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viernes, 16 de marzo de 2012

Vida Universal - ¿Quién en la Silla de Pedro? (4)


     Nos hacemos eco ahora de dos partes más (la quinta y la sexta) de la serie "¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro?" que ha publicado la agrupación alemana de cristianos Vida Universal y que están en su sitio web. Nosotros hemos querido reproducir estas consideraciones porque nos parece que plantean una visión honesta sobre una religión que a cualquier persona medianamente culta le da la impresión de que ha sido suplantada o traicionada. Sabemos, por lo que hemos visto, que estas críticas, muchas de las cuales compartimos, producen ciertos malestares físicos en muchos esclavos eclesiásticos, y les hacen descalificar a estas personas con la impresionante palabra "herejes", lo que nos parece confirmatorio de su criticada naturaleza.



Quinta Parte

El Culto a María y el Culto de las Reliquias:
Quien No Cree en Ello Es Condenado
Eternamente por la Iglesia Católica.
¿Una Dictadura Está Intentando
con Ello Dominar una Democracia?



Prólogo

     En nuestra última transmisión explicamos cómo en el transcurso de los siglos surgió y se transformó el cristianismo originario, partiendo de la enseñanza pacífica de Jesús de Nazaret, hasta convertirse en una agresiva religión pagana de culto, que tomó el nombre de católica. En este proceso se hizo palpable cómo cada vez más ideas romanas y otras paganas se impusieron contra las enseñanzas cristianas, en parte con violencia. El hecho de que la silla de San Pedro está casi exclusivamente fundamentada en esas bases paganas, es lo que queremos analizar esta vez en detalle. Queremos hacer un análisis de la tradición católica, de los usos, ritos, cultos, dogmas, las insiginias, las festividades religiosas, etc. Veremos cómo se trata de una mezcolanza de ideas de culto paganas, en una medida que resulta difícil de creer.


El culto católico a María como «Madre de Dios» está profundamente arraigado en el paganismo precristiano.

     Las enseñanzas y estructuras de la Iglesia católica proceden por tanto en casi todos sus aspectos directamente del culto idólatra pagano. En vista de este hecho, es fácil también asociar a éste el culto a María, que constituye una parte esencial de la fe católica: el culto a la «Madre de Dios», que, según un dogma que anunció Pío XII, habría sido acogida incluso físicamente en el Cielo. Ocupémonos entonces de la pregunta de cómo surgió este culto y cuáles fueron sus antecedentes, puesto que Jesús de Nazaret no habló de su madre como de la «Madre de Dios», sino que él habló de María, una mujer sencilla, humilde, entregada a Dios, que era una mujer del pueblo.  Por tanto, primero sería interesante saber: ¿Cómo se produjo este curioso desarrollo, y sobre todo: ¿Cuáles son los antecedentes de este culto?. Si se mira hacia el pasado, se puede constatar que el culto a una madre de Dios está profundamente arraigado en el paganismo precristiano.

     Por ejemplo, se sabe que a la diosa egipcia Isis y a la diosa griega Artemisa se las veneraba de la misma forma que se adora a María en la Iglesia católica hasta en la actualidad. En parte se les ponían palabra por palabra los mismos títulos, como «Reina de los Cielos», «Estrella de los mares» (tal vez algunos conozcan la canción alemana «Salve, estrella de los mares…», etc., que se canta hasta en nuestros días en los lugares de peregrinaciones marianas). No obstante, ¿se dirigó acaso Jesús de Nazaret alguna vez a María, su madre, llamándola «estrella de los mares»?. «Estrella de los mares» era un título de estas grandes madres de Dios en Grecia y Egipto. También es significativo el hecho de que el dogma de que María es la madre de Dios, es decir, no sólo la madre de Jesús, sino incluso la «Madre de Dios», fue acordado en el concilio de Éfeso, en el año 431. Éfeso era un centro del culto a Diana, es decir, un lugar en el que se había adorado especialmente a la diosa-madre Diana. Por tanto, aquí está totalmente claro que un pensamiento, una doctrina de fe proveniente del paganismo fluyó introduciéndose en la Iglesia católica. Tal vez resulte también interesante saber que Diana era la diosa de la caza, diosa de la caza y al mismo tiempo «Madre de Dios».

     Por tanto, la madre de Jesús se convirtió en un objeto de culto, un objeto de culto pagano. Esto llegó hasta el punto de que en Altötting, un lugar de peregrinación en la Baviera alemana, se vendieran hasta adentrado el siglo XX vírgenes para raspar. Como se dijo en otra oportunidad, sobre esto se puede leer en un escrito lo siguiente: «Una posibilidad evidente de ingerir en caso de necesidad una sustancia de gran poder curativo, igual que un medicamento, era el raspar la arcilla de una virgen para raspar. Copias más pequeñas de estas imágenes milagrosas se podían comprar en tiempos pasados en diferentes lugares de peregrinación. Muy conocidas hasta el siglo XX eran las vírgenes para raspar ennegrecidas de la ciudad bávara de Altötting y las copias milagrosas de la localidad de Einsiedeln, que el pueblo llamaba “Laicheibli”. Las últimas de las mencionadas tenían fama de ser especialmente milagrosas y sanadoras, porque se decía que a la arcilla se le había mezclado tierra y argamasa de una capilla milagrosa, así como trocitos de reliquias. Esto valía, no obstante, sólo para vírgenes para raspar que vendía el mismo monasterio…».

     De forma que estas vírgenes eran mezcladas con trozos de reliquias, y en determinadas circunstancias con trozos de cadáveres. Quien compraba estos «medios curativos cristianos», raspaba algunos trocitos de la mezcla de arcilla, los añadía a la comida y con ello se comía tal vez en última instancia a sus antepasados. En realidad podría decirse que eso es canibalismo. Es una costumbre tan pagana que casi resulta imposible de creer. El monasterio mismo vendía estas figuras hasta entrado el siglo XX. Esto constituye un ejemplo de cuán lejos puede llegar un culto, un culto pagano. Esto es algo que desconoce la mayoría de los católicos. Quién no diría al escuchar tales relatos: «¡Esto es un paganismo de lo más repulsivo!». Y habrá a quien se le revuelva el estómago al pensar sobre ello. Una costumbre semejante no tiene que ver en lo más mínimo con religión, ni mucho menos con la religión cristiana o incluso con las enseñanzas del Nazareno.

     Tal vez más de uno de los altos cargos eclesiásticos intente ahora buscar la excusa de que en este caso se trata de una creencia popular que habría llegado a rayar casi en la superstición. Pero al respecto habría que responderle que los fundamentos de este culto a María están dogmatizados por la Iglesia, llegando incluso a presentar a María como «Madre de Dios». En la Iglesia católica se la venera como a la virgen coronada de estrellas que está sobre la media luna. Se trata de una imagen que se asemeja a la diosa egipcia Isis, que también fue presentada de esa manera.

     María, tal como fue adoptada por la Iglesia católica romana, siendo luego estilizada e idealizada para convertirla en Madre de Dios, en su presentación es la sucesora directa de las diosas egipcias, como Isis y otras figuras del culto de misterios pagano. Como ya se ha dicho, ella es una sucesora de Diana o de Artemisa o de Astarté (esta última se trata de la divinidad fenicia de la fertilidad). A este dogma, el de la entronización de María como un misteriosa diosa de culto, se llegó en Éfeso, una ciudad en la que este culto a la madre de Dios era ya una costumbre desde hacía siglos. Es significativo que durante el Concilio, una masa de gente fanática recorriera la ciudad de Éfeso y pidiera que el antiguo culto a Diana, como el culto a la Gran Madre, a la Madre de Dios, ahora se convirtiese en dogma de la floreciente Iglesia católica romana.

     De esto se deduce que María, mujer y madre, está por encima de todas las mujeres y madres. Pensemos ahora en que precisamente los sacerdotes católicos no se pueden casar, porque entonces se casarían, por ejemplo, con una mujer sencilla; de modo que se podría sacar la conclusión de que, por decirlo así, sólo se tendrían que «casar» con la mujer de todas la mujeres y con la madre de todas las madres. De hecho, así se puede explicar en su raíz sicológica más profunda el celibato de la Iglesia. La «Gran Madre» era una figura que dominaba a la Humanidad en su subconsciente ya en los milenios anteriores al surgimiento del cristianismo. Existían sacerdotes de la «Gran Madre», que tampoco se podían casar, vestían túnicas femeninas y se veían a sí mismos como hijos de esta Gran Madre. Apoyándose en esto, los sacerdotes que no se pueden casar con ninguna mujer, están en el fondo al servicio de esta «Gran Madre», una figura arquetípica de origen pagano.

     La siguiente pregunta sería: ¿Por qué necesitaba la Iglesia el tener que adoptar el culto pagano a la Diosa-Madre?. Tal vez porque por otro lado presentaba a Dios como el dios cruel, castigador y arbitrario, que presuntamente podía enviar a sus hijos a la condenación eterna. Como compensación, se tomó entonces a la «Madre de Dios», que precisamente era la que consolaba para que la gente no quedase apresada por el miedo al Dios «castigador».


María, la que dio a luz a Dios, virgen e inmaculada. Quien no lo crea, será víctima de la condenación eterna. Muchos de los que pagan impuestos a la Iglesia no son conscientes de ello.

     ¿Cómo es esto?: Quien no crea en este culto a María y no venere a la llamada «Madre de Dios», sino que sencillamente la respete y aprecie por ser la madre de Jesús, la madre carnal de Jesús, ¿está ya condenado por toda la eternidad de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia?. La respuesta es sí: está condenado. Esto lo podemos leer, en alemán, en el libro «La Fe de la Iglesia», de los autores Neuner y Roos, en el número al margen 195. Ahí se dice:

«Quien en el sentido auténtico y verdadero no reconozca con los santos padres a la siempre virgen e inmaculada María como a la que dio a luz a Dios, dado que ella, hablando con propiedad verdaderamente concibió al verbo divino, engendrado por el Padre antes de todos los tiempos, concibió sin semen en los últimos tiempos por obra del Espíritu Santo y dio a luz sin ser herida, quedando su cuerpo virginal incólume también después del alumbramiento, que sea condenado».

     De ello se deriva otra pregunta: Ya que de acuerdo con esto, todos los que se denominan protestantes o luteranos están rechazados, esto es, condenados por toda la eternidad, ¿por qué rinden entonces pleitesía hipócritamente a la silla de san Pedro?.

