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viernes, 16 de marzo de 2012

Vida Universal - ¿Quién en la Silla de Pedro? (5)


     Y ahora presentamos las partes séptima y octava de esta serie de artículos que analizan en su contexto la génesis de ciertos ritos y expresiones de la iglesia de Roma. Sin duda se contienen en ellas, como en las otras, informaciones pertinentes que van respaldando las tesis centrales de esta visión del cristianismo bíblico-lógico, que no deja de ser sensata al menos.


¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro?
Séptima Parte
¿Qué Es «Santo» Para la Iglesia?
En Beneficio de la Silla de San Pedro:
Un «Santo» Póstumo.




Prólogo

     En los programas anteriores «Para personas con buena capacidad analítica – ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?», hemos documentado la manera cómo la Iglesia católica, y su agregado luterano, se desarrolló partiendo del paganismo hasta convertirse en una religión de culto y poder, que abusa del nombre de Jesús, el Cristo, para engañar a la gente. Hemos visto así cómo el culto católico, anclado totalmente en la tradición del paganismo, es lo contrario de lo que enseñó y enseña Jesús, el Cristo.

     Esta vez queremos ocuparnos de la pregunta de qué se esconde detrás del concepto de «santo». El ingenuo ciudadano medio asocia la palabra «santo» con cualidades positivas como puro, noble, altruísta; tal vez piensa incluso en Dios, puesto que de acuerdo con la enseñanza de Jesús, el Cristo, sólo existe uno que es santo, y éste es Dios, el Padre celestial.

     La palabra «santo» vive en estos tiempos en el culto católico una verdadera inflación. Allí a muchas personas se las asciende a la calidad de santos después de su muerte. ¿Qué requisitos han de cumplirse para que una persona sea hecha «santa» en el sentido del culto pagano católico?. ¿De qué índole deben ser las personas a las que se declara «santas»?. ¿Y qué caracteriza a las personas que creen en los «santos»?. Estos son sólo algunos aspectos sobre los que hoy los cristianos originarios quieren informar en su mesa redonda en relación con el término de «santo».


¿Por qué se canoniza a muertos, y no a los que están vivos?. Continuación del culto a los muertos proveniente de antiguos cultos paganos.

     Volvamos una vez más al punto de partida. Según la enseñanza de Jesús, el Cristo, hay sólo un santo, el Padre celestial. Si la silla de san Pedro está produciendo constantemente nuevos «santos», o bien califica de «santo» al que está sentado en ella, ¿no significa esto difamar, burlarse y escarnecer con ello abiertamente y de forma pública al gran Espíritu, al Padre celestial, Dios?. La respuesta a ello es sencilla: puesto que los que pertenecen a la silla de san Pedro son expertos en las Escrituras, se puede partir de la base de que la silla de san Pedro de esta manera calumnia conscientemente a Dios.

     Los profetas del Antiguo Testamento sabían acerca de la santidad de Dios, del Uno universal. La silla de san Pedro por el contrario niega esto, declarando a personas como «santas». A uno le resulta bastante paradójico cuando hoy en día escucha en una misa católica cómo durante la profesión de la fe se alaba a la «comunidad de los santos» y en cada esquina del interior de la iglesia se ve la figura de un santo.

     Las palabras de Jesús en Mateo 23:9 lo dicen muy claramente: «Ni llaméis a nadie "padre" vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el del cielo». La Iglesia, sin embargo, declara que el Papa es el «Santo padre». Por lo tanto, la silla de san Pedro calumnia a Jesús, el Cristo. Y lo hace de manera especialmente persistente en tanto incluso obliga a sus creyentes a creer en la existencia de los llamados «santos» que son nombrados por la Iglesia. En los documentos de la Iglesia se establece claramente: «Quien no crea en estos santos y no venere sus reliquias, que sea excluído».

     En el libro de enseñanza de la Iglesia católica de Neuner-Roos titulado «La Fe de la Iglesia en los Documentos de la Proclamación de la Fe», en el dogma N° 474 se lee: «De forma impía piensan, no obstante, los que niegan que se deba invocar a los santos en la eterna gloria del cielo...». Esto no sólo es lo contrario de lo que enseñó Jesús de Nazaret, sino también lo contrario de lo que hicieron los primeros cristianos, de cómo vivían. Ellos no veneraban a ningún santo; ni siquiera conocían esto. Ellos sabían que cada persona es un templo del Espíritu Santo, que toda persona debe aspirar a la perfección, y que Dios asiste a cada persona que le pide ayuda en este camino hacia el interior. Esto significa que no se necesita la mediación de sacerdotes ni tampoco de «santos», sino que uno se puede unir directamente con Dios, con Cristo, en el interior de sí mismo. Ésta era la enseñanza de los primeros cristianos y también su vida: El hombre es el templo de Dios, y Dios vive en el hombre, en lo profundo de su alma.

     Hay algo que da que pensar: ¿por qué se canoniza a los muertos y no a los vivos?. ¿Por qué ha de morir primero el cuerpo antes de que el hombre sea después hecho santo?. ¿Debe acaso el pueblo no darse cuenta de que el elegido no era en realidad tan santo?. Pues en el caso de un muerto se pueden difundir toda clase de historias posibles, muchas leyendas que engañan a otras personas, haciéndoles creer que aquél vivió «como un santo». A través del trato con la persona viva, en determinadas circunstancias se podría originar muy rápidamente una imagen totalmente distinta. Aparte de ello, la veneración de los muertos puede estar fundamentada también en el hecho de que en muchos cultos paganos, p. ej. en el antiguo Egipto, se cultivó el culto a los muertos. Al fin y al cabo el culto a los santos es una continuación de aquel culto a los muertos.


Los dioses del paganismo, ahora convertidos en católicos y con nuevos nombres, fueron hechos «santos», con sus diferentes y respectivos ámbitos de competencia.

     En la Iglesia católica se encuentran también paralelismos con las concepciones religiosas de Babilonia. Los babilónicos tenían unos 5.000 dioses y diosas, y al igual que los católicos creen de los santos, así también los babilónicos creían que en el pasado sus dioses fueron héroes que vivieron en la Tierra, pero que ahora estaban en un plano existencial más elevado. Cada mes y cada día del mes se encontraba bajo la protección de una divinidad especial. Para cada problema había una deidad, así como para cada profesión y para cada situación de la vida. Exactamente así lo encontramos también en el catolicismo. Ahora se les llama sencillamente «santos» y no «dioses», pero en realidad se trata de la misma idolatría; incluso se podría hablar de espiritismo, puesto que se invoca y venera a los muertos (en el más amplio sentido puede hablarse sin duda de «idolatrar»). Los paralelismos con la fe católica son por tanto evidentes. En ésta cada profesión tiene igualmente un santo para sí misma como patrono: hay santos para los pintores, para los abogados, los farmacéuticos, los confesores, los mineros, los destiladores, los libreros, los armeros, incluso para los guardianes de las prisiones, para los cambiadores de monedas, para los jardineros, los ujieres de los juzgados, los enyesadores, los sacerdotes, y no hay que olvidarlo: también para sus amas de casa. Incluso para los pilotos estadounidenses en la guerra, para los buscadores de tesoros y los soldados hay santos competentes. Igualmente para los sucesos más variados —una plaga de hormigas o algo que no se puede solucionar— también se puede invocar a un santo.

     Hay también santos que le han de ayudar a uno a saber qué hacer con su propia conciencia y con su propio espíritu librepensador. Existen, por ejemplo, santos contra los librepensadores. Hay un santo contra los remordimientos de conciencia; o sea que si alguien tiene una conciencia, puede rezar a ese santo y éste se la anula de nuevo. Lo interesante es que este santo es Ignacio de Loyola, fundador de la orden de los jesuítas, quien, entre otras cosas, dijo: «Para servir en todo a la verdad, debemos creer que lo que uno considera blanco, es en su lugar negro, si la Iglesia jerárquica lo determina así». También hay santos contra el ansia desenfrenada de bailar, para la lotería, o si alguien busca juegos de azar. Para el teléfono y también para Internet, para todo esto se puede invocar a los santos.

     Preguntémonos ahora: todos estos denominados santos ¿han realizado milagros en su vida para que acto seguido se les pudiera canonizar?. ¿Cuáles son entonces los requisitos para convertirse en «santo?.

     Existen dos aspectos que deben darse como precedentes de la canonización: por un lado la fama de la santidad y de haber tenido una vida ejemplar, y por otro la fama de haber hecho milagros. Como ejemplo se cita la historia del obispo Eligio de Noyon, santo patrón de los herradores y orfebres, de los carroceros y de los veterinarios, con la siguiente —dicho en el más amplio sentido de la palabra— «legendaria» historia: Eligio de Noyon, que vivió en el siglo VII, era herrero. Se cuenta de él que a un caballo obstinado, al que había que herrar, simplemente le cortó la pata y después de poner la herradura a la pata, le volvió a colocar ésta al caballo. O sea que se llevó la pata a su taller, le colocó la herradura y cuando de nuevo estuvo afuera volvió a poner la pata al caballo allí donde correspondía. Esto dice la leyenda. Por ello Eligio es venerado ahora como patrón de los herradores.

     Estas leyendas son a menudo tan realmente ridículas que hasta la enciclopedia católica dice también de forma muy sincera que no son cristianas, sino que han sido cristianizadas y se han retomado del paganismo. En parte son leyendas disparatadas e inverosímiles. Pero lo que es mucho peor es que se haya canonizado a muchas personas criminales, y aquí el asunto se vuelve realmente macabro.

     Un motivo por el que alguien debe estar muerto antes de ser canonizado podría ser igualmente el hecho de que esta persona puede que tal vez no esté de acuerdo con este acto. Pues a los «santos» no se les pregunta directamente si desean convertirse en santos. Más de alguno de ellos podría tal vez decir entonces: «Yo no puedo ayudar en absoluto contra una plaga de hormigas», «no puedo ayudar al herrero», o bien «tampoco puedo ayudar al piloto en la guerra». O puede que tal vez tuviese miedo de que sus delitos salieran a la luz del día, por lo que posiblemente él no estaría de acuerdo con ser canonizado. Por ello sin duda se puede pensar que también por este motivo la canonización de la persona involucrada se realiza sólo después de su muerte.

     Todo esto es por tanto un culto a los muertos, y al fin y al cabo espiritismo: invocación de los muertos. ¿Y qué dice la Iglesia sobre el espiritismo?. Ella prohíbe el espiritismo sólo en el caso de que otros se ocupen de él. Ella misma lo practica en la actualidad, por ejemplo, en los exorcismos. En Roma hay cursos para aprender la manera cómo se debe expulsar a los demonios de la gente, y con tales actos exorcistas ya han fallecido muchas personas.

     Preguntémonos ahora: ¿qué hacían los paganos en este sentido?. ¿Tenían también formas de espiritismo?. ¿Tenían también un culto a los muertos?. Se sabe, por ejemplo, que en el culto a Mitra los héroes tenían una función semejante a la de los «santos» en el catolicismo. Se trataba de muertos que en vida habían alcanzado mucho prestigio y que legaban después una gran fortuna. En los lugares donde habían actuado se construía un pequeño templo, lugares conmemorativos hacia donde la gente peregrinaba. En esto podría verse un modelo para la veneración de los santos en la actualidad.

