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lunes, 12 de marzo de 2012

Douglas Reed - La Controversia de Sión (1)


     Publicamos ahora los dos primeros capítulos del libro póstumo de Douglas Reed (1895-1976) titulado "La Controversia de Sión" y publicado en 1978 en Durban, Sudáfrica. Periodista británico y escritor de varios libros, censurado y obliterado por un inicuo sistema que lo obligó a jubilarse anticipadamente, en este libro, finalizado en 1956 y no encontrando ningún editor que lo quisiese publicar, repasa la historia del sionismo talmúdico, comenzando desde los mismísimos orígenes de las fuentes más antiguas, para relacionarlo con los sucesos de su tiempo y, por inferencia, de los que le siguieron y continúan. Creemos que estos textos son altamente interesantes para comprender muchos aspectos del presente y en particular la clara distinción entre Israel y los judíos. Ésta es una retraducción desde el original inglés, por cuanto la traducción al castellano que circula adolece de variadas imperfecciones de sentido.


La Controversia de Sión
por Douglas Reed




Capítulo 1
EL COMIENZO DEL ASUNTO


     El verdadero comienzo de este asunto ocurrió en un día en el 485 a.C. que este relato abordará en su sexto capítulo. En ese día, la pequeña tribu palestina de Judá (antes repudiada por los israelitas) desarrolló un credo racial cuyo efecto disociador en los asuntos humanos subsecuentes puede haber excedido al de los explosivos o las epidemias. Éste fue el día en el cual la teoría de la raza de los amos fue fijada en "La Ley".

     En ese momento Judá era una pequeña tribu entre los pueblos súbditos del rey persa, y lo que hoy es conocido como "Occidente" no podía aún ser imaginado. Ahora, la Era cristiana tiene casi dos mil años y la "Civilización Occidental" que se desarrolló de ella está amenazada con la desintegración. El credo nacido en Judá hace 2.500 años, en la opinión del autor, es lo que principalmente ha provocado esto. El proceso, de la causa original hasta el presente efecto, puede rastrearse correcta y claramente porque el período es, en lo principal, uno de historia comprobable.

     El credo que una secta fanática produjo ese día ha mostrado un gran poder sobre las mentes de los hombres, a lo largo de estos veinticinco siglos; de aquí se deriva su logro destructivo. Por qué tuvo que nacer en ese momento particular, o alguna vez, es algo que nadie puede explicar. Esto está entre los más grandes misterios de nuestro mundo, a menos que la teoría de que cada acción produce una reacción igual y opuesta sea válida en el área del pensamiento religioso, de modo que el impulso que en esa época remota puso a muchos hombres tras la búsqueda de un Dios universal y de amor, produjera esta feroz contra-idea de una deidad exclusiva y vengativa.

     El Judá-ismo era retrógrado ya en el 458 a.C., cuando los hombres en el mundo conocido estaban comenzando a apartar sus ojos de los ídolos y dioses tribales, y a buscar a un Dios de todos los hombres, un Dios de justicia y de sentido de hermandad. Confucio y Buda ya habían apuntado en esa dirección, y la idea de un Dios único era conocida entre los pueblos vecinos de Judá. Hoy a menudo se hace la afirmación de que los hombres religiosos, cristianos, musulmanes, u otros, deben tener respeto por el judaísmo, cualesquiera sean sus errores, sobre una base indiscutible: fue la primera religión universal, por lo que en cierto sentido todas las religiones universales descienden de él. A cada niño judío se le enseña esto. En verdad, la idea de un Dios único de todos los hombres fue conocida largo tiempo antes que la tribu de Judá siquiera tomara forma, y el judaísmo fue, sobre todo, el rechazo de esta idea. El Libro de los Muertos egipcio (cuyos manuscritos fueron encontrados en las tumbas de los Reyes de 2.600 a.C., más de dos mil años antes que la "Ley" judaica fuese completada) contiene este pasaje: "Tú eres el único, el Dios del mismo principio del tiempo, el heredero de la inmortalidad, formado por ti mismo y nacido de ti mismo; tú creaste la Tierra y el hombre". Inversamente, las Escrituras producidas en Judá por los levitas preguntaban: "¿Quién es como tú, oh, Señor, entre los Dioses?" (Éxodo).

     La secta que se insertó en la tribu de Judá y la dominó, tomó este creciente concepto de un Dios único de todos los pueblos y lo incluyó en sus Escrituras sólo para destruírlo y para establecer el credo basado en su rechazo. Es negado sutilmente, pero con desdén, y como el credo está basado en la teoría de la raza de los amos, esta negación es necesaria e inevitable. Una raza de amos, si debe haber alguna, debería en sí misma ser Dios.

