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martes, 8 de febrero de 2011

Sergio Villalobos - Falsedades Bolivianas


     El Domingo 7 de Diciembre de 2003 fue publicado en El Mercurio de Santiago el presente texto del historiador chileno y profesor universitario Sergio Villalobos (1930), Premio Nacional de Historia en 1992, donde se refiere a aspectos implicados en la cuestión boliviana, país inventado por Bolívar (el antiguo Alto Perú, llamado primeramente República de Bolívar, luego República de Bolivia), y que obtuvo su independencia del imperio español y su autonomía recién en 1825, habiendo sido, luego de ser la región incásica de Collasuyo, por más de doscientos años hasta 1776 la Real Audiencia de Charcas, que era dependiente del Virreinato del Perú, con quien la Capitanía General de Chile siempre limitó, año en que fue transferida al Virreinato del Río de la Plata. Su relación es con el Perú, a quien invadió y por quien fue invadida (para echar a las tropas bolivarianas de la Gran Colombia), con quien alguna vez pensó unirse y con quien finalmente se ató en secreto pacto. Conclusivamente nos preguntamos si hay algún registro histórico de que haya existido alguna vez algún barco que haya navegado bajo bandera boliviana.


Falsedades Bolivianas
por Sergio Villalobos


“Bolivia nunca tuvo mar en la época colonial. Las leyes de la Monarquía señalaron invariablemente que el reino de Chile limitaba con el virreinato peruano”.



     Abismante es la ignorancia chilena sobre las relaciones chileno-bolivianas y su historia. Rumores y falsedades difundidas desde Bolivia y otras naciones suelen sorprender a los chilenos y los sumen en cavilaciones, suponiendo que alguna razón han de tener.
     Es necesario, en consecuencia, puntualizar lo que los documentos históricos clara y objetivamente señalan, y lo que afirman numerosas obras históricas asentadas en sólidas investigaciones que nadie ha podido refutar.

     En primer lugar, Bolivia nunca tuvo mar en la época colonial. Las leyes de la monarquía señalaron invariablemente que el reino de Chile limitaba con el virreinato peruano. Hubo, sin embargo, actuaciones de hecho en el litoral por parte de autoridades altiplánicas; pero también hubo actuaciones de autoridades de Chile, de suerte que hubo una superposición de actuaciones reales. La situación se mantuvo en esa forma en los comienzos de la República con la condescendencia u omisión de los gobiernos chilenos, que estaban preocupados de los asuntos internos.

     El litoral utilizado por Bolivia nunca tuvo un desarrollo a causa de la estrechez de la economía altiplánica y por la dificultad del transporte por montañas y desiertos. Arica, entonces peruana, era el verdadero nudo de contacto con el comercio internacional.
     Inútilmente, los gobiernos de La Paz procuraron dar algún impulso a la costa, acudiendo a la ayuda de Chile, incluso con el vano deseo de crear una marina. El único estímulo provenía desde Valparaíso y desde el centro agrícola comercial y minero del centro de nuestro país. Se desarrolló de esa manera una dependencia que a la larga se tradujo en la presencia de capitales, empresarios, técnicos y obreros chilenos, que marcaron la fisonomía de la región.

     Tan desvalida era la acción boliviana, que en la década de 1860 el gobierno de Mariano Melgarejo solicitó con reiteración a La Moneda el envío de cien soldados al litoral para desbaratar a un grupo conspirador. ¿No era una buena oportunidad si Chile hubiese tenido planes siniestros?.

     Así las cosas, la explotación del guano en Mejillones atrajo a los chilenos, y hubo que dictar una ley en 1843 para salvaguardar los derechos del país al sur del paralelo 23, es decir, al sur de la caleta de Cobija, único punto donde había alguna presencia altiplánica. Bolivia protestó y años más tarde su Congreso votó una ley declarando la guerra a Chile, aprobando la adquisición de armamentos y señalando la conveniencia de concertar una alianza con el Perú.

     El asunto no pasó a mayores y el problema de límites fue resuelto mediante dos tratados firmados en 1866 y 1874, ambos inspirados por Bolivia y de acuerdo con sus proposiciones. No fueron imposiciones de Chile ni resultado de manejos oscuros.
     El último de esos instrumentos fijó el límite en el paralelo 24 –Chile cedía un grado geográfico– y dispuso que Bolivia no gravaría con nuevos impuestos a las empresas chilenas establecidas en el sector. Vale decir, en una franja que corría 70 kilómetros al norte de Antofagasta y 40 al sur.

     Comentando el tratado, el Ministro boliviano de Relaciones Exteriores, Mariano Baptista, escribía: "Si Chile tuviese anhelos de expansión, nunca hubiese firmado el Tratado de 1874".

     Un año antes, en 1873, La Paz y Lima habían concertado en secreto un Tratado de Alianza Defensiva, cuyo destinatario no podía ser otro que Chile. Hubo, además, un juego diplomático para incorporar a Argentina, y se despachó una misión al Brasil para manifestar que el tratado estaba destinado únicamente para enfrentar situaciones en el lado del Pacífico. Argentina estuvo a punto de suscribir el Tratado Secreto.

