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viernes, 7 de octubre de 2011

Michael Parenti - El Mito del Tíbet


     Damos ahora la traducción de un escrito (Friendly Feudalism: The Tibet Myth) del notorio académico e intelectual estadounidense, doctor en ciencia política e historiador, Michael Parenti (1933), en el cual hace una revisión de una cierta falsificada historia del Tíbet y una más falsificada imagen de uno de sus líderes, el mediático actual Dalai Lama. La impronta izquierdista del autor, que ha escrito veinte libros, es evidente, lo que de ninguna manera le resta objetividad e imparcialidad a este artículo, regado de informaciones que costaría recolectar de variadas fuentes, pero centrado fundamentalmente en una dialéctica netamente materialista. Las notas, por ser numerosas, van todas al final. El texto original puede ser revisado en www.globalresearch.ca y fue publicado en 2007.



Feudalismo Amistoso:
El Mito del Tíbet

por Michael Parenti, Ph.D.
18 de Noviembre de 2007




I. PARA SEÑORES Y LAMAS

     Junto con el paisaje empapado de sangre de los conflictos religiosos hay experiencias de paz interior y consuelo que cada religión promete, y ninguna tanto como el budismo. En marcado contraste con el salvajismo intolerante de otras religiones, el budismo no es ni fanático ni dogmático —así lo dicen sus adherentes. Para muchos de ellos el budismo es menos una teología y más una disciplina meditativa e investigadora que tiene la intención de promover una armonía interior y una iluminación espiritual mientras nos dirige a un camino de vida correcta. Generalmente el foco espiritual no está sólo en uno mismo sino en el bienestar de los demás. Uno trata de dejar de lado las búsquedas egoístas y lograr una comprensión más profunda de la unión de uno con toda la gente y con las cosas. El "budismo socialmente comprometido” trata de mezclar la liberación individual con la acción social responsable a fin de construír una sociedad esclarecida.

     Un vistazo a la Historia, sin embargo, revela que no todas las muchas y variadas formas de budismo han carecido de fanatismo doctrinal ni han estado libres de las búsquedas violentas y explotadoras tan características de otras religiones. En Sri Lanka hay registrada una historia legendaria y casi sagrada sobre las batallas triunfantes emprendidas por reyes budistas en tiempos antiguos. Durante el siglo XX los budistas entraron violentamente en conflicto con otros budistas y no-budistas en Tailandia, Birmania, Corea, Japón, India y otros lugares. En Sri Lanka, las batallas armadas entre budistas cingaleses y tamiles hindúes han quitado la vida de muchos a ambos lados. En 1998 el Ministerio de Asuntos Exteriores estadounidense puso en una lista a treinta de los grupos extremistas más violentos y peligrosos del mundo. Más de la mitad de ellos era religiosos, específicamente musulmanes, judíos y budistas (1).

     En Corea del Sur en 1998 miles de monjes de la orden budista Chogye lucharon unos contra otros con puños, piedras, bombas incendiarias y garrotes, en batallas campales que se prolongaron durante semanas. Ellos estaban luchando por el control de la orden, la más grande de Corea del Sur, con su presupuesto anual de 9,2 millones de dólares, millones de dólares en propiedades, y el privilegio de nombrar a 1.700 monjes en diversos cargos. Las reyertas dañaron los principales santuarios budistas y dejaron docenas de monjes heridos, algunos seriamente. El público coreano pareció desdeñar a ambas facciones, sintiendo que, no importando qué bando tomara el control, “las donaciones de los devotos se usarían para adquirir casas lujosas y automóviles caros” (2).

     Como en cualquier religión, las riñas entre sectas budistas o al interior de ellas a menudo son fomentadas por la corrupción material y las deficiencias personales de los líderes. Por ejemplo, en Nagano, Japón, en Zenkoji, el prestigioso complejo de templos que ha albergado sectas budistas durante más de 1.400 años, surgió “una batalla repugnante” entre Komatsu el sacerdote principal y el Tacchu, un grupo de templos nominalmente bajo el dominio del sacerdote principal. Los monjes del Tacchu acusaron a Komatsu de vender escritos y dibujos a nombre del templo para su propio beneficio. Ellos también quedaron espantados por la frecuencia con que él había sido visto en compañía de mujeres. Komatsu por su parte procuró aislar y castigar a los monjes que eran críticos de su liderazgo. El conflicto duró aproximadamente cinco años y se llevó a cabo en los tribunales (3).

     ¿Y qué pasa con el budismo tibetano?. ¿Acaso no es una excepción a esta clase de disputas?. ¿Y qué pasa con la sociedad que ayudó a crearlo?. Muchos budistas mantienen que antes de las violentas medidas chinas en 1959 el antiguo Tíbet era un reino espiritualmente orientado y libre de los estilos de vida egoístas, del materialismo vacío y de la corrupción de los vicios que atormentan a la moderna sociedad industrializada. Los medios informativos occidentales, los libros de viajes, las novelas y las películas de Hollywood, han retratado a la teocracia tibetana como un auténtico paraíso terretre (Shangri-La). El Dalai Lama mismo declaró que “la penetrante influencia del budismo” en el Tíbet, “entre los amplísimos espacios de un medioambiente impoluto conformó una sociedad dedicada a la paz y la armonía. Disfrutábamos de libertad y contentamiento” (4).

     Una lectura de la historia del Tíbet sugiere un cuadro algo diferente. “El conflicto religioso era bastante común en el antiguo Tíbet”, escribe un practicante budista occidental. “La Historia desmiente la imagen de paraíso terrestre (Shangri-La) de los lamas tibetanos y sus seguidores viviendo juntos en tolerancia mutua y buena voluntad no-violenta. En efecto, la situación era completamente diferente. El antiguo Tíbet era mucho más como Europa durante las guerras religiosas de la Contrarreforma” (5). En el siglo XIII, el Emperador Kublai Jan instituyó al primer Gran Lama, que debía presidir sobre todos los otros lamas como un Papa sobre sus obispos. Varios siglos más tarde, el Emperador de China envió un ejército al Tíbet para apoyar al Gran Lama, un ambicioso hombre de 25 años, quien luego se confirió a sí mismo el título de Dalai (Océano) Lama, gobernador de todo el Tíbet. Aquí hay una ironía de la Historia: el primer Dalai Lama fue instalado por un ejército chino.

     Su dos previas "encarnaciones" como lama fueron retroactivamente reconocidas entonces como sus precursores, transformando así al primer Dalai Lama en el tercer Dalai Lama. Este primer (o tercer) Dalai Lama se apropió de monasterios que no pertenecían a su secta, y se cree que destruyó escrituras budistas que estaban en conflicto con su pretensión de ser divino. El Dalai Lama que lo sucedió llevó una vida sibarítica, disfrutando de muchas amantes, divirtiéndose con amigos, y actuando con modales juzgados inadecuados para una deidad encarnada. Por estas transgresiones él fue asesinado por sus sacerdotes. En un lapso de 170 años, a pesar de su reconocido status divino, cinco Dalai Lamas fueron asesinados por sus sumos sacerdotes u otros cortesanos (6).

     Durante cientos de años compitiendo, las sectas budistas tibetanas se engarzaron en enfrentamientos amargamente violentos y ejecuciones sumarias. En 1660, el quinto Dalai Lama tuvo que afrontar una rebelión de la provincia Tsang, el baluarte de la secta rival Kagyu con su máximo lama conocido como el Karmapa. El quinto Dalai Lama pidió un severo castigo contra los rebeldes, dirigiendo al ejército mongol para exterminar los linajes masculinos y femeninos y también su descendencia “como huevos quebrados contra las rocas. En resumen, aniquilar cualquier rastro de ellos, incluso sus nombres” (7).