     El credo al cual se le dio fuerza de ley cotidiana en Judá en el 458 a.C., era entonces y lo es todavía, único en el mundo. Descansaba en la aserción, atribuída a la deidad tribal (Yahvé), de que "los israelitas" (de hecho, los judaítas) eran su "pueblo elegido", los cuales, si ellos seguían todos sus "estatutos y juicios", serían puestos sobre todos los otros pueblos y serían establecidos en una "tierra prometida". De esta teoría, tanto si fue prevista de antemano o por una imprevisible necesidad, crecieron las teorías anexas de la "cautividad" y la "destrucción". Si Yahvé iba a ser adorado, tal como lo ordenó, en un cierto lugar en una tierra especificada, todos sus adoradores tenían que vivir allí.

     Obviamente todos ellos no podían vivir allí, pero si ellos vivían en otra parte, por fuerza mayor o por propia decisión, automáticamente se convertían en "cautivos" de "los extranjeros", a quienes ellos tenían que "sacar de raíz", "derribar" y "destruír". Dado este principio básico del credo, daba lo mismo si los "capturadores" eran conquistadores o anfitriones amistosos; su destino decretado era su destrucción o la esclavitud.

     Antes de que ellos fueran destruídos o esclavizados, durante un tiempo fueron los "captores" de los judaítas, no por derecho propio sino porque los judaítas, habiendo fallado en la "observancia", merecían el castigo. De esta manera Yahvé se reveló como el Dios único de todos los pueblos: aunque él "reconocía" sólo al "pueblo escogido", él emplearía a los paganos para castigarlos por sus "transgresiones", antes de determinar la destrucción decretada de antemano de estos paganos.

     Los judaítas tenían esta herencia impuesta sobre ellos. Ni siquiera era de ellos, ya que el "pacto", de acuerdo a estas Escrituras, había sido hecho entre Yahvé y "los hijos de Israel", y hacia el 458 a.C. los israelitas, despreciando a los judaítas no-israelitas, ya hacía tiempo que habían sido absorbidos por otra humanidad, tomando con ellos la visión de un Dios universal, amante de todos los hombres. Los israelitas, según toda la evidencia, nunca conocieron este credo racial que llegó a ser conocido con el paso de los siglos como la religión judía, o judaísmo. Se mantuvo, durante todo el tiempo, como el producto de Judá de los levitas.

     Lo que sucedió antes del 458 a.C. es mayormente tradición, leyenda y mitología, distinto del período posterior, cuyos principales eventos son conocidos. Antes del 458 a.C. por ejemplo, existían fundamentalmente sólo "tradiciones orales"; el período documental comienza en los dos siglos anteriores al 458 a.C., cuando Judá fue repudiada por los israelitas. En esta fase, cuando la tradición verbal se transformó en la Escritura, ocurrió la perversión. Las palabras que sobreviven de los primeros israelitas muestran que su tradición era de amplia amistad con los vecinos bajo un Dios universal. Esto fue cambiado en lo contrario por los sacerdotes itinerantes, que segregaron a los judaítas y establecieron el culto de Yahvé como el dios del racismo, del odio y la venganza.

     En la tradición más antigua, Moisés era un gran líder tribal que oyó la voz del Dios único hablando desde un arbusto en llamas y que bajó de una montaña llevando consigo los mandamientos morales de este Dios único a las personas. El momento en que esta tradición tomó forma, fue cuando la idea de religión se estaba agitando por primera vez en las mentes de los hombres y cuando todos los pueblos estaban tomando en préstamo las tradiciones y pensamientos de unos a otros.

     De dónde puede haber venido la idea de un Dios único ya ha sido mostrado, aunque los antiguos egipcios pueden haberla recibido de otros. La figura del propio Moisés, y su Ley, fueron tomados del material ya existente. La historia del descubrimiento de Moisés en los juncos se tomó prestada completamente de la leyenda mucho más antigua (que es idéntica) de un rey de Babilonia, Sargón el Antiguo, que vivió entre 1.000 y 2.000 años antes que Moisés; los Mandamientos se parecen mucho a los antiguos códigos de leyes de los egipcios, babilónicos y asirios. Los antiguos israelitas construyeron sobre ideas corrientes, y por esto al parecer estuvieron en camino a una religión universal cuando fueron absorbidos por la Humanidad.

     Entonces Judá puso el proceso en reversa, de modo que el efecto es como el de una película avanzando hacia atrás. Los amos de la tribu de Judá, los levitas, cuando diseñaron su Ley también tomaron lo que ellos podrían usar de la herencia de otros pueblos y lo trabajaron dentro del material que ellos estaban moldeando. Comenzaron con el único Dios de todos los hombres, cuya voz se había escuchado brevemente desde el arbusto en llamas (en la tradición oral), y en el curso de cinco libros de su Ley escrita, se convirtió en el Yahvé racista y regateador que prometía territorios, tesoros, sangre y poder sobre otros, a cambio de un ritual de sacrificio, que debía ser llevado a cabo en un lugar preciso de una tierra específica.