     Ésta es una pregunta que vuelve una y otra vez cuando por un lado se habla del tema ecuménico, cuando los protestantes peregrinan hacia el trono de san Pedro o se reúnen con él de alguna otra forma, y cuando, por ejemplo, recientemente, un cardenal de alto rango como es el cardenal Meisner de Colonia, se expresó de forma expresamente reservada en este sentido. En una noticia de la Agencia de prensa evangélica protestante EPD del 5.6.2005 se dijo: «El arzobispo de Colonia espera progresos ecuménicos únicamente entre la Iglesia católica romana y la ortodoxa, pero no entre católicos y protestantes. "Con las Iglesias de la reforma aún queda un largo y arduo camino”, dijo Meisner. "No nos hemos de engañar con cosas que no se pueden resolver"».

     A veces simplemente uno duda de las facultades intelectuales de estos protestantes, que en realidad se dejan absorber una y otra vez por la miel de la Iglesia católica como si fuesen perturbados  mentales.

     Estimados oyentes, estimados lectores: si ustedes no creen en el culto a María, según las enseñanzas de la Iglesia están ustedes repudiados, lo que en su sentido más amplio significa condenados por toda la eternidad. ¿Quién se quiere quedar todavía en la Iglesia católica para seguir pagando impuestos?. ¿Pagan ustedes a la Iglesia católica sus impuestos, los impuestos a la Iglesia? ...porque ésta ya los ha condenado por toda la eternidad. Esto no lo debería hacer ninguna persona sensata. Muchas personas jóvenes ya no lo hacen. Es de esperar que también muchas personas mayores con el tiempo se dictancien de ello.


Quien no tributa respeto y honra a las reliquias de los santos, es condenado por la Iglesia católica. Un culto a los muertos: La fe y la práctica de esta Iglesia están fundamentadas en osamentas.

     Por cierto, uno puede ser condenado con mucha facilidad. Cuando yo era pequeño y tenía que ir a la iglesia a la fuerza, a la izquierda y a la derecha del altar había a cada lado un féretro de cristal. Dentro había un esqueleto vestido con ropajes lujosos, y yo pensaba: «¡Qué cosa más horrible es ésa!». Eso siempre me daba miedo. Pero sólo ahora, siendo adulto, me he enterado de que cuando un católico no cree que de este esqueleto se desprende la salvación, también está condenado.

     El concilio de Trento ordenó la adoración de los cadáveres de los mártires y además condenó a todos aquellos que no creían en las reliquias. Cita textual: «Los cuerpos sagrados de los santos mártires (…) han se ser adorados por los fieles, pues a través de estos cuerpos, Dios proporciona a las personas muchas muestras de gracia, de forma que los que declaren que las reliquias de los santos no merecen veneración ni honra, (…) han de ser completamente condenados. Y así los condena también la Iglesia ahora». Esta explicación no se puede considerar directamente como un dogma, pero no por ello deja de tener carácter obligatorio. Esto quiere decir que: El adepto de la Iglesia tiene que creer tales cosas, que en realidad son un profundo paganismo.

     En el antiguo Egipto existían muchos lugares de culto, en los que se adoraban los restos mortales de los llamados «dioses», y de los que se decía que se desprendía un efecto mágico. Si escuchamos lo que se ha dicho antes sobre las reliquias, partiendo desde allí hasta las vírgenes para raspar, de las que ya se ha hablado, esto conduce al camino directo a la magia todavía hoy imperante en la Iglesia católica romana, que no tiene nada que ver con el cristianismo.

     Un aspecto sobre estas cuestiones es que habría en realidad que preguntar a un médico, qué opina respecto a las vírgenes para raspar. ¿Qué elementos pueden encontrarse en estas figuras desgastables, que puedan hacerle a uno enfermar?. Otro aspecto es la pregunta de si por la adoración de reliquias de este tipo no se estará actuando en contra de la legislación en materia de salud. Porque sin más, hubo católicos que peregrinaron a la localidad de Altötting esperando encontrar allí la sanación de su suerpo, y por ello posiblemente hayan rechazado y evitado visitar a un médico. Normalmente esto está prohibido en Alemania. Si una comunidad religiosa fuera de la Iglesia ofreciera algo parecido, presumiblemente se recurriría a la Oficina de inspección del trabajo, especialmente si además los objetos de culto se pusieran a la venta al público. Se diría que eso constituye un peligro para la salud pública y que tendría que ser prohibido.

     Sobre todo, no puede decirse que todo esto sea una creencia popular. El asunto de las reliquias lo tomó en sus manos desde un principio la misma silla de san Pedro: «En el año 750 se dirigían continuamente largas caravanas de carros hacia Roma, transportando grandes cantidades de esqueletos y de cráneos, que luego eran clasificados y etiquetados por los Papas, y después vendidos. De noche se saqueban tumbas, y en las iglesias, guardias armados vigilaban los sepulcros. "Roma" —dijo Gregorovius— "era como un cementerio podrido"». En la iglesia de san Prassede existe todavía hoy una placa de mármol en la que se lee que en el año 817 el papa Pascal hizo llevar desde cementerios a esa iglesia los cadáveres de 2.300 mártires. Cuando el papa Bonifacio VI en el año 609 convirtió el Panteón en una iglesia cristiana, «debieron de extraerse 28 carros llenos de osamentas de santos de las catacumbas, y debieron de ser colocados en una cavidad bajo el altar mayor». El fundamento de esta iglesia son cientos y miles de esqueletos, y sobre ellos se erigió  el altar mayor.

     Por tanto se podría decir que la fe y la práctica de la Iglesia católica están realmente basadas en osamentas; eso es un culto a los muertos. Y en este sentido se justifica el decir que esta veneración de reliquias supera al culto pagano. En general, se puede comprobar que muchas cosas de la Iglesia católica, casi todo lo que corresponde a sus prácticas, procede del paganismo. En este caso no sólo tenemos raíces provenientes del paganismo, lo que ya hemos mencionado, sino que la Iglesia católica ha intensificado el paganismo de un modo mucho más extremo. Semejantes costumbres relacionadas con las  reliquias, es algo que en el paganismo no se conocía en tal magnitud.

     Cuando se explican estos hechos, tal vez de vez en cuando habría que hacerse consciente una y otra vez de si en las enseñanzas de Jesús de Nazaret se encuentra algo acerca de estos cultos y ritos. La verdad es que no se encontrará ni un solo indicio sobre ello. También puede ser útil una comparación repetida: ¿Qué enseñó Jesús, el Cristo, y que enseña ahora la Iglesia católica?.

     Jesús dijo: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Pero tú, ven y sígueme» (Mateo 8:22). Y en Mateo 22:35-40 hay otro pasaje que dice: «Un maestro de la ley quería ponerlo a prueba, y le preguntó: "Maestro, ¿cuál mandamiento de la ley es el más importante?. Y él le respondió: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". Éste es el mayor y el primer  mandamiento. El segundo es semejante a éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». Por tanto hay que preguntarse: ¿De dónde viene todo el resto y qué objeto tiene?.

     También sobre eso se sabe algo. Ya de los profetas del Antiguo Testamento escuchamos que todo esto procede del paganismo. Por ejemplo, Jeremías dijo: «Porque las costumbres de los gentiles son vanidad: un madero del bosque, obra de manos del maestro que con el hacha lo cortó, con plata y oro  lo embellece. Son como espantajos de espinar, que no hablan. Tienen que ser transportados, porque no andan. No les tengáis miedo, que no hacen ni bien ni mal» (Jer. 10:3-5).

     Es decir que ya los profetas dijeron que todo aquello que era habitual era un espectáculo exagerado e innecesario. El pueblo de Dios no debería rodearse de estatuas semejantes ni procurarse tales objetos de madera, plata y oro, todo eso es algo que sólo hacían los paganos. Pero como hemos dicho, la Iglesia católica se enlazó a esos cultos paganos, y no a los profetas.


Una oscura superstición todavía en la actualidad: Una reliquia en la cruz pectoral del obispo, una reliquia en cada altar ...Dogma: «Quien no acepte la tradición de la Iglesia en su totalidad... se encuentra ya practicamente en el infierno».

     Más de algún ciudadano ingenuo quisiera remitir con gusto estos vestigios de una oscura superstición a una época pasada ya muy lejana. Pero lo que es  verdaderamente chocante es el hecho de que todo esto está más cerca de nosotros de lo que se cree en general. Un cristiano originario visitó recientemente el museo del tesoro de la catedral de Würzburg. Allí vio las insignias de los obispos actuales y tuvo que comprobar que todo esto continúa de la misma manera también en la actualidad.

     Tomemos como ejemplo la «cruz pectoral». Desde el siglo XII todos los obispos han de llevar una cierta cruz pectoral. Ya en el siglo IV había un amuleto, un recipiente con una reliquia dentro. Y hasta el día de hoy tiene que haber igualmente una reliquia en esa cruz pectoral del obispo, pues así está prescrito. De este modo, y de otros parecidos, estos ritos e insignias siguen llevándose y transmitiéndose hasta el presente. Por tanto, y aunque muchos lo piensen, hoy no es diferente, sino que se trata del presente, nada más que del presente.

     También en cada altar se pone una reliquia. Un altar católico tiene el valor de estar completamente consagrado sólo cuando contiene una reliquia. ¿Qué dirá un creyente católico que hasta ahora no sabía que en el altar de la iglesia que él posiblemente visita domingo tras domingo, se pudren plácida y silenciosamente algunas osamentas o partes «muy sagradas» de un cadáver?. Una persona de hoy que sabe pensar se preguntará: ¿Es preciso creer de verdad en este culto a las reliquias?. Y en caso de que no sea aceptado por los creyentes, es decir, si las personas no creen en él, ¿qué pasa entonces?.

     Ya se ha dicho que también es preciso creer especialmente en el poder de las reliquias. De forma general se puede decir que existe un dogma que pone de manifiesto de forma amplia: «Quien no acepte la enseñanza de la Iglesia en su totalidad, la escrita y la no escrita, que sea excluído». Por tanto, esto significa que el que no conozca en absoluto esta enseñanza, que no acepte ni siquiera un pequeño elemento de esta enseñanza, y no crea en ella, ya está condenado, incluso aunque no lo sepa. Según la enseñanza de la Iglesia católica se encuentra ya practicamente en el infierno, sin ser consciente de ello. Aquí se plantea la pregunta de si esta situación no es la de prácticamente todos los católicos, pues es poco probable que todos los católicos conozcan todos los dogmas y lo transmitido por la tradición. En consecuencia esto significa que ellos están pagando a una Iglesia que hace tiempo que ya les ha condenado.

