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jueves, 8 de septiembre de 2011

Thierry Meyssan - Sobre la Mentira del 11-S



     Del libro "La Gran Impostura. Ningún Avión Se Estrelló en el Pentágono" (2002) del autor francés Thierry Meyssan (1957), dos capítulos de su primera parte, libro en que plantea la ahora evidente (por falta de sustentación de la versión oficial) tesis de que los acontecimientos del 11-S fueron obra de facciones internas estadounidenses. Declarado persona indeseable por EE.UU., después de acusar en 2008 al judío Sarkozy de ser agente de la CIA, tuvo que exiliarse en Siria debido a las acciones legales que el sionista emprendió en represalia. Véase esta presentación en http://www.pentagonstrike.co.uk/pentagon_sp.htm#Preloader o búsquese videos sobre lo ocurrido en el edificio pentagonal y se verá que lo que el mismo día se sospechó era cierto: jamás un avión de pasajeros cayó sobre ese edificio, y por ende la versión gubernamental es una asquerosa mentira (todo esto lo decimos no para la inmensa mayoría que ya lo sabe sino para la gran cantidad de tontos que aún continúan creyendo en el cuento del tío Sam, cuya flojera les ha impedido investigar sólo un poco más). El asunto no consiste en tratar de demostrar que no fue un avión sino que se trata de que la versión oficial es completamente estúpida (¿cuándo van a verse las imágenes que registraron dicho suceso desde edificios cercanos y que fueron rápida y sistemáticamente requisadas?. ¿Cómo en diez años no han podido fabricar todavía una buena película donde podamos ver  al enorme avión volando a ras de suelo y chocando?).



EL AVIÓN FANTASMA DEL PENTÁGONO

     ¿Recuerda el atentado contra el Pentágono?. Los acontecimientos eran demasiado graves y tan repentinos que en ese momento fue imposible apreciar las contradicciones de la versión oficial.
     El 11 de Septiembre de 2001, poco antes de las 10:00, hora de Washington, el Departamento de Defensa publica un breve comunicado:

     «El Departamento de Defensa sigue respondiendo al ataque perpetrado esta mañana a las 09:38. En este momento no se dispone de ninguna cifra sobre el número de víctimas. Los miembros del personal herido han sido trasladados a varios hospitales próximos. El secretario de Defensa, Sr. Donald S. Rumsfeld, ha expresado su pésame a las familias de las víctimas fallecidas y heridas en este desaprensivo ataque y garantiza la dirección de las operaciones desde su centro de mando en el Pentágono. Todo el personal ha sido evacuado del edificio, mientras los servicios de intervención de urgencia del Departamento de Defensa y de las poblaciones vecinas se enfrentan a las llamas y a las urgencias médicas. Las primeras estimaciones de los daños son considerables; no obstante, el Pentágono debería reabrir mañana por la mañana. Se están clasificando los lugares de trabajo sustitutivos de las partes siniestradas del edificio.»

     La agencia Reuters, la primera en llegar al lugar de los hechos, anuncia que el Pentágono ha sido alcanzado por la explosión de un helicóptero. Esta noticia la confirma por teléfono Paul Begala, un consultor demócrata, a la Associated Press. Unos minutos más tarde, el Departamento de Defensa corrige la información: era un avión. Nuevos testigos contradicen a los primeros y dan crédito a la versión de las autoridades: Fred Hey asistente parlamentario del senador Bob Ney, vio caer un Boeing mientras conducía por la autopista colindante con el Pentágono. El senador Mark Kirk estaba saliendo del estacionamiento del Pentágono, tras desayunar con el secretario de Defensa, cuando se estrelló un gran avión. El secretario en persona, Donald Rumsfeld, sale de su despacho y se precipita al lugar de los hechos para ayudar a las víctimas.

     Intervienen los bomberos del condado de Arlington. Se unen a ellos cuatro equipos de la FEMA, la agencia federal de intervención en situaciones de catástrofe, y bomberos especializados del aeropuerto Reagan. Hacia las 10:10, se hunde el ala del Pentágono afectada.

     A la prensa se la mantiene alejada del lugar del drama para que no dificulte las tareas de los servicios de socorro y debe contentarse con filmar las primeras bolsas para cadáveres que se alinean en silencio en un improvisado hospital de campaña. Pero la Associated Press logra recuperar las fotografías de la llegada de los bomberos, tomadas por un particular desde un edificio cercano.