     De esta manera ellos fundaron el permanente contra-movimiento de todas las religiones universales, e identificaron el nombre de Judá con la doctrina de autosegregación de la humanidad, de odio racial, de asesinatos en el nombre de la religión, y en la venganza.

     La perversión así lograda puede rastrearse en el Antiguo Testamento, dónde Moisés primero aparece como el portador de los mandamientos morales y como un buen vecino, y finaliza como un racista asesino de masas, habiendo sido convertidos los mandamientos morales en sus opuestos entre el libro del Éxodo y el de Números. En el curso de esta misma transmutación, el Dios que comienza ordenando al pueblo no matar o no codiciar los bienes o esposas de su prójimo, termina ordenando una matanza tribal de los pueblos vecinos, ¡sólo para dejar a las vírgenes con vida!.

     Así, el logro de los sacerdotes itinerantes que dominaban a la tribu de Judá desde hacía tanto tiempo atrás fue apartar a un pequeño y cautivo pueblo de la idea creciente de un Dios de todos los hombres para reinstaurar una deidad tribal sedienta de sangre y una ley racista, y para enviar a los seguidores de este credo, en su caminar a través de los siglos, con una misión destructiva.

     El credo o la revelación de Dios así presentada, estaba basada en una versión de la historia en la que cada evento tenía que concordar con la enseñanza y confirmarla.

     Esta versión de la Historia retrocedía hasta la Creación, cuyo exacto momento era conocido; como los sacerdotes también afirmaban poseer el futuro, ésta era una historia y teoría completa del universo desde el comienzo hasta el fin. El final sería la consumación triunfante en Jerusalén, cuando el dominio mundial sería establecido sobre las ruinas de los paganos y sus reinos.

     El tema de la cautividad masiva, que termina en una venganza de Yahvé ("todos los primogénitos de Egipto"), aparece cuando esta versión de la historia alcanza la fase egipcia, conduciendo al éxodo masivo y a la conquista masiva de la tierra prometida. Este episodio era necesario si los judaítas iban a ser organizados como una permanente fuerza disociadora entre las naciones, y por esa razón, evidentemente, fue inventado; los estudiosos del judaísmo están de acuerdo en que nada semejante a la narrativa en el libro de Éxodo ocurrió en la realidad.

     Está en disputa incluso si Moisés existió. "Ellos dicen", dijo el fallecido rabino Emil Hirsch, "que Moisés nunca vivió. Yo lo concedo. Si ellos me dicen que la historia que vino de Egipto es mitología, yo no protestaré; es mitología. Ellos me dicen que el libro de Isaías, tal como lo tenemos hoy, está compuesto de escritos de por lo menos tres y quizás cuatro períodos diferentes; yo lo sabía antes de que ellos siquiera me lo dijeran; antes de que ellos lo supieran, ésa era mi convicción".

     Tanto si Moisés vivió o no, él no pudo haber conducido ningún éxodo masivo desde Egipto a Canaán (Palestina). Ninguna tribu israelita bien definida existía (dice el rabino Elmer Berger) en algún momento cuando alguien llamado Moisés pudo haber liberado de la esclavitud egipcia a algún pequeño grupo de esclavos. Los Habiru (hebreos) entonces ya se habían establecido en Canaán, habiendo llegado allí largo tiempo antes desde Babilonia en el otro extremo: Su nombre, Habiru, no denotaba identidad racial o tribal; significa "nómades". Mucho tiempo antes de que cualquier pequeña banda conducida por Moisés pudiera haber llegado, ellos habían invadido grandes áreas cananeas, y el gobernador de Jerusalén informó al Faraón en Egipto: "El Rey ya no tiene ningún territorio; los Habiru han devastado todo el territorio del Rey".

     Un historiador sionista más acucioso, el Dr. Josef Kastein, es igualmente específico acerca de esto. Será citado a menudo durante esta narración, porque su libro, como este mismo, cubre el alcance completo de la controversia de Sión (excepto los últimos veintidós años; fue publicado en 1933). Él dice: "Innumerables otras tribus semitas y hebreas ya se habían establecido en la tierra prometida que, según Moisés les dijo a sus seguidores, era suyas por el antiguo derecho de herencia; lo que importa es que las condiciones del momento en Canaán habían hecho desaparecer ese derecho desde hacía largo tiempo atrás y lo demostraban como ilusorio".

     El Dr. Kastein, un sionista ferviente, sostiene que la Ley dictada en el Antiguo Testamento debe ser cumplida al pie de la letra, pero él no pretende tomar seriamente la versión de la historia sobre la cual esta Ley se basa. En esto, él difiere de los polemistas cristianos de la escuela de que "cada palabra es verdad". Sostiene que el Antiguo Testamento era de hecho un programa político, elaborado para cumplir con las condiciones de un tiempo determinado, y frecuentemente revisado para adecuarse a las cambiantes condiciones.

