e hizo notar a los hombres que los animales sienten el dolor igual que nosotros. Sin embargo, la Iglesia desmintió e ignoró esto y no acogió tales citas en la Biblia. Pero puesto que la Iglesia se remite a Cristo, esto plantea evidentemente algunas preguntas. ¿Cómo se llegó a tal desarrollo?.


Falsificaciones de la palabra divina en el texto bíblico del Antiguo Testamento. Los primeros cristianos originarios vivían de forma vegetariana.

     En uno de nuestros programas anteriores hablamos de que en los tiempos del Antiguo Testamento se pensaba que Dios habría dicho supuestamente cómo hay que tratar a los animales durante las ofrendas de sacrificio, y se explicó que esto se trataba de una falsificación de los escritos por parte de la casta sacerdotal entonces gobernante. La aparición de Jesús, el Cristo, como hombre en esta Tierra, constituyó una interrupción para denunciar las prácticas que reinaban en la población, para poner en claro que según la voluntad de Dios los seres humanos no debían maltratar, dañar o comerse a los animales.

     Si Jesús de Nazaret acabó en su día con el maltrato a los animales, ¿cómo es posible que en la actualidad las instituciones que se remiten a Jesús, el Cristo, y dicen ser «cristianas», vuelvan a pesar de ello a enseñar y apoyar el mismo menospreciable trato de la vida de los animales?. Quien se ocupe de esta pregunta, descubrirá que en la Biblia, a la que se remite la cristiandad, aparece sólo de forma muy oculta que Jesús amaba a los animales y que no comía carne. Muchos piensan: la Biblia viene de Dios, y por ello es la verdad. Pero la verdad es que las partes esenciales de las que se compone la Biblia actual, incluídos los Evangelios, fueron recopiladas por muchas personas, y que muchas declaraciones importantes fueron falsificadas. En el año 383 Jerónimo recibió de parte del Papa Dámaso el encargo de compilar los Evangelios. Omitió y cambió tanto, que él mismo con mucha razón dijo de sí mismo que algún día se le iba a calificar de falsificador. Que Jesús no comía carne y que amaba a los animales es algo que Jerónimo sabía muy bien, pero esta información no la acogió en los Evangelios. En una carta de Jerónimo a Joviniano puede aún leerse lo siguiente: «La degustación de carne animal fue algo desconocido hasta el diluvio, pero desde el diluvio se nos embutieron en la boca los tejidos y los jugos pestilentes de la carne animal. Jesucristo, que apareció cuando se cumplió el tiempo, volvió a unir el final con el principio, de forma que ya no nos está permitido comer más carne animal».

     De otros muchos pasajes sabemos también que el cristianismo originario era vegetariano. Tampoco los apóstoles comían carne. Existen aún transcripciones al respecto que pueden leerse en los evangelios apócrifos. Por ejemplo, sobre Pedro se dice allí: «Yo vivo de pan y de aceitunas, a las que sólo muy ocasionalmente añado algo de verdura». Además se puede leer: «Mateo vivía de semillas, de frutos y de verduras sin carne». Y también: «Juan nunca comió carne». Y por último: «Santiago, el hermano del Señor, vivía de semillas y plantas y no probaba carne ni vino».


Por influencia de Pablo el placer por la carne animal tuvo acceso al cristianismo temprano.

     Que los primeros cristianos, que todavía se encontraban en el seguimiento directo y que bajo la impresión inmediata de la vida de Jesús, el Cristo, fundaron las primeras comunidades, no comieran carne, es algo que se puede suponer como algo del todo seguro, pues Jesús mismo rechazaba el placer de la carne. Volvamos entonces a la pregunta de antes: ¿Qué sucedió para que hoy se tenga la opinión —lo cual se lee también en la Biblia— de que se debe comer carne?.

     Esto guarda relación sobre todo con el padre de la Iglesia Pablo, pues él lo enseñó de forma diferente a Jesús. En las comunidades cristianas de los primeros tiempos había conflictos, porque algunos miembros de las mismas se relacionaban con las clases altas del Imperio romano y coqueteaban con el consumo de carne. Pablo resolvió el conflicto diciendo que los vegetarianos eran los débiles en la fe, que había que tener consideración con ellos. Pero en realidad dijo que era así: «Comed todo lo que se vende en el mercado sin plantearos cuestiones de conciencia» (1ª Corintios 10:25).

     La prueba de que también se hizo así se encuentra en un documento muy interesante, en la carta del enviado romano Plinio el Joven al Emperador Trajano. En el siglo II, Plinio había de informar al Emperador cómo se comportaban los cristianos en Palestina. Y el enviado escribió a Roma que entre los cristianos: «La carne de los animales sacrificados, para los que antes apenas había compradores, se puede vender ahora en todas partes». De ello se puede deducir también claramente que, a pesar de que los primeros cristianos habían rechazado la carne, por influencia de Pablo se había producido un cambio en las costumbres reinantes hasta entonces. Así se pasó nuevamente al consumo de carne.