     En esos momentos de confusión serán necesarias varias horas para que el jefe del Estado Mayor Interarmas, el general Richard Myers, indique que el «avión suicida» era el Boeing 757-200 del vuelo 77 de American Airlines, que enlazaba Dulles con Los Ángeles y del que los controladores aéreos habían perdido el rastro desde las 08:55. Siempre de forma precipitada, las agencias de prensa aumentan la tensión hablando de cerca de ochocientos muertos. Una cifra poco realista que el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, se abstendrá de desmentir en su rueda de prensa del día siguiente, aunque el balance exacto, afortunadamente cuatro veces menor, se conozca entonces con precisión.

     Para todo el mundo, después de los atentados contra el World Trade Center, la conmoción es aún mayor: el ejército más poderoso del mundo no ha sido capaz de proteger su propia sede y ha sufrido graves pérdidas. Estados Unidos, considerado invencible, es vulnerable hasta en su propia tierra.

     A primera vista, los hechos son indiscutibles. Y, no obstante, cuando se indaga en los detalles, las explicaciones oficiales resultan confusas y contradictorias.

     Los controladores aéreos de la aviación civil (Federal Aviation Administration-FAA) explicaron a los periodistas del Christian Science Monitor que, hacia las 08:55, el Boeing había descendido a veintinueve mil pies y no había respondido a las órdenes terminantes. Su transponedor había enmudecido, de manera que al principio pensaron que se trataba de una avería eléctrica. Luego, el piloto, que seguía sin responder, había encendido su radio de forma intermitente y desde ella se podía oír una voz con un fuerte acento árabe que lo amenazaba. El avión dio entonces media vuelta en dirección a Washington y luego perdieron su rastro.

     De acuerdo con los procedimientos vigentes, los controladores aéreos locales notificaron a la sede de la FAA el desvío. La mayor parte de los responsables nacionales estaban ausentes, de viaje en Canadá para asistir a un congreso profesional. En la locura de ese día, los responsables de retén en la sede de la FAA creyeron recibir una enésima notificación sobre el segundo avión desviado hacia Nueva York. No fue hasta al cabo de media hora cuando comprendieron por fin que se trataba de un tercer avión desviado e informaron a las autoridades militares. Este error les hizo perder veintinueve valiosos minutos.

     Interrogado el 13 de Septiembre por la Comisión Senatorial de las Fuerzas Armadas, el jefe de Estado Mayor Conjunto, el general Richard Myers, fue incapaz de referir las medidas que se tomaron para interceptar el Boeing. De este animado intercambio con la más alta autoridad militar, los parlamentarios llegaron a la conclusión de que no se había realizado ninguna acción para interceptarlo. ¿Es posible creer que el ejército de Estados Unidos permaneciera pasivo durante los atentados?.

     Para contrarrestar el desastroso efecto de esta comparecencia, el NORAD (North American Aerospace Defense Command) publicó un comunicado el 14 de Septiembre. Además de completar los fallos de memoria del general Richard Myers, indicó que no había sido informado del desvío hasta las 09:24. Aseguró haber dado la orden de inmediato a dos cazas F-16 de la base de Langley (Virginia) para que interceptaran el Boeing, pero la Air Force, al no saber dónde estaba, pensó que quizá se iba a cometer un nuevo atentado en Nueva York y mandó a los cazas hacia el norte. Un avión de transporte militar, que despegó de la base presidencial de Andrews, se cruzó con el Boeing por casualidad y pudo identificarlo. Demasiado tarde.

     No es cierto que la versión del NORAD es más verosímil que la del jefe de Estado Mayor Conjunto. ¿Es posible creer que el sistema de radar militar de Estados Unidos fuese incapaz de localizar un Boeing en una zona de varias decenas de kilómetros de radio?; ¿y que un gran avión de línea regular pueda despistar a potentes F-16 lanzados en su persecución?.

     Por tanto, es de suponer que si el Boeing había franqueado este primer obstáculo sería abatido al acercarse al Pentágono. Es obvio que el dispositivo de seguridad que protege el Departamento de Defensa es un secreto militar. Como el de la cercana Casa Blanca. Se sabe perfectamente que se reestructuró por completo tras una serie de incidentes ocurridos en 1994, en especial el aterrizaje de un pequeño avión, un Cesna 150L, en el césped de la Casa Blanca. Se sabe también que este dispositivo antiaéreo comprende cinco baterías de misiles instalados en el Pentágono y cazas estacionados en la base presidencial de Andrews. Dos unidades de combate están permanentemente activas allí: la 113e Fighter Wing de la Air Force y la 321e Fighter Attack de la Marina. Están equipadas respectivamente con F-16 y F/A-18 y nunca habrían dejado que el Boeing se acercara.