     Si observamos más concretamente, preguntándonos por qué se reza a los «santos», reconoceremos un antiguo prototipo: se cree que se necesita a alguien que apacigüe al «dios» encolerizado, lo suavice y lo vuelva misericordioso. Volvemos así una y otra vez a la postura pagana inicial de que Dios es un dios iracundo y vengativo; si la persona quiere ser escuchada por él, necesita de un intermediario que apacigüe a ese dios, sea a través de aquellos sacrificios brutales de los que ya hemos hablado, sea a través de muertos que han sido elevados a la calidad de «santos» y que podrían hablar bien de uno ante «Dios».

     En relación con esto resulta interesante una declaración de la enseñanza de la Iglesia católica, que dice: Las almas de los fallecidos reposan en la tumba hasta el último día, llamado también el día del Juicio Final, es decir hasta el día de la resurrección. Uno se pregunta entonces: ¿no son los «santos» también almas?. ¿No reposan también en la tumba hasta el último día, el de la resurrección?; ¿o cómo es esto realmente?.

     Aquí se hace evidentemente una excepción. En cualquier caso el Concilio de Trento (de acuerdo con lo dicho en los Nºs 901/902 de Neuner-Roos) ha determinado lo siguiente: «Los santos, que reinan junto con Cristo» —aquí vemos por consiguiente que no descansan en la tumba, sino que «reinan« junto con Cristo— «presentan ante Dios sus propias oraciones por los seres humanos. Es bueno y útil implorarlos suplicando para recibir apoyo, ayuda y protección a través de sus oraciones, y aún más, para recibir la gracia de Dios». De esto se puede deducir que indudablemente estos «santos» después de la muerte del cuerpo no yacen en la tumba sino que van directamente al Cielo.


Asesinos, criminales... ¿ahora presuntos santos que reinan en el cielo «junto con Cristo»?. Peligrosos nombres de patronos.

     Básicamente cabe hacerse aún otra pregunta: ¿por qué se necesitan intercesores ante Dios si el Papa mismo es el «conductor del orbe terráqueo»?. Con ello él debería tener el poder para guiar, conducir todo, precisamente como conductor del orbe terráqueo. ¿Por qué se necesitan entonces los denominados intercesores, los santos?. Y todavía una pregunta más: si existen tantos santos, ¿por qué hay tanta miseria en la Tierra?. ¿Qué clase de personas han sido aquellas que fueron hechas santas?. Por un lado eran indudablemente criminales, y por lo tanto no pueden de ningún modo estar reinando con Cristo en el Cielo ni pueden mejorar la Tierra. ¿Qué puede resultar de bueno si, p. ej., se reza a un Constantino, o a un Carlomagno, quienes llevaron a cabo homicidios en masa?.

     Juan Pablo II, por ejemplo, poco después de tratar de ganarse en Israel las simpatías de los judíos, beatificó a Pío IX, un Papa que hizo secuestrar a un niño judío, haciéndolo educar como católico para hacerlo finalmente sacerdote. Un Papa que hizo construír un ghetto judío en su Estado Pontificio, en el que los ciudadanos judíos tenían que vivir en condiciones miserables. Esto sólo como un ejemplo reciente sobre lo que la Iglesia católica entiende por «beatificado» o «santo». Sin embargo, Pío IX no fue beatificado debido a estas acciones, sino porque proclamó la infalibilidad del Papa; esto es lo que vale para la Iglesia. Él reclamó el derecho a establecer que el Papa es infalible en cuestiones de la enseñanza de la fe y que tiene el primado de jurisdicción, esto es, la más alta administración de la justicia sobre todos los soberanos de la Tierra. Esto lo proclamó Pío IX como dogma en el año 1870 y es algo decisivo para la Iglesia: alguien que fortalece de este modo el poder de la Iglesia tiene que ser recompensado de manera correspondiente. Que además hiciera muchas otras cosas, calificables en el fondo de actos delictuales, es algo que simplemente se ignora.

     ¿Y cómo es con el emperador Constantino, que fue responsable de innumerables crímenes?. ¿También él fue canonizado por la Iglesia?. Constantino fue realmente un criminal. La meta de sus actos fue sin excepción el procurar ampliar su poder. En el año 310 hizo ahorcar a su suegro, el emperador Maximiano; a su cuñado Licinio lo hizo estrangular; al hijo de éste lo degradó a esclavo e hizo que se le matara. A Crispo, su hijo del primer matrimonio, y a Fausta, su mujer, los hizo asesinar porque sospechaba que mantenían relaciones entre sí. Por tanto está fuera de toda duda que Constantino era un criminal.

     En el santoral católico Constantino es incluído como santo; su veneración está así permitida por la Iglesia católica. Pero de hecho él no fue realmente canonizado, lo que no tiene que ver con su carrera criminal, sino con el hecho de que había sido bautizado por un miembro del arrianismo, Eusebio, que más tarde fue proscrito como hereje. Por ello falta el reconocimiento formal de Constantino como santo, no por la vida que llevó, sino a causa de un formalismo católico. Pero venerarlo como santo sí que está permitido.

     La Iglesia dice también que quien está en ese santoral es el patrono del nombre. Si a un niño se le pone ese nombre, automáticamente le está asegurada la intercesión de este patrono. O sea que Constantino, según la enseñanza de la Iglesia católica, asegura su intercesión a todos los que hoy en día se llaman Constantino. Dadas estas circunstancias, la persona despierta y con capacidad analítica podría sacar sus conclusiones, y preguntarse: ¿Hay por esta razón tantos crímenes en nuestro mundo?. La respuesta lógica podría ser: quizás es éste uno de los motivos, pues muchos de los llamados santos, que deberían formar un puente hacia Dios, fueron ellos mismos unos criminales, como queda claramente manifiesto en el ejemplo de Constantino.

     Otro ejemplo sería Carlomagno. Él tampoco fue hecho santo con un proceso formal de canonización, pero es venerado frecuentemente como santo, a pesar de que era un asesino que ordenó homicidios en masa. Durante 44 años llevó a cabo guerras sin interrupción, y masacró y asesinó a miles de personas. No obstante, es considerado como una de las figuras de santos más grandes de la Iglesia católica. Más adelante, esta criminalidad, que después sería santificada, será aplicada a algunos Papas. Hubo Papas que como inquisidores fueron responsables del asesinato de muchos de sus semejantes y que después fueron canonizados.

     Se debería tener claro qué consecuencias puede tal vez tener esto para el creyente en particular. Si el ingenuo y piadoso hombre reza entonces a un asesino de masas, ¿podría ser entonces que éste sea inspirado por las obras de aquel?. Según el conocido principio de que lo igual atrae siempre a lo igual, y lo influye, esto es posible sin lugar a dudas. Por esta razón un hecho que da motivo a muchas dudas es el que cada dos años en la ciudad alemana de Aquisgrán se conceda el llamado «Karlpreis» (Premio Carlomagno). Los políticos europeos peregrinan hasta Aquisgrán para que se les entregue un premio que lleva el nombre de Carlomagno, quien cometió un crimen tras otro, y al que en la actualidad a pesar de todo se le considera como «el gran padre de Europa».

     La persona con buena e insistente capacidad analítica continuará preguntando: ¿No podría ser que este premio sea un premio de asesinos, que se otorga a su vez a determinadas personas que, por ejemplo, tienen características semejantes a las de Carlomagno?. Si se sabe que todo es energía —y esto en la actualidad está demostrado científicamente—, este premio también tiene la energía del patrono que le dio su nombre. El contenido de toda esta entrega de premios y de todo lo que está por detrás es un determinado campo de energía. Y tanto si se es consciente de ello o no, uno se mueve como premiado en ese volumen energético. De esta manera el espíritu de Carlomagno continúa actuando posiblemente en mayor o menor medida también en los premiados.

     Todavía cabe preguntarse: si Carlomagno es tenido como «santo», ¿cuáles fueron sus milagros?. ¿El asesinato?. Sus milagros fueron cruzadas en las que aniquiló a sus enemigos. Su «milagro» consistió, además, en que mediante asesinatos y matanzas construyó un reino a fuerza de saqueos, del cual finalmente surgió Europa. Por ello se habla de Carlomagno como del fundador de Europa. Tengamos presente que uno de los hechos de Carlomagno, de gran significado para la Iglesia, fue que obligó a ser católicos a todos los pueblos que sojuzgó, y a la vez exterminó sin consideración a los que no se dejaron convertir. Carlomagno llevó a cabo durante 30 años guerras contra los sajones, quienes en aquel entonces eran paganos. Y en la ciudad de Verden, a orillas del río Aller, hizo matar a 4.500 prisioneros sajones, porque éstos eran a su modo de ver muy testarudos. Dictó las llamadas «leyes de sangre» contra los sajones, que establecían que: quien no cumpla las leyes de ayuno, será ejecutado. Quien no se deje bautizar, será ejecutado. Quien robe a una iglesia, será ejecutado. Con respecto a las leyes de ayuno hay que decir que a Carlomagno mismo no le gustaba mucho ayunar. En la literatura se dice que «su cuerpo lo rechazaba». Se puede constatar con frecuencia que los soberanos no cumplían las leyes que ellos mismos habían dictado.

     Carlomagno hizo entonces que se extendiera la fe católica haciendo uso del poder de las armas. Y lo que fue aún más importante para la Iglesia: él introdujo —también con el poder de las armas— el diezmo para la Iglesia. Esto fue muy importante para la silla de san Pedro. Y un tercer aspecto aún: como primer soberano del reino germano de aquel entonces, él se hizo coronar por el Papa, el Papa León. Esto quiere decir que con ello dio lugar a la unión entre el trono y el altar, que después se mantuvo durante muchos siglos y que condujo a sangrientas guerras civiles en el reino alemán. La alianza que Carlomagno hizo con la Iglesia tenía ventajas para ambas partes: el Papa pudo fortalecer su posición, aumentar su aureola por haber coronado al Emperador; y el Emperador Carlos por su parte pudo hacer legítima su dinastía, que era una dinastía de usurpadores del trono, ya que su abuelo llegó al poder usurpando el trono.

     Considerándolo detenidamente, Carlomagno puede ser por lo tanto venerado como santo porque asesinó en beneficio de la Iglesia. En los relatos históricos, hasta el día de hoy es denominado «Grande», el Magno, aquel que ha saqueado grandes territorios. Fueron, pues, sus crímenes los que le valieron a Carlos el sobrenombre de «el Grande», el «Magno». Por otro lado, a quien mata a su vecino y desvalija su casa, se le considera por lo general un asesino y ladrón. Esta es la esquizofrenia de la Historia que ha sido legada hasta nuestros días. En la catedral de Aquisgrán hay un libro pequeño que está escrito para niños, y en el que se lee: «Carlomagno recorrió toda Europa para defender las fronteras de su reino». Quizás dentro de mil años se escriba sobre Adolf Hitler que él «recorrió toda Europa para defender las fronteras del Reich alemán en Stalingrado y en Moscú». Ésta sería aproximadamente la misma lógica. Y considerando todo con la misma consideración lógica, tal vez habría que preguntarse si también Hitler no podría llegar alguna vez a ser canonizado. Pero esto seguramente no sucederá. ¿Y por qué no?. Porque Hitler actuó para su Reich, pero no para provecho y «honra» de la Iglesia católica romana.