     Tal vez habría que hacerse consciente por una vez de lo que significa estar condenado eternamente. La mayoría de las veces se dice así, se considera un escándalo, pero uno toma consciencia de la envergadura de este escándalo sólo cuando se hace presente claramente lo que significa en realidad: Eternamente, eternamente tener que sufrir tormentos indecibles en el fuego, sin poder ser liberado jamás de ello. Este tormento no acaba nunca, así lo enseña la Iglesia. Y todo esto sólo porque uno no creyó en este u otro dogma.  Por cierto, esto sucede también desde hace poco en el caso de que se viva en pareja, sin casarse. Tan sólo hace unos pocos días Benedicto XVI anunció que una vida en pareja sin haberse casado no está de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, es decir, que es un pecado grave. Y quien muera en este estado pecaminoso, bajo el dogma de la condenación eterna, cae al fuego eterno en el infierno.

     No obstante, la Iglesia no se avergüenza de seguir embolsándose el cuantioso dinero de los muchos que no creen en todos sus dogmas, aunque les explica claramente: Estáis condenados para siempre porque no creéis todo lo que proclamamos (según Neuner-Roos, número al margen 85).


¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?. Tolstoi ya sabía quién había fundado la Iglesia...

     Esto es entonces lo que predica la Iglesia. ¿Quién cree que Dios ordenó esto a la Iglesia?. ¿Quién cree en eso?. Ninguna persona que piense de manera normal creerá que Jesús, el Cristo, o Dios, nuestro Padre, ha dado a la Iglesia semejante pensamiento, delegando en ella un igual mandato. Si Dios es el amor, entonces él es el amor. El amor perdona, el amor exculpa, el amor soporta. Pero la Iglesia condena. ¿Quién está sentado aquí en la silla de san Pedro?. ¿Es preciso decirlo, o toda persona que escucha o lee puede hacerse ella misma una idea de esto?.

     Un gran escritor ruso, León Tolstoi, lo expresó claramente en su relato «La Restauración del Infierno». Este relato fue publicado sólo después de su muerte, y su hijo, que lo publicó, fue denunciado por blasfemia contra Dios, siendo después declarado inocente. En este relato se trata aproximadamente de que después del acontecimiento del Gólgota, cuando Jesús había muerto en la cruz, el demonio fue relegado a los abismos más profundos del infierno. Por tanto, fue «encadenado». ¿Por qué?  Porque a partir de ese tiempo los seres humanos procuraron poner en práctica las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Había menos peleas, la gente se reconciliaba entre sí, y el demonio ya no tenía nada que hacer. El infierno estaba vacío. Pero después de algún tiempo, de pronto nuevamente se produjo una gran algarabía en el infierno. Algunos demonios portando antorchas entraron en él muy alegres, y Belcebú preguntó: «Gente, ¿qué pasa?». Y los demonios contestaron: «Lo que siempre pasa». Ellos habían vuelto a poner el infierno en funcionamiento. «¿Y cómo lo habéis hecho?». A lo que el demonio que ocupaba el segundo rango le dijo: «He inventado la Iglesia».

     León Tolstoi explica entonces cómo tuvo lugar el desarrollo de aquello: que al haberse fundado la Iglesia volvió a haber peleas entre los hombres, que de nuevo se creó una «élite» que sojuzgaba y explotaba a los demás, que también el Estado explotaba a las personas, y de que de esta manera se había vuelto a destruír el comienzo del cristianismo originario y que en consecuencia los crímenes eran mayores y más numerosos que nunca antes.

     A continuación reproducimos un breve extracto de este relato de Tolstoi. Cuando Belcebú escuchó decir «He inventado la Iglesia», preguntó: «Bueno, pero ¿qué es en realidad una Iglesia?», porque no lo sabía. Y entonces, su representante le explicó lo siguiente: «La Iglesia te la puedes imaginar de la siguiente manera: cuando la gente miente y nota que nadie les cree, entonces hacen referencia a Dios y dicen: "Puesto que yo amo a Dios, lo que digo es cierto". Eso es en realidad la Iglesia, sólo que con la particularidad de que las personas que reconocen ser creyentes de esa Iglesia, están firmemente convencidas de que son infalibles, y de que más tarde nunca podrán retractarse de nada, aunque sea el mayor disparate, y aunque lo hayan dicho una sola vez.

     Una iglesia surge de la siguiente manera: las personas se convencen a sí mismas y a los demás, de que su maestro, es decir, Dios, eligió a determinadas personas para que la Ley manifestada por él a la Humanidad no pueda ser entendidad de manera equivocada, y que aquellas personas a las que se les confió ese poder, son las únicas que pueden interpretar y explicar su enseñanza con veracidad». Eso es Iglesia.

     O sea que también Tolstoi era de la opinión de que fue el Demonio el que fundó la Iglesia. Y que las explicaciones de Tolstoi no eran una invención sacada de la nada, lo muestran los siguientes dogmas de la Iglesia católica, algo que se puede leer en el libro de Neuner-Roos, número al margen 44, editado en alemán: «Por eso siempre se ha de conservar aquel sentido que la santa Madre Iglesia ha dado una vez a las verdades de la fe; jamás se puede desviar uno de este sentido a causa del parecer y nombre de un conocimiento más elevado». Y como ya se ha citado con anterioridad: «Quien no acepte la enseñanza de la iglesia en su totalidad, la escrita y la no escrita, que sea excluido».

     En Neuner-Roos, número al margen 234, leemos: «De acuerdo con la fe hay que constatar que, fuera de la Iglesia apostólica romana, nadie puede obtener la salvación. Ella constituye la única arca de la salvación, y todo aquel que no ingrese en ella tendrá que perecer bajo las aguas». También aquí la consecuencia es que, según las enseñanzas de la Iglesia católica, todas las demás religiones ya están entregadas a la condenación eterna. Grandes religiones como el hinduísmo, el budismo, el islamismo, el jainismo, el confucionismo, el judaísmo, el taoísmo. A esto pertenecen también los protestantes luteranos, así como los de todas las demás confesiones que no sean católicas. Siempre se afirma que en el Concilio Vaticano se debilitó esta postura; pero eso es una mentira, puesto que no se debilitó y allí se acordó lo siguiente: «Por eso, no pueden obtener la salvación aquellas personas que conociendo la Iglesia católica y sabiendo de su imprescindibilidad para obtener la salvación, así como lo estableció Dios a través de Cristo, en cambio no ingresan en ella, o no quieren permanecer en su seno» (Neuner-Roos, número al margen 417).

     Ahora hay que preguntarse: ¿qué protestante de cualquier parte del mundo no conoce la Iglesia católica?. Todos la conocen. Es decir que esta frase sólo excluye a algún pueblo indígena que viva alejado de la civilización, en Papúa-Nueva Guinea o en rincones recónditos del Amazonas, y que efectivamente  todavía no saben que existe una Iglesia católica. Para todos los demás vale el que según el criterio de la Iglesia están condenados.

     Esta serie de coloquios lleva por título: ¿Quién está sentado en la silla de San Pedro?. Sobre esto el fundador de la Iglesia protestante, Martín Lutero, dijo algunas cosas. En «El Sermón al Ejército Contra los Turcos», de 1529, expresó: «Creo que el Papa es un demonio en persona camuflado, porque es el Anticristo». O: «Contra el papado, fundado por el demonio». En este mismo documento leemos las siguientes palabras de Lutero: «Pues el demonio, que fundó el papado, habla y lleva todo a cabo a través del Papa y de la silla de Roma. Ahí tienes al Papa, lo que es y de dónde viene, es decir, una atrocidad de toda impiedad engendrada por todos los demonios desde las profundidades del infierno».

     Esto dice el fundador de la Iglesia luterana acerca del Papa. Y aunque esto no ha sido revocado, la Iglesia protestante procura congraciarse hipócritamente con la católica e intenta así regresar de nuevo a su seno. ¿Por qué?; ¿para escapar del fuego eterno?. Hablando claro, esto significa que la Iglesia protestante se congracia de manera hipócrita con el demonio. ¿Por qué?. Tal vez porque ella misma lleva también muchos elementos paganos en sí. Los luteranos no hicieron suyo ni el culto a María ni las reliquias, pero  asumieron muchísimas otras cosas que también son paganas. Por ejemplo, los altares de las iglesias son patrimonio pagano, son prácticas paganas. El púlpito existía ya en el culto a Isis. Tampoco la cena del Señor, en su forma ritualizada de los católicos y protestantes, la tenían los cristianos originarios. Ellos celebraban juntos un ágape, comían juntos y también daban de comer a los pobres. Más tarde eso fue convertido en un rito, pasó a celebrarse por la mañana, surgió la figura de un sacerdote con túnicas especiales, se instaló un altar, y de ello se hizo un sacrificio de la misa, una comida de sacrificio, como las que había en los cultos paganos.

     Todo esto lo asumió también Lutero, así como muchas otras cosas. Entre otras el componente principal de la vida de la Iglesia, el «sacerdote». Él afirmó por tanto la arrogancia de una persona, de colocarse como intermediario entre cada persona y Dios. El principio más importante de la enseñanza católica es que cada persona en particular sólo puede entrar en el Cielo cuando cree en aquello que otra persona le indica. También esta superstición la hizo suya la Iglesia luterana: sólo el sacerdote puede transmitir la salvación. Aunque habría que decir que con ello las Iglesias contradicen su propia Biblia, pues en ella se puede leer: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres:» —y ahora viene lo esencial—, no el sacerdote, sino el que en la Biblia se establece: «el Cristo Jesús, hombre también» (1ª Tim. 2:5). Tampoco aquí se dice nada de los sacerdotes.

     Aunque a los protestantes, esto de haber tomado tantos aspectos de la Iglesia católica, que a su vez son tomados del paganismo, no les sirve de nada. Pues como se ha dicho: mientras ellos no acepten todos los credos principales de la fe católica, también los protestantes están condenados. Esto lo determina la enseñanza católica. Es decir, los luteranos pueden procurar congraciarse todo lo que quieran, pero según la fe católica esto no les sirve de nada. Pero el que lo hagan también tiene un motivo, y es que la Iglesia católica siempre sabe encubrir con extremado acierto sus enseñanzas.

     Hemos escuchado mucho de la condenación eterna, del infierno eterno, de todas esas crueldades. Pero si pregunta con más detalle, muchos católicos le quitan importancia, o incluso lo niegan. Por ejemplo, en la publicación católica alemana «Weltbild» (Imagen del Mundo) hay una «hora de consulta» para católicos. Allí se planteó la pregunta: «¿Cómo hay que hablar actualmente del infierno?». Y la respuesta fue: «Existe la tesis según la cual el infierno para toda persona significa que ella simplemente deja de existir de modo total. Ella ya no existe más» (Weltbild 20/96, artículo «Eternamente Solo»). De pronto surgen nuevos significados. Y la pregunta que se plantea como por sí sola es: ¿Qué se vuelve a encontrar detrás de esto?: ¿que la persona en particular no debería existir más?.