     Pasaron algunos años y en 1878 el gobierno boliviano de Hilarión Daza violó el tratado de 1874 al imponer una carga de 10 centavos por quintal de salitre exportado, perjudicando a la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, chilena, y la única que trabajaba en ese rubro. La medida era, sin embargo, tan inconsulta que luego se la cambió por la "reivindicación" de las salitreras, caducando las concesiones y reincorporándolas al Estado. Fue faltar al espíritu del tratado y traicionar la buena fe. La guerra era inevitable.

LA UNIÓN

     Tras la decisión boliviana se encontraba el Tratado Secreto de 1873 y la seguridad del apoyo peruano. Pero había aún más: en aquellos años, el gobierno de Lima había expropiado las salitreras de Tarapacá para mantener en manos del Estado el monopolio mundial del salitre, operación que fallaba si se producía el nitrato en suelo boliviano. Para evitar la competencia, se sugirió a La Paz aumentar las contribuciones a la salida del producto en el sector de Antofagasta, perjudicando a la Compañía de Salitres. Además, valiéndose de interpósita persona, se adquirieron los terrenos salitreros bolivianos del Toco, junto al río Loa, sin ánimo de explotarlos.
     Perú y Bolivia estaban unidos para perjudicar los intereses chilenos.

     La guerra no fue buscada por Chile ni hubo preparación para enfrentarla. En los últimos tiempos se había reducido el gasto de defensa, las milicias o Guardia Nacional fueron disueltas, y un año antes que estallara el conflicto se procuró vender en Europa los blindados "Cochrane" y "Blanco Encalada", que luego serían las piezas de la victoria.

     Sin base ninguna se ha insinuado que Chile fue apoyado por Gran Bretaña y alguna otra nación en su lucha contra Perú y Bolivia; pero no existe la menor base para tal afirmación. La documentación diplomática y consular de Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia y Estados Unidos, como asimismo la prensa y los papeles de las compañías, no muestran ninguna colaboración clara ni oculta hacia nuestro país. Solamente Brasil y Alemania tenían una discreta simpatía para un país que admiraban. A ninguna de las grandes potencias le convenía una guerra que afectaba sus intereses.

     Una vez desatado el conflicto, Estados Unidos se inmiscuyó en forma prepotente y muy interesada a favor del Perú, sin lograr detener la ofensiva ni la política y diplomacia de Chile. Cuando la guerra se inclinaba hacia nuestro país, los círculos capitalistas ingleses vieron con buenos ojos una victoria de Chile, porque representaba una mejor administración y mayores seguridades para las inversiones y negocios en los territorios disputados. Pero no pasaron de ser buenas opiniones.

     Derrotados el Perú y Bolivia, el tratado definitivo con esta última fue firmado en 1904 y desde entonces no quedó ningún asunto pendiente. La Paz cedió a perpetuidad el territorio de Antofagasta; Chile concedió libre tránsito por cualquiera de sus puertos al comercio altiplánico, construyó el ferrocarril de Arica a La Paz y entregó algunas compensaciones económicas.
      Desde entonces Bolivia ha podido conectarse por vía marítima con todos los países del mundo, teniendo a su disposición puertos manejados con eficacia y honradez. El enclaustramiento, por lo tanto, no existe. Chile ha permitido incluso el movimiento de armas, aunque el Tratado de 1904 no las menciona.

ESPEJISMOS

     Las eternas quejas bolivianas se deben a características propias del país y no son culpa de Chile. La nación se formó dentro del ámbito altiplánico y esa ha sido su característica dominante. Desde los tiempos de la Conquista y hasta el día de hoy el poder y la riqueza han estado en manos de una elite de rasgos preferentemente blancos, bajo la cual se sitúa un bajo pueblo indígena y mestizo, numéricamente mayoritario, pero sumido en la pobreza y en niveles culturales primitivos. Cabe poner en duda que la población boliviana sea realmente una nación.

     La estructura social se ha visto marcada por las condiciones de una economía de signo minero, que tuvo auge en la explotación de la plata durante la Colonia y el estaño posteriormente, para caer luego en un pronunciado declive. La agricultura ha sido siempre un sector modesto y carente de dinamismo.
     Todas esas condiciones son propias del hombre y de la naturaleza del altiplano, y no se relacionan con una salida soberana al mar.

     Los grandes problemas de Bolivia han significado una frustración permanenete que los grupos dirigentes han explotado a su gusto para las ambiciones personales. Políticos, periodistas y profesores han fomentado el resentimiento, señalando a un culpable que sería el causante de todos los males. Se carece de sinceridad para encarar los problemas reales, se prefiere mentir y lanzar denuestos, porque no hay espíritu de autocrítica.
     Mientras los bolivianos sigan viendo espejismos en la costa, no podrán subsanar sus problemas.

     El cultivo del resentimiento, basado en falsedades históricas y sin perspectiva de futuro, puede ser la dimensión mental del subdesarrollo.-



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