     No obstante, como dijo el teniente coronel Vic Warzinski, portavoz del Pentágono: «No estábamos conscientes de que ese avión se dirigía hacia nosotros y dudo que antes del martes [11 de Septiembre] alguien hubiera podido prever algo semejante».

     Así pues, tras despistar a sus perseguidores y franquear sin daños la defensa antiaérea más sofisticada, el Boeing terminó su vuelo en el Pentágono. Un Boeing 757-200 es un carguero capaz de transportar a doscientos treinta y nueve pasajeros. Mide 47,32 metros de largo y tiene 38,05 metros de envergadura. Lleno, este avión pesa 115 coneladas y alcanza, con todo, una velocidad de crucero de 900 km/h.

     En cuanto al Pentágono, es el mayor edificio administrativo del mundo. Todos los días trabajan en él 23.000 personas. Su nombre procede de su original estructura: cinco anillos concéntricos, de cinco lados cada uno. Fue construído no lejos de la Casa Blanca, aunque en la otra orilla del río Potomac. Así pues, no se encuentra en el mismo Washington, sino en Arlington, en el vecino estado de Virginia.

     Para causar los mayores estragos, el Boeing debería haberse estrellado contra el techo del Pentágono. A fin de cuentas era la solución más simple: la superficie del edificio es de veintinueve acres. En cambio, los terroristas prefirieron estrellarse contra una fachada, aunque su altura fuese sólo de veinticuatro metros.

     El avión se acercó repentinamente al suelo, como para aterrizar. Manteniéndose en posición horizontal, descendió casi a la vertical, sin dañar los postes de alumbrado de la autopista que bordean el estacionamiento del Pentágono, ni siquiera rozándolos con el soplo de su desplazamiento. Sólo una luz del estacionamiento quedó seccionada.

     El Boeing chocó contra la fachada del edificio a la altura de la planta baja y la primera planta. Todo sin dañar el magnifico césped del primer plano, ni el muro, ni el estacionamiento, ni el helipuerto. En efecto, en ese lugar hay un área de aterrizaje para pequeños helicópteros.
     A pesar de su peso (un centenar de toneladas) y de su velocidad (entre 400 y 700 kilómetros/hora), el avión sólo destruyó el primer anillo de la construcción.

     El choque se notó en todo el Pentágono. El combustible del avión, que se almacena en las alas del aparato, se inflamó y el incendio se propagó por el edificio. Ciento veinticinco personas encontraron la muerte, a las que cabe añadir las sesenta y cuatro personas que viajaban a bordo del aparato.

     La casualidad quiso que el avión chocara con una parte del Pentágono que estaba en reparación. Se acababa de acondicionar el nuevo Centro de Mando de la Armada. Varios despachos estaban desocupados, otros estaban ocupados por el personal civil encargado de la instalación, lo que explica que las víctimas fueran mayoritariamente civiles y que sólo hubiera un militar (un general) entre éstas.
     Media hora más tarde se hundieron las plantas superiores.

     Estos primeros elementos son poco verosímiles. El resto de la versión oficial es absolutamente imposible.

     Si se incrusta la forma del avión en la foto del satélite, se puede comprobar que sólo la parte delantera del Boeing penetró en el edificio. El fuselaje y las alas permanecieron en el exterior.
     El avión se detuvo en seco, sin que sus alas golpearan la fachada. No se aprecia ningún rastro de impacto, salvo el de la nariz del avión. En realidad, deberían verse las alas y el fuselaje en el exterior, de hecho en el césped.

     Mientras que la parte delantera del avión está fabricada con carbono y las alas –que almacenan el combustible– pueden arder, el fuselaje de un Boeing es de aluminio y los reactores son de acero. Tras un incendio, el aparato tiene que dejar necesariamente restos calcinados. Si se remite a la fotografía de la Associated Press, se puede observar claramente que no hay avión. Sin embargo, la foto fue tomada en los primeros instantes: los camiones de bomberos ya habían llegado, pero los bomberos aún no se habían desplegado.