     Sobre esto se puede decir que en el fondo aquí se trata de una blasfemia. Por una parte incluso la Iglesia reconoce que el ser humano porta en sí un alma inmortal, por otra parte ahora al parecer quiere anunciar que aquel que no crea en sus dogmas, será aniquilado. O sea que la vida creada por Dios debe ser aniquilada si no se cree en los dogmas de esta organización. La verdad es que no es posible imaginarse nada más satánico.

     En la respuesta citada no se trata sólo de la disolución en el nirvana, pues en este caso aún se conservaría la energía. Aquí se trata de que la persona se disuelve en la nada. ¿Qué es en realidad la «nada»?. ¿Existe acaso la nada si todo es energía?. La Ley de Dios no conoce destrucción, disolución, tampoco el desaparecer o perecer, sino únicamente el transformarse, es decir, la evolución, el madurar hacia formas de existencia o de vida más elevadas. Detrás de una declaración como ésa, de que un ser deja de existir, se esconde una profunda ignorancia espiritual, o bien el deseo de destruír la creación de Dios. El infierno en sí es ya una idea de la que hay que decir: si tan sólo una persona fuese a parar a la condenación eterna, y permaneciese allí, esto sería una victoria sobre Dios, pues Dios creó esa vida. Dios es un dios del amor, y si tan sólo una persona quedase condenada eternamente, con eso se vencería a Dios. Por tanto la enseñanza del infierno y de la condenación es una blasfemia.

     La Iglesia católica afirma que Dios le habría otorgado el privilegio de lo que ella denomina «ser necesaria para la salvación». ¿Qué significa «ser necesaria para la salvación»?. Esto significa que para la salvación de una persona, es necesario que ella esté en esa Iglesia. Si ella no está en esa Iglesia, entonces no alcanzará la salvación, lo que significa que entonces está condenada. Esto está recogido en un dogma que se puede leer en el libro de Neuner-Roos, número al margen 381, en alemán: «La santa Iglesia romana, fundada por la palabra de nuestro Señor y Redentor, cree firmemente, declara y proclama que "nadie fuera de la Iglesia católica, ni pagano, ni judío, ni no creyente o una persona que se ha apartado de la unidad", puede participar de la vida eterna, sino que caerá en el fuego eterno, que está preparado para el demonio y sus ángeles, si antes de morir no se adhiere a ella ( la Iglesia)».


La enseñanza protestante: Dios ha «predestinado», o sea, «previsto», quien va al Cielo y quien va al infierno

     Hemos dejado claro que según las enseñanzas católicas, por ejemplo, los protestantes, también caen en el fuego eterno o en la condenación eterna. A un miembro de la Iglesia de Lutero se le podría ocurrir pensar: «Yo no creo en ese dogma. No creo lo que se dice en ese libro de Neuner-Roos, puesto que soy protestante. Por ello no estoy involucrado en este asunto». Tal vez aplicando anológicamente la frase «Salid de ella, pueblo mío» —como se establece en la Biblia— «no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Apoc. 18:4). Pero lo que el protestante tampoco sabe es que a él le llueve sobre mojado. Porque aunque en la actualidad ya no se diga abiertamente, las enseñanzas de la Iglesia protestante establecen que las personas están predestinadas; a una parte de la Humanidad se le promete la salvación, en base a la arbitrariedad de la volundad de Dios, y la otra parte sucumbirá a la condenación eterna, sin que ella pueda hacer nada en contra. Ésta es una enseñanza que en realidad es aún más perversa que la de la Iglesia católica romana. Con seguridad que el protestantismo no es la solución para salir del dilema.

     Lo repetimos otra vez con claridad: Lutero enseñó que Dios ya antes del  nacimiento de una persona ha determinado que ésta vaya al Cielo o al infierno eterno, es decir, que caiga en las manos del demonio. No obstante, la Iglesia protestante entretanto ha atenuado esto un poco, diciendo ahora que Dios no lo ha predestinado, sino que sólo lo ha «previsto». Aunque la verdad es que entonces no se necesita de ninguna iglesia, pues si ya todo está previsto, y si de todas formas pasará de una forma prefijada, entonces uno ya no está en sus cabales si sigue dando su dinero a los representantes de esa institución.

Una Iglesia que niega la libertad de decisión de las personas, niega los principios del ordenamiento jurídico. La paradoja en la práctica.

     La absurdidad de estas enseñanzas se hace especialmente clara si aplicamos lo dicho a un caso concreto: ¿Qué pasa en un proceso judicial?. Cuando alguien comete un delito, siempre podrá decir: «Pues bien, Dios ya antes de mi nacimiento determinó que yo me convirtiera en una persona malvada, o que cometiera un delito terrible. Ahora no se me puede condenar entonces por ello». ¿Qué dice ahora el juez al respecto?. En este caso al juez le pasará como a casi todos los protestanes, esto es, que él no sabrá nada de esto. Pues los protestantes «creen», pero en la mayoría de los casos no saben en lo que creen. El juez probablemente no tomará en cuenta este argumento.

     Según la Iglesia, este juez es igualmente un candidato para el demonio, ya que  está condenando a quien Dios ya antes de su nacimiento había destinado al infierno. ¿Va entonces también el juez al infierno eterno?.

     Vemos que aquí se produce una paradoja, que está pre-programada en la enseñanza de la Iglesia evangélica luterana, y que tira por tierra todo ordenamiento jurídico. Una Iglesia que en cuestiones éticas niega la libertad de decisión de la persona, y que le dice: «En base a tu libertad, tú no te puedes decidir entre el bien y el mal, sino que estás predestinado», está negando en el fondo los fundamentos de nuestro orden jurídico, y también nuestra Constitución, que parte de la base de que toda persona tiene la libertad de desarrollarse de acuerdo con sus decisiones, de dar forma a su vida según unas normas éticas. Todo eso no tiene validez si se toman en serio las enseñanzas de Lutero.

     Todo el orden jurídico, toda la legislación dejaría de funcionar si se tomasen como base las enseñanzas eclesiales de Lutero. A nadie se le podría condenar por sus delitos porque ya de entrada le faltaría la culpabilidad, y el juez, que a pesar de todo le condenara, se haría culpable por su parte. Al fin y al cabo, el juez va a parar también al infierno porque ha cometido una injusticia. Pero tal vez Lutero salvase al juez diciendo: «También tú estás completamente libre de culpa, porque tampoco tú puedes actuar de otra manera». En este sentido se trata de un círculo vicioso y absurdo de «marionetas de Dios». Aunque Dios es el dios de la libertad y del amor, aquí se construye una imagen del ser humano que convierte a las criaturas de Dios en marionetas, que Dios jamás ha creado en esa forma.

     ¿Necesitamos acaso una legislación, un ordenamiento jurídico, si todos somos marionetas?. Unos ya están condenados al mal, otros al bien, unos para ir al Cielo, otros para ir al infierno. Según Lutero no tenemos otra alternativa.  ¿Necesitamos entonces acaso una legislación?.

     Según el principio luterano, nuestro Estado no podría funcionar en absoluto, y por eso simplemente es ignorado. No debemos olvidar una cosa: Suponiendo que el juez negase la libertad de decisión del acusado, tal como hacen Lutero y los suyos, entonces él mismo tendría que declararse irresponsable de sus acciones. Y con eso se aboliría todo el sistema. Habría que poner en internamiento de seguridad tanto al acusado como al juez.

     Pensando de manera lógica, habría que plantearse por consiguiente la siguiente pregunta: ¿Necesitamos entonces jueces?. ¿Necesitamos una legislación estatal, considerando que según las enseñanzas luteranas toda persona está predestinada, y la enseñanza de la Iglesia católica por su parte determina: Si no crees, estás condenado eternamente?. Si la persona ya está condenada por toda la eternidad, ¿para qué se necesita entonces el veredicto de un juez?.

     Los teólogos católicos se opondrán a esto diciendo que el ordenamiento jurídico del mundo se ha de ocupar de que haya un cierto orden. Entre paréntesis, habría que agregar que de un orden también entre los que ya están condenados.


En el Estado mandará la casta sacerdotal —mientras esto lo permita el pueblo. Una dictadura está intentando dominar aquí a una democracia.

     Si se observa detalladamente la enseñanza católica, especialmente las frases que se leen en los libros de Moisés, que según las enseñanzas católicas son la «verdadera palabra de Dios» y que se «iluminan» en el Nuevo Testamento, resulta que en realidad no se necesitaría el ordenamiento jurídico del mundo, pues la última palabra la tiene siempre el sacerdote. De manera que se podría decir que el ordenamiento jurídico sólo está previsto como una tapadera con que cubrirse. En realidad, la que dice lo que ha de hacerse es la Iglesia católica, y el orden estatal del mundo ha de hacer lo que quiere la Iglesia católica. Así aparece el derecho nacional o estatal legitimado en la enseñanza de la Iglesia. También se podría decir: La democracia, en la que el poder parte del pueblo, ha de ser conservada como apariencia. Pero en verdad la casta sacerdotal de la religión predominante quiere determinar lo que hay que hacer.

     Pensemos ahora en lo siguiente: ¿Qué pasó con Jesús de Nazaret?; ¿quién lo mató?. No fue el poder de la ocupación romana —el poder estatal de aquel tiempo— sino que fue la casta sacerdotal. Puede que ahora la pregunta suene un poco rara, pero: ¿Necesitamos jueces del mundo?. La respuesta podría ser que: según la Biblia y las enseñanzas de la Iglesia, sí que se les necesita, para que la casta sacerdotal pueda tener una tapadera con que encubrir sus violentas y despóticas operaciones.

     Tanto para la Iglesia protestante como para la católica, el gobierno del Estado ha de ser en todo caso la prolongación de su brazo. El gobierno es el que lleva a cabo las cosas mientras el pueblo lo permita. Así se dice desvergonzadamente en el libro de Neuner-Roos (número al margen 434): «Nosotros determinamos que la Santa Sede apostólica y el obispo de Roma tengan la primacía sobre todo el orbe».

     ¿No habría que decir entonces que al pueblo se le hace creer que existe la democracia, pero que en realidad detrás de la democracia está la dictadura de la Iglesia?. Si se tiene en cuenta que la Iglesia exige de sus creyentes que en toda situación, ya sea privada o profesional, procuren que se imponga la enseñanza cristiana, entendida desde el punto de vista de la dogmática eclesiástica, se ve aquí que la ideología de una organización está siendo puesta por encima del ordenamiento jurídico del Estado. Dado que se trata de una ideología totalitaria, que no quiere tener nada que ver con la democracia, se podría decir sin duda alguna que en este caso una dictadura está intentando dominar a una democracia.