     Históricamente, por lo tanto, la cautividad egipcia, la matanza de "todos los primogénitos de Egipto", el éxodo y la conquista de la tierra prometida son mitos. La historia fue inventada, pero la lección, de venganza sobre el pagano, fue implantada en las mentes de los hombres y el profundo efecto continúa hasta nuestro tiempo.

     Fue evidentemente inventado para apartar a los judaítas de la tradición más antigua del Dios que, desde el arbusto en llamas, dictó una simple ley de comportamiento moral y de buena vecindad; mediante la inserción de un incidente imaginario y alegórico, presentado como verdad histórica, esta tradición se convirtió en su contrario y fue establecida la "Ley" de exclusión, odio y venganza. Con esto como su religión y su herencia, confirmada por la narrativa histórica añadida a ella, una pequeña banda de seres humanos fue enviada a su camino en el futuro.

     Al momento de ese logro en el 458 a.C., muchos siglos después de cualquier posible período en que Moisés pudiera haber vivido, mucho había sucedido en Canaán. Los nómades Habiru, suplantando a los nativos cananeos por infiltración, matrimonios mixtos, asentamiento o conquista, se habían quitado de encima a una tribu llamada Ben Yisrael, o Hijos de Israel, que se habían dividido en varias tribus, muy débilmente confederadas y a menudo en guerra las unas con las otras. El cuerpo principal de estas tribus, los israelitas, poseían el norte de Canaán. En el sur, aislada y rodeada por pueblos nativos cananeos, una tribu llamada Judá tomó forma. Ésta fue la tribu de donde emergieron el credo racista y palabras tales como "judaísmo", "judaico" y "judío" en el curso de los siglos.

     Desde el momento en que aparece por primera vez como una entidad, esta tribu de Judá tiene una apariencia extraña. Siempre estaba desconectada, y nunca se llevaba bien con sus vecinos. Sus orígenes son misteriosos. Pareciera que desde el principio, con su inquietante nombre, de algún modo fueron apartados, en lugar de haber sido "escogidos". Las escrituras levíticas la incluyen entre las tribus de Israel, y como las otras se mezclaron con la Humanidad, esto la dejaría como los últimos reclamante de los premios prometidos por Yahvé al "Pueblo Elegido". Sin embargo, incluso esta demanda parece ser falsa, ya que la Enciclopedia Judaica imparcialmente dice que Judá era "con toda probabilidad una tribu no-israelita".

     Esta tribu con su curioso aire, fue la que inició viaje hacia el futuro, cargando la doctrina redactada por los levitas, a saber, que eran "el pueblo elegido" de Yahvé y que, cuando llevaran a cabo "todos mis estatutos y juicios", heredarían una tierra prometida y el dominio sobre todos los pueblos.

     Entre estos "estatutos y juicios", tal como los levitas finalmente los editaron, aparecían repetidamente las órdenes de "destrucción absoluta", "echar abajo", "arrancar de raíz". Judá fue destinada a producir una nación dedicada a la destrucción.



Capítulo 2
EL FINAL DE ISRAEL

     Aproximadamente quinientos años antes del evento del 458 a.C., o hace casi tres mil años al día de hoy, la breve y problemática asociación entre Judá y los israelitas ("los hijos de Israel") llegó a su fin. Israel rechazó el credo del pueblo elegido que estaba empezando a tomar forma en Judá y tomó su propio camino. (La adopción del nombre "Israel" por el Estado sionista que fue establecido en Palestina en 1948, fue una pretensión transparentemente falsa).

     Los eventos que llevaron a la infeliz y efímera unión, cubrieron los primeros siglos. El período mitológico o legendario de Moisés fue seguido por uno en Canaán, durante el cual "Israel" era la entidad fuerte, cohesiva y reconocible, la confederación del norte de las diez tribus. Judá (a la que se unió la pequeña tribu de Benjamín) era un pequeño feudo en el sur.

     Judá, de la cual desciende el sionismo de hoy, era una tribu de mala reputación. Judá vendió a su hermano José, el hijo más querido de Jacob, llamado Israel, a los ismaelitas, por veinte monedas de plata (tal como Judas, el único judío entre los discípulos, mucho después traicionó a Jesús por treinta monedas de plata), y luego fundó a la tribu sobre el incesto (Génesis 37-38). Los escribas sacerdotales que redactaron este relato escritural siglos más tarde, se habían transformado en los amos de Judá, y como ellos alteraban la tradición oral cuando les daba la gana, la pregunta surge sola: ¿Por qué hicieron el enorme esfuerzo de conservar, o posiblemente incluso insertar, esta atribución de sus comienzos incestuosos y de una naturaleza traicionera, para el mismo pueblo que, decían ellos, eran los elegidos de Dios?. La cosa es misteriosa, como muchas otras en las Escrituras levíticas, y sólo el núcleo de la secta podría proporcionar una respuesta.