     Durante la conferencia de prensa del 12 de Septiembre, el capitán de bomberos del condado de Arlington, Ed Plaugher, precisó que sus hombres se habían empleado a fondo en la lucha contra la propagación del incendio en el Pentágono, pero que se mantuvieron apartados del lugar exacto de la colisión. Sólo los equipos especiales (Urban Search and Rescue) de la FEMA estuvieron en contacto con el avión. En ese momento se estableció un diálogo surrealista:

—Periodista: «¿Qué queda del aparato?»
—Jefe Plaugher: «En primer lugar, sobre el aparato... hay algunos fragmentos que podían verse desde el interior durante las operaciones de lucha contra el incendio del que le hablaba, pero no se trataba de pedazos voluminosos. En otras palabras, no hay ni trozos de fuselaje ni nada de este tipo». (...)
—Periodista: «Comandante, hay pequeños trozos del aparato repartidos por todas partes, incluso en la autopista —pedazos minúsculos. Usted diría que el aparato estalló, literalmente estalló, en el momento del impacto debido al combustible o...»
—Plaugher: «Sabe, preferiría no pronunciarme sobre este tema. Tenemos muchos testigos oculares que pueden informarle mejor sobre lo que le sucedió al aparato cuando se acercaba. Por consiguiente, no sabemos. Yo no lo sé». (...)
—Periodista:«¿Dónde está el combustible del avión?...»
—Plaugher. «Tenemos lo que suponemos que es un charco justo en el lugar donde pensamos que está la parte delantera del avión» (sic).

     Así, aunque oficiales, parlamentarios y militares pretendieran haber visto caer el aparato, nadie vio el menor pedazo de avión, ni siquiera el tren de aterrizaje: sólo fragmentos de metal no identificables. En cuanto a las cámaras de video-vigilancia del estacionamiento del Pentágono, tampoco vieron el Boeing en ningún momento y desde ningún ángulo.

     Recapitulemos la versión oficial: un Boeing desviado habría despistado a F-16 lanzados en su persecución y habría desbaratado el sistema de defensa antiaéreo de Washington. Habría aterrizado verticalmente en el estacionamiento del Pentágono, permaneciendo horizontal. Habría chocado contra la fachada a la altura de la planta baja. Sólo habría penetrado con la parte delantera y el fuselaje en el edificio. Una de las alas, quizá las dos, habría ardido en el exterior, mientras que el fuseíaje se habría desintegrado en el interior. El combustible, almacenado en las alas, sólo habría ardido el tiempo suficiente para provocar un incendio en el edificio, para transformarse a continuación en un charco que se habría desplazado hasta el supuesto lugar de la parte delantera del avión.

     A pesar del respeto que se debe a la alta calidad de los «testigos oculares», oficiales y parlamentarios, es imposible tragarse estas patrañas. Lejos de dar más crédito a sus declaraciones, la calidad de esos testigos subraya sólo la importancia de los medios desplegados por el ejército de Estados Unidos para tergiversar la verdad.

     A fin de cuentas, esta extravagante fábula fue construída progresivamente, una mentira que llamaba a otra. Si nos referimos al comunicado inicial del Pentágono, citado al principio del capitulo, se observa que no se trataba de un Boeing. La teoría del «avión kamikaze» apareció sólo media hora más tarde. Asimismo, tampoco se trataba de cazas intentado interceptar al avión fantasma durante la comparecencia del jefe de Estado Mayor Conjunto. Fue sólo al cabo de dos días cuando el NORAD inventó el vagabundeo de los F-16.

     La versión oficial no es más que propaganda. Lo que queda de ella es que 125 personas murieron en el Pentágono y que un avión que transportaba a 64 pasajeros desapareció. ¿Cuál es la causa de la explosión que afectó al Pentágono?. ¿Qué sucedió con el vuelo 77 de American Airlines?. ¿Sus pasajeros murieron?. Si es así, ¿quién los mató y por qué?. Si no, ¿dónde están?. Muchas preguntas a las que la Administración norteamericana debe responder.