El axioma programático de la Iglesia católica es puesto en práctica en la vida pública. «¡Nosotros determinamos lo que es cristiano!».

     Naturalmente que siempre hay que establecer una diferencia entre los axiomas programáticos y la pregunta de si éstos pueden ser puestos en práctica en la realidad. Los axiomas programáticos totalitarios que conocemos de la Iglesia católica pagana de culto, de hecho y como axiomas programáticos, son sumamente peligrosos.

     Más de uno dirá: «Bueno, pero en la realidad no se llegan a poner en práctica». Al respecto resulta interesante el hecho de que el ya mencionado cardenal Meissner, últimamente exigió, entre otras cosas, que el partido alemán CDU (Unión Democrática Cristiana) quitara la C de las siglas de su partido, no porque ni el CDU ni la Iglesia católica tengan algo que ver con las enseñanzas de Cristo, sino porque él ha dicho aproximadamente: «¡Nosotros determinamos lo que es cristiano!». Meissner ha dejado en claro que el partido no actúa conforme con sus ideas estrictamente reaccionarias (según la agencia de prensa protestante alemana EPD del 5.6.2005). Es decir que por lo visto estos axiomas programáticos de la Iglesia no están sólo sobre el papel, sino que se llevan a la práctica. Y a quien aún dude de ello, se le recomienda que lea el libro de Gabriele «Para Pensadores Analíticos Experimentados. Descubra Usted la Verdad. El Poder de la Iglesia y del Estado y la Justicia de Dios» (que se encuentra en traducción al español). En este libro se explica con una claridad y una precisión increíbles cómo funcionan estos mecanismos. Los hilos del Estado democrático son movidos en realidad con frecuencia por la casta sacerdotal. Y si usted no lo cree, lo invitamos a leer este libro.

     Después de haber escuchado tantas cosas sobre la absurda fe eclesiástica pagana, queremos reproducir un breve fragmento de este libro. En la página 75 (en alemán) se lee: «Cada vez más personas se vuelven críticas con respecto a la fe de la Iglesia. Originalmente eran de la opinión de que Dios era la Iglesia. Dado que ya no están de acuerdo con la Iglesia, dudan ahora de la existencia de Dios. ¿De qué Dios?: ¿del «Dios» que enseñó y enseña la Iglesia?. ¡Dios no es el dios de la Iglesia!. ¡Cristo no es el «Cristo» de la enseñanza eclesiástica!.

     Si en el tiempo actual no hubiese venido el espíritu de la Verdad eterna en su palabra, muchos verdaderamente no sabrían quién es Cristo y lo que hay que pensar de Él. No sabrían que se pueden acercar a él y que lo pueden captar si se dirigen a él, que vive en su interior. Jesús predicó el Reino de Dios en nosotros. Él nos enseñó a retirarnos a un aposento tranquilo: «…Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mateo 6:6). Pero también pueden salir a la Naturaleza, escuchar los sonidos de la Naturaleza, quedándose en silencio, y rezar así a Dios, su Padre. Experimentarán que ése es el camino más rápido para acercarse a Dios en su interior.



¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro?
Sexta Parte
La Magia de las Ceremonias Eclesiásticas
por Vida Universal


El pagano «comerse a Dios», las particularidades de la aparentemente cristiana fiesta de la eucaristía.

     ¿De dónde vienen las muchas ceremonias que imprimen su sello al carácter de la Iglesia, especialmente de la Iglesia católica?. ¿De dónde viene, por ejemplo, el denominado día del Corpus Christi, y qué significa «corpus»?. La palabra «corpus» hace referencia al cuerpo de Cristo. El día del Corpus significa la adoración del cuerpo de Cristo, o de aquello que la Iglesia considera el cuerpo de Cristo, esto es, la hostia. Según la creencia católica, la hostia es el cuerpo de Jesucristo, pero no sólo simbólicamente sino de hecho. Esta enseñanza fue dogmatizada en el año 1215 en el Concilio Lateranense y no tiene nada que ver con el cristianismo de los orígenes. En el día del Corpus la hostia se saca a pasear en procesiones y es mostrada a todos como señal de los poderes supuestamente mágicos que partirían de ella.

     Como sabemos, los primeros cristianos no tenían ninguna cena ritual. Comían juntos sencillamente, tomaban una comida festiva, la comida del amor, el ágape. Y de este ágape se desarrolló después la cena ritual de la Iglesia, que tiene un origen pagano. En los cultos paganos tales cenas existían de múltiples maneras, en parte cenas sangrientas donde se sacrificaban animales, como p. ej., en el culto de Mitra o en el de Atis. En parte había también comidas en las que se tomaba agua y pan, o vino y pan. Éstos son los comienzos de la cena ritual que luego se asentó en la Iglesia. Tanto hoy como en aquel entonces la base era el concepto de que mediante el sacrificio —de un animal o justamente de un dios que se sacrifica por los hombres, o es sacrificado— las personas estarían liberadas de la carga de sus pecados. Entonces ellas mismas ya no necesitan hacer nada, no necesitan volverse activas, no necesitan trabajar en sí mismas, no necesitan cambiar ellas mismas, sino que mediante ese sacrificio quedan ya supuestamente redimidas como de manera automática.

     Las similitudes con el paganismo son notables y con toda seguridad no casuales. Hasta la famosa fórmula «Ite missa est» [Idos, la misa ha finalizado], que dicen los sacerdotes católicos a los creyentes, habría sido sacada textualmente del culto a Isis, según describe el historiador francés Robert Kehl. Especialmente significativo es, no obstante, que esa comida —como en las religiones místicas paganas— era al mismo tiempo un comerse el cuerpo de «Dios» y un beber su sangre, una comunión que representa el «comer a Dios». Por ejemplo, también en el culto pagano a Osiris se creía realmente lo mismo que los católicos tienen que creer hoy en día: que en la «cena sagrada» se comen la carne del dios sacrificado. Según Robert Kehl, incluso la fórmula de transformación que se utiliza en las misas católicas actuales se encuentra esencialmente en aquellos cultos paganos, de donde se ha transmitido textualmente: «Di siete veces: Tú eres vino» —entonces viene la transformación—. «No eres vino, sino la sangre de Atenea». «Tú eres vino» —entonces tiene de nuevo lugar la transformación—. «No eres vino, sino la sangre de Osiris, las entrañas de Jao». Y con ello estamos ya con la carne.

     Las fiestas paganas de la eucaristía tienen muchas cosas en común con las actuales misas católicas. Tanto en unas como en otras el sacerdote se lavaba antes las manos, era asistido por monaguillos, había vestiduras especiales para la misa; además se utilizaban hostias con crucifijos tallados. En los momentos culminantes de la festividad —por ejemplo, cuando se muestra la hostia o el cáliz o el «dios», es decir, mientras el sacerdote de Isis mostraba su dios al pueblo, de modo parecido a como se hace en la transformación católica— se dice que los dos monaguillos que tenía a su lado agitaban el sonante sistro egipcio, que corresponde a la actual campanilla católica de los monaguillos.

     Una conocida obra sobre el catolicismo resume de la siguiente manera el mecanismo realizado por el sacerdote en la misa católica: «El sacerdote hace seis veces la señal de la cruz, se da vuelta seis veces hacia los feligreses, eleva once veces sus ojos al cielo, besa el altar ocho veces, dobla cuatro veces sus manos, se golpea el pecho diez veces, inclina veintiún veces vez su cabeza, se arrodilla ocho veces, inclina siete veces sus hombros, bendice treinta veces el altar con la señal de la cruz, pone veintinueve veces las palmas de las manos sobre el altar, reza once veces en voz baja, reza trece veces en voz alta, toma el pan y el vino y lo transforma en el cuerpo y la sangre de Cristo. Tapa y destapa diez veces el cáliz, y va veinte veces de un lado para otro».

     Puede que alguien encuentre esto gracioso, ¡pero de veras que va en serio!: Si el responsable de una comunidad cristiano originaria hubiera organizado un circo tal durante la celebración de una cena con el Señor, lo hubieran llevado seguramente a un manicomio o lo hubieran echado de la comunidad. Y, ¿puede alguien imaginarse que Jesús, el Cristo, habría puesto en escena un culto o un espectáculo semejante durante su última cena? Seguro que no.

     ¡Esto no es lo que enseñó Jesús de Nazaret!. El pan y el vino deberían servir únicamente como símbolo de la entrega de su cuerpo y de su sangre. Hacer de ello una ceremonia va en contra de lo que Jesús, el Cristo, quería y quiere. Toda persona debería simplemente recordarlo en sensaciones, pensamientos, palabras y actos. Esto significa entonces que todo esto había que entenderlo como símbolo, pero la Iglesia hizo de ello un ritual, apoyándose para hacerlo en los cultos paganos. Además, ha añadido todavía algunos ornamentos más para presentar la ceremonia de modo especialmente misterioso e impresionante.

     Cuando en el día del Corpus es llevada la hostia por las calles en una procesión festiva, visto desde un punto de vista neutral, esto resulta bastante impresionante. También este rito procede del paganismo, pues p. ej., en el antiguo Egipto era costumbre realizar procesiones en que las divinidades eran transportadas en relicarios por las calles. Esto puede leerse todavía en la piedra de Rosetta.

     La Iglesia católica lo ha estipulado férreamente, por ejemplo, en el libro de Neuner-Roos que lleva por título «La Fe de la Iglesia en la Proclamación de la Enseñanza», bajo el Nº 582: «Quien diga que en el sagrado sacramento de la eucaristía, Cristo, el único Hijo nacido de Dios, no pueda ser adorado con el homenaje externo que requiere la veneración a Dios y que por ello él tampoco debería ser homenajeado con una fiesta especial, ni menos se le debería llevar solemnemente de un lado a otro en procesiones, de acuerdo con los loables y ampliamente extendidos usos y costumbres de la Santa Iglesia, o que no se debería mostrarlo públicamente al pueblo para que lo adore y que los que lo adoran son idólatras, quien diga esto ha de ser excluído». Sabemos que «excluído» significa en última instancia tanto como «condenado».

     Lo que sabemos de la procesión del Corpus y de muchas otras cosas, ya existía efectivamente en los tiempos del paganismo. Aquí se llega hasta los detalles más mínimos. También en el paganismo existían los lugares donde había que detenerse, los altares —que los creyentes podían erigir frente a sus casas— y dónde después la procesión se detenía brevemente. Había procesiones nocturnas con antorchas y velas, en las que se cantaban diversas melodías. También había nuevos iniciados vestidos de blanco —pensemos en los niños durante la primera comunión—, etc. Y estos rituales paganos los encontramos hasta en los más ínfimos detalles en los de la Iglesia católica.

