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martes, 15 de noviembre de 2011

Chris Hedges - EE.UU. el Analfabeto


     Ponemos en castellano estas reflexiones sobre la nueva cultura tan diferente de la construída antes sobre otras bases, no sólo en el país indicado sino extrapolable a gran parte de la civilización occidental al menos. El texto estaba en www.informationclearinghouse.info desde exactamente hace tres años.


EE.UU. el Analfabeto
por Chris Hedges
16 de Noviembre de 2008



     Vivimos en dos EE.UU. Uno, ahora minoritario, funciona en un mundo alfabetizado, basado en la letra. Éste puede enfrentarse con la complejidad y tiene los instrumentos intelectuales para separar la ilusión de la verdad. El otro EE.UU., que constituye la mayoría, existe en un sistema de creencias basado en la no-realidad. Éste, dependiente de imágenes hábilmente manipuladas para la información, se ha separado a sí mismo de la cultura alfabetizada, basada en la letra. No puede distinguir entre mentiras y verdad. Se informa a través de narrativas simplistas, infantiles y mediante clichés. Está sumido en la confusión mediante la ambigüedad, el matiz y la auto-referencia. Esto divide más que la raza, la clase o el género, más que lo rural o lo urbano, el creyente o el incrédulo, el Estado azul o el Estado rojo; han partido al país en entidades radicalmente distintas, antagónicas e infranqueables.

     Hay más de 42 millones de adultos estadounidenses, el 20 por ciento de los cuales tiene su educación secundaria completa, que no saben leer, así como 50 millones que leen a nivel de cuarto o quinto grado. Casi un tercio de la población nacional es analfabeto o apenas alfabetizado. Y esa cifra crece en aproximadamente 2 millones por año. Pero incluso aquellos que están supuestamente alfabetizados se repliegan en grandes cantidades hacia esta existencia basada en la imagen. Un tercio de los graduados de secundaria, junto con el 42 por ciento de los graduados de la universidad, nunca leyó un libro después de que terminaron la escuela. El 80 por ciento de las familias en Estados Unidos el año pasado no compró ni un libro.

     Los analfabetos raramente votan (en las elecciones estadounidenses), y cuando ellos votan, realmente lo hacen sin la capacidad para tomar decisiones basadas en la información textual. Las campañas políticas estadounidenses, que han aprendido a hablar mediante la aliviadora epistemología de la imágenes, evitan las auténticas ideas y la política verdadera mediante lemas baratos y tranquilizadoras narrativas personales. La propaganda política ahora se enmascara como ideología. Las campañas políticas se han convertido en una experiencia. No requieren capacidades cognoscitivas o autocríticas. Están diseñadas para encender sentimientos pseudo-religiosos de euforia, obtención de poder y salvación colectiva. Las campañas que tienen éxito están cuidadosamente construídas como instrumentos psicológicos que manipulan los volubles estados de ánimo, las emociones y los impulsos, muchos de los cuales son subconscientes. Ellas crean un éxtasis público que anula la individualidad y fomentan un estado de irreflexión. Ellas nos empujan hacia un eterno presente. Ellas sustentan a una nación que ahora vive en un estado de amnesia permanente. Son el estilo y la anécdota, no el contenido o la historia o la realidad, los que le dan el carácter a nuestra política y a nuestras vidas. Preferimos las alegres ilusiones. Y esto funciona porque mucho del electorado estadounidense, incluso aquellos que deberían saber más, votan ciegamente por lemas, sonrisas, alegres cuadros familiares, narrativas y la percibida sinceridad y el atractivo de los candidatos. Se toman los sentimientos como si fuesen el conocimiento.