     Preguntémonos, sobre todo, lo que intentó ocultar la versión oficial. El general Wesley Clark, antiguo comandante superior de las fuerzas de la OTAN durante la guerra de Kosovo, declaró al ser interrogado en la CNN el día después del atentado: «Desde hacía algún tiempo estábamos al corriente de que algunos grupos planeaban [un ataque contra el Pentágono]; evidentemente no sabíamos lo bastante [para actuar]». Esta enigmática afirmación no hace referencia alguna a un agresor extranjero, sino a las amenazas proferidas por milicias de extrema derecha contra el Pentágono. Deja entrever los cnfrentamientos secretos que desgarran a la clase dirigente estadounidense.

     La CNN entrevistó a Hosni Mubárak, el 15 de Septiembre. En ese momento, el Presidente egipcio no disponía de la misma información que nosotros. Ignoraba lo que un análisis detallado nos muestra. En cambio, tenía información confidencial sobre la preparación del atentado, que había transmitido varias semanas antes al Gobierno norteamericano:

     «Ningún servicio de información en el mundo tenía la posibilidad de decir que iban a utilizar vuelos comerciales, con pasajeros, para estrellarse contra las Torres y el Pentágono. Los que hicieron eso, debieron sobrevolar durante un tiempo esta región, por ejemplo. El Pentágono no es muy alto. Para lanzarse así sobre el Pentágono, un piloto debe haber sobrevolado esta zona para conocer los obstáculos que se encontraría volando a una altitud muy baja con un gran avión comercial antes de tocar el Pentágono en un lugar preciso. Alguien estudió esto muy bien, alguien sobrevoló detenidamente esta zona». (...)

     Muchas personas que circulaban en automóvil por la autopista que bordea el Pentágono oyeron el estruendo de un avión que pasaba por encima de sus cabezas. El ruido era tan ensordecedor como el de un caza. No era como el de un avión comercial. Algunas personas afirman que vieron el aparato. Lo describen como un pequeño avión con capacidad para transportar de ocho a doce pasajeros, y no como un Boeing 757.

     Danielle O'Brien, controladora aérea del aeropuerto de Dulles, relató a ABC News el comportamiento del aparato, observado desde el radar. Volaba a 800 km/h aproximadamente. Primero se dirigió hacia el espacio aéreo protegido de la Casa Blanca y el Capitolio, luego giró oblicua y bruscamente hacia el Pentágono. Para ella y sus compañeros, no existe duda alguna: teniendo en cuenta su velocidad y manejabilidad, no podía tratarse de un avión comercial, sino sólo de un aparato militar.

     El artefacto penetró en el edificio sin causar daños importantes en la fachada. Atravesó varios anillos del Pentágono, abriendo un agujero cada vez más ancho en cada tabique que atravesó. El orificio final, con una forma perfectamente circular, medía aproximadamente 2,30 metros de diámetro. Al atravesar el primer anillo del Pentágono, el aparato provocó un incendio, tan colosal como repentino. Inmensas llamas salían del edificio lamiendo la fachada. Se consumieron igual de rápido, dejando detrás de sí una nube de hollín negro. El incendio se propagó a una parte del primer anillo del Pentágono y a dos pasillos perpendiculares. Fue tan súbito que las protecciones anti-incendio resultaron ineficaces.

     Todos estos testimonios y observaciones pueden corresponderse al disparo de un misil de última generación de tipo AGM, dotado de una carga vacía y punta de uranio empobrecido de tipo BLU, guiado por GPS. Este tipo de artefacto se asemeja a un pequeño avión civil, pero no es un avión. Produce un silbido comparable al de un caza y puede ser guiado con bastante precisión para entrar por una ventana, atravesar los blindajes más resistentes y provocar —independientemente de su efecto de perforación— un incendio instantáneo que desprende un calor de más de 2.000° C.

     En resumen, sólo un misil del ejército de Estados Unidos que emita un código amigo puede entrar en el espacio aéreo del Pentágono sin que se desencadene la descarga de contramisiles. Este atentado sólo puede haber sido cometido por militares norteamericanos contra otros militares norteamericanos.
     Si la administración Bush falsificó el atentado del Pentágono para enmascarar problemas internos, ¿no pudo ocultar también algunos elementos de los atentados ocurridos en el World Trade Center?