     Por otro lado, existe desde el punto de vista católico la denominada «profanación de la hostia». Todo aquel que no trate la hostia como debería hacerlo de acuerdo con la fe católica es considerado un sacrílego. En tiempos pasados tales personas eran ajusticiadas por la Inquisición. Sobre todo se culpaba a los judíos de profanar las hostias. Hace pocos años, en Indonesia se condenó a un hombre a varios años de prisión por haberse llevado a casa una hostia que había sido bendecida antes por un sacerdote. Un profanador de hostias desde el punto de vista católico debería ser también el escritor alemán Arno Holz, que vivió a principios del siglo XX y escribió el siguiente poema:

«Sí pues, yo digo: más útil que toda Biblia y breviario
son por el momento nuestros silabarios.
Pues sólo un tonto hoy su pescuezo inclina
ante dioses amasados de harina de trigo».

     Que los «dioses» católicos son amasados de harina de trigo, como lo describe Arno Holz en su poesía, es algo que por lo demás la Iglesia vaticana lo ha prescrito. En el Código del Derecho Canónico, es decir, del derecho eclesial católico, se puede leer en el canon 924, § 2, lo siguiente: «El pan tiene que estar todavía fresco y se debe amasar con harina de trigo pura». O sea que probablemente la transformación de una hostia funciona sólo con harina de trigo. Aquí se tiene la impresión de que los ingredientes «correctos» son lo más importante, así como en la magia o en la brujería.

     En el paganismo se creía que mediante los rituales, la fuerza de la deidad se traspasaba a los hombres. Una semejante transmisión de fuerzas mágicas la encontramos todavía hoy en la Iglesia católica. Los católicos están convencidos de que cuando van a comulgar experimentan un fortalecimiento especial de su alma.

     En su libro «Los Secretos de la Iglesia» (Die Geheimnisse der Kirche), el autor alemán Robert Kehl escribe lo siguiente: «Los creyentes —aquí él se refiere entre otras cosas al culto a Osiris— ya en los misterios paganos se imaginaban en todo lo que comían o bebían, por ejemplo, pan y vino, que el cuerpo y la sangre de la divinidad estaban realmente presentes». Este dogma de que la divinidad está presente de forma real en la hostia y en el vino era ya en la antigüedad objeto de discusiones. Doctores de la Iglesia y también Papas se opusieron a ello, hasta que en el año 1215 esta tesis fue declarada definitivamente como dogma.

     Una persona moderna que piensa, puede que en este caso se quede perpleja y se pregunte: ¿No es una forma de canibalismo, cuando un Cristo real —en forma de hostia— es comido por los fieles?. Seguro que es así. En las culturas de la Edad de Piedra se partía de la base de que la fuerza del enemigo muerto se traspasaba al que se lo comía. En este caso esto es similar. Hay que decir a este respecto que los sacrificios de toros en el culto a Atis fueron realizados bajo la actual Basílica de san Pedro. Bajo ella hay un altar pagano de sacrificio donde se llevaron a cabo tales sacrificios sangrientos a aquel dios.


Obeliscos, símbolos de cruel despotismo, posibilitaron el tomar contacto con «deidades», con fuerzas demoníacas.

     A propósito de la Basílica de san Pedro. Ante ésta hay una piedra enorme, un obelisco. Los obeliscos vienen de Egipto. Allí eran adorados en el culto al Sol. Un obelisco representa una pirámide: los rayos petrificados del dios sol; ellos posibilitan la comunicación desde los ámbitos terrenales hacia los de los dioses, y a la inversa. En total fueron trece los obeliscos llevados de Egipto a Roma. En su mayor parte están frente a una iglesia, entre otras, ante la Basílica de san Pedro, y también ante el Palacio Laterano. En última instancia no simbolizan otra cosa que idolatría. También aquí se ha cubierto esto con el manto de lo cristiano; tal vez se le agregó una cruz y se dijo entonces que era cristiano. Pero todo esto no es más que una adoración pagana a los dioses.

     Entonces hay que preguntarse: ¿Se puede tomar contacto con fuerzas astrales a través de un semejante obelisco?. En el antiguo Egipto así se creía, puesto que, como se describe en Wikipedia, un obelisco «representaba la unión entre el mundo terrenal y el de los dioses». Preguntemos entonces: ¿Qué cosas se mueven en realidad en el Vaticano?. ¿Qué pretende el Papa con los obeliscos?. Los Papas siempre tomaron parte en el establecimiento de tales obeliscos y tal vez ellos saben de qué manera se pueden establecer contactos a través de tales piedras. En vista de que el mundo de los dioses es el mundo astral, y éste es satánico, se podría deducir y sacar la conclusión de quién es el que realmente ejerce influencia sobre la silla de san Pedro.

     El Papa más importante que hizo erigir un obelisco, directamente frente a la Basílica de san Pedro, fue el Papa Sixto V. Éste rigió sólo 5 años —de 1585 a 1590—; sin embargo, tenía la suficiente ambición como para querer establecer una nueva Roma. En su reino, en el llamado Estado de la Iglesia, provocó miedo y terror con su despiadado proceder en contra de la población. Proclamó la pena de muerte, por ejemplo, en el caso de aborto, de alcahuetería y robo. Con el gran número de personas culpables, actuó a su manera con procesos breves, bajo el lema: «En tanto yo viva, debe morir todo criminal». Y en la realidad «hizo decapitar a numerosas personas exponiendo públicamente las cabezas cortadas en puntas de lanzas, a modo de intimidación. En Roma se decía entonces que poco después en el castillo de san Ángel se veían más cabezas cortadas que melones en el mercado». Pensemos ahora una vez más en los obeliscos y veamos que no es una casualidad que este hombre, que hizo decapitar y exponer cabezas en lanzas o picas, ordenara también erigir un obelisco, que entre paréntesis en griego significa «pica» pequeña.

     El obelisco que está ante la basílica de san Pedro, los romanos lo trajeron originalmente desde Egipto, erigiéndolo al comienzo en el circo de Nerón, donde tuvieron lugar muchas ejecuciones, también de cristianos. También aquí se muestra de nuevo que el obelisco es un símbolo de extrema violencia y crueldad.

     Interesante resulta también saber que este obelisco estaba justamente en el centro del paganismo egipcio, en el templo de Bet-Shemesh, también llamado Heliópolis. Probablemente hay aquí un profundo simbolismo en el hecho de que el mismo obelisco esté ahora ante la Basílica de san Pedro. Considerando sólo los aspectos externos del obelisco, éste pesa 320 toneladas, mide 40 metros de largo y es de granito rojo, además de ser sumamente pesado para haber sido transportado en aquella época. No obstante, el Papa Sixto quería trasladarlo a toda costa para ponerlo frente a la basílica de san Pedro. Y en caso de que el obelisco durante el difícil transporte sufriera algún daño, el Papa amenazó con la pena de muerte al ingeniero constructor encargado para el caso. Al final lograron erigir el obelisco el 10 de Septiembre de 1585, empleando 45 grúas, 160 caballos y 800 obreros, aunque la empresa estuvo a punto de fracasar.

     Fue un enorme esfuerzo el que hizo falta para mover un monolito tan grande. Se tardaron varios meses hasta que la piedra estuvo al fin en el lugar adecuado. Debemos recordar que este monolito es un símbolo del dios sol egipcio Amón-Ra, que está emparentado con Baal, de la mitología cananea y babilónica. Esta piedra imponentemente simbólica recordaba también que la diosa Istar (o Astarté) había sido ejecutada, porque se había apartado de este dios Amón-Ra o Baal, habiendo sido empalada sobre una pica. La pica —así como también el obelisco— es por tanto un instrumento de ejecución y una señal de advertencia a todos los adversarios de aquella deidad, para que no se apartaran del culto a ese «dios».

     Puesto que este obelisco es un símbolo de un despotismo violento y cruel, hay que preguntarse: ¿Por qué fueron los romanos los que trajeron precisamente este obelisco desde Egipto, y por qué mil años más tarde un Papa hizo erigir este obelisco, haciendo para ello un despliegue de energía tan grande?. Este Papa hizo instalar un segundo obelisco ante el Palacio Laterano, el domicilio papal de aquel tiempo. Más tarde, otros déspotas, como Napoleón, erigieron tales obeliscos en sus ciudades. Uno está en París, otro en Londres, y otro igualmente en Nueva York [y otro en Washington DC]. Vemos cuán grande acogida ha tenido este símbolo mágico en el llamado «occidente cristiano», como símbolo de tiranía, de dominio violento y como símbolo de unión mágica con el demoníaco «mundo de los dioses»; al fin y al cabo, con el dios de los infiernos.


El carácter mágico de las ceremonias eclesiásticas, tomado del culto vudú.

     Con elementos de lo mágico uno se encuentra una y otra vez en el catolicismo. Los obispos deben llevar una cruz que contiene una reliquia. En un libro católico se explica al respecto que esto sirve para defenderse de fuerzas adversas. Pero también otros ritos católicos tienen caracteres mágicos.

     Para las personas que viven en Occidente resulta algo normal que una iglesia tenga una campana que se hace repicar. ¿Pero por qué se hace esto?; ¿y por qué se bendicen las campanas?. Cuando alguien lee sobre ello, se encontrará una y otra vez con aspectos rituales mágicos. Por ejemplo, sobre las campanas leemos lo siguiente: «Ella sirve para defenderse contra toda fuerza demoníaca. Dado que una campana no bendecida está bajo el poder del demonio, la Iglesia practica la bendición de las campanas. Y a las campanas bendecidas se les adscriben fuerzas maravillosas, por una parte a su sonido, pero también al brillo del metal, al metal pulido o a la cuerda de la campana. Estas cosas se utilizaban antiguamente como remedios curativos en la medicina popular».

     Todo esto se encuentra también en el culto vudú, con el que existen muchos paralelismos. También en el culto vudú se utilizan la campanas. Los que lo practican, saben qué sonidos atraen a qué espíritus, cuán a menudo tienen que tocar las campanas y con qué ritmo. Otros paralelismos: en los cultos paganos se conocen las botellas-fetiches, al contenido de las cuales se le atribuye una fuerza milagrosa. En la Edad Media podía adquirirse en las iglesias católicas —y todavía hoy, p. ej., en Lourdes— agua bendita embotellada. También el agua bendita, el incienso, todas estas cosas existen en el culto vudú y tienen mucho que ver con la magia. En definitiva, todo esto sirve como invocación de los llamados «dioses», es decir, como «conjuración» del mundo infernal, de los demonios.