     Si partiendo de Carlomagno extendemos ahora un poco más nuestras apreciaciones, a muchos otros que asesinaron por la Iglesia, por ejemplo, en las Cruzadas, también se les premió con la calidad de «santos». Un ejemplo de ello sería el Papa León I. También él persiguió de forma inmisericorde a los que tenían otra fe, a los maniqueos, casi tan sanguinariamente como un inquisidor. También él ayudó prácticamente a la Iglesia a conseguir más poder, y fue hecho santo después del asesinato de quienes tenían otra creencia. El Papa León I no sólo fue canonizado, sino que fuera de eso, como uno de dos Papas fue nombrado doctor de la Iglesia. León I prohibió a los católicos todo contacto con no-católicos y exigió que se les menospreciara. Dio la orden de huír de los no-católicos «como veneno mortal, aborrecedlos, apartaos de ellos, evitad hablar con ellos». «¡No hay que tener ninguna relación con aquellos que son enemigos de la fe católica y que sólo son cristianos de nombre!». Éste es «el tono original» de León I el Grande, uno de los «santos» de la Iglesia católica.

     En vista de estas explicaciones, el no llamar las cosas por su nombre sería encubrir los hechos. Lo que aquí sucede —y esto además bajo el nombre de «cristiano»— es en verdad algo demoníaco, pues Jesús, el Cristo, nunca jamás enseñó estas cosas. Él fue un hombre de paz, un hombre de unidad, un hombre de amor que nos enseñó que nuestro Padre eterno es un padre del amor, al que representó mostrándonoslo con su ejemplo. Él dijo: «Quien tome la espada, morirá bajo la espada» (Mateo 26:52). Él fue y es el príncipe de la paz. ¿A quién representa aquel que apela al separatismo, al desprecio y a la enemistad?. ¿Y qué es la Iglesia, que está a favor del asesinato y de la matanza?. Considerando todo esto, es sorprendente que en este mundo tantas personas, en su propia estrechez de miras, no vean ni reconozcan o no quieran ver ni reconocer lo que es totalmente evidente. De otro modo la gente debería protestar violentamente cuando a personajes como Carlomagno se les venera de la manera como se hace en Europa; de igual modo muchos deberían haber protestado airadamente cuando el Papa Juan Pablo II recibió con tanto agrado este premio tan manchado de sangre.

     Aquí se ha dado un intercambio de energía desde el siglo IX hasta el siglo XXI. El Emperador asesinó y fortaleció con ello el poder de la Iglesia; a consecuencia de esto la Iglesia deja que se le venere como santo. Mil años más tarde su representante máximo recibe un premio al que se le ha dado el nombre de aquel criminal. ¿Cómo un Papa que recibe tal distinción podría disculparse al mismo tiempo con sinceridad por los crímenes de sus antecesores?. Él de ningún modo lo hizo. Con algunas palabras que no decían mucho en sí, sólo echó un poco de arena en los ojos de los creyentes de buena fe y de sus ingenuos contemporáneos. Juan Pablo dijo aproximadamente que tan sólo algunos cristianos descarriados habrían escenificado las Cruzadas y que algunos cristianos extraviados habrían sido los que cometieron crímenes en Sudamérica. Y él encubrió —dicho más claramente: incluso celebró– las crueldades cometidas durante la conquista de Sudamérica, diciendo que eran una «culpa propicia», una culpa feliz.


Grandes Inquisidores en el trono papal. La «Santa» Inquisición: mofa y escarnio de Cristo

     Si se dice más o menos así, que «algunos cristianos descarriados» habrían hecho aquello, más de alguien recordará lo que el Papa actual dijo sobre la Inquisición. Ratzinger, en aquel entonces todavía cardenal, se manifestó al respecto en una entrevista transmitida el 3.3.2005 en el programa de la primera cadena de televisión alemana ARD titulado Kontraste: «Gran Inquisidor es una clasificación histórica; de alguna manera estamos en su continuidad. Pero según nuestra conciencia del derecho, intentamos hacer hoy aquello que se hizo con los —en parte criticables— métodos de entonces. Sin embargo, debe decirse que la Inquisición constituyó el progreso de que nada más podía ser juzgado sin ser inquirido, es decir, que primero tenían que hacerse investigaciones». Uno se pregunta entonces si el Papa actual no pertenece igualmente a las filas de los cristianos descarriados de aquel tiempo. ¿Cómo se podría explicar entonces que a las pocas semanas de fallecer su antecesor quiera ya beatificarlo y hacerlo santo lo más rápido posible?. Con ello él continúa con la funesta y sangrienta tradición de su Iglesia, y establece un vínculo con la Inquisición, que hoy ya no puede dar coces en todas las direcciones como hace algunos siglos, pero que en el fondo lleva en sí la misma intolerancia de siempre.

     Hubo tres grandes inquisidores que después llegaron a ser Papas; dos de ellos también se llamaron Benedicto, como el Papa actual. En el siglo XIV fue el Papa Benedicto XII, que como obispo Jacques Fournier en la ciudad de Pamiers, a los pies de los Pirineos, se ocupó de la sangrienta persecución y exterminio de los últimos cátaros que quedaban, y que en parte llevó a cabo personalmente los interrogatorios e hizo que ardieran las hogueras. Después vino Benedicto XIV en el siglo XVIII, que dictó la pena de muerte para quienes hacían mal uso de las hostias para fines mágicos, incluso para quienes lo hacían por primera vez.

     Sólo existen dos Papas a quienes se les hizo santos después del año 1400. Uno de ellos fue Pío V, que vivió en el siglo XVI y actuó como Gran Inquisidor. Siendo Papa, Pío V continuó con aquellas prácticas. En el libro «El Vaticano como Poder Mundial», el autor Josef Bernhard escribe sobre Pío V: «Durante su vida siguió siendo el verdadero monje mendigo... Pero el peligroso y gran pensamiento de ser un instrumento de la divina providencia se apoderó de él. El ansia que lo consumió también habría de consumir a otros. Enérgico, y rayando con la dureza, impuso la disciplina eclesiástica. Duro hasta la crueldad, cumplió con la voluntad que a él le parecía ser la de Dios. Según su arbitrio, el tribunal de fe no sólo había de tratar los casos de los herejes, tanto si hablaban como si callaban, sino que también de aquellos que ni sabían que lo eran. Por ser seguidor de un renacimiento de la fe, Pietro Carnesecci, hasta entonces influyente secretario de Clemente VII, fue decapitado y quemado por él. Incluso a una de las cabezas del concilio, su pío y devoto hermano de orden, Carranza, arzobispo de Toledo, le recayó la pena de encierro en las mazmorras de Roma. Contra Isabel de Inglaterra, donde estaba avanzando con fuerza la renovación, la Reforma, proclamó el anatema, es decir, la maldición; la declaró destronada, y a sus súbditos los absolvió del juramento de fidelidad, y de esta manera suscitó la desgracia de la persecución de todos los papistas como secta peligrosa para el Estado».

     O sea, un fanático en grado extremo en el trono del Papa, pero que fue hecho santo. ¿Cuál fue su «mérito»?. Pio V hizo quemar vivos a cientos de herejes. Él fue también responsable de la persecución de los judíos de aquella época, haciendo que de ellos se hicieran siervos y esclavos. Fue responsable de asesinatos, matanzas y guerras, bajo el lema: «¡No hay que tener piedad con los enemigos de Dios!». Y hoy vuelve a estar sentado un Gran Inquisidor en el trono papal, puesto que el Papa actual, Benedicto XVI, fue como cardenal el responsable de la Congregación para Asuntos de la Fe, la organización que sustituyó a la «Santa Inquisición». El Papa actual naturalmente sabe (también desde su punto de vista) que algunas cosas no han funcionado bien, habiendo sido además en gran medida él mismo responsable de la redacción del Catecismo, donde se lee de modo muy hipócrita que tales cosas como asesinatos y violencia «impiden la fuerza de irradiación de la santidad de la Iglesia», pero que al mismo tiempo «la Iglesia también tiene el poder de liberar a sus hijos e hijas de la culpa de los pecados».

     Esto quiere decir —lo que está tan claro como la luz del día— que lo que no está en orden se puede eliminar simplemente, y entonces, un hombre tal es después de todo santo e irradia y se convierte en representante de la fuerza de irradiación de la Iglesia. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿por qué los seres humanos toleran tal hipocresía?. Ya el sólo hecho de hablar de «Santa Inquisición» es una burla y un escarnio. ¿¡Qué puede tener de santo el asesinar y matar!?.

     También la expresión «la santidad de la Iglesia» es mencionada muy a menudo en relación con asesinatos y matanzas. ¿Podría ser que para la religión de culto católico y pagano la palabra «santo» tenga un contenido completamente diferente al que le atribuyen, por ejemplo, los verdaderos cristianos?. ¿Significa «santidad» tal vez algo así como: «De utilidad para nosotros, la Iglesia católica, para nuestros fines»?. Que esto no es algo sacado de la nada lo demuestra una cita de Benedicto XIV, esto es, el Papa a quien por el nombre se remite hoy el Papa actual. Aquél «era de la opinión de que las pretensiones de santidad por parte de un Papa se deberían medir verdaderamente por su aplicación en el mantenimiento y difusión de la fe católica, por el cumplimiento y el restablecimiento de la disciplina eclesial y la defensa de los derechos de la Santa Sede». Aquí se habla clara e inequívocamente. Así pues, lo que tiene validez es: quien más amplía el ámbito de poder de la Iglesia, será declarado santo. La persona con buena capacidad analítica ciertamente no podrá liberarse de pensar: Lo que la silla de san Pedro califica como «Iglesia de Cristo», ¿no es más bien una obra demoníaca?.


Ridiculez criminal, totalitarismo, dictadura de tipo religioso: ¿por qué la Humanidad ha dejado tanto tiempo que se la engañe?.

     En realidad, lo que aquí se practica es una dictadura religiosa. Y lo que es muy sorprendente es que en un mundo que añora condiciones democráticas, se acepte de forma tan natural este totalitarismo de tipo religioso.

     Esto nos lleva de nuevo a la pregunta: ¿Cómo se explica el fenómeno de que la Humanidad se esté dejando engañar durante tanto tiempo con esta, en gran medida peligrosa, ridiculez criminal?. Cuando se investiga un poco, se constata que una y otra vez ha habido personas que han llamado la atención sobre las fechorías cometidas en el ámbito de la Iglesia católica. Por ejemplo, Helvecio, un filósofo francés del siglo XVIII, decía: «Al leer sus leyendas de santos, uno se encuentra con el nombre de miles de criminales hechos santos». Existen también muchas otras citas que hablan de manera parecida. Por ejemplo, en los libros del historiador alemán Karlheinz Deschner, esta religión de culto está claramente clasificada como criminal. ¿Cómo es posible entonces que los seres humanos sigan siendo engañados una y otra vez por esta religión criminal de culto?.

     Un motivo esencial es que la gente sabe en general muy poco sobre las personas a las que esta organización llamada «Iglesia católica» ha canonizado. La gente no sabe cuántos criminales había entre ellos. Además, tampoco sabe qué superstición se esconde detrás de lo que se denomina adoración de los santos. Especialmente sorprendente es naturalmente que en el siglo XXI, en el que todo se basa en las ciencias de la Naturaleza, esta superstición pueda celebrar un tan feliz renacimiento. Y nadie dice: «Esto es absurdo», cuando el Papa actual, que se precia de ser un hombre especialmente culto, espera los primeros milagros que tiene que hacer ahora su antecesor para que pueda ser beatificado y canonizado lo más rápido posible. A decir verdad, tal comportamiento de la Silla de san Pedro debería provocar una carcajada a nivel mundial. Y si no fuera tan triste, sería realmente algo divertido. La razón de que sea triste es porque de esta manera la Iglesia traiciona de nuevo de forma masiva a Jesús de Nazaret y, sin embargo, se remite verbalmente a él, escudándose con su nombre.