     El analfabeto y el semi-analfabeto, una vez que las campañas terminan, se quedan sin ningún poder. Ellos todavía no pueden proteger a sus hijos de las escuelas públicas que funcionan mal. Ellos todavía no pueden entender los préstamo usureros, las complejidades de los papeles hipotecarios, los contratos de las tarjetas de crédito y las líneas de crédito que los conducen hacia los embargos y la bancarrota. Ellos todavía luchan con las tareas más básicas de la vida diaria, desde leer las instrucciones en sus medicinas hasta llenar formas bancarias, documentos de arriendo de automóviles y papeles de seguros y beneficios por cesantía. Ellos miran desamparadamente y sin comprender cuando cientos de miles de empleos son eliminados. Ellos son rehenes de las marcas. Las marcas vienen con imágenes y lemas. Las imágenes y los lemas son todo lo que ellos entienden. Muchos comen en restaurantes de comida rápida no sólo porque es barato, sino porque ellos pueden pedir a partir de fotografías más bien que desde menús (escritos). Y aquellos que los sirven, también semi-analfabetos o analfabetos, sólo hacen marcas en los pedidos en cajas registradoras cuyas teclas están marcadas con símbolos e imágenes. Éste es nuestro brave new world.

     Los líderes políticos en nuestra sociedad post-alfabetizada ya no tienen que ser competentes, sinceros u honestos. Ellos sólo tienen que aparentar tener estas cualidades. Más que nada ellos necesitan una historia, una narrativa. La realidad de la narrativa es irrelevante. Puede estar completamente en desacuerdo con los hechos. La consistencia y la atracción emocional de la historia son lo supremo. La habilidad más esencial en el teatro político y en la cultura del consumidor es el artificio. Aquellos que son los mejores en el artificio tienen éxito. Aquellos que no han dominado el arte de la simulación fallan. En una época de imágenes y entretenimiento, en una época de gratificación emocional inmediata, no se busca ni se quiere honestidad. Pedimos ser complacidos y entretenidos mediante clichés, estereotipos y narrativas míticas que nos dicen que podemos ser quienquiera que queramos ser, que vivimos en el país más grande de la Tierra, que estamos dotados con cualidades morales y físicas superiores y que nuestro futuro glorioso está predestinado, debido a nuestros atributos como estadounidenses o porque estamos bendecidos por Dios o ambas cosas.

     La destreza para magnificar estas mentiras simples e infantiles, para repetirlas y tener sustitutos repitiéndolas en vueltas interminables de ciclos de noticias, da a estas mentiras el aura de una verdad irrefutable. Somos repetidamente alimentados con palabras o frases como "sí podemos", "inconformista", "cambio", "pro-vida", "esperanza" o "guerra contra el terrorismo". Se siente bien al no pensar. Todo lo que tenemos que hacer es visualizar lo que queremos, creer en nosotros y convocar aquellos recursos interiores ocultos, sean divinos o nacionales, que hacen que el mundo se adapte a nuestros deseos. La realidad nunca es un impedimento para nuestro progreso.

     La Princeton Review analizó las transcripciones de los debates entre Al Gore y G. W. Bush, los de Clinton-Bush (el viejo)-Perot de 1992, los debates entre Kennedy y Nixon de 1960 y los debates entre Lincoln y Douglas de 1858. Examinó estas transcripciones usando una prueba de vocabulario standard que indica el nivel educacional mínimo necesario para que un lector comprenda el texto. Durante los debates del año 2000, George W. Bush habló a un nivel de sexto grado (6.7) y Al Gore a un nivel de séptimo grado (7.6). En los debates de 1992, Bill Clinton habló a un nivel de séptimo grado (7.6), mientras George H.W. Bush habló a un nivel de sexto grado (6.8), como también lo hizo H. Ross Perot (6.3). En los debates entre John F. Kennedy y Richard Nixon, los candidatos hablaron con el lenguaje usado por los estudiantes de décimo grado. En los debates entre Abraham Lincoln y Stephen A. Douglas los marcadores fueron respectivamente de 11.2 y 12.0. En resumen, la retórica política de hoy está diseñada para que sea comprensible para un niño de 10 años o un adulto con un nivel de lectura de sexto grado. Está adaptada a este nivel de comprensión porque la mayor parte de los estadounidenses habla, piensa y se entretiene en este nivel. Esto es por qué las películas serias y el teatro y otras expresiones artísticas serias, así como los periódicos y los libros, están siendo empujados a los márgenes de la sociedad estadounidense. Voltaire fue el hombre más famoso del siglo XVIII. Hoy la "persona" más famosa es Mickey Mouse.