EL FBI HACE ASPAVIENTOS


     Con ese fascinante sentido de la organización del que se enorgullece Estados Unidos, el FBI lanzó el día 11 de Septiembre la mayor investigación criminal de la historia de la humanidad. Requirió a la cuarta parte de su plantilla, movilizando a siete mil funcionarios, de los que cuatro mil eran agentes. A sus propios medios añadió los que fueron destacados por otras agencias del Departamento de Justicia: la División Criminal, las Oficinas de los Fiscales, el Servicio de Inmigración y de Naturalizaciones. Además, el FBI se apoyó en el conjunto de la «comunidad norteamericana de la información», particularmente la CIA (Central Intelligence Agency), la NSA (National Security Agency) y la DIA (Defense Intelligence Agency). Por último, el FBI se benefició en el extranjero de la cooperación policial internacional, ya fuera de la INTERPOL, o bien directamente de la cooperación bilateral con las policías de los Estados aliados.

     Para reunir pruebas, el FBI hizo llamamientos a los testigos a partir de la tarde de los atentados. En el transcurso de los tres primeros días recibió tres mil ochocientos mensajes telefónicos, treinta mil correos electrónicos y dos mil cuatrocientas notificaciones de sus agentes de información.

     Al día siguiente de los atentados, el FBI ya había logrado establecer el modus operandi de los terroristas: Agentes de las redes de Bin Laden se habrían introducido legalmente en territorio norteamericano; habrían seguido una formación acelerada de pilotos. Agrupados en cuatro equipos de cinco kamikazes, habrían desviado los aviones de línea regular con el objetivo de estrellarse contra blancos importantes. El 14 de Septiembre, el FBI publicaba la lista nominal de los presuntos diecinueve piratas aéreos.

     En el transcurso de las siguientes semanas, la prensa internacional reconstituyó la vida de los kamikazes. Demostró que nada habría permitido a sus amigos y vecinos sospechar de sus intenciones, ni que la policía occidental los descubriera. Camuflados entre la población, evitando cuidadosamente desvelar sus convicciones, esos agentes «durmientes» se habrían «despertado» sólo el día de su misión. Otros «agentes durmientes», agazapados en la sombra, estarían esperando probablemente su momento. Una amenaza indetectable planearía sobre la civilización occidental...

     En cuanto al aspecto metodológico, es evidente que esta investigación está hecha de prisa y corriendo. En un proceso criminal, con unos hechos tan complejos, la policía habría tenido que sostener multitud de hipótesis y seguir todas las pistas hasta el final, sin menospreciar ninguna. La hipótesis del terrorismo interno se descartó por principio, sin jamás llegarse a estudiar. En su lugar, Osama bin Laden ya había sido señalado con el dedo por «fuentes próximas a la investigación» unas horas más tarde de los atentados. La opinión pública necesitaba culpables; éstos le fueron designados en el acto.

     Se supone que en cada uno de los cuatro aviones desviados, los terroristas se organizaron en equipos de cinco hombres, reunidos en el último momento. Sin embargo, en el vuelo 93, que estalló en Pensilvania, sólo había cuatro terroristas: el quinto miembro del comando, Zacharias Moussaoui, fue detenido poco tiempo antes por carecer de permiso de residencia. En un primer momento, el FBI afirmó que los piratas aéreos se habían formado para sacrificarse. En un segundo tiempo, tras descubrir un video de Osama bin Laden, éste sugirió que solo los piratas pilotos eran kamikazes, mientras que sus compañeros no fueron informados hasta el último momento del carácter suicida de su misión. Sea como sea, lo que sorprende es la idea de equipos de kamikazes. En efecto, la psicología del suicida es eminentemente individual. Durante la Segunda Guerra Mundial, los kamikazes japoneses actuaban individualmente, aunque sus acciones pudieran estar concertadas en olas. Más recientemente, los miembros del Ejército Rojo japonés (Rengo Segikun) que exportaron esta técnica al Cercano Oriente cuando se produjo el atentado de Lodd (Israel, 1972), actuaron de tres en tres, pero después de seguir una formación particular para poder acoplarse. Es más, uno de los terroristas de Lodd, Kozo Okamoto, fue capturado vivo. No se conocen ejemplos de equipos kamikazes que se hayan formado en el último momento.

     Por otra parte, como hizo notar Salman Rushdie con astucia, se puede afirmar que si los piratas eran kamikazes, entonces no eran fundamentalistas islámicos. En efecto, el Corán prohibe el suicidio. Los fundamentalistas islámicos (talibanes, wahhabíes u otros) se habrían expuesto a la muerte, como mártires, sin posibilidad de escapar a ésta, pero no se habrían dado muerte a sí mismos.