     Muy significativo es también el besar el suelo, un antiguo ritual del culto vudú que el Papa Juan Pablo II practicó en sus numerosos viajes. Cada vez que descendía del avión, lo primero que hacía era besar el suelo. Muy pocas personas saben que esto tan sólo lo hacen los sacerdotes del vudú. Uno se pregunta con curiosidad si el nuevo Papa seguirá practicando este rito. En cualquier caso, ni de Jesús ni de sus apóstoles se sabe que practicaran estos rituales. Lo que en parte practica la religión católica, o lo que ha practicado durante siglos, sobrepasa en mucho las prácticas del culto africano del vudú. Aquí cabe mencionar sólo un ejemplo: el del despedazamiento de los cadáveres de los obispos de la ciudad bávara de Würzburg.

     Desde 1150 hasta comienzos del siglo XIX, los cuerpos de los obispos de Würzburg eran abiertos después de su muerte, y sus entrañas se sepultaban en la iglesia de la fortaleza de la ciudad. El corazón iba de viaje la mayoría de las veces como reliquia, e iba a parar casi siempre a un monasterio. ¿Por qué?. «Con ello los obispos querían asegurarse las oraciones de los monjes», se afirma textualmente. Como justificación se tomaba la frase de Jesús de Nazaret del sermón de la montaña: «Donde esté vuestro tesoro, estará también vuestro corazón». El cuerpo del fallecido se revestía con los ornamentos obispales, con la mitra y el anillo, y como objetos de enterramiento se utilizaban casi siempre el báculo obispal, un cáliz o incluso una espada. Este ritual de los objetos de enterramiento no tiene un trasfondo cristiano, sino que es una costumbre pagana. Son conocidos los objetos que se incluían en los sepulcros de los faraones egipcios y de otros pueblos paganos.

     Tampoco el ritual del despedazamiento de los cadáveres tiene un trasfondo cristiano, sino pagano. En leyendas antiguas se dice que cuando murió el rey Nimrod de Babilonia, déspota y cazador, le fueron arrancados cada uno de los miembros de su cuerpo. Una parte fue enterrada en un lugar, otra parte en otro lugar. Este ritual mágico de Babilonia pudo servir de inspiración a los obispos de Würzburg. Si alguien piensa que todo esto ya no existe en la actualidad, tal vez esté pasando por alto los titulares del periódico de mayor tiraje en Alemania, que anunciaba que los polacos católicos querían el corazón del Papa muerto, para conservarlo en Polonia separado de cuerpo.


El bautismo de los recién nacidos: forzada afiliación de menores de edad, menosprecio masivo del libre albedrío.

     También rituales como, por ejemplo, el bautismo, están llenos de magia, y este rito mágico procede del paganismo. En el libro de Robert Kehl «Los Secretos de la Iglesia» encontramos interesantes detalles acerca del bautismo, sobre cómo era practicado en los cultos paganos. Allí se hace alusión al «sumergimiento o inmersión en agua..., al regar con agua, al soplar, al ungir con saliva, al vestir de blanco a la persona que iba a ser bautizada, a la idea de que el bautismo expulsaba a los demonios». Además se menciona «la fiesta que se hace a continuación y el regalo al recién bautizado». Había «velas... padrinos, horas de enseñanza de bautismo, a las que tenían que someterse obligatoriamente los alumnos de los catequistas, y también el bautizo de emergencia, el bautismo de los niños y la festiva promesa de bautismo».

     Vemos que muchas cosas que eran totalmente normales en el paganismo fueron adoptadas por la Iglesia y ahora son también totalmente normales en ésta, lo que constituye una enorme abundancia de influencias paganas. Los primeros cristianos por su parte sólo conocían una acogida festiva en la comunidad. Y aquí se trataba naturalmente de personas adultas, que daban este paso de forma totalmente consciente y libres. El bautismo de los niños se introdujo sólo en los siglos V y VI. ¿Y qué significa el bautismo de los niños, es decir, de los recién nacidos?. Es la afiliación forzada de niños pequeños que no pueden decidir por sí mismos. Se les «incorpora» sin miramientos en una institución, y con ello ya desde pequeños se encuentran prácticamente apresados en ella, en una institución mágica que en última instancia trabaja con las fuerzas de los infiernos.

     La institución llamada Iglesia conoce esos procesos mágicos. Existe un libro al respecto de Egon Petersdorf (Demonología I), que era tesorero secreto papal cuando lo escribió, y que se ocupó intensamente del aspecto de la aplicación de las facultades demoníacas. La Iglesia católica sabe muy bien —como, por ejemplo, fue y es en el caso del obelisco— que existen lugares en los que principalmente se practican cultos a los ídolos y a los demonios, y que los demonios —como dice la misma Iglesia católica— tienen preferencia por estos lugares. La silla de san Pedro y sus «iniciados» creen en estos lugares y en estos símbolos manifiestos que dan al demonio la posibilidad de actuar.

     A la acción de los demonios pertenece también el no respetar el libre albedrío, así como, p. ej., el bautismo de los recién nacidos es una trasgresión flagrante del libre albedrío. En relación a esto existe un suceso interesante del que nos informa la revista alemana Focus Nº 20/2005, pág.44. Allí se lee que dos niños de 8 y 10 años tenían ellos mismos el deseo de recibir clases de religión y de ser bautizados. Con esto se podría pensar que la Iglesia habría de alegrarse por ello, pero nada más equivocado. A la Iglesia esto le resultó incluso algo bochornoso. Y así se pudo leer después en la declaración del arzobispado de Múnich al respecto: «Aún y cuando muchos padres se pregunten si en un asunto tan importante pueden tomar ellos la decisión por sus hijos, sin el consentimiento de éstos», es sin duda «obvio» que ha de favorecerse un bautismo «lo más tempranamente posible». Que los sacerdotes no encuentren bien el bautizar a los niños con 8 o 10 años, no es de extrañar, pues eso va en contra del bautismo de los recién nacidos, y limita por ello el poder de la Iglesia. Los padres que rechazaban el bautismo de los recién nacidos y no bautizaban en seguida a sus hijos, fueron ya en tiempos de la Reforma perseguidos y ejecutados como «anabaptistas», tanto por la Iglesia católica como por la luterana.

     En el siglo III la Iglesia afirmó, tal como escribe el historiador Karlheinz Deschner en su libro «Y Una Vez Más Cantó el Gallo»: «...el primer grito del recién nacido al venir al mundo, que no sea un grito de queja..., sino el grito del niño reclamando el bautismo». Es así que hoy en día mediante el bautismo uno se hace miembro de la Iglesia con todas las consecuencias y efectos legales que esto conlleva. O sea que un recién nacido bautizado que recibe una herencia, en seguida tiene que pagar impuestos a la Iglesia. Ya una semana después de su bautismo tiene validez el que si recibe una herencia, tiene que pagar los impuestos a la Iglesia. El demonio es un buen negociante.

     Esto existe también en la Iglesia evangélica luterana. Hace algunos años, los padres de un recién nacido, que eran muy acaudalados, tuvieron que requerir los servicios de un abogado. Su hijo había sido bautizado por una enfermera en el hospital justo después de nacer, sin que sus padres fueran informados de ello. Cuando este bebé recibió pocos meses después una herencia muy cuantiosa, le llegó en seguida una notificación sobre la recaudación a favor de la Iglesia. Entonces se tuvo que iniciar primero un proceso, en el que hubo que ir a través de dos instancias para demostrar que este bautismo había sido un acto «forzado», porque los padres no tenían conocimiento de ello. La verdad es que el bautismo es siempre un acto forzado. Sin embargo, normalmente se dice que si los padres consienten este acto de imposición, es entonces algo permitido. Pero en el caso mencionado, ni siquiera los padres tenían conocimiento de ello, y la Iglesia no se avergonzó de reclamar impuestos a raíz de un bautismo hecho a la fuerza por una enfermera.

     En el siglo XIX hubo incluso un Papa, Pío IX, que fue beatificado sólo hace algunos años, que hizo quitar a sus padres a un niño judío que también había sido bautizado de urgencia por una niñera, y al que después lo hizo educar para ser sacerdote católico.

     Por tales ejemplos se debería estar al fin y al cabo agradecido, pues abren los ojos a todo ciudadano ingenuo y de buena fe. Quien se quita de los ojos la venda del adoctrinamiento y observa sin prejuicios las tradiciones de la Iglesia, no podrá dejar de sacudir la cabeza lleno de asombro ante tal cantidad de absurdidades. En el último ejemplo vemos claramente de qué se trata: se trata de dinero, de dinero y otra vez sólo de dinero. De absolutamente nada más.


El encubierto sentido del acompañamiento sacerdotal en la hora de la muerte.

     Incluso en el último sacramento, el de la extremaunción, justo antes de morir, se trata a menudo de dinero. La «extremaunción» tiene sus raíces más profundas en primer lugar en la medicina popular de los primeros tiempos. Ciertas clases de aceite tienen un efecto desinfectante. Ya en la antigüedad se sabía que las aplicaciones de aceite podían curar. Luego se pensó que el aceite podía sanar tanto el cuerpo como el alma. Se pensaba que el aceite podía incluso expulsar a los demonios. Por eso ya los sacerdotes de los tiempos paganos se apropiaron de esta unción con aceite haciendo de ello un ritual. Ungían, por ejemplo, a reyes, ungían a sacerdotes. En cualquier caso, mediante el ritual de la unción, el lazo —obligado— entre la casta sacerdotal y los correspondientes poseedores de cargos oficiales fue estrechado más firmemente. Los primeros cristianos conocían el efecto curativo de los aceites, los apreciaban como sustancias que reconstituyen y sanan el cuerpo y los aplicaban de manera correspondiente. Pero entre ellos cualquiera podía utilizar el aceite o llevar a cabo la unción. Por el Nuevo Testamento sabemos que una pecadora ungió con aceite los pies de Jesús de Nazaret. Los jesuitas Matthew y Dennis Lynn escribieron sobre este tema lo siguiente: «Hasta el siglo VIII la unción llevada a cabo por laicos no sólo era tolerada, sino que se propiciaba. Más tarde, sin embargo, la unción sólo quedó reservada a los sacerdotes».

     También aquí los sacerdotes se apropiaron de algo, lo monopolizaron y convirtieron en un ritual; con ello se hicieron indispensables porque sólo ellos podían llevarlo a cabo. Y así empezaron a acompañar a las personas en su último viaje, transmitiéndoles de manera mágica la impresión de que sólo ellos estaban en condiciones de ayudarlas en el momento de morir. Esto sucedió posiblemente también con la idea de que lo último que debería ver esta persona era un sacerdote y un ritual eclesiástico, una imagen con que la persona se va al más allá, y a la que queda también atada como alma. En muchos cultos paganos también se le da algo al fallecido, pensando que donándoselo en esta vida se puede influír sobre su alma en el más allá.