     O sea que con la ayuda de Pablo la casta sacerdotal consiguió volver a imponerse, una casta sacerdotal que, mil años después de Moisés, mediante la falsificación de las palabras de los profetas, había conseguido ya incluír los sacrificios sangrientos del paganismo en el Antiguo Testamento, por ejemplo, con detalladas descripciones de cómo se debe salpicar la sangre sobre el altar. Jesús de Nazaret siempre habló contra los sacrificios de animales, así como también lo hicieron otros grandes profetas, lo cual puede leerse en el Antiguo Testamento. Sin embargo, por instigación de los desde siempre influyentes sacerdotes y con la ayuda de la enseñanza falsificada de Pablo, se impusieron aquellas fuerzas que tenían y tienen interés no sólo en subordinar, explotar y matar a personas, sino también a animales.

     Aquí se vuelve a ver de nuevo el conflicto que hemos señalado a menudo en nuestra serie: el conflicto entre los verdaderos profetas de Dios, que trajeron a la Humanidad la palabra divina, y la casta sacerdotal: los representantes del culto idólatra pagano. Y este culto idólatra pagano encontró una y otra vez acogida entre muchas personas. Comenzó con Pablo, y algo más tarde, en tiempos de Constantino, se hicieron notar en mayor medida las influencias anticristianas, de tal forma que tan sólo con motivo de estos hechos no tiene base ni credibilidad la afirmación de que la silla de san Pedro tenga algo que ver con Jesús, el Cristo. En cambio, las raíces de la silla de san Pedro se pueden constatar con claridad en el culto idólatra pagano.


Satanización del vegetarianismo por parte de la Iglesia.

     Bajo el reinado del Emperador Constantino el cristianismo se convirtió en cristianismo estatal, y con ello cada vez más en Iglesia estatal. Precisamente en ese tiempo se actuó también contra los vegetarianos. La joven Iglesia católica arremetió violentamente contra los vegetarianos, porque en la era de Constantino todavía muchas personas sabían que el cristianismo de los orígenes había tenido una tendencia vegetariana. Muchos  testimonios de los llamados padres de la Iglesia expresan claramente que el cristianismo de los orígenes había sido vegetariano. En aquel entonces había también muchos sacerdotes que aún eran vegetarianos. Hubo un concilio en el que los sacerdotes tenían que comer de una olla de carne, y quien no lo hacía, era destituído de su cargo. Hay incluso un anatema del Papa Juan III, dirigido masivamente contra los vegetarianos, en el que se dice: «Si alguien considera como impuros los alimentos de carne que Dios dio a los hombres para su disfrute, y renuncia a ellos, no porque cargan su cuerpo, sino porque los considera por así decir impuros, de tal modo que ni siquiera prueba la verdura que ha sido cocida junto con la carne, como dicen Mani y Prisciliano, que sea pues condenado». Esto se decidió el año 561 en el primer sínodo de Braga, en Portugal.

     Bajo el emperador Constantino I, se dice que a los cristianos vegetarianos y pacifistas se les echaba plomo fundido por la garganta. Cuando se formó la nueva Iglesia católica romana y antes de que una persona fuera acogida en ella, se la obligaba a pronunciar una maldición contra el seguimiento de Jesús y contra su enseñanza, y con ello al fin y al cabo contra Jesucristo mismo. Esa persona tenía que decir: «Maldigo a los nazarenos, los obcecados que niegan que la ley de los sacrificios fuera dada por Moisés y que se abstienen de comer criaturas vivas y que nunca hacen sacrificios».


La silla de san Pedro estableció que quien vive sin comer carne es un hereje y ha de ser entregado a la Inquisición.

     El español Prisciliano, antes mencionado en el anatema de Braga, un vegetariano que enseñó que había que respetar la Naturaleza y alimentarse sin carne, fue el primer llamado «hereje» que fue ejecutado por la Iglesia a fines del siglo IV. ¿Una casualidad?. Y así continuó el desarrollo. De la Edad Media nos ha sido transmitido, p. ej., que en el siglo XIII fueron ejecutadas dos mujeres que pertenecían a la fe cátara. Se las declaró «culpables» de tener una «falsa creencia», exigiéndoseles que mataran a un gallo que se les trajo con prontitud para ese efecto. Séréna y Agnès de Châteauxverdun se negaron a hacerlo, y esto sirvió a los esbirros como prueba. Esto constituye así otro caso histórico más que demuestra que se ejecutó a personas porque eran vegetarianas.