     Pensemos en lo siguiente: Ni una persona ni un muerto pueden por su propia fuerza ayudar a otra persona, ni sanarla, ni hacerle ningún tipo de bien. Cuando las personas rezan ahora a uno de los llamados «santos», no sólo creen en el «santo», sino que sobre todo creen en Dios. Creen que Dios posiblemente puede actuar a través de ese «santo». En realidad, las personas rezan a Dios, aunque adoren el nombre del llamado «santo».

     «La fe», así lo dijo también Jesús, «mueve montañas». Esto quiere decir que si los hombres creen en Dios, la fe firme y la entrega a Dios pueden mover montañas en ellos, lo que significa que cosas negativas se transforman en positivas; la persona puede experimentar sanación y ayuda; puede ser llevada y conducida por Dios. O sea que en realidad el creyente no reza directamente al «santo», sino que reza a Dios, con fe en Dios. Y cuando reza sólo con fe en el santo, al que reza no se le puede otorgar la sanación porque el santo no puede mover montañas. Esto sólo lo puede hacer Dios.

     Sin embargo, el punto neurálgico de la cuestión es que mediante la adoración a los santos la Iglesia vuelve a conducir a las personas lejos de Dios. En vez de aconsejarles que se dirijan de forma directa a Cristo y al Padre amoroso, el dios todopoderoso, se les recomienda implorar la ayuda de alguno de los santos. De este modo entregan su energía no a Dios, sino que presentan sus peticiones, su devoción, a este cuestionable santo, que incluso a veces fue un criminal. (...)

     Toda persona con buena capacidad analítica podría también ella misma observar esto, sacando de ello las conclusiones correspondientes. Es de suponer que también los propietarios de la silla de san Pedro saben muy bien de estas relaciones. Saben que ni sus «santos» ni ellos mismos pueden llevar a cabo ningún milagro. También el Papa que ahora está esperando ser canonizado, Juan Pablo II, del que se dice que habría sanado a algunas personas por medio de milagros, sabía que no podía sanar a nadie. Esto se demuestra ya en el hecho de que él mismo no confió en su fuerza sanadora, sino en el arte de los médicos, hasta llegar incluso a la operación de la tráquea.


El Papa, que sabe de quién él es el representante, tiene la presunción de poner su sufrimiento en relación directa con el de Jesús en la cruz.

     Delatora resulta también la siguiente situación: ante la pregunta de por qué no se retiraba de su cargo por motivos de enfermedad, Juan Pablo II, respondió: «Jesús tampoco se bajó de la cruz». El Papa estableció entonces un paralelismo comparando su sufrimiento físico con el sufrimiento de Jesús de Nazaret en la cruz. Llevemos adelante de manera lógica esta argumentación y preguntemos: ¿Fue también Jesús de Nazaret en aquel entonces a una clínica?. Una respuesta puramente lógica sería: Él no podía hacerlo porque estaba sujeto por los clavos. ¿No deja algo en claro esta correlación de pensamientos?: La declaración del Papa es puro cinismo. Un hombre que pertenece al grupo de aquellos que llevaron a Jesús a la cruz, más aún, que al fin y al cabo lo clavaron en la cruz y lo mataron de forma brutal, se compara ahora —casi como «autor de los hechos»— con la víctima.

     Uno se pregunta: si el hombre que era Juan Pablo II, quería sufrir los dolores al igual que Jesús, ¿por qué no soportó entonces su enfermedad?. ¿Por qué se dejó ayudar entonces una y otra vez por los médicos?. ¿No es una gran presunción que una persona se compare con Jesús de Nazaret y ponga el sufrimiento de Jesús en la cruz en relación directa con el suyo propio?. Y se trata entonces de una arrogancia muy especial cuando lo hace un miembro de la casta sacerdotal, más aún, el sacerdote principal de aquella casta que fue responsable de la muerte de Jesús de Nazaret hace 2.000 años. ¿Y no es también por ello una arrogancia desmedida, por el hecho de que él presida una organización que ha traicionado a Jesús de Nazaret no sólo desde hace 1.500 años, o aún más, desde hace 2.000 años, y porque además ha traicionado al maestro de la paz hasta en el pasado más reciente?. Esto sucedió, p. ej., cuando el Papa Juan Pablo II durante la guerra de Yugoslavia declaró: «Nosotros no somos pacifistas». Con ello permitió y justificó el bombardeo de Yugoslavia, en contra de todo lo que enseñó Jesús de Nazaret. Y este hombre tuvo la presunción de comparar su sufrimiento con la muerte de Jesús en la cruz. A pesar de que él sabe muy bien de quién él es en verdad el representante, no tiene ningún escrúpulo en colocarse al mismo nivel que Jesús, el Cristo.

     Del hecho de que este hombre fuese a pesar de todo a una clínica, ¿no se debería sacar como conclusión que el Papa —y con él muchos otros hombres de la Iglesia— no cree para sus adentros que los santos en realidad puedan ayudar, o que él mismo tenga la fuerza que se le atribuye como «conductor del orbe terrestre»?. ¿No está él en el fondo completamente convencido de que todo esto no es cierto?. También se podría preguntar: ¿Por qué él no se dirigió entonces a la Madre de Dios, a la que presuntamente tanto venera, o se ayudó con la llamada virgencita de barro para raspar o con los denominados sellos comestibles, de los que ya hemos oído hablar?.

     En vista de todo esto, uno llega cada vez más al convencimiento de que toda esta parafernalia, todo el culto pagano, sólo está pensado para creyentes tontos. Aquellos que viven en el lujo y la pompa que resulta de estos hechos, en realidad no creen en ello. Goethe lo expresó muy significativamente cuando dijo: «Hay muchísimas cosas absurdas en los dogmas de la Iglesia, pero ella quiere dominar, y para ello tiene que tener una masa estúpida de gente que se humille y tienda a dejarse dominar. El ricamente dotado alto clero no hay nada que tema más, que el que haya alguien que instruya y enseñe a la gente de las masas más bajas de la población».


Canonizaciones, reliquias, órdenes, títulos nobiliarios: lucrativas fuentes de ingresos para la silla de san Pedro.

     ¿Por qué hay precisamente en los últimos tiempos una inflación tan grande de beatificaciones y canonizaciones?. ¿Qué podría estar detrás de ello?. Un motivo podría ser que el Vaticano gana bastante dinero con este asunto, pues un proceso de estos cuesta unos 250.000 euros. Estos gastos por lo general son pagados por quien hace la petición, es decir, por las diócesis o las órdenes, y son una importante fuente de ingresos para el Vaticano, como puede leerse en el Diccionario Ecuménico de Santos. De esto, dicho sea de paso, se dieron cuenta también los protestantes después de la Reforma. En el credo de los protestantes luteranos del siglo XVI se dice sobre la Iglesia católica y el culto a los santos: «Esto mismo» —es decir, el culto a los santos— «no lo han inventado para venerar a los santos, sino para defender sus negocios monetarios y su feria anual, que les procuran mucho dinero».

     En el libro «Los Príncipes de la Iglesia», su autor, Horst Herrman, escribe sobre las canonizaciones y beatificaciones: «El Vaticano no invierte ni una lira en una canonización; se deja pagar por todo... empezando por las primeras compilaciones de actas hasta la misa festiva papal, con la que se termina el proceso (10.000 dólares por el alquiler de la Basílica de san Pedro)». Entretanto esta suma debería ser más alta, pues el libro se publicó hace 20 años.

     En su libro «Los Ayudantes de Dios», el escritor Kenneth Woodward cifra la suma total de una canonización en 250.000 dólares como mínimo, incluyendo los gastos de viaje y alojamiento para los invitados, las ceremonias y recepciones, los devocionarios y otros regalos, así como los obligados donativos al Vaticano. Pero también estos datos ya son antiguos, pues Charles Panati escribe al respecto una única y lapidaria frase en su «Diccionario Popular de Objetos y Costumbres Religiosas»: «Gastos aproximados de una canonización moderna: 1 millón de dólares por caso». Bajo el pontificado del Papa anterior hubo ostensiblemente muchas canonizaciones y beatificaciones. Juan Pablo II hizo santos a tantos de los suyos como no se había canonizado en el curso de los últimos 400 años, esto es, a 480 personas. Antes de él había un total de 4.000 santos, ahora hay casi 4.500. Y 1.300 fueron además beatificados por él. Ésta fue por lo tanto una buena fuente de ingresos para el Vaticano. Por ello es de presumir que, entre otras cosas, el Papa Juan Pablo II sea hecho santo para este fin.

     Existen otras fuentes de ingresos del Vaticano que son poco conocidas. Horst Herrmann escribe que el Vaticano tiene también un comercio muy activo de reliquias por varios cientos de miles de dólares por pieza, y de diplomas de bendición papal por los que hay que pagar 2.500 euros por unidad; por una orden honorífica vaticana se pagan hasta 60.000 euros, y por títulos nobiliarios —¡también estos se pueden comprar en el Vaticano!— se pagan hasta 150.000 euros. Así, vemos que la silla de san Pedro sabe cómo manejar el dinero. Da mucho que pensar cuán fácilmente y durante cuánto tiempo las personas dejan que se las trate de tontas. A uno le viene a la mente automáticamente una canción del cantautor alemán Reinhard Mey, en la que dice: «El ministro coge al obispo del brazo y le susurra, hablándole de los hombres: ¡mantenlos tú tontos, que yo los mantengo pobres!».

     Para todos los que valoran un buen consejo proveniente de una muy buena fuente, se cita la frase del Apocalipsis de Juan, 18:4: «Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados y no recibáis de sus plagas». En relación a esto, damos una indicación más a modo de recuerdo: Quien se una a tal culto idólatra totalitario y quiera dejarse calificar como lo hizo Goethe como parte de la «masa estúpida», es dueño de hacerlo. Cada uno puede creer lo que quiera. Nadie le va a discutir su fe. Con lo que nosotros, cristianos originarios, estamos en contra, es únicamente con el hecho de que todo esto —se podría decir: esta criminal ridiculez de la que hemos hablado— sea llevado a cabo bajo el estandarte de Jesús, el Cristo; es decir, que se abuse tan escandalosamente del nombre del Hijo de Dios. Nadie puede pedir que los seguidores del Nazareno veamos y aceptemos impasibles tal atropello.




¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro?
Octava Parte
por Vida Universal



Prólogo

     Nuestra serie de programas «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» ha despertado gran interés en todo el mundo. Hemos puesto al descubierto innumerables hechos sobre la silla de san Pedro y hemos mostrado también las pruebas correspondientes. Muchos oyentes están impresionados e indignados por la brutalidad y la desfachatez con que la casta sacerdotal pagana abusa del nombre de Jesús, el Cristo. Muchos oyentes nos plantean también preguntas muy interesantes en sus cartas. Algunas de ellas las queremos contestar en este programa de hoy.

«Los curas no han podido escarnecer a la religión cristiana de modo más vejatorio que con este culto a los santos»

     La primera pregunta: «Ustedes han dicho que los primeros cristianos no conocían la adoración a los santos. ¿Cómo fue a parar entonces este culto pagano al cristianismo?».