     Como fuere, aquellas Escrituras y las autoridades de hoy concuerdan en cuanto a la separación entre "Israel" y "Judá". En el Antiguo Testamento, Israel es llamado a menudo "la casa de José", en marcada diferencia con "la casa de Judá". La Enciclopedia Judaica dice: ''José y Judá representan dos líneas distintas de descendencia", y agrega (como ya fue citado) que Judá fue "con toda probabilidad una tribu no-israelita".  La Enciclopedia Británica dice que el judaísmo se desarrolló mucho tiempo después de que los israelitas se habían mezclado con la humanidad, y que la verdadera relación de los dos pueblos se expresa mejor en la frase "Los israelitas no eran judíos". Históricamente, Judá sobreviviría por un tiempo y llevaría adelante el judaísmo, el cual engendró al sionismo. Israel desaparecería como entidad, y todo ocurrió de esta manera:

     La pequeña tribu en el sur, Judá, llegó a ser identificada con la tribu de los sin tierra, la de los levitas. Estos sacerdotes hereditarios, que afirmaban que su oficio les había sido conferido por Yahvé en el monte Sinaí, fueron los verdaderos padres del judaísmo. Ellos vagaban entre las tribus, predicando que la guerra de uno era la guerra de todos, y que era la guerra de Yahvé. Su objetivo era el poder y ellos se esforzaban por una teocracia, un estado en el cual Dios es el soberano y la religión es la ley. Durante el período de los Jueces lograron su objetivo hasta cierto punto, porque ellos naturalmente eran los Jueces. Lo que ellos, y la aislada Judá, más necesitaban era la unión con Israel. Éste, que desconfiaba de este sacerdocio que daba leyes, no quería escuchar hablar de unificación a menos que fuese bajo un rey; todos los pueblos circundantes tenían reyes.

     Los levitas no dejaron pasar esta oportunidad. Ellos vieron que si un rey fuese designado, la clase gobernante proporcionaría al candidato, y ellos eran la clase gobernante. Samuel, a la cabeza de ésta, estableció una monarquía títere, detrás del cual el sacerdocio ejercía el verdadero poder; esto se logró mediante la estipulación de que el rey sólo reinaría durante su vida, lo que significaba que no podría fundar una dinastía. Samuel escogió a un joven campesino de la tribu de Benjamín, Saúl, que había logrado cierta fama en la guerra tribal y del cual se pensaba que presumiblemente era manejable (la elección de un benjaminita sugiere que Israel no consideraría a ningún hombre de la tribu de Judá para el reinado). Comenzó entonces el reino unificado de Israel; en realidad sólo duró lo que este reinado, el de Saúl.

     En el destino de Saúl (o en el relato entregado de él en las Escrituras posteriores) se puede discernir la naturaleza siniestra del judaísmo, según se le fue dando forma. Le ordenaron comenzar la guerra santa atacando a los amalecitas "y destruír absolutamente todo lo que ellos tienen, y no los perdones, sino que mata a hombres y mujeres, infantes y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos". Él destruyó entonces a "hombres y mujeres, infantes y lactantes", pero perdonó al rey Agag y las mejores ovejas, bueyes, potros y corderos. Por esto Saúl fue excomulgado por Samuel, que en secreto escogió a un tal David, de Judá, para ser el sucesor de Saúl. Después de esto, Saúl se esforzó vanamente en poner todo su celo en la "destrucción absoluta" para aplacar a los levitas, y luego atentando contra la vida de David para salvar su trono. Finalmente se mató él mismo.

     Posiblemente nada de esto sucedió; es el relato entregado en el Libro de Samuel, que los levitas produjeron siglos después. Tanto si es verdad o si es alegórico, la importancia yace en la clara implicación: Yahvé demandaba la obediencia literal cuando ordenaba la "destrucción absoluta", y la misericordia o la piedad eran pecados capitales. Esta lección queda asentada en muchos otras descripciones de eventos que fueron posiblemente históricos y posiblemente imaginarios.

     Éste fue realmente el final, hace tres mil años, del reino unido, ya que Israel no aceptaría al hombre de Judá, David, como rey. El Dr. Kastein dice que "el resto de Israel lo ignoró" y proclamó al hijo de Saúl, Isboset, como rey, en donde nuevamente la división entre Israel y Judá "realmente tuvo lugar". Según Samuel, Isboset fue asesinado y su cabeza fue enviada a David, quien después de esto restauró una unión nominal e hizo de Jerusalén su capital. Él nunca verdaderamente logró unir el reino o las tribus; él fundó una dinastía que sobrevivió un reinado más.