     Tanto en la Antigüedad como en la Edad Media se desencadenó una fuerte lucha espiritual. Por una parte las corrientes cristiano-originarias —por lo demás en conexión con los filósofos griegos, lo cual es poco conocido— y por otra parte estaban las enseñanzas eclesiásticas. También en la filosofía de los griegos y de los romanos la protección de los animales y la alimentación vegetariana eran algo natural. Esto lo demuestran nombres como Pitágoras, Empédocles, y los conocidos filósofos romanos Catón, Horacio, Séneca, Ovidio y Plutarco, que igualmente defendieron a los animales. La Iglesia, no obstante, encontró que eso era paganismo, una enseñanza idólatra. Los que se remitían a aquellas escuelas filosóficas se ganaban la pena de muerte, así como también las comunidades cristiano-originarias que seguían las verdaderas enseñanzas de Jesús de Nazaret. La Iglesia justificó el consumo de carne con una supuesta categoría especial del ser humano. Ella trazó prácticamente una línea de separación entre el ser humano por un lado y la Naturaleza con los animales por el otro. Los primeros padres de la Iglesia se burlaban incluso de las personas que todavía intentaban vivir en unidad con la Naturaleza. El padre de la Iglesia Arístides se manifestó ya en el año 150 contra la insensatez de los egipcios, que santificaban a los animales y no notaban que los animales no son «nada».  El padre de la Iglesia Clemente de Alejandría se burlaba de las personas que honraban a la madre Tierra. Una de sus expresiones eran: «Estoy acostumbrado a pisar la tierra con mis pies y no a adorarla».

     Con motivo de estas divergencias, a lo largo de los siglos, y al fin y al cabo por causa de la Iglesia, toda la Antigüedad degeneró en barbarie. Las consecuencias de esta violenta lucha espiritual, que la Iglesia externamente ganó por de pronto para sí, son, entre otras cosas, los crímenes y las torturas que actualmente tienen que sufrir los animales. En vista de estos hechos, la persona acostumbrada a analizar las cosas se preguntará si es casualidad que aquellas personas que osaron negarse a comer carne siempre hayan sido perseguidas, torturadas y martirizadas hasta la muerte por parte de la organización vaticana  —¿tal vez también por su extensión luterana?.

     Toda persona que tenga sencilla y llanamente el corazón bien puesto y aplique el sentido común, preferirá pertenecer probablemente a aquellos que tienen una relación pacífica con cada persona y los animales, en vez de con los que no sólo torturan cruelmente a los animales sino que, como por ejemplo en la Edad Media, torturaban hasta la muerte a los hombres de la manera más bestial. Si se leen las actas de la Inquisición, más de uno se conmoverá de ver qué corazón tan grande tenían por los animales aquellos que después fueron juzgados por la Iglesia y a los que finalmente siempre se les asesinó. Por ejemplo, sobre los maniqueos está escrito lo siguiente en las actas de la Inquisición: «No comen ni carne ni huevos y no beben ni leche ni vino». Y sobre los valdenses: «Todo tipo de derramamiento de sangre lo consideran pecado mortal». Esto significa, por tanto, que un comportamiento ético tan elevado era el motivo por el que se les mataba. Aquellos que los asesinaban no veían ningún valor en que un hombre se comportara de una manera éticamente elevada. Todo lo contrario: éste debía comportarse con una ética igual de reprochable que la de sus asesinos.

     Esto nos podría dar de nuevo una aclaración sobre quiénes están sentados en la silla de san Pedro. Son al fin y al cabo aquellos que están a favor de la destrucción de la Tierra, de la destrucción de seres humanos, de la Naturaleza y de los animales, y esto es justamente lo contrario de lo que quería y quiere Dios, y es justamente lo contrario de lo que enseñó Jesús, el Cristo, que trajo verdaderamente a los hombres el amor a Dios y al prójimo. En consecuencia, el poseedor de la silla de san Pedro no es otro que el adversario de Dios.

     Incluso un franciscano es del mismo parecer. En el libro «Por un Trozo de Carne», Karlheinz Deschner informa que  el franciscano Renato Moretti escribió: «¡Satanás se ha instalado en el Vaticano!», después de haber tenido conocimiento de que el nuevo Catecismo de la Iglesia, de 1993, afirma: «Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen. Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas morales aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas» (N° 2417). La espontánea y vehemente declaración  de este franciscano, «¡Satanás se ha instalado en el Vaticano!», la comenta Deschner con las palabras «Él sólo se equivocó en la forma temporal, el presente, porque en realidad se trata de siglos» (pág. 52).


El Catecismo, una prueba de incapacidad de la Iglesia católica. La elocuencia al servicio del asesinato de las criaturas de Dios.

     Los creyentes de la Iglesia católica parten por lo general de la base de que después del pasado irrefutablemente sangriento de esta institución «todo ha cambiado». Una mirada atenta al presente muestra con claridad que la actitud de la Iglesia católica en la actualidad no ha mejorado en absoluto respecto a los siglos pasados. La anteriormente citada afirmación del Catecismo de que Dios «confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen», lo demuestra. Aquí cabe preguntarse cómo es esto posible cuando al mismo tiempo los animales están rodeados por la «solicitud providencial» de Dios (N° 2416).