     Respuesta: Los primeros cristianos sólo recordaban en agradecimiento, por ejemplo, a los mártires que habían ido a la muerte por su creencia en el Cristo vivo, pero jamás veneraron a estos hombres. Ellos sabían que Cristo vive con su fuerza en cada persona y que por ello no tiene sentido orientarse a seres humanos, sino que sólo había que orientarse a Cristo. De este recuerdo se hizo después con el tiempo un culto. Los primeros signos de ello los encontramos ya en el siglo II, en el que ocurrió lo siguiente: los cristianos de la ciudad de Esmirna, la actual Izmir de Turquía, sacaron los restos mortales del mártir Policarpo de las cenizas de la hoguera, donde había sido quemado su cadáver, y le tributaron homenaje y culto. Fue allí entonces donde se inició el paganismo. Esto fue por el momento sólo un caso aislado, al que más tarde le siguieron sucesos de una naturaleza semejante. En el siglo IV tal veneración de los llamados «santos» se había extendido ya ampliamente.

     Tal vez en este punto podemos citar un extracto del libro: «El Espejo de los Frailes», de Otto von Korvin, que se publicó en 1845. El autor dice: «Los cristianos de los primeros siglos no sabían nada de santos. Ciertamente respetaban a los mártires o a los que habían dado testimonio de su fe con su propia sangre. Los nombraban en sus reuniones y los presentaban como modelos ejemplares en su comunidad; y esto era muy natural y algo que se puede aprobar. Sólo cuando Constantino se convirtió al cristianismo y se traspasaron muchos elementos del paganismo a la Iglesia cristiana, se adoptó también el culto a los santos. Los paganos estaban acostumbrados a rendir sacrificio a sus héroes, y los sacerdotes cristianos traspasaron esta usanza a sus héroes de la fe. Mientras toda persona creía estar igualmente cerca de Dios, el culto a los santos tenía que considerarse como algo carente de sentido. Pero cuando los curas se impusieron como intermediarios entre Dios y el resto de los seres humanos, no estaba lejos el dar un paso hacia la fe disparatada de que en el Cielo los santos forman la corte de Dios, al igual que ministros y chambelanes, y que quien deseaba conseguir algo de su majestad celestial, sólo tenía que sobornar a aquellos con oraciones y ofrendas. Los curas no han podido escarnecer a la religión cristiana de modo más vejatorio que con este culto a los santos».

     Aquí sería conveniente añadir la siguiente pregunta de un oyente: «Ustedes han insinuado que los santos de la Iglesia fueron tomados en muchos casos directamente del paganismo. ¿Podrían nombrar algunos ejemplos de ello?.

     Respuesta: Existen efectivamente algunos ejemplos. Karlheinz Deschner, el gran historiador y crítico alemán de la Iglesia, en su libro «Abermals krähte der Hahn» («Y Una Vez Más Cantó el Gallo»), nombra a algunos de estos santos. Por ejemplo, el dios griego Apolo pasó a formar parte de la Iglesia como «san Efebo». Apolo tenía el apodo de «Ephoibios», del que resultó «san Efebo». El dios de los griegos, Dionisio, tenía el sobrenombre de «Eleuterios» (el Redentor) y éste se tomó igualmente como «san Eleuterio». Incluso el padre de los dioses, Zeus, entró al cielo de los santos cristianos. Él tenía el apodo de Nikeforos, y de éste resultó «san Nicéforo». O sea que los dioses griegos cambiaron directamente sus funciones convirtiéndose así en «santos». Hay otro ejemplo, que es el de los semidioses griegos Cástor y Pólux. También ellos fueron acogidos, aunque se les cambió el nombre, convirtiéndose en «Cosme» y «Damián». Pero los campos de acción de dichos santos siguieron siendo los mismos, siendo venerados en los mismos lugares donde antes habían sido venerados los dioses griegos, ahora bajo representación eclesial. También se les atribuyó la capacidad de hacer milagros semejantes, esto es, que podían provocar sanaciones. Incluso se llevaron a cabo ritos parecidos a los anteriores, por ejemplo, encender velas, poner estatuas, vender pequeñas vasijas de arcilla para aceite. En el tiempo en que todavía había cultos paganos, existían empresas que construían tales vasijas, tanto para cultos paganos como al mismo tiempo para la Iglesia.

     Vemos entonces que existe aquí una relación directa. Karlheinz Deschner escribe lo siguiente en su «Historia Criminal del Cristianismo»: «Sólo pocas iglesias han sido construídas en algún lugar de la Tierra, donde antes no hubiera habido un templo pagano». Se llegó incluso tan lejos que hasta se apoderaron de las fiestas. Por ejemplo, el calendario católico de fiestas cita la Fiesta de la «Candelaria» el 2 de Febrero. Esta fecha se corresponde exactamente con la fiesta de la diosa griega «Deméter». La Ascensión de María se celebra el 15 de Agosto; ésta fue originalmente la fecha de la fiesta de la diosa Diana. Diana era una diosa-madre, que después se transformó directamente en María, la madre de Dios. En la región alemana de Franconia se celebra en Agosto la costumbre del «Würzbüschel» (el ramillete de hierbas): en esa ocasión se recogen determinadas hierbas, se las ata formando un ramito y se las lleva a la iglesia. Esta era originalmente una costumbre de los germanos en honor de la diosa del amor y la fertilidad «Freya». Esto ya no lo sabe nadie, y por eso se dice que se trata de una tradición de la Iglesia en honor a «santa María». Incluso la «Navidad» era originalmente la fiesta del dios Sol del culto a Mitra. El 24 de Diciembre es sin duda alguna la fecha en que en el culto a Mitra —y también en otros cultos, p. ej., en Egipto— se celebraban grandes fiestas.

     Otra pregunta va en la misma dirección: «¿Qué dioses o ídolos del paganismo corresponden a los actuales santos?».

     Respuesta: Muchas personas que pertenecían a una religión pagana y que fueron convertidas al cristianismo por los misioneros de la Iglesia, tal vez siendo en parte obligados a ello, se negaron a separarse de sus dioses, a no ser que en el «cristianismo» romano pudiesen encontrar un sustituto satisfactorio. Así fue cómo las diosas y los dioses cambiaron de nombre para convertirse en santos. Por ello el culto a los santos de hoy corresponde al culto a los dioses de antaño.

     O sea que aquí tenemos que enfrentarnos a una idolatría. Cuando el paganismo se mezcló con el cristianismo, y la Iglesia hizo convertir en «santos» a algunos dioses paganos, los proveyó sencillamente con nombres de sonido parecido. Así fue, por ejemplo, con la diosa Victoria, que era venerada al pie de las montañas de los Alpes franceses y ahora se llama Sainte Victoire, «santa Victoria». Al dios pagano Cheron o Sheron se le cambió el nombre por «san Jenaro». La diosa Brighit, que era venerada y presentada como hija del dios Sol con un niño en brazos, habría sido en realidad el modelo adecuado para María, pero para ello ya se había elegido a Diana, y por ello fue nombrada entonces «santa Brígida». En tiempos paganos, servían en su templo más importante en la localidad de Kildare, en Irlanda, las llamadas vestales, que eran las sacerdotisas que en estos templos estaban a cargo del fuego sagrado. Más tarde sus templos fueron simplemente transformados en conventos, y las vestales se convirtieron en monjas. Ellas continuaron cuidando del fuego ritual, pero ahora se llamó el fuego de «santa Brígida». De este modo mucho de lo que era pagano fue transformado en "católico", pero no por ello se convirtió en cristiano. Lo que fue pagano sigue siendo pagano, aunque ahora se llame católico. Pero cristiano no es.

     Esto llegó hasta tal punto que en el año 610, el Papa de aquella época, Bonifacio IV, convirtió en iglesia «cristiana» el Panteón de los romanos, un santuario de todos los dioses del Imperio romano, y en esa ocasión el Papa introdujo también al mismo tiempo la fiesta de «Todos los Santos». Por tanto, también en este caso se trata de una incorporación directa de esta colección de todos los dioses en la fiesta de Todos los Santos, y con las bendiciones de esta Iglesia.

     Estos pocos ejemplos muestran que la silla de san Pedro convirtió a los dioses paganos en "santos". ¿Cómo se hace esto compatible con el mandamiento «No adorarás a otros dioses aparte de mí», que Dios dio a través de Moisés?. Esto es absolutamente lo contrario. Es simple y llanamente un increíble escarnio de este mandamiento.

     Así, más de una persona que hasta ahora no sabía nada de esto, se indignará al enterarse de que para estos fines tan miserables se haya puesto ante el carro pagano al gran maestro, al maestro de amor y de paz, Jesús, el Cristo.


Tampoco la «Santísima Trinidad» es una creación de la silla de san Pedro.

     Una pregunta que nos ha llegado dice lo siguiente: «En vuestro último programa se habló de los santos. Al escucharlo tuve que pensar en la Santísima Trinidad, que existe tanto en la Iglesia católica como en la luterana. ¿De dónde viene "La Santísima Trinidad"?».

     Respuesta: Tampoco en el caso de La Santísima Trinidad se trata de una creación de la Iglesia católica. Ya en tiempos de los sumerios, unos tres mil años antes de Cristo, se adoraba a una trinidad: eran los dioses An, Enki y Enlil. En relación con esto se entiende también mejor por qué Moisés hizo hincapié en el hecho de que hay sólo un dios. Tenía entonces su razón de ser el que Yahvé dijera a Moisés con tanta claridad: «Yo soy el Señor, tu dios; no tendrás otros dioses aparte de mí». En aquel tiempo había alrededor de 3.000 dioses. Todos ellos tenían a su vez sus clasificaciones especiales. Había una diosa del amor y de la maternidad, un dios de los fenómenos atmosféricos, un dios constructor, una diosa de los cereales, un dios de los animales y muchos otros. Aquí se reconoce una distribución de tareas similar a la que se encuentra en la actualidad en la Iglesia católica entre los denominados santos.

     Así, se puede decir con toda claridad que los santos de la Iglesia católica tienen su origen en el paganismo. Hay otros ejemplos, como la diosa germánica Frik, la diosa de la fertilidad; en la Iglesia católica hay una santa para la fertilidad: Marina de Antioquía; o Gefion, que en la mitología germánica es la diosa de la familia y de la felicidad. Hoy el santo para la familia es san José, como se desprende de un santoral católico. También había diosas protectoras para la medicina en la mitología egipcia, por ejemplo, Seket. Correspondientemente existen también en el catolicismo santos para curanderos y médicos, como san Blas, Ciro, Cosme y Lucas. Esta enumeración podría continuarse interminablemente.

     Dado que antes hablamos de dioses y de diosas, tal vez deberíamos ocuparnos otra vez de una pregunta que nos es planteada con frecuencia y que dice: «Habéis hablado de los santos. María también es venerada como una santa. ¿Enseñó esto Jesús?».

     Respuesta: Ya en emisiones anteriores se dijo que Jesús no veneró a su madre María como santa, y que no enseñó nada en ese sentido. Con mucha claridad lo describe el autor alemán August Bebel en su libro «La Mujer y el Socialismo»: «Con la introducción del culto a María, la Iglesia católica introdujo con calculadora astucia a María en lugar del culto a las diosas paganas que existía en todos los pueblos por los que se extendía en aquellos tiempos el cristianismo. María ocupó el lugar de Cibeles, Melita, Afrodita, Venus, Ceres, etc. de los pueblos meridionales, y el lugar de Freya, Frigga, etc. de las divinidades germánicas. Sólo que fue idealizada en el sentido espiritual cristiano».