     En 1792 muchos monasterios Kagyu fueron confiscados y sus monjes fueron convertidos a la fuerza a la secta Gelug (del Dalai Lama). La escuela Gelug, conocida también como los "Sombreros Amarillos”, mostró poca tolerancia o disposición a mezclar sus enseñanzas con otras sectas budistas. En palabras de uno de sus rezos tradicionales: “Alabado seas, dios violento de las enseñanzas de los Sombreros Amarillos / que reduce a partículas de polvo / a los grandes seres, a los dignatarios y a la gente común / quienes contaminan y corrompen la doctrina Gelug” (8). Un reporte del siglo XVIII de un general tibetano describe la lucha sectaria entre los budistas, que era tan brutal y sangrienta como cualquier conflicto religioso puede serlo (9). Esta sombría historia permanece en gran parte no visitada por los actuales seguidores del budismo tibetano en Occidente.

     Las religiones han tenido una relación cercana no sólo con la violencia sino además con la explotación económica. En efecto, es a menudo la explotación económica la que necesita de la violencia. Tal fue el caso de la teocracia tibetana. Hasta 1959, cuando el último Dalai Lama presidió sobre el Tíbet, la mayor parte de la tierra cultivable todavía estaba organizada en estados señoriales trabajados por siervos. Estos estados fueron poseídos por dos grupos sociales: los ricos propietarios seculares y los ricos lamas teocráticos. Incluso un escritor simpatizante del antiguo orden concede que “una gran cantidad de bienes inmuebles pertenecía a los monasterios, y la mayor parte de ellos acumuló gran riqueza”. La mayoría de la riqueza fue acumulada “mediante una participación activa en los negocios, el comercio y el préstamo de dinero” (10).

     El monasterio de Drepung era uno de los terratenientes más grandes en el mundo, con sus 185 señoríos, 25.000 siervos, 300 grandes pastizales y 16.000 pastores. La riqueza de los monasterios descansaba en las manos de un pequeño número de lamas superiores. La mayoría de los monjes ordinarios vivía modestamente y no tenía ningún acceso directo a la gran riqueza. El Dalai Lama mismo “vivía lujosamente en el Palacio de Potala de 1.000 habitaciones y 14 pisos” (11).

     Los líderes seculares también se desempeñaron bien. Un ejemplo notable fue el comandante en jefe del ejército tibetano, un miembro del Gabinete laico del Dalai Lama, que poseía 4.000 kilómetros cuadrados de tierra y 3.500 siervos (12). El antiguo Tíbet ha sido falsificado por algunos admiradores occidentales como “una nación que no requería de fuerza policial porque su gente voluntariamente observaba las leyes del karma” (13). En realidad el Tíbet tenía un ejército profesional, aunque pequeño, que servía principalmente como una gendarmería para que los propietarios mantuvieran el orden, protegieran su propiedad y persiguieran a los siervos fugitivos.

     Los jóvenes muchachos tibetanos eran con regularidad arrancados de sus familias campesinas y llevados a los monasterios para ser entrenados como monjes. Una vez allí, ellos eran retenidos de por vida. Tashì-Tsering, un monje, relata que era común que los hijos de los campesinos fueran sexualmente maltratados en los monasterios. Él mismo fue víctima de violación repetida, comenzando a la edad de nueve años (14). Los estados monásticos también reclutaban a niños para una servidumbre vitalicia como empleados domésticos, ejecutantes de baile y soldados.

     En el antiguo Tíbet había pequeños números de agricultores que subsistían como una especie de clase campesina libre, y quizás unas 10.000 personas adicionales que componían las familias de la "clase media" de mercaderes, almaceneros y pequeños comerciantes. Miles de otros eran mendigos. Había también esclavos, por lo general sirvientes domésticos, que no poseían nada. Sus hijos nacían en la esclavitud (15). La mayoría de la población rural eran siervos. Tratados un poco mejor que los esclavos, a los siervos no se les daba educación ni atención médica, Ellos estaban bajo la obligación durante toda su vida de trabajar la tierra del señor —o la tierra del monasterio— sin pago, de reparar las casas del señor, de transportar sus cosechas y recolectar su leña. También se esperaba que ellos suministraran animales de carga y proveyeran de transporte cuando se les pidiese (16). Sus amos les decían qué cultivar y qué animales criar. Ellos no podían casarse sin el consentimiento de su señor o su lama. Y ellos podrían ser fácilmente separados de sus familias si sus dueños debían arrendarlos para trabajar en una localidad distante (17).

     Como en un sistema de trabajo libre y a diferencia de la esclavitud, los señores feudales no tenían ninguna responsabilidad por el mantenimiento de los siervos y ningún interés directo en su supervivencia como una costosa pieza de su posesión. Los siervos tenían que sustentarse a sí mismos. Pero como en un sistema esclavista, ellos estaban atados a sus amos, garantizando una fija y permanente fuerza de trabajo que no podía organizarse ni declararse en huelga ni marcharse libremente como sí pueden hacerlo los trabajadores en un contexto de mercado. Los potentados disfrutaban de lo mejor de ambos sistemas.

     Una mujer de 22 años, ella misma una sierva fugitiva, informa: “Las muchachas esclavas bonitas eran por lo general tomadas por el dueño como sirvientes domésticas y usadas como a él le pareciese”; ellas “sólo eran esclavas sin derechos” (18). Los siervos necesitaban permiso para ir a cualquier parte. Los terratenientes tenían autoridad legal para capturar a aquellos que trataban de huír. Un fugitivo de 24 años dio la bienvenida a la intervención china como una "liberación". Él testificó que bajo la servidumbre él fue sometido a un incesante trabajo agotador, al hambre y al frío. Después de su tercer escape fallido, él fue golpeado despiadadamente por los hombres del propietario hasta que vertió sangre por su nariz y su boca. Ellos entonces le pusieron alcohol y soda cáustica en sus heridas para aumentar el dolor, según afirmó (19).

     A los siervos se les cobraba un impuesto cuando se casaban, cuando les nacía un hijo y por cada muerte en la familia. Se les cobraba un impuesto por plantar un árbol en su patio y por mantener animales. Se les cobraba un impuesto por los festivales religiosos y por los bailes y tamboreos públicos; un impuesto al ser enviado a prisión y otro al ser liberados. A aquellos que no podían encontrar trabajo se les cobraba un impuesto por estar desempleados, y si ellos viajaban a otro pueblo en busca de trabajo, ellos pagaban un impuesto por viajar. Cuando la gente no podía pagar, los monasterios le prestaban dinero con un interés de entre un 20 y un 50%. Algunas deudas pasaban de padre a hijos y hasta los nietos. Los deudores que no podían pagar sus obligaciones arriesgaban ser puestos en la esclavitud (20).

     Las enseñanzas religiosas de la teocracia reforzaban su orden de clase. A los pobres y afligidos se les enseñaba que ellos habían atraído sus problemas sobre ellos debido a sus malos caminos en vidas anteriores. Por consiguiente, ellos tenían que aceptar la miseria de su existencia presente como una expiación kármica y en anticipación de que su suerte mejoraría en su siguiente vida. El rico y poderoso consideraba su buena fortuna como una recompensa por, y como una prueba tangible de, su virtud en vidas pasadas y presentes.