     Otra declaración del Catecismo católico acaba por redondear la imagen, puesto que en el número 2418 leemos: «Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos».

     Si seguimos hojeando el Catecismo, podemos leer en el número 2457: «Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia. Pueden servir a la justa satisfacción de las necesidades del hombre».

     Estimado lector: merece la pena leer lenta y reflexivamente estas elocuentes declaraciones de la Iglesia, para hacerse consciente de qué monstruosidades contienen las palabras expresadas con tanta suavidad. El arte del discurso y formulación refinado y astuto de los teólogos puede tal vez engañar a algún coetáneo ingenuo, de que con bellas y patéticas palabras se están abriendo aquí las puertas al desprecio y abuso de las nobles criaturas de Dios. Visto a la luz, lo que afirma el Catecismo significa que se puede torturar a los animales si ello beneficia y sirve a los hombres.


Jesús, el Cristo: «Quien saca partido de la injusticia que se comete a una criatura de Dios, no puede ser una persona íntegra...».

     ¿Qué consecuencias resultan para los animales de estas determinaciones de la Iglesia católica?. ¿Cómo se trata a los animales en la actualidad?. Hemos escuchado que según la Iglesia católica, por ejemplo, los experimentos con animales están permitidos. No podemos ni siquiera imaginarnos cómo se trata a los animales en los laboratorios. Si, como ya se ha mencionado, en el Catecismo se dice que no se debe dar ningún dinero para los animales, que debería ser «empleado en primera línea para paliar las necesidades humanas», se puede desprender de ello en qué medida se explota actualmente a los animales, y que única y exclusivamente sólo cuenta su utilidad, es decir el provecho que se saca de ellos. La Iglesia por su parte no da su dinero para aliviar en primer término las necesidades humanas, y mucho menos para los animales, y se lo guarda simplemente para sí. La Iglesia no paga en principio nada, sino que deja que paguen por ella.

     En relación a esto son clarificadoras las palabras de Jesús de Nazaret recogidas en el libro  «Ésta es Mi Palabra». Allí se puede leer: «Y algunos de sus discípulos vinieron a él y le hablaron acerca de un egipcio, hijo de Belial, que enseñaba que no es contrario a la ley atormentar a los animales cuando sus sufrimientos son de provecho para los hombres. Y Jesús les dijo: "En verdad os digo que quien quiera sacar ventajas del perjuicio ocasionado a una criatura de Dios, no puede ser íntegro. Tampoco pueden cuidar de las cosas santas o enseñar los misterios del Cielo aquellos cuyas manos están manchadas de sangre o su boca ensuciada con carne. Dios da los granos y los frutos de la tierra para alimento; y para el hombre honesto no hay ningún otro alimento legítimo para el cuerpo. (...) Por eso digo a todos los que quieran ser mis discípulos: mantened vuestras manos libres del derramamiento de sangre y no permitáis que carne alguna entre a través de vuestros labios, pues sólo Dios es justo y bondadoso y ha mandado que los hombres deben vivir sólo de los frutos y semillas de la tierra"» (Cáp.38).

     Según el juicio eclesiástico de que se puede amar a los animales, pero «no se puede dedicarles el afecto que se debe únicamente a los seres humanos», se trata de una de esas declaraciones cuyo alcance al comienzo uno no se puede imaginar. Un ejemplo, para mejor comprensión de qué se trata, podría ser la caza. Los cazadores que dependen confesionalmente de la Iglesia, no encuentran nada malo en disparar sin más a un animal que una persona tiene como animal de compañía. ¿Se sienten ellos tal vez comprometidos con aquellas frases del Catecismo de la Iglesia católica y quieren ayudar a los 300.000 propietarios de perros y gatos matando cada año a sus animales, contribuyendo con esto a cumplir las prescripciones de la Iglesia católica?. Pues es de suponer que alguien que tiene un animal que vive con él, sea un gato o un perro, le tiene afecto e incluso lo ama.


Crueles experimentos con animales... con la bendición sacerdotal.

     Sobre las consecuencias de los cuestionables puntos de vista oficiales de la Iglesia acerca de los animales, existe un libro que informa con especial detalle y profundidad al respecto. Su título: «Los animales Claman. El profeta Denuncia». En él, Gabriele, la profeta y mensajera de Dios para nuestro tiempo, expone el sufrimiento de los animales y desvela las raíces que han conducido al desprecio de estas criaturas de Dios. Ella da igualmente una voz a estas criaturas torturadas. Por ejemplo, sobre el tema de la experimentación con animales, un animal se lamenta de la siguiente manera:

     «Me habéis implantado la muerte, miseria y cada vez más miseria, aflicción, cada vez más aflicción, dolor y sufrimiento indecibles. ¿Qué os trae todo esto?. ¿No oís vosotros, hombres?. ¿Es que no veis?. ¿Es que no sentís?. Vosotros, hombres, poneos por una vez en mi situación, en mi lugar. No soy el único que tiene este destino. Millones de ratas y ratones claman al igual que yo. ¿No escucháis el llanto, los gritos, las quejas, el dolor de vuestro prójimo animal?» (Pág. 121).