     En la Biblia, en Lucas 11:27-28, puede leerse una explicación muy clara. En la situación descrita, Jesús hablaba a las gentes reunidas, y una mujer de la multitud le dijo: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron». Y Jesús le respondió: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan». Esta respuesta corresponde seguramente de forma plena al sentido de lo que quería María, pues ella era una mujer sencilla y modesta, y jamás habría aceptado que se hiciera un culto de su persona así como hoy se lleva a cabo en la Iglesia.

     Según la enseñanza de la Iglesia, se debe rezar a los santos, y es de imaginar que muchas personas invocan también a los llamados santos. Pero si observamos el mundo actual, uno se pregunta: ¿Tienen acaso los santos acceso a Dios?. La situación de nuestro mundo actual muestra todo lo contrario.

     Al respecto más de alguien pensará que existe al parecer un problema de comunicación. Pues en realidad si se piensa en cuántas personas rezan supuestamente a los santos para protegerse de inundaciones, de sequías, de tormentas, etc., resulta extraño que de una actuación de los santos se note tan poco. Puesto que, como todo el mundo sabe, la situación de nuestra Tierra es desastrosa. También para rechazar las enfermedades se invoca a los santos, y tampoco en este sentido ha mejorado el estado actual del mundo, sino que por el contrario, ha empeorado. El santo competente para las enfermedades de los animales es Bernardo de Claraval. No obstante, una mirada al mundo muestra que las enfermedades de los animales van aumentando. Aún cuando no se sabe cuántos le rezan para que haga algo en contra de ello, parece que eso no funciona. Valdría tal vez la pena preguntarse qué es lo que «funciona» de todo lo que está ocurriendo.


¿Hacia dónde conduce el Papa «infalible» que reina en la silla de san Pedro?. Terribles asesinatos masivos después de torturas en Argentina con conocimiento y por sugerencia de la Iglesia.

     Una pregunta de otro oyente: «Habéis dicho ya varias veces en vuestros programas que el Papa permite que se le denomine "conductor del orbe terrestre", a pesar de que hasta ahora realmente ha conducido al mundo al caos. ¿De dónde viene este concepto?».

     Respuesta: Resulta desconcertante constatar que los santos sirven de poco y que el «conductor del orbe terrestre» no acierta en nada. ¿Cuál es el motivo de esto?. Uno llega al fin y al cabo una y otra vez al resultado de que lo único que sirve de algo es la oración a Dios, nuestro Padre, que uno hace que se convierta en una oración de hechos. Pues da igual si se reza a dioses o a sus descendientes, a los santos o a un Papa, ninguno de ellos puede conducir el orbe terrestre. El concepto de «conductor del orbe terrestre» procede, como casi todo en el catolicismo, del paganismo. El emperador romano Augusto, que vivió en tiempos de Jesús, era venerado todavía en vida como «conductor del orbe terrestre» y «padre de la Humanidad». Tras su muerte en el año 14 d.C., el hombre más poderoso de la Tierra fue elevado a la categoría de dios por acuerdo del senado romano: «Divus Augustus», el divino Augusto.

     ¿No recuerda esto de alguna forma a las canonizaciones de la Iglesia católica?. Un paralelismo se encuentra igualmente en el hecho de que Augusto no llevó precisamente una vida santa: Él impuso su voluntad mediante guerras, y fue al mismo tiempo «un genial actor que escenificaba perfectamente su papel de gobernante justo y lleno de virtudes. Era un frío estratega, que utilizaba a su familia, a sus amigos y el culto a los dioses como medios comprobados para conseguir fines políticos. También era un maestro del márketing de sí mismo, que eternizó sus hechos haciéndolos esculpir en piedra, anunciándolos por todo el Imperio». Así se expresó en un documental de la segunda cadena alemana de televisión ZDF.

     El paralelismo con el papado actual es evidente. En aquel tiempo Augusto no aportó nada positivo con sus guerras. No condujo el orbe terrestre hacia el bien, y el papado actual tampoco lo hace. Cuán absolutista es el Papado, lo muestra, por ejemplo, una cita de Gregorio VII, quien declaró en su edicto papal: «Nadie en la tierra puede juzgar al Papa. La Iglesia romana jamás se ha equivocado y hasta el final de los tiempos no puede equivocarse. Sólo el Papa puede destituír a obispos (...) Él puede destituír a Emperadores y reyes y dispensar a sus súbditos de la obligación de seguirlos. Todos los príncipes tienen que besarle los pies... Un Papa elegido legítimamente es sin duda un santo por los méritos de san Pedro».

     ¿Qué es esto sino una mera dictadura?. Y al mismo tiempo es una «enseñanza infalible» —más aún: una ley de la Iglesia católica— el que nadie puede administrar justicia por encima del Papa. Esto lo ha acogido la Iglesia en su obra de enseñanza. (Codex iuris canonici, can. 1404). Por consiguiente, se puede hacer con todo derecho la pregunta: ¿Hacia dónde nos conduce «el Papa infalible» que reina en la silla de san Pedro?.

     A esta pregunta podría dar respuesta un hecho que ha mencionado un radio-oyente en una carta. Él nos escribe que hace algún tiempo vio en la televisión alemana, en el noticiero «Heute-Journal», a las 21:45 horas, una transmisión en la que se decía que durante la dictadura militar en Argentina, de 1976 a 1983, no sólo se torturó a personas, sino que a continuación éstas fueron narcotizadas, cargadas en aviones, y —dicho literalmente— arrojadas al mar con la bendición de la Iglesia. Se trata de una afirmación tan increíble que el oyente nos pregunta si puede ser cierta.

     Desgraciadamente esta noticia corresponde a la verdad y procede de la grabación de una transmisión de la Radio del Sudoeste de Alemania del 14.06.2001, preparada por el equipo de redacción de «Religión, Iglesia y Sociedad», esto es, de una redacción que con seguridad no es excesivamente crítica con la Iglesia. En este programa se informó que la dictadura en Argentina, entre 1976 y 1983, fue apoyada por la Iglesia católica ya desde sus inicios. «La señal que sentó las bases de todo vino de las altas esferas. Adolfo Tortolo, presidente de la Conferencia Episcopal de Buenos Aires, se reunió el 23 de Marzo de 1976 —un día antes del golpe militar— con el jefe de la Junta, Jorge Rafael Videla, y con el almirante Eduardo Masera». El arzobispo Tortolo exigió en aquella ocasión «colaborar con el nuevo gobierno militar». Con ello, la Junta se sintió apoyada por la Iglesia. El obispo militar argentino Victorio Bonamin, en un discurso público ante generales dijo textualmente lo siguiente: «Los militares se han purificado en el Jordán lleno de sangre para ponerse a la cabeza de todo el país. Quién sabe si Cristo no hubiese querido algún día que las fuerzas armadas tomaran una función adicional, que sobrepase sus tareas normales». El mismo obispo militar dijo, además, lo siguiente: «La lucha contra la guerrilla es una lucha por la República Argentina, pero también por sus altares. …Esta lucha defiende la moral, la dignidad humana». Esto fue en el año 1976. Del mismo obispo militar Bonamin procede la expresión: «Esta lucha es al fin y al cabo una lucha por la defensa de Dios... por ello pido el apoyo divino en esta guerra sucia en la que hemos sido involucrados».

     Un representante de la Oficina Central de la Misión Franciscana de la ciudad alemana de Bonn dijo al respecto: «La Iglesia católica incitó a que se llevara a cabo el golpe militar». Se llegó tan lejos que en los sótanos de tortura aparecían capellanes militares. Y en lo referente a aquellas crueles ejecuciones, en las que se narcotizó a personas y se las arrojó al mar, se transmitió en ese programa la declaración de un defensor de los derechos humanos quien dijo lo siguiente: «Los militares preguntaron a la gente de la Iglesia si podían matar a sus enemigos. Los obispos dijeron: "El matar en un combate militar no es cristiano. Mejor háganlo así: Denle a los prisioneros una inyección de drogas y después vuelen sobre el mar. Un vuelo mortal"». Después de estas matanzas —fueron de 1.500 a 2.000 las personas asesinadas de este modo—, los capellanes militares hablaban con los que habían llevado a cabo esta acción, para consolarlos. Uno de los capellanes dijo que había sido una muerte cristiana porque ellos, las víctimas, «no sufrían». Y añadió que «la guerra es guerra, y también la Biblia dice que hay que separar la paja del trigo». Y que también en la Biblia se puede leer que es preciso «pagar ojo por ojo».

     Se ve entonces que la Iglesia estaba involucrada directamente en estos asuntos y que posiblemente incluso la incitación a las ejecuciones vino de parte de los representantes de la Iglesia. Todo eso ocurrió a partir de 1983, es decir, hace pocos años, y bajo ese régimen militar fueron asesinadas unas 30.000 personas. ¿Es tal vez este caso realmente una respuesta a la pregunta de cómo conduce la silla de san Pedro el orbe terrestre?. El Papa afirma de sí mismo que es el conductor del orbe terrestre, y de lo expuesto arriba se deduce cómo él y sus inmediatos subordinados estaban involucrados, p. ej., en la conducción de los destinos de Argentina. ¿No es éste un ejemplo impactante de lo que hay que entender bajo el título de «conductor del orbe terrestre»?. Y no olvidemos que estas crueldades, que conocemos suficientemente de otros capítulos de la Historia, estos miles de millones de muertos, con la erradicación de pueblos enteros, y que pesa sobre la conciencia de la silla de San Pedro, no son hechos que se remontan a 2.000 o a 1.500 años atrás, sino que son actuales. Son acontecimientos del pasado más reciente.

     En relación a esto volvamos de nuevo a un punto que se menciona una y otra vez en las cartas de nuestros oyentes. A menudo hemos citado disposiciones de enseñanzas de la Iglesia católica contenidas en el libro de Neuner-Roos. Hace un tiempo hablábamos de que la Iglesia quería «extirpar» todo lo que se le oponía. Como recordatorio, ocupémonos una vez más este aspecto. En el Neuner-Roos, bajo el N° 382, se dice: «La Iglesia, debido a su fundación de origen divino, tiene la obligación de preservar con el mayor cuidado el bien de la fe divina sin merma y en su totalidad, y vigilar constantemente con gran celo la salvación de las almas. Por eso, con extremo cuidado ha de extirpar y destruír todo lo que está en contra de la fe o lo que pudiese perjudicar de algún modo la salvación de las almas. Por consiguiente, a la Iglesia, con motivo del poder absoluto que le ha sido transmitido por el fundador divino, le corresponde no sólo el derecho sino también la obligación de no tolerar ninguna de las enseñanzas equivocadas, y sobre todo de prohibirlas y condenarlas, si lo exige la integridad de la fe y la salvación de las almas».

     En el diccionario alemán Duden (así como en el de la RAEL) se describe lo que significa «extirpar», a saber: «arrancar de cuajo o de raíz». Cada vez más claramente se muestra que la Iglesia en su tradición —en su pasado lejano, en su pasado reciente y en sus indicaciones más actuales— ha hecho suya la definición de extirpar «con extremo cuidado» y «gran celo». Este es, pues, el arte eclesiástico de la «fidelidad» a la continuidad, especialmente en relación al trato con los que tienen una fe diferente.