     No obstante, la teoría de los kamikazes ha sido confirmada por documentos manuscritos en árabe de los que el FBI publicó una traducción inglesa y que fueron recogidos por la prensa internacional. Supuestamente se encontraron tres ejemplares: uno, en una maleta perdida en un enlace, que pertenecía a Mohamed Atta; el segundo, en un vehículo abandonado en el aeropuerto de Dulles por Nawaf Alhamí; y el tercero, entre los restos del avión del vuelo 93 que estalló en Stoney Creek Township (Pensilvania). Se trata de cuatro páginas de piadosos consejos:

«1) Haz el juramento de morir y renueva tu intención. Afeita tu cuerpo y lávalo con agua de colonia. Dúchate.
2) Asegúrate de que conoces bien todos los detalles del plan y espera la respuesta, una reacción del enemigo.
3) Lee a Al-Tawba y Anfal [suras marciales del Corán), reflexiona sobre su significado y piensa en todo lo que Dios prometió a los mártires», etc.

     Redactados en estilo teológico clásico, a menudo impregnados de referencias medievales, estos documentos contribuyeron en gran medida a alimentar la imagen de fanáticos que las autoridades norteamericanas expusieron a la venganza popular. Con todo, se trata de una falsificación de la que cualquier persona que haya estudiado el islam capta la incongruencia. En efecto, empiezan con la exhortación «en nombre de Dios, de mi mismo y de mi familia» (sic), mientras que los musulmanes –a diferencia de muchas sectas puritanas norteamericanas– no oran jamás en su propio nombre, ni en el de su familia. Asimismo, el texto incluye en un recoveco de una frase un modismo del lenguaje yanqui que no tiene lugar en el vocabulario coránico: «debes afrontarlo y entenderlo al 100%» (sic).

     El FBI presenta a Mohammed Atta como el líder de la operación. En diez años, este egipcio de treinta y tres años habría vivido en Salou (España), luego en Zurich (Suiza) —donde, según los investigadores, habría comprado, claro está, con tarjeta de crédito, los cuchillos suizos para poder desviar los aviones— y por último en Hamburgo (Alemania).

     Junto con otros dos terroristas cursó estudios de electrotécnica, sin dar nunca de qué hablar, sin dejar entrever nunca sus convicciones extremistas. Supuestamente, al llegar a Estados Unidos se reunió con sus cómplices en Florida, siguió cursos de pilotaje en Venice e incluso se pagó algunas horas en un simulador de vuelo en Miami. Preocupado por esconder su integrismo, Mohamed Atta se esmeró en frecuentar el Olympic Garden de Las Vegas, el mayor cabaret de topless del mundo. Este agente sin igual se dirigió a Boston el 11 de Septiembre, en un vuelo interno. Teniendo en cuenta el poco tiempo de enlace entre ambos vuelos, perdió las maletas durante el tránsito. Al indagar en éstas, el FBI descubrió videos de entrenamiento para el pilotaje de Boeing, un libro de plegarias islámicas y una vieja carta en la que anunciaba su intención de morir como mártir. Atta fue identificado como el jefe del comando por un miembro de la tripulación que telefoneó desde su móvil durante el desvío del avión y que indicó su número de asiento: 8D.

     ¿Debemos tomar en serio estas informaciones?. Habría que admitir que Mohamed Atta procuró durante diez años ocultar cuidadosamente sus intenciones y que se comunicó con sus cómplices siguiendo procedimientos estrictos para escapar a los servicios de información. Con todo, en el último momento dejó multitud de indicios tras de sí. Aunque era el líder de la operación, se arriesgó a perder su enlace aéreo el 11 de Septiembre y finalmente logró tomar el vuelo de American Airlines 11, pero sin recuperar las maletas. De hecho, ¿quién iría cargado con maletas para suicidarse?.

     Más ridículo aún: ¡El FBI afirma haber descubierto el pasaporte intacto de Mohammed Atta entre las humeantes ruinas del World Trade Center!. Se trata de un verdadero milagro: todavía nos preguntamos cómo ese documento pudo «sobrevivir» a tales peripecias...

     Sin duda, el FBI presenta pruebas fabricadas por él. Quizás en esto sólo debamos ver la ofuscada reacción de un servicio de policía que ha mostrado su ineficacia para impedir la catástrofe y que intenta por todos los medios volver a sacar brillo a su escudo.