     Comparemos las palabras del profeta con la aprobación de los experimentos con animales por parte de la Iglesia, aprobación que, por ejemplo, fue expresada en una misa ecuménica con motivo de la inauguración del nuevo centro de experimentación con animales de la Universidad alemana de Erlangen. Allí fueron los curas los que «dieron una voz» a los animales. Y ésta suena más o menos de la siguiente manera: Los animales de experimentación dicen que les va bien cuando ven su nuevo hogar, para el cual los organizadores han gastado tanto dinero: el nuevo centro, sólo para ellos, los animales de experimentación. El animal afirma que ellos se ponen a disposición humana, dando lo mejor de sí para obtener buenos resultados. El animal considera su existencia actual como su tarea, su trabajo, su profesión. El animal dice que no es una profesión fácil, porque al final le aguarda la muerte, para el bien de la Humanidad. Pero a pesar de todo, el sacerdote, completamente impávido y si escrúpulos, da las gracias a Dios por este centro de experimentación animal y da su bendición sacerdotal para el mismo. Un comentario al respecto está de más. ¡Ésta es la diferencia entre la casta sacerdotal y el profeta, tal como se muestra de modo más que claro en la actualidad!.


«Nadie es tan desvergonzado como un teólogo»

     Volvamos a las declaraciones de la Iglesia en el Catecismo católico: ¡Cuán pervertidamente son explicados esos relativamente bien sonantes e inofensivos dogmas de fe!. Es simplemente una perversión sin más ni más el menospreciar la vida hasta ese extremo, el degradarla hasta ese punto y aplanar con hormigón el sufrimiento de los animales con frases piadosas. Una frase de Karlheinz Deschner lo expresa con acierto: «Nadie es tan desvergonzado como un teólogo».

     El predecesor del Papa actual, Juan Pablo II, dijo a menudo que «hay que combatir la cultura de la muerte». Con tales y semejantes palabras se engaña al pueblo, y a la gente se la hace pasar por tonta. En realidad, cualquiera que piense claramente debe llegar a la conclusión siguiente: lo que la Iglesia ha traído a los seres humanos no es otra cosa sino que esa cultura de la muerte. Y esa muerte la ha traído no sólo a los animales, sino también a muchos hombres y mujeres, durante muchos siglos.

     La escritora alemana Luise Rinser escribe en el libro del teólogo Eugen Drewermann «Sobre la Inmortalidad de los Animales»: «Nosotros (se refiere a los cristianos de Iglesia), basándonos en la teología cristiana, afirmamos que los animales no quedan bajo la prohibición de matar, pues ellos no poseen alma. Hubo un tiempo en el que esta misma Iglesia también creía que las mujeres no tenían alma, o que tenían un alma muy inferior a los hombres. Hubo también un tiempo en el que se creía que los Negros no tenían alma y que podían ser vendidos como "esclavos", como objetos inertes, y que se les podía matar impunemente» (pág. 11). Esto significa que la incultura eclesiástica de la muerte recorre como un hilo rojo toda la Historia.

     Tal y como se comporta la Iglesia con los animales, permite llegar a la conclusión de que ella ha excluído a los animales de la salvación de Cristo. Según la enseñanza eclesiástica, lo animales no tienen ningún alma inmortal y no van por tanto al Cielo. Por consiguiente uno puede comportarse con ellos en la Tierra tal como parezca útil para el provecho de los hombres. Pero esto no está conforme en absoluto con la enseñanza de Cristo y de los profetas. Incluso en el Antiguo Testamento, en el profeta Oseas, capítulo 2:20, está escrito lo contrario: «Sellaré un pacto a su favor en aquel día con la bestia del campo, con el ave del cielo, con el reptil del suelo; arco, espada y guerra los quebraré lejos de esta tierra, y los haré reposar —esto es, a los animales— en seguro». Y a través del profeta Isaías Dios dijo lo siguiente: «El que degüella el toro es como uno que derriba a un hombre. El que sacrifica la oveja es como uno que quiebra la cerviz de un perro. El que ofrece una ofrenda de granos... ¡como si ofreciese sangre de cerdo!. El que quema incienso es como uno que bendice a un ídolo. También son ellos los que han escogido sus propios caminos, y en sus cosas repugnantes su misma alma se ha deleitado» (Isaías 66:3).