     En el catolicismo, no importa hacia dónde se mire, nos encontramos con paganismo, con deidades idólatras. Es obvio que todo esto no tiene nada que ver con Jesús, el Cristo, sino lo contrario: el paganismo de otros tiempos se ha convertido hoy en día en un paganismo criminal. En lugar de paganismo se debería hablar mejor entretanto de criminalidad. Lo que se dijo antes sobre Argentina, no permaneció de ninguna manera en secreto, sino que trascendió a la opinión pública. Y puesto que se hizo público algunos años después de los hechos, cabe hacerse una pregunta: Aquellos sucesos transcurrieron durante el pontificado de Juan Pablo II, concretamente a finales de la década de los '70 y se dieron a conocer a principios de la década de los '80. La pregunta es: ¿actuó Juan Pablo II en contra de aquellos obispos y en contra de aquellos sacerdotes?. ¿Se manifestó él públicamente al respecto, o dijo algo en contra de que en nombre de su Iglesia muchas personas fueran arrojadas al mar y asesinadas con la bendición de los sacerdotes?. ¡Claramente no! Los responsables de estas abominaciones siguen estando en sus cargos. Nadie ha sido acusado, hubo una amnistía. Los archivos del Vaticano están, como siempre, bajo llave. En el año 2000 hubo una «disculpa» no muy convincente por parte de la Iglesia católica en Argentina, diciendo que ésta no se había posicionado con claridad del lado de las víctimas. Que esto es una hipocresía tremenda, lo nota cualquier persona. La Iglesia se colocó muy claramente al lado de los opresores, y de manera muy decisiva. Y luego añadió aún que lamentablemente hubo muchos hijos de la Iglesia que participaron en las torturas, en la traición y en muertes absurdas. También esto es minimizar enormemente el asunto, es una burla desorbitada, pues es sabido que los representantes de la Iglesia intervinieron en gran medida en estos hechos, decidiéndolos con los gobernantes. Incluso puede decirse que el establecimiento de aquella dictadura estuvo promovido muy conscientemente. Existen claros indicios de que los hilos fueron tendidos por el Opus Dei, una organización radical de derecha dentro de la Iglesia católica que actúa por todo el mundo y que ha movido los hilos en toda Hispanoamérica para llevar al poder a dictaduras como las de Chile y Argentina. Y el Opus Dei estaba directamente bajo la protección de Juan Pablo II.


Canonización del Papa Juan Pablo II: se está esperando aún el «milagro» debido.

     Esto nos conduce a otra pregunta, que tal vez puede ser respondida en relación a ello: ¿Qué probabilidades hay de que el último Papa sea canonizado?

     Respuesta: Este hombre, que junto con otros tiene que representar los acontecimientos de los últimos 40 años, tiene que ser ahora beatificado y luego canonizado. Uno se pregunta: ¿debe ser por esa razón beatificado y canonizado?. Lamentablemente hay que decir que esto es muy probable, pues a raíz de los acontecimientos del pasado hemos visto que continuamente fueron canonizados muchos Papas que habían servido al catolicismo. Y parece que en estos casos los creyentes sufren de pérdida del sentido de la realidad, y reprimen sencillamente estos hechos, dependiendo de un pensamiento de deseo: desean a un gobernante que hable de paz, y piensan que éste sólo actúa de forma pacífica. Precisamente acabamos de escuchar que bajo el mandato del último Papa fueron llevadas a cabo tales crueldades, y sabemos cómo funciona la jerarquía católica hasta en lo más mínimo. Podemos partir de la base de que el Papa Juan Pablo II tenía conocimiento de los hechos hasta en los más mínimos detalles; en el catolicismo las órdenes vienen siempre desde los rangos más altos. Por eso es aún mucho más aterrador cuando un personaje semejante ha de ser beatificado o canonizado. Y si el proceso de santificación no está aún cerrado, es de esperar que se lleve a cabo con suma celeridad. ¿Por qué?. Porque esto sirve al prestigio y a la popularidad de la Iglesia romana; dicho vulgarmente: publicidad es al mismo tiempo revalorización, para la Iglesia. La condición previa para una beatificación, también para Juan Pablo II, sigue siendo la realización de un milagro, por lo general una sanación que no tenga explicación médica. Todos los creyentes son ahora instados a que informen en una página web del postulador para la canonización, monseñor Slawomir, o por otros medios, acerca de milagros y de otros acontecimientos desacostumbrados que estén en relación con el fallecido Papa.

     Pregunta: «¿Por qué el Papa que falleció últimamente no se pudo sanar con la virgen para raspar o con las imágenes para tragar que ya habéis comentado antes en vuestros programas?. ¿Por qué fue al médico y a una clínica cuando la llamada virgencita, o la que llamáis imagen para tragar, pueden llevar a cabo tales milagros?».

     Respuesta: Ésta es una pregunta que se nos ha planteado una y otra vez. Por lo visto, la virgen para rascar y estas imágenes para tragar o estampas para comer, han encontrado una gran acogida. Aclarémoslo brevemente una vez más: se trata de objetos con supuestas fuerzas curativas. Una virgen para raspar es una figurilla de barro cocido, de la que el creyente va rascando un poco y cuya raspadura esparce sobre su comida, es decir que se la come, porque esta virgen, procedente de la localidad alemana de Altötting, está bendecida, y ayuda, según se cree, a recuperar la salud. Ésta era al menos una costumbre hasta el siglo pasado. Y en vista de estas fuerzas curativas «maravillosas», en las que creen mucho hombres, uno se pregunta: ¿por qué el Papa, por ejemplo, no se curó a sí mismo con una de estas vírgenes?; ¿por qué no se curó tragándose una estampita, si él supuestamente puede obrar milagros?. Esto podría ser debido a lo siguiente: si el Papa lo hubiera intentado, toda persona se habría dado cuenta de que no funciona y los creyentes habrían perdido la fe en los devocionarios, en la fuerza milagrosa de los objetos bendecidos por la Iglesia. De esta manera el creyente se queda con la ilusión de que el arte de encantamiento eclesiástico tal vez sí que resulte. Si el Papa lo hubiera probado y no hubiera funcionado, cualquiera se habría dado cuenta de la patraña.


¿Por qué un «Santo» Padre fallecido todavía ha de ser canonizado?.

     La siguiente pregunta, que se podría añadir a la anterior, dice: «Vuestra serie lleva el título "Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?". Tal vez podríais explicarme por qué todos los Papas, si se hacen llamar «Santos Padres», no son automáticamente santos. ¿Por qué los Papas, como el ya fallecido Juan Pablo II, han de ser primero beatificados y luego canonizados, es decir, proclamados santos?.

     Respuesta: Ésta es una pregunta muy justificada. Como personas con capacidad analítica hemos tratado de ir al fondo de este asunto, y nos hemos encontrado una vez más, como en todos los asuntos de la Iglesia católica, con una gran falta de lógica en todo ello. No obstante, hemos consultado también al respecto a un teólogo católico, quien desafortunadamente tampoco ha podido dar una respuesta lógica. Otras averiguaciones hicieron sólo aflorar la trivial respuesta de que con «Santo Padre» se refiere uno al cargo y no a la persona; pero la cordura es algo que en realidad no se debería tomar muy en serio en la Iglesia católica.

     El exceso de santidad ha ocupado también a uno de nuestros oyentes, cuando descubrió que también hay santos patrones para los Papas. Entonces se ha preguntado en qué consiste el quehacer de estos santos protectores, si ya el Papa mismo dice ser un «Santo Padre». El oyente se ha dado a sí mismo la respuesta, diciendo: «Con tanta falsa santidad prefiero atenerme a Jesús de Nazaret, que, siendo el Hijo de Dios —remárquese bien esto—, a un hombre que lo llamó "maestro bueno", él le dijo: "¿Por qué me llamas bueno?. Nadie es bueno, sino sólo Dios"» (Mateo 19:17). Hasta aquí sobre el tema santidad.


«Curiosa» continuidad en la elección de los Papas.

     La pregunta de otro oyente también se refiere a la palabra «santo», y él escribe: «En la elección del Papa actúa supuestamente el Espíritu Santo a través de los cardenales. ¿Cómo puede ser que se elija entonces a un Papa que se destaca por sus crímenes, y —dicho de manera elegante— por un estilo de vida inmoral?».

     Respuesta: Al respecto no cabe duda de que no se puede eludir la pregunta sobre qué espíritu está actuando aquí. Probablemente el espíritu que obra en este caso es tan poco santo como lo fueron y los son los Papas. Pero sobre la pregunta de quién puede ejercer además influencia en la elección de un Papa, el cardenal alemán Meissner hizo una declaración en un artículo del periódico alemán Die Welt del 4.7.2005. Meisner expresó: «que la elección de Joseph Ratzinger como Papa Benedicto XVI había sido "un milagro" en el que había tenido participación el fallecido Juan Pablo II. Debido a su intercesión ante Dios, él había influído en la elección del cónclave». Así dijo textualmente Meisner a los periodistas. «Cuando un santo entra en el cielo, su radio de acción se vuelve mucho mayor de lo que era. Con Ratzinger como Papa la continuidad es la más perfecta».

    Al parecer, no sólo el Espíritu Santo influye sobre la elección del Papa, sino que también lo hace el espíritu católico en forma de Papas fallecidos. Donde Meisner realmente tiene razón es en la afirmación de que con Ratzinger como Papa la continuidad es la más perfecta. Se sabe que a Ratzinger se le denomina «El Gran Inquisidor de Marktl am Inn» (su lugar de nacimiento), no sólo porque él ostentaba el cargo que antiguamente correspondía a los Inquisidores, sino porque también hoy procede de manera extremadamente dura con los que tienen una fe diferente. Como ya se informó anteriormente, en el programa Kontraste de la primera cadena alemana de televisión, ARD, del 3.3.2005, Ratzinger dijo lo siguiente acerca de su continuidad: «Gran Inquisidor es una clasificación histórica; de alguna manera estamos en su continuidad. Pero según nuestra conciencia del derecho, intentamos hacer hoy aquello que se hizo con los –en parte criticables– métodos de entonces. Sin embargo, debe decirse que la Inquisición constituyó el progreso de que ya nadie podía ser juzgado sin ser inquirido, es decir, que primero tenían que hacerse investigaciones». ¿Tal vez como se hizo en Argentina, de lo que se acaba de informar?.

     ¡Cuánto desprecio por el ser humano traslucen esas palabras!. Pensemos en la Inquisición, en la que millones de personas fueron asesinadas de la manera más brutal. Eran mujeres, incluso en muchos casos niños, los que iban a parar a los molinos de la Inquisición, siendo torturados durante días o semanas y luego quemados en las hogueras. ¡Cuánto sarcasmo hay en las palabras del señor Ratzinger!. Es algo inconcebible si uno piensa en las víctimas.


El nombre «Benedicto»: ¿casualidad o «continuidad»?.

     La siguiente pregunta se ocupa de la elección del nombre del cardenal Ratzinger, que ahora se hace llamar Benedicto. En una de nuestras últimas transmisiones explicamos que los Papas Benedicto XII y Benedicto XIV cometieron crímenes y tomaron parte en la Inquisición. Un oyente escribe: «¿Es una casualidad que el Papa actual también se llame "Benedicto"?».

     Respuesta: Nosotros cristianos originarios no creemos en las casualidades. El señor Ratzinger seguro que habrá elegido su nombre muy conscientemente, mostrando con ello en qué continuidad está. Los cristianos originarios creemos en la reencarnación, y tal vez Benedicto XVI no sólo está en la misma línea de sus homónimos desde el punto de vista ideológico, sino que ¿quién sabe si en la presente encarnación no intenta tal vez continuar su obra destructiva, comenzada ya en sus encarnaciones anteriores, quizás igualmente bajo el nombre de «Benedicto»?.