     Los siervos tibetanos eran algo más que víctimas supersticiosas, ciegos ante su propia opresión. Como hemos visto, algunos se escaparon y otros resistieron abiertamente, a veces sufriendo consecuencias extremas. En el Tíbet feudal, la tortura y la mutilación —incluídos el arrancamiento de ojos y lenguas, y la amputación de piernas y otros miembros— eran los castigos preferidos infligidos sobre los ladrones y sobre los siervos fugitivos o que se resistían. Viajando por el Tíbet en los años '60, Stuart y Roma Gelder entrevistaron a un ex-siervo, Tsereh Wang Tuei, que había robado dos ovejas que pertenecían a un monasterio. Por esto él tenía sus dos ojos arrancados y su mano mutilada e inutilizada. Él explica que ya no es un budista: “Cuando un santo lama les dijo que me cegaran pensé que no había nada bueno en la religión” (21). Puesto que iba contra las enseñanzas budistas el tomar la vida humana, algunos delincuentes eran azotados con severidad y luego “abandonados a Dios” durante la gélida noche para que muriesen. "Los paralelos entre el Tíbet y la Europa medieval son asombrosos”, concluye Tom Grunfeld en su libro sobre el Tíbet (22).

     En 1959 Anna Louise Strong visitó una exposición del instrumental de tortura que había sido usado por los supremos jefes tibetanos. Había grilletes de todos los tamaños, incluso unos pequeños para niños, e instrumentos para cortar narices y orejas, arrancar ojos, romper manos y desjarretar piernas. Había hierros calientes, látigos e instrumentos especiales para destripar. La exposición presentaba fotografías y testimonios de víctimas que habían sido cegadas o mutiladas o que habían sufrido amputaciones por robo. Estaba el pastor cuyo amo le adeudaba un reembolso en dinero y trigo, pero que éste rechazó pagar. Entonces él tomó una de las vacas del amo; por hacer esto a él le hicieron cortar sus manos. A otro pastor, que se opuso a que su esposa le fuera arrebatada por su señor, le quebraron sus manos. Había fotografías de activistas comunistas con narices y labios superiores cortados, y una mujer que fue violada y a la que luego le arrancaron su nariz (23).

     Los primeros visitantes del Tíbet comentaban sobre el despotismo teocrático. En 1895, un inglés, el doctor A. L. Waddell, escribió que la clase baja estaba bajo la "tiranía intolerable de los monjes” y las diabólicas supersticiones que ellos habían forjado para aterrorizar a la gente. En 1904 Perceval Landon describió el gobierno del Dalai Lama como “una máquina de opresión”. Por aquellos mismos años, otro viajero inglés, el capitán W.F.T. O’Connor, observó que “los grandes terratenientes y los sacerdotes… ejercen cada uno en su propio dominio un poder despótico contra el cual no hay ninguna apelación”, mientras la gente está “oprimida por el más monstruoso brote de monacato y sacerdocio”. Los gobernantes tibetanos “inventaron leyendas degradantes y estimularon un espíritu de superstición” entre el pueblo común. En 1937 otro visitante, Spencer Chapman, escribió: “El monje lamaísta no gasta su tiempo asistiendo a la gente o educándola... El mendigo junto al camino no significa nada para el monje. El conocimiento es la prerrogativa celosamente guardada de los monasterios y es usado para aumentar su influencia y riqueza” (24). Tanto como pudiéramos desear que fuera de otra manera, el Tíbet feudal teocrático fue decepcionantemente incongruente con el idealizado paraíso terrenal (Shangri La) promocionado de manera tan entusiasta por los prosélitos occidentales del budismo.



II. SECULARIZACIÓN CONTRA ESPIRITUALIDAD

     ¿Qué sucedió en el Tíbet después de que los comunistas chinos invadieran el país en 1951?. El tratado de aquel año deparó un aparente auto-gobierno bajo el gobierno del Dalai Lama, pero dio a China el control militar y el derecho exclusivo de conducir las relaciones internacionales. También se les otorgó a los chinos un papel directo en la administración interna “para promover reformas sociales”. Entre los primeros cambios que ellos introdujeron estuvo la reducción de las tasas de interés usureras, y la construcción de unos cuantos hospitales y caminos. Al principio ellos se movieron lentamente, confiando sobre todo en la persuasión como un intento de efectuar la reconstrucción. Ninguna propiedad aristocrática o monástica fue confiscada, y los señores feudales siguieron reinando sobre sus campesinos hereditariamente obligados. “Contrariamente a la creencia popular en Occidente”, afirma un observador, los chinos “tuvieron cuidado para mostrar respeto por la cultura tibetana y su religión” (25).

     Durante siglos los señores tibetanos y los lamas habían visto a los chinos llegar e irse, y habían disfrutado de buenas relaciones con el generalísimo Chiang Kai-chek y su gobierno reaccionario del Kuomintang en China (26). La aprobación del gobierno del Kuomintang fue necesaria para validar la elección del Dalai Lama y del Panchen Lama. Cuando el actual décimocuarto Dalai Lama fue primero instalado en Lasa, estaba con una escolta armada de tropas chinas y un ministro chino asistente, de acuerdo con la tradición antigua de siglos. Lo que disgustó a los señores tibetanos y a los lamas a principios de los años '50 era que estos chinos recientes eran comunistas. Sólo sería cuestión de tiempo, temían ellos, antes de que los comunistas comenzaran a imponer sus esquemas igualitarios colectivistas sobre el Tíbet.

     Este punto fue incorporado en 1956-57, cuando las bandas tibetanas emboscaron a las caravanas del Ejército de Liberación del Pueblo Chino. La insurrección recibió ayuda extensa de la CIA estadounidense, incluyendo entrenamiento militar, campos de apoyo en Nepal, y numerosos puentes aéreos (27). Mientras tanto en Estados Unidos la Sociedad Estadounidense para un Asia Libre (ASFA), un frente financiado por la CIA, hizo una activa campaña publicitaria en favor de la causa de la resistencia tibetana, con el hermano mayor del Dalai Lama, Thubtan Norbu desempeñando un papel activo en aquella organización. Otro hermano mayor del Dalai Lama, Gyalo Thondup, estableció una operación de inteligencia con la CIA tempranamente en 1951. Él más tarde la mejoró con una unidad guerrillera entrenada por la CIA cuyos reclutas se lanzaron en paracaídas de vuelta en el Tíbet (28).

     Muchos comandos tibetanos y agentes que la CIA infiltró en el país eran jefes de clanes aristocráticos o hijos de los jefes. Del 90% de ellos nunca más se supo, según un propio informe de la CIA, dando a entender que ellos fueron muy probablemente capturados y muertos (29). “Muchos lamas y miembros laicos de la élite y gran parte del ejército tibetano se unieron a la insurrección, pero la mayoría del pueblo no lo hizo, asegurando su fracaso”, escribe Hugh Deane (30). En su libro sobre el Tíbet, Ginsburg y Mathos llegan a una conclusión similar: “De acuerdo a lo que se puede confirmar, la gran masa del pueblo de Lasa y del distrito adyacente dejó de participar en los enfrentamientos contra los chinos tanto cuando comenzaron al principio como cuando recrudecieron después” (31). Finalmente la resistencia se desintegró.

     Independientemente de los males y nuevas opresiones introducidas por los chinos después de 1959, ellos abolieron realmente la esclavitud y el sistema de servidumbre tibetano de trabajo no-pagado. Ellos eliminaron los numerosos impuestos agobiantes, proyectos de trabajo comenzados, y redujeron significativamente el desempleo y la mendicidad. Ellos establecieron escuelas seculares, rompiendo así el monopolio educacional de los monasterios. Y construyeron sistemas de agua corriente y electricidad en Lasa (32).

