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sábado, 27 de noviembre de 2010

Miguel Serrano - El Mandato de los Hielos


El Mandato de los Hielos
El Honor y el Sueño Chileno

Por MIGUEL SERRANO


El Mercurio de Santiago, Domingo 16 de Febrero de 1997

Por primera vez quien fue embajador de Chile en la India cuenta la gestión que hizo para evitar la moción de internacionalizar la Antártica



     En un artículo publicado en "Artes y Letras", mi amigo Óscar Pinochet de la Barra hace recuerdos de la construcción de la primera base chilena de la Marina en la Antártica, en el año 1947. Y allí publica una foto mía inaugurando la cruz de la base. En verdad yo no fui en esa primera expedición, sino en la segunda, cuando la cruz se instaló, precisamente. También iba allí nuevamente Óscar Pinochet, representando al Ministerio de Relaciones Exteriores, además de José Miguel Barros Franco, del arquitecto Julio Ripamonti, quien junto con Maurice Poisson construyera la primera base, del doctor Lermanda y el gran fotógrafo Gerstmann, entre los civiles. Yo iba enviado por "El Mercurio", como su corresponsal en viaje. Instalaríamos la segunda base, del Ejército de Chile, que llevaría el nombre de "Bernardo O’Higgins". Aún conservo en mi poder copias de algunos telegramas que enviara al diario, cuando fue la inauguración oficial de las flamantes instalaciones, también construídas por Julio Ripamonti.

     ¡Fines del año 1947 y comienzos de 1948!. Pasamos el año nuevo entre los hielos de la Antártica.

     Esas primeras expediciones fueron heroicas. Y allí aprendí a conocer el temple de nuestros hombres de mar. Ellos todavía no le creían al radar. Nuestro comandante en la fragata "Covadonga" era el gran submarinista Jorge Gándara Bofil. Soñaba con ir un día en submarino a la Antártica y pasar por debajo de sus hielos. (En su recuerdo ahora me preocupo por la anunciada compra de submarinos para nuestra Armada y de que se elija la tecnología incorrecta, experimentando con prototipos y Chile sea usado como conejillo de Indias).

     En 1947 sólo hacía dos años que había terminado la segunda guerra. Inglaterra no podía soportar que Chile reclamara sus derechos en un territorio que consideraba suyo. Para amedrentarnos, envió a su crucero "Nigeria". Aún recuerdo al segundo capitán narrándonos, al desayuno, en la cámara de oficiales, el sueño de la noche: "Habíamos entrado en combate con el 'Nigeria'. Para compensar nuestra debilidad, habíamos colocado a la débil fragata detrás de un alto iceberg, disparando nuestros cañones por sobre éste, haciendo blanco en el acorazado y hundiéndolo…". Hasta en sueños nuestros marinos combatían como héroes, emulando a Prat.