     El judaísmo formal sostiene hasta el día de hoy que la consumación mesiánica ocurrirá bajo un rey mundial de "la casa de David"; y la exclusión racial es el primer principio del judaísmo formal (y la ley de la tierra en el Estado sionista). Así, los orígenes de la dinastía fundada por David son de relevancia directa en esta narrativa.

     La discriminación racial y la segregación eran claramente desconocidas en las tribus-pueblos en esos días de la asociación entre Israel y Judá, ya que el Antiguo Testamento dice que David, el judaíta, desde el tejado de su casa, vio "a una hermosa mujer" bañándose, le ordenó que fuera hacia él y la embarazó, y luego había enviado a su marido, un hitita, a la primera línea de batalla con órdenes de que fuese asesinado. Cuando él fue muerto, David agregó a la mujer, Betsabé, a sus esposas, y el segundo hijo que tuvo con ella se transformó en el próximo rey, Salomón (esta historia de David y Betsabé, como está relatada en el Antiguo Testamento, fue censurada en una película de Hollywood realizada en nuestros días).

     Tal fue la ascendencia racial de Salomón, el último rey de la quebrada confederación, según los escribas levíticos. Él comenzó su reinado con tres asesinatos, incluyendo el de su hermano, y vanamente trató de salvar su dinastía por el método de los Habsburgo, el matrimonio, aunque en mayor escala. Se casó con princesas de Egipto y de muchas tribus vecinas y tuvo centenares de esposas menores, de tal manera que en sus días la segregación racial debe haber sido desconocida. Construyó el templo y estableció un alto sacerdocio hereditario.

     Ésa fue la historia, concluída en el 937 a.C., de la corta asociación entre Israel y Judá. Cuando Salomón murió, los incompatibles socios finalmente se separaron, y en el norte Israel reasumió su vida independiente. El Dr. Kastein dice:

     "Los dos Estados ya no tenían nada en común, para bien o para mal, como cualquier otros dos países con una frontera en común. De tiempo en tiempo emprendieron la guerra el uno contra el otro o hicieron tratados, pero ellos estaban completamente separados. Los israelitas dejaron de creer que tenían un destino aparte de los pueblos vecinos, y el rey Jeroboam hizo la separación completa de Judá, tanto en el sentido religioso como en el político". Entonces, de los judaítas, el Dr. Kastein agrega que "ellos decidieron que estaban destinados a desarrollarse como una raza aparte... ellos exigieron un orden de existencia fundamentalmente diferente de los pueblos alrededor de ellos. Éstas eran diferencias que no permitieron ningún proceso de asimilación con los otros. Ellos exigieron separación, diferenciación absoluta".

     Así, la causa de la brecha y la separación estaba clara. Israel creía que su destino yacía en su involucramiento con la Humanidad, y rechazó a Judá sobre las mismas bases que recurrentemente, en los próximos tres mil años, causaría en otros pueblos alarma, resentimiento y repudio hacia el judaísmo. Judá "demandaba separación, diferenciación absoluta". (Sin embargo, el Dr. Kastein, aunque dice "Judá", en realidad quiere decir "los levitas". ¿Cómo podría siquiera la tribu-pueblo de Judá, en esa fase, haber exigido "separación y diferenciación absoluta", cuando Salomón había tenido mil esposas?).

     Eran los levitas, con su credo racial, lo que Israel rechazaba. Los siguientes doscientos años, durante los cuales Israel y Judá existieron separadamente, y a menudo en enemistad, pero lado a lado, están llenos con las voces de los "profetas" hebreos, incriminando a los levitas y al credo que ellos estaban construyendo. Estas voces todavía convocan a la Humanidad a salir de la oscuridad tribal que eclipsa mucho del Antiguo Testamento, porque ellas critican seriamente el credo que estaba en fabricación, tal como Jesús lo criticó 700 u 800 años después, cuando ya estaba largamente establecido en el Templo de Jerusalén.

     Estos hombres eran casi todos israelitas; la mayoría de ellos eran josefitas. Ellos estaban en camino al Dios único de todos los pueblos y a la participación dentro de la Humanidad. No eran únicos entre los hombres en esto: pronto el Buda, en India, iba a oponer su sermón en Benarés y sus Cinco Mandamientos de Integridad al credo de Brahma, el creador de la segregación de castas, y a la adoración de ídolos. Ellos eran en verdad israelitas que protestaban contra la enseñanza de los levitas que iba a llegar a ser identificada con el nombre de Judá. El nombre "profetas hebreos" es inapropiado porque ellos no tenían ninguna pretensión sobre el poder de adivinación, y estaban molestos con la descripción ("Yo no era profeta, ni tampoco era hijo de profeta", Amós 7:14). Ellos eran protestantes en su tiempo y dieron simples advertencias de las consecuencias incalculables del credo racial; sus advertencias permanecen válidas hasta hoy.