     Esto dijo Dios entonces a través de los profetas, esto dijo Jesús y esto dice Dios actualmente a través de Gabriele en la palabra profética, todo lo contrario de lo que enseña la Iglesia sobre los animales. Nuestro pensador rebelde, el buen analítico, dirá al respecto: Al parecer, todo lo que no es católico ni protestante será «extirpado». Pues los animales no son ni católicos ni protestantes.


Ejemplos de la postura de la Iglesia luterana con los animales. «Matar animales..., un acto sacerdotal de carácter escatológico».

     Respecto a la pregunta de «¿quién está sentado en la silla de san Pedro?», la imagen se hace cada vez más clara. ¿Cómo es en el caso de la extensión de la silla de san Pedro, la Iglesia luterana?. Ocupémonos brevemente de ella. ¿Tiene ésta una postura diferente ante los animales?.

     Lutero es considerado, de manera equivocada, como el «gran reformador». En relación a los animales y también a muchos otros puntos, puede decirse que no introdujo ninguna reforma, sino que contribuyó a que muchas cosas empeoraran. Con respecto a los animales se puede decir: Lutero no luchó por los animales. No se conoce que él se hubiera referido nunca al sufrimiento y al dolor de los animales. Consideremos en qué círculos se movía Lutero. Sabemos que él estaba en contra de los campesinos. Él se relacionó con los príncipes, y los príncipes de su tiempo celebraban sus fiestas con gran consumo de carne. De uno de sus compañeros de lucha, Philipp Melanchton, nos ha sido transmitido cómo se hospedaba en la ciudad de Nüremberg. Su menú: «Cabeza de cerdo y asado de costilla en salsa agria, salmones y perdices, pavos con capones y merluza ahumada, asado de jabalí con salsa de pimienta. Así era cuando venía el señor Philipp». En la vida cotidiana se comía de forma más humilde. Esto puede leerse en el libro «Festividades en la Tierra de Lutero», una publicación cultural para los estados alemanes de Sajonia-Anhalt y Turingia, de 1997.

     Ya el aspecto externo precisamente del Lutero más avanzado en años hace suponer que no era persona ajena a los placeres de la carne. También las circunstancias de su muerte podrían tener que ver con el consumo de carne; esto es naturalmente una suposición, pero contemple usted alguna vez una imagen de Lutero y compárenla con las representaciones de Jesús de Nazaret.

     Pero tratemos también el tema de la Iglesia protestante en la actualidad. Por el Catecismo católico nos enteramos de la opinión de la silla de Pedro sobre los animales. También en el catecismo protestante se encuentran algunas cosas sobre los animales, pero naturalmente —al igual que en el católico—, extremadamente poco. En él se pueden leer cosas sorprendentes: «Precisamente en el animal encontramos lo profano, el descaro libre de tabúes en relación a la procreación, al nacimiento y a la muerte como lo más inhumano y lo más ajeno al ser. Solamente con el sentido del pudor y con los ritos funerarios comienza realmente la historia del hombre. Ningún animal cubre sus genitales, ninguno honra ni entierra a sus muertos». A este juicio se llega entonces en el catecismo protestante. Por fin uno se entera con esto de lo que —según la enseñanza evangélica-protestante— caracteriza al ser humano: el tapar sus genitales y, sobre todo, los ritos funerarios. ¡Quién lo hubiera pensado!.

     Algunos otros teólogos protestantes luteranos fueron algo más explícitos en ese punto. Por ejemplo, Karl Barth, que escribió lo siguiente: «Él (el hombre) no debe asesinar al animal. Él sólo puede matarlo...  La matanza de los animales es en obediencia sólo posible como un acto de contrición profundo, un acto de expiación, de agradecimiento, de alabanza del pecador agraciado para con aquél que es el creador y señor de los hombres y de los animales. Matar animales es, cuando se realiza con el permiso y bajo el mandamiento de Dios, un acto sacerdotal de carácter escatológico... Un buen cazador, un honesto carnicero, un concienzudo vivisector se diferenciarán de los viles, en que al ocuparse con la matanza del animal, escucharán el lamento y el grito de la criatura, y en que por tanto, en comparación con los otros que tratan con los animales, son llamados a un recato más elevado, a un cuidado más profundo, más contenido y minucioso». Como si, por ejemplo, el animal de experimentación tuviera algún beneficio cuando el vivisector lo escucha más atentamente mientras lo tortura.


«Satanás tiene el éxito más grande cuando se presenta con el nombre de Dios en los labios...» (Gandhi).

     Para una persona común y corriente la cita mencionada suena a burla y escarnio. Pero quizás un ciudadano normal no es capaz de entender la desconcertante manera de pensar de un teólogo. En cualquier caso se puede decir una cosa: hemos expuesto las afirmaciones de los catecismos oficiales de las Iglesias institucionales, las del culto idólatra pagano «católico» y las de su anexo «protestante». Estas instituciones deberían cuanto antes quedarse con este nombre, pues no tienen nada que ver con Jesús, el Cristo. Y todas las personas que tienen un corazón por Cristo deberían estar interesadas al fin y al cabo en que este fraude, que, como hemos escuchado, también se realiza a costa del sufrimiento de los animales, llegue a su final.