     Heinrich Harrer (de quien más tarde se reveló que había sido un sargento de las SS de Hitler) escribió un libro éxito de ventas sobre sus experiencias en el Tíbet que fue hecho una popular película de Hollywood. Él relató que los tibetanos que resistieron a los chinos “eran predominantemente de la nobleza, de la seminobleza y lamas; ellos fueron castigados haciéndolos realizar las tareas más bajas, como trabajar en caminos y puentes. Ellos fueron humillados después haciéndolos limpiar la ciudad antes de que los turistas llegaran”. Ellos también tuvieron que vivir en un campo originalmente reservado para mendigos y vagabundos, todo lo cual Harrer trata como pruebas seguras de la naturaleza terrible de la ocupación china (33).

     Hacia 1961, las autoridades de ocupación chinas expropiaron las propiedades territoriales poseídas por los señores y los lamas. Ellos distribuyeron muchos miles de hectáreas a agricultores arrendatarios y campesinos sin tierras, reorganizándolos en cientos de comunas. Los rebaños que habían pertenecido a los nobles fueron entregados a cooperativas de pastores pobres. Se hicieron progresos en la cría de ganado, y nuevas variedades de verduras y nuevas variedades de trigo y cebada fueron introducidas, junto con mejoras de irrigación, todo lo cual se dice que condujo a un aumento de la producción agraria (34).

     Muchos campesinos permanecieron tan religiosos como siempre, dando limosnas al clero. Pero los monjes que habían sido reclutados cuando niños en las órdenes religiosas eran libres ahora de renunciar a la vida monástica, y miles lo hicieron, sobre todo los más jóvenes. El clero restante vivió de modestos estipendios gubernamentales e ingresos extras ganados al oficiar en servicios de rezo, bodas y funerales (35).

     Tanto el Dalai Lama como su consejero y hermano más joven, Tendzin Choegyal, afirmaron que “más de 1,2 millón de tibetanos están muertos como consecuencia de la ocupación china” (36). El censo oficial de 1953 —seis años antes de las medidas de fuerza de los chinos— contabilizó la población residente en todo el Tíbet sumando 1.274.000 personas (37). Otras cuentas de censo ponen la población del Tíbet en aproximadamente dos millones. Si los chinos mataron 1,2 millón a principios de los años '60 entonces casi todo el Tíbet habría sido despoblado, transformado en un área de matanza lleno de campamentos de exterminio y fosas comunes, de todo lo cual no tenemos evidencia alguna. La fuerza china escasamente distribuída en el Tíbet no podía haber acorralado, capturado y exterminado a tanta gente, incluso si hubiera empleado su tiempo no haciendo ninguna otra cosa más.

     Las autoridades chinas afirman haber acabado con los azotamientos, las mutilaciones y las amputaciones como una forma de castigo criminal. Ellos mismos, sin embargo, han sido acusados de actos de brutalidad por tibetanos en el exilio. Las autoridades se confiesan culpables de "errores", particularmente durante la Revolución Cultural de 1966-76 cuando la persecución contra las creencias religiosas alcanzó una marea alta tanto en China como en el Tíbet. Después de la insurrección a finales de los años '50 miles de tibetanos fueron encarcelados. Durante el Gran Salto Hacia Adelante, la colectivización forzada y la agricultura de grano fueron impuestas a la clase campesina tibetana, a veces con efectos desastrosos sobre la producción. A finales de los años '70, China comenzó a relajar los controles “y trató de deshacer algo del daño hecho durante las dos décadas anteriores” (38).

     En 1980 el gobierno chino inició reformas supuestamente diseñadas para conceder al Tíbet un mayor grado de autonomía y auto-administración. A los tibetanos se les permitió ahora cultivar parcelas privadas, vender los excedentes de sus cosechas, decidir por ellos mismos qué cultivar y tener yaks y ovejas. La comunicación con el mundo exterior fue otra vez permitida, y los controles fronterizos fueron moderados para permitir a algunos tibetanos visitar a sus parientes exiliados en India y Nepal (39). Alrededor de los años '80 muchos de los lamas principales habían comenzado a viajar de una parte a otra entre China y las comunidades en el exilio en el extranjero, “restaurando sus monasterios en el Tíbet y ayudando a revitalizar el budismo allí” (40).

     Desde 2007 el budismo tibetano todavía era practicado ampliamente y tolerado por el oficialismo. Las peregrinaciones religiosas y otras formas convencionales de adoración fueron permitidas, pero dentro de límites. Todos los monjes y monjas tuvieron que firmar un compromiso de lealtad donde se comprometían a no usar su posición religiosa para fomentar la secesión o el disenso. Y la exhibición de fotografías del Dalai Lama fue declarada ilegal (41).

     En los años '90 los Han, el grupo étnico que comprende más del 95% de la inmensa población de China, comenzaron a trasladarse en cantidades sustanciales hacia el Tíbet. En las calles de Lasa y Shigatse los signos de la colonización Han son fácilmente visibles. Los chinos dirigen las fábricas y muchos de los almacenes y puestos de venta. Altos edificios de oficinas y grandes centros comerciales han sido construídos con recursos que podían haber sido mejor gastados en plantas de tratamiento de aguas y viviendas. Los dirigentes chinos en el Tíbet demasiado a menudo ven a sus vecinos tibetanos como atrasados y holgazanes, en necesidad de desarrollo económico y "educación patriótica”. Durante los años '90 los empleados del gobierno tibetano sospechosos de albergar simpatías nacionalistas fueron exonerados de sus cargos, y nuevamente se iniciaron campañas para desacreditar al Dalai Lama. Los tibetanos según se informa fueron sometidos a arresto, encarcelamiento y trabajo forzado por realizar actividades separatistas e involucrarse en "subversión política”. Algunos fueron mantenidos en detención administrativa sin comida, agua ni mantas, sujetos a amenazas, palizas y otros maltratos (42).

     La historia tibetana, su cultura, y ciertamente su religión, son menospreciadas en las escuelas. Las materias de enseñanza, aunque traducidas al tibetano, se concentran principalmente en historia y cultura chinas. Las regulaciones chinas de planificación familiar permiten un límite de tres hijos para las familias tibetanas (Hay un límite de sólo un hijo para las familias Han en toda China, y un límite de dos hijos para las familias Han rurales cuyo primer hijo es una niña). Si una pareja tibetana excede el límite de tres hijos, a los hijos extras se les puede negar el servicio de guardería subvencionada, la atención médica, la vivienda y la educación. Estas sanciones han sido hechas cumplir de manera irregular y varían según el distrito (43). Ninguno de estos servicios a la infancia —hay que hacerlo notar— estaban disponibles para los tibetanos antes de la toma del poder por los chinos.

     Para los lamas ricos y los señores seculares, la intervención comunista fue una calamidad absoluta. La mayor parte de ellos huyó al extranjero, como lo hizo el Dalai Lama mismo, quien fue ayudado en su fuga por la CIA. Algunos descubrieron con horror que tendrían que trabajar para vivir. Muchos, sin embargo, evitaron aquel destino. A lo largo de los años '60 la comunidad tibetana en el exilio secretamente se estaba embolsando 1,7 millón de dólares anuales de la CIA, según documentos liberados por el Ministerio de Asuntos Exteriores de EE.UU. en 1998. Una vez que este dato fue hecho público, la propia organización del Dalai Lama publicó una declaración admitiendo que había recibido millones de dólares de la CIA durante los años '60 para enviar al Tíbet escuadrones armados de exiliados para debilitar la revolución Maoísta. El pago anual al Dalai Lama por la CIA era de 186.000 dólares. La Inteligencia de India también lo financió a él así como a otros exiliados tibetanos. Él ha rechazado decir si él o sus hermanos trabajaron para la CIA. La agencia también ha rehusado hacer comentarios (44).