     Las pretensiones del sacerdocio levita los llevaron a estas protestas, particularmente la demanda sacerdotal del primogénito ("Aquel que abra el útero es mío", Éxodo), y la insistencia sacerdotal en los ritos de sacrificios. Los amonestadores israelitas (para quienes la "supuesta ley de Moisés" era desconocida, según el Sr. Montefiore) no vieron ninguna virtud en el ensangrentar de los sacerdotes, en el sacrificio interminable de animales y las "ofrendas por fuego", en el "dulce aroma" que se suponía complacía a Yahvé. Ellos criticaban la doctrina sacerdotal de matanza y esclavización de "los paganos". Dios —clamaban ellos— deseaba un comportamiento moral, una conducta sociable, y justicia hacia los pobres, los huérfanos, las viudas y los oprimidos, y no sacrificios de sangre y odio a los paganos.

     Estas protestas proporcionan las primeras luces del amanecer que llegó unos ochocientos años después. Ellos se encuentran en una compañía extraña entre los mandatos de hacer matanzas que abundan en el Antiguo Testamento. Lo extraño es que estas reprimendas sobrevivieron a la recopilación de los textos, cuando Israel se había marchado y los levitas, hegemónicos en Judá, fijaron con letras las Escrituras.

     El estudioso de hoy no puede explicar, por ejemplo, por qué el rey David aguanta que Natán lo reprenda públicamente por tomar a la esposa de Urías y a él haberlo asesinado. Posiblemente entre los escribas posteriores que compilaron la narrativa histórica, mucho tiempo después de que Israel y los protestantes israelitas se habían ido, hubo algunos que concordaban con esas denuncias y que se las ingeniaron para de esa manera continuar sus protestas.

     A la inversa, estos pasajes benévolos e ilustrados son seguidos a menudo por otros muy fanáticos, atribuídos al mismo autor, que anulan a los primeros o en su lugar ponen lo contrario. La única explicación razonable es que éstas son interpolaciones hechas posteriormente, para poner a los herejes en línea con el dogma de los levitas.

     Cualquiera sea la explicación, estas protestas israelitas contra la herejía de Judá tienen un atractivo intemporal y conforman el monumento al desaparecido Israel. Ellas imponen su camino, como pequeños cuchillos de la verdad, entre las piedras oscuras de la saga tribal. Ellas señalaron el camino a la elevación y el ensanchamiento del camino del involucramiento común con la Humanidad y fuera del abismo tribal.

     Elías y Eliseo trabajaron ambos en Israel, y Amós le habló solamente a los josefitas. Él atacó en particular los sacrificios sangrientos y los ritos sacerdotales: "Odio, desprecio vuestras fiestas y no me deleito en vuestras solemnes asambleas. Sí, aunque me ofrezcáis las ofrendas por fuego y vuestras ofrendas de alimentos, no las aceptaré. Tampoco consideraré las ofrendas de paz de vuestras bestias engordadas. Saquen lejos de mi el ruido de vuestras canciones" (las liturgias cantadas de los levitas) "y ya no quiero escuchar la melodía de vuestras violas. Pero dejen que el juicio corra como el agua y la rectitud como un arroyo poderoso". Y luego el reproche inmortal a la doctrina del "pueblo especial”: "¿Acaso no sois vosotros como los hijos de los etíopes para mí, oh hijos de Israel?, dijo el Señor".

     Oseas, otro israelita, dice: "Yo deseaba misericordia y no sacrificio, y el conocimiento de Dios más que las ofrendas por el fuego". Oseas exhorta a la práctica de "la justicia y la rectitud", "la benevolencia afectuosa, la compasión y la devoción", no la discriminación y el desprecio.

     En los tiempos de Miqueas, los levitas aparentemente todavía exigían el sacrificio de todos los primogénitos a Yahvé:

     "¿Con qué puedo presentarme delante de Yahvé para aplacarlo?. ¿Me inclinaré delante del Dios Altísimo?. ¿Vendré ante él con ofrendas quemadas, con terneros de un año?. ¿Estará Yahvé complacido con miles de carneros o con diez mil carneros engordados?. ¿Daré yo a mi primogénito por mis transgresiones, el fruto de mi cuerpo por el pecado de mi alma?. Se te ha dicho, oh hombre, lo que está bien y lo que Yahvé demanda de ti: sólo que actúes justamente y ames la misericordia y que camines humildemente con tu Dios" (Miqueas 6:6-8).

     Estos hombres luchaban por el alma de las personas de la tribu-pueblo durante los dos siglos en que Israel y Judá existieron uno junto al otro, y a veces con las dagas desenfundadas. Durante este período los levitas, que antes estaban distribuídos entre las doce tribus, fueron empujados más y más a congregarse en la diminuta Judá y en Jerusalén, y a concentrar sus energías en los judaítas.