     Otra vez nos perdimos en el mar. Íbamos en un bote a remo, en dirección a la base militar en construcción. Yo era el único civil. Y pasaríamos la noche en carpas sobre el hielo. Nos demorábamos demasiado en llegar y la niebla espesa no permitía ver ni a nuestra gente dentro del bote. Llevaba conmigo una brújula de pulsera, que me había regalado Sergio Onofre Jarpa; éramos entonces camaradas de ideología y de aventuras. La brújula me indicó que estábamos perdidos y que íbamos en dirección contraria a la base, hacia el mar abierto. Grandes olas levantaban a nuestro bote y el ruido de los derrumbes en las barreras heladas era como la ronca y amenazante voz de Dios. Se lo dije al capitán del bote. Y los marineros a coro me respondieron: "Mejor, señor, si nos perdemos aquí, porque así pasaremos a la Historia de un viaje…".
     Valor y nobleza de esa gente y de nuestra raza. Otro día escalábamos un cerro. Iban varios marineros y yo. Me apuraba e iba adelante. Mas, poco antes de llegar a la cima, uno de los hombres inició una carrera, me pasó y llegó primero. No le di mayor importancia al asunto; pero cuando volvimos a bordo, el capitán nos hizo formar en la cubierta y preguntó quién había llegado antes a la cima, pues nos había visto escalando con sus prismáticos. Todos señalamos al marinero. Mas, para mi sorpresa, éste dio un paso adelante y dijo: "Permiso, mi capitán. Lo que yo hice no fue correcto, porque me apuré en el último momento, y este señor no sabía que el que llega primero a la cumbre dará su nombre al cerro… Pido que le den el nombre de él…".
     El capitán sonrió, pues lo había visto todo con sus prismáticos. Y dijo: "Está bien, ese cerro quedará sin nombre por la eternidad…".
     Profundamente emocionado protesté, sin éxito, para que le dieran el nombre del marinero, de ese noble y humilde hombre, para quien habría sido grandioso poder juntar su destino y el de los suyos a una cumbre de la Antártica.
     Por haber sido yo el único civil en convivir en tierra (en los hielos) con los militares, antes de la construcción de la base, acompañándolos en sus riesgosas expediciones en dirección a las más altas cordilleras del horizonte, en la península de Graham, llamada hoy Tierra de O’Higgins, el inolvidable mayor Saavedra, jefe de los expedicionarios del Ejército, bautizó un monte con mi nombre ("Escritor Serrano"). Como todo lo que sucede entre nosotros, país de catástrofes y terremotos, de "tiritones", es más que seguro que el Instituto Geográfico Militar ya ha olvidado ese hecho. Pero aún conservo la tapa de una vértebra de ballena en la que ese gran militar (ascendió después a general) dibujó la base y me la dedicó, con la firma de todos los expedicionarios del Ejército.
     También el teniente Francisco Araya Prorromant (de cuya muerte reciente me acabo de enterar), que fuera el jefe reemplazante de la Base Naval Arturo Prat, tomando el lugar del teniente Kopaitic (luego almirante) y que había sido compañero mío en el Internado Barros Arana, me permitió quedarme conviviendo con él y la dotación de marinos por una semana.

¡Qué gente aquella!

     ¡Qué generación de chilenos!, como bien dice Óscar Pinochet de la Barra. Nunca más volverá a repetirse. Con hombres así jamás habríamos perdido la Laguna del Desierto, ni se nos estaría discutiendo el derecho a nuestros Hielos Continentales, ni estaríamos cometiendo el error fatal y terrible de comprometernos con una tecnología desconocida y prototípica para submarinos, construídos en astilleros en quiebra y con entregas larguísimas, cuyo lujo no nos podemos dar. Entonces, había idealistas, "soñadores de Chile", como el general Ramón Cañas Montalva, como el almirante Daroch. Sobre todo, fue el gran decenio de los presidentes radicales: don Pedro Aguirre Cerda, don Juan Antonio Ríos y don Gabriel González Videla; además de un Ministro de Relaciones Exteriores como mi tío, don Joaquín Fernández y Fernández. Ellos defendieron las fronteras de Chile y no se ilusionaron con absurdos ideologismos, ni con sueños de una "globalidad" inexistente y sólo buenos para los intereses del más terrible y secreto imperialismo "democrático" (en verdad totalitario) mundial, con la actual concepción de los "países mall", donde todo se vende y todo se compra. Mejor dicho, donde todo se vende, hasta la tierra de la Patria.
     Aún resuenan en mis oídos las palabras del Presidente de Chile, don Gabriel González Videla, inaugurando el busto de Arturo Prat en la base de la Marina del mismo nombre, en plena Antártica y dirigiéndose a todos nosotros y a las formaciones de la Armada y del Ejército. Hablando para todo Chile, dijo: "Creen que nos van a amendrentar, enviando aquí sus acorazados… Un imperialismo decadente, con el orgullo de dos guerras ganadas… Pero no, señores, estos sagrados territorios son de Chile, reivindicados por los Padres de nuestra Patria…".
     Y fueron estas palabras y aquellos ejemplos viriles y heroicos los que me inspiraron siempre y me llevaron, como embajador en India, a luchar y conseguir, por dos veces consecutivas, que esa gran nación retirara su presentación a las Naciones Unidas para internacionalizar la Antártica, con lo cual nuestros derechos habrían sido negados.
     Por la trascendencia histórica que tiene este hecho, el cual pareciera desconocerse totalmente entre nosotros y también internacionalmente, ya que nadie lo ha destacado aquí –aunque en la India sí lo han hecho– voy, ahora, y por primera vez, a recordarlo, dejándolo para siempre aquí grabado. Ni siquiera mi amigo Óscar Pinochet pareciera tenerlo en mente: Fui yo quien hizo posible, con el retiro de la moción de la India, la posibilidad del Tratado Antártico, que aún está vigente y que congeló por todos estos largos años las reclamaciones en la Antártica, dejando así a firme los derechos de Chile en ese continente.