     En 1995 el News & Observer of Raleigh, de Carolina del Norte, publicó una fotografía a color en primera página del Dalai Lama abrazado por el reaccionario senador Republicano Jesse Helms, bajo el titular “El Budista Encanta al Héroe del Derecho Religioso” (45). En Abril de 1999, junto con Margaret Thatcher, el Papa Juan Pablo II y el primer George Bush, el Dalai Lama pidió al gobierno británico que liberara a Augusto Pinochet, el antiguo dictador fascista de Chile y un cliente antiguo de la CIA que estaba visitando Inglaterra. El Dalai Lama instó a que Pinochet no fuera forzado a ir a España donde él era requerido para ser procesado por crímenes contra la humanidad.

     En el siglo XXI, mediante el National Endowment for Democracy y otros conductos que suenan más respetables que la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Congreso estadounidense siguió asignando 2 millones de dólares anuales a los tibetanos en India, con millones adicionales para “actividades democráticas” dentro de la comunidad tibetana en el exilio. Además de estos fondos, el Dalai Lama recibió dinero del financista George Soros (46).

     Independientemente de las asociaciones del Dalai Lama con la CIA y varios reaccionarios, él a menudo ha hablado de paz, amor y no-violencia. Él mismo realmente no puede ser culpado por los abusos del antiguo régimen del Tíbet, habiendo tenido sólo 25 años cuando huyó al exilio. En una entrevista de 1994 declaró favorecer la construcción de escuelas y caminos en su país. Él dijo que el corvée (trabajo esclavo forzado y no pagado) y ciertos impuestos gravados sobre los campesinos estaban “extremadamente mal”. Y él se disgustó con el modo en que la gente era cargada con viejas deudas que a veces se heredaban de generación en generación (47). Durante el medio siglo de estar viviendo en el mundo occidental, él había adoptado conceptos como derechos humanos y libertad religiosa, ideas ampliamente desconocidas en el antiguo Tíbet. Él incluso propuso la democracia para el Tíbet, con una Constitución escrita y una asamblea representativa (48).

     En 1996 el Dalai Lama publicó una declaración que debe haber tenido un efecto inquietante en la comunidad tibetana en el exilio. En parte decía: “El marxismo está fundado sobre principios morales, mientras que el capitalismo está preocupado sólo de la ganancia y la rentabilidad”. El marxismo promueve “la utilización equitativa de los medios de producción” y se preocupa por “el destino de las clases obreras” y "las víctimas de... la explotación. Por aquellos motivos el sistema me interesa, y... pienso en mí como medio marxista y medio budista" (49).

     Pero él también envió un mensaje tranquilizador a "aquellos que viven en la abundancia”: “Es una cosa buena ser rico... Aquellos son los frutos de acciones meritorias, la prueba de que ellos han sido generosos en el pasado”. Y al pobre él ofrece esta llamada de atención: “No es una buena causa llegar a hacerse amargado y rebelde contra aquellos que tienen la propiedad y la fortuna... Es mejor desarrollar una actitud positiva” (50).

     En 2005 el Dalai Lama firmó una declaración ampliamente publicitada junto con otros diez Premios Nóbel apoyando el "derecho humano inalienable y fundamental” de la gente trabajadora de todo el mundo a formar sindicatos para proteger sus intereses, en concordancia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. En muchos países “este derecho fundamental está deficientemente protegido y en algunos está explícitamente prohibido o suprimido de manera brutal”, decía la declaración. Birmania, China, Colombia, Bosnia, y unos cuantos otros países fueron seleccionados como los peores infractores. Incluso Estados Unidos “deja de proteger adecuadamente los derechos de los trabajadores a formar uniones y negociar colectivamente. Millones de trabajadores estadounidenses carecen de cualquier protección legal para formar uniones...” (51).

     El Dalai Lama también brindó todo su apoyo para remover los arraigados obstáculos tradicionales que han impedido a las monjas tibetanas recibir una educación. Al llegar al exilio, pocas monjas podían leer o escribir. En el Tíbet sus actividades habían estado dedicadas el día entero a períodos de rezo y cánticos. Pero en el Norte de la India ellas ahora comenzaron a leer filosofía budista y a ocuparse en el estudio teológico y el debate, actividades que en el antiguo Tíbet habían estado accesibles sólo para los monjes (52).

     En Noviembre de 2005 el Dalai Lama habló en la Universidad de Stanford sobre "El Corazón de la No-Violencia”, pero se detuvo antes de condenar en general toda violencia. Las acciones violentas que son cometidas para reducir el sufrimiento futuro no deben ser condenadas, dijo, citando la Segunda Guerra Mundial como un ejemplo de un esfuerzo digno para proteger la democracia. ¿Y qué hay de los cuatro años de carnicería y destrucción masiva en Iraq, una guerra condenada por la mayoría del mundo —incluso por un Papa conservador— como una violación evidente de la ley internacional y como un crimen contra la humanidad?. El Dalai Lama estaba indeciso: “La guerra de Iraq, es demasiado temprano para decir si es justa o está equivocada” (53). Antes él había expresado su apoyo a la intervención militar estadounidense contra Yugoslavia y, más tarde, a la intervención militar estadounidense en Afganistán (54).



III. LA SALIDA DE LA TEOCRACIA FEUDAL

     Según el mito de Shangri-La lo concebiría, en el antiguo Tíbet el pueblo vivía en una satisfecha y tranquila asociación con sus señores monásticos y seculares. Los lamas ricos y los monjes pobres, los acaudalados señores de la tierra y los empobrecidos siervos, estaban todos unidos juntos, mutuamente sostenidos por el bálsamo consolador de una cultura profundamente espiritual y pacífica.

     Uno recuerda la imagen idealizada de la Europa feudal presentada por católicos conservadores actuales como G. K. Chesterton e Hilaire Belloc. Para ellos, la cristiandad medieval era un mundo de campesinos contentos viviendo en el regazo seguro de su Iglesia, bajo la protección más o menos benigna de sus señores (55). Otra vez somos invitados a aceptar una cultura particular en su forma idealizada, divorciada de su tenebrosa historia material. Esto significa aceptarla según es presentada por su clase favorecida, por aquellos que más se beneficiaron de ella. La imagen de Shangri-La del Tíbet no tiene mayor parecido con la realidad histórica que la imagen pastoral de la Europa medieval.

     Visto en toda su grotesca realidad, el antiguo Tíbet confirma la opinión que expresé en un libro anterior, a saber, que la cultura es todo menos neutra. La cultura puede funcionar como una tapadera legitimadora para una multitud de graves injusticias, beneficiando a una parte privilegiada de la sociedad con un gran costo para el resto (56). En el Tíbet feudal teocrático, los intereses dominantes manipularon la cultura tradicional para fortificar su propia riqueza y poder. La teocracia equiparó el pensamiento y la acción rebeldes con la influencia satánica. Propagó la presunción general de la superioridad del señor de la tierra y la falta de mérito del campesino. Los ricos fueron representados como merecedores de su buena vida, y los pobres humildes como merecedores de su miserable existencia, todo codificado en enseñanzas sobre el residuo kármico de virtud y vicio acumulado desde vidas anteriores, presentadas como parte de la voluntad de Dios.