     En el catecismo protestante se habla, entre otras cosas, de tener una sensación de vergüenza. Habría que preguntarse si el obispo luterano bávaro, el doctor Johannes Friedrich, aún posee esa sensación de vergüenza, ya que no se avergonzó de asumir el apadrinamiento del décimo aniversario de la Asociación Bávara de la Caza. Friedrich está entonces dispuesto a apadrinar a aquellos que son responsables de la matanza y tortura de los animales en nuestros campos y bosques. Considerándolo desde su punto de vista, ¿por qué no iba a hacerlo?. Al fin y al cabo él es el representante de un culto que está contra Jesús el Cristo. Jesús, el Cristo, el hijo de Dios está a favor de la vida. Y la vida proviene de Dios. Y la vida que es dada por Dios no puede ser quitada por los hombres. Quien por lo tanto está en contra de Jesús, el Cristo, está naturalmente contra la vida y está a favor de aquellos que quitan la vida.

     Al respecto, Mahatma Gandhi, el conocido Premio Nóbel de la Paz, declaró el 8 de Septiembre de 1920: «Es mi profunda convicción que la Europa actual no realiza el espíritu de Dios y del cristianismo, sino el espíritu de Satanás, y Satanás tiene el éxito más grande cuando se presenta con el nombre de Dios en los labios. Mi opinión es que el cristianismo europeo actual representa una difamación del cristianismo de Jesús».


Lo que el hombre siembra es lo que cosechará

     Lo que este culto idólatra pagano —que ha impreso su sello al cristianismo occidental— ha llevado a cabo con su postura ante los animales y ante la Naturaleza, no hace falta comentarlo más en sus detalles. Los medios de comunicación ponen a diario ante nuestros ojos los espantosos efectos de ello. El más alto jefe del culto vaticano se deja honrar con gusto por sus subordinados con el título de «Conductor del Orbe terrestre». El «conductor del obre terrestre» es por consiguiente responsable de aquello que ocurre en la Tierra. ¿Y qué es lo que ocurre en esta Tierra?. Pensemos para empezar en aquellas cosas que hay que atribuír directamente a la acción del ser humano: las nuevas epidemias: la gripe aviar, la enfermedad de las vacas locas, la fiebre aftosa y las muchas otras enfermedades que han sido ocasionadas de forma evidente por la manera tan bestial de cómo el ser humano se comporta con los animales.

     Del mismo modo sucede con el Sida, el llamado «flagelo más grande de la Humanidad» de nuestro tiempo. O pensemos en las catástrofes de la Naturaleza. Hace unos 20 años las personas que advertían que la Tierra no podía seguir soportando más el maltrato de los hombres, fueron desacreditadas titulándoselas de «apóstoles de los tiempos finales». Sin embargo, todos los que entonces abrieron tanto la boca han callado entretanto, pues prestigiosos científicos han diseñado hoy en día unos escenarios del futuro del mundo que son más espantosos que los pronósticos que se escucharon hace 20 años.

     Jesús el Cristo, así como Dios, nuestro Padre, nunca han dejado de poner en conocimiento de los seres humanos las posibles consecuencias de sus actuaciones. El espíritu de Dios ha enviado una y otra vez a hombres y mujeres iluminados, que han advertido a la Humanidad y le han mostrado que según la ley de causa y efecto, a una siembra mala le sucede de manera irremediable la cosecha correspondiente, en tanto el hombre no cambie su comportamiento y repare el mal cometido. En el año 2001 apareció un escrito muy clarificador de Gabriele con el significativo título: «El Asesinato de los Animales es la Muerte de los Hombres». Quizás más de alguna persona se rió de ello hace unos años. Pero hoy a muchos se les ha atragantado la risa. En el escrito «Los Animales Claman, el Profeta Denuncia», leemos: «Para justificar la explotación desmesurada de los reinos de la Naturaleza, a menudo se cita la frase del Creador: "Someted la Tierra" (Gén.1:28). Sin embargo, la palabra "someter" no significa torturar a los animales, destruír los bosques y plantas y destrozar todo aquello de lo que el hombre puede disponer. Con la palabra "someter" se hace referencia al mandamiento de cuidar los reinos de la Naturaleza, aún más, toda la Tierra, que la apreciemos y amemos, pues todo en todo es la obra del Todopoderoso, el amor al hombre, al animal, a la planta y a la piedra, al fin y al cabo a toda la Tierra» (pág.108).