     Entonces, el 721 a.C. Israel fue atacado y conquistado por Asiria, y los israelitas fueron llevados en cautividad. Judá se salvó en aquel momento momento, y permaneció durante otro siglo como un insignificante vasallo, primero de Asiria y luego de Egipto, y de la secta de los levitas.

     En ese punto "los hijos de Israel" desaparecen de la Historia, y si las promesas que se les hicieron fuesen cobradas, esta redención debe hallarse evidentemente entre los tipos de Humanidad en la que ellos se involucraron y se mezclaron. Dada la prevaleciente tendencia a migrar hacia Occidente entre los movimientos de pueblos durante los últimos 2.700 años, es probable que mucha de su sangre haya entrado en los pueblos europeos y norteamericanos.

     La afirmación judaísta, por otro lado, es que Israel estaba total y merecidamente "perdido", porque rechazó el credo de los levitas y escogió el "acercamiento con los pueblos vecinos". El Dr. Kastein, de quien son estas palabras, casi veintisiete siglos después, vehementemente regocijado por ese mismo relato de su caída, dice: "Las diez tribus del norte, con su desarrollo separado, se habían alejado tanto de sus parientes en el sur, que la crónica de su caída toma la forma de una breve declaración de un hecho irrelevante que no merece ninguna expresión de pesar. Ningún poema épico, ningún canto fúnebre, ninguna simpatía marcó la hora de su caída".

     El estudioso de la controversia de Sión tiene que trabajar mucho antes de que empiece a desvelar sus misterios, pero muy pronto descubrirá que en todas las cosas siempre se habla con dos lenguas, una para "los paganos" y otra para los iniciados.

     Los levitas de los tiempos antiguos y los sionistas de hoy no creen que los israelitas "desaparecieron sin dejar rastro" (como dice el Dr. Kastein). Ellos fueron declarados "muertos", de la misma forma en que es declarado "muerto" un judío que se casa fuera de la comunidad hoy en día (por ejemplo, el Dr. John Goldstein); ellos fueron excomulgados y sólo en ese sentido "dejaron de existir".

     Los pueblos no se extinguen. Los indios norteamericanos, los aborígenes australianos, los maoríes de Nueva Zelanda, los bantúes de África del Sur y otros, son las pruebas de eso. En este sentido, los israelitas no podrían haber "sido llevados cautivos" si ellos hubieran sido exterminados físicamente. Su sangre y su pensamiento sobreviven en la Humanidad, en alguna parte, hoy.

     Israel permaneció separado de Judá por su propia voluntad y por las mismas razones por las que desde entonces éste ha despertado la desconfianza y el recelo de otros pueblos. Los israelitas "no eran judíos"; los judaítas con toda probabilidad "no eran israelitas".

     El verdadero significado de la aseveración de que Israel "desapareció" será encontrado más tarde en el Talmud, que dice: "Las diez tribus no tienen parte en el mundo que vendrá". Así, "los hijos de Israel" son expulsados del cielo por la secta gobernante de Judá, porque ellos se negaron a excluírse a sí mismos de la Humanidad en la Tierra.

     El Rabino Jefe del Imperio británico en 1918, J.H. Hertz, en respuesta a una pregunta sobre este punto ha dicho explícitamente: "El pueblo conocido en la actualidad como los judíos es descendiente de las tribus de Judá y Benjamín con un cierto número de descendientes de la tribu de Leví". Esta declaración deja absolutamente claro que "Israel" no tuvo parte en lo que ha llegado a ser el judaísmo (ninguna autoridad, ni judía ni otra, apoyaría la afirmación sobre la descendencia desde Judá para los judíos de hoy, pero esto es de poca importancia).

     Por consiguiente, el uso del nombre "Israel" por el Estado sionista que fue creado en Palestina en este siglo es por su naturaleza una falsificación. Alguna poderosa razón debe haber dictado el uso del nombre de un pueblo que no era judío y que no tendría nada del credo que ha llegado a ser el judaísmo. Una teoría defendible da indicios de sí misma. El Estado sionista fue establecido con el consentimiento de las grandes naciones occidentales, la cual es también el área de la cristiandad. El cálculo puede haber sido que estos pueblos serían tranquilizadas en sus conciencias si ellos fuesen llevados a creer que estaban cumpliendo la profecía bíblica y la promesa de Dios a "Israel", a cualquier costo, incluyendo la "destrucción" de pueblos inocentes.

     Si fue ése el motivo para el mal uso del nombre "Israel", el recurso puede haber sido exitoso para su época; la multitud es siempre fácilmente "persuadida". Sin embargo, la verdad saldrá a luz a la larga, como las amonestaciones de los profetas israelitas lo muestran.

     Si el Estado sionista de 1948 tuviera derecho a reclamar algún nombre tomado de la lejana antigüedad, ése sólo podría ser "Judá", como este capítulo lo ha mostrado.


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