     ¿Eran los más acaudalados lamas sólo unos hipócritas que predicaban una cosa y en secreto creían en otra?. Lo más probable es que ellos estuvieran genuinamente apegados a aquellas creencias que les dieron tan buenos resultados. Que su teología apoyara tan perfectamente sus privilegios materiales sólo reforzaba la sinceridad con la cual ella era adoptada.

     Se podría decir que nosotros los ciudadanos del secular mundo moderno no podemos comprender las ecuaciones de felicidad y dolor, satisfacción y costumbre, que caracterizan a las sociedades más tradicionalmente espirituales. Esto es probablemente verdadero, y esto puede explicar por qué algunos de nosotros idealizan tales sociedades. Pero de todos modos, un ojo extirpado es un ojo extirpado; una flagelación es una flagelación; y la explotación pulverizante de siervos y esclavos es una brutal injusticia de clase cualquiera sea su envoltura cultural. Hay una diferencia entre una ligazón espiritual y la esclavitud humana, aun cuando ambas existen una al lado de la otra.

     Muchos tibetanos comunes quieren al Dalai Lama de vuelta en su país, pero parece que relativamente pocos quieren un retorno al orden social que él representó. Un reporte de 1999 en el Washington Post da cuenta de que el Dalai Lama sigue siendo reverenciado en el Tíbet, pero

    ...pocos tibetanos darían la bienvenida a un retorno de los corruptos clanes aristocráticos que huyeron con él en 1959, y esto incluye a la mayoría de sus consejeros. Muchos granjeros tibetanos, por ejemplo, no tienen ningún interés en entregar a los clanes la tierra que ellos obtuvieron durante la reforma agraria de China. Los ex-esclavos del Tíbet dicen que ellos, además, no quieren que sus antiguos amos vuelvan al poder. “Yo ya he vivido aquella vida una vez antes”, dijo Wangchuk, un ex-esclavo de 67 años que llevaba puesta su mejor ropa para su peregrinación anual a Shigatse, uno de los sitios más sagrados del budismo tibetano. Él dijo que él veneraba al Dalai Lama, pero añadió: “Yo puedo no ser libre bajo el comunismo chino, pero estoy mejor que cuando era un esclavo” (57).

     Cabe destacar que el Dalai Lama no es el único lama altamente posicionado elegido en la infancia como una reencarnación. Uno u otro lama reencarnado o tulku —un maestro espiritual de especial pureza elegido para renacer una y otra vez— puede ser encontrado presidiendo sobre la mayoría de los principales monasterios. El sistema tulku es exclusivo del budismo tibetano. Decenas de lamas tibetanos afirman ser tulkus reencarnados.

     El primer tulku fue un lama conocido como el Karmapa, quien apareció casi tres siglos antes del primer Dalai Lama. El Karmapa es el líder de una tradición budista tibetana conocida como el Karma Kagyu. El ascenso de la secta Gelugpa encabezada por el Dalai Lama condujo a una rivalidad político-religiosa con el Kagyu que ha durado quinientos años y que sigue dándose hasta el día de hoy dentro de la comunidad tibetana en el exilio. Que la secta Kagyu haya crecido de manera importante, abriendo aproximadamente seiscientos nuevos centros alrededor del mundo en los últimos treinta y cinco años, no ha ayudado a la situación.

     La búsqueda de un tulku, nos recuerda Erik Curren, no siempre ha sido conducida en ese modo puramente espiritual descrito en ciertas películas de Hollywood. “A veces los dirigentes de los monasterios querían un niño de una poderosa familia noble local para dar al monasterio una mayor influencia política. Otras veces ellos querían a un niño de una familia de clase inferior que tendría poco poder para influír en la educación del niño”. En otras ocasiones “un jefe militar local, el Emperador chino o incluso el gobierno del Dalai Lama en Lasa podían (han intentado) imponer su elección de un tulku en un monasterio por motivos políticos” (58).

     Tal puede haber sido el caso en la selección del decimoséptimo Karmapa, cuyo monasterio en el exilio está situado en Rumtek, en el estado indio de Sikkim. En 1993 los monjes de la tradición Karma Kagyu tenían un candidato propio. El Dalai Lama, junto con varios líderes disidentes de Karma Kagyu (¡y con el respaldo del gobierno chino!), apoyó a un niño diferente. Los monjes Kagyu alegaron que el Dalai Lama había sobrepasado su autoridad al intentar seleccionar a un líder para la secta de ellos. “Ni su papel político ni su posición como un lama en su propia tradición Gelugpa le han dado el derecho de elegir al Karmapa, quien es un líder de una tradición diferente…” (59). Como uno de los líderes Kagyu afirmó, “El dharma consiste en pensar por usted mismo. No consiste en seguir automáticamente a un maestro en todas las cosas, no importa cuán respetado pueda ser él. Más que cualquiera otro, los budistas deberían respetar los derechos de otra gente, sus derechos humanos y su libertad religiosa”(60).

     Lo que siguió fue una docena de años de conflicto en la comunidad tibetana en el exilio, caracterizada por disturbios intermitentes, intimidaciones, ataques físicos, listas negras, acoso policiaco, pleitos judiciales, corrupción dirigencial, y saqueo y sabotaje del monasterio del Karmapa en Rumtek por los partidarios de la facción Gelugpa. Todo esto ha provocado que al menos un seguidor occidental se pregunte si los años en el exilio no han acelerado el deterioro moral del budismo tibetano (61).

     Lo que está claro es que no todos los budistas tibetanos aceptan al Dalai Lama como su mentor teológico y espiritual. Aunque se lo mencione como el "líder espiritual del Tíbet”, muchos ven este título como poco más que una formalidad. Éste no le da autoridad sobre las cuatro escuelas religiosas del Tíbet además de la suya propia, «tal como el llamar al Presidente estadounidense "el líder del mundo libre" no le otorga ningún rol en el gobierno de Francia o de Alemania» (62).

     No todos los tibetanos exiliados están enamorados de la antigua teocracia de Shangri-La. Kim Lewis, que estudió métodos de sanación con un monje budista en Berkeley, California, tuvo la ocasión de hablar extensamente con más de una docena de mujeres tibetanas que vivían en el edificio del monje. Cuando ella preguntó qué sentían ellas sobre retornar a su patria, el sentimiento fue unánimemente negativo. Al principio, Lewis supuso que su rechazo tenía que ver con la ocupación china, pero ellas rápidamente la informaron de otra manera. Ellas dijeron que estaban muy agradecidas de “no tener que casarse con 4 ó 5 hombres, estar embarazadas casi todo el tiempo” o tener que tratar con enfermedades sexuales transmitidas por un marido descarriado. Las mujeres más jóvenes “estaban encantadas de estar recibiendo una educación con absolutamente ninguna pretensión religiosa, y se preguntaban por qué los estadounidenses eran tan ingenuos (acerca del Tíbet)” (63).

     Las mujeres entrevistadas por Lewis contaron historias de las duras experiencias de sus abuelas con monjes que las usaron como “cónyuges de sabiduría”. A las abuelas se les decía que por dormir con los monjes ellas obtenían “los medios para la iluminación espiritual” —después de todo, el propio Buda tuvo que estar con una mujer para lograr la iluminación.