     El espíritu divino ha indicado una y otra vez en los últimos 30 años lo que pasaría si los hombres no dejan de torturar animales, de maltratarlos, de descuartizarlos, de mantenerlos enjaulados, encerrados en la oscuridad, y muchas cosas más. Pero la Humanidad no quiso escucharlo. Lo que Cristo dice en la actualidad, en contraposición a la silla de san Pedro, sobre el comportamiento del ser humano con los animales, lo podemos leer en muchos pasajes del libro «Ésta es Mi Palabra». En él encontramos las palabras del Evangelio de Jesús, en la página 181: «Sed por eso considerados, bondadosos, compasivos y amables, no solamente con vuestros semejantes, sino también con todas las criaturas a vuestro cuidado; pues  para ellas sois como dioses a los que alzan la vista en sus necesidades». En la página siguiente el espíritu divino nos da una pauta fundamental para nuestra alimentación: «Nunca matéis a un animal para vuestro uso particular. Ved que la Naturaleza, la vida de la creación, os provee. Los frutos del campo, de los huertos y de los bosques os deben bastar». Y él va todavía un paso más allá, diciendo: «Ya tan sólo si la persona a sabiendas tolera que sean torturadas y maltratadas personas y animales, recaerá lo mismo o parecido sobre ella».

     Ahora comprenderá también usted, estimado lector, por qué una y otra vez indicamos que no se debería torturar a los animales. Como cristianos originarios nosotros sabemos esto, y por eso es una responsabilidad para nosotros el explicar cómo les va a las personas y a los animales bajo la servidumbre de la Iglesia, y qué destino amenaza a aquellos que aceptan de esta institución las pautas para hacer o dejar de hacer algo. La palabra divina es difundida por toda la Tierra a través de cientos de emisoras de radio. Especialmente intransigentes y duros de corazón se muestran aquellos países en los que tienen mayor influencia las llamadas Iglesias cristianas, de las que ahora sabemos que en realidad se trata de cultos idólatras paganos. No se ha acabado con la crianza intensiva de ganado, no se ha acabado con la experimentación animal en laboratorios. Se sigue disparando cobardemente a animales inocentes e indefensos en los bosques y campos.


Advertencia a la Humanidad: «¡Dejad de torturar, matar y asesinar!...

     El espíritu divino advirtió repetidamente. Él advirtió durante muchos años. Sin embargo, en Febrero de 2001 tuvo lugar una especie de perentoria advertencia final de Dios, el creador, a la Humanidad. Esta advertencia deseamos reproducirla al final de este capítulo. Mientras usted lee su mensaje, puede comparar hoy lo dicho con los sucesos que han tenido lugar en los pasados dos o tres años. Entonces descubrirá los paralelismos existentes con los muchos sucesos que ha escuchado en las pasadas semanas, meses y años.

     «¡Dejad de comer a las criaturas que viven con vosotros, que son vuestros hermanos animales!. ¡Dejad de torturarlos, experimentando con ellos y quitándoles la libertad, criándolos en establos que son indignos para animales!. Los animales aman la libertad, de igual modo que vosotros, los seres humanos!.
     ¡Dejad de matar a los animales más pequeños, la vida de los suelos, por medio de abonos químicos artificiales, y también por medio de excrementos y cosas similares!.
     Dejad de talar o quemar bosques y de quitar el espacio vital a los animales del bosque y de los campos. Devolvedles su espacio de vida: los bosques, los campos y las praderas; de otra manera vuestro destino, que vosotros mismos os habéis impuesto, os quitará vuestros hogares, propiedades y fuentes de alimentación a través de catástrofes en todo el mundo, que vosotros mismos habéis creado con vuestro comportamiento contra la vida, contra los reinos de la Naturaleza, incluídos los animales.

     Si los seres humanos dejan una vez más que el viento se lleve mis palabras, comenzará para ellos la tempestad, el destino mundial, arrebatándolos por cientos de miles, por una parte, mediante catástrofes en todo el mundo, y, por otra, por medio de enfermedades que caerán sobre ellos de modo semejante a las plagas que ellos —por haberse apartado de toda ética y moral espiritual— han impuesto a los animales, que actualmente están quemando por miles. A quien no salga de esos caminos le sucederá algo semejante.

     Mi palabra ha sido pronunciada. El apocalipsis mundial se ha puesto en movimiento. Quien no quiera oír, sentirá como efectos, y cada vez más pronto, las causas que haya creado. Yo he elevado la Tierra hacia mí, con sus plantas, animales y minerales. Quien siga alzando su mano contra la madre Tierra con todas sus formas de vida, sentirá los efectos. ¡Dejad de torturar, de matar y de asesinar!.

     Dejad, oh hombres, vuestro comportamiento brutal, que os atañe únicamente a vosotros y a ningún otro ser; pues lo que hacéis a la más pequeña de las criaturas que vive con vosotros, me lo hacéis a mí y a vosotros mismos.
     ¡Basta ya!. Dad la vuelta, pues de otro modo continuará la cosecha, que es vuestra siembra».



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