La India, Indira y Chile

     Krishna Menon, Ministro de Relaciones Exteriores de India, había presentado por segunda vez la propuesta de internacionalización de la Antártica. La primera vez lo había hecho siendo sólo el representante de su país en el organismo internacional. Logré su retiro. Ahora, él volvía al ataque, pero con mucho más poder y fuerza y con el respaldo de otros países. El embajador de Argentina, Fatone, erudito en hinduísmo, había fracasado al pedir el retiro del proyecto. También fracasó el enviado especial del Presidente Eisenhower, Henry Cabot Lodge. Lo mismo me sucedía a mí. En el ministerio me cerraban las puertas directas al secretario de Estado. Recurrí, entonces, a un procedimiento extremo: me comuniqué con la señora Indira Gandhi y le solicité me consiguiera una entrevista con su padre, el Primer Ministro Nehru. Al comienzo ella dudó; luego accedió. Y la entrevista me fue concedida.
     ¡Cuánto le debemos los chilenos a esta mujer maravillosa, que fuera luego la gobernante de su país!.
     Quiero recordar los detalles de ese momento decisivo: Estoy en el gabinete del Primer Ministro Nehru, sentado frente a él, al otro lado de su escritorio. Nehru está vestido de blanco y, en el ojal de su túnica de "kadhi", tiene, como siempre, un botón de rosa roja. Sobre la mesa hay un vaso con agua y con otras rosas. Me contempla en silencio, sin decir nada. Yo empiezo a hablar: "Excelencia", le digo, "cuando llegué a India, hace años, era muy joven e inexperto; hoy ya no soy tan joven, aunque seguramente debo seguir siendo inexperto…". (Veo en su rostro una tenue sonrisa y en sus ojos un brillo de amistad y de ternura, como de un padre, de un amigo). "Entonces, yo le expresé que venía a la India a tratar de vender salitre, cobre, acero, y a comprar yute… Bien; hoy, le digo, Excelencia, que no me interesa vender ni comprar nada, que sólo me interesa el honor y el sueño de mi Patria. Porque el sueño de Chile, el honor de Chile es la Antártica. Un país tan pequeño como el mío puede seguir existiendo junto a tantos poderosos sólo si es capaz de preservar sus sueños y su honor. Porque cuando los ha perdido, entonces lo ha perdido todo y ya cualquiera podrá pasar por sobre él… Excelencia, le pido que retire de las Naciones Unidas su propuesta de internacionalización de la Antártica…".
     Como si fuera ayer, veo aún a Nehru echarse hacia atrás en su sillón y decirme suavemente: "Embajador, vaya tranquilo, y diga a su Gobierno que la India tendrá muy en cuenta el sueño de Chile…".
     Sacó de su ojal la flor, la puso en el vaso, cogió de allí otra y reemplazó la anterior.
     Ese mismo día, la India retiró su propuesta de las Naciones Unidas. Testigo de esto fue el embajador Hernán Santa Cruz Barceló, quien se encontraba en India y a quien yo había hecho que lo declararan huésped de Estado. El enviado estadounidense, Cabot Lodge, quien supo de mi decisiva intervención, también me lo agradeció efusivamente: "In the name of my Government, thank you my dear Ambassador".
     Sólo en Chile nunca se ha dicho ni reconocido nada. No me importa, porque siendo consciente de la trascendencia de todo esto, de aquí saco las fuerzas para seguir luchando, hasta el último, por los "derechos sagrados de la Patria" (como decía el Presidente González Videla), por la Laguna del Desierto (ya perdida) y por los Hielos Continentales, a punto de ser entregados, lo que cambiaría para siempre las coordenadas geográficas que respaldan nuestros derechos antárticos, haciendo inútiles los heroicos esfuerzos y sacrificios de una generación de chilenos que lo entregó todo, hasta la vida (como el teniente Merino) por defender su sueño y su honor.
     Nuestras gloriosas instituciones de la Defensa, aún intactas, por la gracia de Dios, el Ejército y la Marina, necesitan adquirir el armamento apropiado para mantener la integridad de la Nación-Estado, y que no se las obligue a equivocarse también allí.
     ¡Es éste el mandato de medio siglo!. ¡Es el mandato de los hielos!. 
   
 


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