     Las mujeres también mencionaron el sexo "desenfrenado" que los monjes supuestamente espirituales y abstinentes practicaban unos con otros en la secta Gelugpa. Las mujeres que eran madres hablaron amargamente sobre la confiscación hecha por el monasterio de sus jóvenes hijos en el Tíbet. Ellas afirmaron que cuando un niño clamaba por su madre, a él se le diría “¿Por qué la llamas?. Ella te abandonó. Ella es sólo una mujer”.

     Los monjes a los que les fue concedido asilo político en California se dedicaron a la ayuda pública. Lewis, ella misma una devota durante un tiempo, ayudó en el trabajo administrativo. Ella observa que ellos siguen recibiendo cheques gubernamentales de entre 550 y 700 dólares mensuales junto con el seguro médico estatal. Además, los monjes residen sin pagar alquiler en departamentos agradablemente amueblados. “Ellos no pagan los servicios públicos, tienen libre acceso a Internet en computadores que se les ha proporcionado, junto con máquinas de fax, teléfonos portátiles y fijos gratis y televisión por cable”.

     Ellos también reciben un pago mensual de su orden religiosa, junto con contribuciones y cuotas de sus seguidores estadounidenses. Algunos devotos entusiastamente realizan tareas para los monjes, incluyendo las compras en tiendas de comestibles y la limpieza de sus departamentos y cuartos de baño. Estos mismos hombres santos, hace notar Lewis, «no tienen ningún problema para criticar a los estadounidenses por su "obsesión con las cosas materiales"» (64).

     Dar la bienvenida al final de la antigua teocracia feudal en el Tíbet no es aplaudir todo lo del gobierno chino en aquel país. Este punto es rara vez entendido por los actuales creyentes occidentales de Shangri-La. Lo contrario también es verdadero: denunciar la ocupación china no significa que tenemos que idealizar el antiguo régimen feudal. Los tibetanos merecen ser percibidos como gente real, no como espiritualistas perfeccionados ni como inocentes emblemas políticos. “Idealizarlos”, dice Ma Jian, un disidente chino que ha viajado al Tíbet (ahora viviendo en Gran Bretaña), “es negarles su humanidad” (65).

     Una queja común entre los seguidores budistas en Occidente es que la cultura religiosa del Tíbet está siendo socavada por la ocupación china. Hasta cierto punto éste parece ser el caso. Muchos de los monasterios están cerrados, y la mayor parte de la teocracia parece haber pasado a la Historia. Si el gobierno chino ha llevado un mejoramiento o un desastre no es el tema central aquí. La pregunta es qué tipo de país era el antiguo Tíbet. Lo que estoy discutiendo es la naturaleza espiritual supuestamente inmaculada de aquella cultura previa a la invasión china. Podemos apoyar la libertad religiosa y la independencia para un nuevo Tíbet sin necesidad de abrazar la mitología sobre el antiguo Tíbet. El feudalismo tibetano fue enmascarado con el budismo, pero los dos no deben ser equiparados. En realidad, el antiguo Tíbet no era un Paraíso Perdido. Era una teocracia represiva y retrógrada con privilegios extremos y pobreza, a una gran distancia de Shangri-La.

     Finalmente, hay que decir que si el futuro del Tíbet consiste en ubicarse en algún lugar dentro del emergente paraíso de libre-mercado de China, entonces esto no es de buen agüero para los tibetanos. China se jacta de una deslumbrante tasa de crecimiento económico del 8% y está sobresaliendo como una de las mayores potencias industriales del mundo. Pero con el crecimiento económico se ha originado un abismo entre ricos y pobres que cada vez se hace más profundo. La mayor parte de los chinos vive cerca del nivel de la pobreza o bajo ese nivel, mientras un pequeño grupo de capitalistas recién horneados se benefician enormemente en colusión con turbios funcionarios. Los burócratas regionales ordeñan el país dejándolo seco, exigiendo sobornos del pueblo y saqueando las tesorerías locales. El apoderamiento de tierra en las ciudades y en los campos por avaros desarrolladores urbanísticos y funcionarios corruptos, a expensas del pueblo, son acontecimientos que ocurren casi diariamente. Decenas de miles de protestas y disturbios comunitarios han hecho erupción a través del país, generalmente para terminar chocando con la implacable fuerza policial. La corrupción es tan frecuente y ha alcanzado tantas áreas, que hasta el gobierno nacional, normalmente complaciente, fue obligado a tomar nota y comenzó a moverse contra ella a finales de 2006.

     Los trabajadores en China que tratan de organizar sindicatos en las "zonas comerciales" empresarialmente controladas se arriesgan a perder sus empleos o a ser golpeados y encarcelados. Millones de trabajadores de zonas comerciales trabajan duro en jornadas de doce horas a cambio de salarios sólo de subsistencia. Con el sistema de atención médica ahora privatizado, el tratamiento médico gratis o de bajo costo ya no está disponible para millones. Los hombres han vagabundeado en las ciudades en busca de trabajo, dejando un campo cada vez más empobrecido poblado por mujeres, niños y ancianos. El número de suicidios ha aumentado dramáticamente, sobre todo entre las mujeres (66).

     El medioambiente natural de China está tristemente contaminado. La mayoría de sus legendarios ríos y muchos lagos están muertos, produciendo extinciones masivas de peces por causa de los miles de millones de toneladas de emisiones industriales y desechos humanos no-tratados vertidos en ellos. Las aguas residuales tóxicas, incluyendo pesticidas y herbicidas, se filtran en el agua subterránea o directamente en los canales de irrigación. Los porcentajes de cáncer en los pueblos situados a lo largo de los canales han aumentado desmesuradamente. Cientos de millones de residentes urbanos respiran un aire calificado como peligrosamente insalubre, contaminado por el crecimiento industrial y la reciente incorporación de millones de automóviles. Aproximadamente 400.000 personas mueren prematuramente cada año por la contaminación del aire. Las agencias medioambientales del Gobierno no tienen ningún poder para frenar a los contaminadores, y generalmente el Gobierno desatiende o niega tales problemas, concentrándose en cambio en el crecimiento industrial (67).

     El propio establishment científico de China denuncia que a menos que los gases de invernadero sean refrenados, la nación afrontará masivos fracasos en las cosechas junto con una catastrófica escasez de comida y agua en el porvenir. En 2006-2007 una severa sequía estaba ya afligiendo al sudoeste de China (68).

     Si China es la historia del gran éxito del rápido desarrollo del libre-mercado, y debe ser el modelo y la inspiración para el futuro del Tíbet, entonces el antiguo Tíbet feudal efectivamente puede comenzar a parecer mucho mejor de lo que realmente era.