     En nuestro mundo post-alfabetizado, por cuanto las ideas son inaccesibles, hay una necesidad de estímulo constante. Las noticias, el debate político, el teatro, el arte y los libros son juzgados no por el poder de sus ideas sino por su capacidad de entretener. Los productos culturales que nos obligan a examinarnos a nosotros mismos y a nuestra sociedad son condenados como elitistas e impenetrables. Hannah Arendt advirtió que la mercantilización de la cultura conduce a su degradación, que esta mercantilización crea una nueva clase de celebridad de intelectuales que, aunque ilustrados e informados ellos mismos, ven su papel en la sociedad como persuadiendo a las masas de que "Hamlet" puede ser tan entretenido como "El Rey León" y quizás como educativo. "La cultura", escribió ella, "está siendo destruída a fin de doblegarla ante el entretenimiento".

     "Hay muchos grandes autores del pasado que han sobrevivido a siglos de olvido y abandono", escribió Arendt, "pero es todavía una cuestión sin resolver si ellos serán capaces de sobrevivir a una versión divertida de lo que ellos tienen que decir".

     El cambio de una sociedad basada en la letra a otra basada en la imagen ha transformado a nuestra nación. Enormes segmentos de nuestra población, especialmente aquellos que viven en el regazo de la derecha cristiana y la cultura del consumidor, están completamente desligados de la realidad. Ellos carecen de la capacidad para buscar la verdad y luchar racionalmente con nuestros crecientes males sociales y económicos. Ellos buscan la claridad, el entretenimiento y el orden. Ellos quieren usar la fuerza para imponer esta claridad a los otros, sobre todo a aquellos que no hablan como ellos y que no piensan como ellos. Todos los instrumentos tradicionales de las democracias, incluso la desapasionada verdad científica e histórica, los hechos, las noticias y el debate racional, son instrumentos inútiles en un mundo que carece de la capacidad para usarlos.

     Mientras descendemos en una crisis económica devastadora, una que Barack Obama no puede detener, habrá decenas de millones de estadounidenses que serán despiadadamente empujados a un lado. Mientras sus casas son embargadas, mientras sus empleos se acaban, mientras ellos son obligados a declararse en bancarrota y mirar el colapso de sus comunidades, ellos se replegarán aún más en la fantasía irracional. Ellos serán conducidos hacia ilusiones relumbrantes y autodestructivas por nuestros modernos Flautistas de Hamelin —nuestros anunciantes corporativos, nuestros predicadores charlatanes, nuestros famosos de las noticias de televisión, nuestros gurúes de autoayuda, nuestra industria del espectáculo y nuestros demagogos políticos— que ofrecerán formas cada vez más absurdas de evasión.

     Los valores esenciales de nuestra sociedad abierta, la capacidad de pensar por uno mismo, para sacar conclusiones independientes, para expresar desacuerdo, cuando el juicio y el sentido común indican que algo está equivocado, para ser autocríticos, para desafiar a las autoridades, entender los hechos históricos, discriminar la verdad de las mentiras, abogar por un cambio y reconocer que hay otras opiniones, modos diferentes de ser, que son moral y socialmente aceptables... esos valores están muriendo. Obama usó cientos de millones de dólares en fondos de campaña para atraer y manipular a este analfabetismo e irracionalismo para su propia ventaja, pero estas fuerzas le demostrarán que pueden ser su más mortal justo castigo una vez que ellas choquen con la terrible realidad que nos espera.


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