     La polémica surgida sobre la identidad de los kamikazes es aún más preocupante. La prensa internacional comentó ampliamente el perfil de los diecinueve terroristas señalados por el FBI. Se trataba de hombres entre veinticinco y treinta y cinco años. Eran árabes y musulmanes, la mayoría saudíes. Tenían educación. Actuaban por ideal y no por desesperación.

     La única sombra en el perfil de los kamikazes era que el retrato hablado se basaba en una lista discutible. La embajada de Arabia Saudí en Washington confirmó que Abdulaziz Alomari, Mohand Alshehri, Salem Alhazmi y Said Alghamdi estaban más frescos que una rosa y que vivían en su país. Walecd M. Alshehri, que actualmente vive en Casablanca y trabaja como piloto de Royal Air Maroc, concedió una entrevista al periódico de lengua árabe de Londres, Al Qods Al Arabi. El príncipe Saud al-Faisal, ministro saudí de Asuntos Exteriores, declaró a la prensa: «Se ha demostrado que cinco de las personas nombradas en la lista del FBI no tienen relación alguna con lo que pasó». Mientras que el príncipe Nayef, ministro saudí de Interior, declaró a una delegación oficial norteamericana: «Hasta ahora, no existe ninguna prueba de que [los quince ciudadanos saudíes acusados por el FBI] estuvieran relacionados con el 11 de Septiembre. No hemos recibido ningún dato de Estados Unidos sobre el tema».

     ¿Cómo se identificó a estos terroristas?. Si se hace referencia a las listas de víctimas publicadas por las compañías aéreas el 13 de Septiembre, sorprende que no figuren en éstas los nombres de los piratas aéreos. Es como si los criminales hubieran sido retirados de las listas para dejar sólo a las «víctimas inocentes» y al personal de la tripulación. Si se cuentan los nombres, aparecen 78 víctimas inocentes en el vuelo 11 de American Airlines (el que se estrelló contra la torre norte del WTC), 46 en el vuelo 175 de United Airlines (que se estrelló contra la torre sur), 51 en el vuelo 77 de American Airlines (supuestamente estrellado contra el Pentágono), y 36 en el vuelo 93 de United Airlines (que estalló en Pensilvania). Estas listas estaban incompletas, ya que varios pasajeros no han sido identificados todavía. Si se hace referencia a los comunicados de las compañías aéreas del 11 de Septiembre, puede verse que el vuelo 11 transportaba 81 pasajeros; el vuelo 175, 56; el vuelo 77 transportaba 58 pasajeros, y el vuelo 93, 38. Era por lo tanto materialmente imposible que el vuelo 11 transportara a más de tres terroristas y el vuelo 93, a más de dos. La ausencia de los nombres de los piratas aéreos en las listas de pasajeros no significa, por consiguiente, que se hubieran retirado para que éstas fueran «políticamente correctas», sino simplemente porque no se encontraban entre los pasajeros. Adiós a la identificación de Atta por un azafato gracias a su número de asiento, 8D.

     En resumen, el FBI inventó una lista de piratas aéreos a partir de la que elaboró un retrato hablado de los enemigos de Occidente. Se nos pide que creamos que esos piratas eran fundamentalistas islámicos y que actuaban como kamikazes. Se acabó la pista interna estadounidense. En realidad, no sabemos nada, ni de la identidad de los «terroristas», ni de su modo de operar. Todas las hipótesis siguen abiertas. Como en todos los asuntos criminales, la primera pregunta que uno debe plantearse es: «¿A quién beneficia el crimen?». (...)

     Ahora bien, como hemos señalado, lejos de realizar una investigación criminal, el FBI se esmeró en hacer desaparecer las pruebas y amordazar a los testigos. Apoyó la versión del ataque externo e intentó darle credibilidad divulgando una lista improvisada de piratas aéreos y fabricando pistas falsas a su conveniencia (pasaporte de Mohamed Atta, instrucciones de los kamikazes, etc.).
     Esta operación de manipulación fue orquestada por su director, Robert Mueller III. Este hombre indispensable fue nombrado por George W. Bush y había empezado sus funciones precisamente la semana anterior al 11 de Septiembre.

     ¿Esta pseudoinvestigación se realizó para instruír un proceso justo o para ocultar las responsabilidades norteamericanas y justificar las operaciones militares venideras?.


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