*****


NOTAS:

    1. Mark Juergensmeyer, Terror in the Mind of God, (University of California Press, 2000), 6, 112-113, 157.
    2. Kyong-Hwa Seok, "Korean Monk Gangs Battle for Temple Turf", San Francisco Examiner, 3 Dic. 1998.
    3. Los Angeles Times, 25 Feb. 2006.
    4. Dalai Lama, citado en Donald Lopez Jr., Prisoners of Shangri-La: Tibetan Buddhism and the West (Chicago and London: Chicago University Press, 1998), 205.
    5. Erik D. Curren, Buddha's Not Smiling: Uncovering Corruption at the Heart of Tibetan Buddhism Today (Alaya Press 2005), 41.
    6. Stuart Gelder y Roma Gelder, The Timely Rain: Travels in New Tibet (Monthly Review Press, 1964), 119, 123; y Melvyn C. Goldstein, The Snow Lion and the Dragon: China, Tibet, and the Dalai Lama (University of California Press, 1995), 6-16.
    7. Curren, Buddha's Not Smiling, 50.
    8. Stephen Bachelor, "Letting Daylight into Magic: The Life and Times of Dorje Shugden", Tricycle: The Buddhist Review, Nº 7, Primavera 1998. Bachelor discute sobre el fanatismo sectario y los enfrentamientos doctrinales que no calzan con el retrato occidental del budismo como una tradición no-dogmática y tolerante.
    9. Dhoring Tenzin Paljor, Autobiography, citado en Curren, Buddha's Not Smiling, 8.
    10. Pradyumna P. Karan, The Changing Face of Tibet: The Impact of Chinese Communist Ideology on the Landscape (Lexington, Kentucky: University Press of Kentucky, 1976), 64.
    11. Ver el informe de Gary Wilson en Worker's World, 6 Feb. 1997.
    12. Gelder and Gelder, The Timely Rain, 62 y 174.
    13. Como escépticamente lo nota Lopez, Prisoners of Shangri-La, 9.
    14. Melvyn Goldstein, William Siebenschuh y Tashì-Tsering, The Struggle for Modern Tibet: The Autobiography of Tashì-Tsering (Armonk, N.Y.: M.E. Sharpe, 1997).
    15. Gelder y Gelder, The Timely Rain, 110.
    16. Melvyn C. Goldstein, A History of Modern Tibet 1913-1951 (Berkeley: University of California Press, 1989), 5 y passim.
    17. Anna Louise Strong, Tibetan Interviews (Peking: New World Press, 1959), 15, 19-21, 24.
    18. Citado en Strong, Tibetan Interviews, 25.
    19. Strong, Tibetan Interviews, 31.
    20. Gelder y Gelder, The Timely Rain, 175-176; y Strong, Tibetan Interviews, 25-26.
    21. Gelder y Gelder, The Timely Rain, 113.
    22. A. Tom Grunfeld, The Making of Modern Tibet, ed. revisada (Armonk, N.Y. and London: 1996), 9 y 7-33 para una discusión general del Tíbet feudal; ver también Felix Greene, A Curtain of Ignorance (Garden City, N.Y.: Doubleday, 1961), 241-249; Goldstein, A History of Modern Tibet, 3-5; y Lopez, Prisoners of Shangri-La, passim.
    23. Strong, Tibetan Interviews, 91-96.
    24. Waddell, Landon, O'Connor y Chapman están citados en Gelder y Gelder, The Timely Rain, 123-125.
    25. Goldstein, The Snow Lion and the Dragon, 52.
    26. Heinrich Harrer, Return to Tibet (New York: Schocken, 1985), 29.
    27. Ver Kenneth Conboy y James Morrison, The CIA's Secret War in Tibet (Lawrence, Kansas: University of Kansas Press, 2002); y William Leary, "Secret Mission to Tibet", Air & Space, Dic. 1997/Enero 1998.
    28. Sobre los nexos de la CIA con el Dalai Lama y su familia y su séquito, ver Loren Coleman, Tom Slick and the Search for the Yeti (London: Faber and Faber, 1989).
    29. Leary, "Secret Mission to Tibet".
    30. Hugh Deane, "The Cold War in Tibet", CovertAction Quarterly (Invierno 1987).
    31. George Ginsburg y Michael Mathos, Communist China and Tibet (1964), citado en Deane, "The Cold War in Tibet". Deane nota que el autor Bina Roy llegó a una conclusión similar.
    32. Ver Greene, A Curtain of Ignorance, 248 y passim; y Grunfeld, The Making of Modern Tibet, passim.
    33. Harrer, Return to Tibet, 54.
    34. Karan, The Changing Face of Tibet, 36-38, 41, 57-58; London Times, 4 Julio 1966.
    35. Gelder y Gelder, The Timely Rain, 29 y 47-48.
    36. Tendzin Choegyal, "The Truth about Tibet", Imprimis (publicación de Hillsdale College, Michigan), Abril 1999.
    37. Karan, The Changing Face of Tibet, 52-53.
    38. Elaine Kurtenbach, informe de la Associated Press, 12 Feb. 1998.
    39. Goldstein, The Snow Lion and the Dragon, 47-48.
    40. Curren, Buddha's Not Smiling, 8.
    41. San Francisco Chronicle, 9 Enero 2007.
    42. Reporte del International Committee of Lawyers for Tibet, A Generation in Peril (Berkeley Calif.: 2001), passim.
    43. International Committee of Lawyers for Tibet, A Generation in Peril, 66-68, 98.
    44. Jim Mann, "CIA Gave Aid to Tibetan Exiles in '60s, Files Show", Los Angeles Times, 15 Sept. 1998; y New York Times, 1º Oct. 1998.
    45. News & Observer, 6 Sept. 1995, citado en Lopez, Prisoners of Shangri-La, 3.
    46. Heather Cottin, "George Soros, Imperial Wizard", CovertAction Quarterly Nº 74 (Otoño 2002).
    47. Goldstein, The Snow Lion and the Dragon, 51.
    48. Tendzin Choegyal, "The Truth about Tibet".
    49. El Dalai Lama en Marianne Dresser (ed.), Beyond Dogma: Dialogues and Discourses (Berkeley, Calif.: North Atlantic Books, 1996)
    50. Estos comentarios son de un libro de escritos del Dalai Lama citados en Nikolai Thyssen, "Oceaner af onkel Tom", Dagbladet Information, 29 Dic. 2003, (traducidos para mí por Julius Wilm). La reseña de Thyssen (en danés) se puede encontrar en http://www.information.dk/Indgang/VisArkiv.dna?pArtNo=20031229154141.txt.
    51. "A Global Call for Human Rights in the Workplace", New York Times, 6 Dic. 2005.
    52. San Francisco Chronicle, 14 Enero 2007.
    53. San Francisco Chronicle, 5 Nov. 2005.
    54. Times of India, 13 Oct. 2000; reportaje de Samantha Conti, Reuters, 17 Junio 1994; Amitabh Pal, "The Dalai Lama Interview", Progressive, Enero 2006.
    55. Los Gelder hicieron esta comparación, The Timely Rain, 64.
    56. Michael Parenti, The Culture Struggle (Seven Stories, 2006).
    57. John Pomfret, "Tibet Caught in China's Web", Washington Post, 23 Julio 1999.
    58. Curren, Buddha's Not Smiling, 3.
    59. Curren, Buddha's Not Smiling, 13 y 138.
    60. Curren, Buddha's Not Smiling, 21.
    61. Curren, Buddha's Not Smiling, passim. Para libros que son favorables hacia el Karmapa designado por la facción del Dalai Lama, ver Lea Terhune, Karmapa of Tibet: The Politics of Reincarnation (Wisdom Publications, 2004); Gaby Naher, Wrestling the Dragon (Rider 2004); Mick Brown, The Dance of 17 Lives (Bloomsbury 2004).
    62. Erik Curren, "Not So Easy to Say Who is Karmapa", correspondencia, 22 Agosto 2005,
    www.buddhistchannel.tv/index.php?id=22.1577,0,0,1,0 .
    63. Kim Lewis, correspondencia conmigo, 15 Julio 2004.
    64. Kim Lewis, correspondencia conmigo, 16 Julio 2004.
    65. Ma Jian, Stick Out Your Tongue (Farrar, Straus & Giroux, 2006).
    66. Ver el documental de la PBS, China from the Inside, Enero 2007, www.KQED.PBS.org/kqed/chinanside .
    67. San Francisco Chronicle, 9 Enero 2007.
    68. "China: Global Warming to Cause Food Shortages", People's Weekly World, 13 Enero 2007.


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