     Ante la opinión pública se quiere dar la impresión de que Ratzinger toma como referente a Benedicto XV, que es presentado por la Iglesia católica como el «Papa de la paz». No obstante, éste es una vez más un ejemplo típico de cómo la opinión pública se deja tomar el pelo, sin comprobar por sí misma, sin analizar por sí misma qué es lo que verdaderamente corresponde a los hechos históricos. Benedicto XV no era precisamente un amigo del imperio austrohúngaro, pero como Papa se mantuvo en la línea del Vaticano, es decir, que una victoria de Alemania y Austria sobre Rusia en la Primera Guerra Mundial habría abierto a la Iglesia católica nuevas posibilidades de realizar una misión en la Iglesia ortodoxa. Por eso en los primeros años de la guerra dirigió efectivamente a la opinión pública dos o tres llamamientos a favor de la paz. En aquel entonces Alemania y Austro-Hungría estaban aún en una posición ventajosa. Una paz habría traído resultados a su favor y habría abierto al Vaticano las posibilidades mencionadas. Pero los adversarios, es decir Francia e Inglaterra, no tomaron en serio esos llamamientos a la paz.

     Cuando la guerra dio un giro, las potencias del eje, es decir Alemania y Austro-Hungría, pidieron una vez más al Papa que dirigiera a la opinión pública nuevos llamamientos a la paz. ¿Por qué no volvió a hacerlo?. Porque al Vaticano no le gusta estar del lado de los perdedores, y no mueve ni un dedo a favor de éstos. Después de que la situación había cambiado, dirigió un solo llamamiento más, después de que en Rusia había tenido lugar la revolución. ¿Por qué?. Por el temor de que el Vaticano perdiera sus posesiones en el caso de que el desarrollo posterior de los acontecimientos se extendiera a Italia. Benedicto XV estaba muy estrechamente unido a la nobleza. Él afirmó incluso algo sorprendente, a saber, que también Jesucristo había sido un noble. Karlheinz Deschner cita a este Papa de manera textual: «También Jesucristo era un noble, nobles eran también María y José», y Jesús tenía «extraordinariamente buenas relaciones con la nobleza terrenal».

     ¡Hay que hacerse consciente de semejante disparate!. Pero el Papa Benedicto XV hizo además otra cosa: «Después del comienzo de la guerra facilitó inmediatamente la organización de los clérigos militares». Este «Papa de la paz» hizo así posible que en todos los campos de batalla apareciesen los curas de campaña diciendo a sus soldados que debían morir por la madre patria, y antes del combate incluso rezaban con ellos.

     Karlheinz Deschner, en su libro «Un Siglo de Historia de la Salvación», plantea la pregunta que no se le ocurrió a ninguno de los periodistas, la cual fue: «¿Por qué no prohibió el Papa a los católicos luchar en la guerra?. ¿Por qué no hizo por todas partes un llamamiento a tirar las armas?». ¿No se le ocurren a nadie actualmente estas preguntas tan evidentes?.


La cascada de crímenes a través de los siglos: descendientes de descendientes de descendientes.

     Estimado lector: hemos obtenido una pequeña impresión de lo que ha sido la actuación de los sacerdotes, de los Papas, a lo largo de los siglos. Todo ello se podría considerar como una «cascada de crímenes». También se le puede calificar de «descendientes de descendientes de descendientes». Esta denominación hace alusión a la tradición de esta institución: en la historia del mundo aparecen siempre una y otra vez personajes iguales o parecidos. Ya hemos puesto ejemplos de los llamados «Santos Padres», quienes obraron como auténticos criminales. Muchos oyentes nos han preguntado si estos sólo han sido casos aislados, si sólo unos pocos de estos llamados «Santos Padres» fueron los que se destacaron por sus hechos criminales. Al respecto hay que decir que se podrían mencionar innumerables ejemplos de estos hechos. Nombremos a continuación sólo unos cuantos casos, para demostrar que se trata realmente de descendientes de descendientes de descendientes los que dieron forma a esta cascada de crímenes. Y tal vez alguien se pregunte: ¿Se trata del mismo o sólo de uno parecido?.

     Los «Santos padres» que cometieron actos criminales no son casos únicos. Algunos de ellos fueron:
—El Santo Padre, el Papa Virgilio, que gobernó del año 537 al 555, fue, por ejemplo, el asesino de su antecesor.
—El Santo Padre y Papa Honorio, en funciones del 625 al 638, incitó en España a que se atacara a los judíos e hizo perseguir a personas de otras creencias.
—El Papa León I persiguió también de forma inclemente a personas de otras creencias. El profundo conocedor de la historia de la Iglesia y mundialmente conocido historiador alemán Karlheinz Deschner calificó estas persecuciones de «sanguinarias». León I fue también el Papa que enseñó que por boca del Papa hablan Dios y Cristo mismos. Este Papa fue canonizado.
—Otro Papa, Pío IX, ejerció funciones como tal desde 1846 hasta 1878, discriminó al judaísmo y estableció el dogma de la infalibilidad.
—Bernardo de Claraval no fue ningún Papa, pero sí un «santo» y «doctor de la iglesia»; en 1146 llamó a hacer una Cruzada. De él se ha transmitido la cita: «Un caballero de Cristo mata con buena conciencia. Más tranquilo aún muere él. Cuando muere, se está beneficiando a sí mismo. Cuando mata, beneficia a Cristo». San Bernardo llamó claramente a aniquilar a los sarracenos en las Cruzadas, o a convertirlos. La regla era: muerte o conversión. Otra cosa no había. Bernardo de Claraval incitó también contra los eslavos en el este de Alemania. Durante muchos siglos hubo Cruzadas, verdaderas Cruzadas contra los eslavos, que fueron llevadas a efecto por incitación de este «santo».

     A propósito de Cruzadas: también las Cruzadas con las que había de recuperarse Jerusalén fueron iniciadas por un Papa, Urbano II. Con este acto él se hizo culpable del asesinato de millones de personas. También Urbano II fue beatificado en 1881.


«En esta Iglesia hace tiempo que ya no se puede salvar nada, sino sólo a uno mismo y a otros de ella».

     En relación con los Papas, de vez en cuando hay también cosas curiosas que mencionar. A este respecto tenemos aquí la aportación de otro oyente, algo que resulta muy sorprendente. Él escribe que en un periódico ha leído lo siguiente: «El boom de Benedicto se mantiene. El último artículo para fans: el muñeco Papa, de la manufactura del sur de Turingia... Coleccionistas disputan para obtener el muñeco con los rasgos faciales de Benedicto XVI, por 139 euros». Más de un lector de buena fe se indignará tal vez, pensando: ¿cómo se atreve una fábrica de muñecas a abusar de los derechos de personalidad del Papa y ganar dinero con ello?. Probablemente hay que ver esto de otra manera: quien conoce a la Iglesia católica, sabe que nada que sea de naturaleza parecida sucede sin conocimiento y aprobación del titular de la silla de san Pedro. Y podría ser que una gran parte del dinero recogido con ello fluya a sus bolsillos. Pero volviendo a la pregunta sobre el muñeco, una toma de postura sobre esto dice lo siguiente: «A mi modo de ver esto es algo indigno. ¿Qué diría Jesús al respecto?. Poco. Pero yo os digo: Jesús tenía dignidad».

     Mucho de lo que se nos escribe se ocupa con la persona o con la función del titular de la silla de san Pedro. Un oyente nos hace la pregunta: «En el periódico "La Vanguardia" de Barcelona he leído que 80 sacerdotes católicos le han escrito al Papa y le han exigido que no se siga haciendo llamar más "Santo Padre" y que acabe con el lujo y la pompa. Ellos le escribieron que esto "no era cristiano". Ésta es una iniciativa que iría en la dirección que propugnan ustedes —es decir, en el sentido de los cristianos originarios—. ¿Qué piensan ustedes de esta iniciativa de estos sacerdotes?».

     Respuesta: Puede que éste sea un pequeño buen comienzo, el que sacerdotes pidan al Papa que no siga haciéndose llamar «Santo Padre». Sólo que este pensamiento debería seguirse consecuentemente. Pues si sólo se plantea la pregunta de si eso es cristiano, los mismos sacerdotes deberían también cuestionarse a sí mismos, pues sabemos que Jesús no quería sacerdotes. Él no fundó ninguna Iglesia. Tampoco introdujo ningún sacramento, ningún culto pagano. Y los sacerdotes catalanes podrían —como propuesta, en el caso de que lo que han hecho vaya realmente en serio–, luchar para que la Iglesia restituya el oro que robó a los indios. Tal vez se pueda añadir una cita de Karlheinz Deschner para todos los que intentan mejorar o reformar la Iglesia. Karlheinz Deschner, el célebre historiador, dijo: «En esta Iglesia hace tiempo que ya no se puede salvar nada, sino sólo a uno mismo y a otros de ella».

     En relación a esto hay que mencionar que poco después de la elección del nuevo Papa, en todos los periódicos apareció una noticia que decía que Josef Ratzinger, ahora Benedicto XVI, había declarado públicamente varios años antes que era peligroso, como Papa, hacerse llamar «Santo Padre». Un obispo alemán escuchó también esta declaración del Papa y la confirmó ante la opinión pública. El Papa sabe entonces lo que hace. Es de suponer que la «peligrosidad» él la vio en relación con la enseñanza de Jesús de Nazaret. Con ello actúa en contra del gran maestro de la Humanidad, que enseñó que sólo Uno es nuestro Padre en el Cielo y que sólo Uno puede ser llamado «Padre santo». Es muy peligroso, ha reconocido él. ¿Se dará cuenta tal vez algún día de cuán peligroso es realmente?.

     Aquí puede añadirse que un cristiano originario también le planteó al Papa actual, poco después de su elección, esa pregunta en una extensa carta, así como muchas otras, que entroncaban directamente con las muchas declaraciones del entonces teólogo Josef Ratzinger. Hasta hoy el cristiano originario no ha recibido ni siquiera un acuse de recibo, ni mucho menos una respuesta.

     Queremos resaltarlo una vez más: cada profesión de fe puede llamarse como lo desee, también cada guía religioso, cada religión. Esta libertad la tiene cada persona en nuestro Estado. Sin embargo, nosotros los cristianos originarios nos sentimos obligados a alzar nuestra voz cuando alguien se presenta con una religión totalitaria de culto pagano y abusa además del nombre del gran maestro de sabiduría de la Humanidad, del nombre de Jesús, el Cristo. Éste es el motivo por el cual nos ocupamos de este tema.

     En vista de todo lo que se ha puesto al descubierto, todo aquel que lo desee, tal vez en especial una persona joven, puede reconocer que no tiene que dirigirse más al «Santo Padre» en la Tierra, sino que uno puede dirigirse al Único Padre santo, que está en el Cielo y en el interior de cada hombre.  El reino del interior no es ningún reino de fantasmas, sino un reino que está poblado por seres de luz, llamados seres espirituales, que tienen un cuerpo más fino, que es la ley del amor, así como vuestro cuerpo de sustancia gruesa es vuestra ley del ego. Pero quien no está cerca del Reino del interior, calla, y con ello aprueba lo que quiere la casta sacerdotal.–



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