     En la práctica se trata hoy en día de un sacramento muy influenciado por el miedo, porque de esta manera el sacerdote se convierte en algo así como el mensajero de la muerte. Cuando aparece en la puerta con la botella de aceite para ungir, para el enfermo o el moribundo eso significa más o menos que: ahora ha llegado el de la guadaña.

     Precisamente en casos de defunción es también recomendable estar bastante alerta por otros motivos, pues en sus últimas horas muchas personas donan a la Iglesia una gran parte de su fortuna. Se conocen casos en que los herederos reaccionaron con suma indignación al enterarse de que poco antes del fallecimiento, en presencia del sacerdote había tenido lugar la transferencia de una fortuna a favor de la Iglesia.

     En la «extremaunción» se trata entonces de una mezcla de rituales de unción externos procedentes del paganismo, unidos a consideraciones y propósitos muy prácticos: aquí lo que se hace es ungir a alguien ingresándolo definitivamente en el cuerpo de la Iglesia, con lo que esta persona tal vez puede hacer después en lo terrenal algo a favor de la Iglesia. Un pensamiento «herético» al respecto: la persona en el lecho de muerte de cara al frasco de aceite cree ver al «de la guadaña». Esto es cierto en muchos casos, pues esta figura de la guadaña siega al mismo tiempo al moribundo sus últimas pertenencias.

     La caza de herencias fue realmente algo terrible. Ya en la antigüedad, la Iglesia predicaba en parte que era pecado dejar herencia a los hijos. Con ello se le decía prácticamente a la gente: si queréis ser buenos cristianos, donad vuestra fortuna a la Iglesia y no se la deis a vuestros hijos. Éste es también posiblemente el verdadero motivo del celibato, pues así se evitaba que los sacerdotes pudieran dejar en herencia legalmente algo de las propiedades de la Iglesia a posibles sucesores. Los descendientes ilícitos desde ya no tenían que ser tenidos en cuenta en la herencia. Ya en el siglo IV la captación o caza de herencias por parte del Papa Dámaso de entonces adquirió tan grande dimensiones que tuvo que intervenir el Emperador. Para no caer en la sospecha de ser herejes, a la hora de la muerte muchos terratenientes donaban a la Iglesia una parte de sus tierras o de su fortuna. Pues también un muerto podía ser acusado de herejía, para poder robar así toda la herencia a sus descendientes.

     El Papa Alejandro III ya en 1170 dispuso que ningún testamento que no estuviese hecho en presencia de un sacerdote era válido. Cualquier notario laico que redactase un testamento sin tener en cuenta esta disposición papal, era condenado con la excomunión. Además, la Iglesia reclamó para sí el derecho exclusivo de confirmar legalmente un testamento. Las herencias testamentarias a favor de la Iglesia, según ésta eran un remedio seguro para acortar el tiempo de sufrimiento en el Purgatorio. Así, el miedo al infierno no sólo hacía enfermar a los creyentes, sino que también aportaba y sigue aportando a la Iglesia grandes sumas de dinero. Por desgracia, hoy en día existe en este sentido un ámbito oscuro e impenetrable para obtener informaciones, y pocas veces llega un escándalo tal a la opinión pública. Pero cuando alguien agudiza los oídos y pregunta por aquí y por allá, se entera de que esto aún se sigue practicando a menudo.

     Interesante es ahora la pregunta: si un moribundo no recibe este último sacramento, ¿puede su alma a pesar de ello entrar en el Cielo, o la Iglesia lo ha vuelto a condenar una vez más?. Según la teología católica si el moribundo en el lecho de muerte no ha creído en uno de los dogmas católicos o si, por ejemplo —como recientemente lo ha señalado apasionadamente el Papa actual—, ha vivido en pareja sin «certificado matrimonial», se encuentra en un grave estado de pecado. Y si además no se lleva a cabo el acto mágico de la confesión, según el punto de vista de la Iglesia el alma de este moribundo va a parar irremediablemente al infierno eterno. La extremaunción se intenta combinarla con una especie de absolución. Si el moribundo aún está en condiciones de arrepentirse de sus pecados, puede ser que la unción sacada del frasquito de aceite le traiga la salvación en el último segundo, un concepto algo extraño por lo demás de lo que es la justicia. Pero si el moribundo ya no está en condiciones de recibir la unción proveniente del frasquito de aceite y muere en estado de «pecado grave», queda condenado —según la Iglesia— para toda la eternidad. En vista de estos hechos, parece ser que son más los condenados que los que regresan al hogar eterno. Y los hechos lo corroboran. De acuerdo con el dictamen eclesial, la mayor parte de la Humanidad está ya asándose en el infierno, y la mayor parte de los que ahora están vivos se encontraría también allí, en caso de que la enseñanza católica fuera verdad.

     Se dice que el Papa es el «conductor del orbe terrestre». ¿Hacía dónde conduce él a la Humanidad?: ¿al Cielo, hacia Dios, o a la condenación eterna, al infierno?. La respuesta a esta pregunta sólo puede ser: según su propia opinión, la mayor parte de la Humanidad va al infierno, porque la mayoría de las personas no cree en los dogmas que el Papa anuncia, y mucho menos los sigue. Por tanto, según la opinión del Papa, van a parar al infierno...


 ¿Hacia dónde conduce el Papa a la juventud?.

     En Agosto de 2005 tuvo lugar en la ciudad alemana de Colonia el Encuentro Mundial de la Juventud con el Papa. En un periódico aparecía una foto con muchos jóvenes, bajo el titular: «Papa Benedicto XVI, ¡condúcenos a Jesús!». Por tanto, estos jóvenes creen y esperan ser conducidos a Jesús, el Cristo. ¿Pero hacia dónde son conducidos en realidad?.

     Son conducidos de tal modo que tengan que colgar su entendimiento en el guardarropa. El Papa actual, cuando todavía era el cardenal Ratzinger y prefecto de la Congregación de la Fe, envió una carta al teólogo Tissa Balasuriya, de Sri Lanka, pidiéndole que se subordinase. Este teólogo tenía en algunos casos una opinión diferente. En esta carta estaba escrito lo que este teólogo tenía que firmar, entre otras cosas la frase siguiente: «Además, acepto con subordinación religiosa del intelecto y de la voluntad, todas las enseñanzas que imparten tanto el Papa como el colegio episcopal, cuando ejercen el magisterio regular, y también en el caso de que expongan estas enseñanzas en una forma todavía no definitiva».

     Es decir, que no sólo los teólogos, sino que todos los fieles tienen que subordinar su voluntad y sus enseñanzas, y creer también todo aquello con lo que haciendo uso de su entendimiento no pueden estar de ningún modo de acuerdo, incluyendo lo que no se anuncia de la manera solemne como en el caso de un dogma, sino todo lo que el Papa anuncia incidentalmente de por sí. El Papa Benedicto XVI conduce a la juventud ¿hacia dónde?. El Papa Benedicto XVI conduce a la Humanidad ¿hacia dónde?.

     Si de cara a los antecedentes y hechos expuestos consideramos toda la dimensión de los cultos, ritos, dogmas y ceremonias de esta religión, puede decirse que el catolicismo no es otra cosa que una mera religión de momias y reliquias, y hacia allí conduce también lógicamente el Papa a los fieles, porque todo este aparato de mentiras está basado en ello.

      ¿Y quién está sentado en la silla de San Pedro?. La pregunta se la puede responder todo aquel que observa los hechos atentamente. Los representantes de esta Iglesia llevan supuestamente el cuerpo de Cristo por las calles. Se comen este «cuerpo de Cristo». Los representantes de la Iglesia católica llevan huesos como amuletos colgados del cuello, celebran los llamados sacrificios de la misa sobre altares que contienen huesos. Ordenan a sus fieles que adoren huesos de muertos. Y creen que al final todos los huesos volverán a juntarse el día del Juicio Final.

     Si se toma todo esto en cuenta, uno se imagina que se encuentra en el Egipto pagano o en un círculo mágico, en un culto satánico, en un culto que eleva la materia a la existencia absoluta y que ha eliminado al Espíritu. Por eso, a la pregunta de quién está sentado en la silla de San Pedro, sólo puede haber una respuesta: alguien que es conducido por influencias demoníacas y que anuncia una enseñanza cuyo contenido es demoníaco y que no tiene nada, absolutamente nada que ver con la enseñanza de Jesús, el Cristo.


Los cristianos originarios se alzan en contra de la profanación del nombre de «Cristo».

     Ésta es la razón por la que nosotros los cristianos originarios nos ocupamos después de todo de esta religión pagana de culto, precisamente porque este clan pagano se arroga el derecho de ser cristiano. Si se llamara según lo que es, esto es, pagano, nadie tendría algo en contra. Pero que el nombre de Jesús, el Cristo, se utilice para conducir de esta manera a los seres humanos al engaño y a la confusión, es el motivo por el que los cristianos originarios se alzan y explican a la Humanidad el verdadero trasfondo de las cosas. Por eso nos dirigimos también a nuestros semejantes a nivel mundial con nuestra serie «Para personas con buena capacidad analítica ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?».

     Los cristianos originarios nos alzamos para rehabilitar el nombre de Jesús, el Cristo. Después de todo lo que sabemos ahora sobre las creencias paganas de culto de la Iglesia católica, de su culto idólatra, todo aquel que tiene una buena capacidad analítica puede reconocer que todo eso no tiene nada que ver con la enseñanza práctica y genial de Jesús de Nazaret. Y así como fue en todos los tiempos, también es hoy: el mundo divino no calla frente a todo aquello que se hace en su nombre, pero en sentido contrario a su sentido.

     En Abril de 2005, después de que un Gran Inquisidor alemán tomara posesión de la silla de san Pedro, habló Dios, el Eterno, a través de Gabriele, su profeta y mensajera para nuestro tiempo, a nosotros los hombres: «Yo soy el dios omnipresente que vive en cada persona y en todas las formas de vida de la Tierra, de todo el infinito. Yo no soy el dios de las tradiciones anquilosadas, no soy el dios de los dogmas ni de los ritos, no soy el dios que hace dependientes a los hombres y los ata a una religión artificial de culto pagano. Los cabecillas coronados de la Iglesia toman en sus labios mi nombre y el nombre de mi Hijo. Astutamente, con una intelectual retórica teológica, adhieren al pueblo a su enseñanza de la condenación, y hacen creer a las personas que yo estoy con la enseñanza de los seductores eclesiásticos, con sus tradiciones y sus ritos. Pero su corazón está frío y lleno de ansias de poder. Quien escenifica semejante juego de dogmas, no tiene idea alguna del Uno Universal, que soy yo, ni de mi Hijo».–


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